jueves, 18 de septiembre de 2014

SI TÚ TAMBIÉN ESCRIBES MAL NIETZSCHE

Mi amigo J.E nos manda a F. y a mí una invitación a participar en el curso de filosofía "Nietzsche como crítico de la cultura: una introducción a su pensamiento" en La Central. Con unas breves líneas advocatorias: "Creo que la optimización dinámica de mis ratos de esparcimiento me impedirá asistir a tan interesante curso. Vosotras que salvo en lo laboral sois libres como pajaros que vuelan hacia donde mejor les parece, quizá podáis disfrutarlo...".

Ya he contado de J.E considera que me sobra hedonismo y me falta consistencia. Que debería retroceder dos mil años en mis lecturas y que soy una "moderna" -con retintín- entregada a mil curiosidades vanas y a ninguna. Aún así, no desfallece en su intento de reforzar mi andamiaje filosófico, de manera que no me atrevo a confesarle que me pasé COU (segundo de bachillerato de nuestra era) aprendiendo a escribir Nietzsche correctamente porque una suerte de dislexia transitoria me urgía a colocar la z fuera de lugar. Como J.E es un superhombre se burlará de mí sin piedad y pensará que soy una causa perdida. Y que no sería mala idea crear una ONG para descarriadas en busca de un pensamiento sólido.


No sabe que ayer, al entrar en casa, me encontré a mi adolescente viendo una serie en su smartphone con esa actitud lánguida de quien forma parte de la tapicería sofá. "¿Ya estás viendo tele de bobitas y bobitos?", le espeté (porque así llamo a la telebasura que les gusta a mis hijas). "Déjame en paz, no puedo ser como tú, ver sólo cine en versión original y leer a todas horas", respondió chulita y desafiante. Y mientras me quitaba los zapatos le eché un chorreo sobre cómo pensaba ser maestra y educar a niños si se traga esa bazofia para subnormales (sí, a menudo soy políticamente incorrecta). Ella se cabreó como una mona y atacó: "Yo no voy a ser periodista, así que no tengo por que ver lo que tú ves". Y conteniendo las ganas de tirarle el otro zapato a la cabeza, respondí: "No, las consecuencias de que yo fuera una ignorante no serían tan dañinas. Alguien va a poner a sus hijos en tus manos y esa es una responsabilidad enorme".

Cuento esto porque de mi blog se podría deducir erróneamente que mi casa en un paraíso y las Chukis dos modelos de hijas que deletrean Nietzsche del derecho y del revés sin trabárseles la lengua. Ayer se lo aclaraba a mi amiga M.J, que fue a buscarme al trabajo para volvernos juntas andando, con nuestras sneakers y la bolsa del gimnasio en ristre. "Yo a veces le leo tus post a mi hija para que aprenda", me confesó. "Pues ya te digo yo que una cosa es la teoría y otra la práctica. Lo más elevado que ha leído mi ado este verano es "Tiburón". 

Festival de San Sebastián
Justo entonces nos cruzamos con una coetánea a la que me encuentro a menudo en el autobús y saludo con esa distancia de reconocimiento cortés. "Hay que ver lo que cambias cuando te cambias", soltó haciéndome una repasada visual a mi casual look. Vamos, que sin tacones soy como Nietszche sin Zaratustra. Y eso me coloca en una posición delicada. Porque no se me reconoce por el estilo ni por mi mente prodigiosa. Y es más. Tampoco por mi cuerpo. Mi nuevo más mejor entrenador del gimnasio, un chino que ayer se me presentó como "Manolo", se ofuscó tras negarme a hacer los abdominales endemoniados que me sugería, y optar por una versión light: "Como veas, pero con esos no trabajas tu suelo pélvico" (y mientras decía suelo pélvico miraba al bies caderas y pubis con una mezcla de reprobación y tabú oriental). 

Así que ahora que sé que no formo parte de nada, y que ese debe ser el verdadero crepúsculo de los ídolos del filósofo alemán de marras, sólo me resta responder a la tentadora invitación de J.E:


"Creo que me voy a entregar a San Sebastián, su festival y sus cantos de sirena. Pero pensaré en Nietzsche y en vos mientras doy cuenta de los pintxos y zuritos en versión original y mirando al mar!"

 


miércoles, 17 de septiembre de 2014

ASÍ EMPIEZA LO BUENO

"Yo condenaba mis propias obras con gran perspicacia. Me gustaba trabajar en ello, eso es verdad. Pero una vez terminado el trabajo me daba cuenta de que no era más que basura y, en consecuencia, rara vez se lo enseñaba a nadie: ni siquiera a mis amigos"

Vuelvo a acostarme con Stevenson en la intimidad, a quien nunca abandoné del todo porque es un gran compañero y porque sus soliloquios son diálogos, casi diría que mandamientos que me obligan a cuestionarme cada letra que escribo. Entiendo que es mucho más feliz el menos cicatero, el iluso, pero seguramente nunca llegará a rozar un mínimo de calidad. El stevensoniano puede que tampoco, pero al menos pondrá en cuarentena el fruto de sus dedos y de su imaginación y el mundo se lo agradecerá.

Ayer me traje el nuevo libro de Javier Marías y corrí ansiosa a devorar su arranque. A comprobar si sigue siendo un aldabonazo, un empujón hacia un agujero profundo sin conejo apresurado ni naipes siniestros:

"No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia -menos de lo que suele durar una vida, y qué poco es una vida, una vez terminada y cuando ya se puede contar en unas frases y sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida y vuelan a la menor ráfaga". "Así empieza lo malo". Alfaguara.

Me pareció que Marías no sería tan buen compañero de cama como Robert. Una tiene esas intuiciones absurdas sólo con acariciar las primeras páginas de un libro. Hay tipos, como Palahniuk, que te arañan el hígado y sólo dan para una orgía sangrienta. Un polvo de alta intensidad que te deja baldada. Diciéndote a ti misma cómo has llegado hasta aquí. Hay temporadas en las que  necesitas un beso en la frente y el embozo de la sábana bien estirado. Un vaso de leche templada y una Dormidina. O incluso media. Y que el hombre que te dé las buenas noches te cante una milonga desde su más allá literario.

Algo así como "Una o dos novelas de Scott, Shakespeare, Moliere, Montaigne, "El Egoísta" y "El Vizconde de Bragelonne" constituyen mi círculo de íntimos. (...) Luego hay una serie de obras que me miran con reproche desde el anaquel: libros que en alguna ocasión he hojedo y estudiado: casas que un día fueron como un hogar para mí, pero que ahora apenas frecuento".

Todos tenemos casas que ya no frecuentamos, querido Robert. Y hallazgos que son como los frufrús de las propuestas de pasarela cada temporada. Excitantes y dotados del brillo prometedor de la novedad. Mi amigo J.E comentaba ayer que ha vuelto a poner una librería en su dormitorio, en contra de los deseos de su mujer. Yo sigo con mi pirámide de libros en la mesilla, y desterré esa tentación recurrente de poner una televisión a los pies de mi cama. Creo que a ti no te parecería nada bien semejante argucia narcótica. Pero hay noches tristes donde no tienes cuerpo ni de rasgar un capítulo, y podrías entregarte al último programa concurso que detestas pero es un sobre de fácil y rápido consumo. Glu,glu,glu.

Condenar las obras a la perspicacia. Qué gran consejo. Buenas noches, amado Robert Louis. Buenos días, Javier Marías. En unas horas, cuando vuelva a acostarme, decidiré a quién le entrego mi cuerpo y mi destino. Bendita promiscuidad sin ETSss.


 


martes, 16 de septiembre de 2014

OKURIBITO ES DESPEDIDA EN JAPONÉS

Despedidas
Mi amiga F. se despidió de su padre ayer en el funeral con una carta muy sencilla en la que glosaba su integridad, su austeridad, su amor por la familia y su curiosidad insaciable por la historia y la literatura. Lo hizo con esa serenidad limpia y sin afectación que la caracteriza, y la iglesia de llenó de fuego. Me gustaría creer que cuando te mueres escuchas lo que te dicen quienes te amaron.

F. tiene una fe profunda y a veces reza por mí. Yo se lo agradezco mucho y estoy convencida de que me ayuda. Un día, hará tres o cuatro años, mi amigo M. nos presentó en una comida a cuatro (el cuarto era J.E) en la que ella, precisamente, me recomendó una película sobre la muerte y el duelo titulada "Despedidas", de Yojiro Takita ("Okuribito", en japonés).

Argumento: Daigo Kobayashi, antiguo violoncelista de una orquesta que se acaba de disolver, vaga por las calles sin trabajo y sin demasiada esperanza. Por ello decide regresar a su ciudad natal en compañía de su esposa. Allí consigue un empleo como enterrador: limpia los cuerpos, los coloca en su ataud y los envía al otro mundo de la mejor forma posible. Aunque su esposa y sus vecinos contemplan con desagrado este puesto, Daigo descubrirá en este ritual de muerte la chispa vital que le faltaba a su propia vida. 

De todos los rituales existentes, el del funeral me parece el más importante. Pone en manos del sacerdote el último recuerdo de los asistentes que a menudo no tuvieron la oportunidad de conocer al difunto. Y demasiadas veces el cura se hace un speech convencional y pomposo donde sólo los que tienen fe terminan convencidos de la suerte de que su ser querido habite el cielo. Y a veces ni ellos.

Hay que despedirse como dios manda. Cuando no es así se te queda esa sensación de que el muerto -que a veces sigue vivo- va a aparecérsete a la vuelta de una esquina y pegarás un respingo y no sabrás qué hacer. Aquí no hay rezos que valgan. Un adiós brusco te condena a vagar como alma en pena una semana, dos, un mes, con la sensación de que te falta algo que no tiene nombre. ¿Vacío?. Y es muy triste y muy real. A F. le falta su padre, su compañero, el hombre incondicional que ya estaba enfermo cuando ella y yo nos conocimos, y al que no vi jamás pero siento que he visto a través de un relato entre comida y comida, siempre breve, profundo y sin carga dramática de más porque así es ella.


Otra mujer que conozco apenas perdió este verano a su novio en un accidente de tráfico. Muchas mañanas me lleva en coche a trabajar y no hay trayecto en el que no hable de él. De cómo hacía tal receta, de cómo iba a ver los partidos de fútbol del hijo de ella. De que estaba gordito ("pero estaba muy bueno"). De que era un caballero y enseñó al niño a ceder el paso a las mujeres. Y a mí me impresiona su decisión de seguir con él a través de los recuerdos cotidianos porque es una forma de eternidad que la Iglesia no contempla, al parecer. La fe en el más allá de los agnósticos y de los ateos. Que el recuerdo no se evapore, no del todo, no enseguida.

Así, hay muertos que siguen vivos y vivos a los que matamos para seguir viviendo. Pero nunca del todo.  Y nos quitan el sueño. Y se nos aparecen de noche, al apagar la luz. O como un relámpago cuando suena el despertador. Y hay que construir para ellos un lugar donde descansen en paz sin que medie el olvido. Un recuerdo, dos o tres que los resucite cuando los invoquemos y sea algo dulce y consolador. 

Estoy segura de que F. es una maestra en Okuribito. Su carta de ayer es una prueba. Si la otra vida es permanecer en la letra de los que nos acompañaron mientras respirábamos, no me parece mal. Le gustaban la historia y la literatura. Era muy alto, como F. y consiguió que su hija se sintiera bien y aceptada. Ayer, en su funeral, sentí que lo había conocido. El ritual tuvo su efecto gracias a una carta. Espero que haya cielo, lo espero de verdad. Pero si no hay cielo hay palabras, que no está nada mal.







 

lunes, 15 de septiembre de 2014

10 RAZONES POR LAS QUE VER "BOYHOOD"


1. Porque la transición entre las edades del niño, y de la familia, es un ejercicio magistral de continuidad sin sobresaltos en un relato que resulta absolutamente lineal y verosímil.

2.Porque toda madre y padre identificará los tics de los 12 a los 18 años y sentirá que lo que tiene en casa es normal. Ese adjetivo tan impreciso.

3.Por la evolución del personaje de Ethan Hawke, el padre. Un tipejillo que da los mejores consejos, no siendo precisamente el padre modelo: "A las mujeres hay que preguntarles mucho y escucharles con suma atención. Si haces esto ya juegas con ventaja sobre la mayoría de los hombres". Amén.

4.Por la evolución (física) de Ethan Hawke. Cuanto más maduro, más atractivo. Cada arruga es un destello, una prueba de aprendizaje.

5.Porque si eres mujer, y divorciada y tienes casualmente dos hijos empatizarás de inmediato con la inmensa Patricia Arquette y sus malabarismos para educar y sacar adelante (con imperfecciones) una familia sin que te salgan dos serial killers.

6.Por la banda sonora. Lo mejor, las canciones de los protagonistas a la guitarra.

7.Por la reflexión de la madre ante el nido vacío. Una conversación con el hijo que se va a la universidad donde pasa revista al sentido (y sinsentido) de la vida y termina diciendo: "Pensé que después habría algo más" que me hizo llorar. Lo que te lleva a pensar es que ser madre o padre no debería ser la meta o excusa que justifique la vida. Eso que digo en los foros y alguno me mira como si fuera un monstruo.

8.Por la lección para mujeres que quieren (queremos) ser perfectas: Ni lo intentéis, nenas. Ser medianamente discreta en lo profesional, maternal y en el amor ya sería un éxito. La Arquette decide que será célibe porque se equivoca tanto con los hombres que uno termina por pensar que el tipejillo que la dejó embarazada a los 20 era el mejor. Oh my Good! Pero consigue educar a dos hijos con varios padrastros chungos por medio, terminar en un apartamento pequeño para ella sola después de mil mudanzas  y una plaza de profesora en la universidad. Mis respetos.

9.Porque la película te habla de la evolución de un niño, de un hombre, de una mujer, de un país y de una sociedad. Todo junto. Y habla de perdonarse y relativizar. Y del primer amor y de las primeras tentaciones. Y de que uno elige y de que se puede sobrevivir con un mapa lleno de trampas sobre la mesa.

10.Porque a pesar de que se hace un poco larga (dos horas y media) te deja esa sensación de que ha sido un buen final de domingo junto a tus amigas. Y al llegar a casa te dan ganas de hablar mucho con tu hija adolescente.


domingo, 14 de septiembre de 2014

CUERNOS, POLVOS Y MOZART

En el siglo XVIII, como hoy, había cuernos, deslealtades, ridículos, estupores, coqueteos, ocultaciones, traiciones, alianzas, más cuernos, desdén, envidia, celos, animadversión, ¿incesto?, provocación, trampas, clasismo, defenestración, estulticia, travestismo, sobornos y demasiado talco en los rostros de las mujeres.

De todo esto habla "Las bodas de Fígaro", y reto a quien sea capaz de contar la trama en menos de un folio. (Aviso, en la Wikipedia van acto por acto y no hay dios que se entere, en ocasiones hacen falta profesionales de la pluma y la síntesis, la democratización del saber llega hasta donde llega. Y Mozart -y De Ponte, autor del libreto basado en una obra de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais- han construido una torre de muchos pisos llena de imbricados laberintos bufos).

Naturalmente, anoche debía triunfar el amor, y mi hermano I. y yo asistimos a tres horas y media sin aliento de tropezones y zancadillas para que eso no pasase, mientras Madrid se entregaba a los nuevos aires del Real. Menos experimental y con más abonos vendidos para la temporada, según dicen.

Como no soy experta en ópera, ni en nada, no voy a caer en disquisiciones mozartianas sobre el montaje. Pero diré que me asombró la espectacular escenografía, el acto en el dormitorio de la condesa de Almaviva donde el sol del amanecer entra por la ventana y juraría que Emilio Sagi sobornó al astro para llevarlo al escenario a deshora y en todo su esplendor (los modernos y modernícolas que prefieren escenarios con dos cubos y una fregona, todo muy conceptual, abstenerse. Aquí no se les ha perdido nada). Y diría también que el jardín enrejado del final era Sevilla y olía a jazmín. Frondoso para ocultar los devaneos del conde, la condesa, Fígaro y Susanna. El enredo de personalidades. Ese baile de pieles blancas y pelucas ocultas bajo capas con capucha y una luna perfecta que va subiendo poco a poco hasta hacerse con el cenit de la representación.
Sol de hoy 7 a.m Un reto para Emilio Sagi

Diré también que me emocionaron las arias vibrantes de la condesa de Almaviva, la voz de miel de la mezzo encarnando a un divertidísimo Cherubino y la convincente interpretación del conde, capaz de vender prepotencia, deseo o estupor con leves gestos y ninguna sobreactuación.

En el siglo XVIII, como hoy, había una íntima y levísima confianza de que al final todos los desajustes se arreglaran, los malos pagaran por sus pecados, triunfaran los buenos y el amor se expandiera a raudales. Se asumía, como hoy, que las buenas intenciones moverían el mundo pero nunca sería gratis. Los amantes se despistarían un rato para volver a encontrarse en un jardín o en el fondo de un armario. Los amos se humillarían ante los esclavos. Los frívolos serían expatriados a la guerra. Los avaros verían cómo se les arrebataba la bolsa de las monedas. Los lascivos pagarían cama ajena. Los cornudos se vengarían y el pueblo llano bailaría en torno a un banquete lleno de deliciosas viandas. Y así, por un rato al menos, lo que dan de sí tres horas y media de cuento, la justicia poética camparía por sus fueros como un bálsamo contra la desgracia y la mediocridad re real life.

Hasta que cayera el telón. Y todos volvieran a sus vidas. En mi caso, a atacar una cerveza con pinchos y animada conversación con I. en la Taberna del Alabardero. No se me ocurre nada mejor, salvo habernos topado con el fantasma de Mozart en alguna esquina iluminada con candiles...



DE CUERNOS, PASIONES Y MOZART

En el siglo XVIII, como hoy, había cuernos, deslealtades, ridículos, estupores, coqueteos, ocultaciones, traiciones, alianzas, más cuernos, desdén, envidia, celos, animadversión, ¿incesto?, provocación, trampas, clasismo, defenestración, estulticia, travestismo, sobornos y demasiado talco en los rostros de las mujeres.

De todo esto habla "Las bodas de Fígaro", y reto a quien sea capaz de contar la trama en menos de un folio. (Aviso, en la Wikipedia van acto por acto y no hay dios que se entere, en ocasiones hacen falta profesionales de la pluma y la síntesis, la democratización del saber llega hasta donde llega. Y Mozart -y De Ponte, autor del libreto basado en una obra de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais- han construido una torre de muchos pisos llena de imbricados laberintos bufos).

Naturalmente, anoche debía triunfar el amor, y mi hermano I. y yo asistimos a tres horas y media sin aliento de tropezones y zancadillas para que eso no pasase, mientras Madrid se entregaba a los nuevos aires del Real. Menos experimental y con más abonos vendidos para la temporada, según dicen.

Como no soy experta en ópera, ni en nada, no voy a caer en disquisiciones mozartianas sobre el montaje. Pero diré que me asombró la espectacular escenografía, el acto en el dormitorio de la condesa de Almaviva donde el sol del amanecer entra por la ventana y juraría que Emilio Sagi sobornó al astro para llevarlo al escenario a deshora y en todo su esplendor (los modernos y modernícolas que prefieren escenarios con dos cubos y una fregona, todo muy conceptual, abstenerse. Aquí no se les ha perdido nada). Y diría también que el jardín enrejado del final era Sevilla y olía a jazmín. Frondoso para ocultar los devaneos del conde, la condesa, Fígaro y Susanna. El enredo de personalidades. Ese baile de pieles blancas y pelucas ocultas bajo capas con capucha y una luna perfecta que va subiendo poco a poco hasta hacerse con el cenit de la representación.
Sol de hoy 7 a.m Un reto para Emilio Sagi

Diré también que me emocionaron las arias vibrantes de la condesa de Almaviva, la voz de miel de la mezzo encarnando a un divertidísimo Cherubino y la convincente interpretación del conde, capaz de vender prepotencia, deseo o estupor con leves gestos y ninguna sobreactuación.

En el siglo XVIII, como hoy, había una íntima y levísima confianza de que al final todos los desajustes se arreglaran, los malos pagaran por sus pecados, triunfaran los buenos y el amor se expandiera a raudales. Se asumía, como hoy, que las buenas intenciones moverían el mundo pero nunca sería gratis. Los amantes se despistarían un rato para volver a encontrarse en un jardín o en el fondo de un armario. Los amos se humillarían ante los esclavos. Los frívolos serían expatriados a la guerra. Los avaros verían cómo se les arrebataba la bolsa de las monedas. Los lascivos pagarían cama ajena. Los cornudos se vengarían y el pueblo llano bailaría en torno a un banquete lleno de deliciosas viandas. Y así, por un rato al menos, lo que dan de sí tres horas y media de cuento, la justicia poética camparía por sus fueros como un bálsamo contra la desgracia y la mediocridad re real life.

Hasta que cayera el telón. Y todos volvieran a sus vidas. En mi caso, a atacar una cerveza con pinchos y animada conversación con I. en la Taberna del Alabardero. No se me ocurre nada mejor, salvo habernos topado con el fantasma de Mozart en alguna esquina iluminada con candiles...





 


sábado, 13 de septiembre de 2014

CÓMO APROVECHAR LAS VENTAJAS DE UN VIRUS 24 HORAS

Minichuki se ha pillado un virus 24 horas. Uno de esos que te dejan escurrido, enjuto y desmayado en un sofá. Sin más entretenimiento que la tele y la conversación con la pesada de tu madre. A veces los temas más cruciales salen cuando estás sitiado por la fiebre, agotado y sin escapatoria.

En realidad, ella habla todo el rato, salvo cuando se encierra, absorta, en su cuarto con los disfraces. Pero ahora no tiene fuerzas para el transformismo, así que murmura y se pone el termómetro cada tres o cuatro minutos. Ávida de pillar a su cuerpo en un renuncio en la frágil frontera entre 37.5º y 37.6º.

A veces a los 12 años uno pide perdón sin razón sólo para volver a sentirse integrado en el grupo. A mí eso me duele en mi hija porque es una maniobra contra sí misma. Las lecciones de autoestima son las más difíciles. Pero los padres tendemos a temer las de sexo, violencia o alcohol, como si esas fueran las principales amenazas de la vida.

Le cuento que si no te quieren bien debes irte, aunque te duela y se te instale un hueco sordo en el estómago, como si te hubieran hecho el vacío con una bomba y se hubieran olvidado de retirarla. Se encoge de hombros. Le cuento que hay personas que no han sido entrenadas para ser queridas, sino para resistir golpes. Me mira con asombro. Le cuento que la amistad, como el amor, es una carretera de doble sentido. Y que si el otro no mueve un dedo por aproximarse a ti lo mismo has elegido mal la senda. Me mira con ojos interrogantes. Vomita.

Le cuento que esas "amigas" que le invitan a expulsar a otras del wasap como prueba de fuego de la amistad son unas perversas. Le cuento mientras le acerco el tetra brick de suero a la boca que uno no puede jugar las partidas de ajedrez contra sí mismo sólo para que lo llamen maestro (bueno, no se lo digo así de pedante, pero se lo digo). Compone una mueca de asco porque el suero de fresa debe ser repugnante. Le cuento, verás, que en el camino a veces hay que ir dejando personas para concentrarse en los amigos. Pone cara de menuda plasta es mi madre. Corre al baño. Le cuento que ya me gustaría tener su edad para ser su amiga. Porque es divertida, lista como el rayo, noble, original y luminosa. Y se acomoda entre mis brazos con cara de "me lo dice porque me quiere". Y enseguida me advierte de que su virus es contagioso.

Le cuento mientras acaricio sus rodillas llenas de moratones del fútbol que uno no para de aprender eso de la autoestima, por más años que pasen. Que hay que seleccionar las batallas y dejarse la vida por quien lo merece. Aunque sea difícil, aunque haya que resetear el corazón y los pulmones. Se va quedando dormida.

Asumo que el virus de la falta de amor propio es mucho más letal que el del estómago. Porque a menudo impide querer a otros. Y es contagioso.






viernes, 12 de septiembre de 2014

UN ENCUENTRO INESPERADO

"Chicago no es el lugar ideal al que acudir cuando acabas de perder la cabeza y quieres  acurrucarte en el fondo  de una botella a esperar que remita la sensación de que te han arrancado las entrañas del cuerpo reiteradamente. Hay por lo menos una media docena de ciudades para un propósito así". Ron Currie. "¡Todo importa!" (Seix Barral).

El lugar ideal para perder la paciencia en Madrid, no sé si la cabeza,  es la Castellana. Un océano si la cruzas tres o cuatro veces al día, en dos o tres tramos con sus respectivos semáforos y sus ejecutivos colgados de sus IPhone-5 (en breve 6). No se me ocurre una trasgresión más alcohólica que lanzarte a al mar/asfalto sin mirar si paran los coches. El concierto de bruscos frenazos, las  rayas negras de neumáticos histéricos pintadas sobre el asfalto.

Jorge Vázquez, primavera/verano 2015
Ayer decidí hacerle un corte de mangas a la Castellana y  tomar un taxi hasta un desfile de moda. Ese espectáculo de música, volúmenes y sensualidad que te habla del verano que viene, cuando ya seas otra, mudada la piel y el corazón,  y vuelvan las ganas. En el front row, un ejército de señoras rubias, socialites entregadas y algún notas displicente con mohín de asco perpetuo y ganas de pisar la pasarela. Y entonces vi, justo enfrente de mí, a la jefa de mi amiga C. Una mujer de sólida carrera política que contraviene todos los clichés del funcionario con cargo. Me consta, porque así nos lo cuenta C. a las amigas de la universidad, que trabaja de sol a sol, que no le gusta figurar ni cortar cintas rojas en las inauguraciones y que no toma decisiones arbitrarias. El ejemplo honroso de que no todos son iguales. Vagos, mangantes, conspiradores y moderadamente inteligentes.

Así que en cuanto terminó el desfile me lancé a por ella con vehemencia de experta cruzadora de la Castellana. Para ello tuve que saltar la alfombra roja donde minutos antes una modelo subida en tacones traicioneros casi tropieza en mis narices al engancharse con el encaje del vestido. "Hola, soy amiga íntima de C.", me presenté tras recitarle de corrido mis credenciales profesionales. "Pues tienes mucha suerte, porque C. me ha cambiado la vida", respondió ella. "Ahora sé que puedo confiarme en sus manos porque está siempre atenta a mi agenda, se anticipa, es muy responsable y trabajadora y encima tiene buen carácter", recitó también de corrido y sin dejar de sonreír.

A mí el orgullo se me salía por la boca. Sobre todo cuando ella me confesó que le daba apuro lo mucho que trabaja mi amiga. Funcionaria de ocho a ocho con sueldo de ocho a tres. "La pobre me sigue el ritmo y no se queja jamás". Yo asentía con el entusiasmo de una madre a quien el profesor del colegio pone por las nubes a su hijo. Y cuando nos despedimos, con un abrazo de cálida simpatía mutua, aún me dijo: "Muchas gracias por venir a saludarme".

Añadiré que se trata de una política del PP que trabaja en el ayuntamiento de Madrid.

Regresé feliz por el encuentro y corrí a contárselo a mi amiga. Todo el grupo de íntimas de la universidad, más de 25 años juntas (con alguna más de 40) le hicimos la ola y disfrutamos como se disfruta de los grandes éxitos de la vida. No sé qué hubiera escrito Ron Currie al respecto. Yo diría: Hay encuentros que te arreglan un día aciago donde sólo esperabas cruzar la Castellana cuatro veces, doce semáforos. Incontables mamarrachos con su I-Phone marcando paquete. Se me ocurren una docena de situaciones para sonreir a 38º. Pocas tan inesperadas como la de ayer.




jueves, 11 de septiembre de 2014

LAS VERDADES DEL BANQUERO

"Devorar antes de que te devoren".

Ayer una crónica de la muerte de Emilio Botín glosaba este como uno de sus consejos de cabecera. Me pareció que nunca, por mil reencarcaciones que tuviera,  querría ser banquera ni ninguna otra profesión que requiera morder a nadie en un medio acuático, aéreo o terrestre. Me alegré infinito de tener en casa una futura maestra y una futbolista a la que este año hincharán a patadas sus compañeros, sin querer, en el peor de los casos.

Antes, en el bar con sofás capitoné de terciopelo de un hotel de lujo de la capital, un hombre me hablaba del dinero y sus contornos. De esos casos de corruptos que nos invaden y que hacen pensar a las Chukis que todos los políticos roban y mienten como todos los muertos crían malvas. Entendí que el mal ejemplo cala mejor porque carece de matices. Es un mensaje limpio como el filo del cuchillo de un carnicero meticuloso. Se roba porque se puede.

En mi familia, ya lo he contado, se ha considerado siempre de mal gusto hablar de dinero. Ninguno de mis hermanos pregunta jamás lo que ganamos los demás. Nunca hemos tenido una pelea por esa causa (ni por ninguna otra, la verdad). No es que seamos el hogar de Mary Popppins, es que por alguna razón mis padres debieron pensar que criar tiburones en cautiverio sería alimentar depredadores en mar abierta. Así que crecimos pensando que el dinero servía para dormir tranquilo por las noches. Nos faltó la segunda parte de la lección. Si tienes demasiado dinero tienes un trabajo extra que probablemente te quite el sueño.

No se me ocurre ningún banquero ni demasiados multimillonarios y poderosos que exuden felicidad en el rostro. (Podeís vomitar si os parece que esto huele a Antiguo Testamento). La mayoría parece ponerse de orfidales y beber vinagre en el desayuno. No dudo que sean felices a ratos, pero me temo que nadar entre tiburones debe tener catastróficos efectos secundarios. Lo que no me hace alinearme con el Señor de las Castas y su discurso monolítico, maniqueo y antiguo como la noche de los tiempos.

Conozco a personas sin dinero que almacenan rencor sin límites hacia los que lo tienen, sólo por el hecho de tenerlo. Los llaman "los ricos" y acostumbrar a meterlos en el mismo saco/estanque cuando se refieren a ellos con una inquina grandilocuente. A mí, personalmente, no me parece nada mal que alguien tenga una cuenta corriente abultada o abultadísima. Pero eso tampoco lo dota de sex appeal a priori. Lo que más me pone y así se lo digo a las chukis en nuestras charlas de "acuarios, peceras y demás habitáculos", es la capacidad de disfrutarlo. Ese subidón de saber que puedes darte un capricho  o supercapricho. Sin culpa, sin arrogancia y sin reflujos en el esófago.

Lo malo de poner etiquetas al rico y al pobre, hablar de castas y víctimas, es que deja poco margen al matiz. A los estados intermedios. Y de alguna manera excita y enardece la lucha,  el conmigo o contra mí, en mi bando o en el tuyo. Alimenta el resentimiento y la penetración de mensajes simples y tajantes. "Hemos venido para quedarnos", me escribió alguien el otro día, y me estremecí. Hay quien se ha tomado lo de la lucha de clases como un karma indigesto y afila las bayonetas en la oscuridad.

Nadie se queda para siempre, querido. Hasta los banqueros más poderosos, esos que podrían pactar con el diablo o crionizarse mueren un día, de repente. Y más vale que hayan disfrutado de su dinero, de sus afectos y de las corrientes marinas sin enemigo a babor. Porque luego es nada. Y pasa el siguiente.





miércoles, 10 de septiembre de 2014

AMIGOVIO:MÁS QUE AMIGO, MENOS QUE NOVIO

Ayer, en el Telediario, gracias a un reportaje de ese juglar de la melaza periodística apellidado del Amor me enteré de la existencia de un término nuevo para mí: Amigovio. O sea, más que amigo, menos que novio. Luego he comprobado que hubo en Argentina una telenovela con ese título en 1995 que alcanzó los 248 episodios, cuando aquí apenas balbuceábamos "follamigo", ese palabro mucho más vulgar que al parecer no es lo mismo.

Amigovio, quiero imaginar,  tiene un halo romántico del que follamigo carece. Y no porque no haya cama, que la hay. Sino porque un amigovio te dice que te quiere y un follamigo te dice que te desea. Al final, todo termina en el mismo sitio, pero convengamos que las palabras son fundamentales, la música que envuelve nuestras verdaderas intenciones.

Ansiosa de saber más, he buscado en Internet, esa fuente del saber libre y riguroso. "Se trata de una palabra que se utiliza para designar una relación en la que las partes todavía no se han entregado completamente a los rótulos formales. Es decir: No son amigos, porque ya se ha dado entre ellos el encuentro íntimo, pero tampoco son novios, siendo que su relación no ha sido reconocida entre ellos formalmente y, segundo, no ha sido compartida con los demás (sobre todo con su familia)".



Es decir, que el amigovio según esta web en tonos rosas y con apartados como "La bola mágica de cristal" o "Poemas, versos y poesías" (???)  tiene algo de furtivo. La excitación de lo que uno sabe y los demás no. Una aventura sin anuncios oficiales. Un territorio de libertad donde el cómplice entra y sale de tu casa mientras tu pareja, si la tienes, lo saluda con efusión.  ¡Qué buen amigo!, pensará, mientras agradece que tu amigo te recoja a la salida del cine o te acompañe a un concierto de algún pelma con mucha percusión y poca higiene.

El amigovio es un romántico que mantiene su estatus porque sabe que es duradero y poco traumático. Una relación sin demasiados vaivenes emocionales donde se pasa de compartir un libro de Peter Handke, por ejemplo, a compartir un fin de semana de pasión en un hotelito rural. Y todo sin que medie el compromiso formal. O sea, que el amigazgo sería la fórmula ideal para aquellos que se bañan pero no se mojan. Una relación líquida a lo Lipovetsky con la garantía de la eternidad sin leyes. Un invento moderno para evitar ahondar demasiado en el amor y empezar a ponerle titulares que lo contengan. Un retozo sin puertas al campo ni visitas a IKEA los sábados por la tarde.

Un purgatorio sentimental. Un síesnoes cardiaco que no duele. Un desfiladero donde alguien tapó las vistas al barranco. Un mientras me lo pienso me lo tiro. Un ahora sí, ahora no. Un estado intermedio que a ratos es un estado carencial.

Un paraíso sobre el papel al que ya se le adivinan las grietas. Pero que da para una disgresión simplona de mañana con dos cafés y enormes ojeras.