Conocí a un tipo que coleccionaba citas a ciegas.
No tenía, a priori, un criterio de selección muy exhaustivo. Le bastaba que fueran mujeres que buscaban un hombre. La edad era lo de menos, si no sumaba o restaba más de veinte años a los suyos. Puestos a elegir las prefería bellas, pero no espectaculares. Le incomodaba compartir mesa con una starlette que fuera objeto de las miradas depredadoras de otros o de la envidia violenta de las damas. Discrección era su máxima.
Mi amigo sólo tenía un requerimiento: que hablaran bien. Sin dejes, completando las frases, sin incurrir en discordancias y mucho menos en adjetivos sobredimensionados. Odiaba el exceso de gerundios, la subordinación sin remates, las metáforas desafortunadas y, por encima de todo, la onomatopeya. "Es tan vulgar...", solía repetir.
Un día quedó con una diosa. La amiga de una amiga de una amiga. "Te va a encantar, es filóloga", le informaron. Él la citó en un restaurante recoleto, donde pidió la mesa del rincón con su lamparita art decó y convenció al maitre de que pusiera una rosa blanca. Cuando llegó, ella estaba ahí, sentada, con un curioso vestido rojo de estampado pitón, algo llamativo y pasado de moda. El pelo recogido en un moño informal. La laca de las uñas perfecta, sin desconchones ni desbordamientos. La piel blanca y un extraño lunar "en forma de mariposa, justo al borde de la comisura de los labios, que no pude dejar de mirar en toda la noche", me informó el.
Hablaron sin parar, mientras volaban por su mesa los platos de un menú que apenas recuerda y bebían vino. Sonaba un solo de Chet Baker y ella lo acompañaba distraída con breves movimientos de cuello. Mi amigo estaba fascinado e imaginaba un final de noche con fuegos artificiales. Ella había leído, había viajado, había amado y destruido corazones, y todo lo relataba con una voz arenosa que le raspaba los oídos. A los postres, ella se levantó para ir al baño y al pasar junto a él lo rozó levemente con la cadera. "Te juro que la hubiera agarrado allí mismo, me hubiera lanzado a su cuello, besado su lunar de mariposa"...
A su regreso, ella lo miró y le dijo con voz de experta guía de viajes: "Ahora nos vamos a follar a mi casa, que está a quince minutos de aquí. Te advierto que no me gusta que me desnuden y espero que no lleves calcetines de lycra, que los odio. Tendrás que marcharte de inmediato. Nunca más volveremos a vernos, no intentes llamarme. Como digo yo, las cosas buenas deben ser eternas".
Mi amigo estaba estupefacto. "Cuando escuché lo del "como digo yo" se me cayó el mundo encima. Me pareció la más vulgar de las mujeres. Una emperatriz del martirio que, al igual que yo, coleccionaba citas a ciegas. La acompañé hasta un taxi, pero no la besé. Entre profesionales no ha lugar la pasión".
Desde entonces han pasado muchas mujeres, muchos gerundios, algunos adverbios inadecuados y el tedio de conversaciones insustanciales mientras él mira las horas de reojo. Pero no se ha olvidado de las alas de mariposa, que a veces busca distraído mientras espera a la siguiente.
Como digo yo...
AGUJEROS NEGROS II (El retorno)
CRISIS DE LOS 40 Y ALREDEDORES: PAREJA, AMIGOS,HIJOS,CINE,POLÍTICA, LIBROS...
miércoles 29 de febrero de 2012
CITA A CIEGAS
Etiquetas:
Chet Baker,
Cita a ciegas,
In the Mood for love
martes 28 de febrero de 2012
ENEAGRAMA Y DESPRESTIGIO
Últimamente leo sobre eneagramas. Mi amiga L. me lo recomendó vivamente como método de autoconocimiento. Creo que el origen es hindú, y con estos mimbres lo más cabal por mi parte habría sido menospreciar el ingrediente hierbas bajo sospecha de tufo de autoayuda para principiantes (Ay, querida Lorrie Moore, tampoco te hubiera leído con semejante título de no haberme insistido alguien en quien solía confiar)
La cadena del prestigio es tan frágil como la autoestima. Conozco a quien elige sus lecturas, sus amigos, su atuendo y hasta a su novia por el plus que le aportan de cara a la galería. A veces somos en función de los que nos rodean, galones de los que nos encariñamos porque provocan admiración o envidia en la mirada del otro. Una mujer que lee eneagramas carece por completo de interés, lo asumo, y prometo salvar mi alma con algún escritor jovenzuelo de prestigio disparado y moderada calidad literaria. A cambio recorro fascinada cada noche unas páginas de hablan de pasiones dominantes, fijaciones, instinto pulsional dominante, sistema narcisista y antídotos.
Los números y yo siempre hemos tenido una relación ambigua. De adolescente suspendía matemáticas y mi padre me amenazaba con trabajar de cajera en Galerías Preciados, la versión cañí de El Corte Inglés. Sin embargo yo construía frases obsesionada con el orden y ritmo aritméticos, sin saberlo, y al llegar a COU hubo la reunión de los test y resultó que era un prodigio en la materia. Las carcajadas de mi padre aún se escuchan en el salón de actos del colegio.
Me fascina la exactitud porque soy inexacta. Me parece que los números nos otorgan un refugio en tiempos de incertidumbre. Mi eneatipo, que no desvelaré para no dar pistas al enemigo, es un calco de mi personalidad y al leerlo experimenté el mismo temblor que la primera vez que fui a la bruja y me contó mi vida al dedillo y lo que habría de pasarme. Descubrir que los números son mágicos es pueril, supongo. Lo mismo que el hallazgo de la fuerza de las palabras. "Yo lo que veo, lo leo", afirmó con solemnidad Minichuki el día que aprendió a leer. Pues "yo lo que sumo, lo asumo", diría hoy desde mi edad ¿adulta?
El prestigio tiene que ver con mi eneatipo. Suelo decir que es eso que cuesta tanto tiempo levantar y tan poco demoler. Hay excelentes escritores que perdieron el suyo por sus manifestaciones racistas. Hay mujeres devaluadas por el marido que tienen al lado y hombres que se convierten en sospechosos por la mujer que les baila el agua. Julian Assange era dios hasta que empezó a endemoniarse y para recuperar el suyo Whitney Houston ha tenido que morir y nosotros que escuchar la banda somora de aquel bodrio intragable llamado "El Guardaespaldas", rodado cuando Kevin Costner aún mantenía su prestigio a la espera de ahogarse para siempre jamás en "Waterworld". Esa otra aberración cinematográfica que nos metimos en vena con palominas y que hizo abandonar el cine a mi amiga P., a quien se la suda lo de figurar, tras soltar desairada una sentencia que no olvidaré: "Me largo, esto es un pego".
Mi eneagrama me advierte del terror a la impotencia y del perfeccionismo letal, así que corro a respirar hondo y pensar en omhhhhh para que mis órganos no sufran el desprestigio de exhibir sus taras en la plaza pública de un blog que a veces desnuda más de lo que cubre. La antítesis del paseo de la fama, podríamos decir.
Los números y yo siempre hemos tenido una relación ambigua. De adolescente suspendía matemáticas y mi padre me amenazaba con trabajar de cajera en Galerías Preciados, la versión cañí de El Corte Inglés. Sin embargo yo construía frases obsesionada con el orden y ritmo aritméticos, sin saberlo, y al llegar a COU hubo la reunión de los test y resultó que era un prodigio en la materia. Las carcajadas de mi padre aún se escuchan en el salón de actos del colegio.
Me fascina la exactitud porque soy inexacta. Me parece que los números nos otorgan un refugio en tiempos de incertidumbre. Mi eneatipo, que no desvelaré para no dar pistas al enemigo, es un calco de mi personalidad y al leerlo experimenté el mismo temblor que la primera vez que fui a la bruja y me contó mi vida al dedillo y lo que habría de pasarme. Descubrir que los números son mágicos es pueril, supongo. Lo mismo que el hallazgo de la fuerza de las palabras. "Yo lo que veo, lo leo", afirmó con solemnidad Minichuki el día que aprendió a leer. Pues "yo lo que sumo, lo asumo", diría hoy desde mi edad ¿adulta?
El prestigio tiene que ver con mi eneatipo. Suelo decir que es eso que cuesta tanto tiempo levantar y tan poco demoler. Hay excelentes escritores que perdieron el suyo por sus manifestaciones racistas. Hay mujeres devaluadas por el marido que tienen al lado y hombres que se convierten en sospechosos por la mujer que les baila el agua. Julian Assange era dios hasta que empezó a endemoniarse y para recuperar el suyo Whitney Houston ha tenido que morir y nosotros que escuchar la banda somora de aquel bodrio intragable llamado "El Guardaespaldas", rodado cuando Kevin Costner aún mantenía su prestigio a la espera de ahogarse para siempre jamás en "Waterworld". Esa otra aberración cinematográfica que nos metimos en vena con palominas y que hizo abandonar el cine a mi amiga P., a quien se la suda lo de figurar, tras soltar desairada una sentencia que no olvidaré: "Me largo, esto es un pego".
Mi eneagrama me advierte del terror a la impotencia y del perfeccionismo letal, así que corro a respirar hondo y pensar en omhhhhh para que mis órganos no sufran el desprestigio de exhibir sus taras en la plaza pública de un blog que a veces desnuda más de lo que cubre. La antítesis del paseo de la fama, podríamos decir.
lunes 27 de febrero de 2012
¿ME BESARÁ URDANGARIN?
Me impresiona ver la rigidez del cuerpo de Urdangarin camino del juzgado. Leo que ha declarado 21 horas ante el juez. De ser yo, me habría confesado autora material del crimen de Sharon Tate, del de Kennedy y hasta de la muerte de Manolete.
Imagino que después de tantas horas uno se dice, se desdice y se contradice, y hay que rezar para que el togado que te interpela tenga su cerebro en peor estado que el tuyo. La justicia, vista así, es un pulso de neuronas y me temo que el deportista juega con ventaja frente a un tipo que ha pasado horas sentado frente a un sumario, un procedimiento y muchas dudas legales razonables. Las carreras las ganan los que resisten, y el duque ha corrido, amagado y hasta dicho sí quiero en una catedral de largo recorrido y con alfombra roja.
"Ya verás como ése se escapa de rositas", fue la conversación que escuché a mi mesa ayer entre escépticas convencidas del poder de la corona. Somos una generación educada con libros de princesas donde los príncipes, a mucho tirar, te despertaban con un beso o trepaban por la melena de Rapunzel, pero no timaban a las arcas públicas ni evadían impuestos en paraísos fiscales.
La realeza, eso tan intangible que hemos dejado de respetar per sé, ha conseguido tener patente de corso en el imaginario de un país demasiado preocupado por borrar la sombra de un dictador. Y ahora hemos de asumir que un rey es un hombre que se equivoca y hace cosas feas, como todos. Y que el yerno de un rey podía haber estado en la banda de Al Capone o con Robert Redforf y Paul Newman en "El Golpe".
¿Cree que existe alguna institución intocable? pregunté hace unos días a un señor de esa generación de políticos brillantes que ya no tenemos. El hombre se encogió de hombros y salió por peteneras. Lo mismo que si le hubiera preguntado ¿cree que hoy tenemos representantes dignos, intruidos, leales, incorruptibles? Vivimos tiempos de mediocridad de la corona hacia abajo, y la justicia ha empezado a meter mano en la sospecha sin mirar la sangre azul.
Hay cierta sed de venganza en el pueblo que señala al duque sentado en el banquillo. Y lo entiendo. La guillonita es una fantasía recurrente del vulgo cabreado. Y hay muchas princesas desencantadas de un príncipe que tras el beso ocultaba presuntamente otras mañas menos aspiracionales.
Me quedo con la imagen del juez entrando a los juzgados con una americana de cuero brillante. Como una estrella del rock, una satánica majestad dispuesta a tocar la batería 21 horas sin aliento hasta que su público, ese hombre rígido, termine rogando por favor por favor, un minuto de silencio.
Y entonces, la verdad. Sólo la verdad y nada más que la verdad.
O una gran mentira resplandeciente.
Imagino que después de tantas horas uno se dice, se desdice y se contradice, y hay que rezar para que el togado que te interpela tenga su cerebro en peor estado que el tuyo. La justicia, vista así, es un pulso de neuronas y me temo que el deportista juega con ventaja frente a un tipo que ha pasado horas sentado frente a un sumario, un procedimiento y muchas dudas legales razonables. Las carreras las ganan los que resisten, y el duque ha corrido, amagado y hasta dicho sí quiero en una catedral de largo recorrido y con alfombra roja.
"Ya verás como ése se escapa de rositas", fue la conversación que escuché a mi mesa ayer entre escépticas convencidas del poder de la corona. Somos una generación educada con libros de princesas donde los príncipes, a mucho tirar, te despertaban con un beso o trepaban por la melena de Rapunzel, pero no timaban a las arcas públicas ni evadían impuestos en paraísos fiscales.
La realeza, eso tan intangible que hemos dejado de respetar per sé, ha conseguido tener patente de corso en el imaginario de un país demasiado preocupado por borrar la sombra de un dictador. Y ahora hemos de asumir que un rey es un hombre que se equivoca y hace cosas feas, como todos. Y que el yerno de un rey podía haber estado en la banda de Al Capone o con Robert Redforf y Paul Newman en "El Golpe".
¿Cree que existe alguna institución intocable? pregunté hace unos días a un señor de esa generación de políticos brillantes que ya no tenemos. El hombre se encogió de hombros y salió por peteneras. Lo mismo que si le hubiera preguntado ¿cree que hoy tenemos representantes dignos, intruidos, leales, incorruptibles? Vivimos tiempos de mediocridad de la corona hacia abajo, y la justicia ha empezado a meter mano en la sospecha sin mirar la sangre azul.
Hay cierta sed de venganza en el pueblo que señala al duque sentado en el banquillo. Y lo entiendo. La guillonita es una fantasía recurrente del vulgo cabreado. Y hay muchas princesas desencantadas de un príncipe que tras el beso ocultaba presuntamente otras mañas menos aspiracionales.
Me quedo con la imagen del juez entrando a los juzgados con una americana de cuero brillante. Como una estrella del rock, una satánica majestad dispuesta a tocar la batería 21 horas sin aliento hasta que su público, ese hombre rígido, termine rogando por favor por favor, un minuto de silencio.
Y entonces, la verdad. Sólo la verdad y nada más que la verdad.
O una gran mentira resplandeciente.
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domingo 26 de febrero de 2012
DE REPENTE, PRIMAVERA
![]() |
| Mi cocina verdifucsia |
Hay veces, pocas, en que una piensa que no lo está haciendo del todo mal con las chukinas. Educar consiste en echar margaritas a los cerdos y descubrir, años después, un precioso ramo en un rincón de la porquera. Espero que ellas no lean la comparación y se traumaticen y urdan una venganza consistente en no volver a pisar un museo ni a jugar a los libros discontinuos (cada una lee en voz alta un párrafo del suyo, y se crean historias desilvanadas y nos da la risa).
Lo bueno cuesta, supongo. Y en el camino hacia la calidad a veces hay que hacer la vista gorda y compartir en familia una película de teenagers descerebrados, o dos, para colar una tercera de "arte y engaño". Escuchar a algún memo sin ritmo ni concierto para poner un rato de viola gamba sin que se alteren. Comer pizza y al día siguiente un delicioso foie. La vida sin contrastes carece de emoción, supongo, y educar en la perfección es una carrera hacia el precipicio de Thelma y Louise.
Yo he sido una niña desodediente y sigo siéndolo. Ayer salí a redecorar mi vida y se me antojaron unas preciosas sillas fucsia. "Pero tu cocina es verde pistacho, hija, no te pegan nada", insistía mi santa madre, y entonces yo añadía vasos morados al carro y unas ensaladeras añil que me parecieron imprescindibles. Ya es primavera en mi cuerpo y siento que debo cambiar mi casa aunque sea a costa de desafiar las normas sagradas del pantone.
Adiós a los grises, bienvenido el arcoiris. El sol de febrero está haciendo de las suyas y la euforia ha traído a casa las ganas de ir a ver cuadros de colores. Sean el sol y sus contornos, escribamos historias tartamudas y salgamos a la calle como si fuera el primer paseo tras un duro invierno sin libertad condicional ni bis a bis.
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Thelma y Louise
viernes 24 de febrero de 2012
IMPROBABLE CHAGALL
Quiero escribir un relato que se llame "La mujer improbable". El título me lo ha inspirado una portuguesa brillante que conocí hace pocos días y que logra alambicar el idioma español hasta darle una sonoridad y un uso tan asombrosos que ahora lamento no haberla perseguido con la grabadora.
Mi amiga A. está a punto de publicar un libro para escribientes. Me asegura que en la editorial han intentado disuadirla del palabro. Le recuerdo que Vargas Llosa ya se atrevió con "La tía Julia y el escribidor", y hoy es premio Nóbel. A. me da la razón. Todos los que escribimos somos escribidores. Escritores, los menos. Para eso hay que lograr un estilo propio y contar, como me recomendó un día C., -otro amigo que publica- "aquello que sólo tú puedes contar". A lo que le respondí: "pues lo mismo no hay nada tan único bajo mis mechas y me quedo de brazos cruzados".
Las editoriales están hartas de recibir originales de pretenders. Gente convencida de haber escrito una gran obra. La mayoría son vulgares, porque la selección darwiniana se aplica también a la literatura. Pero todos han mandado con excitación un trozo de su alma trémula con la esperanza de ser publicados. Sólo algunos consiguen abrir íntimas compuertas en el lector. A otros los publican por modernos, a sabiendas de que en pocos meses terminarán en los baratillos del VIPS en el mejor de los casos. Y la mayoría se queda compuesto y sin obra, con la frustración de no poder rematar ese absurdo principio de las tres cosas que se supone hay que hacer en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.
Las frases hechas han hecho mucho daño a la civilización. Tanto como los malos libros. De cuando en cuando escojo veinte o treinta de mi estantería que considero prescindibles y los condeno al holocausto de la portería. Los vecinos se los llevan antes de que cante el gallo. A "La mujer improbable" le seguirá "La mujer selectiva". Lo tengo claro. Esa que elimina de su vida aquello que carece de un valor añadido: hombres sin fuste, tacones desequilibrados y poemas vacuos. Además de libros de cocina con recetas de más de 10 líneas, callejeros de ciudades y maletas sin ruedas. Me parece que para escribir bien hay que empezar con un strip-tease. Huir de estructuras encorsetadas, recuperar las palabras sonoras y ponerlas tal vez en boca de un extranjero para darles otro recorrido. Inspirarse en la intrahistoria de las historias. Y luego tirarlo todo a la basura.
La escritura es una carrera de fondo contra uno mismo. El gozo y el látigo. Las palabras deberían ser sagradas. Me irrita sobremanera su mal uso y agradezco como un bálsamo la lectura de párrafos donde cada término ilumina un tramo del túnel. Donde nada sobra ni falta. Ocurre pocas veces y ese día es una fiesta.
Pero a veces las historias grandes se escriben sin palabras. Hoy he soñado que era una mujer Chagall, de añil y rojo furia, a lomos de un enorme gallo frente al lago. Pintar la emoción es un prodigio que nos deja mudos y a expensas de una marea de fuego que no se apaga al cerrar la ultima página del libro. Y lo llaman crear. Y es puro rapto.
P.D. A Sancha, mi amiga probable.
Mi amiga A. está a punto de publicar un libro para escribientes. Me asegura que en la editorial han intentado disuadirla del palabro. Le recuerdo que Vargas Llosa ya se atrevió con "La tía Julia y el escribidor", y hoy es premio Nóbel. A. me da la razón. Todos los que escribimos somos escribidores. Escritores, los menos. Para eso hay que lograr un estilo propio y contar, como me recomendó un día C., -otro amigo que publica- "aquello que sólo tú puedes contar". A lo que le respondí: "pues lo mismo no hay nada tan único bajo mis mechas y me quedo de brazos cruzados".
| El escribidor y su tía |
Las frases hechas han hecho mucho daño a la civilización. Tanto como los malos libros. De cuando en cuando escojo veinte o treinta de mi estantería que considero prescindibles y los condeno al holocausto de la portería. Los vecinos se los llevan antes de que cante el gallo. A "La mujer improbable" le seguirá "La mujer selectiva". Lo tengo claro. Esa que elimina de su vida aquello que carece de un valor añadido: hombres sin fuste, tacones desequilibrados y poemas vacuos. Además de libros de cocina con recetas de más de 10 líneas, callejeros de ciudades y maletas sin ruedas. Me parece que para escribir bien hay que empezar con un strip-tease. Huir de estructuras encorsetadas, recuperar las palabras sonoras y ponerlas tal vez en boca de un extranjero para darles otro recorrido. Inspirarse en la intrahistoria de las historias. Y luego tirarlo todo a la basura.
La escritura es una carrera de fondo contra uno mismo. El gozo y el látigo. Las palabras deberían ser sagradas. Me irrita sobremanera su mal uso y agradezco como un bálsamo la lectura de párrafos donde cada término ilumina un tramo del túnel. Donde nada sobra ni falta. Ocurre pocas veces y ese día es una fiesta.
Pero a veces las historias grandes se escriben sin palabras. Hoy he soñado que era una mujer Chagall, de añil y rojo furia, a lomos de un enorme gallo frente al lago. Pintar la emoción es un prodigio que nos deja mudos y a expensas de una marea de fuego que no se apaga al cerrar la ultima página del libro. Y lo llaman crear. Y es puro rapto.
P.D. A Sancha, mi amiga probable.
jueves 23 de febrero de 2012
MUJER JET LAG,MUJER MELATONINA
-¿A dónde te gustaría viajar?
-A un sitio con jet-lag.
Mi adolescente tiene raptos de imperioso sentido común en medio de su mundo alborotado. Uno no viaja hasta que el cuerpo se le vuelve extraño. La sensación de ir a contracorriente, despertar en medio de la noche y pensar: ¿dónde estoy? es la que nos da la medida del viaje. El extrañamiento, digamos, como regla número uno del desplazamiento. Algunos, para eso, no precisan moverse de su casa. Benditos sean.
Un adolescente es un ser en continuo jet-lag. Las piernas de ayer no son las de hoy. Los pensamientos, volátiles, migraron a otras costas. La mochila, siempre llena, puede volcarse de súbito y componer un collage de desesperación en medio del cuarto donde ayer no había ese póster ni sonaba la misma música. Los cambios, esos que nos hacen sentir tan vivos, provocan irritación en los demás. Sobre todo en los padres. Pero ahora pienso que es por envidia de aquellos días móviles donde a una emoción le seguía la siguiente y no había biodramina para aterrizajes forzosos.
Hacerse mayor es poner todo tipo de medidas para adaptar el tiempo a la memoria. Una lástima. Las ideas en tránsito suelen ser las más fecundas. Las personas que conocemos en un viaje siempre tienen interés. El mismo libro leído entre bostezos en una madrugada del Caribe parece tener un intratexto que te atrapa y proyecta hacia otro reino donde las normas semánticas, sintácticas y desde luego la retórica tienen vida propia. El jet lag, se me ocurre, es lisérgico y adictivo, pero las autoridades norteamericanas aún no se han enterado y en las fronteras no te detienen.
-¿Motivo del viaje?, señorita
-Concurso mundial de coctelería.
El tipo te mira de arriba abajo y ahora sí sospecha. No puede imaginarte agitando una coctelera con Bacardí superior, Pedro Ximénez y unas gotas de limón, entre otros prodigios. Hubiera sido mucho más honesto responder: "Buscaba un sitio con jet lag garantizado, mi amol", como hubiera hecho mi querida adolescente. Y una cosa me llevó a la otra, porque los cócteles siempre te proyectan a la pista y de ahí a sentir que esos brazos y esas piernas no son tuyos hay un paso y puede que un tropezón.
Los estados intermedios. Aquellos en los que uno no es del todo uno. Podría enamorarse de un hombre o de un cuerpo de baile en una plaza de madrugada. Podría escribir la desmemoria y echarla al mar en una botella, para reencontrarla un siglo después sin reconocer su autoría.
Quiero ser yo, pero no del todo. Quiero sorpresa asegurada. Despertar en una cama que no sea la mía, buscar el manual de instrucciones de una cafetera, atracar el mini bar y dejar los zapatos dispersos por la habitación, como si la música se hubiera detenido justo cuando empezaba a sospechar que esa mujer extraña era una versión de cierta adolescente que conocí un día y que aún se deja llevar por las deshoras y los desmomentos.
Viajar, tal vez volver. Y ponerse de melatonina para entrar a la fuerza en la atmósfera, como un cohete programado. Y ese mismo día empezar a trazar un plan de fuga, con la complicidad de un reloj que siempre marca las tres de la mañana.
-A un sitio con jet-lag.
Mi adolescente tiene raptos de imperioso sentido común en medio de su mundo alborotado. Uno no viaja hasta que el cuerpo se le vuelve extraño. La sensación de ir a contracorriente, despertar en medio de la noche y pensar: ¿dónde estoy? es la que nos da la medida del viaje. El extrañamiento, digamos, como regla número uno del desplazamiento. Algunos, para eso, no precisan moverse de su casa. Benditos sean.
Un adolescente es un ser en continuo jet-lag. Las piernas de ayer no son las de hoy. Los pensamientos, volátiles, migraron a otras costas. La mochila, siempre llena, puede volcarse de súbito y componer un collage de desesperación en medio del cuarto donde ayer no había ese póster ni sonaba la misma música. Los cambios, esos que nos hacen sentir tan vivos, provocan irritación en los demás. Sobre todo en los padres. Pero ahora pienso que es por envidia de aquellos días móviles donde a una emoción le seguía la siguiente y no había biodramina para aterrizajes forzosos.
Hacerse mayor es poner todo tipo de medidas para adaptar el tiempo a la memoria. Una lástima. Las ideas en tránsito suelen ser las más fecundas. Las personas que conocemos en un viaje siempre tienen interés. El mismo libro leído entre bostezos en una madrugada del Caribe parece tener un intratexto que te atrapa y proyecta hacia otro reino donde las normas semánticas, sintácticas y desde luego la retórica tienen vida propia. El jet lag, se me ocurre, es lisérgico y adictivo, pero las autoridades norteamericanas aún no se han enterado y en las fronteras no te detienen.
-¿Motivo del viaje?, señorita
-Concurso mundial de coctelería.
El tipo te mira de arriba abajo y ahora sí sospecha. No puede imaginarte agitando una coctelera con Bacardí superior, Pedro Ximénez y unas gotas de limón, entre otros prodigios. Hubiera sido mucho más honesto responder: "Buscaba un sitio con jet lag garantizado, mi amol", como hubiera hecho mi querida adolescente. Y una cosa me llevó a la otra, porque los cócteles siempre te proyectan a la pista y de ahí a sentir que esos brazos y esas piernas no son tuyos hay un paso y puede que un tropezón.
Los estados intermedios. Aquellos en los que uno no es del todo uno. Podría enamorarse de un hombre o de un cuerpo de baile en una plaza de madrugada. Podría escribir la desmemoria y echarla al mar en una botella, para reencontrarla un siglo después sin reconocer su autoría.
Quiero ser yo, pero no del todo. Quiero sorpresa asegurada. Despertar en una cama que no sea la mía, buscar el manual de instrucciones de una cafetera, atracar el mini bar y dejar los zapatos dispersos por la habitación, como si la música se hubiera detenido justo cuando empezaba a sospechar que esa mujer extraña era una versión de cierta adolescente que conocí un día y que aún se deja llevar por las deshoras y los desmomentos.
Viajar, tal vez volver. Y ponerse de melatonina para entrar a la fuerza en la atmósfera, como un cohete programado. Y ese mismo día empezar a trazar un plan de fuga, con la complicidad de un reloj que siempre marca las tres de la mañana.
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lunes 20 de febrero de 2012
PRIMERAS VECES
Me gusta mirar las cosas con el asombro de la primera vez. En realidad, no tiene mucho mérito. Creo que guardo un síndrome de Korsakov no diagnosticado y acabo de decidir que así sea por mucho tiempo.
La memoria nos juega malas pasadas. Es esa enemiga molesta que convierte impresión en escepticismo como forma de adaptación al medio. Ningún corazón resiste tantas primeras veces cuando mira al mar abierto o a los ojos de quien ama. El filtro nos hace menos vulnerables, pero se lo cobra caro. Así, quiero volver a sentir el sobresalto de aquella entrada en Estambul por el Bósforo, al amanecer de un día de crucero familiar donde no hubo capitanes cobardes pero sí una tripulación obsequiosa que mi hermana y yo convertimos en héroes de "Vacaciones en el mar".
Pagaría por volver a no poder explicar con palabras. Enmudecer y sentir. Cuando escucho a los eruditos siento envidia tiñosa porque nunca podré armar un discursos con tantos referentes inapelables. Con tantos datos precisos. Pero algo me dice que el camino hacia el discurso mata la pasión. Una vez que el concepto se congela deja de palpitar. El cerebro no admite tantos imputs nuevos, supongo, y los liofiliza asegurándose de que cuando salgan no toquen vísceras ni venas de retorno.
La memoria mató a la estrella de la radio. Ayer, en el ascensor del hotel, sonaba esa canción de los Buggles que bailo siempre desatada con la primera vez. Lo mismo me pasa con I will survive, de Gloria Gaynor o con el Heart of glass de Blondie (Anoto: averiguar qué pasó en mi vida en 1979) Sospecho que la madurez es un sistema de intercambios que culmina con una cruel ironía. Cuando más sabio eres tu cuerpo se entrega al deterioro y no hay banda sonora que lo levante.
O puede que sí. Que con tu síndrome de Korsakov en perfecto estado puedas volver al vuelco de ese día en que sentiste que el tiempo se había congelado, y dar al rewind y al play tantas veces como quieras mientras mientras tus chukinas se miran con resignación y esperan a que pares de moverte en una pista que se parece mucho a la de aquella discoteca de los dieciséis donde sólo servían San Francisco y los hombres apenas se atrevían a besar.
La memoria nos juega malas pasadas. Es esa enemiga molesta que convierte impresión en escepticismo como forma de adaptación al medio. Ningún corazón resiste tantas primeras veces cuando mira al mar abierto o a los ojos de quien ama. El filtro nos hace menos vulnerables, pero se lo cobra caro. Así, quiero volver a sentir el sobresalto de aquella entrada en Estambul por el Bósforo, al amanecer de un día de crucero familiar donde no hubo capitanes cobardes pero sí una tripulación obsequiosa que mi hermana y yo convertimos en héroes de "Vacaciones en el mar".
Pagaría por volver a no poder explicar con palabras. Enmudecer y sentir. Cuando escucho a los eruditos siento envidia tiñosa porque nunca podré armar un discursos con tantos referentes inapelables. Con tantos datos precisos. Pero algo me dice que el camino hacia el discurso mata la pasión. Una vez que el concepto se congela deja de palpitar. El cerebro no admite tantos imputs nuevos, supongo, y los liofiliza asegurándose de que cuando salgan no toquen vísceras ni venas de retorno.
La memoria mató a la estrella de la radio. Ayer, en el ascensor del hotel, sonaba esa canción de los Buggles que bailo siempre desatada con la primera vez. Lo mismo me pasa con I will survive, de Gloria Gaynor o con el Heart of glass de Blondie (Anoto: averiguar qué pasó en mi vida en 1979) Sospecho que la madurez es un sistema de intercambios que culmina con una cruel ironía. Cuando más sabio eres tu cuerpo se entrega al deterioro y no hay banda sonora que lo levante.
O puede que sí. Que con tu síndrome de Korsakov en perfecto estado puedas volver al vuelco de ese día en que sentiste que el tiempo se había congelado, y dar al rewind y al play tantas veces como quieras mientras mientras tus chukinas se miran con resignación y esperan a que pares de moverte en una pista que se parece mucho a la de aquella discoteca de los dieciséis donde sólo servían San Francisco y los hombres apenas se atrevían a besar.
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