martes, 31 de marzo de 2015

CARTA DE AMOR A MI HIJA

"A quien lo ha perdido todo fácilmente le sucede perderse a sí mismo; hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana".

Curioseo el subrayado de mi hija mayor en el volumen "Si esto es un hombre", de Primo Levi. Una lectura de universidad que la ha obligado a retomar los libros como animal cálido de compañía. Durante un tiempo le pagué  por leer -ya lo he contado-. Creo que 10 euros por libro estándar y 15 por los de más de 200 páginas. Así conseguí que se enganchara a mi imprescindible Jane Eyre y tonteara con Peter Handke pero no que amara a Drácula sobre (casi) todas las cosas como yo. Una madre es una obsesa embozada de sentido común que trata de contagiar sus pasiones en lugar de sentarse a observar pacientemente cómo brotan las de sus hijos.

A mí me hubiera gustado, lo confieso, que mis hijas amaran la literatura como yo misma. Ahora entiendo que para mí fue una escapatoria feliz a una infancia sin refugios donde las letras acunaron mucha incomprensión del mundo adulto. Puede que mi hija se haya sentido libre en nuestro ecosistema familiar y su encuentro con los libros no sea huida para protegerse de las bombas sino puro coqueteo. Me sorprende mi capacidad de caer en las trampas de la maternidad que yo misma desprecio.
Primo Levi

Hace unos días mi universitaria me tendió un papel. Un escrito propio que su profesora hacía calificado de "Excelente" a pie de página. "Mira, mamá". Me sentí inmediatamente fulminada de orgullo pero la cena postpuso el momento de la lectura. Cuando a la mañana siguiente empecé a leer la emoción se apoderó de mí tanto como la sorpresa. El trabajo, sobre Piaget, estaba perfectamente hilado y no le hubiera puesto una coma la editora puntillosa que me habita. Era el esfuerzo de alguien que ha leído. Y juro que mi hija ha leído poco. Pero había un ritmo, una intención y hasta un vocabulario nada vulgar.

Mi hija había aprendido sin hacer demasiado caso a su insistente madre. Yo podía relajarme un rato porque su capacidad y su talento no dependían de mis desvelos. Yo, dictadora soberbia y pertinaz, debía soltar el cetro del poder porque mi chica era muy capaz de desenvolverse sin tanta norma apuntalada. Mi alivio se parecía al de esa mañana, no hace tanto, en que tras convencerme de que no le pusiera hora límite de llegada a casa un sábado entró a las siete de la mañana por la puerta victoriosa y con la cara impecable, el rímmel en su sitio y el aliento sin rastro de alcohol o de tabaco. Yo estaba en este mismo rincón al piano de mis teclas con esa ansiedad creciente de madre que espera en una incerditumbre algo sombría. "Ya era hora, mona", murmuré, pero viéndola tan guapa y tan entera, tan dueña de su noche y de su fiesta, la emplacé a contármelo después de haber dormido.

-Buenas noches, mami.
-Ya es de día, ¿no ves?
-Luego te cuento.

Hay un día en que sientes que el éxito y el fracaso de tus hijos no dependen de ti. Y dejas que se suban al tobogán sin estar tú debajo. Esa tortura de infancia que me impedía leer el periódico a mis anchas y me obligaba a charlar con otras madres, a menudo poco interesantes, sobre temas de madre nada interesante. Pero ahora entiendo que yo no era tan distinta y que me he creído especial sin méritos probados. En el fondo sentía que el destino de mi hija dependía de mi sombra protectora. De mis miedos, mis anhelos transferidos, mi librería y del tamaño de la red que yo pusiera para acoger sus caídas.

Y mi hija no se cae, bendita sea. Y me reta con palabras que aprendió y que alumbran reflexiones tan maduras que me enseñan de la vida mucho más que muchos libros.

-Mamá, ¿qué es lo que te reprochan los hombres con los que has salido?
-¿Que soy muy exigente?
-Pues yo no lo creo. ¿Exigente comparada con qué? Yo creo que para ser tan exigente has tenido muchísima paciencia en el pasado. Y también que quien da poco es fácil que sienta que se le pide mucho.

Mi I. tiene 18 años y una sagacidad de mujer madura que ya querría yo para mí misma. En ese intercambio tan desproporcionado yo he sembrado de libros el pasillo y ella ha mirado el mundo con su mirada azul turquesa, perdonándome esa insistencia torpe y escribiendo a escondidas un trabajo, y dos, y muchos otros que son una sorpresa y un alivio.

Y el mérito es suyo, todo suyo. 










domingo, 29 de marzo de 2015

¿ALGUNA VEZ TE ATRAJO OTRA MUJER?

-Mi marido murió hace tres meses.
-Lo sé...
-Y ahora tengo miedo.
-¿De qué?
-De morirme yo, ¿de qué si no?

Una peluquería es un confesionario con champú, revistas manoseadas y secadores de mano. La mujer reclinada en el lavadero ha decidido no hablar de chismes con su peluquera, sino hablar de su pánico. Y entregarlo junto con su cabeza coronada de canas que ya nadie acaricia por las noches.

J. está obsesionado con que le deje tocar mi pelo. A medida que crece mi negativa se dispara su deseo. Esa táctica de cortesana me da risa, pero lo cierto es que odio que me toquen la cabeza. Ni siquiera mis hijas. Esta fobia -unida a la de las cucarachas y las agujas- merecería dos o tres sesiones de diván, si no fuera porque tiene su excepción. A María, mi adorable peluquera marroquí, se lo permito todo.

-¿María, qué me vas a hacer?, le dije ayer, después de observar que había perdido muchos kilos pero ni un gramo de sus pechos generosos.
-Poco, que estás guapa, cariño. ¿Cómo van tus niñas?

Y luego me dejó respetuosa sumergirme en mi libro de Milena Busquets "También esto pasará" (Anagrama). Y pasaron 109 páginas frenéticas hasta que el rubio alcanzó su cota máxima. Y ese fervor de subrayar mientras caían gotas en las páginas...
Milena Busquets

"Una de las mejores maneras de descubrir los rincones secretos de tu propia ciudad, no los románticamente secretos, los de verdad improbables, es enamorándote de un hombre casado".

Para mí un casado/emparejado, ya sabéis, es como el agua para un gremmlin. Veneno puro. Lejos de consideraciones morales, sostengo que ir a ellos es como ir a una batalla perdida de antemano donde tú eres tu propio ejecutor/a. Pero me interesa el fervor de Milena, su orfandad herida y esas frases latigazo que deja caer con redomada intención: "el amor es lo menos fiable del mundo".

El mapa de este libro tan fiable es Cadaqués, y hacia allá va mi amiga E. con su hijo. Y es todo un via crucis. Siete horas o más al volante para exorcizar su pena terca que empieza a consumirle las entrañas y la ha dejado enjuta como un jilguero a dieta de trinos y de alpiste. Le digo por wasap que es una valiente. Que yo en su lugar contrataría un chulo conductor. Y que lea a Milena, tan seny como ella: "Es una buena pieza, pija catalana hasta decir basta. Por cierto igual me la encuentro en Cadaqués, su ex tenía casa ahí, creo. Y lo del chulazo con gorra me está apeteciendo de repente".

Luego, también de repente, en una recepción en la embajada de Colombia, me encuentro a otra mujer que conocí, y me escucho confesarle: "Hace 15 años te encargué un tema. Me impresionaba tu seriedad, sentí que sabías tanto de la vida y yo tan poco..." Ella me miró con esa serenidad cómplice que estrenamos, y me dijo: "ya sabes que la seriedad es la máscara de los tímidos". Y roto el hielo hablamos de literatura, del fuego que devora la salida volcánica de las palabras por la puerta de atrás. De Robert Louis Stevenson, de viajes a la India. De noches invadidas de frases y de párrafos que si no escribes se quedan a vivir como espíritus impertinentes.

-¿Alguna vez te atrajo otra mujer?
-Sólo una vez una mujer consiguió ponerme muy nerviosa. Sentía su mirada y me ruboricé. Sin embargo me gustan los hombres. O mejor dicho, el hombre. De uno en uno.

(Esta conversación no es de esta escena. Perdonad la licencia)

Hay una conexión entre mujeres que fascina a los hombres y a veces se confunden y lo convierten en fantasía erótica. Lo que les excita, me parece, es no poder formar parte del grupo, ni entrar en esa intimidad mística y relajada de seducción (claro que aquí habría que hablar de tipos de seducción). A mí me seducen las mujeres que han mirado mucho y vuelven a la superficie cargadas de razones y desnudas de dogma. En realidad aprecio lo mismo en los hombres, pero es menos frecuente dar con uno que te muestra sus heridas sin mostrar enseguida su lanza ensangrentada.

"Que yo sepa, lo único que no da resaca y que disipa momentáneamente la muerte -también la vida- es el sexo. Su efecto fulminante lo reduce todo a escombros". Sabia Milena. Y luego, mi rubio a dos minutos del de Marilyn, "Después de todo amamos como nos han amado en la infancia, y los amores posteriores suelen ser sólo una réplica del primer amor. Te debo pues todos mis amores posteriores, incluido el amor salvaje y ciego que siento por mis hijos".

Creo que me gustaría juntar a esa mujer Milena con E., con mi María, con mis amigas de la universidad, con M.J, con L. , con F. con C. Con todo mi alfabeto de mujeres que me descubren mi esencia de mujer y me proyectan. Bendito gineceo de mi vida donde el lugar de honor lo ostentan mis dos hijas. El amor primigenio y en cascada que brota y que me deja sin cauces ni compuertas. Defendiendo apenas la plaza de mi pelo. Rubio por fin, desnudo e intocable.

P.D. A J., que lo intenta todo. Que lo entiende todo.









viernes, 27 de marzo de 2015

YO ME ACUESTO CON TRES,¿CÓMO LO VES?

Una mujer, profesional solvente mientras no se demuestre lo contrario. Desastrosa ama de casa. Madre en observación (justita de empeño y asumida sin dramas). Se levanta un jueves sin cargas y con la anotación "día libre" en el almanaque. El corazón invadido de campanas que tañen al son de su risa. Y fingiendo ser diligente prepara el desayuno a su  pequeña: tortilla de dos huevos casi perfecta, compacta, desprovista de rebabas. Después se arregla y sale de estampida a ese Día de la Marmota que es el Carrera del Colegio. Un evento que cada año se repite al milímetro y que cada año es alegría y emoción.

Ayer, mi hija pequeña ("soy la mediana, que ya dejé de ser pequeña hace mucho...") quedó campeona en la carrera de resistencia. Y la madre imperfecta gritó desde las vallas, como siempre, y se emborrachó de orgullo cuando la vio llegar, como un rayo bombeando furia y determinación, a enfilar la recta final hacia la meta. Crecida tres palmos, un milagro.

Pero antes un padre a su hijo, a punto de participar en su categoría: "Oye, no vayas a romper la barrera del sonido, que no estamos preparados".

Luego fueron besos, aplausos, liturgia de éxito y adrenalina. Y comida en familia, con ese padre bueno al que los años atemperan y da gusto. Y siesta de sofá. (Bendito día libre que se sabe finito y se devora como el último manjar del condenado).

Por la tarde solté el bastón de madre y fui a la presentación de "La Oculta". El libro con el que el colombiano Héctor Abad ha roto el maleficio de un primer éxito que parecía no admitir comparaciones, "El olvido que seremos". El salón de Casa de América era una iglesia, solemne y palaciega con esa Chandelier impresionante que desde mi sitio parecía -trucos de perspectiva- la gigantesca corona de un rey.

"Para escribir bien hay que olvidarse de las palabras". Recuerdo que apunté. El manierismo frente a la fluidez. La contención que se recrea en el exacto versus el vómito que brota y después ya puliremos. "El exceso de literatura nos distrae".

Cuánta razón. Yo apuntaba como una alumna sedienta. Andrés Trapiello, ese hombre a quien suplanté en una cena aunque él no lo sabe, se definía como "poeta agropecuario" y pinchaba a su colega con preguntas sobre haciendas y familia. Y era poesía sin métrica. Dos hombres y un destino.

Héctor Abad
"Uno sabe que es capaz de escribir malos libros...Y tiene una responsabilidad consigo mismo", contaba Héctor Abad, y confesaba la noche en que le dijo a Vargas Llosa: "Odio lo que me sale".  Y me pareció hermoso arrancar tan pequeño, tan desnudo. Y pensé en tantos bobos que escriben del tirón sintiéndose tan dioses. Y piensan que son buenos. Y a veces los publican. Y salen a la calle con cara de autor, autor. Y han perpetrado muertos de cementerio infame e iletrado. 

Y a la vuelta Madrid, tan casquivana, me ofreció tres caminos y elegí el de los libros. A esa hora límite en que las tiendas empiezan a cerrar y el vigilante te mira con cara de apremio. Y tú te enredas en los estantes, con el corazón acelerado cuando encuentras. Y eliges tres para esa noche. Puro sexo.

Y te los metes en la cama, ardiente y perfumada de Chanel.

1."Por alguna extraña razón, nunca pensé que llegaría a los cuarenta años". Milena Busquets. "También esto pasará". Anagrama.

2."Y ahora subo las escaleras, salgo a la terraza y siento el aire seco de la madrugada que limpia mi cara del entresueño producido por el alcohol y la hora tardía". José Ovejero. "La Invención del amor". Alfaguara. (Qué ganas te tenía, cuánto te he postergado).

3."Cuando sonó el teléfono era una hora opaca de invierno en Nueva York, muy temprano. A esa hora solo llaman borrachos que se equivocan de número o familiares a dar malas noticias". Héctor Abad. "La Oculta". Alfaguara.

Y en esa orgía alborotada, aún hubo sitio para un cuarto, el mejor, que susurraba de lejos: "Ya atravesé las llamas cuando decidí llamarte para ese gin tonic"

Y no sé si he dormido. Quería que no terminara nunca como esas novias desean que el día de su boda no se acabe.

Y al despertar, la copa de triunfo de mi hija la mediana sobre la estantería. Y el calor de las letras, esperándome esta noche, para seguir lo nuestro y elegir entre tres. O todos juntos. Y esta banda sonora que ha despertado mi vigilia y comparto:





miércoles, 25 de marzo de 2015

OCHO MINUTOS HASTA QUE EL AVIÓN SE ESTRELLE

¿Cuántos pensamientos caben en ocho minutos de descenso hasta que te estrellas?

El tiempo es elástico. A veces vuela, a veces se empeña en demorarse tanto que nunca llegas al punto de ebullición.

Pensarían: no besé a mi mujer. No cancelé esa cuenta secreta a donde desvío los fondos de mi miseria. No llevo mi traje favorito. No voy a conocer a mi hijo. Hace frío. Si se me sale el estómago por la boca y al del asiento de al lado también, ¿capturará cada uno el suyo en el aire o nabrá riesgo de confundirse de vísceras? ¿Y si termino con un hígado incompatible?

Ocho minutos son la eternidad antes del fundido a negro.

Pensaría: cuando encuentren mi móvil me van a descubrir. Una infidelidad. Una trampa. El plan B de mi vileza. Y pensaría: Qué coño importa a estas alturas. (¿Y cuál es el emoticón en estos casos?)

Altidud: 8000 pies. Y descendiendo.

Grita el pasaje. La gente se abraza al extraño más cercano. Huele a miedo. A café derramado. A todos los perfumes del Duty Free. A caca de bebé que nadie va a limpiar.

Alguien pensaría, tal vez: qué suerte ser bebé y no estar entendiendo.

La montaña rusa del más infernal de los parques de atracciones. Ocho minutos en caída libre. Pasen y vean. El reclamo de adolescente salvaje. Pero esto no es una broma.

Pensaría: dios mío, que sea un simulacro.
¡Abróchense los cinturones!

Cuerpos que chocan por el aire. Que atascan los pasillos. Que vomitan amarillo, verde, negro.  Y todo viscoso y acre.

Pensaría que esto acabe pronto. Que sea una pesadilla. Que aparezca una torre para estrellarse antes.
Habrá quien se soltara la corbata, la soga de morir en la oficina. 

Da tiempo. Ocho minutos dan para escribir un testamento en la pantalla de un smartphone.
Y un post apresurado como éste.
Pensaría qué terco es el destino. Pensaría: si hoy no me tocaba. Y por qué va a cortarse el hilo de la vida cuando era tan feliz.

3000 pies de altitud. Sobrevolando la catástrofe hecha montañas.
Un día te pidieron que hablaras siete minutos, siete, en una comida de grupo. Y dio para contar todos tus miedos, todos tus objetivos. Y tres chistes.

Me da pánico perderme. (Pero en caída libre, en un avión, ese miedo no existe. Sólo hay un final y se llega en grupo. Un amasijo de cuerpos aplastados. Un cementerio coral sin tumbas ni flores de plástico)

Pensaría. No preparé su tarta de cumpleaños. Olvidé los smarties de colores. Y decirle dónde había escondido su regalo.
Matarse no sé si es para tanto. Es más para los otros.
Pero saberse muerto ocho minutos agónicos debió ser el infierno.
Alguno rezaría, lo supongo. Ojalá muchos perdieran el conocimiento. Ese botón del pánico.
300 pies. Señoras y señores, esto es el fin. El comandante les agradece que hayan confiado en nuestra compañía. Suelten las máscaras de oxígeno. O respiren profundo hasta el mareo.

Los Alpes y los buitres nos esperan voraces.

No se me ocurre una muerte peor que la conciencia lúcida de ocho minutos de hierros retorcidos, bilis calientes y lágrimas con sangre. Y luego un golpe seco. Y la nada, por fin.

Hoy lo cuenta la prensa. El dato que contiene tanto espanto: El 'Mannheim' se estrelló cerca de la localidad francesa de Barcelonette causando la muerte de 150 personas. El avión, operado por la aerolínea alemana Germanwings y que contaba con 58.300 horas de vuelo y 46.700 vuelos operados. Estuvo apenas 52 en el aire antes de caer en medio de los Alpes franceses. Sus últimos ocho minutos en el aire son una incógnita que sólo se despejará cuando los investigadores del accidente descifren el contenido de las 'cajas negras' de la aeronave.



 

martes, 24 de marzo de 2015

TIEMPO DE TORRIJAS, PECADO Y VAN DER WEYDEN

Van der Weyden
Deseo encontrarme cara a cara con Van der Weyden con el ansia de una primera cita. Madrid en primavera es cultura regada por la lluvia y ventoleras tercas que te impiden decidir por impulso qué te pondrás por la mañana. Quiero refugiarme en El Prado de la agresión metereológica y después, solo después, perderme como Alicia en el Jardín Botánico y sentarme junto a un árbol, aterida,  que marqué ese otro día sólo de pensamiento.

Vencida de palabra. Y puede que de omisión. Ya lo veremos.

Mi ánimo reclama torrijas bien mojadas en almíbar. Un Réquiem solemne y tuttifrutti que a ratos es gemido y a ratos explosión. Vírgenes llorosas, brocados de oro falso y un borrachera de incienso que me deje postrada ante ese cuadro del Cristo que unas manos han lavado con esponja y vinagre, recuperado el color. La carne y la sangre.

No hay fiesta más concentrada, enjuta y seca que la Semana Santa, aunque dure cuatro días y nos tenga engañados.

Pecaré, pecaré y pecaré hasta que mi cuerpo se desmadeje sobre la alfombra de un hotel de provincias. Y sonará el órgano. Y un coro de voces sobrehumanas. Y el velo de la noche se rasgará y dejará un sembrado de estrellas casi bruma, como una vía láctea desmayada.

Antes habré leído a Ruskin. Un librito que ha sobrevivido a traslados de oficina. Y que siempre indulté, porque su título, "La lámpara de la memoria", excitaba a mis ojos. "Todos los libros pueden dividirse en dos categorías, los libros del momento y los libros eternos" (esto vale para los hombres y mujeres. Vale para un corte de pelo y una tapicería de sofá). Y porque entendí entonces que aún no era el momento. Y ahora sí que lo es. Como es tiempo de vigilias, responsos y via crucis para beatas que se corren de gusto con las plantas de los pies desholladas:

"El buen Arte sólo ha salido  de aquellas naciones que se regocijaron en él; que se alimentaron de él como si se tratara de pan; que lo tomaron como si fuera sol; que exclamaron de júbilo en su presencia; que danzaron con el placer que les procuró; que discutieron por él; que lucharon por él; que pasaron hambre por él".

Hay quien va al Prado para contarlo, y no siente gran cosa delante de los cuadros. El placer de la acumulación también funciona. Colecciono Van der Weydens, diría, como coleccioné besos desganados de vestales sin gracia, puntos de carnet ajeno o bolas en un jersey que no he tirado. 

El Arte, con mayúsculas, no deja indiferente ni al coleccionista. Ni al forzado. Por eso arrastro a mis hijas a museos, para que un día, o una noche oscura, un resplandor violento y rojo las despierte, la tela de ese Cristo, y caigan del caballo y vuelvan a esos templos donde la usura es pecado y el síndrome de Stendhal penitencia.

Dirás que tienes cuerpo de Jueves Santo, de monte Sinaí, de traidores sentados a la mesa. ¿Seré yo, seré yo?. De Leonardo da Vinci, de San Pedro mintiendo ante la hoguera. De esa lectura bíblica que es un cuento perfecto para escuchar en una iglesia fría, en un convento. Tirada por el suelo, los pies de las beatas a la altura de tu fe. Y ese Haendel de fuego que llevas cuatro días escuchando, incendiada. Preparando el camino Van der Weyden. La comunión ruskiana. El placer del pecado con obertura, postre y una siesta velada como el barniz caduco que al ser arrancado ha despertado al Cristo minutos antes de un Domingo de Ramos que ya llega. Y es arte y emoción. Y entrarás de rodillas en la sala. Silencio sepulcral. Cristo ha resucitado de entre los cuadros. Alabado sea el restaurador respetuoso.













lunes, 23 de marzo de 2015

MÁS COMPRENSIVO, MÁS URGENTE, MÁS DEVORADOR

La Pasión turca (Vicente Aranda)
Nunca ha sido santo de mi devoción literaria ni de la otra. Jamás he hecho cola en la Feria del Libro para que me firmase un ejemplar. Leí, que yo recuerde, La Pasión Turca pero no la recuerdo y cuando la recuerdo me sale Ana Belén con un macizo que siempre imagino de higiene justa apellidado Corraface en una mala película que empieza en un autobús (la pasión, que no la película).

A mí los autobuses me hacen vomitar, pero la entrevista de Antonio Gala por Antonio Lucas ayer en El Mundo bien merece una arcada de desprejuicio. Es la palabra de un sabio amanuense de las palabras que ha estado al borde de la muerte y ha entendido los fundamentos de la existencia. Un ejercicio de ronca sinceridad desprovisto de toda cursilería o amaneramiento (adjetivos que siempre me han cuadrado con el escritor). Un testamento vital que ya querría yo para los míos.

-¿Estar cerca de la muerte le ha dispensado más respeto por la vida?
-No creo que sea respeto, sino la sinceridad necesaria para reconocer que no tenemos otra cosa. Soy ahora más comprensivo, más urgente, más devorador.(...) Es tan imprescindible la vida que cuando se acaba todo se acaba con ella. 

Y luego dice que creer en la otra vida debe ser estupendo, pero a lo mejor rebaja la posibilidad de vivir esta con la intensidad con que debe ser vivida. "Aunque la intensidad es lo que más derecho nos lleva a la muerte".

A mí Ana Belén me parece una intensa algo gritona con brazos torneados de sirena y boca de susto. Pero quizás yo también lo sea, dado que últimamente suelto frases como puños del tipo "pienso vivir siempre como si me quedaran cinco minutos para palmarla" (ser urgente y devoradora. Por suerte no canto a continuación "Mírala, mírala, la puerta de Alcalá"). Pasado el ecuador de la vida más vale ir dándote cuenta de por dónde va la cosa. Exprimir tres o cuatro verdades que aunque duelan sean sólidas como cimientos de catedral. Y traicionarlas voluntariamente como un juego, si es lo que te pide el cuerpo.
George Corraface

"He arriesgado opiniones y comportamientos (...) Antes de ser confuso, prefería no ser".

Me he pasado el fin de semana recluida en casa como monasterio. En una semidieta de silencio y trabajo (ora et labora) que sustituye al monasterio de cartujos donde se recluyó Antonio Gala. Otro hombre que admiro me confesó hace poco que se había encerrado siendo joven en un centro religioso porque entendió que su vida de fiesta en fiesta era una huida, un despilfarro. No buscaba a dios, sólo desenmascarar sus trampas de ser a la deriva. Siento respeto por los que saben ser solos. Someterse al eco de sus pensamientos. Al ruido atronador de la cabeza, al sístole y diástole de sí mismos. El ensimismamiento es la fe de los agnósticos, el rezo de quienes creen que dios es sólo la mejor versión, la más desnuda,  del propio yo.

(Y también creo, dios me perdone si es que existe, que muchos de los que rezan buscan a otro para no mirarse a fondo a sí mismos. Para desplazar la responsabilidad hacia un foco externo. Y me parece bien, ellos sabrán).

No me gustan los charlatanes. Eso de toda la vida. Ni esos escritores de tertulia generalista ni los poetas relamidos, ni las bobitas con ínfulas que seducen incautos bobos, ni -ya puestos- los machos que no usan jabón porque agrede el ph (hay un actor famoso por procesar la religión del sudor sin recato. Los estilistas se rifan el horror de vestirlo -y sobre todo desvestirlo-en las series de TV y películas que protagoniza. Está muy bueno, sí, pero desde que sé lo guarro que es ya no lo veo guapo).

Me gustan los hombres y mujeres que se arriesgan a un striptease radical sólo para sus ojos. Y a veces les da por escribir.

-¿No se cansa de que siempre le pregunten por el amor?
-No, comprendo que es porque no tienen ni idea y en el fondo quisieran saber en serio lo que es el amor.
-¿Y qué es?
-Algo muy confuso, una propiedad privada. Y de repente tienes la tentación de compartirla. Si eres sincero, siempre sales ganando. El amor te hace ganar siempre, aunque acabes como el rosario de la aurora.

Desde hoy me confieso grey de Antonio Gala. Por valiente. Por preciso. Porque no puede ser más espiritual en su crudeza. Porque piensa igual que yo que la literatura es un milagro. "Algo que se hace para seguir siendo tú. Uno no escribe para lucirse, sino para ser". Porque un monasterio, una catedral, una pequeña ermita, es un lugar de dios,  del dios de cada uno. Y vive dios que nadie es quién para poner una etiqueta de exclusividad al suyo.

Y mi templo es mi casa y mi rincón, y así ha sido este fin de semana. Y no hay nada más espiritual ni más honesto. Y no pienso confesarme, ya lo aviso. Ni hincarme de rodillas delante de un dios que no sea de carne, como yo. Y así de urgente y devoradora arranco el lunes. Más sola que la una, y tan contenta.









viernes, 20 de marzo de 2015

YO ME EMPODERO, TÚ TE EMPODERAS

-Va ella y me dice: "necesito empoderarme".
-A mí las empoderadas me tocan las pelotas.

Quedar solo mujeres el día del Padre es una provocación inevitable. Mis amigas de la universidad y yo nos hemos convertido en la mejor familia que uno podría desear, pero a veces tiramos de vocabulario de gónadas. El empoderamiento, por ejemplo, nos resulta una de esas palabras que se ponen de moda y caen gordísimas (otra es la expresión "poner en valor"). A mí en concreto si una mujer me dice que quiere empoderarse la mando de peregrinación al Cristo del Gran Poder o a una fábrica de pilas. Y me la suda -toma testiculina- si es feminista militante porque yo soy feminista esencial o feminista BIO (actúo por dentro, se nota por fuera)

A una empoderada la imagino siempre a grito pelado, reclamando para sí una parcela sin currárselo necesariamente. Una mujer cuota que espera ser salvada por la campana. Una jefa cabrona, si me apuras. Una de esas militantes del "porque yo lo valgo" que rascas y no valen gran cosa. Y con esto me consta que haré amigas, pero ya he aprendido que no se puede caer bien a todo el mundo. Es más, no se debe.

Mis amigas de la universidad, sin embargo, me caen fenomenal y me regalan ratos tan divertidos y terapéuticos que deberían ser prescritas por los médicos. Ayer nos acodamos en un bar de Augusto Figueroa, corazón de Chueca, y enseguida tuve que escribir algunas frases para nuestra historia.

-Llevo 105 clases de conducir. Me salto sin querer los pasos de cebra y el profesor me dice: "se acaba de pasar por el forro del artículo 57 del Código de circulación". Os prometo que cuando me subo al coche me digo: "venga, que hoy lo vas a hacer muy bien", pero no veo los semáforos en rojo. Es que no los veo.
-¿Pero te vas a examinar antes de dar 200 clases?
-Pues claro! Necesito ver cómo me enfrento al pánico del examen.
-Vamos, que para ti va a ser como ir al Pasaje del Terror del Parque de Atracciones...A ver qué monstruo quitasemáforos te sale al encuentro.
Empoderada motivada

Mi amiga M., por su parte, nos cuenta que su marido ha accedido a regañadientes a entrar en el grupo de Whatsapp de la oficina. "Lo he hecho para que no digas que soy un insociable", me dijo el otro día. Y ahora su teléfono no para de pitar. Al principio me hacía gracia, pero hubo un momento en que noté que me irritaba. Sobre todo porque él pasó de mostrar fastidio por los mensajes a responderlos encantado. ¿Qué, ya están tus amiguitas con los mensajitos?, le dije" (el diminutivo es como el "cariño" que precede al temporal)

Debo aclarar que nosotras, por defecto, siempre vamos con el equipo local. O sea, con las amigas. Hagan lo que hagan, digan lo que digan. Pero eso no quita que digamos lo que se nos ocurre, porque la confianza de 30 años (con alguna de 40) de antigüedad da mucho de sí.

-Estas celosa
-No!!!!! De eso nada.
-Un poco.
-Que nooooooo!

Los tercios de Mahou volaban por la mesa cuando la no celosa confesó que el otro día se equivocó de exposición. Yo le había recomendado "El Canto del Cisne" de la Fundación Mapfre. Y ella arrastró a su marido el de los whatsapp a la de ¡Caixa Forum!. "Lo más grave es que nos tragamos la expo que había sin rechistar, y a la salida él me dijo. "Una cosa, ¿la que te dijo V. no era de pintura?".

En ese punto C. confesó que sus despistes no sólo suceden al volante. La otra tarde se confunció de sala de cine. "Sala 11, yo vi sala 11 y allá que fuimos. Pensamos que lo que había era un trailer de otra película, pero no terminaba. Era un trailer largo y sin saltos. Lineal. Así hasta que el acomodador vino a buscarnos...".

No, mis amigas no están gagás. Ni tampoco acudieron sin haberse tomado la medicación. Pero nuestras conversaciones zigzagueantes dan para esto y mucho más.

-A mí el diván me ayuda a sacar lo que ni siquiera sospecho que soy.
-Uf, yo no me atrevo a ir precisamente por eso.
-Pues a mí me vendría de perlas porque estoy depre.
-¿Irás entonces?
-¡Pero si llevo año y medio sin comprarme ropa!

Cinco mujeres no pueden equivocarse. Son la radiografía de los tiempos convulsos, de estados de excitación preelectorales, de cómo la amistad es eso que habría que preservar de un bombardero. Y eso es lo que las biofeministas enseñamos a nuestras hijas porque una voz interior nos dice que pasarán los divanes, los hombres, las tallas, la fortuna profesional o la derrota, la pérdida de tersura en la piel. Pasarán los libros, los conciertos, las broncas de familia, los pares de zapatos destrozados, pero ya has aprendido que ellas siempre van a estar allí. Contemplando la película de tu vida. Acompañándote sin juzgar. Eso que parece tan fácil y sin embargo..

-Entonces él vino hacia mí, atravesando el vestíbulo del aeropuerto. Y me miró a los ojos y me dio un beso mundial. Y aunque era casi un desconocido me pareció muy bien. Emocionante.
-¡Qué bien, parece un comienzo de película! Disfruta, disfruta mucho que nos gusta ese hombre. Y vamos a hacernos una foto ahora mismo para que nos conozca.

Mis amigas, ya lo habréis entendido, son Patrimonio de la Humanidad. Y sé que siempre lo serán (sólo espero que alguna no se equivoque de barco cuando hagamos el crucero de los 50 años)

 -¿Que es muy putero?
-Noooo! Muy pepero. Nena, tú estás muy mal...










miércoles, 18 de marzo de 2015

DE RICOS, TONTOS Y PRESIDENTAS DE COMUNIDAD

El libro me ha estado esperando demasiado tiempo. Primero en la pista de despegue junto a mi cama. Luego en el  Taj Mahal del salón (estantería así llamada por lo que tardó aquel albañil polaco en rematar su construcción), donde lo coloqué para esperar tiempos mejores. Sus casi 800 páginas requieren un estado de entrega prolongada que no era el mío. Un celibato de otras letras. Un compromiso de altos vuelos.

-Eso sí que no -respondió Svejk-; pero ahora, señores, a mí también me gustaría proponerles una adivinanza: hay una casa de tres pisos y en cada piso hay tres ventanas. El tejado tiene dos claraboyas y dos chimeneas. En cada piso hay dos inquilinos. Y ahora díganme, señores, ¿en qué año murió la abuela del portero?

He postpuesto demasiado mi encuentro con Jaroslav Hâsek, considerado el otro Kafka de las letras checas (fueron coetáneos, murieron a los 39 ambos de tuberculosis). Y aún no sé si estoy preparada para esa larga guerra. "Las aventuras del buen soldado Svejk" promete arrancarme carcajadas por su ironía y un humor poco negociable. Pero ochocientas páginas son el camino de Santiago de la lectura, y no tengo el cuerpo para larga distancia (o, como diría mi amigo, P, "no tengo el coño pa magdalenas". Con perdón).

El buen soldado Svejk es como nuestro Quijote. Peripecia mezclada con absurdo y pueblo llano. Lo que me lleva a una conversación que tuve una vez con un hombre poderoso que me confesó no haber leído un solo libro en su vida, salvo el de Cervantes (ese pobre muerto cuyos huesos se buscan con denuedo para hacer taquilla en el convento de las Trinitarias).  Pensé que el éxito no requiere de cultura sino de olfato, suerte, talento y oportunidad. Y que mi vida sin los libros sería una mutilación sangrienta, desde luego, pero tal vez aún podría hacerme rica.

Ser rica, a mi entender, es no mirar el estracto bancario antes de decidir si me compro otros zapatos o puedo salir a cenar a ese restaurante. Lo mejor de las ambiciones poco extravagantes es que se colman antes. Ser rica es poder encerrarme mañana, Día del Padre por decreto, a escribir con breves paradas para picar algo, salir a correr al parque o ver una película de cine clásico que acabe regular. Ser rica, millonaria,  es disponer de unas entradas para un concierto sacro de viernes santo en la catedral de Cuenca que ya me tiene estremecida.

Así que, desde mi atalaya de mujer asquerosamente rica, podría darle un tiento a mi soldado Svejk. Uno de esos tontos que, bien mirados, se salen con la suya con su épica humilde. Y pienso en Forrest Gump. En que no hay dos tontos iguales. En que una vez que identificas el objetivo en la batalla ya no puedes mirar hacia otro lado. Y que ahora que mi mandato como presidenta de mi comunidad ha expirado ando huérfana de afanes de escalera. Bombillas que no encienden. Pedidos de gasoil.

Molinos de viento, yo os invoco.

La otra noche, en la reunión de junta donde entregué mi cetro y mi destino, un vecino puesto en pie  habló de la dignidad en un discurso impecable, vibrante, que venía a decir que cómo teníamos la poca vergüenza de tratar de ahorrar unas monedas a costa de la explotación de un hombre. El vecino era un señor anciano, pero su voz brotaba del corazón de un soldado joven, aguerrido y dispuesto a la batalla. Enmudecimos todos, lo confieso. Hasta ese instante una parte de mí pensaba que ese hombre era objeto de una manipulación de portal. Al finalizar la reunión me dio las gracias por haber accedido a introducir su petición en el orden del día. Yo le di un beso cálido. Me salió sin pensar.

Entendí que soy rica y a veces miserable. Que las mejores lecciones no las enseñan los libros. Que hay que ser buen soldado hasta que suena la corneta y los tabloides anuncian "la guerra ha terminado". Y más allá. Que uno no conoce a sus vecinos porque les pida sal a la puerta o coincida con ellos en el ascensor, pintándose los labios. Que ha sido una suerte haber sido presidenta, el clásico marrón de vecindad que sin embargo te acerca a las personas y te cuela en sus cocinas. En sus mesillas de noche. En sus librerías Taj Majal...

-Ladrones también tiene que haber -dijo Svejk tumbándose sobre el colchón-. Si todo el mundo tuviera buenas intenciones, pronto los hombres se matarían unos a otros.









martes, 17 de marzo de 2015

HOY ES EL DÍA MUNDIAL DE LA DUDA

Sostiene Miguel Poveda que es inseguro, "pero arriesgo para sentirme vivo". Incorporar la duda me parece un ejercicio de madurez necesario. Enfangarse en ella como en un mar de engrudo,  un delirio evitable.

Hay inseguros que castigan a los demás para evitar ser descubiertos y señalados con el dedo. Y seguros kamikazes que sólo después de haberse lanzado en paracaídas recuerdan que no comprobaron dónde estaba la anilla de seguridad. Ni siquiera si existía. En la zona de los grises y con los años te das cuenta de que sin duda no hay vuelcos en el estómago, sin riesgo eliminas la sensación de la victoria (y sí, el pellizco de la derrota). Pero las dos te hacen sentir estrepitosamente vivo.

Vuelvo a Miguel Poveda y a esos viajes sola, a menudo perdida en algún punto indeterminado de la N-1, degañitada de cantar "A Ciegas" con unos gallos que ríete de los de corral. Cantar a solas y a gritos es tan liberador como tirarse de un avión en  marcha, pero sus consecuencias son algo más llevaderas. En el peor de los casos te sorprendes a ti misma en una escala inadmisible para la norma ISO del bel canto más elemental. Pero ese rato de grito ostentóreo, primigenio, bestial es tan intenso que te quita mucha tontería del ego (egoestupidez, en adelante) y comprendes que con esa certeza -"canto como un perro afónico"- puedes tirar millas, kilómetros a gritos y acariciar al fin una certeza: esto no es lo mío, pero me hace disfrutar.

Hasta hace poco hacía aquello que se me daba bien (perderme, improvisar menús, partirme de risa). Mi plan povediano  consiste en ser díscola conmigo mismo y explorar con más frecuencia territorio duda. "He descubierto que mi zona de confort está en salirme de mi zona de confort" me dijo alguien el otro día, y me pareció muy bien. Admiro a los valientes tanto como me protejo de los inseguros que pueden arrastrarme en su caída. Nada me complace más que encontrar a alguien que confiesa su debilidad sin amargura. Mi choferesa P. es una de esas personas. Hace unos días, hablando de cómo ahora a muchos niños los diagnostican de trastorno de hiperactividad, sentenció: "Porque cuando yo era pequeña no se sabían estas cosas, pero fijo que yo hubiera sido objeto de estudio". Y pisó el embrague con sus pies descalzos y sus uñas pintadas de rojo.

Para terminar expongo algunas de las certezas que he acumulado a lo largo de mi vida (y ya pasé el ecuador, así que no debería tomármelas a broma), por si pueden servirle a alguien de algo (como hacer escarnio, befa y mofa de su autora. Una función como otra cualquiera). O para que os animéis con vuestra lista. Es como tirar de la anilla sin que te explote una mina en la cara.


1.Se me da mal el dibujo clásico. Por eso debo concentrarme en el collage cuando me invade el arrebato de artista que llevo dentro.
2.Soy master en soledad bien avenida. Las compañías que no busco se me antojan insoportables y e vuelvo mohína. Debo perfeccionar el arte de declinar propuestas sin resultar grosera.
3.El color rosa me sienta como un tiro. Y la gama de marrones me echa diez años encima. Concentrémonos en el negro, azul marino y el rojo como paleta base.
4.Mi ideal romántico es falaz y jodidamente inútil (con perdón). Y eso que nunca procesé la religión de Disney ni a los principes amanerados de los cuentos. Pero sí, a veces querría ser rescatada de algún malote feo, y dejarme cuidar y comer las perdices.
5.No me sienta bien el zumo de naranja al despertar. Sí, que es muy sano, sí la vitamina C y sí "bébetelo antes de que se escapen las vitaminas". Pues no pienso hacerlo nunca más. Lo mío es la cafeína, droga en vena para la que no hay que peregrinar a ningún poblado.
6. Soy, lo que más soy, una mirona intempestiva. Y luego escribo lo que veo, a borbotones. A remolinos. A la intemperie de la madrugada fría.
7. Mi patria es la amistad. Y mis hermanos.
8. Cuando algo no me gusta, me retiro. Pero a veces entretengo demasiado la salida. Y no debería, creo.
9.Para vivir abrazos, la música y los libros. Latas de mejillones, foie hasta enfermar de sutil delizadeza hipercalórica, ensalada de tomate con aceite deluxe y cerveza helada.
10. La sensibilidad es un regalo, aunque algunos intentaron hacerte creer que era el síntoma de una grave enfermedad.



Puedo seguir, pero la ducha me reclama. Prometo completar la lista en breve. Y declaro abierto el plazo de la duda. El día Mundial de la Certeza. O del paracaídas, tanto da.










lunes, 16 de marzo de 2015

RUTA DE DIOS PARA AGNÓSTICOS Y ATEOS

"Nada entorpece tanto, nada es tan desganado como la abundancia. ¿Qué deseo no se desalentaría viendo a trescientas mujeres a su merced..? Michel de Montaigne. Los Ensayos. (Primera lectura de mujer en un lunes cualquiera tras un domingo de alta revelación).

Ayer volví a la iglesia de las monjitas que cantan en la Plaza de la Paja de Madrid como si Dios habitara en sus gargantas. Creo que regreso siempre no sólo para templar mis oídos del tráfico, sino para buscar ser saciada de agnóstico absoluto. Aunque sea a través de otros, a través de la música y el arte. A las 12.30 en punto las beatas cesaron sus murmullos y se hizo el silencio sepulcral cuando las religiosas arrancaron sus notas de cristal  y J., que me acompañaba y era su primera vez, murmuró emocionado: "Me has traído al cielo".

Esos ángeles  tienen las pieles blancas y frágiles, espaldas vencidas pese a su juventud y huesos doloridos de tanto arrodillarse. Siempre hacen su entrada sigilosas, y cuando cruzan sus miradas se sonríen como quien comparte la solución al jeroglífico de la vida y de la muerte. A mí, que aún no la he encontrado, me da mucha paz toparme con personas tan ajenas a la contaminación de la duda, y quisiera tocarlas por si son hologramas justo antes de que desparezcan, etéreas cual fantasmas, por la puerta lateral que las devuelve sin tregua a su clausura.
Plaza de la Paja

Añadiré que contaminando el coro hay un sacerdote que hace lo que puede para estar a la altura. Sin éxito, naturalmente. Ayer el evangelio hablaba de que los ciegos verán y los videntes dejarán de ver. Era una lectura bella y poética, pero el cura se encargó de destrozarla con un sermón en círculos erráticos imposible de seguir porque era un corto-pega de otros muchos sermones.  Ideal para romper la frágil fe de los que aún creen. Pensé cuántas personas allí presentes creerían en dios. Quién con inteligencia puede de verdad considerar que hay otra vida tras la muerte y que debemos pagar el bienestar futuro en incómodos plazos de presente. 

Pero esas mujeres de hábito vaquero son ángeles. Igual que Bach es dios. Y consiguen que el tiempo se detenga y un velo de dulzura te cubra la cabeza mientras miras el conjunto escultural de alabastro, magnífico, a tu derecha. Y nunca vas allí con nadie que no entienda, y me gusta acompañarme de gente inquieta que ha buscado a dios alguna vez y asume, como J, que de existir un dios duerme dentro de un hombre,  de una mujer, y entona un kirie y deja que esos curas sin armas repitan letanías huecas a un público entregado que a veces en silencio repasa la lista de la compra y se santigua: "tres latas de sardinas, en el nombre del padre y del hijo y del espíritu santo. Amén".

Hay, debo contar,  una placita que conduce a ese cielo llamada la del Conde. Para los que no creaís en la otra vida, como yo misma, es un buen sucedáneo una mañana de domingo.  A ese paraíso se llega desde la plaza de la Villa, bajando por la calle del Cordón, y justo a la derecha. Un silencio atronador se impone allí, y desafía el burbujeo de la urbe para callar la boca a quienes piensan que Madrid es un monstruo y todas las sandeces y lugares comunes de quien sólo habita la Castellana y la Puerta del Sol. El puro topicazo geográfico.


Hay otros cielos, diría, pero están en uno. Se trata de buscarlos de mañana. Con ese frío despiadado que ha vuelto a una ciudad pecadora según esos estándares de homilía sin alma. Y se me ocurre que alguien debería organizar una ruta urbana. La ruta de dios para agnósticos, ateos y adláteres. Para gente sensible que aprecia la estatura grandiosa de unas notas salidas de gargantas que algo han visto algo que tú no viste. Y es una acto de fe como otro cualquiera. Una visita al cielo para quienes creemos que ni está, ni se le espera. Pero que hay seres capaces de acercarse un poco más, como esas monjas. Y si uno las escucha, domingo de mañana, se queda como dios.