sábado, 3 de diciembre de 2016

DE PUTAS INTELECTUALES Y ÁNGELES EN BRAGAS (MANIFIESTO NEOFEMINISTA)


"Sentirme. Ser un proscrito ligero como una pluma, aunque dispuesto desde hace mucho a ser derribado. Soltar sin vergüenza la correa del animal. Ser este o aquel. Resucitar a los muertos

Caigo en brazos de Günter Grass -"De la finitud" (Alfaguara)- huyendo de una información que me vende que se puede ser puta y feminista en la que tres mujeres jóvenes, atractivas y presuntamente inteligentes trazan un panegírico de la prostitución tal que me dan ganas de dejarlo todo y echarme a las esquinas o parar en un club de carretera de farolillo rojo y viento del Oeste. Ser puta es un trabajo como otro cualquiera del que una puede entrar y salir, sin ataduras ni jefes. Un chollo. Un auténtico reclamo para las chicas de la edad de mi hija mayor, que sentirán sin duda la irresistible llamada de sus cuerpos a decidir a quién se entregan (tiran) para extender la mano y cobrar su recompensa al último estertor/jadeo/grito.

Hace semanas que pego un respingo al leer en un digital entre las noticias más vendidas un video que reclama: "Soy puta porque me encanta".  Y me parece muy bien que te encante ser puta, nena, pero no sé si me encanta la frivolidad de tu reclamo. Estoy segura de que un alto porcentaje de las trabajadoras del sexo lo prefieren a ser directoras financieras,  investigadoras, médicos, peluqueras, abogadas  o conservadoras en un museo de arte ¿verdad que sí?

No tengo nada en contra de las prostitutas, me conmueven. Las que he conocido en el desempeño de algunos reportajes me parecieron mujeres tristes y prisioneras de su destino. Tiernas, furiosas, pendencieras, temerosas de sus chulos, preocupadas por sus hijos, muertas de frío o de calor. Yonquis. Cómplices o enemigas entre iguales. No daban la sensación de elegir más allá de sus atuendos sin alas ni purpurina, sostenes abiertos en canal a la caza de clientes. No dudo que las habrá aguerridas, diosas con tarifas de largo recorrido que elijan a sus hombres. ¿Feministas? Tal vez, aunque esa etiqueta ya no sé qué significa porque ha sido desgastada en tantos debates desprovistos de rigor y tan llenos de lugares comunes como de complejos y resentimiento sin reflexión libre, descorsetada y profunda.

"Ahora repasamos mujeres
que sólo una vez,varias, durante lunas enteras
en la cama, sobre alfombras, de pie
pretendimos amar:literalmente,
y luego enseguida mudos".

Suelto a Günter y se me van los ojos a los ángeles de Victoria Secret, que una vez más han desfilado con sus alados cuerpos de vestal por la pasarela y se nos ofrecen como epítome del sueño y el glamour en bragas de lentejuelas. Y sí, todo resulta muy colorido y excitante, pero son mujeres en pelotas utilizadas como reclamo para disparar el deseo ajeno. Lo de siempre, pensaréis, y es lo de siempre y a nadie escandaliza. Pero me pilla sensible, protestona y guerrera porque hoy a las 4.45h sonó el telefonillo y era ella: "Mamá, no me abre la llave del portal". Y entonces la abrí, se acostó devastada, se durmió y yo amanecí de cuajo, el cuerpo entumecido, la madeja de ideas enredada.

Puede que ser feminista sea hoy, más que nunca, reclamar el sex appeal de nuestros cerebros. Mostrarlos, exhibirlos con descaro y sin ropajes que oculten la intrépida agudeza de nuestras intenciones. La negativa a abrasarse en debates donde el punto de partida sea la desigualdad de género sin rebobinar los porqués, los cómos y los cuándos. La letra pequeña de un contrato diabólico y falaz. Denunciar que unas bellísimas modelos en bolas se nos vendan como un espectáculo glamouroso y elegante de parque de atracciones  sin denunciar (además) que es un catálogo de carne con alitas para despistar a las moscas que revolotean con el único fin de devorar el manjar de leche y miel de muslos, pechos y cinturas elásticas, juncales y felinas. 

Igual hay que preguntar a esos colegas que entrevistan a putas feministas por qué no les han preguntado qué pasa cuando un hombre (cliente, ese que paga y siempre tiene razón) te pide que hagas algo que te repugna o simplemente no te apetece. Qué hay debajo de tu discurso florido y militante. ¿Duele menos ser puta cuando lees a Proust, porque en tu mesilla reposen los huesos y el aliento de una tal Yourcenar?. Qué queda de ti cuando una parte de tu yo más íntimo se vende al por menor. Qué querías ser de mayor cuando soñabas puro y los días eran largos y el sol templado.

Recuperemos el cuerpo. Nuestro cuerpo. Y ofrezcámoslo como y a quien queramos, en una intimidad gozosa con fronteras que elijamos nosotras, que pactemos en pareja o en trío o en manada si es lo que deseamos. Pero hagamos un striptease total, radical, intempestivo y militante de ideas, proyectos y ambiciones. Una orgía sin reglas ni tabúes  y eterna de palabras.

(Nos dijeron nena muestra tus muslos, insinúa tus curvas, guiña el ojo y sacude la melena. Compón ese mohín, hazte la débil. Lo hicimos, obedientes, y lloramos como un drama el fin de la tersura. Cuánto engaño. Ahora entiendo por qué detesto a las coquetas sin fuste, bobitas que se quedan en nada el día que no entran en su uniforme de majorette ajado. Y por qué no doy más bola a esos tipos que buscan silenciar tu discurso invitándote a una copa con sonrisa caimán)

No hay nada más sexy que una persona inteligente, honesta y libre, no descubro la luna. Nada más prometedor que la confianza y la intimidad de cuerpos ardientes, arropados en mentes que desean lo mismo, se buscan y completan.

Y luego están las putas, desde luego, Y siempre van a estar, y ojalá un día logren cimentar sus derechos, hacerse respetar, protegerse y poner sus condiciones, barbechos y tarifas. Pero que no nos vendan que es un chollo con coartada intelectual. No cuela. Y tampoco que desfilar en bragas con un sujetador de diamantes que pesa y que se clava es otra cosa que el reclamo de siempre y para los de siempre, envuelto en celofán y aplaudido por quienes hacen caja a cuenta del deseo y de la baba.

"Los secretos se negocian baratos ahora", escribe Günter Grass. El secreto ha cambiado de cajón, diría yo.





domingo, 27 de noviembre de 2016

EL IRRESISTIBLE SEX APPEAL DEL INFORMÁTICO

Ayer me propuse un día de encierro voluntario y me tragué la llave de mi casa para evitar tentaciones. Después encendí el ordenador; había muerto Fidel Castro (en realidad llevaba años desactivado, la noticia parecía sacada del NODO; las reacciones, previsibles y encorsetadas como thriller de domingo a la hora de la siesta). Enseguida cliqué el Scrivener, programa de novela que con mucho esfuerzo había conseguido instalarme y comprender y por supuesto no funcionó. También había muerto, o moraba en un más allá al que no me estaba permitido acceder con todas las claves de mi registro legal (como soy tecnolerda no pirateo por miedo a que me pillen).
Entré en pánico: sin duda se había perdido todo el texto de varios meses y los cajones en los que logré introducir su contenido clasificado en capítulos, escenas, personajes, trama...etc.
Dos horas de pelea contra los elementos me dejaron exhausta. Furiosa y pasto de cualquier líder populista que me hubiera gritado "a las barricadas".
Luego un informático que no me conocía de nada acudió en mi auxilio: "Nos vemos en una hora en el Starbucks de Serrano".  Vomité la llave, me quité el pijama y abandoné mis planes anacoretas para desafiar una ciudad bajo la lluvia con cara de pocos amigos.
El informático era muy amable, tenía una mirada azul apacible y barba de profeta. Y con unos pases mágicos, como esos prestidigitadores de magia de cerca que te hacen ver que todo está tirado, me resolvió el incendio y se fumó un puro fidelino (metafórico, de esos que no huelen).
Pensé que el mundo puede seguir rodando sin Fidel, pero todo hombre y toda mujer necesita en la familia un informático, un médico y un abogado. Y que la religión ha muerto porque no puede rescatarte una historia del más allá por mucho que reces a San Antonio, mientras que un informático sí puede.
-"Todo lo que está encriptado es accesible", proclamó sin pompa. Los informáticos siempre dejamos una puerta de atrás en los programas".
Fidel Castro
(Los dioses sin embargo sólo se cuelan por la puerta de la desesperación, y con dificultades). Pero nadie se confiesa con el informático, y sí con el sacerdote.
Claro que el informático no lo necesita. Conoce tus pecados mientras los estás cometiendo. Es el ojo que todo lo ve. Fisga (o puede fisgar) si se lo propone tus claves secretas, las páginas web que visitas, las conversaciones encendidas con novios, amigos y amantes. Las compras furtivas. Los planes de fuga con vuelos de avión a precios imbatibles. Tus series de ficción para espantar la realidad. Tus devaneos...
Y su oráculo bien vale un té Roibos en un sábado húmedo y desapacible: "Todas las fotos que guardamos en el ordenador, en disco duro, pueden desaparecer de un plumazo. Incluso las que imprimes en papel tienen sus días contados; las tintas son volátiles".
Los Eames

O sea, que nunca hemos sido tan frágiles ni hemos estado tan vigilados. Pero vivimos con ese espejismo de omnipotencia y privacidad  que nos regalan las teclas de un teléfono o de un ordenador. Y nuestro rastro es indeleble, no como el pecado original con el bautismo. Por ejemplo, yo misma , desde que hace una semanas compré una silla de diseño estoy siendo bombardeada por tantas webs de sillas que me han hecho aborrecer a los Eames. Menos mal que no me dio por el porno o las armas de destrucción masiva.
Lo dejo ya, debo volver a mi escritura. Con esa gratitud impagable hacia ese hombre que no sólo me ha devuelto muchas horas de trabajo sino dos vidas a medio gestionar con diálogos diabólicos que no habría sabido reproducir ni puesta de absenta y flaquezas que no alivia ningún confesionario, además de un secreto tenebroso que alguien tendrá que resolver.

Y ese alguien, ahora lo tengo claro, va a ser un informático.




lunes, 21 de noviembre de 2016

EL MIEDO ES EL PELIGRO

Sostiene Zygmunt Bauman que el miedo es el peligro. En realidad no lo dice así, pero al final uno lee entre líneas aquello que encaja con sus presupuestos intelectuales. El otro día recibí el primer libro que no puede considerarse de autoayuda de los que suelen caer en mi mesa de trabajo (y que celebro con grandes risotadas que esconden una rabia feroz contra quien tala bosques para contarme cómo ser feliz con frases huecas o en qué consiste la dieta de la muerte, y una envidia muy tiñosa y poco sana hacia quienes reciben, pocas mesas más allá, literatura musculada y libre de grasas en saturación).

Era un Bauman, un libro de ensayo, "Extraños llamando a la puerta" (Ed Paidós). Una invitación a perderme por senderos nutritivos como este fin de semana me he perdido entre mis hermanos por el Otoño más bello y prolijo en tonos cromáticos del rojo al amarillo que recuerdo, aplastando con mis botas de Asturias las yerbas que acunan el río Ambroz. Sin más preocupación que abordar en compañía ese puente de hierro magnífico con las traviesas del tren ajadas para atravesarlo algo trastabillada y conquistar una orilla segura. Temerosa del vértigo y la lluvia que goteaba en la punta de mi nariz y empapaba unos vaqueros poco adecuados para la aventura.

Habla Bauman de cómo la llegada del otro, del inmigrante, es una verdadera amenaza para muchos que algunos rentabilizan: témelos, protégete, golpéalos. El miedo paraliza, eriza el lomo y prepara las uñas para el ataque. La naturaleza dicta sus normas y somos animales en la selva. Las personas más miserables que conozco son miedicas y explotan el miedo ajeno.
Hervás

Huelga decir que no estoy orgullosa de algunas reacciones que he tenido al respecto. Si miro por dentro encuentro atisbos ocasionales  de arrogancia, ironía y ligero menosprecio hacia ese otro que me devuelven mi yo más mezquino, envuelto  en exquisita corrección política. Aún así, nunca he caído en la tentación de llamar al que llega con epítetos y sobrenombres despectivos -el lenguaje golpea y configura- y espero no haber sido injusta o cruel con quien no lo merecía.

El miedo, hablaba del miedo. Me costó años entender que las más duras del colegio eran unas gallinas que probablemente pasaron años de terror imaginando qué pasaría el día en que alguien las desenmascarara. Hablo en femenino porque mi colegio no era mixto, y podría recordar con nombres y apellidos a esas pandilleras que llenaron el patio de electricidad y que se han quedado en nada (ay, benditas redes sociales que permiten fisgar en infortunio del malvado).

Este fin de semana he perdido un miedo molesto que me hacía ser impertinente y estricta con mi hija. El miedo a que me llevara en el coche, pocos meses después de sacarse el carnet de conducir. La clave ha sido sentarme en el asiento de atrás, como me aconsejaron,  y dejarla hacer como le dejaba subirse al tobogán de muy pequeña. Los primeros kilómetros, ya anochecidos, iba yo como un lemur escrutando sus gestos,  si miraba el retrovisor, cómo reducía las marchas. Después fui relajándome, mi chica lo hacía bien, y llegué a cerrar los ojos un buen rato.

Luego entendí que ella conduciría mucho mejor en cuanto le permitiera acumular kilómetros y pasar apuros como yo misma he pasado y paso cada vez que una rotonda con muchas salidas mareantes se cruza en mi camino.

Y entendí además que el temor a que ella conduzca es mi propio miedo a perderme, a chocar, a caer en la cuneta. Y que lo había utilizado para hacerle zancadillas revestidas puro sentido común carca cada vez que la pobre me pedía que le dejara el coche.

El volante del mundo lo mueven esos mediocres que juegan a despertar el miedo ajeno. Populistas, mentecatos, agoreros. Chulazos de patio de colegio que la tienen pequeña, se me ocurre. Aguerridos que ligan con modelos para fardar de rubia con tetas increíbles en un escenario, sin mirar a los ojos a la rubia ni preguntarse qué diría si les perdiera el miedo.

Este fin de semana, en familia de muchos, vi a varias de mis sobrinas caer boca abajo tras escalar una pared muy alta, confiadas en que las cuerdas y mosquetones que las sujetaban no iban a fallar. Pensé que yo no me habría atrevido. Me encantó descubrir esa osadía temprana, su alborozo. Entendí que mis miedos de hoy tienen más que ver con lanzarme a escribir sin pensar tanto en que no soy Shakespeare. O que bajo ese desprecio que siento hacia el modernícola de turno que impone modas que rechazo como el demonio rechaza agua bendita puede haber cierto miedo a no formar parte del grupo dominante. Ese que despliega sus esencias y ríe a carcajadas los memes del memo de turno. Que está siempre a la última de lo último (ignorante de que lo último será pasado en breve); Que corre en una rueda y duerme poco.

Y luego he pensado que nunca fui parte de ese grupo, y casi de ninguno. Que me gusta acostarme pronto y madrugar como un cartujo. Y que no pasa nada por caminar algo incómoda por las vías rotas de un tren sobre un puente de hierro ya ajado porque el espectáculo es tan bello y poderoso que merece el esfuerzo y una cierta soledad. Esa no pertenencia que nos hace tan libres, tan ligeros...


jueves, 17 de noviembre de 2016

LA HORA DE LA POSVERDAD

Y entonces llegó la hora de la posverdad. Un neologismo acuñado por el soberbio Diccionario Oxford que se ha erigido como palabra del año y que intenta explicar lo que sucede cuando se impone la emoción a la razón. ¿Ejemplos? El Brexit o Donald Trump. (En el fondo, desastres perpetrados por los mismos que señalan el desastre como si la cosa no fuera con ellos).

Posverdad: "Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales".

Ayer alguien se indignaba porque el nuevo anuncio de Lotería ha provocado emociones desproporcionadas, y seguramente la muerte en brasas de una anciana de Reus que, con la luz cortada por impago, se alumbraba con velas, no provoque mucho más allá que un brote de indignación. El cultivo lacrimógeno prende exhuberante como los potos de mi casa, que ni miro ni riego salvo cuando mi madre me reconviene. Lo saben en las webs de los medios de comunicación, cada vez más llenas de preguntas, exclamaciones y listados que exhiben un tufo descarado a remover la víscera, a excitar las bajas pasiones y no la curiosidad por saber.

Como fiera emocional que soy, temo a los efectos de la posverdad sobre muy cuerpo como al tifus si viviera en la Edad Media. Mis hijas aplauden las películas "de llorar" como si provocar el llanto fuera una habilidad tan importante como tejer un guión sólido o contar con un reparto solvente. Hemos educado a nuestros hijos en el "te quiero" que nosotros no practicamos con nuestros padres y ahora lo derraman en sus charlas de wasap con cualquiera y a la primera de cambio.

La emoción es incontenible y artera. Es un grifo roto, una hoguera en un cementerio de neumáticos. Es el espejismo del enamoramiento fácil que precede al desencanto y no se explica.  Con el paso de los años he aprendido a desconfiar de todo lo que arde, de los flechazos que se te clavan en el costado, de las amistades urdidas en un fin de semana. Brotes de adolescencia que sin duda hay que vivir cuando es la edad. Mis posverdad está plagada de tropiezos, desde luego, pero hace tiempo que cuando voy al cine me emociona más la trama, la coherencia del relato, el encuadre de una imagen bella y hasta el brazo que me acoge que un estruendo de violines y de orquesta sinfónica que afina y desafina para desenfocar un desatino emocional low cost (a veces superproducción) que lo petará en taquilla.
Donald Trump

Me temo que un Maléfico nos ha devuelto a la virulencia teenager. Y éramos presa fácil, desde luego. Ser adulto es desarrollar criterio, un mínimo criterio que sea tu raíz, inamovible. Una red de conocimiento y verdad sobre la que la emoción impacte pero no se apodere. No quiero estremecerme con un anuncio de televisión protagonizado por una viejecita ilusa; sí con la Fantasía en Do sostenido menor , op 66 de Chopin que hace unos días nos regaló Emanuel Ax en el Auditorio de Madrid.

No quiero que me griten ni que me seduzcan los que deben convencerme con argumentos. He aprendido que soy muy facilona al ardor del sentimiento y que debo anteponer la razón como un escudo, un filtro protector. No quiero ser más joven, tampoco adolescente. Aplaudir las gracietas virales porque todos lo hacen. Quiero mi pequeña dosis de verdad, no de esa posverdad amenazante que crece como un alien en las entrañas de Bobilandia, el planeta de Yupy que estamos construyendo como si la cosa no fuera con nosotros, para después llevarnos las manos a la cabeza.

PD. Ahora que lo pienso, la posverdad es como la consecuencia de aquel juego de la infancia en el que cuando perdías elegías entre ¿verdad o consecuencia? En realidad, no hemos inventado nada. Sólo palabros para desculpabilizarnos de nuestras eternas debilidades.




LA HORA DE LA POSVERDAD

Y entonces llegó la hora de la posverdad. Un neologismo acuñado por el soberbio Diccionario Oxford que se ha erigido como palabra del año y que intenta explicar lo que sucede cuando se impone la emoción a la razón. ¿Ejemplos? El Brexit o Donald Trump. (En el fondo, desastres perpetrados por los mismos que señalan el desastre como si la cosa no fuera con ellos).

Posverdad: "Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales".

Ayer alguien se indignaba porque el nuevo anuncio de Lotería ha desatado emociones desproporcionadas, y seguramente la muerte abrasada de una anciana de Reus que, con la luz cortada por impago, se alumbraba con velas, no provoque mucho más allá que un brote de indignación. El cultivo lacrimógeno prende exhuberante como los potos de mi casa, que ni miro ni riego salvo cuando mi madre me reconviene. Lo saben en las webs de los medios de comunicación, cada vez más llenas de preguntas, exclamaciones y listados que exhiben un tufo descarado a remover la víscera, a excitar las bajas pasiones y no la curiosidad por saber.

Como fiera emocional que soy, temo a los efectos de la posverdad sobre muy cuerpo como al tifus si viviera en la Edad Media. Mis hijas aplauden las películas "de llorar" como si provocar el llanto fuera una habilidad tan importante como tejer un guión sólido o contar con un reparto solvente. Hemos educado a nuestros hijos en el "te quiero" que nosotros no practicamos con nuestros padres y ahora lo derraman en sus charlas de wasap con cualquiera y a la primera de cambio.

La emoción es incontenible y artera. Es un grifo roto, una hoguera en un cementerio de neumáticos. Es el espejismo del enamoramiento fácil que precede al desencanto y no se explica.  Con el paso de los años he aprendido a desconfiar de todo lo que arde, de los flechazos que se te clavan en el costado, de las amistades urdidas en un fin de semana. Brotes de adolescencia que sin duda hay que vivir cuando es la edad. Mis posverdad está plagada de tropiezos, desde luego, pero hace tiempo que cuando voy al cine me emociona más la trama, la coherencia del relato, el encuadre de una imagen bella y hasta el brazo que me acoge que un estruendo de violines y de orquesta sinfónica que afina y desafina para desenfocar un desatino emocional low cost (a veces superproducción) que lo petará en taquilla.
Donald Trump

Me temo que un Maléfico nos ha devuelto a la virulencia teenager. Y éramos presa fácil, desde luego. Ser adulto es desarrollar criterio, un mínimo criterio que sea tu raíz, inamovible. Una red de conocimiento y verdad sobre la que la emoción impacte pero no se apodere. No quiero estremecerme con un anuncio de televisión protagonizado por una viejecita ilusa; sí con la Fantasía en Do dostenido menor , op 66 de Chopin que hace unos días nos regaló Emanuel Ax en el Auditorio de Madrid.

No quiero que me griten ni que me seduzcan los que deben convencerme con argumentos. He aprendido que soy muy facilona al sentimiento y a anteponer la razón como un escudo, un filtro protector. No quiero ser más joven, tampoco adolescente. Aplaudir las gracietas virales porque todos lo hacen. Quiero mi pequeña dosis de verdad, no de esa posverdad amenazante que crece como un alien en las entrañas de Bobilandia, el planeta de Yupy que estamos construyendo como si la cosa no fuera con nosotros, para después llevarnos las manos a la cabeza.

PD. Ahora que lo pienso, la posverdad es como la consecuencia de aquel juego de la infancia en el que cuando perdías elegías entre ¿verdad o consecuencia? En realidad, no hemos inventado nada. Sólo palabros para desculpabilizarnos de nuestras eternas debilidades.




martes, 15 de noviembre de 2016

CÓMO LOGRAR QUE LAS MUJERES SE DESNUDEN EN TU HOTEL SIN HABÉRSELO PEDIDO

"Pienso en la combinación única de autodesprecio y dignidad de mi padre, su elegancia, su carisma sin audacia, su caballerosidad de otra época y su torre de trabajo”.

El hijo de Leonard Cohen se ha despedido con un epitafio en el que sobran los lugares comunes. El día después de muerto uno espera frotándose las manos frías, cerúleas e inservibles  el guión escrito por otros, y los cantantes de éxito algún panegírico en prensa como los muchos que se han publicado estos días firmados por expertos en Cohen. Todo el mundo sabe de Cohen, faltaría más. Y hay expertos a patadas. Al final, el éxito radica en que muchos se sientan propietarios de uno y en el fondo nadie te conozca. Inventar un personaje, alimentarlo morosamente a lo largo de los días, de los años, ponerse un sombrero bien calado y fumar con esa concentración suicida de los elegantes.

Autodesprecio y dignidad. O cómo caminar por un alambre. Carisma sin audacia. O cómo ser sin empeñarse en parecer y aglutinar voluntades y conseguir que las mujeres se desnuden en tu cuarto sin que se lo hayas pedido. Y componer una canción sobre la mamada que te hizo una artista maldita en un hotel puesta de heroína o de delirio (tremens).

Y que encima te dé las gracias.

Hablo de la posteridad como postura sexual de kamasutra: de esa tontería  que a un muerto sólo le importa cuando está vivo. No hay más allá pero se nos escapa la ambición de poseerlo como otros ambicionan poseer una parcela en la Luna que no visitarán. Lo único que queda son las palabras (y las obras en contadas ocasiones. La omisión es pura muerte anticipada). Todo aquel que escribe cincela malamente su nombre en una de esas cumbres de la Luna que ayer lucía descarada y procaz como groupie desmelenada en un concierto.
Roberto Bolaño

Madrid alborotada celebraba mil eventos, porque el Otoño es pródigo en estrenos y se derrama. En la Fundación Amberes fui invitada a presentar el libro de Pilar Tena "La Embajadora" (Editorial Roca), junto con Juan Cruz -el hombre en España que lo hace todo y con la pasión desbordada del principiante- y Fernando Schwartz -embajador de porte y  fina estampa, coqueto y bienhumorado-. La autora, en un momento dado, afirmó que la debilidad de los hombres es el sexo. Alguien del público, un hombre extranjero, le preguntó cuál era la debilidad de las mujeres. "El romanticismo", respondió ella después de un ínterin de duda.

Yo creo que la debilidad del hombre, y también de la mujer, es el poder. Y la vanidad. La posesión -también la física- es un estigma que no entiende de géneros, aunque al hombre se le ha permitido y alentado y en la mujer es la diana perfecta para que otros disparen. Hay quien se lleva a la chica al hotel -y no te miro a ti, Leonard Cohen- para que ella le recuerde su hombría hincada de rodillas en la moqueta de la suite. Hay quien no se reconoce si no es en la pupila del otro, de la otra. Y mejor de rodillas que en decúbito supino. Y correrse visto así es reconocerse.

Hoy es martes y desperté abriendo un Bolaño al azar y estrenando una silla con ilusión de estreno de zapatos en la infancia.  El hombre era un feo que seducía a las mujeres con palabras, con el relato vibrante de chismes, con la mirada huérfana del raro con posibilidades una vez que te arrastra a su motel.

"Cuando Rosa le pregunto por qué la había llevado a un lugar así, el típico lugar al que los ricos traían a sus putas, Chucho Flores, tras reflexionar un rato, le dijo que por los espejos. La manera de decirlo fue como si le pidieran perdón. Después la desnudó y follaron en la cama y sobre la moqueta" (Roberto Bolaño. 2666).

Con mucho menos Leonard Cohen habría escrito un hit. Autodespreciativo y digno. Elegante y cargado de fluidos.







martes, 8 de noviembre de 2016

CUANDO ERES JOVEN NO SABES QUE ERES JOVEN

Antonio Pérez
Me gusta entrevistar a viejos sabios. No digo ancianos porque la palabra incluye cierta carga de compasión condescendiente amparada en el respeto, y yo a los viejos luminosos los respeto mucho. Las reflexiones pasadas por el poso de la vida son como esos vinos añejos que se quedan a vivir en tu paladar. El "retrogusto" tan cacareado de los esnobs que tiran de andamiaje palabrícola cuando quieren presumir de saber de vinos.

Me gusta leer a los viejos que beben vino y se expresan sin solemnidades fatuas. Y dicen cosas como las que dice el compositor Michel Legrand. 84 años. Tantos círculos en su tronco rugoso y tan fecundos. Que se acaba de casar con un antiguo amor y así lo justifica:

"Cuando eres joven no sabes que eres joven y lo desperdicias. Cuando eres viejo pero sabes cómo ser joven puesto que has vivido, eres joven con la cultura y la reflexión. Para mí, esa es la auténtica juventud".

El domingo le leí en voz alta esta respuesta a mi joven hija de 19 años, y ella aplaudió con su escueto reconocimiento hecho palabra: "Mola mucho". El desperdicio forma parte de la juventud como el ahorro se adhiere a la madurez. Al atolondrado que es uno cuando piensa que el tiempo es infnito le sigue el ser consciente de que esto se acaba y cada segundo cuenta. Y este vacío sólo puede ser gozoso con la curiosidad como motor y los proyectos.

"Soy muy curioso. Y quería probarlo todo. Cuando salí del conservatorio podía ser concertista de piano o pianista de jazz, podía escribir música clásica...Podía hacer lo que quisiera. Así que decidí hacerlo todo", dice Legrand, que asegura que necesita cambier de disciplica cada diez años para evitar perder el interés.
Museo Arte Abstracto de Cuenca

El compositor, cantante, director de orquesta, pianista, cuenta que en un encuentro con Ígor Stravinski éste le regaló una confidencia: "Cuando eres un verdadero creador no sabes muy bien lo que haces". La ausencia de red, de apoyatura, el vértigo asumido como punto de partida también es juventud, me parece. Y una tersura intelectual que le quita mucho hierro a las arrugas y al fin  de la firmeza.

El joven viejo que ha vivido y aprendido carece de arrogancia, ese disfraz molesto. Respira sentencias con la naturalidad de no tener que impresionar al respetable. Y luego están esos ancianos que se han rendido y reducen su interés a dos temas: la salud y la comida. Y se quejan por todo y fulminan al joven por ser joven, con la lógica envidia del que estuvo allí y no volverá jamás.

Ayer en una comida el azar quiso sentarme junto a un político muy cordial que conoce a un hombre al que yo admiro hace tiempo: Antonio Pérez. Un artista, poeta, editor, mecenas...Recolector de objetos asombrosos. Un tipo que montó un museo en Cuenca -la Fundación Antonio Pérez- que es un parque de atracciones donde el arte contemporáneo, el juego, la ausencia de complejos te garantiza unas sensaciones mucho más poderosas que las de la montaña rusa. Mi compañero de mesa me dijo que este hombre, viejo (esto lo digo yo con todo el respeto necesario)   no ha renunciado a la intensidad de la vida ni a sus retos. Y que se toma cada día su gin tonic: "Si pasas el sábado por xxx te lo encontrarás".
Ai Wei Wei

Le dije que un día, hace ya años, saliendo de ese museo, entusiasmada, me topé con él pero me dio vergüenza molestarlo. Este fin de semana vuelvo a Cuenca, a ver la remodelación del Museo de Arte Abstracto que ha hecho Juan Pablo Rodríguez Frade, un arquitecto nada arrogante responsable de la remodelación del Arqueológico de Madrid entre otros muchos trabajos brillantes. Además contemplaré lo que Ai Wei Wei ha perpetrado en la catedral, y comeré torreznos y caerá algún gin tónic. Y si el azar me vuelve a poner a Pérez cerca me acercaré a saludarle con todos los respetos. Y a decirle que de mayor quiero ser vieja al estilo Stravinski. Al estilo Legrand. O a lo Pérez, que suena más castizo.

domingo, 6 de noviembre de 2016

CONSPIRACIÓN DE HUÉRFANOS (A JOHN BERGER, QUE CUMPLE 90)

John Berger
"Yo me acerco a los lectores como si ellos también fueran huérfanos"

Los días de lluvia se inventaron para atrincherarse en casa y practicar el deporte del hallazgo en los cajones o el arte de la cocina sin receta. Para invocar a las musarañas, rematar una lectura postergada. Para ser fulminada al Scrabble, para tensar la cuerda con tu adolescente que anda como bestia encerrada y se mide a través tuyo y te provoca hasta sacar a la fiera. Fiera balbuceante al compás del tamborilero de las gotas de agua vengativas que apedrean el patio. Las afueras.

Y entonces John Berger, tan amado, regresa por sus fueros e ilumina palabras, poderoso. Cumple noventa años, y rescata de la memoria una infancia huérfana pese a tener padre y madre. Y es una sensación que todo el que percibe reconoce al instante. Tener progenitores no te convierte en hijo. Ni tener hijo en madre cuando hay una tensión que descoloca y en lugar de respirar apacible desenfundas tornillos y navajas oxidadas, juras palabras feas y pierdes a tu juego favorito con ese compañero imprescindible que te gana sin rastro de arrogancia.

"Como huérfano uno aprende a ser autosuficiente, y los trucos de los oficios que eso requiere. Uno se hace freelance, un freelance desde los cuatro o cinco años más o menos. (...) Propongo una conspiración de huérfanos, rechazamos toda jerarquía, damos por sentada la mierda del mundo e intercambiamos historias sobre cómo, a pesar de todo, sobrevivimos. Somos impertinentes".

Mi John Berger no entiende de lugares comunes, es una constelación de sí mismo, que estalla y te ilumina. La orfandad es un estado del alma. El mundo está plagado de solos impertinentes que defienden su ira y su estupor con armas blancas. Dos solos reunidos que respiran sin balas es una historia de amor, un desafío. De siempre me atrajeron los solitarios, encuentro cobardía en los gregarios y un toque de cinismo, de hipócrita ternura. A Berger su madre no le leyó jamás. Qué soledad tan sola.

-¿Por qué nunca has leído mis libros?, le preguntó un buen día. "Porque quería que siguieran siendo tan buenos como yo imaginaba que eran". 

Un sábado de lluvia se orquestó para eso. Para adelantarse al amanecer, tan perezoso. Poner un cocido en la olla, escribir a trancas y barrancas, y salir al gimnasio con bríos prestados de otra yo, y comprar a la vuelta heroico pescado fresco y fruta  aburrida de invierno. Y discutir con la pobre adolescente que se golpea a sí misma cuando saca los guantes de boxeo contra ti. Y deslomarse de dolor menstrual, esa puñalada periódica, asesina. Y dormitar la siesta, hecha un despojo, y peregrinar por los periódicos hasta llegar a él. A ese hombre necesario que ha cumplido noventa, y espero llegue a cien.

"El silencio no miente". Dice él. Y fisgo su escritorio en la foto que publica el diario. Y creo que la orfandad nos lleva a rodearnos de objetos, de palabras que abrigan aunque sigas perdiendo la partida. Y el estremecimiento de salir a la calle, las aceras tan frías,  desoladas de agua. Las botas desmigando los bordillos. Y el gozo de volver al abrigo, a estremecerse al primer golpe de aire tras un día de zozobra sin angustia, parsimonioso como el paso de la oca y huérfano como escritor que añora el reconocimiento de la madre. Que escribe para ella, pobre John, como quien lanza un fardo al mar embravecido. Y el Otoño por fin, y es soledad al fin acompañada, y es tarde con calor de radiador y ese olor a puchero que no nos abandona y nos abraza.

Y es silencio de casa que aún dormita. Y son estos objetos sobre mi mesa nueva, mi guarida, mi centro de gravedad con foco defensor de las tinieblas. Y no hay engaño posible. Y es domingo.

("Escribo cada página tres o cuatro veces, cambiando palabras para llegar a la precisión de la lógica y el pensamiento que el lector puede agarrar". John Berger. Babelia. Ayer)



viernes, 4 de noviembre de 2016

HACER EQUIPO O HACER JAURÍA (reflexiones tras el nuevo Gobierno de Rajoy)

Ayer viví la expectación del nuevo Gobierno como no recordaba en muchos cambios de gabinete. Intercambié wasaps con amigos bromas del tipo: ¿ya te han nombrado ministra de Defensa? (amigo que me encuentra muy mandona) o "Cuidado, Fdez Díaz anda suelto y se ha llevado el arsenal del ministerio del Interior". Me hizo gracia que el nuevo titular de ese nuevo ministerio que incluye la agenda digital sea un ex alumno del Menesiano, el cole de mi barrio al que no fui porque siempre me pareció arrogante y clasista, muy dado a machacar a los niños que no se ajustaran al perfil ideal (y me consta que el señor Nadal, así se llama, ya era brillante como alumno).

Pensé en la importancia de hacer equipo. Un grupo engrasado que funcione donde los miembros deben ser diferentes o se cae en el riesgo de componer una jauría. Debe haber sin duda cabezas de alto rendimiento que miren más allá en las ramas del bosque. Gente que empuje sin cansarse en cada esfuerzo. Algún soñador que se permita ambicionar lo imposible incluso sin contar con estrategias para llegar a alcanzarlo. Una cabeza matemática, ordenada, sistematizadora. Algún militar, qué le vamos a hacer, que sepa transmitir las órdenes de manera concisa y clara. Hormigas que en silencio y sin ruidos ni grandes titulares vayan moviendo el grano, a poquitos. Seres perseverantes y también creativos entusiastas que den la primera zancada y canten y bailen para arrancar la máquina, aunque luego entreguen el relevo a las hormigas.

Optimistas. Sobre todo optimistas. Y neutralizadores del ruido que consiguen los incendiarios. Esos seres que a menudo se cuelan en los grupos con el bidón de gasolina y a la mínima prenden mechas y muestran su poder destructor como si fuera un talento en lugar de una exhibición triste de mediocridad y complejos. Y tocan una tecla en los demás que los altera. Y levantan un polvo denso como el del desierto. Y provocan toses que se elevan en un estruendo insoportable.

Un equipo, un equipazo. Voces que propongan sin miedo al ridículo. Voces que dispongan sin dejar a nadie en evidencia. Cinturas flexibles, piernas musculadas, espaldas capacez de resistir el peso de una rutina que a ratos sobresalta y nos muestra tarjeta roja.

Buena gente, imperfectas buenas personas con cerebros deluxe. Esto suena muy naif, pero he comprobado que la suma de inteligencia y bondad es un valor seguro en un equipo. Un tóxico con alto cociente intelectual es una bomba que extiende sus toxinas por cada rincón y no hay servicio de desinsectación que lo combata.

Trabajadores. No puedo con los vagos (esa tara de infancia).Tampoco puedo con los alacontristas, esos seres que no aportan nada pero son hábiles en el arte de oponerse a lo que sugieren los demás. Ni con los que persiguen una ambición personal, y no la del equipo.

A veces fantaseo con un dream-team para emprender lo imposible con ese grupo de mujeres líderes que ya son mis amigas, y acumulo  nombres en una libreta que no escribo.

Hacer equipo, Presidente Rajoy, es quizás lo más difícil de todos los mandatos profesionales. Los tuyos son la base, tus brazos y tus piernas, y a veces una bomba que respira tic-tacs en la bodega capaz de desatar una guerra mundial en la oficina.




miércoles, 2 de noviembre de 2016

ME GUSTA EL PSICOANÁLISIS COMO ME GUSTA LA CERVEZA (urgente Comte-Sponville)

Del celebradísimo reencuentro de los chicos de OT  me quedo con el pasmo de comprobar que están convencidos de que cambiaron la historia de España y, si me apuras, la del planeta. En los pocos lances que he visto del programa, me ruboricé de vergüenza ajena cuando alguno, de profesión llorón de lágrima fácil, pronunciaba sentencias huecas hipersolemnizadas sobre lo "grande" que fue y lo que supuso el reality.  La escasa inteligencia sin barniz cultural  unida a la osadía produce monstruos.

Ante tanta exhibición de materia gris de corto recorrido, siempre nos quedará André Comte-Sponville. El filósofo francés, a quien conocí a través de su libro "El amor, la soledad" cuando andaba trastornada por esa aparente contradicción (querer querer y sin embargo sentir cierto vacío), acaba de publicar "Esta cosa tierna que es la vida" (Paidós), título robado a Montaigne. Se trata de una conversación/entrevista con otro filósofo donde abordan temas de esos que sí cambian el mundo: la felicidad, las civilizaciones, el arte, la moral o la ética.

Naturalmente, no es un libro para beberse de un trago. Sino para asaltar a ratos y dejarse llevar en una noche boba por un capítulo llamado "De vez en cuando, la eternidad" donde el francés aclara cierta frase que dijo en el pasado sobre su ateísmo: "No hay nada fuera del mundo, hay que convertirse al mundo". La idea de cultivar el adentro, hacer del pensamiento el hogar y defenderlo como la más preciada fortaleza.

Hace unos días alguien me preguntó con delicado cariño y atención en qué estaba pensando: "No tengo ganas de contártelo, mis pensamientos son míos", respondí como la borde que puedo llegar a ser. Había sentido la necesidad de quedarme para mí ese rapto de intuición sin palabras que, ciertamente, no tenía nada de misterioso y mucho menos de trascendente. Pero no me sentía con ganas de compartirlo y me sorprendí con una fiereza inusitada.

Los adentros en tiempos de afueras; de sincericidios sin fuste pronunciados por cualquiera a quien le ponen un micrófono delante. La democratización de las redes sociales permite exhibir cualquier cosa y opinar por encima de nuestras posibilidades. Convertir un programa de televisión en un fenómeno que colapsó nuestras vidas da risa.  Tomarse tan en serio a uno mismo es síntoma de estados carenciales, me parece.

"Lo único que nos separa de la eternidad somos nosotros mismos, dice Comte-Sponville. Sólo podemos habitarla, al menos provisionalmente, cuando el ego se retira".

Vuelta al ego (a este paso haré un blog titulado "Egomanías, egomaniacos", sobre la mediocridad a la que nos condena el exceso de ropajes cuando sabemos que nuestro desnudo no nos defiende de esa intemperie llamada mundo).

El otro día monté en cólera al enterarme de que alguien que fue cercano andaba atribuyéndose méritos que no eran suyos delante de todo aquel que le quisiera escuchar. Me dieron ganas de levantar el teléfono y sonrojarle, pero no lo hice. Pensé que debe ser duro carecer de consistencia y tener que ganarse el prestigio con dotes de asaltador de caminos. Alardear de algo suele ser síntoma de falta de solvencia. La consistencia trabaja en silencio, me parece. Y ese tipo frívolo y poco consistente, pero hábil en el manejo de lo ajeno, es como un triunfito triste que tras su momento de gloria efímera se arrastrará por escenarios de casino de pueblo a mucho tirar y si hay empresario que se lo financie.

Termino ya con el ejemplo contrario que es Rosa la de OT. En ese mismo programa, me parece, bordó un soliloquio donde reconocía que el programa le había salvado la vida. Venía a decir que cuando entró era un corcho, una bruta de pueblo sin formación ni rastro de autoestima, y que OT la había pulido y refinado, la había obligado a estructurarse, a enfrentarse a sus complejos, a su cuerpo. "Aún me da miedo volver a mi pueblo porque cuando lo hago empiezo a comer mal y a hablar peor", creo recordar de dijo.

Me pareció un Triunfo. Su discurso impecable, su humildad serena, la aceptación de su pasado y de sus debilidades. El orgullo sin arrogancia de haber superado tantas limitaciones. La consistencia sincera que no cambia el rumbo de un país pero te enseña que cultivar los adentros se nota por fuera, como bífidus activo.

"Lo que me gusta del psiconálisis es la decepción", dice Comte-Sponville: "Uno dejará de creerse interesante. De ahí una amargura que siempre me ha parecido el gusto mismo de la verdad. Me gusta el psicoanálisis tal vez del mismo modo que me gusta la cerveza, y por las mismas razones: ese gusto de muerte y de lo real. Decepción, pues, y verdad". 

Las caretas, para Hallowen.