sábado, 23 de agosto de 2014

MODA CON COARTADA (tendencias otoño invierno para mujeres intelectocool)

Equipaje fin de semana
Cuestión previa: Hay que ser muy refinada, etérea y espiritual para ponerse un look azul eléctrico, unos leggings+taconazo, un abrigo de piel teñido de colores o el vestido lencero de mesonera de Dior más fotografiado de la temporada Otoño-Invierno 2014. Pasa lo mismo con los ponchos, el punto grueso y las botas altas. Si te descuidas, te haces un Terelu. Y todo junto, inaceptable salvo que te apellides Moss o Delevigne.

Enfrento el fin de semana con todos los suplementos de tendencias de moda sobre la mesa y el corazón dos tallas menos. Ansiosa de reencuentros fraternos y decidida a no ver más películas protagonizadas por suicidas (Anoche "Las Horas", sobre la pobre Virginia Woolf. De los Panero ya hablé el otro día. Y cuando huyo y me tiro a la comedia -"Chef"- me salgo de la sala por infumable).

Gucci
Quienes me prefieren intelectomaldita deben saber que proceso la religión del Vogue dos veces al año. Sin sonrojos. La moda tiene algo de arquitectura y algo de confesionario. Y recoge el aire de los tiempos tras interpretarlo con un lápiz y el aliento del fuego creativo, aunque haya quien prefiera reducirla al petardeo frívolo y saque de la chistera eso de "con lo mal que está el mundo a quién le preocupa qué se lleva". Pues a mí no me preocupa pero me ocupa, me divierte y me relaja interpretar sus códigos. Admirar el talento y soñar cuando la vida me regala la posibilidad de asistir a un desfile en París y ser todas esas mujeres que flotan suspendidas en caderas de cristal ante mis ojos, a un lado de la alfombra roja, y ser ninguna.

"Me encantan tus vestidos pero sé que no eres ellos. A ti te encuentro en las palabras", me escribió alguien el otro día, después de glosar el Jason Wu que llevé a una fiesta cuando el verano bostezaba y parecía infinito y prometedor. Pensé que no me importaría que me encontraran dentro de algunas de las propuestas que ya he marcado con post-it esta madrugada, toledana o zamorana, mientras esperaba al Sol, y que enumero a continuación:

1.Sastre pantalon de terciopelo verde de Emilio Pucci. Soberbio, contundente. Definitivo.
2. Look napa de Gucci. Frida Giannini lo ha vuelto a hacer. La acusarán de "comercial" y poco arriesgada. Pero la delicadeza de sus tonos pastel y el acierto de sus combinaciones bien valen una misa.
Quiero ese traje pantalón verde
3.Deportivas de tweed de Chanel. Frescas, divertidas y ¿lavables? (Espero Karl que lo hayas tenido en cuenta)
4.Vestido mini de Stella McCartney. La hija del Beatle más mujereta se ha convertido en una diseñadora incuestionable, rotunda. Cada colección tiene destellos inolvidables, como las buenas sinfonías.
5.Medias rejilla. Nunca las tiré y vuelven a lo bestia.  Mis piernas las desean right now.
6.Estola de piel en rosa ajado, empolvado. Ojalá el visón de mi abuela -"la pellica"- sea reciclable. Cruzo dedos.
7.Abrigo corto rojo vivo de Max&Co. El rojo es un cuelgue sin química ni efectos secundarios.
8.Mono gris de Isabel Marant. Me encanta todo lo que hace aunque siempre pienso que no soy el patrón de mujer que ella imagina. Creo que diseña para mujeres sin tono muscular, inasibles y bellas.
9. Plumas corto y ceñido de Moncler. Cada año sueño con uno y me contengo. Luego elijo otro dispendio (este año unos pantalones de cuero negro elástico de Zadig-Voltaire).
Vuelve la rejilla
10. Vestido noche transparente de Valentino. Esa pareja de sucesores de Caravani son dos genios. Salir de sus desfiles a la calle es como pasar del limbo celestial a una casquería llena de callos y entresijos.
11. Cualquier Jason Wu (Hugo Boss), con tal de que no se lo ponga alguna reina flaca en un descuido de alternancia con Varela.

No os canso más, y pido clemencia a quienes sólo me quieren de palabra. Ya volveré a Pessoa y al cine espeso. Hoy mi cuerpo me pide ligereza pasada por la fantasía de la Moda. Benditas sean las musas que nos regalan este espectáculo cada seis meses. La oportunidad de cambiar de piel. El estímulo de ser otra mientras la anterior expía el desgaste del verano.







viernes, 22 de agosto de 2014

STRIPTEASE DE ASCENSOR

"Entras en un ascensor, hay una chica con ganas de buscarte las vueltas, se mete en el ascensor, se arranca el sujetador y sale dando gritos de que la han intentado agredir".

El alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva, conoce muy bien a las mujeres. Todas, sin excepción,  hemos sentido alguna vez el deseo irrefrenable de quitarnos el sujetador delante de un hombre atractivo como él en un ascensor, entre el quinto y el séptimo. A veces incluso las bragas. "Buscar las vueltas" es a la mujer como ponerse la capa a Superman.

Recuerdo la primera vez que me deshice de mi sostén en un montacargas y empecé a gritar "¡al violador, al violador!". Fue en un edificio de apartamentos de Cuenca, la prenda era de blonda y satén lila, sin relleno (esa vulgaridad tramposa) y una vecina, la clásica abogada feminista y malfollada que detesta al género masculino y a todo lo que no lleve el determinante "la", "las" "ellas", decidió en tres segundos que yo era una víctima y el hombre un agresor.
Diario de Andre Gide

Ahora me quitaré el disfraz de Sostres porque la cosa no tiene ninguna gracia. Sigue habiendo hombres, y probablemente mujeres, que piensan que la mujer es la tentación. Eva delante de la serpiente (para que luego digan las estadísticas que no somos ya un país religioso). Y prefieren, para su tranquilidad, que la mujer adopte un rol pasivo. Casualmente releí el otro día unos fragmentos del magnífico diario de Andre Gide, al que estudié en un curso de literatura el año pasado:

"Las más bellas figuras de mujeres que he conocido son mujeres resignadas: y no imagino siquiera que pueda gustarme, que pueda incluso no despertar en mí alguna pizca de hostilidad el contento de una mujer cuya felicidad no comportase un poco de resignación".

No hemos avanzado demasiado, al parecer.  Sigue habiendo quien nos prefiere resignadas, modosas, con la mirada enfocada hacia el suelo. Monas. Discretas. Contenidas. Para luego fantasear a escondidas con un striptease tórrido que nunca se producirá, salvo en sus cabezas y tal vez entre sus manos.

Confieso que me quedé con ganas de comentar la noticia de la presunta violación de una joven a manos de cinco chicos en Málaga que, finalmente, han salido libres por unanimidad del juez y del fiscal. Ignoro qué pasó en esa atracción de feria. Si ella permitió el sexo en grupo o ellos la atosigaron hasta doblegarla. Parece que la grabación del momento ha sido determinante. Qué sórdido y que dramático. Si ella acusó en falso, espero que lo pague. Si ellos no entendieron que un "ya no más" después de un "sí, quiero" es perfectamente legítimo, espero que lo paguen. Alguna feminista furibunda cargó rápidamente la metralleta contra los chicos. Me temo que, además de por las estadísticas, normalmente la mujer es víctima porque se da por hecho que el hombre es el poseedor del deseo irrefrenable, la bestia sexual. Y ella, nosotras, el sujeto paciente. La Madeleine de Gide que sin embargo posee una llave envenenada llamada seducción. Algo sucio, lascivo y manipulador que convierte a los hombres en bestias de ascensor con sólo mostrar un tirante del sujetador.

Espero ser capaz de enseñar a mis hijas que son dueñas de su deseo, pero sobre todo de su voluntad. Espero que den con hombres que no coarten sus anhelos de seducción, porque seducir no es manipular, aunque a veces se utilice con ese fin. Espero que nunca entiendan que el hombre es el enemigo natural, a pesar de que se cruzarán con tipos como el alcalde de Valladolid. Espero que se sientan libres de quitarse el sujetador donde y cuando lo consideren oportuno. Espero que no se suban al discurso agresivo de esas mujeres que detestan a los hombres de entrada, y que entiendan que todos, ellos y nosotras, hemos sido hijos de una educación torticera y sexista, arraigada desde el origen de los tiempos. Nauseabunda.

Hay mujeres alimaña que se aprovechan del mito de la víctima pasiva para hundir a sus parejas o a los tipos que se encuentran en un ascensor. Y hay hombres que sólo aceptan mujeres sometidas porque en su yo íntimo saben que no podrían contener el hambre de bestia que llevan dentro si coinciden con una mujer en un habitáculo reducido. Qué sudor, qué palpitaciones.

Y también hay mujeres y hombres capaces de encontrarse y mirarse a los ojos. Y hacer que lo que pase después, desnudos o con ropa, sea un pacto entre dos, un baile, una cita que da pie a otra. Una conversación equilibrada donde ambos desean y lo expresan. Y se retiran, a veces, cuando se abren las puertas del ascensor. Y las luces blancas los despiden entre el descansillo y el frío de la calle.

P.D.El pastor protestante Andre Gide sufrió como un condenado por el desamor de Madeleine. "Ya nadie, nunca, sabrá lo que ella era para mí, lo que yo era para ella. (...) Me repugnaban las efusiones y ella no habría soportado que la alabara, de manera que yo le ocultaba casi siempre el sentimiento del que mi corazón rebosaba".



jueves, 21 de agosto de 2014

MI CAMA Y YO

La protagonista de "Viajo Sola"
Fui al cine a ver una película anodina titulada "Viajo Sola". Yo era la única sola en una sala medio vacía donde el público, mayormente parejas, tenía hambre de comedia agostera y se reía sin ganas de secuencias que no tenían ninguna gracia pero que en italiano grandilocuenti parecían de chiste. La historia es como sigue: Una mujer madura, atractiva y absolutamente sola (sin hijos, sin pareja, con un amigo fiel que fue su amor en el pasado) vaga de incógnito por hoteles gran lujo para inspeccionar cada nimio detalle y calificar al establecimiento. Su obsesión por encontrar polvo en el cabecero o un mal gesto del maitre le impide disfrutar de camas king size de ensueño, elegantes sofás en tonos tabaco, evocadores spas o del room service en albornoz. Uno de esos placeres inmensos que saboreo cuando duermo en un hotel sin compañía.

El hotel es un lugar en ninguna parte. El epítome de la soledad, da igual donde se encuentre y la categoría que tenga. Hace unos días una amiga tuvo un percance en la carretera que la obligó a parar en un pueblo y, tras ir al médico de urgencias, buscar una cama donde reponerse unas horas antes de seguir viaje. El hombre al que preguntó insistió mucho en que cogiera el coche y se dirigiera a la ciudad más cercana, pero ella no tenía fuerzas ni de recorrer cien metros. Así que terminó en una pensión de camioneros. Algo parecido a la que ayer sacaba el ABC en una pieza sobre las putas de la calle Jardines (nota: al ABC le encantan las noticias sórdidas. La foto mostraba un cuarto con el cajón de la mesilla abierto lleno de envoltorios de condones). Una vez dentro de la habitación, diminuta, mi amiga se dejó caer sobre la camita de 90 centímetros con una de esas colchas brillantes de tejido acrílico y tonos vainilla relavados, enfrentada a un armario con su espejo de cuarterones, y al cerrar los ojos sintió que le daba igual. Que esa cama minisize era suficiente para enjugar su malestar y esa sensación de soledad a merced de la carretera. Durmió a pierna suelta y al despertar siguió camino. El dueño de la pensión, que era a su vez dueño del bar costroso de enfrente, le cobró 15 euros por las tres horas de cama (¿eso pagan las putas por el uso de cuartos para un polvo? Debo preguntar en el ABC). Ella hubiera pagado cien.
Pensión de prostitutas, pobres...

De haber sido inspectora, como la protagonista de la película, habría calificado muy bien a esa pensión y a ese hombre que le cobró tan poco y no hizo preguntas cuando la vio entrar, descompuesta, a pedir cobijo. "Le hacen la cama en un momento, señorita, y se queda usted lo que necesite", le dijo, y salió corriendo a encargar a la patrona que apremiara. El cuarto olía a pastillas de naftalina y a sudor de trabajador reventado. No tenía baño, era uno común, en el pasillo, que mi amiga utilizó algo melindrosa.  Pero era un baño, y una cama, y cumplieron su finción reparadora.

Suelo dormir en el salón cuando el calor aprieta y mi cama esponjosa se convierte en una sauna. Cada noche tiro un colchón sobre el suelo, encaro la tele hacia mí y finjo que estoy en un campamento hippie o en un hotel grunge de cinco estrellas. El aire acondicionado a tope, una botella de agua, los tapones de oídos cerca y la sábana para distraer el estremecimiento del frío de la madrugada. Si están las chukis se apuntan al plan y disfrutamos. Es mi cama de verano y mi espalda se lamenta cada mañana, pero tiene algo salvífico y amistoso, un flashback al camping con amigas, las risas y la confidencia al caer el sol.
La próxima cama

Ayer, lo confieso,  reservé habitación en uno de los mejores hoteles más  de San Sebastián. Fue un impulso salvaje. La convicción de que merecía dormir en esas sábanas de hilo blanco perfumadas de brisa marina. Estaré sola, llamaré al servicio de habitaciones y recibiré al camarero en albornoz mientras elijo en el menú una película en francés o en italiano. Me reiré si es comedia, lloraré si es un drama y maduraré el viejo proyecto literario de las camas de mi vida. Desde la de mis padres a la del hospital donde di a luz. O esa otra, pequeña y desalmada, que me salvó la vida hace unos días...




martes, 19 de agosto de 2014

EL DESENCANTO

El Desencanto
-Y tú, Leopoldo, ¿qué piensas de la infancia? Felicidad Blanc, la Madre.
 -En la infancia vivimos y después sobrevivimos. Leopoldo María Panero. (El Desencanto).

Anoche entregué mi insomnio a los Panero y salí trasquilada. Maldita. Conmovida. La película que había querido ver tantas veces, de la que conocía el contenido y fragmentos, me llegó vía Amazon mientras aún era verano y tenía fe en la vuelta al cielo raso y a la rutina. Sabía que no podría salir indemne de esa ceremonia de la familia como vivero de destrucción, exhibicionista y cruel. Luego de los primeros minutos, con esa mujer imponente de discurso poético llamada Felicidad -qué ironía- supe que estaba condenada a no despegarme de la pantalla. De esas presencias de seres rotos y cruelmente inteligentes a los que la locura otorgó una lucidez descarnada y tanta verdad que asusta.

Felicidad Blanc eligió la mentira, y la escenifica ante la cámara de Jaime Chávarri sin que se le mueva un pelo del cardado. Elegante, sosegada. Eligió sacar de la chistera de sus recuerdos al poeta marido con el que pasea de la mano por los campos de Astorga. No al borracho que la anuló y marcó la deriva de sus hijos. Todos muertos. Todos diagnosticados con nombres feos, de esos que asustan. Partícipes de una orgía de desengaños amorosos, alcohol, heroína, esquizofrenia, suicidio. Poesía. (Tal vez un gen de locura hizo de las suyas)
Leopoldo M.Panero

"Una es la vivencia épica de la familia, que supongo que es lo que estáis contando en esta película, y otra la verdad", le dice Leopoldo María a su madre con absoluta calma, sentados en un banco de su casa leonesa, mientras el hermano menor, Michi, contempla y asiente. Una familia, vienen a contar,  es un relato de mentira a lo Disney y, por debajo, una corriente sucia de deseos, resquemores, anhelos no cumplidos, mordazas, etiquetas. Silencios. "Felicidad, fuiste una cobarde", le espeta el hijo, muerto (este marzo, antesdeayer), tras decidir vivir en un manicomio, el unico lugar donde se sentía a ¿salvo? de sus demonios. O precisamente el lugar donde los demonios tienen su trono y su libro de firmas para las visitas.

"Decidiste meterme en un sanatorio donde lo pasé fatal".

Y la madre, sin alterarse, reconoce dulcemente su cobardía. Como antes, al principio de la película, reconoce que siendo niños sus hijos los llevó a matar a unos cachorros de perro que su marido, el poeta, había prohibido- "Cuando llegue hoy no quiero ver ningún perro en casa". Y ella, la mujer anulada que evoca los atardeceres románticos de la mano de ese hombre que es una sombra terrorífica durante toda la película, metió a los cachorritos en una caja de cartón a que hizo unos agujeros y con Leopoldo y Michi de la mano fue hasta un puente y los tiró al agua (a los perros, pero en cierto modo también a los niños. Mató su infancia, un poco más. No se lo perdonarían)

-Mamá, siempre he pensado que por qué hiciste esos agujeros, murmura Michi. (El dulce, el héroe tierno y devastado. Pasto de la Movida años después. Muerto a los 52)

Michi Panero
Y ella responde algo así como que hay que tener clemencia con el condenado a muerte, y sonríe con un gesto diabólico, apenas perceptible. Y te das cuenta de que una madre, incluso sin querer, puede matar a un hijo, a dos, a tres. Condenarlos a esquivar la metralla de una educación perversa en un lugar que parece el paraíso. Agujerear su caja para que respiren, eso sí. Con los cantos de los pájaros y esa nitidez que el blanco y negro confiere a las historias tristes. Que una madre puede detener un corazón frágil, con su poder salvaje, primigenio, y condenarlo a meterse un pico de tristeza o ahogarse en un barril de whisky. (Y sí, diréis ¿qué hay del libre albedrío?. Se ahogó con los cachorros, os diré)

"Para estar desencantado hay que haber estado antes encantado. Yo sólo recuerdo cuatro o cinco momentos de esos  en toda mi vida" (Michi Panero). Y después, no sé si él o su hermano Leopoldo, porque las lágrimas me impidieron concentrarme o porque ambos eran uno, hermanados en la tragedia. Tan bellos y tan grotescos: "Mi madre fue la causa de mi desastre".

Me pareció que había tardado demasiado tiempo en enfrentarme a los Panero. Que "El Desencanto" es la obra de arte que voces mucho más autorizadas que la mía ya glosaron. Que hay que verla mejor en compañía, para estrechar un brazo o una mano. Que pocas familias sobrevivirían a un careo tan brutal de lo que de verdad piensan sus miembros. Sin épica, sin bálsamos ni mentiras.

"Somos un fin de raza astorgana. Llevamos tanto alcohol que no damos más de sí" (Michi Panero)

Y años después, moribundo, en una entrevista: "Me considero heterosexual, eso de entrada, me he casado dos veces, para mi desgracia, y he tenido más amantes de las que pude disfrutar. Mi sexo está bien cuando funciona, como todo. Y cuando crece te lo crees -cuando te lo crees- como te crees el amor, la comida, el alcohol o la literatura. Yo creí más en el amor, pero a lo mejor me he equivocado.
(...) llega un momento en que la vida pierde su gracia".

domingo, 17 de agosto de 2014

MANUAL DE SUPERVIVENCIA POSTVACACIONAL

En caso de accidente nuclear no sólo sobrevivirán las cucarachas, como se ha dicho siempre. También los potos de mi casa.

Diario postvacacional: Después de tres semanas sin riego, mis plantas han sobrevivido milagrosamente, aunque la tierra está dura como el corazón de Epulón (ver Biblia). Me doy cuenta de que con el paso de los años dejé de comprar macetas con flores caducas y cualquier brote perenne que no resistiera un verano seco y despiadado. Así que mi salón es un jardín de potos, uniforme y aburrido como una serenata de flauta colegial, aunque están acompañados por un tronco de Brasil hipertrófico que me regalaron cuando nació mi ado y que ha crecido más que ella pero -a diferencia de mi hija- no protesta cuando le doy órdenes precisas.

Prueba de agudeza visual ¿Cuántos potos hay?
Después de 40 horas sin hablar porque no hay interlocutores disponibles en el puente de agosto, he llegado a conclusiones tan excitantes como esta de las plantas, y he procedido a ahogarlas (literalmente) con mi jarra de Hanbel de precioso cristal, junco y plata.  Pieza que compré en el mercadillo de la firma vasca una tarde en la que decidí que ya tenía edad para cierto menaje de señora competente. Aún así, sigo sin bajoplatos y mi cubertería no admite más invitados que los íntimos que me aceptan como soy, casual-chic?  a mucho tirar. A mí y a mis potos.

(Inundar a tus plantas tras un verano de secano debe ser como obligar a tomarse un cocido completo a alguien que acaba de salir del quirófano).

Luego, en mi silencio cartujo, he pensado cosas muy prácticas, como que debería apuntarme a un club de atletismo para sudar en grupo una vez por semana. Que debo publicar right now mi anuncio de "busco chófer cariñoso que me traiga y me lleve" y darle llave para cuando queme la comida en día festivo (tengo un candidato fetén, pero me ha pedido que espere 8 años).  Además he pensado que tras mi shopping de ayer ya no me caben más zapatos en casa. Y la culpa de todo este dispendio la tiene que no hay nadie en Madrid, salvo las ancianitas de mi barrio...

Jackson Pollock
...Y María, mi peluquera marroquí, que ayer me abrazó entre sus pechos generosos y me llamó cariño sin parar, antes de lanzarse con determinación sobre mi pelo y envolverlo en decenas de papelitos de plata. Y esperando estaba que subiera mi rubio natural cuando me acordé, en pánico, de que no sólo había ahogado a mis plantas sino que había dejado la olla a presión sin apagar la vitro dos horas atrás,  y que posiblemente aquello estaba a punto de estallar y se convertiría en un Jackson Pollock en el techo de mi cocina justo antes de que entraran los cuerpos y fuerzas de seguridad, alertados por la explosión.

Y como es agosto, no tenía a quién llamar, porque todos los guardianes de mis llaves están en la playa, ociosos y diletantes. Así que intenté contactar con mi vicepresidente (os recuerdo que soy la presidenta de mi comunidad de vecinos, aunque no sea capaz ni de cuidar unas plantas). El Vice me dijo que estaba out of service. Luego mandé wasap a Vlad, el portero. Y viendo que ningún superhéroe me salvaría de la catástrofe, pedí a María que me pusiera un trapo en la cabeza y salí a la calle con los papelitos de plata en todo su esplendor, y las gafas de sol caladas para evitar ser reconocida. Pensé en las actrices de Hollywood que saca el Cuore con esas mismas pintas, pero sentirme Jennifer López no me alivió ni un poquito.

Naturalmente, en la calle desierta aparecieron tres o cuatro seres humanos como por ensalmo, y juraría que me miraban raro. Pero yo tenía una misión superior que cumplir y fingí que no era yo, que es lo que procede en estos casos.

Diario de domingo: Soy rubia (natural), la olla no estalló, los potos siguen verdes y no tengo a nadie con quien hablar cara a cara porque es una vulgaridad empezar a trabajar mañana y debo ser la única en kilómetros a la redonda. Casi tanto como no disponer de bajoplatos. Tara que pienso resolver a la de ya, como lo del chófer y lo de la cocina arty.




sábado, 16 de agosto de 2014

LIBROS PARA EL DUELO

"El proceso de escritura da sentido a todo lo que parece no tenerlo, pero, a la vez, exige chapotear en fango de dolor. Es probable que, del malestar que esa tensión produce, provenga una curiosa simetría: Una pena en observación, de C. S. Lewis, tiene 103 páginas; Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, 77; Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett, 131; Noches azules, de Joan Didion, 150; Mi madre, in memoriam, de Richard Ford, 93. Como si nadie pudiera permanecer en ese territorio demasiado tiempo —como si estas fueran, desde el principio, historias que buscan su final—, casi todos son libros breves".

Conviene detenerse hoy en Babelia de El País, donde la excelente periodista y escritora Leila Guerriero habla de la literatura del desgarro. Y lo hace a través de varios de los títulos que he glosado aquí y me han hecho pasar largos ratos de desazón y placer; de reconocimiento del duelo como un proceso que te abre en canal y te ventila y a veces deviene grandes relatos. "El Olvido que seremos" (Héctor Abad), "Lo que no tiene nombre" (Piedad Bonnet) o "Una pena en observación" (C.S Lewis) son sólo tres de ellos. Hay muchos. Yo añadiría, sin pensar demasiado,  "Un hombre de palabra", de Inma Monsó. Título bastante desconocido y que siento que está a la altura, que me ha acompañado en algunos duelos personales y que he regalado varias veces a amigos que atravesaban las brasas de la ruptura, con desigual efecto. "Me he pegado una llorera que ya no sé si es mi pena o la del libro", recuerdo que me dijo una.

"Ya no recuerdo cómo era antes de conocerle", arranca Monsó. "¿Dónde está?, pienso de pronto, sin darme cuenta de que lo llevo puesto. Es como con las gafas de leer. Una las busca, imprescindibles, y de repente se da cuenta de que las lleva colgadas. Eso es exactamente. Un recuerdo tan presente que, si bien lo miras, se parece mucho a un olvido", termina.

(Tras leer el libro, hace ya años, sentí una tentación inédita de dirigirme a la autora, pero me contuve. Necesitaba saber quién era ese hombre que la transformó y la hizo conocer/reconocer el amor verdadero. Hice mis averiguaciones en Internet, con escaso éxito. Conseguí un nombre, un profesor, pero apenas había información y mucho menos fotos. Al final me rendí, asumiento que ese misterioso ser tan a su medida era un muerto más toda la fantasía proyectada sobre su pérdida. Y pensé que si ella no había querido nombrarlo -en la novela es "El Cometa"- tendría sus buenas razones que yo no debía vulnerar).

Vuelvo a Babelia. Cita Leila (por el nombre, la conocí un poco y compartimos una comida divertidísima donde ella brillaba y el cocido madrileño le hacía la ola) un título de Rosa Montero que me atrae poderosamente desde que se publicó y no he leído. "La ridícula idea de no volver a verte". Reconozco mi desafecto por una autora tan intensa, aunque también que le he dado pocas oportunidades a lo largo de mi vida. Quizás porque sus columnas me producen rechazo por llenas de tics emocionales facilones, de proclamas de alto colesterol sentimental o de sobredosis de militancia. Puede que porque agradezco la ligereza como estrategia para abordar la profundidad y tiendo a huir de la solemnidad pretenciosa. El caso es que varias veces me he sorprendido tentada delante del libro, y creo que claudicaré porque es muy posible que sea una buena novela y yo una lectora implacable y prejuiciosa.
Pierre y Marie Curie

"El arte es una herida hecha luz", decía Georges Bracque. Y la cita la recoge Rosa Montero al final del prólogo de su libro, donde justifica por qué escribe de su propio dolor a través del de Marie Curie cuando recoge el cadáver de su esposo Pierre, atropellado por un carro de caballos. Y esta historia es mi infancia, el libro con viñetas que leí tantas veces y que me hizo admirar y compadecer a esa mujer brillante. Y su gran pérdida. Otra herida luminosa.

Termino con Piedad Bonnett, a quien agradezco ese libro del duelo que también he regalado varias veces: “Mis propias necesidades expresivas me iban diciendo: ‘Empieza por el final, y genera tensión”, explica en Babelia. “Y me dije que sería vergonzoso que me pusiera a hacer una prosa ornamentada con semejante tragedia. Así que lo escribí bien seco”.

Escribir bien seco. De eso se trata cuando hay que contrarrestar el desbordamiento de las lágrimas. Se llama pudor y se agradece, porque te cuenta lo justo de la pérdida. Ese tema que es el gran Tema. El que justifica que uno se siente a escribir y abandone toda tentación onanista para concentrarse en esa partícula del dolor universal que es compartible y que forma parte de todo aquel que ha sufrido el choque con un espacio vacío, y le ha dolido hasta que el tiempo ha ido llenando ese hueco y un día brota una llama leve. El destello del polonio de Marie Curie, diría. La esperanza.

(Gracias, Leila, por el acierto al escoger los títulos y contarlo así de bien en tu reportaje. Gracias Imma. Gracias Héctor. Gracias T.S Lewis. Gracias, Piedad. ¿Gracias, Rosa?)



jueves, 14 de agosto de 2014

DE ANIMALES NOBLES Y HOMBRES SALVAJES

Minichuki&el caballo
(Ayer un tren de cercanías mató a dos caballos de mis amigos G. y M. Toda la nobleza de esos animales bellos masacrada entre raíles, hierbajos aplastados y piedras rotas. Se llamaban Pandora y Dakota. R.I.P.)

Hay un viejo pulgoso en este pueblo que excita a sus perros -sucios y malhumorados como él- para que ladren y atemoricen a todo el que pase por su calle. Nosotras hace tres años que dejamos de atravesar la vía pese a que es nuestra ruta natural, por puro pánico. El otro día el endemoniado nos sorprendió acariciando a su caballo, que pasta en un prado contiguo al nuestro. Iba con uno de sus chuchos. Salí de mi cuerpo, envalentonada,  y me escuché reprocharle la actitud de sus animales (que es la suya).

-¿Qué pasa, que en Madrid no hay perros?, ladró.
-Sí, pero no nos asustan como los suyos...
-Si no ladran, ¿para qué quiero perros? (¡¡¡guay, guay!!!)
-¿Para que le hagan compañía?

El hombre me miró con un relámpago de furia en sus ojos azules. Iba sucio, como siempre. Iba solo, como de costumbre.  Sus perros están sucios y están solos. A veces se tumban en medio de la vía en una exhibición de territorialidad tan impertinente y humana que da miedo. Nosotras, que en coche sí nos atrevemos a pasar, contenemos las ganas de pisar el acelerador y llevarnos a los bichos por delante. Además, quien merece el susto, en todo caso, es el amo de mirada de acero.

Para desconcertarlo, suelo saludarle con una sonrisa desde el coche. Las Chukis me reprochan el gesto. "No hay nada como brindarle educación a un maleducado -explico- Se desactivan, se humanizan a la fuerza". Y tras la lección de pedagogía sobre el terreno, pasamos a debatir si el hombre tendrá familia, si será un viudo que perdió la cabeza al perder a su mujer, si los hijos le odian y las nueras rezan por su muerte... Y así, entre conversaciones simples,  han pasado los días pegadas a esta Tierra. Y llega la hora de volver a ser asfaltícolas y cambiar caballos por semáforos. Y ponernos a soñar durante el curso con el reencuentro, con si el viejo tenebroso seguirá vivo o los chuchos lo habrán devorado mientras dormía, ese final dantesco y novelero que imagino.

(Ayer  G. me contaba al borde del llanto cómo tuvo que ir a buscar una grúa para recoger los despojos que sus queridos caballos. Lo feliz que era montándolos. Y era la bondad, la del buen hombre y su amigo animal, hermanados, las crines al viento).

Uno es como es con los animales, los viejos y los niños. Ayer mi adolescente me confesó alborozada que había descubierto que a Tortu le encanta que le acaricie el cuello prehistórico y rugoso y se pasa ratos practicando.  Minichuki, mientras, lloraba desconsolada porque las dos crías de gatitos que vivían en casa habían desaparecido dejando un sospechoso rastro de sangre. Para demostrarlo cogió la lupa heredada de su abuelo y me condujo de la mano deteniéndose en cada mancha roja, entre pucheros y lágrimas. Sentí algo parecido al orgullo ante esa doble exhibición de respeto y cariño por los seres vivos. Sentí compasión por ese viejo sucio y su tormento.

Hoy pienso que es una suerte regresar aquí y contemplar tan de cerca los ciclos de la vida y de la muerte, lo salvaje y primigenio sin la asepsia urbanita. En unas horas nos despediremos de todo: amigos, animales y montaña. Hasta el año que viene. Lord Byron aúlla entre los escollos de su playa y el cielo barrunta otro día de agua y esperanza. Huele a vida.

P.D. La banda sonora no coincide exactamente con el territorio, pero espero se me admita la licencia. No deja de ser Norte...












miércoles, 13 de agosto de 2014

¡OH, CAPITÁN, MI CAPITÁN!

Hay despedidas de efecto retardado. O sea, que estás pero ya no estás. A 48 horas del fin las toallas que tendí ayer no se han secado, lo que podría interpretarse como que hoy no habrá playa. Hemos agotado casi toda la despensa y lo que más queda tras hacer inventario es ginebra, lo cual podría interpretarse como una invitación al desvarío.  Anoche, volviendo de cenar por la autovía, me pasé el desvío a casa y seguí camino de Madrid. Las Chukis asumieron que nos estábamos marchando antes de irnos y así era en cierto modo. 

(Además, la cama se ha vuelto intratable, ya no me quiere,  y conté un centenar de vueltas mientras afuera la lluvia machacaba el alféizar con rabia incontenida).

Entre la desorientación y el insomnio (post navajas, nécoras y zamburiñas), vimos El Club de los Poetas Muertos y aproveché la fascinación de mi ado por los jovenes y el profe guay para hablarle de Thoreu y de Walden, a ver si se animaba a leer algo más sesudo que "Tiburón".

"Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido".


El vitalismo es la mejor religión que se ha inventado, pero por algún motivo carece de iglesia y de sacerdotes. En España casi nadie conoce a Thoreau  (yo tampoco hasta que hice un curso del que os di la turra en su momento) pero ayer, después de que el pobre Robin Williams se quitara la vida, muchos tuits repetían fragmentos de su obra culmen  o bramaban "Oh capitán, mi capitán" (sin citar a Walt Whitman, me temo). 

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Nuestro viaje ha terminado; el buque tuvo que sobrevivir a cada tormenta, ganamos el premio que buscamos; el puerto está cerca, escucho las campanas, todo el mundo está exultante, mientras siguen con sus ojos la firme quilla, el barco severo y desafiante:
Pero ¡Oh corazón!¡Corazón!¡Corazón!
oh, las lágrimas se tiñen de rojo,
mi Capitán está sobre la cubierta,
caído muerto y frío. 
Thoreau
Ayer pensé en la cantidad de presuntos optimistas o graciosos que encierran a un depresivo, a un ser angustiado por la vida que un día ya no puede más y se quita de enmedio mientras los panegíricos arrojan letras de asombro y condolencia. Leo que los seres creativos tienden más a dejarse caer. Que los círculos de la creatividad y la autodestrucción están próximos. Las Chukis ayer hicieron su propia lectura: "La fama mata". Y no me mostré del todo en desacuerdo. "Mamá, ¿si eres actor te drogas y bebes alcohol sin parar?". (Um, no sé, no necesariamente... Y me dieron ganas de tirar la ginebra por la pila, que quien evita la tentación evita el peligro).

Hoy siento que debo empezar a hacer el equipaje. A quitar toneladas de arena del maletero como cada año. A buscar un curso de Walt Whitman que resucite a los poetas muertos que me rondan. Si me despido ya, después podré salir sin rituales funerarios. Con la música a tope, como siempre que arrancamos.Vitalistas militantes.

¡Oh, Capitán mi Capitán, nuestro viaje ha terminado!

No todavía, vivamos deliberadamente las 48 horas que restan. Debo despertar ya mismo a las chukinas, ya nos secaremos en el mar con la brisa o con un trapo de cocina...
P.D. “Puedo adivinar una peculiar tristeza dentro de la armonía y la belleza de casi todas las obras de arte. Se podría decir que es simplemente la tristeza de la vida, pero es una tristeza que de alguna manera se convierte en el motor generador, en un eslabón de la cadena de energía que hace que el artista persista cuando la haya vivido, que la transforme mediante su instrumento de expresión. Considero un postulado, casi un axioma, el hecho de que para cuando la personalidad creadora ha llegado a la madurez, tiene acumulada en el fondo una gran melancolía que clama por liberarse” León Edel






martes, 12 de agosto de 2014

GENERACIÓN COLA-JET (LA NUEVA MOVIDA ASTUR)

Si pasados los cuarenta repites verdinas (versión cool de la fabada de todo la vida) y no sufres una erupción gastrovolcánica es que tu aparato digestivo es de titanio. Si además te tomas un torto con su chorizo reglamentario y rematas con tarta de queso+Cola Jet+pipas mientras emprendes con otros 27 (coetáneos y sus fieras) el Camino Encantado cuesta arriba sin atisbos de infarto, es que aún no ha llegado tu hora. Y como han pasado casi 24 horas desde la hazaña bélica sin necesidad de desfibrilador, paso a enumerar una serie de pensamientos embotados por efecto del subidón de transaminasas y demás obstructores de arterias:

1.El Cola Jet. Sí, ese polo estrella de los niños de los 70  que mezclaba tres sabores improbables: limón, cola y chocolate. Ayer toda una generación se delató al reconocer alborozados el tótem de hielo, que ha evolucionado a peor. Ahora está aplastado y la Coca-Cola sabe menos. Es probable que el potenciador de entonces fuera venenoso. Pero entonces no nos llevaban atados en el coche y a los ocho años ya desayunábamos con café, como así quedó constatado en la conversación más sesuda de cuantas mantuvimos a la mesa. Nuestros padres, sí, nos convirtieron en yonquis de la cafeína y luego nos hacían guardar dos horas y media de digestión antes del baño. Así hemos salido de contradictorios.
Verdinas, antes de ser devoradas

2.Mi escudero fiel. Tiene 10 años, se llama H. y me acompaña con una conversación que ya querrían muchos hombres de mi edad. Ayer, tras regalarme un cayado para la caminata ("te tengo que enseñar mi colección de palos"), me contó de pe a pa su expediente académico, lo sensible que tiene la piel o el impacto de encontrarse con la profe que le catea matemáticas en la playa. Todo esto mientras Minichuki, que es una pelusona, le decía "eres un pelota, ya te dejo solito con mi madre...". Pero además H. y yo encabezamos la expedición encantada superando trasgus y duendecillos del camino sin vacilación. Porque mi escudero se orienta y eso le hace aún más excepcional. Si yo cometía el error de emparejarme un rato con otro, enseguida escuchaba su voz de contratenor desde atrás llamarme a gritos: "¡Virgiiiii, ¿por qué no me has esperado?!". Es relajante saber que he encontrado mi target ideal de hombre. (Añadiré que además es mimoso y besa sin parar a su madre. Como las mías son unas perracas y dosifican sus afectos, de vez en cuando pido permiso a mi amiga M.C para que H. me bese y me abrace. ¡Y suele decir que sí!)

3.Me gustan los grupos que comen fabes y rematan con postres caseros. Mis amigas del cole (y sus maridos&prole) son de esas y están bien buenas. M.C en concreto se encarga de subir el ego de la tropa con sus arengas: "Menuda escuela de sirenas que ha dado el Mater Inmaculata". Pues eso.

4.Las Chukis le están cogiendo el gustillo a los planes espontáneos con amigos encadenados. Mi ado, en concreto, se levanta preguntando ¿con quién quedamos hoy? La enana, de vez en cuando, suplica que nos quedemos en casa "tranquilitas". Y las dos piden nécoras y percebes a la que te descuidas.
Devoradores de Verdinas


5.Hoy recibo wasap de otra amiga de Madrid que mañana se dejará caer por este pueblo con su hija, amiga de mi adolescente. Definitivamente la nueva Movida se gesta en Asturias Oriental. Madrid es el convento de los mortis.




lunes, 11 de agosto de 2014

INTELIGENCIA LIGERA, INTELIGENCIA PESADA

"Cuando comienzas a comprender lo liviano descubres que es un comportamiento del espíritu. La inteligencia puede ser liviana o pesada".

Ayer, mientras leía la entrevista al arquitecto genovés Renzo Piano, volvía a sentir esa admiración por las inteligencias livianas y, enseguida, recordé a su colega Santiago Calatrava, perpetrador de la ostentación, la pesadez y la ruina prematura. Hoy lo relaciono además con mi autor de este verano -ese austriaco que empieza por S. y termina por G- que en un fragmento de ese libro que leo y no paro de mencionar con la insistencia de la gota malaya cuenta que el mérito de su prosa está en limpiar. En reducir y aligerar las estructuras. En eliminar todo recurso que no cumpla una función en la historia. Inteligencias ligeras.

Hay más relación entre Piano y -vale, lo diré- Stefan Zweig. Dice el arquitecto: "¿Sabe por qué soy optimista? Nací durante la guerra, soy hijo de un temporal. Y cuando el temporal pasa, cada día se convierte en un momento más bello, cada noche se vuelve más luminosa. Y eso es algo que llevas toda la vida. No se puede ser proyectista si no eres optimista".
Renzo Piano


Por supuesto que no todos los hijos de la guerra habrán sacado luz de la tiniebla. Pero me parece interesante esta perspectiva del optimismo por contraste, fruto de la resiliencia.

(Anoche reinaba una luna majestuosa que esta noche nos impedirá ver la caída de las Perseidas. Hoy la lluvia insiste en hundir los temperamentos melancólicos, pero no nos moverán. Amar una región, como amar a una persona, es comprenderla y aceptarla en todas sus manifestaciones (eso tan árduo). Agarrarse durante el temporal y sentir tras el mareo ese placer salvaje de volver a mandar sobre tu cuerpo. El optimisma agradece los ratos que nos ha brindado el sol. El pesimista cuenta los días que no habrá playa).

Centro Pompidou
No me voy de Renzo Piano porque ahora estoy en París, y en la primera vez que entré en el Centro Pompidou y sentí que era un reducto de modernidad. Luego, cada vez que he vuelto, me lo ha seguido pareciendo. El edificio lo hicieron dos treintañeros osados. El segundo era Richard Rogers. Otro de los arquitectos de mi vida. "Fue una completa provocación. Yo tenía 33 años y Richard, 37. A esa edad sabes sustancialmente que debes rebelarte, y ese es el mejor sistema para encontrarse con uno mismo. La rebelión es el arma secreta para encontrar la energía".

Optimismo, resiliencia, provocación, rebelión. Ligereza intelectual. Nada tan sexy como la suma de estos ingredientes. Añadiría tal vez el incorformismo y la honestidad.

Hoy les hablaré a las Chukis como quien no quiere la cosa de Renzo Piano, y como les parecerá un tostón voy a recordarles el Museo Nemo que vimos en Amsterdan hace sólo unas semanas. Una estructura de pez flotando entre las aguas, sin ampulosidad ni destellos a lo Frank Ghery. Y puede que intente que lean esa entrevista de la que extraigo un último pensamiento con el que no puedo estar más de acuerdo:

Adefesio Calatrava
"La belleza cambia la vida de las personas, cambia el mundo. Su rol en nuestra sociedad, aplicado a la escritura, la pintura, la música o la arquitectura cobra una grandísima importancia. Y en particular la belleza de la arquitectura es vital, pues es el arte de construir lugares para los seres humanos".

P.D. Sigo pensando que prefiero entrevistar a hombres y mujeres talentosos y mayores de 70 años. Me parece que sus inteligencias deslumbrantes pasadas por la ligereza que otorga la perspectiva vital los convierten en los mejores interlocutores imaginables.

P.D 2. Santiago Calatrava, por si no lo recordáis, es Premio Príncipe de Asturias de las Artes. O cómo fascinarse con los fuegos artificiales.