domingo, 25 de septiembre de 2016

¿METERÍAS TU MÓVIL EN AGUA HIRVIENDO O EN EL CONGELADOR? (Tecnodelirios y una de Los Beatles)

1.Leo en mi deambular nocturno que el último teléfono rutilante "se puede meter al congelador o en agua hirviando". Me pregunto quién será el imbécil que lo ponga a prueba. Que invierta en el terminal para poder chulearse de estas altas capacidades tecnológicas. Me pregunto también por qué los fabricantes no inventan un señuelo más real: un móvil que se te cae al inodoro y no pasa nada incluso cuando ya tiraste de la cadena (incidente del que conozco varios casos cercanos) . Una buena publicidad escatológica, eso echo de menos en este escaparate de tontería devoratriz que se llama la tecnomoda y  es tecnodelirio. "Tu móvil es una mierda si no sobrevive a la mierda", sería el claim.

2.Esta semana he visto dos películas. El documental "Eight days, a week", de los Beatles, y "Caballo dinero", del portugués Pedro Costa. La primera, de la que hablan maravillas, me pareció una sucesión algo mareante y de estructura repetitiva de fotos e imágenes mezcladas con voces y canciones que me sé (eso siempre anima). Que fueran inéditas tiene su valor, sobre todo si eres muy fan. Me gustó que una de las claves del éxito del grupo tuviera que ver con eso tan simple y tan insólito que es divertirse en el trabajo, o aún mejor: convertir lo que te divierte en lo que te da de comer. Descubrí el sex appeal irresistible de Ringo Starr, y la inteligencia aguda de John. El optimismo irónico y bienqueda de Paul y el relleno insuperable de Harrison. Eran un equipo, eran amigos con egos dispares y si yo tuviera una escuela de negocios (y supiera de negocios) utilizaría este ejemplo para hablar de éxito. El mejor ejemplo de liderazgo seguramente consiste en agrupar talentos complementarios. Y hacer que se lo pasen como niños con una batería, un bajo, una guitarra. (De los problemas con las drogas, las envidias de gallos y las esposas chungas ni se habla. No ensuciemos el ideal...).
Caballo Dinero, de Pedro Costa


3.Lo de "Caballo dinero" es droga dura. Tenebrismo ético y estético justo de palabras. Fue "mi primer Pedro Costa" y advertida llegué al cine.  Culpa, memoria y desmemoria, miseria, abusos, violencia, compasión y nada éxplícito. O cómo convertirte, espectador, en un topo que avanza trabajoso por un agujero en el subsuelo, igual que los protagonistas de la película. Ventura y Vitalina son mis héroes. Su pura verdad, su condición de víctimas que se arrastran cual zombies y murmuran su pesar como una letanía de sombras chinescas. Su dignidad majestuosa. Cine sin espejismos ni una gran batería de marketing detrás que durará unos días en taquilla (¿Eight days¿, ¿a week?) y se lo tragará la tierra sin responso.

4.La Artista antes llamada Minichuki cumple hoy 14 años y a las 00.15 se me echa encima en la cama para que la bese y la felicite. Su peso sobre mí me lleva en flashback a esa primera vez, a las tres de la tarde, en la que la sentí moverse, papitante, las cosquillas de su pelo aún húmedo sobre mi pecho, entre vagidos y oliendo a vientre abandonado. Ayer ese otro olor adolescente, y aplastada de niña que no es niña y toca el bajo fingiéndose una star. Qué maravilla.

5.En este Otoño raro y delincuente encadeno sobresaltos y me apunto al gimnasio con mi hija. Dilato los encuentros, esquivo letras mediocres como balas, paseo kilómetros sin bajarme de mis Nike y duermo regular algunas noches. Nada muy relevante, nada definitivo ni estruendoso. Y el ritmo de las teclas es una de los Beatles, aunque yo siempre fui mucho más Rolling Stone (pero no sé sus letras del demonio, y sí las de los chicos limpios de Liverpool. Debo pensar en ello).




martes, 20 de septiembre de 2016

¿REGLA, MENSTRUACIÓN O TORRENTERA?

Poco a poco la rutina regresa como un bálsamo. La noche interrumpida antes del quiebro del sol. Las lecturas breves previas al sueño que te hace caer como un púgil que besa la lona, ensangrentado (Ayer "La Musa Oscura", de Armin Öhri (ed.Impedimenta) , arranca presentándonos a la víctima de un asesinato: una limpiadora de matadero de día y prostituta de noche. Carne contra carne. En un momento dado, al principio, habla de su "menstruación" y la palabra me produce cierto rechazo formal. Imagino al traductor planteándose si poner "regla" o "periodo", o uno de esos circunloquios imprecisos que todos entendemos y provocan un misterio innecesario en torno a algo tan orgánico y cotidiano).

Cierro el libro. Enseguida la radio con las voces de opinadores profesionales y justos de criterio, pero altamente seguros de sus juicios y pagados de sí mismos. Luego el túnel oscuro que es ese ataúd del sueño.  El limón templado nada más abrir el ojo, esa acidez inquieta que precede y ennoblece al café. La escritura.

Con el paso del tiempo se ensanchan las distancias, se gana perspectiva, se activa el desencanto, se le mata para que deje de gritar. Se aprecia la virtud de lo minúsculo. La sorpresa, intacta, sin embargo. Tomo notas mentales de aquí y de allá para alimentar a mis dos personajes, dos fieras sibaritas que no calman su hambre con morralla. Adjetivos precisos, golpes de efecto sencillos pero nutritivos. Y esa necesidad, casi una urgencia,  de que no sean lo que parecen, del juego del despiste para que el lector no viole un desenlace mal urdido, sino que sea atropellado al llegar al The End.

Y el repaso al torrente de un día con muchos avatares cotidianos:

F. me escribió que ha aprobado el carnet de conducir (¡¡¡Enhorabuena!!!). R. que anda de ruedo en ruedo, por las plazas de España. C. que ya ha sacado los billetes  para nuestro viaje de amigas de la universidad (Volver a Fez es tan prometedor e ilusionante..) .  A. que ha tenido una parálisis en la cara, al parecer un virus, y se le cae la sopa cuando come. MJ que nos han tocado 1.5 euros a la bonoloto...Mi madre que celebra en casa su cumpleaños...La artista antes llamada Minichuki que "siente decirme que esta noche va a dormir en my bed". J, que su ordenador ha vuelto a ponerse en huelga...

JM que el hijo de X ha muerto.
JM que el hijo de X ha muerto. 

Y todo lo demás es una nebulosa de polvo, que pasará con el soplo de una brisa otoñal. Y el hijo muerto que nunca conocí se impone sobre todo, las piezas de la vida y de la muerte se organizan como un Lego de múltiples colores. La escala del dolor tiene ese extremo, esa punzada que no encuentra palabras de consuelo. Ni siquiera palabras que no sean lugares comunes, fórmulas frías para  alejarnos de ese volcan durmiente y traidor que es el destino.

Y la cuenta de motivos reales para sentirse mal es de risa, si lo miras así. Y sin embargo duelen los motivos banales como molesta el ojo algunas veces. Y no hay colirios para el miedo, ni para la indiferencia. Ni para comprender al ser humano algunas veces. Ni para la decepción, ni para las malas letras.

Y asumo con pesar que leo menos porque ando alimentando dos alien en mi mente que son protagonistas de una historia que podría acabar en un aborto, o yo qué sé. Y entre "menstruación", "regla" o "periodo" yo pondría sangría o torrentera (la última prestada por su autor, ese hombre  bienhablado y sin ego que opina sin hacer juicios y jamás alardea de su genio, el antitertuliano de salón).

Y espero que este martes nos pille bien despiertos y sin grandes titulares de pánico. Bendecidos de aceras y de sol tibio con fresco de rebeca  ligera y foulard como soga dulce al cuello.




jueves, 15 de septiembre de 2016

PLAN DE FUGA PARA AMAS DE CASA POR DECRETO MÉDICO

Redecorando mi vida
He soñado un sueño recurrente: organizo un viaje absurdo, embarco a mis amigos, nos perdemos en el aeropuerto o se pierden las maletas. El avión despega una, dos, tres veces; y aterriza otras tantas. Vomito. Me pierdo por el pasillo camino del baño. Las caras de mis amigos se han borrado y no los reconozco de vuelta, así que me siento en un asiento cualquiera. La azafata finge que no me ve pese a que presiono muchas veces el piloto sobre mi cabeza. Los motores rugen en un estruendo insoportable. Me pongo los tapones, pero entonces no entiendo lo que me está diciendo el de al lado. Le sonrío, me mira raro. Vuelvo a vomitar, esta vez en su regazo. Me empuja asqueado. Le comprendo.

Efectos de la vuelta. Después de tantos días sin más rutina que escuchar las quejas de un ojo llorón y sin parche regreso a la trinchera. En el camino he descubierto que una casa puede absorberte hasta zampársete entera (vaya hallazgo de poca monta, pensaréis). Benditas amas y amos de casa que se meten entre los pliegues de un territorio demanda voraz y despiadado donde siempre hay algo que hacer o mejorar. Hay papeles que no guardaste y te saltan al abrir una caja. Hay una nevera que llenas tú y vacían los demás en tiempo récord. Hay unos hijos que asumen que estás, así que actúan como si fueras un servicio 24 horas. Hay un portero que te mira con cara de: ¿y ésta qué hace a estas horas por aquí?, pero no se atreve a preguntar. Hay un frenesí inusitado por el orden, -ya que estás en casa necesitas, exiges, la armonía de la que careces- y una persecución porculerísima a esas dos desaprensivas que pasan como Atila por lo que ya ordenaste.

Y no has leído ni escrito una línea en semanas, y es una negritud que te pone como el arco de un violín, dispuesta al salto. Y te han aguantado porque pobrecita con la que le ha caído encima. Y no has sido especialmente amable, ni paciente. Y te has pasado una semana entera en otra ciudad de turismo terapéutico con parrochas y gatos. Y no has cogido el teléfono en muchos días por no repetir la letanía del parte médico, que avivaba aún más la sensación del dolor.

Una borde. Te has convertido en una rara asocial, peor madre que la que sale a trabajar temprano y vuelve tarde comprando la fruta apresurada antes de que cierren y el forro de un libro para mañana.

Y después de años sin verlo, todas las miserias del abandono se han manifestado: la tira del parquet sin barnizar, una bombilla pelada, el cuadro mal colgado, la despensa con tarros de conserva caducados por amontonamiento. Los demasiados zapatos enredados en cajones sin oxígeno.

Me he enfrentado a las criaturas voraces de la casa y salgo trasquilada. Contenta de volver a la oficina. De reencontrarme a mis amigos compañeros. De bregar con mi mesa y mis papeles. Ser ¿ama? de casa full time no es lo mío, creo que lo de nadie. Requiere desvivirse, trabajar para otros que no perciben nada. Descubrir el contenido de los cajones del caos. Y no poder eludirlos: Comprarte una carpeta archivador, dos, tres y cuatro. Ir poniendo, trabajosa, los partes médicos, los papeles del coche, las facturas (¡¡96 euros en agua!!), los seguros de vida...

-No sabía que estaba tan asegurada. Voy a sentarme con las chukis a enseñarlesel archivador de la muerte (así la he bautizado). O sea, lo que van a percibir si me olvido de respirar -que decía mi abuela- o me incapacito a tope.
Salvador Sánchez Barbudo, un hallazgo!

Hoy es un lunes jueves y estreno piel de calle. He jugado a la Bonoloto sin fe y ayer escuché un Rachmaninov vibrante en el Auditorio Nacional para ir abriendo boca. Ojalá alguien invente una App mágica que gestione el hogar y a las desastres como yo, que han necesitado una baja, la primera de su vida laboral, para comprobar que los objetos inanimados tienen vida y braman, y que un día podrían devorarnos como un Diógenes vengativo y cargado de razones.

Se acabaron las horas pensando en un ojo, como un hijo único mimado y consentido. Se acabaron las zapatillas de deporte 24 horas. La compra en el mercado con carrito. Las siestas a deshoras con colirios variados. Los dolores. Si pienso en otras cosas no me duele, tan solo me molesta.

Se acabó el espíritu de enferma. A la ducha, que el reloj por fin apremia.


lunes, 29 de agosto de 2016

INSTRUCCIONES PARA ASESINAR UN AGOSTO QUE ES SEPTIEMBRE

Elijo un libro para él. No estoy segura, es un acto crucial, de tan comprometido. No es transferible la emoción, ni estremecimiento ni el asombro. Uno lee con toda la carga de su momento vital salpicado de migas y de leche. El vestido que eligió esa mañana, el amargor de un café súbito y encapsulado tras dos semanas de lenta cafetera italiana que son el karma de los precipitados. El miedo al quirófano, el foco luminoso, un punto rojo. La inminencia de un tren de los de antes. No de los AVE que te teletransportan y comprimen cualquier destino lejano en dos o tres horas. Un tren de cinco horas, como dios manda. Tiempo para mirar y para aburrirse. Para pintarse la boca de rojo intenso por no ver la película. Para observar familias pejigueras y parejas en crisis. Para leer un libro, desde luego.

Ante la duda siempre nos quedará Coetzee, pienso yo. O mi querida Lorrie Moore. O ya veremos. Algo reconfortante, como un viejo jersey con bolas que nos protege del mal y la ventisca que es el frío de andén y despedidas. O esa larga lista de volúmenes pendientes que muestra desafiante mi Taj Mahal. Estaré sin leer algunos días, y también sin escribir, mucho me temo. Una suerte de estreñimiento intelectual que me pone de mal humor, lo he comprobado, y hace que me vuelva impertinente y hosca con las visitas. Hambre de silencio.

Septiembre, ya es septiembre en mi cabeza. La listas, el cambio en los armarios, mi desorden. Antes un túnel enfangado, tenebroso. Después, la vuelta al trote, el laberinto de aceras al trabajo. A las fachadas arrogantes de tan acomplejadas de Madrid. Al café con churros o con porras. A la quinoa desculpabilizante. Los suplementos literarios son como el Vogue: anuncian las tendencias del Otoño, subrayo aquello que me excita y menosprecio lo que no me pondré ni leeré. Hace unos días, a una amiga que ha escrito una novela, borde yo, le solté: "Nadie puede pensar que lo que escribe es bueno, suficientemente bueno. Si lo piensa es un imbécil".  Y ahora me sonroja mi actitud, casi grosera. Entre las novedades hay farfulla, hierbajos que no nutren pero ensucian los caminos y alivian el tránsito intestinal de las meninges. También algún hallazgo luminoso, estoy segura. Y mi depredadora interior afila sus colmillos.


Taj Mahal
Ya no quiero volver a esa playa. A ninguna playa. Sí ponerme mis Nike y regresar al parque más urbano que exista. Nadie evoca lo que no volverá hasta dentro de un año, más que los masoquistas y las bobitas carne de telenovela. La noche tan sudada, mis hijas que aún duermen ajenas a los ruidos de una ciudad que ruge de autobuses y gente a la carrera. La rutina.

Mi casa sin pintar. Otro año será. Tanta pereza. La lista de la compra,  la piel de color cobre que irá palideciendo con las duchas y la sombra del trayecto de siempre. La calle de Alcalá, Conde de Peñalver, Velázquez y Serrano. Ríos que van a dar a ese mar que es la Castellana, tan bravío. Las cavidades huecas de los amaneceres  tempranos. Mi querido rincón, desde donde disparo estas palabras. Las plantas que me acogen, los horarios.

Hoy ánimo de lunes y de miedo. Veremos en un rato si las piernas me devuelven la fe y la resiliencia.  Ya puse lavadoras, ya vacié un maleta y lleno otra. Sísifo desganado, la montaña. Ojalá pase rápido, todo menos el tren, traqueteo muy lento y primoroso.

Empieza un nuevo ciclo, lo siento centrifugando entre mis tripas. Vuelvo a la librería, con la esperanza absurda de que salte un ensayo o una novela, revelación habremus. Las niñas dormirán  más de una hora. Tregua de interferencias y legañas. Todo tan raro y sin embargo tan familiar como la noche en mi cama, alborozado encuentro, y la vecina loca gritando por el patio. Ya es septiembre. Los dioses del Otoño nos protejan.






martes, 23 de agosto de 2016

LA TECLA DE LA AMNESIA EN FACEBOOK

 Romper con tu pareja en la era de la hiperconexión no es tarea fácil. Internet no entiende de sangrados coronarios, es insensible al olvido y se empeña en reaparecer a los cadáveres -frescos o en avanzado estado de putrefacción- cuando menos falta hace.

Mi amiga M. anda por aquí curando su mal de amores. Ella querría, como todos, pulsar un botón que le lavara todo rastro de lo que fue, quince años de relación con vaivenes -como casi todas- y un final abrupto como un precipicio con bufones de mar Cantábrico virulentos y furiosos. Así que le dije: “Vente a ver prados y vacas y verás cómo se te afloja la negrura”. Aquí hemos curado todo tipo de avatares sentimentales con alto porcentaje de éxitos y sin demasiada química (salvo que se considere tal a las verdinas con marisco o al cabrales).

Y dicho y hecho. Pero además de su pesar, M. se trajo su ordenador y su teléfono con 30 megas de oferta de verano. Vamos, con datos como para conectarse con la NASA y tener un chat con alguna estación espacial sita en Saturno.

Cada vez que mi amiga se conecta a Facebook, el “sistema” le envía un recordatorio del tipo: “Tus fotos de hace tres años”. Y allí están ellos, tan felices, triscando por los montes o soplando las velas de una tarta, en esa simulación de felicidad que somos todos cuando nos congelan un nanosegundo de posado/robado veraniego. Y mi amiga resiste como puede la tentación de mirar, pero mira. Y se estremece y recuerda. Y sufre como una condenada.

Porque ese genio asperger llamado Zuckerberg ha dispuesto sistemas de bloqueo, pero si fuera listo de verdad generaría la tecla de la amnesia junto a las de like y sus emoticonos, tan sosas y manidas. Y así, tú pulsarías debajo de una foto y se te olvidaría instantáneamente el nombre de los que aparecen -exnovios, examigos y hasta tus hijos en momentos pico de desesperación-. Y podrías curarte desamores, desalientos, frustraciones, decepciones y toda la munición pesada del fastidio con un clic. Magia potagia.

El derecho al olvido tiene que ser eso, y no una proclama asociada a una ley de la Memoria. La verdadera desmemoria es esa que te permite seguir con tu vida sin moscardones zumbando delante de tu cara. Cierto que, direís, el duelo es necesario y blablablá, pero a veces sólo sirve para mortificarse pensando qué demonios hacías con ese tipo loco o con esa mujer tan sádica. Y las heridas de autoestima son como esos cortes en las yemas de los dedos. A poco que las roces, vuelven a sangrar y a escocer.

Lo dejo ya, debo escribir a los de Tuitter, Facebook, Linkedin, Whatsapp y demás sistemas perversos de recuerdo involuntario. Quiero olvidar, ¿me han entendido? Y hacer que mis amigos olviden a su antojo, y disfruten de este agosto que se escapa sigiloso como un ladrón de posada de caminos del que en breve sólo quedarán esas fotos que saltarán un día de invierno, en la pantalla del ordenador, la tablet o el móvil, cuando ya no seamos los que fuimos.


domingo, 21 de agosto de 2016

CINE DE AMORES Y TUMORES

Ghost, un clásico (sin tumor, con accidente)
A las chukis les gusta un cine de género que ya hemos bautizado como “de amores y tumores”, a saber: dramones de corto alcance y mucha sobreactuación, donde todos los sentimientos se muestran exacerbados, se reclama la lágrima fácil y el doblaje de la película contribuye con sus énfasis despendolados al desenlace final, siempre luctuoso.

Anoche estábamos en ello, tras volver de zamparnos unas nécoras con su compango percebero-navajero y sentir esa ligereza del marisco que te predispone a las emociones grasientas. El cielo, libre de ese velo astur pertinaz, dejaba contar las estrellas e invitaba al retozo en nuestro prado pero no hubo lugar. Enseguida nos vimos frente a la tele ante una película donde pude reconocer a Gael García Bernal haciendo de médico imberbe poco creíble -esa genética te va a condenar a papeles adolescentes, nene- y una rubia que nos sonaba y se parecía a Drew Barrymore era la víctima. O sea, la paciente con cáncer terminal, dos semanas de esperanza de vida y una rabia muy explícita y muy chunga contra el imberbe y contra el mundo, ya de paso.

No pestañeamos. Y enconces introduje el coloquio cine forum: “Esto es un clásico ejemplo de peli de amores y tumores”. Y la Artista antes llamada Minichuki apostilló: “No, mamá, esta es la marca blanca del clásico cine de amores y tumores”. O sea, que hasta ella se escamaba de la altisonancia de la morituri pedaleando en bicicleta con una botella de ron de la que pimplaba con el inequívoco fin de precipitar su invariable destino.
Chukis y madre tras ver cine chungo

Y de repente estaba en el cielo, sentada en una nube. Y aparecía -¡horreur!- Goopy Goldberg, esa habitual del cine de amores y tumores (si no has visto Ghost, no lo veas nunca. Es vomitiva). Y tenía lugar un diálogo guionizado por un retrasado mental sin diagnostico fiable de una simpleza alegórica que daba bochorno. Pero a mis hijas no parecía importarles demasiado, porque el cine de sentimientos rosas amordaza al criterio. Pero te mantiene en el sofá (yo misma fui víctima de esa fuerza misteriosa).

Y entendí una vez más que el sentimiento es peligroso. Y entendí a los votantes de Trump. Y el éxito de la telebasura. Y el sadismo en ciertas relaciones amorosas (hombres, sapos y viceversa). Y la confusión de términos. Y que si estás en un dramón de ese calado debes llevar el pelo sucio (era el caso). Y que conviene avisar en la calificación de este tipo de filmes, más propios de la hora de la siesta que del prime time, de que producen subidas de azúcar inesperadas y puede que halitosis. Y me entraron ganas de resolver una ecuación o algo que implicara el puro cerebro. Pero no pestañeé mientras la pobre chica mantenía otra de esas conversaciones banales y llenas de lágrima con el  amigo gay majo y enrrollado -otro clásico del género. Y sólo cuando la cortinilla publicitaria avisó con su “volvemos en siete minutos” salté muy digna y me despedí de las chukis con cara de “hasta quí podíamos llegar, siete minutos”. Pero ninguna de ellas me secundó.

miércoles, 17 de agosto de 2016

10 COSAS QUE TE CAMBIAN EL CARÁCTER

 1.El carnet de conducir. De pronto pasas de aborrecer coches y conductores a aborrecer viandantes y coches y conductores. Y perros, y señales de tráfico. Y abuelitas.  Y mosquitos estampados en el cristal. Y gasolineras con baños mugrientos y sin empleado que te haga el repostaje e impida ese olor penetrante a gasoil en tus manos. Y rotondas diabólicas. Y multas a fin de mes. Y esa truculencia de perderse.

2.Ir a vivir de provincias a la capital. Donde no hay referencias tan inmediatas, y a la gente le da igual si el saltador de pértiga de la tele nació en Cuenca (como dirá quizás el de Cuenca llegado a Madrid). Y tus amigos sí se acordarán en cambio de dónde eras cuando te pidan las perrunillas, el chorizo ahumado o los garbanzos de tu tierra el día que te vayas de fin de semana.

3.Los acúfenos. O vivir escuchando pitidos permanentes en tus oídos, sin que nadie más se aperciba. El sufridor de acúfenos es como el de hemorroides: los padece en silencio. No hace aspavientos ni lo cuenta a menos que tenga mucha confianza contigo. P.D: en mi vida he conocido a dos víctimas de esta maldición. Ambos eran elegantes, sufridos y austeros. No digo que una cosa lleve a la otra, pero sí que alguien debería investigar al respecto e implantar un chip acúfeno a los intolerantes.

4.El cartel de becario. O sea, que al pobre becario le den una tarjeta de acceso donde no pone su nombre y apellidos, ni siquiera un número de reconocimiento estilo campo de concentración, sino la palabra BECARIO bien grande, insultantemente ostentosa. Una licencia para que cuando se equivoque alguien diga en voz alta: “Claro, es un becario. Naturalmente”. Y una manera infalible de que nadie recuerde su nombre. “¿Ése? Es nuestro becario”.

5.Cambiar el tinte del pelo. Si ya no eres rubia oxigenada, un suponer, sino cenizocobriza, no puedes hacerte la loquita en los concursos de la tele. Tampoco te sirve el mismo tono de maquillaje, ni el rouge de la boca, así que te sale por un pico la reconversión del neceser. Por no hablar de si acompañaste el pantonicidio de un corte de pelo y ahora tu cuello expuesto, desnudo, pide a gritos un corte diferente de camisa y otros colgantes. Un desembolso.

6.Los hijos pasados los 40...y casi en los 50. Son conscientes, buscados y a menudo con demasiado esfuerzo y sacrificios. O sea, que merecen los cuidados del oso panda o de cualquier otra especie en peligro de extinción. A los 30 los tuviste con cierta dosis de inconsciencia. A los 40 lo has planeado como se planifica un butrón de joyas a Harry Winston. Y a veces con idénticos resultados (la policía va a tu casa, porque el niño es un mimado que pilló a los padres demasiado cansados para regañar por arrancarle las patas a un insecto o tocar la flauta a la hora de la siesta). Conclusión: no hay que tener hijos a los 40 o pdrías volverte un talibán de la cosa. Y puede que tampoco haya que tenerlos antes. Ni después. Criemos osos panda.

7.Desayunar huevos fritos con chorizo. Ese apocalipsis de jugos, esa desbordancia trotona, esa alegría sin culpa. Ese instante de puro gastrogozo donde no juzguéis y no seréis juzgados (piensas mirando a los otros, que desayunan una galleta triste y light o una raja de melón enclenque).

8.Leer literatura de calidad. Y darte cuenta de que a toda esa morralla cincundante no hay que prestarle ni un minuto de tu vida. Y asumir que quien considera que escribe bien ya es en sí mismo un imbécil, porque la excelencia es un estado de insatisfacción con riesgo de fuga. (“Tengo que seguir trabajando, no para llegar al producto acabado, lo cual provoca la admiración de los imbéciles (…) No debo pretender completar más que por el placer de hacer una obra más verdadera y sabia”. (Cezane. “Correspondencia”).

9.Estar duchándote y que empiece a salir agua fría porque se ha agotado la del calentador.Sin comentarios.

10.Dormir bien siendo intrínsecamente insomne. Adiós al malditismo, a la excusa para no tomar copas. A la justificación de las ojeras. Al mito, a la intemperie...

lunes, 15 de agosto de 2016

LA CASA ES EL LUGAR DEL MISMO (DIARIO DE VERANO)


 Uno llega y coloniza. Conoce, reconoce y transforma. Forra el sofá con una sábana limpia, sumisa y cotidiana. Corta o le cortan unas hortensias del jardín, que pasan a sendos recipientes y enseñorean la casa. Adquiere un hule en el bazar del pueblo, un hule feo según sus cánones estéticos pero que cumple su función. Mueve la mesa y su banco del prado al porche, bajo un móvil de madera que se hace notar al paso tibio de un aire perezoso. Reconoce el olor a hierba mezclada con estiércol que ensancha sus pulmones. Coloca su perfume en la estantería del baño, y dispone los libros en un aparador de la cocina: Giacometti, Boris Vian (Denis, el hombre Lobo), Homes... Explora el rincón de la escritura, con vistas a la puerta doble de pueblo, esa que por arriba permite fisgar y por abajo impide que se cuelen los gatos y los suspiros de ánima perdida. Escucha el rasgado del amanecer con los gorjeos de los pájaros. Se prepara un café, el aroma inunda la casita. Agradece la bruma, ese velo insólito que es el aliento del diablo, o al menos eso imagina.

La casa es el lugar del mismo”, repite siempre él. Pues mi lugar es este, si hubiera que elegir un lugar y un aquí y un ahora. A dos pasos del mar, por la costera donde siempre hay vacas con sus muermos que bostezan las hierbas resudadas. Uno debe tener no menos de un lugar del mismo, tal vez dos. Y un tercero que aún duerme en la ensoñación, esa casa con patio que será, y tendrá su mesa con su hule bonito. Y su móvil espantapesadillas. Y sus flores hurtadas a un campo no tan verde. Y ya atesoro las partes de acá que llevaré allá, sea el allá que sea, como una Mary Shelley obstinada y tenaz. Y al fondo me vigila el limonero, que aún escupe frutos verdes, amargos y listos para adornar gin tonics a la noche, sentados en el porche, desenmascarando estrellas y hablando de ésto y de lo otro.

Y aún no ha concluido el feliz asentamiento. Un par de bolsas esperan ser vaciadas, las botas de montaña, los chubasqueros de paseo inclemente que aquí no asusta a nadie. Y salir a por las viandas, la despensa bien llena de quesos, de chorizos, de pan de maíz caliente. De besos, de alegría. Y las horas muertas de arena y de salitre con algas, que aquí se llaman ocle. Y mi Lord Byron hostil y apasionado, que te destroza los pies si intentas seducirle vadeando entre sus piedras de canto de cuchillo. Y es mi sitio, mi lugar de mí misma. Y suenan las campanas de la iglesia.


jueves, 11 de agosto de 2016

LA ESTRATEGIA DEL MEJILLÓN

Trump&Clinton
Hay una estrategia milenaria que consiste en no mover un músculo y obligar al rival a que se desgaste. De no hacerlo, éste quedará como un vago, un incompetente, un ligero: de hacerlo, podría encontrarse un jaque mate o una jauría de perros hambrientos a la puerta de su casa. Y tú no te habrás despeinado en ninguno de los dos casos.

Hay otra estrategia similar que se conoce como "dar cuerda para que el otro se ahorque", también muy utilizada por los que guardan la ropa y nadan lo justo.  Se trata de colocarlo en un terreno de arenas movedizas para que patalee a sus anchas y se vaya hundiendo ante el escrutinio público de la plaza puesta en pie. Y tú eres uno de ellos, pero no jaleas. Te limitas a contemplar tu obra con esa complacencia ladina y perversa del organizador profesional de cenas de los idiotas.

Hay una estrategia política (pero no sólo) que consiste en no hacer y esperar a que el rival haga y de paso se deshaga. Y está tan de moda como en breve lo estarán los cortes orientales, los bordados de flores dolcegabbanescos o los jeans con parches de fantasía. Hillary Clinton, por ejemplo, espera sin que se le altere el peinado enhiesto de laca un tropiezo más de Donald Trump. Y Trump se lo sirve cada mañana en bandeja, con el zumo de naranjas artificiales y los huevos fritos (ese delirio).

El millonario descerebrado no entiende que sus rebuznos le provocan cortes profundos que podrían desangrarlo. Y se le va la fuerza por la boca y esas vísceras tan bien alimentadas mientras que ella, la mujer que se tragó unos cuernos con mancha de becaria y un impeachment deshonroso a su marido, aguarda pacientemente sin hacer grandes gestos ni promesas. Calculando que con un ataque a los soldados muertos aquí, o una alegoría de las armas con tono de broma amenazante de mal gusto allá será suficiente para decantar a las masas hacia su trinchera.

Pero no hay que irse tan lejos para avistar gestos estratégicos similares. Ayer Mariano Rajoy, tras reunirse con Albert Rivera y vender éste su cambio de opinión como un gesto patriótico, emplazó a Pedro Sánchez a abstenerse o de lo contrario convocaría nuevas elecciones. Rajoy, experto en aguantar quieto y sudar lo justo, demostró astucia porque al PSOE lo ha puesto contra las cuerdas: Si Sánchez facilita su investidura, decepcionará a todos los votantes de su partido que rechazan radicalmente un gobierno de derechas. Pero si no lo hace, será el responsable ante toda España de volver a las urnas por tercera vez consecutiva, un acontecimiento de tintes kafkianos que no beneficia demasiado a nuestra imagen internacional ni a nuestra economía (evidencia o perogrullada, nada ideológica). Y su cabeza, como la de Salomé, será servida en el banquete de los suyos salvo milagro de última hora.

O sea, que Rajoy cuenta con que hasta el más iletrado de los españoles intuye que tres elecciones generales cuestan mucha pasta y nos debilitan a nivel país. Y en esas está, y es esas estamos. Y nos pilla en bañador o con la tele encendida viendo ganar a Mireia Belmonte -qué prodigio-. Y este es un reclamo (patriótico) mucho más excitante, como esta noche lo será la contemplación de las Perseidas en caída libre desde un cielo limpio y enigmático como nuestro destino.




martes, 9 de agosto de 2016

OJALÁ ME PERDONEN (INSTRUCCIONES PARA UN EQUIPAJE AL POLO NORTE)

Olvidos y deseos
"De mi pequeño reino afortunado
me quedó esta costumbre de calor
y una imposible propensión al mito". (J. Gil de Biedma)

 De mi voraz hambre de soledad, de cierta soledad al menos, podría deducirse que devoro páginas como una quijotesa ensimismada. Pero no. Me da por preparar un equipaje con tanta morosidad que pareciera que voy a emprender una expedición por el Polo Norte o el Sur -no sé en qué se diferenciarían atuendos e intendencias-. Ayer, sin ir más lejos, taché de mi cuaderno de bitácora doméstica no menos de una docena de objetos imprescindibles que incluían "botella de gin Star Bombay", " enchufes ahuyenta mosquitos" y "sábanas de algodón".

Lo mío con las sábanas de casa de alquiler. Suelen ser rasposas, tienen mezclas, irritan el roce de mis piernas y mis brazos, me provocan sudores y prurito. Así que últimamente no salgo sin mi juego de tejido noble y sencillo que huele a suavizante y a caricia sin grandes alharacas. Cotidiana de mí, cita contigua.

Y entonces J., que disfruta y jalea mis ratos sin más compañía que mi sombra, me anima una vez más:
-¿Has tenido tiempo de leer?

Y noto que salto como gata encerrada en cesto de la ropa: "¿Y por qué siempre que me quedo sola me dices que si he leído? ¿Qué pasa si no lo he hecho? ¿Eh, qué pasa...?"

Pero cuelgo y camino, vencida y arrepentida de tan mala condición, hacia ese Taj Mahal (mi librería). Y me sale Gil de Biedma al encuentro: "Las personas del verbo" (Ed Lumen). Y abro el libro al azar, y no hay retorno:

Como la noche no 
quiero que tú desciendas,
no quiero cumplimiento
sino revelación.
Desciende hasta mis ojos
veloz, como la lluvia.
Como el luminoso rayo,
irrumpe restallando
mientras quedan las cosas
bajo la luz inmóviles.

Y repaso mi lista, y decido que el poeta también irá conmigo. Y ya son A.M Homes (Ojalá nos perdonen), y un librito sobre Giacometti y otro de cuentos de Boris Vian. Y no tengo un soporte electrónico que los comprima a todos, como monda,  y me gusta el roce de las hojas, el olor perfumado de la tinta. Así que entrarán todos como sea. Y volverán, espero que leídos (o seré ajusticiada por una pregunta que sólo quiere ser cordial, o atenta, o cariñosa: ¿Has tenido tiempo de leer?).

No quiero cumplimiento, sino revelación (puede que te responda).

Y a mis pies, o en rincones de la casa, empiezan abrotar  maletas, y bolsas de asas que huelen a salitre y a tiempo de descuento. Y tacho de mi lista: "Notas a A", que guardará la casa y sus silencios. Y ya estoy viajando, sin viajar, en esa tren nervioso que son mis pies por los pasillos.  Y hasta leo un poco, (respondo a la pregunta). Y además escribo, arrebatada y fresca, de mañana.

Y ya es 9 de agosto. Así, tan a lo tonto.