jueves, 2 de octubre de 2014

EL BOOK OF PUSSY Y MANOLO

-¿Quién ha tirado el libro de los coños de Taschen? (a voz en grito)
-Hemos sido M. y yo. "The Big Book of Pussy" era una guarrada de casquería con coartada artísticocultural. Daba asco ser mujer, no te digo más.
-¡¡¡Pero qué habéis hecho, si lo quería Manolo el de las persianas!!!
-Pues llevaba meses ahí y un día lo estuvimos mirando y nos pareció asqueroso, así que lo tiramos al contenedor de papel de común acuerdo.
-¡¡Sois peor que la Inquisición!! Yo le había dicho a Manolo cuando me lo pidió: "No te preocupes, Manolo, que tú los coños los vas a tener".

La conversación fue más o menos así, de Almodóvar. M y yo quedamos como dos puritanas con prejuicios y U. no desaprovecha la ocasión de amonestarnos desde el día de autos. "Ya sabéis que los maricas somos misógenos, pero tirar un libro a la basura es un pecado". A lo que nosotras rebatíamos como un arsenal de caras de asco porque el libro es una sucesión de aparatos femeninos abiertos y expuestos con toda su crudeza. Y si el arte es sólo provocación, desde luego estamos ante una obra culmen de la genitalidad artística. Un tótem cárnico. Un referente sexmundial como los callos, entresijos y gallinejas en la gastronomía.

Y si el libro pretende sacudir el tabú, puede que lo consiga, pero antes sacude los cimientos del buen gusto general y te dan ganas de someterte a una castración radical con anestesia general.

Asumo que después de estas afirmaciones voy a perder mi pátina de mujer liberal y openminded, pero creo que podré superarlo. Para compensar, busco la web de Taschen, editorial que admiro y que me ha procurado largas horas de placer con sus volúmenes exquisitos, de factura impecable y nada convencionales. Y el conejo, nunca mejor dicho, sale de la chistera. Voilá!

"Primero The Big Book of Breasts, después The Big Penis Book, The Big Book of Legs y el voluminoso Big Butt Book. ¿Qué podía venir a continuación sino una exploración en profundidad de la parte pudenda femenina, ese codiciado orificio del que el hombre se pasa nueve meses tratando de salir y toda una vida intentando volver a entrar?".
La simpar Vanessa del Río


Reconozco que tiene cierta gracia lo del codificado orificio con sus salidas y entradas, así que sigo leyendo: "Se incluyen entrevistas con el autor conocido como Pussyman; el ex policía que convirtió la masturbación en millones con un juguete llamado Fleshlight; Vanessa del Rio, la jugosa Flower Tucci; la artista de performances vaginales Mouse, y el singular Buck Angel. Los fotógrafos contemporáneos Terry Richardson, Richard Kern, Ralph Gibson, Jan Saudek, Guido Argentini, Ed Fox y otros nos muestran sus fotos favoritas de coños, de modo que para la página 372 incluso el lector más tímido estará clamando: "¡Aquí, conejito, conejito!“.

Eso debió pasarle a Manolo el de las persianas cuando miraba a hurtadillas el volumen, colocado estratégicamente en una estantería próxima a la fotocopiadora.  Una suerte de frenesí conejil que sólo se saciaba con más y más imágenes de mujeres insinuantes, divertidas, sorprendidas o ingenuas, sabedoras de que no dejarían a nadie indiferentes al mostrar su intimidad. Especialmente a las mujeres.

Tras perpetrar el crimen como hubiera hecho la alumna de colegio de monjas y niña del Cuéntame que albergo, siento que le debo algo al de las persianas, que desde que se enteró de mi delito, y sobre todo de que M y yo "sabemos" sus anhelos literarios más ocultos entra cabizbajo y apenas se detiene a comentar como solía. Creo que debo regalarle un libro provocador, ma non troppo. Algo que le inspire como el Pussy book, pero no ofenda a las inquisidoras. Porque soy cabal, abierta de mente, moderna y transgresora como yo sola.

-¿Y para qué querría Manolo el persianero ese libro asqueroso?
-Y yo qué sé! Para llevárselo al cuarto de baño...
-Ay, qué asco...Ahora sólo podré imaginármelo allí cuando lo vea arreglar las persianas!!!

Sí, soy una liberal.



 

miércoles, 1 de octubre de 2014

BUSCO A HENRY JAMES, SOY ASOCIAL

"El conde Otto advirtió el peligro, porque inmediatamente le vinieron a la mente media docena de caballeros que habían terminado casándose con chicas americanas. Le parecía, a su vez, estar en riesgo permanente de contraer matrimonio con aquella joven americana. Era una amenaza ante la cual uno no podía jamás bajar la guardia, como sucedía con el ferrocarril, con el telégrafo, con el descubrimiento de la dinamita, con el rifle Chassepot, con el espíritu socialista...". Pandora. Henry James. Editorial Impedimenta.

Elegí este librito como compañero de cama porque era extraño, porque no se titulaba "Bostonianas" ni "La Copa dorada", porque la portada me atraía con esa mujer de expresión temerosa y con una carta en la mano...Porque tenía 124 páginas y de repente sólo quiero compromisos de corto alcance. Saber que digo sí quiero a una cena que empezará a las 21h y acabará a las 23h sin que nadie me sienta grosera porque me levanto O´clock.  No pienso casarme con una trama, por bella, intrigante y esbelta que se ofrezca a mis ojos. No quiero ruidos en la funda de mi almohada ni cerrar los ojos con esa ansiedad de no haber avanzado unas líneas más, como tampoco quiero salir de noche, meterme en una clase grupal en el gimnasio o apuntarme a una excursión en autobús donde pueda marearme.

O sea, que Henry James es la antítesis de esa monitora del gimnasio de ofensiva fibra corporal que me mira en el vestuario y me anima a participar en algo siniestro llamado body pump, con gesto de "esta clase te va a proyectar al universo de las tías buenas como yo misma", mientras yo le devuelvo la mirada como lo haría el conde Otto. Circunspecta y poco amigable. Porque la siento una amenaza como los tacones de aguja por Segovia o un saco de dulcérrimas nubes rosas. Porque detesto la música del gimnasio, machacona y metálica. Y los tíos de gimnasio que se miran al espejo con esa satisfacción íntima embutida en camiseta de tirantes. (Jamás, jamás, jamás, me fijaría en un ejemplar típico de gimnasio, odio las camisetas de churrero y cuando se lo digo a U. siempre me responde que él se pasaría la clase arrodillado...porque es falócrata. ¿Existe el falo-pump como disciplina física? ¿Es una amenaza a lo Henry James?

Desde que me he vuelto asocial selectiva sólo digo que sí a planes de corto alcance, el equivalente asexual al polvo rápido. Hablo poco, leo mucho y corro lo justo para sentir que saco al cuerpo de ese letargo otoñal que augura rayos y centellas. Quiero historias que no superen las 100 páginas, películas con no menos de tres críticas favorables, tiempos muertos, menús exprés a mediodía y que un duende diligente arregle la rueda de mi bici. Quiero un poco de siglo XIX, un paseo con sombrilla por la cubierta de un barco que abandona el puerto de Southampton rumbo a EEUU, con un conde alemán que lee en una hamaca decidido a no casarse ni dejarse seducir por la mujer que le ronda y tiene más peligro que un rifle, que el espíritu socialista...

P.D. Las descripciones de personaje y paisaje de Henry James son magistrales.  Y ese humor elegante, la antítesis de la literatura de gimnasio.








martes, 30 de septiembre de 2014

LAS VERDES PRADERAS (Y UN DÍA TE MUERES...)

"...Y un día te mueres y se te queda esa carita de gilipollas y en el último momento te dices: vamos, vamos, vamos. Porque es que te han llevado al huerto toda tu vida y nunca has hecho lo que tú querías".

No hubiera recordado este demoledor speech de Alfredo Landa en "Las verdes praderas" (José Luis Garci, 1979) de no ser porque anoche hablé con mi amiga D., esa mujer que me intuye y me cuida mientras finge que se ocupa de mis dientes. Hablábamos de los arrepentimientos que se manifiestan cuando han pasado los años y uno hace balance de la pérdida. Y de cómo hay que luchar por lo que importa sin medir el parte de bajas. Porque dejar que pasen las personas, las oportunidades, los discursos, los ratos al sol es la muerte misma.

Tengo que decir que D. nunca aparece por azar, aunque pasan meses hasta que nos vemos. Hace unos días, en una absurda y rocambolesca cena social, alguien en la mesa mencionó su nombre y yo supe que tenía una conversación pendiente con mi amiga. "Las casualidades no existen", me recordaba ayer otra buena amiga, L., mientras comíamos y yo le glosaba una suerte de encuentros inesperados y hasta apariciones espectrales ocurridos en las últimas semanas.

"Y un día te mueres y se te queda esa cara de gilipollas..." Dice el pobre Landa, después de glosar los hitos de su vida, ascensos profesionales, matrimonio e hijos, hipoteca, el chalecito tan de aquella clase media española...El césped, las barbacóas...la vida como una sucesión de casillas que uno va rellenando a veces sin querer y como parte de un guión que escriben otros. Y mi sabia D., que entendió que lo importante eran "los momentitos" y los aprovechó al lado de un hombre bueno, me anima a seguir entregada a eso que quiero sin entristecerme por no tener lo que deseaba. "Tu mejor baza es la sensibilidad y la alegría, mi niña, y quien no lo sepa ver no sabe lo que se pierde".

Y un día te mueres, landista como tú solo, y antes no te ha quedado otra que enterrar algunos muertos que no tienen ya razón de ser y que a veces se empeñan en salir de su ataúd como zombies tercos. Y te mandan wasaps para recomenzar algo que no tiene sentido porque fue en un tiempo y un espacio, allende los años, y allí debe quedar. Sin reciclaje posible. Y toca avanzar y cuidar el césped del jardín de cada uno. Y mi D. me recuerda antes de despedirse que nada sustituye a lo importante, aunque en el camino hay distraciones tentadoras que se llaman trabajo y reconocimiento social, hijos, extraescolares, viajes, ex, que tratan de pilotar la nave y justifican la renuncia a lo más crucial. Uno mismo.(((Sorry por el tono moralina, creo que Garci me está contagiando)))

Anoche mi hada madrina D. y yo nos juramentamos para seguir viviendo como queremos.  Para evitar que un día nos pase lo que al pobre Landa y nos veamos solas en un precioso chalet con eco y con ese barro sucio que deja no haber apostado por lo que de verdad merecía la pena.




domingo, 28 de septiembre de 2014

AQUÍ Y AHORA (MINDFULNESS)

"Mi primer padrastro solía decir que con lo que yo no sabía se podría llenar un libro. Pues aquí está". Agradecimientos de "Vida de este chico", Tobias Wolff.

Ayer, en el curso de superwomen, nos hicieron un ejercicio de Mindfulness consistente en mirar a una compañera fijamente a los ojos y componer una expresión de ternura. Me pareció ridículo, la verdad. Siempre me han dado pudor ese tipo de propuestas dirigidas a mover sentimientos que etiqueto en la categoría de "hierbadas" aunque en realidad se llaman crecimiento personal. No es que dude de la necesidad de concentrarse en un aquí y un ahora y aprender a jugar con otras armas en una reunión hostil, es que no me gusta mirar a desconocidos a los ojos y poner cara bovina-"los ojos ligeramente entornados, una leve sonrisa", guiaba la profesora-.

Yo sólo quería terminar la clase y recuperar mi expresión natural.

También nos hicieron caminar guiadas por una compañera que, a nuestra espalda, decidía a dónde ir y con qué movimientos, velocidad y quiebros. Fui incapaz de dejarme llevar, como era incapaz de seguir a ese novio de COU que prefería bailar con mi hermana en las fiestas de su pueblo dado que ella era más dócil que yo y a mí no me importaba. Faltó el clásico ejercicio de tirarse de espaldas desde una altura confiando en que los de abajo te recojan. Eso y gritar como locas por el jardín de la escuela de negocios que nos acoge.

Con lo que yo no sé hacer podría llenar un libro, como Tobias. Eso es lo que he pensado hoy a las 3 de la mañana, cuando desperté desubicada y sin espalda a estribor para agarrar. Me había picado un mosquito descatalogado del verano y me rasqué furiosa el tobillo, mientras recordaba el video del samurai titulado "the fly" que también nos pusieron en clase para contarnos cómo los pensamientos son distracciones que se multiplican y nos impiden concentrarnos en el dichoso aquí y ahora.

(Aquí y ahora se nos ha casado George Clooney y habrá que buscar otro soltero de oro para soñar, aunque para mí fue ponerse a mirar fijamente bizco a las cabras -esa película tan divertida- y convertirse en Cantinflas a nivel sex appeal). Yo cuando hago mindfulness de hombres me sale Gallardón porque estoy mediatizada por la actualidad, y además rechazo los libros de autosuicidio. Prefiero la perdición de las historias de ficción y bailar a mi aire aunque eso me impida presentarme a concursos de tango o pasodoble).

Ahora que conozco mis ilimitadas limitaciones voy a quedar con mi hermana la que bailaba con mi novio de COU para ver la expo de Sorolla y Estados Unidos en la Fundación Mapfre. Allí me dejaré llevar por el asombro de la luz y el movimiento, las composiciones de figuras y esa admiración que me provoca el arte y que hace que me quede prendida de un cuadro mientras pasan los segundos y no pienso en otra cosa. Mindfulness para casos perdidos, diría yo.







viernes, 26 de septiembre de 2014

UN HOMBRE EN CASA

Después de varios meses en su refugio de montaña mi padre ha vuelto a casa a visitarnos y nada más llegar me ha arreglado el picaporte de una puerta.

A continuación, me ha montado un nuevo jamonero al que le faltaba una tuerca y juntos hemos bajado a comprar un cojocuchillo a la ferretería, donde mi padre es una celeb y le hacen la ola.

Luego hemos quedado en ir juntos el sábado a por una nueva vitro porque la mía está medio rota y sólo calienta por dos de sus cuatro bases.

Todo lo anterior, pensaréis, podía haberlo resuelto yo solita, pero se me había hecho bola y he esperado a que viniera él y se apoderara del rincón de los tornillos. Ese lugar que no frecuento más que por accidente o para montar una mesa endiablada de IKEA en una tarde tonta de domingo.

En menos que canta un gallo me ha advertido de que los sumideros de ambos lavabos "no tragan bien, bruja". Y estoy segura de que en cuanto vuelva hoy de trabajar habrá una lista de chapuzas con sus respectivos diagnósticos. Y un despliegue de alicates, martillo y tacos de varios tamaños por toda la casa, porque mi padre siempre necesitó un asistente que fuera recogiendo lo que él dejaba, pero nunca se dio cuenta de ese detalle. 

Igual que yo no veo la caja de herramientas, él no aprecia el desorden. Estamos empatados.

Lo que sí aprecia, y mucho, es la paz doméstica. Y ayer, cuando volvimos de celebrar el cumpleaños de Minichuki con su padre y su hermana, me confesó que se había emocionado al vernos tan a gusto y en familia. Y me glosó las virtudes del progenitor de mis hijas mientras yo asentía al volante. Sin miedo a perderme porque estaba con él,  que lo mismo arregla una lámpara que una desorientación súbita.

Después se aseguró de quedar con su nieta para comer hoy, y su otra nieta, mi adolescente, le repitió dos veces la hora a la que llegaría a casa "para que estés y no te vayas con los abuelillos ésos, abu".

(Además de arreglarnos las cañerías, mi padre es una ONG que pasea abuelos solitarios por la ciudad las pocas veces que viene. Yo le digo que me parece muy bien, pero que no invite a los viejetes a vino, que los va a alcoholizar. Que una vez le vi con un octogenario delante de una copa XXL rebosante y que cualquier día se le caen por la calle, y no precisamente por el reúma).

Mi padre ha entendido que yo necesito un hombre en casa, una brújula emocional, un cortador de jamón, un detector de cables rotos, un abuelo para las chukis que las mime y las consienta. Un hombro en el que descansar la cabeza. Y permitirme ser hija de vez en cuando. Que me cuiden, me arreglen algún desperfecto. Me protejan del mal y de las pesadillas.

Toda mujer aguerrida tiene esas necesidades básicas, pero no se atreve a confesarlas, sino que se levanta, escribe, prepara desayunos, se olvida de la lista de la compra, apunta los deberes a su ángel de la guardia doméstico (si tiene la suerte de disponer de uno), se sube a los tacones, se pinta los labios bien rojos, se marcha a trabajar, va al gimnasio a veces en lugar de comer y cuando vuelve hace recados, cena con sus hijas, discuten, se ríen y se desploma en la cama con un libro hasta que el tercer bostezo le apaga la luz como un soplo y se instala el silencio en casa.

Ayer por la noche olvidé cerrar la puerta con llave, como siempre. Mi padre estaba en casa.








miércoles, 24 de septiembre de 2014

¿AMOR O SMARTPHONE?

Mi amiga E. volvía de la pasarela de Milan y en el avión escuchó una conversación de esas que te hacen estirar la oreja. Dos hombres, "uno claramente gay", hablaban de mujeres. E. no les veía las caras, pero el hetero le confesaba al otro que estaba sumergido en un dilema. La mujer con la que salía "le pedía más" y él no estaba muy por la labor. Sobre todo porque no había dejado de frecuentar páginas de búsqueda de pareja. Un desahogo excitante que le permitía sentirse latin lover un par de veces por semana. "¿Qué hago, la dejo, no la dejo...?".

El Don Juan que me describe E. era "un patán". Y para eso no hacía falta verle la cara, sólo escuchar su discurso. Pero mi amiga sentía una curiosidad acuciante, porque en su imaginación ese hombre era burdo pero atractivo según estándares físicos convencionales.

Cuando el avión aterrizó, E. se volvió a mirar al ligón múltiple. "Era un adefesio, ni te imaginas".

Imaginé en cambio  a la mujer que pedía más y me dio lástima. Seguramente merecía otra cosa, pero se había conformado con un zascandil que hablaba de ella sin pudor y con escaso respeto mientras visitaba Meetic por las noches. O lo mismo no.

Sí, en estos casos me sale una vena ultramontana contra la que no puedo luchar. Puede que la exigente fuera una petarda. Una de esas mujeres que siempre quieren lo que no les pueden dar. Una exigente patológica que creyó encontrar en el adefesio al hombre de su vida y tensó la cuerda.

Pero a ella no la hemos escuchado y a él sí, a través de mi amiga. Y en ese avión estaba haciendo alarde de su capacidad de seducción a costa de una mujer a la que presuntamente quería, con tal lujo de detalles que la pobre se hubiera sonrojado, sin duda.

Como yo misma el viernes pasado, cuando recibí  un wasap mientras asistía a la gala de inauguración del Festival de San Sebastián: "¿Qué haces rodeada de barbudos?". Me sorprendí porque el remitente difícilmente estaría en el mismo sitio y a la misma hora, pero lo cierto es que en mi grupo había varios hombres con barba.  Respondí lacónica:"en el Festival". A lo que mi interlocutor dijo: "¿Te estás tirando al de tu izquierda o al de tu derecha?". Noté cómo la indignación se me apoderaba y, naturalmente, no contesté.  Me molestó que ese hombre considerara que teníamos la confianza y, sobre todo,  el mal gusto común como para ponerme semejante wasap.

Creo que el asunto de la intimidad se nos está yendo de las manos. Lo que tienen en común ambos hombres es la tecnología. Las redes sociales. La facilidad de pulsar unas teclas y encender la llama. Eso y mucho desparpajo insolente. El otro día, con mi amigo J. -casualmente gay, pero tanto da- hablábamos de cómo el wasap está empobreciendo las relaciones. Hay quien considera intimidad enviar tres mensajes a su pareja, a sus amigos. Hay quien sacrifica una buena conversación, el contacto visual y físico y tira por la calle del medio con su smartphone. "Si alguna vez vuelvo a enamorarme, que lo dudo, prescindiré del wasap o pediré que se use sólo para quedar en un sitio y a una hora". Y acto seguido glosamos esas relaciones que no han sobrevivido por falta de calor. De humanidad. De verdadera intimidad. De conversaciones, abrazos, discusiones, réplicas, silencios presenciales.

Por wasap uno piensa que el otro recibe el sentimiento, y rellena de lo que quiere, de lo que necesita, las pocas letras que contienen cada mensaje que recibe. Pero muchas veces se enreda por falta de contexto y a veces sobreviene la crisis. El síndrome del teléfono escacharrado. Lo que me lleva a pensar que alguien debería escribir un manual de uso de las teclas. O arrancar todas menos los ingenuos emoticonos, que son como esos dibujos animados bobos que te resuelven una siesta de sábado con tus hijas alrededor y cariño del que se toca y se siente.





lunes, 22 de septiembre de 2014

10 RAZONES PARA VOLVER A DONOSTI



Reflexiones sobre una escapada al Festival de San Sebastián/Donosti Zinemaldia:

1.Denzel Washington sigue siendo el negro más bello del planeta, pero con el olfato más disperso para elegir película. The Equalizer, su último engendro, es un video clip sobre un justiciero/asesino que libra al mundo oprimido de los malos en un Leroy Merlin lleno de taladradoras, motosierras y demás armas de destrucción masiva. El mensaje: se puede ser aún peor que ellos si es con coartada moral patriótica. Nota breve: Lo prefiero en su papel absoluto: el de hombre bueno y honrado al que le darías la clave de tu VISA para que fuera a sacar dinero al cajero.

2.Por alguna razón que se me escapa, algunos actores españoles acostumbran a seguir un absurdo dress-code incluso en la alfombra roja: sombrerito, chanclas y andares de sobraó.  Y luego está Antonio Banderas, que prefiere subirse a superficies pulidas y zapatear para despistarnos de sus peliculones.

3.Más vale François Ozon en mano que ciento volando. Ayer ya hablé en el post de su película "Una nueva amiga" y no me extenderé. Me parece arriesgada, delicada, transgresora y con poso. Atención a otra definición de ser hombre.

4.De mayor querría ser una de esas viejecitas que se bañan todos los días del año en la playa de la Concha, llueva o truene. Después de haber compartido tres mañanas con ellas ese bautismo, no se me ocurre mejor ejercicio de inmortalidad.

5.Si a la ciudad le sumas un encuentro con amigo que abraza y te dice "ya verás cómo todo va a ir mejor, cariño, dale tiempo. Las mujeres extraordinarias merecéis mucho y extraordinario", es lo más parecido al pleno al quince. Gracias, querido J.

6.Un zurito es la perdición porque siempre exige otro. Es como la oca a oca del tablero. A veces lo más práctico es pedir una caña o una lejía y plantarse ahí.

7.El Spa de La Perla y su recorrido de aguas sigue siendo una cita sin decepción posible. De ahí sales flotando y con los poros de cuerpo y mente abiertos.

8.El Hotel de Londres e Inglaterra. No sólo me fascina su nombre (¿Habrá un hotel de La Rioja y España?) Lo mejor, llegar pronto, zambullirte en su cama extralarge y ver sin prejuicios una comedia romántica de Jennifer Aniston mientras te preguntas por qué las comedias románticas son tan inverosímiles y aún así te las tragas rebajando considerablemente tus estándares de "película buena o aceptable".

9.Salir a correr rumbo al Peine de los Vientos y sentir la brisa salvífica como un chute de energía para todo el otoño.

10.Un avión de hélices con menos de 70 plazas abofeteado por las turbulencias te traslada a lo peor del cine catastrófico. Piensas que va a ser tu último vuelo, juras que jamás volverás a coger un avión, contienes las ganas de vomitar a tu desconocida de al lado. Rezas lo que te sale. Sudas frío. Crispas la espalda y cuando por fin aterriza sientes que la vida te ha dado una nueva oportunidad. Y que el tren es el transporte más romántico de nuestro tiempo.





domingo, 21 de septiembre de 2014

QUÉ ES SER UN HOMBRE

Una nueva amiga, de François Ozon
 Resisto la tentación de leer críticas a la película “Una nouvelle amie”, de François Ozon, para no contaminarme con lo que opinan los críticos. Pero veo que la presentan como “película transgénero”. Y la etiqueta no me parece del todo mal. Ni bien. Porque yo salí con la sensación de haber visto una historia sobre la incapacidad de los hombres para expresarse. Entre otros temas como la amistad, la identidad o los roles de pareja.

Situación de partida: Dos amigas de la infancia se juramentan con sangre para estar siempre juntas “en la vida y en la muerte”. Al fallecimiento de una, la otra cumple la promesa de ocuparse del bebé y el marido de ésta. Pero el primer día que acude a la casa familiar se encuentra una sorpresa indigesta.

A Ozon le inquieta la sexualidad, esa frontera ambigua y de niebla donde todo está por escribir y donde, por miedo, nos manejamos con carteles escritos por otros. Donde todo lo que no es convencional es subversivo. A Ozon lo llaman el Almodóvar francés, pero viendo ayer este película pensé que el manchego habría explotado la inevitable vis grotesca de la historia. Cosa que el francés no hace, aunque a ratos la delicadeza dominante se le va de las manos y arranca al público unas carcajadas que sospecho no pretendía.

El protagonista es un hombre que sin dejar de ser hombre siente el vacío de no poder expresarse "como una mujer". Las mujeres nos hemos pasado la vida reclamando espacios, igualdad, cuotas de poder, mientras los hombres sufrían sin pancartas la incapacidad de explorar la emoción, el sentimiento y hasta la lágrima fácil sin censura. Esta mutilación es de la que habla François Ozon, me parece. Y el travestismo es sólo la forma de contarlo. Una manera de llevar al límite el mensaje. Se puede ser muy hombre y muy femenino. Se puede ser mujer y actuar “como un hombre” (otro cliché) en la cama, en el atuendo, en la vida.

Y hay unas líneas, visibles e invisibles, que delimitan como alambres electrificados lo que es un género y otro. Y la película te invita a cortarlas con alicates y jugar en abierto a transgredir las convenciones. Y no tener miedo a aceptar que uno puede ser etiquetado como hetero y un día, de repente, comprobar cómo asoma una pulsión homoerótica sin que eso sea un trauma. De manera natural. Y te invita a pensar que el amor, la amistad, es una energía del corazón a la que le ponemos nombres porque tememos que se nos vaya de las manos. Y que hay que ser valiente para romper los carteles y dejarse llevar.
Uno sale del cine con esa sensación de que han tirado una piedra al charco y las ondas siguen llegando durante un rato largo. Ves al marido convencional instalado en su rol machirulo. Un buen hombre, sin duda, que no permitirá que lo femenino se le manifieste más allá de ponerse un foulard de su mujer porque le duele la garganta. Y que cuando en la cama ella se sube encima de él y se expresa sin pudor y va por libre, él no puede alcanzar el orgasmo (¿como "una mujer" según esos clichés?). Y luego ves a ese otro marido que llega y le da el biberón a su hija con un gesto indudablemente maternal, y da lo mismo que lleve los labios pintados y dos prótesis en el pecho. Es un hombre y cuando desea a una mujer y la abraza, sigue siendo un hombre incluso con peluca y pasado de rimmel.

Lo que Ozon propone es una ruptura radical, y lo hace hasta el final (no muy acertado, me parece, demasiado inverosímil). Y te das cuenta de lo urgente que es romper esas convenciones sociales que hacen que un hombre que manifiesta feminidad (según cliché) sea "gay" "travesti" o "afeminado".  Y agradeces la presencia a tu alrededor de hombres sin miedo a experimentar con los sentimintos más íntimos. A reconocerse vulnerables. Un ejercicio tan arriesgado  o más que salir a la calle con tacones  y falda (y Felipe el Hermoso por el talle...)





jueves, 18 de septiembre de 2014

SI TÚ TAMBIÉN ESCRIBES MAL NIETZSCHE

Mi amigo J.E nos manda a F. y a mí una invitación a participar en el curso de filosofía "Nietzsche como crítico de la cultura: una introducción a su pensamiento" en La Central. Con unas breves líneas advocatorias: "Creo que la optimización dinámica de mis ratos de esparcimiento me impedirá asistir a tan interesante curso. Vosotras que salvo en lo laboral sois libres como pajaros que vuelan hacia donde mejor les parece, quizá podáis disfrutarlo...".

Ya he contado de J.E considera que me sobra hedonismo y me falta consistencia. Que debería retroceder dos mil años en mis lecturas y que soy una "moderna" -con retintín- entregada a mil curiosidades vanas y a ninguna. Aún así, no desfallece en su intento de reforzar mi andamiaje filosófico, de manera que no me atrevo a confesarle que me pasé COU (segundo de bachillerato de nuestra era) aprendiendo a escribir Nietzsche correctamente porque una suerte de dislexia transitoria me urgía a colocar la z fuera de lugar. Como J.E es un superhombre se burlará de mí sin piedad y pensará que soy una causa perdida. Y que no sería mala idea crear una ONG para descarriadas en busca de un pensamiento sólido.


No sabe que ayer, al entrar en casa, me encontré a mi adolescente viendo una serie en su smartphone con esa actitud lánguida de quien forma parte de la tapicería sofá. "¿Ya estás viendo tele de bobitas y bobitos?", le espeté (porque así llamo a la telebasura que les gusta a mis hijas). "Déjame en paz, no puedo ser como tú, ver sólo cine en versión original y leer a todas horas", respondió chulita y desafiante. Y mientras me quitaba los zapatos le eché un chorreo sobre cómo pensaba ser maestra y educar a niños si se traga esa bazofia para subnormales (sí, a menudo soy políticamente incorrecta). Ella se cabreó como una mona y atacó: "Yo no voy a ser periodista, así que no tengo por que ver lo que tú ves". Y conteniendo las ganas de tirarle el otro zapato a la cabeza, respondí: "No, las consecuencias de que yo fuera una ignorante no serían tan dañinas. Alguien va a poner a sus hijos en tus manos y esa es una responsabilidad enorme".

Cuento esto porque de mi blog se podría deducir erróneamente que mi casa en un paraíso y las Chukis dos modelos de hijas que deletrean Nietzsche del derecho y del revés sin trabárseles la lengua. Ayer se lo aclaraba a mi amiga M.J, que fue a buscarme al trabajo para volvernos juntas andando, con nuestras sneakers y la bolsa del gimnasio en ristre. "Yo a veces le leo tus post a mi hija para que aprenda", me confesó. "Pues ya te digo yo que una cosa es la teoría y otra la práctica. Lo más elevado que ha leído mi ado este verano es "Tiburón". 

Festival de San Sebastián
Justo entonces nos cruzamos con una coetánea a la que me encuentro a menudo en el autobús y saludo con esa distancia de reconocimiento cortés. "Hay que ver lo que cambias cuando te cambias", soltó haciéndome una repasada visual a mi casual look. Vamos, que sin tacones soy como Nietszche sin Zaratustra. Y eso me coloca en una posición delicada. Porque no se me reconoce por el estilo ni por mi mente prodigiosa. Y es más. Tampoco por mi cuerpo. Mi nuevo más mejor entrenador del gimnasio, un chino que ayer se me presentó como "Manolo", se ofuscó tras negarme a hacer los abdominales endemoniados que me sugería, y optar por una versión light: "Como veas, pero con esos no trabajas tu suelo pélvico" (y mientras decía suelo pélvico miraba al bies caderas y pubis con una mezcla de reprobación y tabú oriental). 

Así que ahora que sé que no formo parte de nada, y que ese debe ser el verdadero crepúsculo de los ídolos del filósofo alemán de marras, sólo me resta responder a la tentadora invitación de J.E:


"Creo que me voy a entregar a San Sebastián, su festival y sus cantos de sirena. Pero pensaré en Nietzsche y en vos mientras doy cuenta de los pintxos y zuritos en versión original y mirando al mar!"

 


miércoles, 17 de septiembre de 2014

ASÍ EMPIEZA LO BUENO

"Yo condenaba mis propias obras con gran perspicacia. Me gustaba trabajar en ello, eso es verdad. Pero una vez terminado el trabajo me daba cuenta de que no era más que basura y, en consecuencia, rara vez se lo enseñaba a nadie: ni siquiera a mis amigos"

Vuelvo a acostarme con Stevenson en la intimidad, a quien nunca abandoné del todo porque es un gran compañero y porque sus soliloquios son diálogos, casi diría que mandamientos que me obligan a cuestionarme cada letra que escribo. Entiendo que es mucho más feliz el menos cicatero, el iluso, pero seguramente nunca llegará a rozar un mínimo de calidad. El stevensoniano puede que tampoco, pero al menos pondrá en cuarentena el fruto de sus dedos y de su imaginación y el mundo se lo agradecerá.

Ayer me traje el nuevo libro de Javier Marías y corrí ansiosa a devorar su arranque. A comprobar si sigue siendo un aldabonazo, un empujón hacia un agujero profundo sin conejo apresurado ni naipes siniestros:

"No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia -menos de lo que suele durar una vida, y qué poco es una vida, una vez terminada y cuando ya se puede contar en unas frases y sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida y vuelan a la menor ráfaga". "Así empieza lo malo". Alfaguara.

Me pareció que Marías no sería tan buen compañero de cama como Robert. Una tiene esas intuiciones absurdas sólo con acariciar las primeras páginas de un libro. Hay tipos, como Palahniuk, que te arañan el hígado y sólo dan para una orgía sangrienta. Un polvo de alta intensidad que te deja baldada. Diciéndote a ti misma cómo has llegado hasta aquí. Hay temporadas en las que  necesitas un beso en la frente y el embozo de la sábana bien estirado. Un vaso de leche templada y una Dormidina. O incluso media. Y que el hombre que te dé las buenas noches te cante una milonga desde su más allá literario.

Algo así como "Una o dos novelas de Scott, Shakespeare, Moliere, Montaigne, "El Egoísta" y "El Vizconde de Bragelonne" constituyen mi círculo de íntimos. (...) Luego hay una serie de obras que me miran con reproche desde el anaquel: libros que en alguna ocasión he hojedo y estudiado: casas que un día fueron como un hogar para mí, pero que ahora apenas frecuento".

Todos tenemos casas que ya no frecuentamos, querido Robert. Y hallazgos que son como los frufrús de las propuestas de pasarela cada temporada. Excitantes y dotados del brillo prometedor de la novedad. Mi amigo J.E comentaba ayer que ha vuelto a poner una librería en su dormitorio, en contra de los deseos de su mujer. Yo sigo con mi pirámide de libros en la mesilla, y desterré esa tentación recurrente de poner una televisión a los pies de mi cama. Creo que a ti no te parecería nada bien semejante argucia narcótica. Pero hay noches tristes donde no tienes cuerpo ni de rasgar un capítulo, y podrías entregarte al último programa concurso que detestas pero es un sobre de fácil y rápido consumo. Glu,glu,glu.

Condenar las obras a la perspicacia. Qué gran consejo. Buenas noches, amado Robert Louis. Buenos días, Javier Marías. En unas horas, cuando vuelva a acostarme, decidiré a quién le entrego mi cuerpo y mi destino. Bendita promiscuidad sin ETSss.