jueves, 5 de mayo de 2016

SI TE ROBAN ABRIL, Y SE TE OLVIDA

A un hombre le robaron un mes y lo anduvo buscando en la escombrera de su memoria. Pero la memoria es terca, y se empeña en intervenir los contornos del recuerdo como un arquitecto zafio de esos que se creyeron rock stars y acabaron erigiendo moles de cemento tóxico con grietas.
(La grieta le sienta bien a la arruga de expresión, no a la de resentimiento o a la del tabaco)

"¿Quién me ha robado el mes de abri? ¿Cómo pudo sucederme a mí...?" (Definitivamente, Sabina, no es esta tu mejor canción)

Un mes entero es un ciclón que pasó y devastó, que besó y se hizo carne. Treinta días, treinta noches. Cuerpos desparramados, carreteras con alfalfa en flor. Letanías en fuga, incendiarias discusiones sin fuste. Una película  a lágrima viva. Alguna exposición en solitario: "Mira que eres infiel, has ido sin esperarme". Un ojo achicharrado,  un viaje con olivos, una cena con nachos y margaritas a granel. El reloj detenido a las 5 am. El codo sinuoso de una escalera que los manazas usan y no ven. El buen amigo de paso. La noche con los huesos hincados en la  alfombra. El sueño sorprendido de una siesta.

Desde que duermo sin paradas me he vuelto muy vulgar, el tiempo se me escurre como ayer los goterones de sudor por la espalda. El insomnio tiene la ventaja de prolongar la vida que es la vigilia, aunque sea una vida a medio gas, siempre arrastrada. Un mes de un dormilón es la mitad que el del sobresaltado.  El tiempo del asombro dura mucho, sin embargo. Ayer en un funeral de la familia el sacerdote no hizo ni media mención a la difunta. Me pareció tan insólito, tan frío, que le hubiera quitado un pico de la nómina. Era como ir al examen sin haberse leído la lección ni molestarse en un improvisado cacareo.


Quién era, qué anhelaba, por qué la enfermedad cuestiona a dios y a esa fe renqueante de los que quieren creer... (En un hipotético calendario figuraría tal vez una sotana colgada del clavo de una pared, una semicrucifixión en caída libre). Cuanto más escuchaba yo a ese hombre aséptico hablar de que la vida no acaba aquí más ganas me daban de bailar, de beber, de abrazar a mis hijas...por si acaba o por si en el más allá ése -que en los cuentos se llama Nunca Jamás- no nos reconocemos o hablamos diferentes idiomas.

En un momento dado creo recordar que el ministro en funciones del Señor dijo que la muerte no interrumpía la relación del difunto con los vivos. Y a punto estuve de darle la razón, porque yo creo en el poder del recuerdo y hasta en la fantasía de lo que nunca fue, pero él se refería a un encuentro en la tercera fase. No sé si alguien experimentó consuelo. A mí me daría pavor ir un día por el pasillo y cruzarme de pronto con mi abuela, que en gloria esté. En lo único que estamos de acuerdo es en que la muerte es el descanso, ese fundido en negro, cuando la vida sevuelve una mala película. Cuando tú ya no eres tus piernas ni tus brazos. Cuando te estorba hasta respirar y tu imagen enfrentada en un espejo se vuelve tu peor enemigo.

Me parece que igual que los médicos hacen cursos de duelo para dar malas noticias a los enfermos, los curas deberían hacer cursos de esperanza, de consuelo, de dramatización o engaño bien urdido. Es su trabajo, como el mío es escribir y perderme en las rotondas  y el de mi portero hacer crucigramas en el chiscón cuando concluye la faena.

Mi calendario de hoy es una fantasía sueca. Estocolmo me espera a 20 grados. El hombre que perdió su mes de Abril lo ha repescado y respira satisfecho, aunque sospecha que no es idéntico a lo que fue (como reconstruir un jarrón que se estrelló contra el suelo y quedó roto en mil pedazos).

"Avaricia de perdedor; guardar, recuperar, acumular, atesorar,... llegar al Diógenes en lasciva ofuscación de lo que no quiero convertir en recuerdos. Trampa del tupperware y el papel de aluminio, congelación sin etiqueta ni caducidad", escribe el que perdió los días, treinta días . Y es la resurrección, señor cura de ayer. Y el duelo en este caso es una fiesta. 









sábado, 30 de abril de 2016

LOS SIETE REQUISITOS PARA SER NORMAL

1. El taxista que me lleva escucha una emisora donde un locutora fresca da consejos de sexo a los oyentes. Llama una mujer mayor y cuenta que su marido se masturba en la cama y que a ella también le gustaría pero le da corte delante de él. Son las 9 de la mañana. Una hora que no me encaja con el asunto, sino con tediosa letanía política y café con porras. Creo en la estacionalidad de las palabras. Hay palabras de mañana, de tarde, crepusculares o de madrugada destemplada. Existe un word-code silencioso. Observo al taxista por el retrovisor, cara de póker. La locutora locuaz y limitada empieza a hablarle a la señora, que podría ser su abuela, de tríos y parejas abiertas. La señora responde: "ah..sí, eso...". Siento que no soy target. Esto va de una de 30 que utiliza a una de setenta y tantos para dar espectáculo en el atasco fingiendo que entiende su zozobra.  El tráfico se encona en Sor Ángela de la Cruz con Cuzco. El afterhours ha llegado al dial. El taxista podría ser mi padre, solo que a mi padre le azoraría escuchar esa conversación delante de una mujer que podría ser su hija. Recuerdo que le debo una llamada. Fin del bucle.

2.Viernes tarde: Nueva visita (fugaz) al tanatorio y plan casero con mi adolescente: perritos calientes y peli ad hoc: "Requisitos para ser una persona normal", de Leticia Dolera. A mi hija le hace mucha gracia en sus 13 años de arrebato. A mí me encanta verla tan contenta, después de un sapo que nos tragamos ambas horas antes. La peli es fresquita, de cierta intención irónica soft con ramalazos indie y poco más. No soy el target. Aún así, me gusta que se ruede en IKEA como escenario del amor. Que el prota esté gordito y sea pelirrojo. Que los pijos que se apuntan a cursos de cata de gin tonic sean tan bobos como los hipsters que se apuntan a cursos de felicidad. Que manden los colores pastel. Que el hermano síndrome de Down sea gay (algo forzado). Que se cuestione la normalidad, a partir de una lista recurrente: "Trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida familiar, ser feliz..." Me falla que ese sea un planteamiento de treintañeros en la película cuando estamos rodeados de cuarentocincuentones en las mismas. El dial social desubicado, como la radio de por la mañana. Es una "peli mona y turquesa" para ver con tu hija adolescente y achucharla en el sofá. Y ya está.


3. Leo en la cama, con C. al lado como invitada especial, acerca de la "desazón del espesor de la distancia", eso que nos acerca hasta quemarnos o nos condena al hielo tenebroso del Círculo Polar. Estar muy pegados ciega la perspectiva, pero alejarse elimina el foco y más si sopla la ventisca. La ¿normalidad?, en la que no creo,  tal vez sea explorar la media distancia, eso que en atletismo va de los 800 a los tres mil metros. Apago la luz, abrazo a mi hija, que termina buscando hueco propio y sin contacto físico en el colchón (20 centímetros a veces son un desierto) Oigo su respiración pesada, me invade la ternura. En este instante soy madre por encima de todo. Esa sensación tan animal y no tan frecuente...Al fin soy target.



miércoles, 27 de abril de 2016

ESCRIBE UNA VIDA PARA MÍ Y YO LA VIVO

"La vida no sabe qué clase de vida lleva". Enrique Vila-Matas. Porque ella no lo pidió. Ed Lumen.


1.Me entero tarde de que hoy toca Silvio Rodríguez en Madrid. Hace unos días vi el documental de Lourdes Prieto "Hay un grupo que dice", donde se glosa el origen de la Nueva Trova. Un grupo de artistas "del régimen" que resultaban molestos al régimen: Silvio Rodríguez o Pablo Milanés, entre otros nombres menos populares en España o directamente desconocidos para mí,  destilan cierta ingenuidad y toda la frescura de la divina juventud con causa.  No se les cae la palabra "revolución" de la boca, pero en ningún momento quedan claro los contornos ni el relleno de la citada revolución según la entienden.  Asumo que hay palabras que pesan y viven mejor en la niebla de las intenciones. Disfruto del documental, me sorprenden cómo se desdibujan los matices de un movimiento cuando cruza un océano antes de que la globalización se haga carne y acampe entre nosotros. Lamento no poder ir hoy a escuchar a Silvio (yo de joven tenía gustos viejunos; de mayor directamente senectos).  Silvio veinteañero tenía pinta de seminarista. Hoy, de académico de la Lengua.

2.Anoche, con mi hija mayor en el sofá: "Yo a tu edad no había votado tantas veces". La nueva convocatoria de elecciones nos provoca a las dos una mezcla de hartazco e indignación. ¿Y ahora a quién votamos?, nos decimos. Ella, con 19, se encoge de hombros. A esa edad debería masticar revolución con finas hierbas, pero solo quiere que apague la tele para no escuchar los reproches que se hacen Mariano, Pablo, Albert y Pedro. ¡¡¡¡160 millones de euros cuesta repetir esta pantomima!!!!, comentamos. Me acuesto con sarpullido antisistema. Escucho Radio Clásica, mucho más transgresora que las emisoras del fútbol y la política.

3.Kabuki es uno de los templos gastro de Madrid y ayer levité sus vieiras, su pez mantequilla, su toro al tumaca (con k?), con un rosado delicioso que Marqués de Murrieta acaba de lanzar en edición limitada de 5000 botellas (el rosado está de moda, ya lo saben los foodies. Los triperos sólo lo sospechábamos después de contemplar el trasiego de lanzamientos de los últimos meses). La animada conversación a la mesa no me impidió pensar que este lugar debería ser de obligado silencio y recogimiento. Dos mirándose a los ojos y masticando despacio. Los jugos como una melodía y la mente en blanco.

4.El silencio. Últimamente reniego del ruido de las calles de Madrid. "Me estoy volviendo intolerante!, le digo a G. "¿Volviendo?". me hostiga él. En mi camino a pie hasta el trabajo hay varias zonas decibélicamente diabólicas: calle Azcona, Conde de Peñalver, Velázquez, Serrano y, desde luego, la Castellana. El otro día llamé la atención a una compañera porque gritaba mucho -tiene una de esas voces inmodulables, penetrantes, y no tiene la culpa, pero me golpeaba la cabeza y salté como una vieja insoportable-. "¿Serías tan amable de bajar un poco el tono?". Hoy me arrepiento y rezaré tres avemarías en plena calle Azcona. No se me ocurre una penitencia peor ni más osada (tal vez atravesar Bravo Murillo en hora punta).

5.En su libro, Vila-Matas cuenta cómo llegó a su vida la artista Sophie Calle y le hizo una propuesta: "Escribe una vida para mí y yo la vivo".  "Me sentía prisionero de la extraña impresión de que en mi mano tenía yo un martillo fuerte pero no podía usarlo porque su mango ardía".  La frase bien podría haberla dicho Silvio Rodríguez. En su lugar, aporreó la guitarra y se hizo cantante. Hoy en el periódico pide la voz y la palabra. Y yo lo le escucharé, envuelta en otros ruidos.


lunes, 25 de abril de 2016

LAS 33 NORMAS DEL HOTEL DEL DESENFRENO (AQUÍ DURMIÓ CELA)

Norma Nº 20: Queda prohibido clavar clavos o colgar imágenes u objetos en las paredes, encender fuego en lugares inapropiados...(...).
Norma Nº21.Todo huésped, al salir de la habitación, tiene la obligación de dejar cerradas las ventanas, puertas de entrada, apagar luces, TV y ventiladores.
Norma Nº22: No está permitido utilizar las habitaciones para juegos de azar prohibidos por la ley...

La habitación donde nos alojamos, en un hotelillo rural de la Alcarria pegado a la autovía de Zaragoza con pretensiones de parador y leyenda de "aquí durmió Cela en su Viaje más literario", es un sembrado de pelos negros largos en el suelo del cuarto de baño. La suciedad, entendemos, es prerrogativa de los dueños, una pareja algo siniestra que nada más llegar nos exhorta a cambiar el coche de sitio (pese a que el parking está desierto) y a cerrar con llave la puerta que separa las habitaciones de las zonas comunes. "A las 12 de la noche cerramos el portón. Nosotros dormimos arriba", nos repetirán hasta tres veces. Inquietante. Duermen arriba...

Dentro de nuestra suite -así se llama pomposamente la habitación en un upgrade de intenciones, decorada con muebles castellanos toscos- nos esperan dos folios plastificados con 33 normas de obligado cumplimiento altamente disuasorias. No se puede fumar, y si lo haces y te pillan porque huele, multa al canto. No se pueden cometer "actor inmorales" (sin especificar de qué índole), ni dejar bultos en los pasillos, ni...

Leemos las normas en un rapto de fascinación y nos dan ganas de fumar, de colgarnos como monos de las cortinas, de cometer actos vandálicos, de echar una timba de póker y, desde luego, de  atentar contra el sexto mandamiento con todas las cifras del kamasutra. La tele no funciona. Los enchufes no cargan la batería de nuestro móviles. Las luces del baño son un misterio que resolvemos tratando de no vulnerar alguna norma. Complicado, hay muchas y afectan a cualquier impulso o movimiento.
Normas fkikis de hotel

Entro en el baño...

Ninguno tenemos pelo negro largo. Entendemos que la huésped propietaria de la mata capilar ha sido ajusticiada y quemada en la chimenea del comedor, frente a la cual tratamos de desayudar al día siguiente:

-Ahí no puede ser, les he preparado esa otra mesa (en zona de paso, pese a que la estancia está completamente vacía).

Obedecemos a su satánica guardesa, que ha decidido pegar la hebra y nos trae un bote de miel de la Alcarria comprada en Carrefour o en Lidl. Sin moverse de nuestra mesa insiste  en que en Brihuega siempre llueve a cántaros en la corrida de la Primavera (motivo de nuestra presencia en este hotel del pueblo rival) y que el año pasado "El Rey Juan Carlos aguantó empapado toda la corrida". (Como un hombre, léase, No como nosotros, que tras el tercer toro -una faena "homérica" (J dixit) y agónica de Cayetano Rivera- emprendemos la huida chapoteando dentro de nuestros burkas ¿impermeables?. Somos unos mierdas, en definitiva, y , afortunadamente, nuestra debilidad no está sancionada en la lista de las 33 prohibiciones.

El horario de desayunos es altamente flexible: "De 9.30 a 10.30. Aquí nos movemos en esa franja", nos ha advertido la siniestra. (J. la mira fijamente y asegura que lleva peluca, yo la miro al salir a la calle y por el movimiento de los pelos de la coronilla diría que no es artificio, sino casquete de estilismo rural de antaño).

-¿Dónde puedo cargar el móvil? Ningún enchufe del cuarto funciona. Ni la tele.
-¿Ah no...? dice la falsa, con un asombro impostado como la miel del tarro que no tocamos.

Cayetano
El bufet ¿libre? se compone de jamón york corriente, queso, un tomate, aceite en envase monodosis y magdalenas industriales envueltas en plastiquillo. Lujo asiático.  Lo que no nos impide desayunar con ganas mientras decidimos si al abandonar el hotel destrozaremos el manual de instrucciones, haremos una fogata con los pelos del baño o nos desgañitaremos en la cama de Cela antes de  emprender la huida para Nunca Jamás.  La mujer nos cobra con avaricia indisimulada, y nos despide mientras contiene el impulso de subir a comprobar a nuestra suite posibles desperfectos y violaciones.

Norma Nº25. El hotel no se responsabiliza cuando la estancia no pueda ser realizada por incendios, terremotos, huelgas, alborotos populares y otros...




jueves, 21 de abril de 2016

EL DUELO ES UNA FIESTA DE AMOR

En el cementerio busco a mis hermanos, instintivamente, entre la nube de familia y adláteres que presentan sus respetos a mi tío. Ellos hacen lo mismo. De repente estamos los cuatro, como en una isla sin mar, el pequeño enlazándome por la cintura, yo estrangulándole el cuello, todos sonrientes, y mi madre aprovecha para robarnos una foto con su teléfono antepenúltima generación.

-Pero mamá, ¿qué haces?, espeta I.
-Para una vez que tengo a mano el móvil y localizo la cámara...

Detrás la capilla, arriba las chimeneas del horno crematorio. Coronas de flores que no huelen. Coches relucientes color ala de cuervo. Ancianos con bastón que ayer corrían a regañarte porque te peleabas con tus primos. El hule en la camilla, olor a naftalina en aquel baño.

La muerte tiene el magnetismo de lo que desaparece ante tus ojos. Es un truco de magia sin trampa ni cartón, definitivo. Una cortina rosa palo, de raso sintético y ajado, ha devorado el ataúd hace unos minutos y se ha llevado el rastro de un cuerpo exhausto tras un día expuesto a las miradas de escrutinio triste de unos y otros. Desfile y condolencias.

"Mírala qué guapa. Yo misma la he vestido y maquillado...", me dijo su cuidadora, una mujer gallega de acento cerrado y porte contundente. "Sí.." murmuro delante del cristal, poco convencida.

-Le pinté los labios pero se los han borrado.
-¿Quién, los de la funeraria? ¿Por qué?.
-No sé, era un color discreto, no se vaya a pensar.

(No pienso nada. A mí me gustaría que me los pintaran rojo vivo, flamígero y militante. Así lo haré constar en mis últimas voluntades. El que no quiera mirar, que no mire. Mi tía era elegante, bellísima de joven y en su frutal madurez. Sarcástica y artista. Siembre erguida. Ojos verde esmeralda. Hablaba varias lenguas, viajó por todo el mundo y traía esa estela añeja de las divas de ayer envueltas en turbantes esponjosos. Baúles de madera y todo lo mundano que en mi casa no entraba: Maquillaje, tacones, pieles o perfume).

"La familia. Cosa curiosa y complicada", glosaba anoche Josep Pla, con insultantes 21 años para una prosa tan viva y ese Cuaderno Gris al que al fin doy bola. La muerte reúne a las familias dispersas, lo mismo que el amor avaricioso. Bodas, bautizos y comuniones sirven para eso. El tanatorio es una fiesta, bien entendido. Tu prima tiene una hija que ya piensa en casarse.¡ Ohhhhhh! exclamamos todos, como si de pronto tomáramos conciencia del paso de los años, de que ya no somos niños pidiendo la merienda en casa de la abuela. Años setenta.

Mi padre huye, como siempre. Se ha levantado a las 5 de la mañana, ha corrido 500 kilómetros para dar el pésame y cariño y ya se quiere marchar, cumplido el objetivo. Como esos que suben los ochomiles y nada más hacer cumbre emprenden el regreso. Yo siempre he pensado que si llegara arriba, a algún arriba, sacaría la cesta con un picnic y copas de cristal relucientes y me tomaría un tiempo de gozo entre las nubes. Pero en mi familia somos más de correr, besar santo y salir pitando. Los yernos siempre se quejaron de que el aperitivo era una yinkana. Las comidas son de marica el último y ensaladilla rusa. Las sobremesas, un jolgorio febril donde hay que forcejear para meter baza.

Recordar es un privilegio, querido Josep Pla. Somos lo que vivimos pasado por pulsión de porvenir. Mi tía empezó a dejar de ser hará diez años. Repetía lo mismo, olvidaba despúes. Un día fue consciente del olvido, y luego cayó un velo cada vez más oscuro. Se fueron borrando las imágenes, los nombres, el sentido. Descerrajaron veneno en su cerebro, nublaron su ayer y su mañana. No sé si eso es vivir, no lo querría.

Ayer, en el cementerio, mis hermanos y yo, tan como siempre. Nos buscamos sin haberlo pretendido, urgidos ante el truco de la muerte. Hicimos fortaleza delante de ese campo de nichos y de tumbas. Mi madre entendió que era el momento. Y sacó su teléfono y ahí estamos. Riendo como siempre, tan contentos. Labios rojos, huyendo de ese humo impertinente. Descanse en paz mi tía, la tortura que fue ya se ha rendido. Esto por fin es vida...




martes, 19 de abril de 2016

LA PUTA DE GIACOMETTI (DE MATERNIDAD Y ROTONDAS)

Giacometti y Caroline
Una mujer semidesnuda se encoge y se expone a las divagaciones del artista. Ella es una puta de Montparnasse, tiene veinte años y quiere un descapotable rojo. Giacometti la complace, acaba de arrancarle hasta los higadillos del alma en un dibujo y está feliz. La pura posesión no es tenerla a su lado, escuchar el hálito de su respiración, sino poseer su imagen en trazo a la deriva. El artista morirá con ella a los pies de su cama, cerca de su legítima esposa, y de su hermano, en una puesta en escena de eroticocivismo donde sólo falta un incesto para rozar la perfección.

Anoto un autor y un libro: Franck Maubert en La última modelo (Acantilado). No lo compraré, seguramente,  pero el acto en sí de apuntarlo es una posesión que me complace. Ando enredada en Giacometti y se me aparece como esas embarazadas recurrentes cuando tú lo estás o quisieras estarlo. Ayer, en la clase de inglés, debatimos sobre motherhood, ese gran tema pasto de lugares comunes, cobardías inconfesables, algodón rosa chicle y aburrimiento hasta la naúsea:

-A los 19 años decidí que no quería ser madre. Fui al médico y se lo dije: haga algo, algo definitivo.  El hombre me miró preocupado y me dijo: "piénsatelo, eres muy joven y podrías cambiar de opinión, suele pasar". Tengo 52 años y jamás he sentido el deseo de un hijo, ni sombra de arrepentimiento.

Aplaudí su valentía, mis compañeras nos miraban con cierto estupor. Entre ella y yo se había generado una corriente de inmediata simpatía, como otras veces. No creo en la llamada de la maternidad. Sí en la determinación o en la inconsciencia. Recuerdo a la Enfermera del amor, hace unos años, preguntándome en calidad de interlocutora válida por el hecho de tener dos hijas cómo se sabe que tu cuerpo te está pidiendo un hijo a gritos. Que es el momento.
Fray Angelico, Anunciación

-No se sabe. Eso es como esperar al ángel Gabriel, que descienda y te haga el anuncio de marras  en plan cuadro de Fray Angelico... Lo que el cuerpo te pide es sexo, grita retortijones, desea comida, bebida..y abrazos, pulsión de amor que no tiene por qué ser reproductivo.

Ayer, en clase, solté en la lengua de Shakespeare más macarra que tenemos hijos por miedo, porque es lo que toca, por influencia cultural y social, por espantar la muerte, porque nos lo dicen El Corte Inglés o Ikea, porque queremos amor cautivo, porque así ponemos dirigir una tropa sin galones...(¿Ligarse las tropas?). Y sin embargo ese vacío de quienes no han sido madres y lo cuentan prospera como las cancioncillas del verano. Y claro, es gratis ponerse radical cuando a dos pasos duermen una adolescente agitada y una joven muy bella a punto de sacarse el carnet de conducir, con novio y con vaqueros desgastados:

-Me catearon porque entré mal en una rotonda. Obligué a frenar a uno que venía.
-Chitina, ya sabes que en esta familia tenemos la maldición de las rotondas. Yo sigo padeciéndolas veinte años después de aprobar el carnet. (y aquí interviene la enana: "Lo sabemos, las rotondas de Asturias las das tres veces hasta tomar la salida, y aun así te equivocas").

Giacometti se obsesionó con las cabezas y las putas, nosotras con las rotondas. Simbolizan Ítaca en mareo. Nunca se llega a nada en esos bucles de carretera donde algunos colocan las esculturas más tenebrosas y kitsh (sólo Guadalajara merece una ruta de adefesios escultóricos, aunque las de los alrededores de Benidorm te dejan directamente en shock anafiláctico). Las obsesiones de cada uno dan pistas sobre quiénes somos. (Madre, artista, cobarde, rebelde, escultor, profanador de tumbas...).
Rotonda Guadalajara

-¿Por qué tuviste hijos?
-Por espantar el fantasma de una soledad que me seduce y me abre la puerta de un descapotable rojo con un destino cruel, un precipicio. Estrellarse contra una de esas esculturas o en su defecto contra un puente de Calatrava.
-Por qué tuviste hijos, te pregunto.
-Para que la de la mitosis saliera un mejor yo que ya no fuera yo, por asistir al espectáculo de sentir que una vez fuera no son tuyos, y sin embargo te duele la tripa si les duele. Y te asustas si no llegan de noche. Y te pierdes el día que se pierden.
-¿Por qué tienes hijos?
-Yo qué sé. Ya no es momento. Son, están, los amo. Ponen a prueba los contornos de mi ego. Me distraen de mí misma... No podría ser ya de otro modo. Elegí esa salida en la rotonda. Aún ando dando vueltas.

"Me di cuenta de que nunca podría hacer otra cosa que una mujer inmóvil y un hombre caminando". Giacometti.







jueves, 14 de abril de 2016

¿Y SI TE GRABAN EN UN HOTEL CON TU PAREJA?

Natalia Mindru
"El miedo al ridículo es un instinto que no parecen tener los animales. Hay bichos aburridos y los hay simpáticos, pero nunca he visto un perro o un gato haciendo el ridículo. Yo temo al ridículo porque lo he hecho; acaso los bichos no hacen el ridículo de tanto que le temen. Si así fuera, vivimos en un error de la selección natural que se corregirá con el tiempo". Maldita lengua, Mauricio Tenorio Trillo. Ed. La Huerta Grande.

Gay Talese está a punto de publicar un polémico libro en el que cuenta cómo hace 36 años fue a un motel a espiar parejas en intimidad sexual. El dueño del establecimiento se había puesto en contacto con el escritor y le había confesado que llevaba años de voyeur gracias a un sistema de agujeros disimulados con rejillas de ventilación. Pretendía investigar a los amantes, escuchar sus conversaciones en el pre, en el durante y en el post. Anotar sus posturas, las pautas del cortejo. Era un guarro con un negocio cutre y una coartada. Un delincuente con una historia suculenta. Y Talese no se resistió.

Conversación al hilo de la noticia:

-Yo no soportaría mi propia visión follando, con perdón. Si supiera que iba a ser grabada compondría mi mejor postura y censuraría mis ruidos. No sería yo.
-Lo mío es peor. Incluso vestida y andando sola por mi casa resulto ridícula. Se me caen todas las cosas...

Intimidad. Violación. Espionaje. Los animales no hacen el ridículo. Fornican al aire libre. Gloriosamente, al sol. Saben que a base de costumbre se rebaja cualquier deseo morboso de saber. La selección natural a favor del hombre y la mujer es una entelequia que nos han vendido para sentirnos superiores y obviar nuestras miserias. No sé qué haría en un motel de carretera de esos con neones. Tal vez ponerme un pijama bien cerrado, abrazar al amor y ver en el televisor una de Spencer Tracy con Katherine Hepburn. Tal vez una guerra de almohadas. O jugar al veo veo.

Gay Talese
-¿Nunca habeís pensado cuando dormís en un hotel que puede haber una cámara grabando vuestras evoluciones entre las sábanas? Yo sí, lo pienso siempre.
-Está chupado, hasta con una cámara de esas malas que te venden como accesorio para el ordenador.
-Las parejas que se graban y lo cuelgan en canales porno no tienen sentido del ridículo. Como los perros y los gatos.
-Hay un youtube del porno que muestra las preferencias por países y géneros. En Latinoamérica lo más buscado por ellos y ellas es "lésbico". Menos en Perú, que es "anal".
-Eso es que están acostumbrados a que les den por ahí...

Leo que una fotógrafa rumana, Natalia Mindru,  retrata escenas íntimas a parejas anónimas que contacta por Internet. Me asomo con curiosidad a los ejemplos y me resultan cursis, o inocentes, o demasiado producidas. Ningún miembro de la pareja se abandona en el otro, sino que se imita a sí mismo como si compusiera una coreografía para un auditorio global. Hay mohínes, sonrisas y cruces de piernas a dos. Complicidades apañadas. Cero morbo. Entiendo que el proyecto de Talese es mucho más real, y más depredador. Uno no puede ser voyeur de sí mismo. Afortunadamente.

Perros y gatos, escuchadme bien. Los humanos no somos tan distintos. Cuando amamos nos despatarramos, jadeamos, sudamos a chorro, sacamos tripa, disparamos las pelvis, aullamos, segregamos sustancias pegajosas, ofrecemos al otro el único espectáculo posible, el más glorioso, que es el yo sin bridas. Nada estético, de tan liberador. Y tan sublime que otros iguales sienten interés antropológico y miran y anotan y convierten la escena en casquería. Y algunos hasta se han inventado programas en la tele para fisgar a gusto y con la excusa del share. Y es sonrojante... 




martes, 12 de abril de 2016

ELOGIO DE LA LENTA COMBUSTIÓN. JULIETA SIN ROMEO

El diario como un aprendizaje caníbal. Uno termina devorando sus despojos en la ilusón de que ya se arrancó las piernas y los brazos, y por lo tanto no siente, no hay latido. Mi retorno a Amiel engendra monstruos de sueño y escritura. Parece que me grita, su agusanada mente del siglo XIX:

"No tengas el aliento tan corto, no te objetives tan deprisa; eres como una chimenea de tiro demasiado rápido, que no puede presentar nunca un brasero bien alimentado, sino solo llamas impacientes; ten menos chispas y más llamas, menos relámpagos y más luz", se mortifica y me hostiga.

(Desde la radio alguien dice que Julieta, la última de Almodóvar, ha sido su estreno más estrepitoso en 20 años. Escribo a G: ¿Será el fin de un estilo? No he visto la película, pero que la noticia sea la crítica del crítico obstinado y el nombre del director en los papeles de Panamá despista mi atención y atonta mi escuálido deseo).

Anotar un cambio en el modelo de combustión. Las brasas frente a la llama impaciente, la confortable espera.  Ayer con T, -últimas tardes- hablamos de los tiempos de las cosas. De cómo acomodar lo que ha llegado y dejar que sus ondas encalmadas contagien otros charcos más voraces. Del ídolo caído que peca y se humaniza. De hombre que te muestra sus heridas, del sabio sin resabios.

El diario "peca por omisión y pinta en negro", leía anoche. Y J. me confiesa, muchos años después: "te prefiero en papel, no sé por qué". Yo me prefiero en calma, escritora de pluma y de tintero. Amiel se gusta desprovisto de toda sinonimia, y esa ambición le obsesiona hasta la apnea. Quiere borrarse, manco y ciego; quiere no ser un tipo que escribe, sino ser-se a través de las letras. Beberse, devorarse y ofrecerse en banquete alimenticio a todos los voyeur. Y ser regurgitado, si procede. Papilla de uno mismo.

"Ginebra me ha condenado al silencio meditativo del monólogo", prosigue, proseguimos.  No existe el mónologo, querido Henri Frédérich, sólo la enfermiza introspección en las aguas estancadas del yo para entender al otro (que eres tú) y perdonarse. Y dejar de repetirnos en secuencias con ritmo que desdeñan su esencia y burlan  su perfil más honorable. (Ayer, mi adolescente, recitaba los elementos de la tabla periódica, que no se me ha borrado de la mente. Se le atasca el Rubidio. "De haber tenido un hijo lo habría llamado así, Rubidio, sin esa tentación del diminutivo que nos doma y envilece" (selecciono la frase para mi personaje, que va tomando cuerpo en el desván, donde lo alimento de huesecillos y agua, miserias de escritura que será. Salir del ego).

Querido Giacometti, cuento tus días fuera como cuento los moratones de mis piernas, la caída que fue. Escucho tus palabras, me las bebo. Bajo de mis tacones, te soy de andar por casa. Ya estrené las almohadas, ya habitó una hija entre mis sábanas. El Hombre de mi libro aún no tiene nombre; unos le vienen grande, otros pequeño. Tiene una frase tuya, con la venia: "A mí los cuarenta me dejaron seco. Mi mejor época fue mi peor década". Serías carne de Amiel, enjuto y sin vetas blancas, nutritivo. El diario es a la escritura como el entrenamiento a la carrera. El fin de la velocidad, elogio el fondo descampado. T. asiente complacida, pero no sonríe, de tan  profesional, tan contenida.

Rubidio es un gran nombre, ya lo creo. Lo cuelgo con tu cuadro, sólo con un clavito de momento. Irá cambiando de pared, tal vez de habitación, hasta encontrar su hueco por derecho. Elogio del impulso atemperado. "Las impresiones más delicadas son las más fugitivas". 30 de octubre de 1852. También 12 de abril de nuestra era.

martes, 5 de abril de 2016

TODOS LOS OBITUARIOS MIENTEN

Los obituarios siempre me provocan el mismo pensamiento. Son una usurpación, un desatino. Llegan tarde, mienten como bellacos, exageran y ocultan con su niebla hueca de adulación o rabia contenida. Cuando el interesado ya no puede agradecer, revolverse, quejarse, correrse de placer, envanecido. Ayer Chus Lampreave y Manolo Tena. Hubiera sido mucho más provechoso publicar tantas palabras huecas, solemnes, emotivas, dos días antes, tal vez tres. Poner sendas linternas en los rostros de los morituri y explorar sus reacciones. Cómo suena que se acuerden de uno, pulidas las gestas, las canciones, los alardes de ayer. Los fallos con sordina. Redoble de campanas.

Uno tiene derecho a saber qué fue para el mundo que deja. Morirse es el fin supremo de la vida, y queda en manos de otros, de plumas aspirantes, pulsos débiles, enclenques, enfermizos. Qué atropello.

Imaginemos, por ejemplo, a un condenado a muerte. Nada más vulgar que elegir el último alimento (los norteamericanos son muy de Whopper completo, leí una vez o me lo invento). ¿Por qué no elegir el último polvo, la última manicura, el deseo más oscuro y militante? Habría que publicar en prensa nacional, cuerpo 18, arial o roman, semibold, una convocatoria al panegírico o a la demolición. O tal vez al brote simbólico justificativo. "Mató por no matarse", por ejemplo. "Fue un hombre cabal que un día aciago, febril, olvidadizo, resbaló y pisó con su bota Dr Martens un par de insectos que resultaron ser dos niños. Niño y niña. Apenas ocho años. Rubito y pelirroja". "Gustaba de beber como un gitano en la Noche de San Juan". "Tenía  seis piezas dentales propias. Dos incisivos, cuatro molares" (apunte objetivo, nada que reprochar seas quien seas).
Chus Lampreave

 Todos, hasta el más vil de los seres humanos, somos literatura póstuma para alguien. Aunque sea a la contra; una sentencia tóxica, de cuerpo desmembrado que se abraza después del vapuleo. La rabia en la escritura alumbra exquisitas estrofas, ya sabemos. El amor cursiladas, qué le vamos a hacer. Y si vas a morir ya no hay trauma posible cuando una escriba pulcra, digamos que de China o de Japón, inexpresiva, glose con olor a lavanda y acero tus hazañas como un relato tenso que termina fatal, seas quien seas. Tú en la camilla, yerto, con tubos y electrodos en cráneo, pecho,  extremidades. Deslumbrado bajo un fluorescente que crepita, fallos de conexión inevitables. "Fue un miserable cinco estrellas, pero no incurría en laísmos ni discordancias verbales". Escribirán. Y brotará de tus labios una mueca ligera, apenas perceptible para el verdugo que fuma en la cabina, de orgullo mal nacido. "Fue un consumado hijo de puta, cierto,  afilaba los cuchillos como nadie y cantaba por Manolo Caracol". "Era sobreactuado, bizco de entendederas, corto de aliento, buen contador de chistes. Coleccionaba insectos de ala ancha".

Te mueres y te mueres, y entonces desempolvan tus proezas. Blablablá. Uno debiera tener el derecho de escribir su obituario.  "¿Creísteis conocerme, miserables? Pues ese no era yo, yo era mucho más y también mucho menos". Te mueres y quedas a merced de lo que escriben tipos que esa noche cenarán con sus esposas y pelearán con sus hijos por el mando de la tele. Lo que es la vida. Y tú, ya al otro lado, tendrás que soportar que alguien diga (de ti) la última palabra. Ese adjetivo que sustantivará tu adiós. Y siempre será corto, o será largo. Y sentirás que ya escapaste, que ya no hay vuelta de hoja. Qué cruel fabulación, aunque fuera lisonja bien parida. Malditos sean los otros que te chupan la sangre cuando ya se enfrió y escriben con tu tinta. Y entonces mueres otra vez, pero ya nadie llora. Qué necrológica tan bella y temperada que algunos recortan y pegan en un álbum.

La SGAE debería perseguir esta cruel usurpación. Los derechos de autor, para las viudas de lágrima sincera. RIP.




lunes, 4 de abril de 2016

COSAS QUE HAY QUE HACER A LOS CUARENTA Y TODOS

"Queremos glorificar la guerra -única higiene del mundo- el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio a la feminidad".

Llevo días rumiendo el Manifiesto Futurista de Marinetti, a cuyas proclamas dedica la Fundación Mapfre un espacio de su exposición "Del Divisionismo al Futurismo". Cuando la provocación se convierte en el motum sin fuste -no digo que sea el caso- resulta pueril y tan insistente como un niño dando por saco en un vagón del AVE rumbo al Sur. A mí los niños porculeros me han caído siempre fatal, pero mi inquina es aún mayor contra sus padres. En momentos de arrebato marinettista he glosado terroríficas soflamas contra la paternidad del monstruo y he deseado ardientemente que les retiraran el carnet. Destrucción o nada. Fin de la raza, exterminio. Guerra a la Familia como estandarte del miedo a la identidad propia. Morfina o cicuta. Sangre derramada. Holocausto caníbal.

No digo yo que los futuristas de principios del siglo XX, que exaltaron "el insomnio febril, la carrera, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo" no me complazcan especialmente cuando no me he tomado la medicación. Su cubismo anfetamínico -asi lo llamaWill Gompertz- alumbró prodigios más allá de la simple reacción sobrecogida, y el otro día, en uno de mis mediodías a dieta de cuadros, disfruté de una muestra desigual en ese palacete de la Castellana donde suelo ser feliz a menos que haya un grupo de señoras (y algún señor, pocos) explicándome lo mismo que estoy viendo.  Boccioni, Carrà, Balla, Severini... se subieron a lomos del caballo y dieron consistencia artística al rapsoda arrebatado e incendiario que utilizó Mussolini para apuntalar el fascismo. E hicieron cosas chulas, vive dios. Incendios sin olor a chamusquina que aún hoy resultan modernos pero ya no provocan ni sacuden, como esa Vivianne Westwood prodigiosa tras aquel arrebato punk que vomitó a las damas y a sus buenos modales a la cara. Hedor a bilis.

Mi yo más intolerante se altera cuando huele la proclama. Sobre todo si esta es poco original y consonante. Más aún si está mal construida y burla las leyes de la sintaxis o la semántica. El arte con carga política trato de digerirlo sin texto ni contexto, y compruebo que a veces pierde brillo y consistencia, pero otras enseñorea vida propia, enarbola su sentido y mata al padre. Eso tan saludable, tan justo y necesario.

A los casi cincuenta uno debe pasarse a la rebeldía intrínseca, desmarinettizada, pensaba ayer. Al biopensamiento, a la rabiosa introspección. A destruir sin público, solo para crear algo que no se exhiba jamás en un museo, que no aplauda la cla. No haber quemado los pasquines, corrido delante de los grises ni ser de la generación de la Movida es un estigma que nos dejó a los casicincuentones en terreno de nadie. Tan desideologizados, tan sin protagonismo que hoy vamos dando tumbos y abrazamos el arte, las manzanas verdes, el estilo grotesco, el desenfado,  como prueba y error. Tan fuera del pesebre, de un pesebre cualquiera, que el santo escepticismo nos invade y confundimos vehemencia con violencia, amor con desacato. Y galgos con podencos.


 —¡Vamos!—dije a mis amigos—¡Partamos! Al fin la Mitología y el Ideal místico han sido sobrepujados. Vamos a asistir al nacimiento del Centauro y veremos volar los primeros Ángeles.
¡Es necesario abatir forzadamente las puertas de la vida para probar sus goznes y sus cerrojos! ¡Partamos! He aqui el primer sol elevándose sobre la tierra... Nada iguala el esplendor de su roja espada, esgrimida por primera vez en nuestras tinieblas milenarias. Nos acercamos a las tres máquinas jadeantes
para persuadir su corazón.
Yo me alargué sobre la mía como un cadáver en su ataúd, pero resucité en seguida bajo el volante—cuchilla de guillotina—que amenazaba mi estómago.
La gran escoba de la locura nos arrancó a nosotros mismos lanzándonos a través de las avenidas más escarpadas y profundas como torrentes deshechos. (El Futurismo)

A mis casi cincuenta encuentro y reconozco  la belleza en Marinetti, el ácido sulfúrico de esa noche que todo lo incendió...Y hoy aún resplandece si se mira despacio.