lunes, 28 de julio de 2014

DIARIO DE AMSTERDAM

Aviso previo: este texto va a carecer de tildes porque soy okupa de ordenador ajeno y no escribo holandés, de manera que es posible que abuse de las jotas -aqui la guturalidad es tendencia- y que hable de patatas fritas con mayonesa como de alta cocina. El merito de haber llegado hasta este teclado no es ortografico, desde luego. Tiene que ver mas con no haber sido arrolladas -mis chukis y yo misma- por un travia o bicicleta. Jamas pense que los coches fueran los angeles de la guarda de una ciudad, pero en Amsterdam son sin duda el transporte menos agresivo.

El extranamiento del viaje te obliga a estirar las neuronas. A orientarte incluso perdida. A buscar acomodo en un futon sobre el suelo. A prescindir con dolor de las rutinas de las que renegamos justo antes de despegar. A no encender la tele que no hay y a acostumbrar el oido a ruidos diferentes. El paladar a sabores diferentes. La piel a humedades inauditas. La vista a una belleza arquitectonica brutal donde el siglo XVII convive pacifico con la osadia industrial y el porno con la liturgia religiosa.

Hablando de porno. Nuestra visita al Barrio Rojo ha sido altamente instructiva. Las Chukis se muestran bastante alteradas por el tamano de los miembros de látex (decimos colas, para desdramatizar) en los escaparates. 'Papa aquí no nos traería ni de broma...". La tienda de condones colgados por tallas les parece una atracción mas de este parque temático del despelote y me piden que no hable de las putas de los escaparates que no hemos visto porque consideran ofensivo el termino. Yo les digo que a mi por defecto las putas siempre me han caído muy bien, pero que conviene no generalizar (las Chukis piensan que todos los gays son majos, porque mis amigos lo son y no se han topado aun con la marica mala. Al tiempo).
Mapa de Amsterdam

En este viaje he introducido una novedad que esta siendo muy didáctica y provechosa: Mi adolescente tiene la encomienda de apuntar cada euro que gastamos, y Minichuki es la agitadora cultural. O sea, que apunta nuestros planes en una libretilla y luego hace lo que le da la gana. Esta mañana, sin ir mas lejos, aplico su voto de calidad y después de haber llegado a la explanada de los museos en medio de una tempestad, voto junto con su hermana por volver a casa a cambiarnos. Nuestros calcetines chorreaban. Van Gogh tendrá que esperar.

Respecto a la nota de gastos, las dos acaban de venir a decirme el paston que llevamos gastado en poco mas de 24 horas, asustadas. Al fin han descubierto que el enano del cajero automatico necesita un suministrador, un esclavo. O sea, yo.

Cuaderno de bitacora: Tras un día largo y pasado por agua he conseguido que mis hijas probaran las delicias de la cocina hindú (la enana se ha dejado el plato integro, entre aspavientos), conocieran por que las iglesias protestantes son diferentes a nuestra pompa católica (con nota breve sobre Lutero que a la ado "le suena ligeramente"), las he montado en un transbordador con rumbo a una orilla underground muy interesante y fantasmal, han visto la casa de Ana Frank y decidido que esa cola de 2 km se la iba a chupar Rita (confiemos en mañana), han aprendido la diferencia entre vintage y tomadura de pelo para mamarrachas y lo que mola equivocarse de tranvia cuando estas agotada y no perder el buen humor. Han entrado a un coffe shop sin sentirse tentadas por las hierbas y sus cantos de sirena (Minichuki habla de "maria" con soltura, no se yo…) y han comprendido que de ninguna manera ibamos a entrar en un bar donde ponga "tapas" o "paella".

Podria decirse que la jornada ha sido un éxito. Solo nos queda tirarnos al futon y sonar con la recuperacion de las tildes y las enes…




sábado, 26 de julio de 2014

CUERPO DE VACACIONES, YO TE INVOCO

"Todo el viento de esa mañana (ahora soplaba apenas, y no hacía frío) le había pasado por el pelo rubio que recortaba su cara blanca y sombría -dos palabras injustas- y dejaba al mundo de pie y horriblemente solo delante de sus ojos negros, sus ojos que caían sobre las cosas como dos águilas, dos saltos al vacío, dos ráfagas de fango verde. No describo nada, trato más bien de entender. Y he dicho dos ráfagas de fango verde". Julio Cortázar. "El Perseguidor y otros cuentos de cine". R.B.A

Oficialmente, estoy de vacaciones. Pero mi cuerpo aún no se ha enterado y se arrastra en desconcierto tres pasos por detrás del pensamiento, encharcado en un fango verde, o puede que azul, cortazariano, exhausto de invierno, rutina y desajustes. Hay épocas del año en las que el caos es un peaje necesario. Distonía y fuga. Las manos van por libre y la mente proyecta una tarjeta de embarque y una pantalla de neones -siempre veo neones- que vomitan los destinos deseados. Tener cuerpo de viaje y mente aún esclava del "yo debo" o debería.Vacaciones.

No es que Cortázar estuviera entre mis planes, es que se me ha manifestado cual espíritu indómito esta mañana, mientras recorría perezosa los lomos de mis libros, acariciando y deteniéndome en los que atacaré las próximas semanas. Y entonces llegó él, sin invocarlo, y me pareció imprescindible incluir un volumen de relatos cortos, lo que dura una siesta insomne y perezosa o ese rato de playa fría con jersey que todos los que elegimos Norte aceptamos como el que acepta un bicho distraído en la ensalada servida en el porche o en el campo.

Ayer, cena de amigos, despedida. Mi J. tan amoroso como siempre. Su novio P. y el hijo de ambos, la familia. "Justo te iba a llamar esta mañana y se coló tu mail, como un fantasma". Relato geográfico, nos reencontraremos quizás frente al Cantábrico, Festival de San Sebastián, un año más, pero antes en Madrid, como esta noche, asfalto y pizza. El niño interrumpe como puede y cuentas chistes, los padres le acarician y le besan, bendito sea el año que ha pasado desde que lo trajeron de tan lejos. Una familia no es nada si no hay todo lo que veo sentado en esa mesa, reunido. Encuentro y alegría. Seguridad total. Un vuelo sin bandazos. El amor.
Julio Cortázar, El Perseguidor

Ya tengo una maleta. ¿No lo he dicho? Si tienes la maleta, estás de vacaciones. Seguro que hay quien hace y deshace maletas sólo para sentirlo, aunque no salga. En breve llegarán las chukis y tirarán al cesto la ropa sucia de las suyas, y habrá que rellenarlas de nuevo, y hablaremos todas a la vez, y será fiesta. "Mamá, no hacen más que caerse aviones", teme mi adolescente por wasap, y yo le pido que deje esos zapatos absurdos para luego. Los miedos conviene distraerlos, hacerles malabares en las narices, espantarlos.

"Dos saltos al vacío, dos ráfagas de fango verde"...

Mis pánicos cotidianos, reunidos: a olvidarme el DNI o el billete de avión. A llegar tarde (siempre llego muy pronto, no por cortesía, sino por puro miedo). A perderme por los canales, entre Rembrandt y el Barrio Rojo, con dos niñas detrás que creen que sabes (en realidad no lo creen, pero lo fingen. Pura supervivencia). A no recordar la clave secreta del cajero. A perder la llave. A ser la única adulta del grupo. A que nadie te espere. A un misil en el aire... Tonterías.

Estar de vacaciones es escuchar las voces del miedo amordazadas hasta ahora, desatadas, y dejar que se calmen mientras coges un libro, unas pastillas del mareo y una camiseta vieja que será el calor de hogar en casa ajena. Y entonces sientes que el fango verde se licua y va cayendo al suelo, dejando que tus piernas, ya libres, corran a cerrar esa maleta. La aventura. Y es como estrenar un cuaderno, el olor a papel blanco y a barniz, todo el relato por delante en cuanto ese avión aterrice y sueltes el suspiro contenido. Vacaciones.

No describo nada, trato más bien de entender...

P.D. Esta música  no pega con el texto, pero Lisboa es siempre mi destino, aunque no vaya. Y Carlos do Carmo una noche de fados que no olvido ni en sueños, y es un viaje.












jueves, 24 de julio de 2014

TRAICIONEMOS LA TRADICIÓN

"La tradición es un congelado de costumbre y el fundamentalismo un ultracongelado de tradición". Jorge Wagensberg.
El otro dí leí en Babelia una columna titulada "La tradición en aforismos" que abogaba por la traición a las tradiciones y que subrayé con avidez, pese a que tampoco era un texto excesivamente literario. Me atraparon la certeza aparentemente simple de sus aforismos, con los que no podía estar más de acuerdo. Y esa dulce sensación de compartir un pensamiento con alguien y que ese alguien haya puesto las palabras precisas antes que tú.
"Es como si la palabra traición  se hubiese inventado la palabra tradición para defenderse atacando", añadía. 

La defensa de la traición contra el anquilosamiento reiterado y cómodo de la costumbre me pareció un original punto de  vista. Recordé, de repente, la afición de mi hija cuando era pequeña a tomar en aperitivo en vacaciones "a la una y cuarto". Ni antes, ni después. Así se hacía en su casa paterna, en torno a la piscina y bajo la sombra inclemente de las montañas. Y a mi hija el respeto a ese ritual exacto le daba seguridad. Su vida a la una y cuarto estaba perfectamente diseñada. No había lugar a la ansiedad ni al desacato.

Por mi parte, alimenté cierta rebeldía contra esa norma sagrada, y mi estómago se alineó con ese sentimiento y solía reclamarle el aperititivo media hora antes de la hora, o media hora después, cuando ya se había retirado el carrito repleto de deliciosas viandas con cerveza, vermú y refrescos.  Me parecía que, aunque necesarios, los hábitos de ocio eran más excitantes cuando dejaban de ser matemáticos, sometidos al corsé del tiempo. 

En realidad, mi rebeldía contra los berberechos a la una y cuarto era un subterfugio. Una manifestación naif de mi rebeldía contra otras tradiciones mucho más profundas. Contra la Familia como institución intocable, de alguna manera. Y aunque hoy me considero profundamente apegada a la mía, me gusta no tener ataduras ni costumbres inviolables, pero disfruto enormemente de rituales como los aperitivos en el Frontis al comienzo del verano (ya he habldo de ello, siento ser pesada, pero el bar más cutre del planeta tiene la cerveza y las bravas más deliciosas que he probado)

O puede que en realidad no sean tan ricas, pero tomarlas en esa disputa vertiginosa de los tenedores de un clan tan numeroso sentado a la mesa (o de pie, porque hay mucho inquieto entre los míos) es una fiesta que lo mismo disfrutamos a la una que a las dos, y que este junio, cuando llegamos un día al Frontis y estaba cerrado a cal y canto nos dejó una amarga sensación de orfandad.

"Una costumbre es un producto fresco, una tradición una conserva cuyos aditivos son los ritos y las ceremonias", continúa Jorge Wagensberg.Y añadía: "Una persona empieza a envejecer cuando siente que sus tradiciones pesan más que sus proyectos"

Esta última reflexión me parece crucial y voy a tenerla siempre a mano como elixir de esa juventud eterna que consiste en albergar planes. Proyectos que se cumplirán o no pero que son un acicate para avanzar sin detenerse a cumplir con rigidez con rituales de muerte que simplemente nos dan seguridad y que, siendo útiles y necesarios, el día que los rompemos experimentamos algo parecido a una eufórica sensación de  libertad. 

Dicho esto, y a riesgo de ser tan contradictoria como suelo, pienso abrazar con determinación esas otras costumbres que me hacen feliz. Como tomar el café mirando por la ventada o en la terraza de D. mientras contemplo las plantas y las flores y desempolvo alguna neurona o leo a alquien que siempre ha pensado antes y mejor que yo. Y es un gustazo. 







lunes, 21 de julio de 2014

AMAR EN TIEMPOS DE GUERRA. ODA A CARTIER-BRESSON

Henry Cartier-Bresson. Fundación Mapfre
"Como se ha empeñado en contar mi historia, piense lo que piense y escriba lo que escriba, tenga esto bien presente: olvidé aquel entierro. Sólo recordé los caballos. Eran tan hermosos. Tan brutales. Y se pusieron de pie como hombres". Toni Morrison. "Volver". Lumen.

Decido que la Premio Nóbel ocupará un lugar privilegiado en mi maleta. La encuentro más a propósito que nunca. Sus desgarros por las guerras y la discriminación encajan en el mundo en colapso que estrena este lunes hostil y temeroso. Un avión abatido con 300 inocentes y un baile de cadáveres que alguien ha movido sin respeto ni duelo y cuyas pertenencias ha desvalijado. Un baile de misiles que matan en Gaza a hombres, mujeres y niños (esta es la enumeración convencional. Habría otras: niños, hombres, mujeres. Ancianos. Perros. Pájaros. Árboles. Ancianos. Parece que los ancianos no cuentan. Ya han vivido su vida, pensarán. Las cronicas son crueles en su ordenada asepsia)
  
Leo que hay despojos humanos por todas partes.  La muerte circundante te empuja, como a Morrison,  a pensar en los caballos. Tan bellos, la nobleza. Un galope esturcón por aquel prado de entonces, los Picos de Europa violetas, imponentes, al fondo. Aquellas patas encuadradas, poderosas  y las crines balanceándose al murmullo suave del viento del Cantábrico. Acaricié esas crines, al principio con miedo, estremecida. Las bestias salvajes no se someten, si acaso se relajan un instante mientras tantean las briznas de hierba fragante y húmeda. Al fondo había un sendero. Paramos a comer. Los niños, despreocupados y felices,  reían y devoraban rajas de melón. Eran tiempos de paz.

Uno se refugia en la bondad de los recuerdos cuando caen bombas. O les abre las tripas y las extrae, calientes, chorreantes, y las sienta a la mesa. Toni Morrison de nuevo, con la venia: "Corea. Usted no lo puede imaginar porque no ha estado allí. No puede describir aquel paisaje desolado porque no lo ha visto nunca. Deje primero que le hable el frío. Quiero decir frío. Más que congelar, el frío de Corea duele, se adhiere como un pegamento que no te puedes quitar".

Pocas veces un verano ha estado tan salpicado de sangre. O lo mismo sí, pero la memoria es frágil y prefiere olvidar  las pesadillas, el retorno amargo y el olor sofocante y acre de las trincheras. Hubo otros agostos bombarderos, que no nos impidieron concentrarnos en las maletas, esas que ahora he sacado aunque aún no sea el momento, sólo para mirarlas y así verme de viaje. Para correr por los acantilados y tirarme entre helechos a imaginar historias muy barrocas, con tormentas. El verano era escribir, amar y correr. Las cenas con amigos. Las noches de San Lorenzo con sus lágrimas y las chukis y yo mirando al cielo, tapadas con las mantas. Ya tan cerca. "Ahí está el Carro, con la Osa".
Bombardeo en Gaza, ayer

"Está muy equivocada si cree que sólo buscaba un hogar con una buena ración de sexo dentro. Muy equivocada. Esa mujer tenía algo que me dejaba sin habla, quería ser lo bastante bueno para ella. ¿Tanto cuesta entenderlo? (...) No creo que sepa usted gran cosa del amor. Ni que yo sepa mucho tampoco".

Ayer Cartier-Bresson, en la magnífica exposición de la Fundación Mapfre, hablaba de lo mismo. La guerra y sus contornos. El amor y la miseria. La belleza de una mujer en el Madrid más deprimido de la Guerra. Un vestido blanco ceñido a sus caderas. Los pies con calcetines, esas piernas de maniquí sin pose. Había mucha gente, demasiada. Uno no puede aproximarse a la belleza ni al dolor con tanta gente, tan cerca que los hueles. Parejas que comentaban cada foto, sin soltarse las manos. Seguía entrando público como en esos conciertos que devienen catastrofes. Tuve una intuición de muerte, salí sin ver todas las salas, aturdida. Corrí hasta el Retiro, con los periódicos y busqué mi banco de lectura. Respiré. Tenía frío.

Volveré a esa sombra y a esa expo, buscaré aquel caballo. Escribiré un relato. Cazaremos estrellas. Recuperaré la fe y la esperanza. Y si puedo, no encenderé el televisor no sea que los fogonazos de muerte me impidan ver el prado, tan amado.

"Quería ser lo bastante bueno para ella". Seguro que lo era.














sábado, 19 de julio de 2014

DECÁLOGO DEL BUEN EMPRESARIO

"Cuando yo era apenas una niña, mi padre, Eduardo Barreiros, escribió en un papelito lo que él tituló ‘Decálogo del buen empresario’. Un código de conducta al que siempre permaneció fiel y del que siempre se sintió orgulloso:
  1. Hacer siempre honor a los compromisos.
  2. No mirar a nadie por encima del hombro.
  3. Ser muy tenaz.
  4. Rodearse siempre de buenos colaboradores y amigos.
  5. Convivir al máximo con los que trabajan con uno.
  6. Estimularlos en la mayor medida
  7. No querer ganar para sí la última peseta.
  8. Trabajar con intensidad.
  9. Escuchar las sugerencias aunque procedan de gente modesta.
  10. Tener vocación y fe.
El otro día asistí a una entrega de premios de la Fundación Eduardo Barreiros. Para quien no sepa de él, fue conocido como el  "Henry Ford español",  el artífice de la transformación del motor de gasolina en motor Diésel. Pero también fue un hombre de origen humilde que desde su taller mecánico de Ourense alumbró un imperio de la automoción de dos millones de metros cuadrados al sur de Madrid, en sólo 30 años (Los Symca y los Dodge con los que tantas familias descubrieron el viaje en los años 50 y 60  llevan su firma). Dio trabajo directo a 25.00 personas y -esto es lo más importante- dignificó la figura del patrón en un país sometido a la dictadura a base de respeto y cuidados a sus empleados. 

Su hija Mariluz Barreiros glosó su figura y cuando leyó el decálogo me sentí conmovida por su sencillez y por su verdad. Pocas veces uno de "la casta" -que diría aquel-  desciende desde la pomposa deshumanización de un balance de resultados a la esencia de la integridad en la creación de riqueza. 

En realidad, el decálogo es una excelente herramienta de educación general, que corrí a apuntar para enviárselo a mis hijas. Me pareció emocionante volver a comprobar que las grandes hazañas pueden contarse con palabras sencillas. Que ese modesto mecánico no dejó de ser humilde a la hora de transmitir su legado  cuando ya era millonario, puede que multimillonario.

No mirar a nadie por encima del hombro. Imagino que en las escuelas de negocios los decálogos del empresario son mucho más pomposos, científicos y alambicados. Pero a mí este me parece perfecto. Porque vale para el jefe y para el mando intermedio, para el profesor, para el padre y la madre, para el líder de una banda de rock... para cualquier persona que lidere un grupo y tenga la obligación de ser su guía e inspiración. Para la "casta" sin ínfulas de casta ni discursos huecos que calan en los estómagos hambrientos de justicia o de venganza. 

Hacer siempre honor a los compromisos. O sea, eso que nos decían en casa a los de mi generación: "Hijos, siempre tenéis que cumplir". Cumplir es un término que ya no se utiliza, pero que desde ya pienso resucitar en mi familia. Humildad, generosidad, escucha, esfuerzo, estímulo, fe... Encuentro que los valores que subyacen al decálogo Barreiros se parecen a los mandamientos de una iglesia que ya querría haberse aplicado el cuento en su Empresa y recuperar la diáspora de empleados/fieles que han salido pitando por la falta de crédito y ejemplo. 

Por mi parte, al decálogo Barreiros sólo añadiría un punto: No engañar. Decir la verdad aunque eso te sitúe en una posición menos ventajosa en el tablero de juego. Aunque eso te impida medrar en tu empresa. Aunque eso neutralice estrategias muy favorables para conseguir un objetivo. Aunque te condene a una soledad incómoda. 

A riesgo de parecer meapilista e ingenua, debo decir que uno de los rasgos de las personas que más admiro es justamente este. Y que cuando me asocio con alguien -en el trabajo, en la amistad, en el amor- miro su verdad antes que otros rasgos más sexys y menos generales.

"Rodearse siempre de buenos colaboradores y amigos". Ciertamente, Barreiros. Y aprender a detectarlos aunque a veces los lobos se oculten bajo una piel de cordero...




viernes, 18 de julio de 2014

UN MARIDO HINCHABLE

Me pasa A. un link muerto de risa: "Esto para tu blog": Una mujer soltera convive 14 años con una familia de maniquíes, harta de que le pregunten por qué no tiene pareja ni se ha casado.

La noticia se acompaña de una completísima selección de fotos de la protagonista con su familia de plástico: un marido comme il fault -ese que lo mismo arregla un grifo que se ducha mientras tú te arreglas para salir del trabajo- y una hija preadolescente que se parece mucho a Kate Moss.

Lo más interesante del asunto, desde luego, es la ironía que destilan las representaciones del matrimonio y la vida familiar que esta mujer airada, de la que sólo sabemos que es directora de arte y que recorrió 10.000 millas con su prole haciéndose fotos a lo largo del mundo para su experimento.

No hace falta ser muy lince para deducir que lo que cuenta la performántica autora es que uno puede sentirse brutalmente solo aunque esté acompañado. Y aún más: que la pareja es un suicidio a dos, un guión muy de cine francés que enfrenta soledades que se aferran como koalas para darse sentido de cara a la galería. Una farsa, un despropósito. La inexpresiva mirada de los maniquís contrasta con la sobreactuación de la mujer, en todos los registros. Imagino una película, a Roman Polanski detrás de su cámara en París, y a Enmanuele Seigner haciendo de muñeca con esa turbadora presencia que no te permite apartar la vista de su cuello y de su pelo, mientras a sus espaldas se yergue la Torre Eiffel, el símbolo totémico/geográfico del amor. Pienso en Berlanga y en "Tamaño natural". Y en esa extraño filme japonés que vi hace unos años y que narraba la relación entre un hombre y una muñeca hinchable que cobraba vida. La versión porno del cuento de Pinocho. Inquietante.

Las fotos, producidas con mimo y sin concesiones a la manufactura casera, nos muestran a los Deville, pongamos, en la nieve (ella tira del trineo), en una pradera estilo Edelweiss Edelweiss, en la lavandería (la madre y la hija, desde luego. La colada suele ser cosa de mujeres, denuncia la autora) . O en estremecedoras escenas domésticas. Ella en bata rosa, él en pijama y batín, sentados frente al televisor. Las miradas perdidas. El dulce tedio de no tener que compartir más que el sofá justo antes de entregarse a las brasas de Morfeo. La luz incandescente de la pantalla. Silencio. Pensamientos herméticamente contenidos.

El humor y la tragedia de la mano. La visión mordaz y despiadada: "¿Esto es lo que queréis para mí?", parece preguntar al mundo. Y solo hay una respuesta. Y no hay salida.

Espero que algún guionista avispado recoja esta historia y le dé forma, breves diálogos. Será una perfecta creación de arte y ensayo, versión original sin doblajes. Casi muda, pero elocuente. La banda sonora resultará crucial. Falsamente ligera. El vestuario y las localizaciones deben servir para crear atmósferas herméticas incluso al aire libre. Saldremos ahogados de la sala. Deseando que alguien de piel caliente nos abrace. Sin ganas de cuestionar la soledad de nadie que vive solo. Sin poder evitar sufrir por la soledad en compañía, aturdida por los pagos, la lista de la compra y ese rato fugaz donde uno se ducha y otra se lava los dientes.  Y desear desesperadamente la felicidad,  a uno o a dos. Y poco más.



jueves, 17 de julio de 2014

NIÑO VIVO, NIÑO MUERTO

"Pero ¡silencio!...Ha llegado la noche. Fuera el viento maldito está quemando la tierra". Vientos de cuaresma. Leonardo Padura. Tusquets.

Desde Belén, donde vive, C. me escribe una crónica del terror sin epítetos catastróficos. Desnuda y   conmovedora. "En Cisjordania y en Israel es increíble, la gente sigue su vida cotidiana normal. Estuve anteayer en Jerusalén y antes de atravesar el muro sonaron las sirenas y vimos en el cielo dos puntitos que explotaban y que eran misiles, pero son como de juguete. En Jerusalén todo normal, la población de compras y en el Festival de cine que acaban de inaugurar casi no quedaban entradas.  Aquí en Belén sin problemas, todo un poco más apagado durante el día pero porque es Ramadán...Todo es muy difícil de entender".  

Tiene toda la razón. Es difícil de entender una guerra cuando la vives alimentada por los titulares de la prensa. Pero todas las guerras parecen tener algo en común: la población aprende a hacer una vida "normal". Una simulación de aparente cotidianidad mientras en el cielo estallan misiles "como de juguete".  

Hoy la crónica del conflicto sitúa a cuatro víctimas, cuatro niños, en una playa. Ese lugar de vacaciones y juego despreocupado donde la única guerra que muchos imaginamos se fragua bajo la sombrilla, en la defensa de los rayos maléficos del sol:

 "Tras bombardear un contenedor en dicho muelle, próximo a la playa del hotel Al Deira —frecuentado por la prensa internacional—, el Ejército de Israel tiró contra un grupo de niños que escapaba corriendo por la playa de la primera explosión. Murieron Mohammed Baker, de nueve años, junto a Ahed y Zakareya Baker, ambos de diez, y su primo Mohammed Baker, de once".

Los niños en la guerra son mucho más que un reclamo del dolor. Son niños de segunda.  Me doy cuenta de que lo que más choca de esa crónica es la mención a los nombres de los pequeños. Algo inaudito que, sin embargo, agradezco porque me ayuda a personalizar el dolor. Imagino a los pequeños Baker de 9, 10 y once años. Las piernecitas cortas, sandalias despavoridas y a la carrera. Los once años de Mohammed Baker. La edad de mi hija pequeña.

Sorolla
C. también tiene algo que decir sobre los niños, y me impresiona la agudeza de su comentario, que trascribo íntegro por su interés:  

"Cuando matan a un niño en España (pienso, por ejemplo, en la trágicamente célebre Asunta) ningún periódico publica imágenes de su cadáver ni tampoco de su entierro. De manera espontánea se buscan imágenes del niño vivo, sonriente, lleno de vida, lo que permite calibrar mejor el dolor de los supervivientes y el horror de la acción cometida. De los niños palestinos muertos -de los palestinos y árabes en general- no vemos nunca imágenes de cuando estaban vivos y se asemejaban a nosotros. Sólo aparecen después de muertos y sólo como muertos".

Niño árabe=niño muerto. Las relaciones inconscientes nos llevan a calibrar las vidas ajenas -y por tanto las muertes- de forma distinta. Un accidente de tren en la India en el que mueren doscientos -recuerdo la noticia el año pasado- es la sexta noticia del Telediario, pongamos. Un niño perdido, asesinado, en un país rico abre los informativos y nos sobrecoge. El precio de la vida y de la muerte depende de la geografía, de si estás o no en el club de los países más ricos del mundo, en un régimen democrático o dictatorial. Al Norte o al Sur de lo que importa. 

Paro ya decidida a llamar hoy a Minichuki, que disfruta de unas vacaciones de infancia feliz y de montaña, para contarle la noticia de los Baker. Necesito que sepa que mientras ella escribe su relato en la vieja Olivetti de su abuelo -"mami, estoy inspirada, llevo dos folios y me salen tantas historias, ya verás"- hay niños que miran al cielo y estallan misiles. Y no es normal. Y no es un juego. 








miércoles, 16 de julio de 2014

ESAS MUJERES DURAS

La actriz Blanca Portillo tiene cara de cuadro de Vermeer. A Scarlett Johansson, que interpretó a una mujer Vermeer en "La joven de la Perla",  le faltaban ángulos, profundidad y drama contenido y le sobraba mohín, pero no magnetismo. De esa película solo recuerdo la luz terciopelo sobre su piel cerca de una ventana y esa mirada virgen que promete un revolcón al que se atreva.

Anoche volvieron a poner "El Perro del Hortelano" y ahí estaba la Portillo. Tan verdad como siempre, aunque la prefieron pasada por la pátina misericorde (en su caso) de los años. Allí estaba Emma Suárez tan carnal y tan en verso, en un recital prodigioso de talento interpretativo que echo de menos en el cine español de hoy. Aunque quizás a quien eche de menos sea a Pilar Miró, la directora que fue vilipendiada por el escándalo -hizo lo que hizo, que comparado con lo que otros harían después se queda en chiste- y ya no levantó cabeza.  


Miró era seca y frágil. O al menos así la vi cuando me tocó perseguirla en un día de rodaje de la película "El Pájaro de la felicidad" por una finca cerca de Madrid. Era invierno duro y el equipo merodeaba embozado en enormes bufandas y sombreros. La directora no tenía claro si me concedería la entrevista. "Ve y si quiere te dará un rato, no te prometo nada", me advirtió su equipo de prensa: Yo traté de ser invisible, pero alguna vez su mirada afilada y cetrina se clavaban distraídamente en mi presencia, para evidenciar enseguida que yo no le interesaba ni poco ni mucho.

La Miró emanaba una autoridad indiscutible que escondía ternura. Los actores se cuadraban delante de ella, y obedecían sin rechistar pero sin miedo. Ella quería más, "repetimos la secuencia", y otra vez...Y no levantaba la voz, si acaso apretaba fuerte esa boca tan fina y hacía un gesto levemente contrariado. 

A veces se le escapaba una sonrisa de refilón, y diría que de haber podido habría ido a recuperarla.


Pilar Miró
Creo que llovió, sé que el frío me calaba los huesos, y tenía los dedos amoratados mientras tomaba nota de esto y de aquello. Pasaron muchas horas y entonces, cuando yo pensaba que todo estaba perdido, alguien de su equipo vino a decirme: "Pilar ha dicho que va a cenar algo al Hollywood de Arturo Soria. Que si quieres estará allí".

Fui volando, con el fotógrafo. Nos sentamos en una mesa. Me clavó esos ojos intimidatorios. "Has aguantado bien un día duro", me dijo. Yo sentí que el pánico a la fiera se había evaporado. Hice mi entrevista. Contestaba breve, contundente, mordía su hamburguesa. Me miraba muy fijo. Recuerdo que nos despedimos con un abrazo algo más profundo que lo que el protocolo exigía.

No volví a verla. El Perro del Hortelano fue su última película. Luego murió. Pensé cómo me gustan las mujeres duras que esconden un corazón al rojo vivo. Las mujeres inteligentes que exploran nuevas formas de contar historias. Una película en verso es un doble salto mortal, ella lo sabía. Lo hizo y se llevó doce premios Goya, los más importantes. No recuerdo esa ceremonia, seguro que salió de refilón al estrado e hizo un comentario ácido. Eso que a veces hacen los sensibles para evitar que los dañen. 

Echo de menos ese cine, lo repito. Sobrio y elegante, de personajes fuertes y frágiles a los que la vida coloca en un disparadero.  Creo que voy a encargar en Amazon una selección de sus películas para darme el gustazo este verano.

Y creo que Blanca Portillo es la más Pilar Miró de nuestras actrices. Tan de hachazos, tan rápida y creíble...


martes, 15 de julio de 2014

EL SECRETO DEL SECRETO


Tengo una amiga a la que apenas frecuento que una vez contó algo que le habían contado sobre mí (no yo, por cierto) con la condición de que no lo desvelara nunca. Pero lo hizo: "El secreto me quemaba en la garganta", se justificó. Añadiré que el asunto no era importante en absoluto ni haría que se tambalearan las columnas de un templo romano, pero a mí me molestó el desliz y entendí que la única manera de guardar un secreto es ahogarlo en la glotis, o confiárselo a esas pocas personas que sabrán contener la tentación de apuntarse un tanto a tu costa.

Mi adolescente, por cierto, es una de ellas, y en ocasiones le he compartido una confidencia para que entendiera una decisión mía o simplemente por la relajada sensación de ponerme en sus manos y hacerle sentir que es importante y adulta, porque lo es. Y porque no es nada frecuente encontrar alguien como ella. Observadora y cómplice cuando intuye que su silencio es importante. Estoy segura de que sus amigas así lo entienden.

(Otras veces he sido consciente de que se me confiaba un secreto como una trampa para seducirme y provocarme esa sensación de ser (falsamente) partícipe de algo. Cómplice, depositaria, interlocutora en lugar de espectadora lejana). El secreto puede ser una herramienta de manipulación, desde luego.

Cuando se dice que la información es poder suele hablarse de la prensa, pero creo que sobre todo se aplica a las relaciones humanas. Aprender a etiquetar lo que nos quema en la garganta es una prueba de madurez y de know how que no te enseña nadie. Los chismosos son elementos tóxicos que se juegan una amistad en una mesa, si consigue concitar las miradas asombro y curiosidad de los comensales. Son narcisistas, patógenos sociales. Monos con una metralladora.

Y ahora debo reconocer que no tengo ni idea de por qué me ha dado por hablar de este asunto. Quizás porque en mi familia hay grandes secretos ya despejados, quizás por estar cerca de la persona más discreta, prudente y confiable que uno pueda conocer. Quizás porque cuando alguien te hace partícipe de algo tan importante para su intimidad, su prestigio, su supervivencia, te está demostrando hasta qué punto confía en ti (y sí, es cierto que a veces el secreto es una bomba teledirigida, pero no hablo de ese tipo de secretos)

Ayer en una cena de compañeras con opción a amigas una de ellas propuso un juego. Contemos algo de nosotras mismas que pensemos que ninguna se podría imaginar. La propuesta nos desconcertó un poco, debo decir, y enseguida se inició una rueda en la que algunas romiueron el hielo. Había una abogada loca por el tango y la bachata, una coach dos veces casada...y dos veces divorciada... Corrían las pizzas, las cervezas y el vino blanco y de repente, cuando ya nos íbamos a levantar, una ejecutiva de ventas bastante callada pidió la palabra y confesó que tras una experiencia reveladora había aprendido el Tarot y era capaz de averiguar bastantes cosas. Aquel secreto tenía valor, dado que al grupo de mujeres del curso de liderazgo se nos presupone muy cabales y poco dadas al flirteo con el más allá (ja-ja-ja). Me pareció valiente, me cayó aún mejor de inmediato. Todo el grupo aplaudimos su revelación.


Lo dejo ya, convencida de que, como dice no sé quién del cutremundo del corazón (el chismoso por excelencia) "uno vale más por lo que calla que por lo que cuenta". y cuanto más cuenta, más tiene que callar porque la verborrea suele ser una cortina de humo que nos aturde y rara vez nos regala una información valiosa. Y convencida de que a las personas que hablan poco conviene prestarles atención cuando se lanzan. Mi hija adolescente es una de esas personas. Y encima te garantiza que tu secreto está mejor guardado en su corazón que en el tuyo.
 

P.D. Soy muy consciente del escaso interés de esta columna. Su único valor reside en no haber traicionado ningún secreto..

miércoles, 9 de julio de 2014

LA DERROTA DE BRASIL Y LO QUE IMPORTA

La derrotaza de Brasil será hoy el tema del día si nada lo remedia. El maniqueísmo emocional del fútbol no sólo altera los corazones sino que permite conversar con tu peor enemigo, si procede. Y olvidarte de que Israel y Palestina vuelven a estar incenciados por esa guerra que a los periodicos digitales les parece merecedora de un segundo lugar.  Más de lo mismo.

Lo que nos importa no lo decidimos nosotros. Está condicionado por el rango que le dan los que nos cuentan las noticias. Esta perogrullada que te enseñan en primero de Periodismo en una asignatura tostón llamada Opinión Pública (o puede que sea otra, pero dejé las aulas hace ya unos años) es digna de alguna reflexión. Quien decide lo que irá a cuatro columnas decide en realidad si va a dirigirse a nuestro cerebro, a nuestro corazón o directamente al hígado. Y si es hábil como un cirujano diestro y bien dormido conseguirá su propósito.

Ayer, mientras miraba distraídamente el partido (hasta que se convirtió en un recital humillante de goles, que entonces me centré en la carnicería) leí que un grupo de investigadores británicos ha descubierto un método para predecir si la pérdida de memoria acabará en Alzheimer. Me pareció una gran noticia, y pensé qué haría si mañana me alertaran de que empieza mi carrera hacia el olvido. Lo primero, no almacenar datos banales como que Brasil fue machacado en Maracaná un 8 de julio. Tampoco me parecería relevante que Pablo Iglesias haya ido a Estrasburgo en un vuelo requetelowcost con escalas y comido un bocadillo. Él sabrá si ese gesto, además de reforzar su sentido arácnido social, le ayuda a intervenir con brillandez en el Parlamento y defender los ideales de quienes confían en él, que es de lo que se trata.

Lo importante no puede ser tan fácilmente desmontable, me parece. 

Si el Alzheimer llegara con preaviso construiría un banco de recuerdos, eso haría, dirigido a mis chukis. Los libros que me trasnsformaron, las fotos de las personas más queridas, la música que dispara mis endorfinas, el olor del café, de la lluvia en la ciudad o de la piel caliente de mis hijas cuando despiertan. La euforia del día que mi sobri S. se salvó de aquellas garras. El vértigo del beso. La sensación de superar una carrera. La calma de estrenar sábanas limpias. Todo muy simple, todo muy excepcional.

Y luego, "en una segunda legislatura", que diría Pablo Iglesias el sobrio o su otro yo, Joaquín Reyes, almacenaría fotos de cuadros, de edificios, de formas que me provocan reacciones, pensamientos, pellizcos en la tripa. Para tratar de resucitarlos cuando ya no signifiquen nada que pueda relatarse con palabras. Qué vacío.