domingo, 24 de julio de 2016

EL SCRABBLE SACA A LA FIERA QUE ME HABITA

La partida final
Ustedes dicen que el hombre es incapaz de entender por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, que todo dependen del medio, que el medio lo pierde. Pero yo pienso que todo depende del azar. Les voy a hablar de mí”.

Arranco “Después del baile”, una selección de tres cuentos de Tolstói que publica Acantilado, y aparece la vieja disquisición sobre el ser humano. Todos somos buenos mientras no se nos toque el punto de perdición, sea este punto o no azaroso. Les voy a hablar de mí (en adelante, hacerse un Tolstói).

A mí, concretamente, me pierde el Scrabble.

Una pareja bien avenida se sienta en una mesa de hierro bajo un porche rotundo y generoso. El toldo mece el aire con su leve chirrido, detalle que ella nota al sacar el tablero de su juego de mesa preferido. Dentro, un saco de letras. Que en su caída caprichosa al ser volcadas determinan -oh, azar- millones de posibles combinaciones. Cada letra atesora una puntuación. La lengua pegada al paladar. Reloj de arena y concursantes concentrados. A sus marcas.

A mí el Scrabble me sube la tensión. Noto como, delante de mi alineación caprichosa de siete letras, pierdo el oremus fácilmente. Son ellas o yo, la sangre bombeando por mis sienes. Atenas, me sale Atenas, pero no sirven los nombres propios. Y con cuatro podría hacer una palabra tan anodina como “seno”, pero el orgullo me frena con sus bridas de acero. Me importa tanto conseguir una palabra larga y poco común que se me olvida si le pongo a huevo una triple a mi rival.

-Pero mujer, ¿no ves que ahora yo haré una y multiplicaré por tres?
-Una mierda de palabra, por cierto. Estarás orgulloso.

Tolstoi, Después del baile
Y parece que el orgullo es lo de menos para algunos cuando se trata del Scrabble. Cifras cuentan. Y si hay que poner “perro” en lugar de “acerico”, se pone. (La doble erre es un chollo, como la equis, que siempre te lleva al sexo). Avanza la partida, y él me indica, caballeroso, que si tengo una “v” podré petarlo a nivel galáctico.

-Oye, que no somos equipo, que somos rivales. ¡No me des pistas! (le hago saber). Y utilizaré su valiosa indicación más adelante, cuando no sea tan evidente, y apretando los dientes cual tiburón de película de sobremesa.

El Scrabble produce bruxismo. Debería ponerlo en la caja. Y ardor de estómago. Y explosiones de ira maldisimulada. Y taquicardia. “Eres un tiñoso, vas con el camión de la basura aprovechando mis detritus para componer palabras de mierda”, susurro. Y él encaja mi rabia sin perder la compostura.

“Voy a hablarles de mí. Si mi vida tomó el curso que tomó, y no otro, no fue por el medio, sino por algo totalmente distinto” (Ivan Vasilievich dixit)

A mí las palabras me vuelven medio loca. Cuando una se me resiste es como una de esas espinas del pescado que se enganchan en el esófago. Y el sinónimo, que busco en mi desesperación, no es consuelo sino rendición con bandera a media asta. El Scrabble es Mordor. Un territorio oscuro y lleno de niebla que sólo se ilumina cuando atino y escupo el término preciso. Y el margen es esa leve recompensa, el resuello mientras mi rival, que no mi compañero, rebusca entre sus letras y se toma su tiempo.

-Espero que seas consciente de que vas a ganar, pero con una estrategia chunga (le digo, acumulando resentimiento R-E-S-E-N-T-I-M-I-E-N-T-O (que no puntúa mal, bendita R)
-Cifras cantan, guapita.
-Tu escaso talento sólo es proporcional a tu gigantesco zorrerío.
-Jajajá

Y llega la hora de salir a cenar, y no hemos acabado la partida. Y el tablero ha dormido en esa mesa, a la espera de los últimos movimientos, la batalla sangrienta. Y quiero que despierte de una vez, y que sigamos la partida. Y querría ganar, ya puestos a elegir, con una sucesión de palabras bellas, rebuscadas, gentiles y precisas. Y mientras leo a Tolstoi, y hablo de mi peor yo. Y soy más rival que en toda mi existencia. Y aprieto la mandíbula.


martes, 19 de julio de 2016

UN BEST SELLER PERFECTO PARA LA PLAYA

 

 En la playa, leo un libro del que no subrayo una sola frase, y sin embargo, lo leo. Esa es la definición de un best seller para mí desde ahora mismo. Se llama “En manos de las furias” (Lumen) y es de la exitosa Lauren Groff. Entre sus credenciales, haber enganchado a Obama (así reza en la faja azul turquesa que lo atraviesa -toma pareado). Si en lugar de a Obama hubiera enganchado a Donald Trump, no lo habría empezado. Si en lugar de a Trump hubiera enganchado a la nueva primera ministra británica, le habría dado un tiento. Si en lugar de a todos ellos hubiera enganchado a Rihanna, un suponer, la habría leído su padre (el de Rihanna).


La cuestión es que este año y pese al fiasco de “El Jilguero” -ese ladrillo aclamado y ostentoso, largo como la noche de un ciego, que traté de acometer hasta el final el verano pasado- volví a insinuarme con una novela que no me hiciera sufrir si se llenaba de arena o se mojaba (ambas cosas sucedieron anteayer, cuando una ola gigante nos tragó con sombrillas, mochilas y toda la parafernalia playera). Un libro simple como mi cerebro en estos cortos días de vacaciones. Pero con una buena trama. Una historia devoradora, más dirigida al estómago que al cerebro, para entendernos. Pero sin ofender al órgano rey, válgame dios. Y Lauren Groff, treintañera y solvente, multipremiada y bendecida por The New Yorker, entre otras publicaciones de prestigio, salió a mi encuentro y me hizo suya al cumplir sobradamente con todas las credenciales exigidas.
Lotto y Mathilda son dos veinteañeros que se casan en un rapto de inconsciencia propio de la edad. Y su historia es la de un matrimonio de pijos pobres (la madre de él, millonaria, deja de pasarle dinero por el disgusto de la boda) que tratan de sobrevivir entre borracheras de bourbon, sexo y amigos gorrones que hacen apuestas sobre cuándo sobrevendrá el divorcio de la pareja protagonista.


Lo interesante de la historia es que la relación se sustancia en que uno busca su identidad y la otra se entrega a él anulándose a sí misma. O sea, la historia de un matrimonio. De algunos matrimonios. De ciertas parejas donde para que uno gane el otro debe perder, o perderse. Pero se aman, indudablemente se aman. Y el protagnista, Lotto, te cae fatal porque es un vanidoso incorregible. Un narcisista nato que se hará famoso como dramaturgo gracias a ella, que lo alienta, lo corrige, le permite vaguear y ausentarse y se lo folla, con perdón, cuando es menester. Un tipo convencido de que es un dios que ha encontrado a su vestal perfecta para mantener el fuego encendido en el altar de su gloria.

Hay en el camino algunos personajes interesantes -como Leo, el compositor con el que Lotto intenta hacer una ópera- o la tía Sally y la hermana lesbiana del joven (que en un momento dado coquetea con la heterosexualidad, pero poco rato). Hay un esfuerzo de construcción de situaciones y de desenlaces. Hay -claro, es un best seller- una dominación absoluta de las frases cortas y sin grandes subordinaciones. Simpleza limpia de virus, podría decirse. Así que lees diez páginas, levantas la mirada y se te va detrás de dos alemanas rubias, casi exactas, cuyos cuerpos fueron delgados y han ido ensanchando al unísono, y al unísono entran en el mar, risueñas y despreocupadas. Y otras veinte páginas y tu hermana saca unas latas heladas de su neverita portátil: ¿Una cerve? “Trae acá pacá” (chascarrillo familiar al uso). Y lees otras dos, sin preocuparte de las interrupciones, y la Artista antes llamada Minichuki se te acerca con una pregunta que no viene a cuento: “Mamá, ¿como es crecer en una casa con una padre y una madre que no estén separados?”-

Y entonces cierras el libro, porque la cuestión lo merece. Y miras a tu Artista y respondes con una pregunta, eso tan odioso y tan cobarde: “¿Chitina, tú has vivido mal hasta ahora con dos padres separados?”. Y ella: “No, pero tengo curiosidad... ¿Te molesta que te interrumpa mientras lees?.

Y el libro queda sepultado en la bolsa de la playa, entre bronceadores, peine, periódicos de ayer, nueces y bikinis de recambio. Sin trauma porque sabes que no te deja huella el abandono, es un snack literario salado que engaña al hambre pero no pretende más. Y las dos alemanas salen del agua, excitadas por las olas y la sal, y es un día perfecto de verano.

domingo, 17 de julio de 2016

MAMÁ, NO QUIERO QUE SE ACABE NUNCA ESTE LIBRO

La artista antes llamada Minichuki
 Y entonces mi hija -la artista antes llamada Minichuki- se ha enganchado a un libro como podía haberse enganchado a un grupo pop o a un buda de provincias. Con desesperación, con hambre, con obcecada militancia. Y es en la estación de tren, y es en el AVE, y luego en la grisura ruidosa del andén del cercanías, y es en la terraza de su abuela, -que la alojará dos semanas, como cada verano- y en la pared irregular y tortuosa de nuestra primera playa del Sur. Y es en el chiringuito de estío donde mi hermana, mi cuñado y yo nos apretamos el primer cubo de botellines -gozoso, todos nuestros dientes al descubierto, como un bautismo iniciático de lo que vendrá. Y ella, que se ha pedido un Nestea, nos dice que allí “hace mucho ruido”, se coge una silla plegable y se aleja hasta la orilla, donde se clavará en la lectura hasta que nosotros apuremos la cerveza. Y seguirá después, avariciosa. Y no podría sentirme más feliz, y a hurtadillas le hago fotos de sus momentazos lectores.

Todo llega cuando toca, podría decirse. Y es inútil jalear las prisas, y pretender que las ciruelas caigan del árbol meneando violentamente las ramas. Yo misma he necesitado seis años para asesinar al doktor Menguele. Atrapada en sus manos, he dejado que el miedo domesticara mi carácter hasta convertirme en una abuelita dócil sin capacidad de plantar cara y exigir respuestas, eso tan fácil con lo que encima me gano la vida. Menguele y mis ojos agotados, invadidos de carcoma amenazante. Menguele y su cara de temor clavándose en la mía. Menguele y su silencio. Menguele y su láser del demonio. Los picotazos de gallina en mis córneas asustadas. El olor pestilente de su aliento, sus hombros encogidos ante mi interrogante. Su cobardía cerval, mi miedo con censura.
Reencuentro fugar con Lord Byron

Todo llega cuando llega, a veces a empellones, como los toros de esos San Fermines cuyos encierros seguí día a día, en un nuevo ritual electrizante de verano perezoso y cargado de certezas inesperadas. Se acabó el desasosiego. Tiempo de cosecha y genuflexiones al viento. Escapada terapéutica a mi Asturias, dormida enredadera bajo un edredón, como dios manda. Playas frías con misteriosos conciliábulos de gaviotas. Chiringuitos sin gente. Verdinas con marisco. Reencuentro con amigos. La tregua que te trae el oleaje de una playa, cualquier playa, que te limpia el óxido de todas tus arterias. Saberte acompañada, sostenida, en un vaivén que no es un equilibrio precario, no lo es. Porque todo llega cuando toca, en el preciso instante en que uno puede recibirlo y peinarle el pelo, acomodarse a su paso largo, elegante y flexible. Abrillantar las suelas, exterderle la crema por la espalda. Que no lo asfixie el Sol, que no se agriete. Sentirse tan Norte hasta en el Sur. Saturarse de luz para la vuelta al flexo y a la mesa, a la rutina y su arterosclerosis galopante.

En la mesa de mi madre ya encontré mi esquina, el lugar que me acoge. Lo que es la Vuelta. Sus rosquillas caseras en el armario, las reñidas partidas de Scrabble en la terraza. El paseo a la cala con mi hermana, poniéndonos al día. Y el libro de mi hija en el sofá, dormitando la tregua necesaria, en el mismo lugar donde anoche las tres generaciones nos tragamos una comedia muy boba y muy romántica. Y a la cama bien juntas, la Artista antes llamada Minichuki y yo.

-Mamá, no quiero que se acabe nunca este libro.
-¿Te imaginas que le fueran creciendo páginas según tu avanzaras?
-¡Sería genial!
-La historia interminable. Esa que se ha contado.
-Buenas noches, mamá. Vente más cerca.
-Hasta mañana, chitina. No me cogas el pie, que no me duermo.

(Hoy siguen los rituales. Escritura y carrera con baño por la playa. Paseo con hermana, lectura concentrada de mi libro, yo también enganchada...A su debido tiempo, como todo en verano y en invierno)



domingo, 3 de julio de 2016

A LAS RUBIAS FALSAS SE OS ENCONA EL CABELLO DE ÁNGEL

Mientras mi hija se dirige al aeropuerto, leo a George Steiner en Babelia. La he despertado a las 5.20 de la mañana -en realidad he despertado a su prima sin darme cuenta de que no era ella, mi casa en estos días es un hostal con veinteñeras que entran y salen, y las camas no tienen dueño- y le he preparado el desayuno mientras la oía ducharse. El filósofo y ensayista de origen judío habla de la necesidad de los errores. "Si uno no puede errar de joven, nunca llegará a ser completo y puro". Yo necesito asegurarme de que mi hija ha embarcado correctamente. Que no se ha equivocado de terminal. Que no ha visto mal la puerta de embarque o se ha quedado encerrada en el cuarto de baño del aeropuerto. Que no se ha entretenido ante el escaparate de una tienda con enormes carteles de rebajas, que no la ha secuestrado uno del Daesh... Sentada en el salón, con la sombra pegajosa de la noche sobre mis espaldas, soy la caricatura más patética de la gallina ponedora en palabras de mi Giacometti y me arrepiento de no haber ido con mi niña a Barajas por considerar que sus 19 años eran argumento disuasorio y una madre despistada un peligro ambulante en coche y a esas horas lánguidas de la madrugada en las que el aire es una inmensa nube de ceniza.

George Steiner
Pero no se me va de la cabeza. Y entonces leo: "Los errores y las esperanzas rotas nos ayudan a completar el estado adulto" (O sea que, si por un despiste colosal, mi hija terminara subida en un avión con destino a Cincinatti, deberé dar gracias al cielo por brindarle esa oportunidad de completar su puzzle biográfico). Pienso, y trasteo entre mis papeles aún perpleja porque mi error matutino ha sido de bulto. Encendí la luz y allí estaba ella, tumbada. Juro que era mi hija, aunque me pareció ver un gesto extraño en su boca, como de murciélago, los colmillitos puntiagudos sobre los labios secos. Estaba semidesnuda, los cuerpos juveniles se parecen desposeídos de la ropa (argumentaré en mi defensa). La llamé por su nombre (o eso creí), le pellizqué con suavidad las mejillas, contrajo un poco el gesto. No me hizo ni caso. Salí al pasillo y mi hija (la auténtica) daba tumbos y bostezaba con la luz encendida. Solo entonces comprendí mi error. ¿Quién dijo que todo estaba perdido? Si te equivocas, estarás perfectamente colocada en el punto de partida que es la creación, ¿verdad que sí, George Steiner?.

George... Que unas líneas más abajo me regala: "Para mí, la dignidad humana consiste en tener secretos y la idea de pagar a alguien para que los escuche me asquea (...) Es el secreto lo que nos hace fuertes". Touché. ¿Es asqueroso pagar por que te retiren las inmundicias del inconsciente? ¿es un lujo burgués el psicoanálisis, como sostiene? ¿Debería plantear en el diván que renuevo otra temporada para hacérmelo mirar? Para resolver por qué una mujer con el traje de madre se vuelve frágil y temerosa, culpable y responsable de una hija universitaria y despistada, sí, pero adulta al fin y al cabo.


Tiempo de despedidas. En el descansillo me ha dicho un  "ciao, mami" desposeído de emoción, aún somnoliento. No me abraza, sólo un beso a vuelapluma. ¡Qué seca eres, hija mía!, le digo justo antes de que la engulla el ascensor. Vuelvo a mi error, mal fario que las últimas palabras sean reproches. Apunto hacerme con "La poesía del pensamiento" de Steiner. No vuelvo a la cama, mejor me acuno sola en el teclado. Retomo mis notas: "A las rubias falsas no os gusta el cabello de ángel. Lo tenéis enconado", dijo él. Me da la risa. Ha salido el sol, y en veinte minutos despega el avión de mi hija, rumbo al territorio Brexit.

"Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros. Eso es una patria". Qué gran verdad, amigo Steiner. Una patria portátil sin bandera ni himno permanente. El que me pida el cuerpo cada día. Ese fado que anoche me regaló mi Radio Clásica y que ahora recupero. Pienso en mi niña, tira la cicatriz del cordón umbilical.

-Ya estoy sentada en el avión.¡Qué ganas tengo!
-Buen viaje, mi amor. (Cacareo de gallina ponedora. El huevo ha sido expulsado al fin. Me relajo).








lunes, 27 de junio de 2016

DIETA FILARMÓNICA PARA OBESIDAD ELECTORAL

Desayuno de jornada electoral
Anoche, mientras la Filarmónica de Viena atacaba en el Auditorio de Madrid el Cuarto de Bethoven bajo la batuta vivaz y bailarina del director colombiano Andrés Orozco, el recuento electoral iba demostrando que cuando el español miente (y oculta su voto), es que miente de verdad. Por el patio de butacas desfilaba una jet que no suda bajo sus planchadas e impecables camisas de rayas con americana casual (ellos) y vestidos ligeros con sandalias que exhibían arrogantes pedicuras francesas -ellas-.Satisfechos de sí mismos, ahítos de orgullo sin miedo al fin de mes. Todo lo mundano se abanicaba rendido ante la fuerza imparable de la cultura, esa que había brillado por su ausencia durante la campaña electoral. Al piano, el español Javier Perianes conseguía hacernos olvidar que ahí afuera se estaba cociendo otro guiso de democracia para espíritos exhaustos con hambre de grandeza.  Al final de las Danzas Sinfónicas de Rachmaninoff, Orozo detuvo el aire, juro que lo hizo, con una pirueta prodigiosa con sus manos, su cuerpo en una ingravidez que rozaba el milagro, y la orquesta de Viena, tan teutona, compacta y obediente, dejó de respirar y fue inmolada con lágrimas de sangre por el latino en trance. Las notas desmayadas a sus pies, como mosquitos negros fumigados. Violines y centellas.

(¿Te has fijado en los graves?, me preguntaba él, pero yo sólo siento y existo a duras penas cuando me embarga la música, y luego a la salida sentí hambre de luna y de boquerones en vinagre.Entonces encendí el móvil y el PP iba ganando en el recuento. Y Podemos agachaba un rato la cabeza. Y el Psoe sentía que el sorpasso había sido una pesadilla pasajera más fruto del deseo enardecido que del voto pensado. Y unos y otros hablaron según el guión postcoital, y ya en la cama eché de menos a la Filarmónica de Viena, a ese primer violín tan virtuoso, de porte principesco y pelo blanco.

Filarmónica de Viena&Andrés Orozco
Junio nos pilla cansados, me parece. Y hay que fingir entusiasmo a paletadas hasta que llegue el momento de abrazar a mi playa de Lord Byron y entretener las horas con un libro. Los placeres sencillos, la tierra como dieta necesaria. Unas elecciones en estío son como un examen en agosto. Un dislate. Comprarse cuello vuelto en lugar de bikini, te diría. "Este es mi último año, me paso al bañador", me juré hace un verano, y hace dos. Las promesas están para incumplirse, la  donna siempre es móbile. Tengo cuerpo de lunes y ayer voté a un partido sin fe y sin consistencia, pero con ambición de estrategia, qué chorrada. Desde su exilio despreocupado mi hija mayor me preguntaba: ¿has votado a X?, y yo le contesté: ¿te has bañado en la playa?.  Pues yo me he sumergido en las aguas de Bethoven y aún me quedan gotas por el cuerpo. Espero que estés bien y que disfrutes. Yo anoche me tomé mis boquerones con cerveza bien fría y volví a casa enamorada, sabiendo que algo queda cuando todo se agita y la lluvia hace charcos de barro que ensucian los pies de esas señoras tiesas con rellenos faciales y abanicos deluxe. Tan formales.

martes, 21 de junio de 2016

DE FÚTBOL, POLÍTICA, SEXO Y RELIGIÓN


Castilla
Me he propuesto vivir de espaldas al fútbol, ya que no me es posible darle la espalda a la campaña electoral. El fútbol y la política son, con el sexo y la religión,  los cuatro temas prohibidos a la mesa con desconocidos según las reglas de maricastaña. Ayer A. llegó glosando una cena profesional en la que el marido de una de las invitadas -un pijo energúmeno, perfumado de más y zafio de entendederas- le había preguntado a bocajarro si él, un perfecto extraño, era en la intimidad "activo" o "pasivo". A, que es gay y de probado buen carácter, apenas levantó una ceja antes de carraspear, pero no le quedó otra que despejar balones cuando el otro insistió en "si le daban o daba, si era el hombre o la mujer de la pareja". Mi amigo no daba crédito, y en la mesa se había hecho un silencio engrudo. El patoso, lejos de avergonzarse, prosiguió su discurso insultando al "Coletas" en campaña con toda la artillería pesada de su ignorancia pasada por la piedra de la insolencia más grasienta. Todos rezaron porque al fin se hablara de fútbol.

Sta María la Real de Nieva
El domingo fui invitada a un plan de campo con un grupo de cálidos semidesconocidos en donde no se habló de deporte pero sí de política, de sexo, de cómo dejar al terapeuta, de si es mejor o peor que plantar a un novio. De por qué a una edad determinada uno a veces abandona a los amigos de ayer porque ya no le llenan. De si la infidelidad en la amistad puntúa doble. De enredos de familia, de las bondades del chorizo de Salamanca, de la belleza de un claustro con sus capiteles góticos, de depresiones y química milagrosa...De la vida y sus relieves, mientras el campo castellano nos regalaba un espectáculo de espigas que eran el mar en oleaje tranquilo y bebíamos cerveza en un chill out improvisado con hamacas  a ras de suelo, sillas antiguas desencoladas y primorosos manteles de hilo que un día fueron ajuar. La sensación de intimidad era plena, volaban torpemente golondrinas entre los muros de piedra y la desconocida del grupo que era yo no hubiera tenido ningún problema en hablar de lo que fuera. Incluso de si soy activa o pasiva en un momento dado. Hombre o mujer entre las sábanas. Loca de atar o sólo desorientada por culpa de una geografía plagada de rotondas diabólicas.

Bien pensado, uno debería presentante en sociedad con las cuatro credenciales temáticas del apocalipsis, tomar aire y arrancar: "Me llamo X, voto desde el desaliento y apelo a los estertores de mi ideología pasados por el tamiz de mi sentido práctico  antes de besar sin convicción a un candidato que no me devuelve el beso. Mi fe es el oído para la trascendencia, entro a las iglesias pero nunca está dios. Si acaso un monaguillo rascándose la oreja. Pero creo que el cielo existe y es un coche con las ventanillas abiertas y una cantata de Bach a todo trapo en un mirador con vistas a un embalse calmo. El sexo lo prefiero enredado,  mecido en delicada furia y dulce de retrogusto. Doy o me dan, no podría asegurarlo cuando se borra el contorno de los cuerpos. De niña solía jugar al fútbol en la calle, y me queda el recuerdo de mis piernas ardiendo tras el balón, la cara roja y pulso en las sienes hasta que la voz de mi madre, desde la ventana, nos llamaba a cenar en esos veranos eternos de ciudad y llenos de euforia.

No sé quién juega hoy en la Eurocopa, pero si España llega a la final saldrá de mí un ardor guerrero que no llega ni de lejos al que se me apodera cuando mi hija salta al terreno de juego con su coleta al viento y las rodillas llenas de moratones, y cabalga por la banda y dispara el balón a portería. Y mete un gol, o no lo mete. Y se me sale el corazón y otras vísceras calientes por la boca. Y soy una bestia madre. Lo que más.





martes, 14 de junio de 2016

CUATRO HOMBRES PARA CUATRO CHICAS

Debate a cuatro, ayer
"Acabaré un martes cualquiera porque si no te importa elijo yo". "La Carga". Jorge Meyer. Ed El Sastre de Apollinaire.

Mi vieja prevención contra los martes no es solo mía, lo cual tiene su parte buena -la compañía en la desdicha- y su parte mala -la evidencia de la vulgaridad-. Anoche además me acosté un poco tarde escuchando los salmos de los líderes en el debate a cuatro y eso se paga. Mariano, Pedro, Alberto y Pablo me parecieron tan civilizados como poco espontáneos. Con la lección aprendida por párrafos -indignaciones incluidas- y al pie de la letra, como si hubieran ido al mismo preparador gris pero competente de oposiciones.  Justo lo que le digo a mi hija la Artista antes llamada Minichuki que no debe hacer: "Entiende lo que lees, piensa cómo lo dirías con tus propias palabras y luego habla".

Mi ascendente sobre mis hijas es cada vez más irrelevante.  Ahora son tres, porque mi ahijada se nos ha incorporado y nuestro gineceo hierve y se adapta con esa euforia de campamento de verano que tanto nos rechifla. Si no fuera martes y careciera de esta prevención de calendario, diría que mi familia se aligera cuando suma nuevos miembros. Más es menos, para entendernos. Mi ahijada, el primer bebé de la casa con el que he llorado de emoción el día que fui a conocerla al hospital  -fue la primera sobrina y yo aún no era madre- es una hermana para mis chicas y una hija a la que no debo educar, sólo tutelar. Tierna supervisión, en todo caso. En nuestro currículum íntimo hay un hit inolvidable: haberle puesto su primer támpax cuando era adolescente y la maniobra se tornó forcejeo (omitiré los detalles gore, ella no me perdonaría). Además, ha elegido estudiar la misma carrera que yo, mientras mi hija mayor hacía lo propio con la de mi hermana, que por supuesto es su madrina.

Jorge Meyer firmándome "La Carga"
Mis hijas, que la adoran, no pueden evitar ciertos repuntes de ¿celos? cuando notan que pierden en el reparto de atención: "Mamá, te estoy hablando, ¿me escuchas, o qué?". Y escucho, mientras atiendo a la artista antes llamada M. que se ha rebanado el dedo de pie por ir descalza en la cocina y sangra como un cochino, o resopla un poco después mientras me pide que le eche crema por la espalda achicharrada por el sol piscinero sin protección UV. "Mamá, estoy hecha un asco, ¿es que no lo ves?". Lo veo, lo veo... Sois tres, no los guerreros de Siam con sus caballos.

Una familia es un sistema que estalla y reverbera cuando entra o sale un miembro, y tras experimentar ese temblor debe reubicar cada pieza del puzzle. El impacto del meteorito obliga a los cuerpos celestes a desafiar sus límites y a veces a cambiar de órbita. Hay otro cepillo de dientes, otro cepillo de pelo, otra plancha para el pelo, un arsenal de zapatos, de jeans, de bragas... Cuatro mujeres y un verano por delante plagado de martes como hoy:

-¿Tía, a qué hora te duchas tú?
-A las 7.30, si te parece bien. Acabaré a las 7.40. OK?
-Vale, así mientras yo desayuno.
-Genial, chitina. Igual te acompaña C., que se va a las 7.45. ¿Te vendrás conmigo andando mañana?
-Ay, no, creo que quiero dormir un poco más.
-Muy bien. Que descanseis,petardas. Me voy a escuchar a esos cuatro hombres a la cama...

(Y me dormí pensando que era mucho más interesante lo que decían mis chicas, más espontáneo y transformador. Política doméstica, diríamos)

"Me queda pues un martes cualquiera que tenga veinticuatro horas seguidas"... ("La Carga")




domingo, 12 de junio de 2016

SER HIPPIE Y UNA CASA DE VERANO

Mi sobrina R. me informó ayer muy seria de que de mayor quería ser "o futbolista o domadora de delfines". Andábamos las dos barriendo hojas del jardín de esa comuna que compartimos mis hermanos y yo, un chalet decadente y sesentero donde casi siempre está roto casi todo y al que el abandono del invierno convierte en una escenario bélico con ginkana de esfuerzos colectivos cuando se impone junio y estalla el termómetro.

La casa está en una urbanización muy fea y descuidada cuyo centro neurálgico es un supermercado (donde una vez por hacer la gracia pandillera robé unas galletas y me pillaron).  La urbanización prometía ser un Sotogrande madrileño cuando mis abuelos compraron una parcela el año en que yo nací. El desarrollismo era ya una realidad y muchos años después, cuando mi abuela adquirió el chalet, solíamos hacer una excursión a "la parcela", que no había manera de encontrar entre otras muchas parecidas y llenas de hierbajos.

Mi sobrina R. me seguía por el jardín lleno de calvas en lo que ayer fue césped  con preguntas muy concretas: "¿A ti te gusta tu trabajo? He leído en tu cuento que hablas de mi padre...", y luego agachaba su cuerpecillo y recogía una piña, y yo empuñaba el escobón y me hacía fuerte contra las hojas que se amontonaban acá o allá para pasar después a rescatarlas con la carretilla.

El chalet siempre fue un pringue y yo nunca he entendido esa pretensión urbanita de la segunda vivienda destinada a trabajar como chinos para adecentarla en lugar del simple  disfrute bajo el laurel donde todos los veranos se propician conversaciones de alcance mundial. Allí hemos aprendido y enseñado a nadar a los niños, hemos dormido siestas parecidas al coma, he preparado mis célebres paellas no aptas para ortodoxos de la paella como mi amigo J. y hemos fijado para la eternidad una imagen secuencia: la de mi padre con los pantalones cortos medio caídos, un cigarro en la boca y una herramienta en mano, grasienta, resudando y dispuesto a hacer alguna de las mil ñapas que exigía y exige la casa; la de mi madre recogiendo la cocina y poniéndonos firmes a gritos y la de mi abuela arrastrando su oronda humanidad con una bata ligera y pidiendo a mis hermanos que le alcanzaran "el transitor", después de picar ajo y preparar un sofrito oloroso a la hora del desayuno.

Escribo esto porque ayer fue el gran día.  El día de destapar la lona a la piscina y empezar a limpiar la cueva para las hordas estivales de hermanos, cuñados y sobrinos. El día de llenar la nevera de cervezas y pimplarse en familia, como nos gusta, mientras alguno se cagaba en todo -con perdón- por el hallazgo de un nuevo destrozo. El día de desafiar a la impaciencia que en mi caso es hermana de la vagancia y dejar medio apañada la lona azul de la piscina hasta que septiembre nos avise con sus relentes de que el verano se bate en retirada. El día de charlar con mi hermana en un porche con unas sillas incómodas de hierro  a las que nos hemos hecho a base de muchos años de insistencia. El día de repartirnos las camas como en un campamento hippie, comprobar si hay arañas de largas patas por las paredes y montar la nueva barbacoa. El día de reunirnos los cinco hermanos como cuando éramos pequeños, tan alborotados y unidos como entonces, con nuestras respectivas familias y disfrutar de una casa llena de remiendos donde no hay tres platos ni tres vasos iguales, un caos cascabelero que somos nosotros mismos y es nuestra historia de verano. Tan imperfecta y tan por escribir como todas las que empiezan en junio con esa excitación de las horas muertas y los cuerpos libres de costuras. Tan new age, tan setentera y tan esperada por lo que tiene que reencuentro y de recuento de los años y que arranca así: "Yo tenía una casa de verano muy destartalada y una familia divertida con la que no necesitaba amigos ni grandes planes para pasarlo pirata...".






miércoles, 8 de junio de 2016

¿TÚ TAMBIÉN VIOLAS PALABRAS? CALLA Y ESCUCHA A SOKOLOV

Textura. J.G
1. Alberto Garzón anda mohíno porque Pablo Iglesias se ha etiquetado  como "socialdemócrata". Al de IU no da la gana de renegar de su adn -"comunista"-, pero en Unidos Podemos no caben dos calificativos ideológicos tan contundentes para echarse a las calles a seducir ciudadanos -esos seres tan ariscos y desganados-  y eso sin haber arrancado oficialmente la campaña electoral. El asunto de los nombres nunca es inocente. O galgo, o podenco. Eres eso que te llaman, pero no siempre te llaman aquello que tú querrías (en mi caso, top model) y no entiendes por qué. Luego está el asunto de los nombres desgastados, que ya no dan más de sí y se rasgan a poco que te descuides al ponerte el traje. Una campaña electoral es un ejercicio de violación usurpadora de palabras que los candidatos abandonarán en la cuneta, tiritando y ajadas,  el día después del día "D". Hambre de silencio.

2. Anoche charla grata con mi hija mayor en nuestro chill out (lo que es una terraza urbana modesta con pretensiones morunas y la fantasía de que el cielo es el mar y los vencejos gaviotas). Me habla de una conocida de ambas: "Creo que E. necesita otra E. para poder hablar entre ellas. Nadie le hace caso cuando cuenta sus chorradas y se os nota mucho, sobre todo a ti, que no sabes disimular". Sobra decir que mi chica es apodada "ojo de águila" por sus análisis certeros y jamás tibios de la realidad circundante. "El problema es que E. cuenta sus cosas de la señorita Pepis como si glosara a Nietszche  y nada de lo que dice nos interesa". Y mi hija, dándome ejemplo y reprochando mi radicalidad a 33 grados: "Hombre, no me creo que sea lo que parece. Seguro que hay algo más que no vemos". Desconoce que la simpleza protege al simple y le hace ver que su banalidad es compleja. Un merengue de la tarta que da volumen pero jamás cuerpo al mordisco.  Pero me agrada su gesto tolerante e integrador. Ya querría yo...
Postre a dos


3.Concierto de Grigori Sokolov en el Auditorio Nacional. Escucho sus evoluciones al servicio nada servil -diría que libre y hasta salvaje, desde mi cruel ignorancia- de Schumann y Chopin y me asalta una sucesión de imágenes, vorágine bajo hipnosis inducida por este hombre cargado de espaldas, corto de cuello, figura de pingüino, serio y concentrado que ataca el teclado con una vehemencia arrobadora, los picos de su frac ajado al viento  molinillo que provocan esas manos. Luego termina, escucha la ovación y nos regala ocho bises sin una sola concesión triunfalista. La puerta lateral se lo traga cuando todo indicaba que pasaríamos la noche entre sus brazos de oso. Ocho bises como ocho Mihuras en una faena larga y concentrada. "Es preciso huir de los estereotipos.Todo lo demás ya no es arte: es simplemente escuela", dicen que dice. (El genio vs el virtuoso de Bernhard, pienso yo).

4.Banquete con mi amigo J. bajo un árbol del Retiro.  Gazpacho, empanada con cerveza y una trufa compartida tirados ambos sobre un foulard dispuesto a modo de mantel. No se me ocurre un mejor epítome de la riqueza que la amistad en un parque, a pocos metros del asfalto despiadado de una ciudad que recibe los primeros mercurios de estío. Una conversación nutritiva y todo el cariño que J. derrama a granel. "He estado tan contento que me he olvidado de hacer la foto", me escribe. Aquí tienes la foto, amigo mío. (Estabas guapísimo con tus gafas nuevas. Te dan un aire rompedor, definitivo).


lunes, 6 de junio de 2016

EL REGGAETON COMO EDUCACIÓN SENTIMENTAL (Con botas, pero en pelotas)

"Había una vez tres muchachitas que entraron en la Academia de policía...Pero yo las aparte de todo aquello y ahora trabajan para mí. Yo me llamo...Charlie". 

Las chicas de mi generación -modernas, superadas, deliciosamente tardofranquistas- crecimos en la escuela sentimental de "Los Ángeles de Charlie", donde el hombre era dios. Lo oías pero no lo veías. Le obedecías a ciegas, poniendo en peligro hasta tu vida. Tu aspiración era ser una mujer de acción al servicio profesional de un agente con voz viril y whisky en  mano (era lo único que veías de Charlie, además de alguna maciza en biquini bailándole el agua), no como la generación pringada de tu madre, que estaba al servicio del marido sin cartuchera, glamour ni misterio. Con un tintorro y casera a mucho tirar.

Las chicas de mi generación soñábamos con "ser apartadas de todo aquéllo", fuera lo que fuera,  con llevar una pistola oculta bajo el pantalón de campana y - lo que más- con tener las curvas peligrosas de Farraw Fawcett (Jill, en la ficción), la inteligencia analítica de Sabrina y el sex appeal contenido y elegante de Kelly. Ser detective privado con una melena lustrosa y a poner caritas a los hombres justo antes de zarandeardos con una patada feroz en la entrepierna era posibilista y aspiracional. Pura liberación de género.

Las chicas de la generación de mis hijas crecen en la escuela sentimental del reggaeton. Una academia deluxe y sabrosura  donde los hombres son "papitos" y ellas zorras, mamis o nenas. Lo que dicho así suena tremendo, pero le pones el ritmo machacón y se te dispara la pelvis, empiezas a sudar hasta por las pestañas y sueñas con "perrear", sea lo que sea esa acción reiterada a la que se te invita en dos de cada tres hits del género.
Majorettes

Si a mí mi madre me hubiera prohibido ver Los Ángeles de... por machista con coartada profesional, le habría montado un pollo y yo aún seguiría buscando a Charlie. Pero vive dios que cada vez que el destino me regala una canción de reggaeton y me pongo a prestar atención a las letras (difícil, el cuerpo se te va y la cabeza se aturde), me dan ganas de censurar esa música diabólica en mi casa. Diréis que soy una exagerada, y tendréis razón. Que, por esa regla de tres,  si uno escucha rap  le da por insultar a su portera, asaltar sucursales bancarias o apuñalar al cabecilla de una banda callejera. Pero confieso que soy muy sensible a los mensajes latinos de sumisión a la mujer. Tan explícitos, tan subliminales en su hormonal descaro. Tan pegajosos y reiterativos.

La nena, zorra o mamita es una princesa "protegida" por el (puto) amo, con perdón. Y no veo a las feministas quemando la FM. Me parece que debo convocar a las chukis a una sesión de análisis de textos para que entiendan que la aparente inocencia de esos temazos oculta una ideología perniciosa para su desarrollo como mujeres libres. Eso que es su madre. Una superviviente de Charlie, de El Pájaro Espino (invitación a seducir a un cura de buen ver que luego te dejará tirada en una playa), del Jardín Prohibido de Sandro Giaccobe (elogio y refutación de los cuernos),   de las majorettes... Asunto este último que ayer salió a colación en una de esas conversacines de altísimo nivel intelectual que frecuento en los escasos ratos libres en los que no me llama Charlie para resolver un caso:
Los ängeles de Charlie
-¿Qué fue de las majorettes? Su destino me parece inquietante. ¿Fueron exterminadas por una glaciación, como los dinosaurios? Recuerda que iban prácticamente en bragas. Con botas, pero en pelotas. (Le susurré ayer a G. en un rincón frontoso del bosque de La Granja, otro hit parade de la excursión familiar de mi generación).
-No sé, el suyo fue un destino incierto. Terminaron animando con pompones a los equipos de baloncesto local (laconica respuesta).
Las majorettes eran ninfas de seducción (mujeres objetos con un palito), como las del reggaetton son zorras del paraíso del piropo degradante. Y sí, como madre me he vuelto puntillosa y los venenos de ayer se me antojan pociones infantiles con colorante rosa, mientras que los de hoy me asustan y sacan la dictadora chunga que llevo dentro. Así que voy a callarme ya, antes de que alguien desenfunde esa lacra que fueron las canciones de José Luis Perales como hito romántico o, aún peor, el maltrato de género que nos metimos en vena, rechifladas, aquellos mediodías de "Dallas", "Dinastía" o "Falcon Crest".

Me llamo V y soy una superviviente de "todo aquello". Confieso que querría apartar a mis hijas de todos los peligros envasados en formatos inocentes que las rodean, pero me temo que es inútil. Su maldición será como la mía. Estar tranquilamente un domingo en brazos de Charlie y, sin venir a cuento, ser asaltada por la inquietud lacerante de qué fue de esas jóvenes en bragas con gran habilidad en la punta de los dedos (¡ay madre, que era una metáfora X!) y unos looks de lycra de la mala que con una chispa las hubieran convertido en ninots ardientes.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí las chicas de mi generación?¿Seguimos buscando a Charlie? ¿Deberíamos pasarnos cuanto antes al reggaetón? ¿Hacer una quema pública del disco que contiene ese temazo de "¿Y cómo es él, en qué lugar se enamoró de ti, a qué dedica el tiempo libre?" ¿Dejar de escribir bobabas de madrugada y correr a la ducha? ... Demasiadas preguntas para una detective sin melenaza ni glamour.

PD: Atención al tema de Giacobbe. No entiendo cómo mis padres me dejaron ver Falcon Crest y no prohibieron esta canción.