lunes, 21 de julio de 2014

AMAR EN TIEMPOS DE GUERRA. ODA A CARTIER-BRESSON

Henry Cartier-Bresson. Fundación Mapfre
"Como se ha empeñado en contar mi historia, piense lo que piense y escriba lo que escriba, tenga esto bien presente: olvidé aquel entierro. Sólo recordé los caballos. Eran tan hermosos. Tan brutales. Y se pusieron de pie como hombres". Toni Morrison. "Volver". Lumen.

Decido que la Premio Nóbel ocupará un lugar privilegiado en mi maleta. La encuentro más a propósito que nunca. Sus desgarros por las guerras y la discriminación encajan en el mundo en colapso que estrena este lunes hostil y temeroso. Un avión abatido con 300 inocentes y un baile de cadáveres que alguien ha movido sin respeto ni duelo y cuyas pertenencias ha desvalijado. Un baile de misiles que matan en Gaza a hombres, mujeres y niños (esta es la enumeración convencional. Habría otras: niños, hombres, mujeres. Ancianos. Perros. Pájaros. Árboles. Ancianos. Parece que los ancianos no cuentan. Ya han vivido su vida, pensarán. Las cronicas son crueles en su ordenada asepsia)
  
Leo que hay despojos humanos por todas partes.  La muerte circundante te empuja, como a Morrison,  a pensar en los caballos. Tan bellos, la nobleza. Un galope esturcón por aquel prado de entonces, los Picos de Europa violetas, imponentes, al fondo. Aquellas patas encuadradas, poderosas  y las crines balanceándose al murmullo suave del viento del Cantábrico. Acaricié esas crines, al principio con miedo, estremecida. Las bestias salvajes no se someten, si acaso se relajan un instante mientras tantean las briznas de hierba fragante y húmeda. Al fondo había un sendero. Paramos a comer. Los niños, despreocupados y felices,  reían y devoraban rajas de melón. Eran tiempos de paz.

Uno se refugia en la bondad de los recuerdos cuando caen bombas. O les abre las tripas y las extrae, calientes, chorreantes, y las sienta a la mesa. Toni Morrison de nuevo, con la venia: "Corea. Usted no lo puede imaginar porque no ha estado allí. No puede describir aquel paisaje desolado porque no lo ha visto nunca. Deje primero que le hable el frío. Quiero decir frío. Más que congelar, el frío de Corea duele, se adhiere como un pegamento que no te puedes quitar".

Pocas veces un verano ha estado tan salpicado de sangre. O lo mismo sí, pero la memoria es frágil y prefiere olvidar  las pesadillas, el retorno amargo y el olor sofocante y acre de las trincheras. Hubo otros agostos bombarderos, que no nos impidieron concentrarnos en las maletas, esas que ahora he sacado aunque aún no sea el momento, sólo para mirarlas y así verme de viaje. Para correr por los acantilados y tirarme entre helechos a imaginar historias muy barrocas, con tormentas. El verano era escribir, amar y correr. Las cenas con amigos. Las noches de San Lorenzo con sus lágrimas y las chukis y yo mirando al cielo, tapadas con las mantas. Ya tan cerca. "Ahí está el Carro, con la Osa".
Bombardeo en Gaza, ayer

"Está muy equivocada si cree que sólo buscaba un hogar con una buena ración de sexo dentro. Muy equivocada. Esa mujer tenía algo que me dejaba sin habla, quería ser lo bastante bueno para ella. ¿Tanto cuesta entenderlo? (...) No creo que sepa usted gran cosa del amor. Ni que yo sepa mucho tampoco".

Ayer Cartier-Bresson, en la magnífica exposición de la Fundación Mapfre, hablaba de lo mismo. La guerra y sus contornos. El amor y la miseria. La belleza de una mujer en el Madrid más deprimido de la Guerra. Un vestido blanco ceñido a sus caderas. Los pies con calcetines, esas piernas de maniquí sin pose. Había mucha gente, demasiada. Uno no puede aproximarse a la belleza ni al dolor con tanta gente, tan cerca que los hueles. Parejas que comentaban cada foto, sin soltarse las manos. Seguía entrando público como en esos conciertos que devienen catastrofes. Tuve una intuición de muerte, salí sin ver todas las salas, aturdida. Corrí hasta el Retiro, con los periódicos y busqué mi banco de lectura. Respiré. Tenía frío.

Volveré a esa sombra y a esa expo, buscaré aquel caballo. Escribiré un relato. Cazaremos estrellas. Recuperaré la fe y la esperanza. Y si puedo, no encenderé el televisor no sea que los fogonazos de muerte me impidan ver el prado, tan amado.

"Quería ser lo bastante bueno para ella". Seguro que lo era.














sábado, 19 de julio de 2014

DECÁLOGO DEL BUEN EMPRESARIO

"Cuando yo era apenas una niña, mi padre, Eduardo Barreiros, escribió en un papelito lo que él tituló ‘Decálogo del buen empresario’. Un código de conducta al que siempre permaneció fiel y del que siempre se sintió orgulloso:
  1. Hacer siempre honor a los compromisos.
  2. No mirar a nadie por encima del hombro.
  3. Ser muy tenaz.
  4. Rodearse siempre de buenos colaboradores y amigos.
  5. Convivir al máximo con los que trabajan con uno.
  6. Estimularlos en la mayor medida
  7. No querer ganar para sí la última peseta.
  8. Trabajar con intensidad.
  9. Escuchar las sugerencias aunque procedan de gente modesta.
  10. Tener vocación y fe.
El otro día asistí a una entrega de premios de la Fundación Eduardo Barreiros. Para quien no sepa de él, fue conocido como el  "Henry Ford español",  el artífice de la transformación del motor de gasolina en motor Diésel. Pero también fue un hombre de origen humilde que desde su taller mecánico de Ourense alumbró un imperio de la automoción de dos millones de metros cuadrados al sur de Madrid, en sólo 30 años (Los Symca y los Dodge con los que tantas familias descubrieron el viaje en los años 50 y 60  llevan su firma). Dio trabajo directo a 25.00 personas y -esto es lo más importante- dignificó la figura del patrón en un país sometido a la dictadura a base de respeto y cuidados a sus empleados. 

Su hija Mariluz Barreiros glosó su figura y cuando leyó el decálogo me sentí conmovida por su sencillez y por su verdad. Pocas veces uno de "la casta" -que diría aquel-  desciende desde la pomposa deshumanización de un balance de resultados a la esencia de la integridad en la creación de riqueza. 

En realidad, el decálogo es una excelente herramienta de educación general, que corrí a apuntar para enviárselo a mis hijas. Me pareció emocionante volver a comprobar que las grandes hazañas pueden contarse con palabras sencillas. Que ese modesto mecánico no dejó de ser humilde a la hora de transmitir su legado  cuando ya era millonario, puede que multimillonario.

No mirar a nadie por encima del hombro. Imagino que en las escuelas de negocios los decálogos del empresario son mucho más pomposos, científicos y alambicados. Pero a mí este me parece perfecto. Porque vale para el jefe y para el mando intermedio, para el profesor, para el padre y la madre, para el líder de una banda de rock... para cualquier persona que lidere un grupo y tenga la obligación de ser su guía e inspiración. Para la "casta" sin ínfulas de casta ni discursos huecos que calan en los estómagos hambrientos de justicia o de venganza. 

Hacer siempre honor a los compromisos. O sea, eso que nos decían en casa a los de mi generación: "Hijos, siempre tenéis que cumplir". Cumplir es un término que ya no se utiliza, pero que desde ya pienso resucitar en mi familia. Humildad, generosidad, escucha, esfuerzo, estímulo, fe... Encuentro que los valores que subyacen al decálogo Barreiros se parecen a los mandamientos de una iglesia que ya querría haberse aplicado el cuento en su Empresa y recuperar la diáspora de empleados/fieles que han salido pitando por la falta de crédito y ejemplo. 

Por mi parte, al decálogo Barreiros sólo añadiría un punto: No engañar. Decir la verdad aunque eso te sitúe en una posición menos ventajosa en el tablero de juego. Aunque eso te impida medrar en tu empresa. Aunque eso neutralice estrategias muy favorables para conseguir un objetivo. Aunque te condene a una soledad incómoda. 

A riesgo de parecer meapilista e ingenua, debo decir que uno de los rasgos de las personas que más admiro es justamente este. Y que cuando me asocio con alguien -en el trabajo, en la amistad, en el amor- miro su verdad antes que otros rasgos más sexys y menos generales.

"Rodearse siempre de buenos colaboradores y amigos". Ciertamente, Barreiros. Y aprender a detectarlos aunque a veces los lobos se oculten bajo una piel de cordero...




viernes, 18 de julio de 2014

UN MARIDO HINCHABLE

Me pasa A. un link muerto de risa: "Esto para tu blog": Una mujer soltera convive 14 años con una familia de maniquíes, harta de que le pregunten por qué no tiene pareja ni se ha casado.

La noticia se acompaña de una completísima selección de fotos de la protagonista con su familia de plástico: un marido comme il fault -ese que lo mismo arregla un grifo que se ducha mientras tú te arreglas para salir del trabajo- y una hija preadolescente que se parece mucho a Kate Moss.

Lo más interesante del asunto, desde luego, es la ironía que destilan las representaciones del matrimonio y la vida familiar que esta mujer airada, de la que sólo sabemos que es directora de arte y que recorrió 10.000 millas con su prole haciéndose fotos a lo largo del mundo para su experimento.

No hace falta ser muy lince para deducir que lo que cuenta la performántica autora es que uno puede sentirse brutalmente solo aunque esté acompañado. Y aún más: que la pareja es un suicidio a dos, un guión muy de cine francés que enfrenta soledades que se aferran como koalas para darse sentido de cara a la galería. Una farsa, un despropósito. La inexpresiva mirada de los maniquís contrasta con la sobreactuación de la mujer, en todos los registros. Imagino una película, a Roman Polanski detrás de su cámara en París, y a Enmanuele Seigner haciendo de muñeca con esa turbadora presencia que no te permite apartar la vista de su cuello y de su pelo, mientras a sus espaldas se yergue la Torre Eiffel, el símbolo totémico/geográfico del amor. Pienso en Berlanga y en "Tamaño natural". Y en esa extraño filme japonés que vi hace unos años y que narraba la relación entre un hombre y una muñeca hinchable que cobraba vida. La versión porno del cuento de Pinocho. Inquietante.

Las fotos, producidas con mimo y sin concesiones a la manufactura casera, nos muestran a los Deville, pongamos, en la nieve (ella tira del trineo), en una pradera estilo Edelweiss Edelweiss, en la lavandería (la madre y la hija, desde luego. La colada suele ser cosa de mujeres, denuncia la autora) . O en estremecedoras escenas domésticas. Ella en bata rosa, él en pijama y batín, sentados frente al televisor. Las miradas perdidas. El dulce tedio de no tener que compartir más que el sofá justo antes de entregarse a las brasas de Morfeo. La luz incandescente de la pantalla. Silencio. Pensamientos herméticamente contenidos.

El humor y la tragedia de la mano. La visión mordaz y despiadada: "¿Esto es lo que queréis para mí?", parece preguntar al mundo. Y solo hay una respuesta. Y no hay salida.

Espero que algún guionista avispado recoja esta historia y le dé forma, breves diálogos. Será una perfecta creación de arte y ensayo, versión original sin doblajes. Casi muda, pero elocuente. La banda sonora resultará crucial. Falsamente ligera. El vestuario y las localizaciones deben servir para crear atmósferas herméticas incluso al aire libre. Saldremos ahogados de la sala. Deseando que alguien de piel caliente nos abrace. Sin ganas de cuestionar la soledad de nadie que vive solo. Sin poder evitar sufrir por la soledad en compañía, aturdida por los pagos, la lista de la compra y ese rato fugaz donde uno se ducha y otra se lava los dientes.  Y desear desesperadamente la felicidad,  a uno o a dos. Y poco más.



jueves, 17 de julio de 2014

NIÑO VIVO, NIÑO MUERTO

"Pero ¡silencio!...Ha llegado la noche. Fuera el viento maldito está quemando la tierra". Vientos de cuaresma. Leonardo Padura. Tusquets.

Desde Belén, donde vive, C. me escribe una crónica del terror sin epítetos catastróficos. Desnuda y   conmovedora. "En Cisjordania y en Israel es increíble, la gente sigue su vida cotidiana normal. Estuve anteayer en Jerusalén y antes de atravesar el muro sonaron las sirenas y vimos en el cielo dos puntitos que explotaban y que eran misiles, pero son como de juguete. En Jerusalén todo normal, la población de compras y en el Festival de cine que acaban de inaugurar casi no quedaban entradas.  Aquí en Belén sin problemas, todo un poco más apagado durante el día pero porque es Ramadán...Todo es muy difícil de entender".  

Tiene toda la razón. Es difícil de entender una guerra cuando la vives alimentada por los titulares de la prensa. Pero todas las guerras parecen tener algo en común: la población aprende a hacer una vida "normal". Una simulación de aparente cotidianidad mientras en el cielo estallan misiles "como de juguete".  

Hoy la crónica del conflicto sitúa a cuatro víctimas, cuatro niños, en una playa. Ese lugar de vacaciones y juego despreocupado donde la única guerra que muchos imaginamos se fragua bajo la sombrilla, en la defensa de los rayos maléficos del sol:

 "Tras bombardear un contenedor en dicho muelle, próximo a la playa del hotel Al Deira —frecuentado por la prensa internacional—, el Ejército de Israel tiró contra un grupo de niños que escapaba corriendo por la playa de la primera explosión. Murieron Mohammed Baker, de nueve años, junto a Ahed y Zakareya Baker, ambos de diez, y su primo Mohammed Baker, de once".

Los niños en la guerra son mucho más que un reclamo del dolor. Son niños de segunda.  Me doy cuenta de que lo que más choca de esa crónica es la mención a los nombres de los pequeños. Algo inaudito que, sin embargo, agradezco porque me ayuda a personalizar el dolor. Imagino a los pequeños Baker de 9, 10 y once años. Las piernecitas cortas, sandalias despavoridas y a la carrera. Los once años de Mohammed Baker. La edad de mi hija pequeña.

Sorolla
C. también tiene algo que decir sobre los niños, y me impresiona la agudeza de su comentario, que trascribo íntegro por su interés:  

"Cuando matan a un niño en España (pienso, por ejemplo, en la trágicamente célebre Asunta) ningún periódico publica imágenes de su cadáver ni tampoco de su entierro. De manera espontánea se buscan imágenes del niño vivo, sonriente, lleno de vida, lo que permite calibrar mejor el dolor de los supervivientes y el horror de la acción cometida. De los niños palestinos muertos -de los palestinos y árabes en general- no vemos nunca imágenes de cuando estaban vivos y se asemejaban a nosotros. Sólo aparecen después de muertos y sólo como muertos".

Niño árabe=niño muerto. Las relaciones inconscientes nos llevan a calibrar las vidas ajenas -y por tanto las muertes- de forma distinta. Un accidente de tren en la India en el que mueren doscientos -recuerdo la noticia el año pasado- es la sexta noticia del Telediario, pongamos. Un niño perdido, asesinado, en un país rico abre los informativos y nos sobrecoge. El precio de la vida y de la muerte depende de la geografía, de si estás o no en el club de los países más ricos del mundo, en un régimen democrático o dictatorial. Al Norte o al Sur de lo que importa. 

Paro ya decidida a llamar hoy a Minichuki, que disfruta de unas vacaciones de infancia feliz y de montaña, para contarle la noticia de los Baker. Necesito que sepa que mientras ella escribe su relato en la vieja Olivetti de su abuelo -"mami, estoy inspirada, llevo dos folios y me salen tantas historias, ya verás"- hay niños que miran al cielo y estallan misiles. Y no es normal. Y no es un juego. 








miércoles, 16 de julio de 2014

ESAS MUJERES DURAS

La actriz Blanca Portillo tiene cara de cuadro de Vermeer. A Scarlett Johansson, que interpretó a una mujer Vermeer en "La joven de la Perla",  le faltaban ángulos, profundidad y drama contenido y le sobraba mohín, pero no magnetismo. De esa película solo recuerdo la luz terciopelo sobre su piel cerca de una ventana y esa mirada virgen que promete un revolcón al que se atreva.

Anoche volvieron a poner "El Perro del Hortelano" y ahí estaba la Portillo. Tan verdad como siempre, aunque la prefieron pasada por la pátina misericorde (en su caso) de los años. Allí estaba Emma Suárez tan carnal y tan en verso, en un recital prodigioso de talento interpretativo que echo de menos en el cine español de hoy. Aunque quizás a quien eche de menos sea a Pilar Miró, la directora que fue vilipendiada por el escándalo -hizo lo que hizo, que comparado con lo que otros harían después se queda en chiste- y ya no levantó cabeza.  


Miró era seca y frágil. O al menos así la vi cuando me tocó perseguirla en un día de rodaje de la película "El Pájaro de la felicidad" por una finca cerca de Madrid. Era invierno duro y el equipo merodeaba embozado en enormes bufandas y sombreros. La directora no tenía claro si me concedería la entrevista. "Ve y si quiere te dará un rato, no te prometo nada", me advirtió su equipo de prensa: Yo traté de ser invisible, pero alguna vez su mirada afilada y cetrina se clavaban distraídamente en mi presencia, para evidenciar enseguida que yo no le interesaba ni poco ni mucho.

La Miró emanaba una autoridad indiscutible que escondía ternura. Los actores se cuadraban delante de ella, y obedecían sin rechistar pero sin miedo. Ella quería más, "repetimos la secuencia", y otra vez...Y no levantaba la voz, si acaso apretaba fuerte esa boca tan fina y hacía un gesto levemente contrariado. 

A veces se le escapaba una sonrisa de refilón, y diría que de haber podido habría ido a recuperarla.


Pilar Miró
Creo que llovió, sé que el frío me calaba los huesos, y tenía los dedos amoratados mientras tomaba nota de esto y de aquello. Pasaron muchas horas y entonces, cuando yo pensaba que todo estaba perdido, alguien de su equipo vino a decirme: "Pilar ha dicho que va a cenar algo al Hollywood de Arturo Soria. Que si quieres estará allí".

Fui volando, con el fotógrafo. Nos sentamos en una mesa. Me clavó esos ojos intimidatorios. "Has aguantado bien un día duro", me dijo. Yo sentí que el pánico a la fiera se había evaporado. Hice mi entrevista. Contestaba breve, contundente, mordía su hamburguesa. Me miraba muy fijo. Recuerdo que nos despedimos con un abrazo algo más profundo que lo que el protocolo exigía.

No volví a verla. El Perro del Hortelano fue su última película. Luego murió. Pensé cómo me gustan las mujeres duras que esconden un corazón al rojo vivo. Las mujeres inteligentes que exploran nuevas formas de contar historias. Una película en verso es un doble salto mortal, ella lo sabía. Lo hizo y se llevó doce premios Goya, los más importantes. No recuerdo esa ceremonia, seguro que salió de refilón al estrado e hizo un comentario ácido. Eso que a veces hacen los sensibles para evitar que los dañen. 

Echo de menos ese cine, lo repito. Sobrio y elegante, de personajes fuertes y frágiles a los que la vida coloca en un disparadero.  Creo que voy a encargar en Amazon una selección de sus películas para darme el gustazo este verano.

Y creo que Blanca Portillo es la más Pilar Miró de nuestras actrices. Tan de hachazos, tan rápida y creíble...


martes, 15 de julio de 2014

EL SECRETO DEL SECRETO


Tengo una amiga a la que apenas frecuento que una vez contó algo que le habían contado sobre mí (no yo, por cierto) con la condición de que no lo desvelara nunca. Pero lo hizo: "El secreto me quemaba en la garganta", se justificó. Añadiré que el asunto no era importante en absoluto ni haría que se tambalearan las columnas de un templo romano, pero a mí me molestó el desliz y entendí que la única manera de guardar un secreto es ahogarlo en la glotis, o confiárselo a esas pocas personas que sabrán contener la tentación de apuntarse un tanto a tu costa.

Mi adolescente, por cierto, es una de ellas, y en ocasiones le he compartido una confidencia para que entendiera una decisión mía o simplemente por la relajada sensación de ponerme en sus manos y hacerle sentir que es importante y adulta, porque lo es. Y porque no es nada frecuente encontrar alguien como ella. Observadora y cómplice cuando intuye que su silencio es importante. Estoy segura de que sus amigas así lo entienden.

(Otras veces he sido consciente de que se me confiaba un secreto como una trampa para seducirme y provocarme esa sensación de ser (falsamente) partícipe de algo. Cómplice, depositaria, interlocutora en lugar de espectadora lejana). El secreto puede ser una herramienta de manipulación, desde luego.

Cuando se dice que la información es poder suele hablarse de la prensa, pero creo que sobre todo se aplica a las relaciones humanas. Aprender a etiquetar lo que nos quema en la garganta es una prueba de madurez y de know how que no te enseña nadie. Los chismosos son elementos tóxicos que se juegan una amistad en una mesa, si consigue concitar las miradas asombro y curiosidad de los comensales. Son narcisistas, patógenos sociales. Monos con una metralladora.

Y ahora debo reconocer que no tengo ni idea de por qué me ha dado por hablar de este asunto. Quizás porque en mi familia hay grandes secretos ya despejados, quizás por estar cerca de la persona más discreta, prudente y confiable que uno pueda conocer. Quizás porque cuando alguien te hace partícipe de algo tan importante para su intimidad, su prestigio, su supervivencia, te está demostrando hasta qué punto confía en ti (y sí, es cierto que a veces el secreto es una bomba teledirigida, pero no hablo de ese tipo de secretos)

Ayer en una cena de compañeras con opción a amigas una de ellas propuso un juego. Contemos algo de nosotras mismas que pensemos que ninguna se podría imaginar. La propuesta nos desconcertó un poco, debo decir, y enseguida se inició una rueda en la que algunas romiueron el hielo. Había una abogada loca por el tango y la bachata, una coach dos veces casada...y dos veces divorciada... Corrían las pizzas, las cervezas y el vino blanco y de repente, cuando ya nos íbamos a levantar, una ejecutiva de ventas bastante callada pidió la palabra y confesó que tras una experiencia reveladora había aprendido el Tarot y era capaz de averiguar bastantes cosas. Aquel secreto tenía valor, dado que al grupo de mujeres del curso de liderazgo se nos presupone muy cabales y poco dadas al flirteo con el más allá (ja-ja-ja). Me pareció valiente, me cayó aún mejor de inmediato. Todo el grupo aplaudimos su revelación.


Lo dejo ya, convencida de que, como dice no sé quién del cutremundo del corazón (el chismoso por excelencia) "uno vale más por lo que calla que por lo que cuenta". y cuanto más cuenta, más tiene que callar porque la verborrea suele ser una cortina de humo que nos aturde y rara vez nos regala una información valiosa. Y convencida de que a las personas que hablan poco conviene prestarles atención cuando se lanzan. Mi hija adolescente es una de esas personas. Y encima te garantiza que tu secreto está mejor guardado en su corazón que en el tuyo.
 

P.D. Soy muy consciente del escaso interés de esta columna. Su único valor reside en no haber traicionado ningún secreto..

miércoles, 9 de julio de 2014

LA DERROTA DE BRASIL Y LO QUE IMPORTA

La derrotaza de Brasil será hoy el tema del día si nada lo remedia. El maniqueísmo emocional del fútbol no sólo altera los corazones sino que permite conversar con tu peor enemigo, si procede. Y olvidarte de que Israel y Palestina vuelven a estar incenciados por esa guerra que a los periodicos digitales les parece merecedora de un segundo lugar.  Más de lo mismo.

Lo que nos importa no lo decidimos nosotros. Está condicionado por el rango que le dan los que nos cuentan las noticias. Esta perogrullada que te enseñan en primero de Periodismo en una asignatura tostón llamada Opinión Pública (o puede que sea otra, pero dejé las aulas hace ya unos años) es digna de alguna reflexión. Quien decide lo que irá a cuatro columnas decide en realidad si va a dirigirse a nuestro cerebro, a nuestro corazón o directamente al hígado. Y si es hábil como un cirujano diestro y bien dormido conseguirá su propósito.

Ayer, mientras miraba distraídamente el partido (hasta que se convirtió en un recital humillante de goles, que entonces me centré en la carnicería) leí que un grupo de investigadores británicos ha descubierto un método para predecir si la pérdida de memoria acabará en Alzheimer. Me pareció una gran noticia, y pensé qué haría si mañana me alertaran de que empieza mi carrera hacia el olvido. Lo primero, no almacenar datos banales como que Brasil fue machacado en Maracaná un 8 de julio. Tampoco me parecería relevante que Pablo Iglesias haya ido a Estrasburgo en un vuelo requetelowcost con escalas y comido un bocadillo. Él sabrá si ese gesto, además de reforzar su sentido arácnido social, le ayuda a intervenir con brillandez en el Parlamento y defender los ideales de quienes confían en él, que es de lo que se trata.

Lo importante no puede ser tan fácilmente desmontable, me parece. 

Si el Alzheimer llegara con preaviso construiría un banco de recuerdos, eso haría, dirigido a mis chukis. Los libros que me trasnsformaron, las fotos de las personas más queridas, la música que dispara mis endorfinas, el olor del café, de la lluvia en la ciudad o de la piel caliente de mis hijas cuando despiertan. La euforia del día que mi sobri S. se salvó de aquellas garras. El vértigo del beso. La sensación de superar una carrera. La calma de estrenar sábanas limpias. Todo muy simple, todo muy excepcional.

Y luego, "en una segunda legislatura", que diría Pablo Iglesias el sobrio o su otro yo, Joaquín Reyes, almacenaría fotos de cuadros, de edificios, de formas que me provocan reacciones, pensamientos, pellizcos en la tripa. Para tratar de resucitarlos cuando ya no signifiquen nada que pueda relatarse con palabras. Qué vacío.






domingo, 6 de julio de 2014

TODO LO QUE UNO AMABA CORRÍA PELIGRO

"Beatrice, quizá a causa de la muerte de su padre, que recordaba con nitidez, sentía un obstinado pavor al otoño. Había un momento del año, a finales de agosto, en que el verano asaltaba los árboles colmados de hojas con un poder deslumbrante, pero un día, de improviso, quedaban extrañamente quietos, como si temieran algo y se pusieran en guardia. Lo sabían. Todos lo sabían: los escarabajos, las ranas, los cuervos que andaban con solemnidad por los prados. El sol estaba en su cenit y abrazaba el mundo, pero tenía las horas contadas, todo lo que uno amaba corría peligro".  James Salter. "Todo lo que hay"  (Ed.Salamandra).

Todo lo que uno amaba corría peligro. Qué magnífica forma de resumir el final de una estación que ayer me brindó su apogeo literario en una toalla sobre la arena y el mar de fondo. La melancólica tristeza de despedirse de algo o de alguien se parece a un árbol que deja caer una hoja, y luego otra, pero apenas lo percibes. Cuando te quieres dar cuenta ya es tiempo de rebeca y ese árbol se ha ido quedando desnudo. Silenciosamente.

Vuelve Salter a mi vida y vuelvo a experimentar el asombro ante sus magistrales descripciones del sentimiento y, sobre todo, de la pérdida sobrevenida. Esa sensación yerma y arenosa donde el epíteto se mite con cuentagotas y no hay falsedad escondida tras las palabras. Nada es gratis entre sus líneas, y querría conocer a este señor casi nonagenario que no ha dejado que la pasión se borrara de sus huesos. Que mantiene el nervio y la libido intelectual (de la otra carezco de datos) por todo lo alto.

"La cremallera fue cediendo diente a diente. Estaba un poco nerviosa pero sucedió tal como se había imaginado, el toro Apis. Tersa y dilatada, la polla casi cayó en su boca y, ganando confianza, empezó. Fue el acto de una creyente". 
James Salter


Cuando Salter narra una primera felación, lo hace a conciencia. Con un tempo y una atmósfera propicios que justificas cada movimiento. Y eres tú. Hace unos días alguien a quien recomendé este autor me dijo que al final le había disgustado el libro por machista. Por exceso de imágenes eróticas a costa de la mujer. Yo entonces no lo había empezado pero ayer, en la playa, comprobé que al menos dos de las mujeres que protagonizan escenas de sexo mandan en ellas como sacerdotisas. Y no me pareció nada mal. El sexo es una alternancia desnuda de poder. Un intercambio de cetros y coronas donde lo importante no es la moral, desde luego, sino que, ya narrado, no te provoque un respingo por absurdo o gratuitamente explícito. Todo el que escribe sabe lo difícil que es describir un asalto erótico. Una escena de amor encendido sin ser gratuitamente procaz, ni cursi, ni vulgar.

Salter domina la materia y fantaseo con el tipo de amante que habrá sido. Imaginativo, sin duda. Obsceno en ocasiones. ¿Divertido? No sé... Desesperado, sin duda. Las heridas de guerra, el pánico, llevados al somier que chirría en una noche de viento y desembarco. Su visión correosa de soldado, de piloto de guerra. El éxtasis de la muerte, la metralleta lista, el sopor de después. La mujer que abandona su cama y se dirige tranquila al cuarto de baño, y se pone la blusa de seda y dragones. Y la penumbra acaricia su piel estremecida y es el fin del verano.

Desembarco en una playa por un fin de semana y es como tirarse a un desconocido en un bar de marineros. Excitante y provisional. Salgo a correr y sudo al desembocar en esa orilla. Me descalzo y siento el calambre metálico del agua. El Sur es Norte por un rato. Nado con furia y un perro me contempla famélico y nervioso. Huele a algas, a marisco recién capturado entre las redes. El primer rayo del cielo calentará después, no todavía. Corro a la toalla, me tumbo y saco a Salter. Abrazo gozosa su ancha espalda y me revuelco en sus palabras. Soy plenamente consciente de que tengo las horas contadas. Innecesaria toda consideración moral.












sábado, 5 de julio de 2014

FEMIESCÉPTICAS

Lana del Rey, femiescéptica
Leo que Kirsten Dunst, Lana del Rey, Shailene Woodley o Dolly Parton se han declarado femiescépticas. O sea, alérgicas al feminismo. Contrarias a enzarzarse en una discusión en defensa de los derechos y la igualdad de la mujer. Las entiendo. A mí el debate hace décadas que me aburre. Es mucho más interesante defender tu poderío pectoral, querida Dori, o el último papel de cine pasado por el glamourazo de Hollywood, diosa Dunst.

Lo que pasa es que no se trata de una opción. El feminismo es un estilo de vida. Y luego están las conversaciones básicas, manoseadas, violentas, plagadas de tópicos y lugares comunes que son como charcos incómodos en los que las mujeres que hemos tenido la suerte de no ser marginadas (o no del todo, que yo me inicié en una revista machirula donde sólo medraban ellos y cuyo director, que en gloria esté, me llevaba de "secretaria" a los Cursos de Verano que impartía y hacía piececitos conmigo por debajo de la mesa, para mi estupor de veinteañera inexperta que despertó a la indignación a la fuerza) no solemos pisar.

Sostiene Shailene Woodley (lo siento, nena, no sé quién eres) "no soy feminista porque amo a los hombres" en una entrevista a la revista Time. "Creo que la idea de tomar el poder y sacar del poder a los hombres nunca va a funcionar porque se necesita equilibrio. Yo misma me siento muy en contacto con mi lado masculino, me siento 50% hombre, 50% mujer".

Pues yo, querida, no utilizo la androginia ni las declaraciones de amor heterouniversal como coartada para huir del femidebate. No creo que esto vaya de quitarle nada a nadie, sino de poder convivir en la misma mesa de un consejo de administración sin sentirte la nena del grupo (dando por hecho que llegar a esa mesa ha sido un logro, estadísticas mandan). Y ahí están casos como el de mi amiga M., un crack con carrerón profesional que trabaja en un sector muy masculino y que es la única de los altos cargos a la que el jefe llama "monina".

Y también va de que si se publica un reportaje sobre una generación de escritores no se obvie por sistema a las escritoras (sigan a Laura Freixas, persecutora implacable de esta lacra).

"Para mí, el asunto del feminismo no es un concepto interesante. Estoy más interesada en, no sé, SpaceX y Tesla o qué es lo que va a pasar con nuestras posibilidades intergalácticas. Cada vez que alguien saca el tema del feminismo pienso 'oh Dios, no me interesa". Ay, Lana del Rey, cómo te comprendo pese a que ignoro qué demonios es SpaceX ni Tesla, y aún no me he sentado a reflexionar en este blog sobre mis posibilidades intergalácticas si no es para hacer un panegírico del Dr Spock, hombre por cierto, aunque de picudas orejitas. ¿O los androides no cuentan en el debate feminista?

Me parece, chicas, que si vamos a dedicarnos al femiescepticismo deberíamos ser un poco más serias y no ponernos palos en nuestras propias ruedas. El enemigo no es un hombre, a menudo somos nosotras mismas. Y esta en nuestra mano hacer un alarde de inteligencia o una boutade para salir airosa de las entrevistas, con un toque de ingenio aquí y un golpe de caderas allá.

Si me repaso a mí misma veo a una femifuriosa contra esas mujeres que nos devalúan al resto. Las bobitas que consideran que la coquetería y las llamadas "armas de mujer" son tan necesarias como infalibles para saltar al ruedo de los hombres. Esas que en su fuero interno creen que el hombre es un ser idiota al que se le hipnotiza facilito con una caída de ojos. Esas que buscan maridos con alta rentabilidad a corto y a largo plazo. Esas que putean a las suyas para reforzar posiciones en sus trabajos. Esas otras que compiten y se ponen zancadillas como espectáculo de lucha libre para espectadores con puro y sol y sombra en copa balón.

Como madre de hijas nada me duele más que detectar (rara vez) que han asumido sentencias lapidarias sobre la preeminencia de los hombres en según qué esferas (Minichuki y el fútbol). Pero nada me enorgullece más que comprobar que han asumido un estilo de vida que reconoce y respeta a la mujer entregada a su carrera y a su vida. Al hombre entregado a su carrera y a su vida. Al ser humano digno de respeto y reconocimiento.

Termino ya. Creo que lo que más daño hace al debate feminista son la frivolidad, la cicatería y el maniqueísmo. Si no queremos entrar en él, sugiero que nos callemos. Pero si nos lanzamos al barro establezcamos posiciones inteligentes. Que el sarcasmo ceda el paso a la ironía. Que no se nos olvide el sentido del humor.

Y eso sí, que si un jefe perfumado nos toca el pie por debajo de la mesa tengamos el valor de levantarnos y pedirle a nuestro otro vecino de mesa que nos cambie el sitio. A mí me costó un sonrojo largo y mucho miedo a represalias, pero creo que me gané el respeto. Y nunca olvidaré a ese hombre bueno que entendió mis súplicas y pese a ser invitado de honor del abusador no tuvo reparo en levantarse y erigirse en muro de contención.

Hay muchos hombres cómplices. Son los que merecen la pena. Eso les cuento a mis hijas para que sepan identificarlos. Como a Venus en el cielo en nuestras noches astures de verano.




viernes, 4 de julio de 2014

¿BAÑADOR O TOP LESS?

1. "Qué manía tenéis de escribir en idiomas que no conocéis". Tiene razón U. A veces el español o castellano se nos atraganta y proferimos frases inconexas más propias de una invocación a Satán que de un texto periodístico/literario.

2."A estas alturas, lo mejor es bañador o topless". Mi amiga B. es un pozo de sabiduría con unas piernas espectaculares. Pasados los cuarenta, argumenta, conviene no andarse con medias tintas. O todo, o nada. Va a haber que frecuentar la playa de Torimbia a tope estas vacaciones, chicas!

3. "Un hombre puede estar mucho más lejos que la geografía". Y una mujer también, querido saltamontes. El alejamiento es un estado mental más que físico, y no se acorta ni conduciendo un Ferrari Testarrosa.

4. "Necesito recuperar la cordura o la cobertura". Cierto, pero puestos a elegir tengamos en cuenta que la segunda sin la primera apenas vale para llamar a los bomberos o a la policía. 

5."Kennedy tenía la mayor parte de los atributos del líder. Lo que le perdió fue el sexo. (Vamos, que era un salido)". Me he propuesto investigar las pulsiones sexuales de los líderes. Berlusconi, Dominique Strauss-Kahn, Clinton...etc. ¿A todos les da por lo mismo?

6."Me he cortado el pelo con un video tutelado". La crisis dispara las habilidades. Por mucho que la macroeconomía arroje cohetes al cielo en forma de datos esperanzadores, mucha gente a mi alrededor sigue en economía de guerra y con los ingenios al rojo vivo.

7."En el psicotécnico de conducir se podían hacer 6000 fallos. Hice 5850". C. es un crack y está asustadísima ante la posibilidad de que le den el carnet de conducir. Asegura que cuando le firmaron el certificado de apta le dijeron: "Prométanos que no conducirá con esas gafas".

8.Mamá, hoy también nos vamos a perder, ¿verdad? Si, hija, seguramente. Es una maldición semejante a la de Eva y su enemistad con la serpiente en el Antiguo Testamento. Prometo hacer my best y perderme a tu lado en parajes verdes y con un bar cerquita.