martes, 28 de abril de 2015

EL GINECÓLOGO Y LAS MUJERES

Cinco personas de mi entorno cercano acuden a la misma clínica ginecológica. El boca a boca, pensaréis.

(Pero en el ginecólogo a la boca no se le ha perdido nada. Hay otros órganos más protagonistas)

Hasta que hace unos días fui yo en calidad de acompañante. Hora y media en una sala de espera convencional. Varias puertas de las que salían enfermeras y un trasiego de mujeres a punto de quitarse las bragas. El sujetador. Subirse a los potros con estribos de acero congelado. Responder a la pregunta de cuándo fue la última regla. Abrirse de piernas sin ganas. Bajar el trasero al borde de la camilla. Encogerse al sentir el trasiego alborotado de espéculum y manos tomar muestras del fondo sur de la vagina. Respirar. Volver a ponerse la ropa interior, esa coraza. Subirse los pantalones. Abrocharse la blusa. Recuperar la dignidad.

Y entonces salió él.

Dos metros de ¿ginecólogo? recién escapado de la pasarela. Moreno, rondando los cuarenta, encantado de haberse conocido. Perfecto para un anuncio de Coca-Cola. En bata blanca, me pareció, pero no estoy muy segura. Ancho de hombros y estrecho de caderas. Mi amiga y yo nos quedamos calladas. Discretamente. Él pronunció un nombre, paseó su mirada de sol por esa sala  y enfocó en una mujer que ya se dirigía a él con sonrisa bovina. Salió poco después con los ojos encendidos.

-¿Pero ahí hacen mamografías o es una cámara oculta para grabar un proceso de excitación general de adolescentes a abuelas con un señuelo infalible?

Una mamografía, para los hombres que paráis por aquí, es un aplastamiento a una presión insoportable entre dos planchas duras donde una tiene la sensación de no volver a recuperar jamás la forma natural de sus pechos. Y encima te los fotografían. O sea, que quedan pruebas para la posteridad.

Pero ese dios tenía lista de espera y juro que ni una sola de las señoras y señoritas que atravesaron esa puerta salió con cara de haber sufrido ni un poquito. Todo lo contrario.

Revisión gicecológica
Me planteé seriamente cambiarme a esa clínica, pero luego pensé que la técnico que me tortura habitualmente tiene su encanto. Un encanto aséptico y carente de toda compasión. "Yo también tengo pechos", parece decirte cuando te los coloca con firmeza y aplasta con saña indisimulada. Y te duele, pero te haces la valiente porque a las mujeres nos han enseñado que los primeros órganos del placer pagan su impuesto revolucionario en el taller de las revisiones.

Mi ginecóloga es una borde. Sí. Una teniente alférez cuyo mérito es conocer el mapa de mi intimidad desde hace más de quince años y cierta sagacidad para detectar anomalías. Sus dedos ya no me atemorizan. Pero reconozco que siento cierta angustia cuando paso a su consulta con meses de retraso sobre el plazo anual reglamentario.

-Te tocaba en enero. Estamos en mayo.
-En serio? No había caído...Estoy muy liada.
-Ya, pues un día te llevarás un susto. Esto hay que tomárselo más en serio.
-Por favor, no me regañes que ya vengo regañada.
-Es tu salud, no la mía.

Y pienso: "No te jode". Pero no lo digo porque temo que, tumbada y abierta ante sus fauces me pellizque como por un descuido, o me aplaste el pecho izquierdo buscando un bulto inexistente. O me raspe con saña con el bastoncillo de la citología. O me castigue como a una niña pillada en un renuncio.

Y me pregunto por qué las mujeres asumimos tanta falta de delicadeza con la excusa de la salud. Por qué no protestamos con pancartas. Por qué nos separamos de nuestro cuerpo para no sentir cuando nos abren en canal, la desvergüenza, el desgarro. Y nos quitan las bragas sin pasión. Y nos presionan las mamas sin cariño. Y nos sentimos reses en una sala de despiece. Y es todo supernatural.  Todo por nuestro bien. Y es una mierda.

Y en esa clínica sin duda se han dado cuenta y han contratado a un modelo, un figurante. Y al día siguiente convoqué reunión de urgencia con las cinco que van como pacientes, y esto es lo que escuché.

-Yo me quedo muda cuando entro y me coloca las tetas con cuidado. Y me dice: "Están muy bien".
-Ay el primer día que le vi, ¡no me salía la voz, de los nervios!
-Pues mi novio me esperaba en la sala de espera y cuando me preguntó qué tal no quise darle los detalles.
-Menos mal que solo hace las mamografías, porque sería mucho más duro que te mirase entre las piernas...

Podría escribir un libro de relatos ambientado en el ginecólogo. Una cámara fija, tal vez. Manos que van y que vienen, mujeres en un potro, piernas abiertas, pechos al aire. Miradas de temor. Máquinas infernales. Desnúdate. Vístete. No respires ahora. Debes palparte en la ducha. He encontrado un bulto sospechoso. Mañana te harás ecografía. Ponte el sujetador. Relájate. Si todo está bien, nos vemos al año que viene...

Y quien dice un año, dice año y medio... Salvo las que van al doctor Macizo, que apuran y regresan a los nueve meses. Que las mamas las carga el diablo.







viernes, 24 de abril de 2015

LO QUE DE VERDAD IMPORTA

Antes los pufos se aireaban y las enfermedades se escondían. Tener un padre traficante era más llevadero que un hijo con síndrome de Down. En mi infancia los llamábamos "mongólicos" y no era cruel-intencionado, sino resultado de una época que no había conocido la corrección política y campaba a sus anchas señalando lo distinto con el dedo y urgándose después la nariz.

Leo que una madre ha convertido en viral el video donde habla de sus hijas. Una de ellas autista. Y sólo veo dignidad. Y ser visible lo encuentro glorioso y necesario. En la noticia de al lado los presuntos empiezan a ponerse sospechosamente colorados. Y me parece muy bien. Como si poco a poco las cosas fueran poniéndose en su sitio.

Cuando yo iba al colegio había una vecina que ocultaba los suspensos de sus hijas. La ropa ¿sucia? se lavaba en casa, y las cloacas familiares eran un asco que vertía a los patios de vecinos. Hoy las madres y los padres -no todos, cierto- hacemos outing de los tropiezos de nuestros hijos con la esperanza de sentirnos parte de una grey que nos anima, nos refuerza y le quita hierro al ¿fracaso?

La otra noche, en una cena social, el destino me sentó al lado de una madre de ocho niños. Más joven que yo, por cierto. Confesé que Minichuki no lo peta precisamente con las notas. Pero que todos los días de su vida se disfraza y canturrea o hace performances muy originales. No voy a discutir la necesidad de que los niños sepan matemáticas, lengua o inglés. Pero sí que las habilidades artísticas en nuestro sistema educativo sean poco  o nada valoradas por los currículos educativos. Y que lo que hace mi hija sea "perder el tiempo con tonterías" en lugar de expresarse con inusitada libertad y con fórmulas agitadas que me asombran cada tarde cuando llego a casa y me la encuentro envuelta en una sábana, con una corbata vieja de su padre y unas gafas de espía.

Antes los niños éramos buenos o malos según un criterio del franquismo social: los obedientes y estudiosos eran los buenos. Los rebeldes e inquietos, los malos. 

Y había "subnormales" y "mongólicos". Y "aborto" era un insulto. No un dolor de cabeza para un gobierno conservador.

Por supuesto yo fui mala, aunque me salvé de la quema cuando abracé el mundo de las palabras y solté la pesada carga de los números. Y hoy me llaman poco la atención los "niños buenos", ya lo siento. Aunque detesto a los maleducados y crueles. Y a sus padres y madres, ya de paso.

Admito que arrastro el fantasma de una niña a la que le dieron con la regla invisible en los nudillos.  Han tenido que pasar muchos años para darme cuenta de que crecí en un ambiente sofocante donde la virtud era ser igual que el resto. Y donde si rechistabas te caía un bofetón.

Y lo que era educar hoy lo llaman mal trato.

Ayer pasé el día en un hospital con mi hermano. Hablamos de aquellos maravillosos años que nunca fueron tales. De cómo nos pintaron la vida de colores cuando era blanca y negra. Del miedo que teníamos. De cómo uno sobrevive a la infancia como puede, y la convierte en un cuento a conveniencia, más falso que la madre de esas niñas que "nunca" catearon un examen. Pero que llega el día en que hay que hacer cuentas con tu historia. Sacarla del armario, ventilar sus estancias. Ser libre, ser tú. Duela o no duela.

Y entonces Minichuki me cuenta que el otro día, en clase de religión, "una compañera lesbiana" le espetó al profesor que la Biblia censura a los homosexuales. Y el profesor juró por sus muertos que eso no es así y retó a la pequeña a demostrarlo. "Y entonces ella leyó algunos trozos, mami, que traía subrayados, y todos aplaudimos. ¿Cómo puede ser que haya un dios que no quiera a todo el mundo?". 


Me pareció glorioso que con doce años y en un colegio católico un niña se sienta libre de disentir de un profesor (si lo hace con respeto, desde luego). Y lo cuestione todo. Y que todos sepan que es lesbiana. Y que mi hija no tenga problema en contárnoslo a la mesa con naturalidad y confianza. Y me vi con esa edad y siempre conteniendo el deseo de salirme del tiesto. Y me parece un milagro haber llegado hasta aquí con tanta contención, y no haber estallado cual granada de mano en el desierto.

A los niños de los sesenta nos vendaron los pies como a esas japonesas. Fuimos, probablemente, la generación bisagra. Y hoy nos enfrentamos a hijos que nos dan sopas con honda. Menos obedientes, menos sometidos. Menos educados en el sentido aquel de los modales. Menos reprimidos. Más irritantes. Más exigentes. Más dispersos. Más materalistas. Puede que menos cultos... Menos atentos. Puede...

Y es una tentación subirse al discurso de cualquier tiempo pasado fue mejor. Porque es mentira.

Hoy hay madres que cuelgan un video contando el autismo de sus hijos y encuentran comprensión y solidaridad. Y hay hijos que expresan su sexualidad sin miedo y cuestionan la biblia si hace falta. Y me parece que sólo por eso hemos avanzado mucho, muchísimo.

Y espero que mi hija encuentre algún día una forma de ganarse la vida creativamente. Yo no pienso darle con una regla jamás por disfrazarse, sino hacerle un álbum precioso con todos esos looks. Y abrirle las ventanas, y las puertas...




martes, 21 de abril de 2015

SARA Y LOS SUPERPODERES

Mi niña Sara fue y volvió. El techo como bóveda de azúcar, luces frías. Pilotos encendidos. La máquina del vending con esos sandwiches tiesos que masticábamos sin ganas. La Enfermera del Amor,  pelirroja y urgente, atravesando pasillos como un rayo. Llamaradas de grito, camitas alineadas en sus boxes. Mi hermano siempre en bata, mascarilla y fundas en los pies para no alterar su respiración leve con el roce de sus pasos. Volar hasta su cuerpo. Su heroína. Tan pequeña y tan grande. Días, semanas, ¿meses?.

El aleteo de la vida, defendiéndose a muerte. Tic, tac, tic, tac.  Y ella con una espada mágica, furiosos los dragones. Cornetas anunciando la batalla. Gominolas.

Y entonces, recibo un mail de I.

(Nos montamos en el coche y las niñas me preguntan  si estás escribiendo un libro. Les digo que sí y que hay capítulos en los que salen ellas.  Sara entonces me pregunta “si hablas de su enfermedad de los 3 años”. Le comentó que no lo sé y después de un minuto callada, dice que a ella le gustaría ser protagonista de una de tus historias...)

Contaré, mi niña, que ya eras protagonista sin saberlo. Que hubo un día a la carrera y una manchita roja en tu cuerpo. Y luego se pararon los relojes. Nunca hemos sabido qué hacías volando más allá, las esquinas de aquella habitación furiosa como agua en remolinos, un tornado.  Caballitos de mar,  anclas de barco. Tu frente despejada y esos ojos abiertos como platos. Sin miedo y sin ositos de peluche. Heroína total de cuentos aún no escritos. Y lo mirabas todo y todo era preciso, así como hablas tú. Y te gustaba el rosa, y eras la capitana de la flota guerrera. Y tu hermana R. a tu derecha, bebé recién nacido como un ángel, te sujetaba el velo de colores. Y escupías palabras y helado de vainilla.

Si imagino la infancia pura, desnuda de mohínes y maldad, siempre me sale Sara.

Nunca nadie ha sido tan protagonista como ella. El día más feliz de nuestras vidas fue el día que volvió de la guerra. Su cuerpecito exhausto, algunas cicatrices ya rosadas, el puño bien en alto. Paliducha y montada a lomos de su miedo vencido y exultante. Y nos miraba atónita volcarnos en su pelo, acariciándole brazos, cuello, heridas, besando sus mejillas, el hueco de su cuello. Sus clavículas de cristal, los piececitos.

Volvía con un manto de oro puro, el viejo protector de pesadillas. Tan dulce y tan serena como ahora.  Y todos la buscamos a la mesa, que es como se requiere a los valientes.  Y aún nos sobresalta cuando juega a los médicos. Y su madre la avisa cuando va a sacar sangre porque así lo ha pedido. No teme a las agujas. No le impresionan nunca los regueros de rojo. Y contempla la vida con mirada muy sabia y extrema gravedad, como si ya supiera lo que viene después.

Se llama Sara y tiene súperpoderes. Respira despacito y huele a almendras.

Fue antes de Navidad, y fue nuestra mejor Navidad. Su regreso triunfante. Los tambores. Una diosa vikinga, una princesa sin Disney.

-¿Qué hacías ahí fuera, tanto tiempo?
-Salvaba a muchos niños de las garras de un pulpo gigantesco y venenoso.

(Seis años después mi hermano, si se le mira bien, aún lleva en la piel la marca de esa bata. Un tatuaje negro que le recuerda que vive con un ángel. Su madre, la Enfermera del Amor, acude feliz al hospital y dicen que a veces vierte flores de colores por esa sala blanca. Caballitos de mar. Puro milagro)

Dedicado a mi sobri. Con la promesa de escribir ese cuento...con su ayuda.


domingo, 19 de abril de 2015

¿SI TE GUSTA RAPHAEL ERES MODERNO?

El mejor sustituto del sexo es una buena serie de televisión. También está la comida, que es un clásico. Pero la serie no engorda, te la llevas a la cama, no echas migas y alcanzas tantos orgasmos como capítulos sin tener agujetas al día siguiente. Es inodora e incolora. Puedes hablar de ella con otros viciosos y nadie te llamará ninfómana sino drogadicta. Lo cual es mucho más llevadero y sexy en según qué círculos.

Eso sí, eres la serie que ves y debes asumir la tormenta de prejucios que se desencadena con el outing. Alguien me dijo el otro día que veía "El Príncipe". Una españolada donde sale un macizo de mirada felina y sex-evidente y dos guapas de salón que no puedo juzgar,  pero apuesto a que no resistiría ni un capítulo. En este punto no quisiera parecer una esnob. Sólo una víctima de la calidad. Ir de más a menos es siempre un riesgo. Ocurre con todo. Si en lugar de Lefties vas de Prada difícilmente serás feliz con un bolso de imitación. Si lees literatura caviar es raro que termines dándote un banquetazo de literatura Whopper sin que te den retortijones a nivel hipotálamo.

Y luego están esas regresiones autojustificativas que uno comete con la excusa de "este libro me lo he comprado para la playa". Y la playa es ese comodín necesario para ventilar las lorzas del invierno, la fritanga con esa horterada llamada tinto de verano y las letras de poca monta también llamadas best sellers. Y nada que juzgar al respecto.

En mi entorno psicoprogre sin alharacas (sea ésto lo que sea) hay confesiones que no se admiten o se reciben con un mohín menospreciativo: Ser de derechas (excepto de Ciudadanos), ser de izquierdas (excepto de algún partido romántico y desaparecido), ir a misa (salvo que incluya un Requiem con su coro, no valen grabaciones), llevar medias color carne, beber cócteles rosas con nombres cursis, aplaudir a Bernard Henry-Levy, criticar a las putas, airear los logos, confesar que te gusta un cantautor, ligarte a un funcionario o a un militar, ir a sesiones de mindfulness, el tofu como base alimenticia, las blusitas con chaqueta boba, los muebles de IKEA a todo trapo, "El Gato al Agua" (salvo para hacer mofa y befa del presentador) y los documentales de animales de la 2.
Raphael



Si no eres modernícola pero tampoco carca (término obsoleto que me convierte en eso, precisamente) vives en una Tierra Media insoportable donde pasarte de la raya es igual que no llegar.  Y observas con desmayo cómo los más guays adoran a Raphael, igual que los extraconservadores. Y llevan vestiditos lánguidos (igual que las señoras), y se tragan el Sálvame y lo airean con orgullo y sólidos argumentos como "es puro Shakespeare". Y tú, que no eres ni una cosa ni otra, decides no caer en esa trampa y te compras el disco de Paco de Lucía, que parece no agrede a ningún influencer, y visitas iglesias sin arrodillarte ante nadie, y juras por tu vida que detestas los concursos de la caja boba. Y que no has visto  Master Chef. Y notas que estás de más en las tertulias de tus queridos modernos. Y que es un gap generacional intrínseco. Aunque algunos tengan tu edad.

Ayer me acosté con Kevin (de nuevo) y he dormido de un tirón. A este paso, le digo a J, perderé todo mi sex appeal cimentado en el insomnio y la desorientación. Porque he ido solita a la T-4 de Barajas en dos ocasiones (parking incluido) y sé cómo ahogar a mi coche para que arranque y me lleve a los confines de mi vértigo. No fumo, bebo sin remordimientos y sufro hasta que escucho a mi hija rasgar la cerradura con sus llaves, siempre al alba (las madres modernas llegan media hora antes que sus hijos). Detesto la ordinariez y me niego a aplaudir a esos mitos grotestos que salen en Supervivientes o la isla de los despelotados. Sí, seguro que si rascas te montas una teoría de alto alcance intelectual, pero no deja de ser una treta.

Yo prefiero zamparme un Whopper completo el día que me da por ahí. Y es mierda, ya me consta. Pero no haré una disertación sobre el detritus como trampolín hacia el olimpo de la razón pura. Me falta mamarrachismo y me falta erudición.

Y no pagaría por ir a un concierto de Raphael. Ya lo siento.

Pero me sé todas las letras de sus hits...















viernes, 17 de abril de 2015

CORTA, PERO ANCHA (RODRIGO RATO VS CALAMARO)

Rodrigo Rato detenido
1.Un hombre detenido en su casa es empujado firmemente por la nuca para entrar en el coche. La imagen más demoledora del extodopoderoso Rodrigo Rato hubiera sido un poco menos letal sin la mano de hierro de ese funcionario gigante mostrando todo el poder y el peso de la ley. El guante de seda no lo vi por ningún lado. Asumo que no está incluido en el pack. A veces la justicia llega en el momento más oportuno para otros. Pero si es justicia, bienvenida sea.

2.Me regala mi querida amiga F. un libro titulado "¿Dónde están las monedas?. Las claves del vínculo entre hijos y padres" (Joan Garriga Bacardí) que asegura que una versión clásica del enamoramiento consiste en esperar que el otro tenga aquello que no nos dieron nuestros padres. "Un pareja es una relación contractual y no incondicional. Hace que las personas se despidan de la infancia". No había pensado en esta clave para explicar tantos fracasos. Sí en que si no estás en paz con tu historia familiar es difícil escribir la tuya sin demasiadas faltas de ortografía. El libro no es un ejercicio de estilo literario, ni siquiera de corrección, pero diría que en este caso no le hace falta. Ganas de leerlo y subrayarlo este fin de semana.

3.Mi  I. está viviendo algo que yo misma viví a su edad. Una enorme decepción. La sensación de que ahí fuera hay tipos que engañan poniendo cara de buenos. El deja vu me sacude hasta el hígado. No sé qué decirle, no hay consuelo. Al final le cuento mi historia y que el interesado me pidió perdón 25 años después. Que hay quien no te merece, que fue demasiado pronto. Que pasará... Me doy cuenta de que recuerdo perfectamente el día, el lugar, la voz que me dio la noticia, las lágrimas adolescentes y cómo aquello afectó al después. Querría cambiarme por ella, su tristeza y mi experiencia. Sólo me sale acariciarle el pelo y llamarla en diminutivo. Mi niña.

4.Hoy es viernes y nada malo nos puede pasar. No encuentro mi declaración de la Renta. Tampoco los anillos de mi abuela. No sé qué comeremos hoy. Tengo que entrenarme para la carrera. Y en breve cambiar el colchón que las noches de insomnio ya pasaron y está lleno de sombras que se mueven.

5."La vida es corta, aunque ancha", reflexiona Andrés Calamaro en sus memorias. Mi querido U. diría alguna burrada de índole sexual al respecto. Pero su alergia salvaje le impide afilar la pluma de esa lascivia divertida. "Desde que tengo memoria recuerdo dos o tres Papas en el Vaticano pero un solo Bob Dylan". Este libro me provoca curiosidad y sonrisa. Puro viernes.


miércoles, 15 de abril de 2015

EL SECRETO DE LAS PAREJAS SIN SEXO

Hillary Clinton ha mostrado al mundo una serie de fotos de su álbum privado como estrategia de cercanía en su carrera a la presidencia de los EEUU. La intimidad en tiempos de Facebook ha dejado de ser lo que era. Creo que lo más cool hoy es cultivar el misterio. O si no, la desvergüenza.

Hillary pasará a la historia como una mujer inteligente y ambiciosa que tragó el sapo de los cuernos de su hombre con una becaria incauta, apretó los dientes blanqueados y lleva desayunando bicarbonato desde entonces. Y a lo mejor es una actitud sabia. Las mujeres menos listas que ella preferimos evitar las úlceras y sólo tiramos de Álmax cuando se nos va la mano en las comidas.  

Hillary no es rencorosa, y de su álbum escoge esas imágenes bucólicas de cuando Bill era un efebo lindo y ella una feúna con gafas de miope resuelta a llegar a la cima aun con bastón de ciega. 

Desde que me chuto "House of Cards" siento que estoy haciendo un master en parejas. Mi observación implacable de especímenes en IKEA y en los restaurantes era de ingenua aprendiz, de pringada sostenible, ahora lo veo. Hay un cemento entre dos que siguen juntos mucho más fuerte que la costumbre, la pereza o el miedo al cambio. Dos que aspiran a coronar una cumbre no tienen tiempo de entretenerse con naderías tales como si ella se está tirando al chófer o él a la periodista jovenzuela. El sexo, lo dijo cierto señor pillado en un renuncio hace unos años, "es un aburrimiento y está muy sobrevalorado". Lo importante en una unión es la certeza de que el otro comparte tus metas y tu falta de principios. Nada relaja más que no ser juzgado por la estatura moral del otro. Que te pillen cuestionando la eticidad puede ser mucho más peligroso que el que te sorprendan en la cama con otro hombre/mujer.

El romanticismo, visto así, es muy de clase media y popular. De conformistas. Un adorno hortera para pobrecitos sin ambición que jamás llegarán a una casa blanca ni rosada. Como mucho, a una tienda en un camping lleno de pringados que se magrean en las siestas y lo llaman amor. De golpe he entendido que los valores del ascenso social para parejas son claves a la hora de perpetuarlas. La intimidad es invitar a tu jefe a casa, al jefe de tu jefe, a la prima del jefe de tu ex jefe y que tu mujer o tu marido les sirva un champán francés y, si procede, les toque la rodilla por debajo del mantel mientras te guiña un ojo.

Ayer, en el capítulo que vi volviendo en tren, Robin Wright visita al guardaespaldas del marido, Kevin Spacey, que agoniza en la cama de un hospital. "Yo odio a su marido, si lo he protegido todos estos años era por usted", le confiesa. Y entonces ella, conteniendo de forma magistral el gesto de sorpresa, le cuenta cómo le pidió su esposo que se casara con ella: "Me dijo, si lo que quieres es felicidad, di que no. Pero te prometo que conmigo no te aburrirás". Y acto seguido mete la mano bajo la colcha del enfermo y empieza a masturbarle. "¿Era esto lo que querías, verdad?".

Como soy muy clase media y muy escrupulosa me estremecí con la secuencia. Mi compañero de AVE, un comercial catalán empeñado en pegar la hebra, aprovechó para preguntarme si sabía cómo cambiar un billete por internet. Compuse un gesto a lo Robin y respondí que no. Él a esas alturas no despegaba el ojo de mi pantalla, y creo que me hubiera molestado menos que me mirase directamente al escote. Quedaban diez minutos de capítulo y Atocha se ofrecía ante mis pies, inoportuna y gris. Frustrada, tuve que apagar el ordenador. El hombre hablaba con su ¿señora? en la clásica conversación de pareja: "Ya estoy llegando, Margarita. Sí, desayuné un café con porras en las estación. A ver si puedo cogerme el de las cinco de vuelta y pasar a buscar a los niños al colegio".

De repente respiré aliviada. Compararse con Margarita era mucho más llevadero que medirse con Robin. Pensé que para Margarita unos cuernos de su marido comercial de éxito serían una puñalada. Y que para él Margarita lo era todo. Y perderla, la soledad de no tener a quién avisar de que has llegado a Atocha. Y supe que tal vez esta pareja de desconocidos se rompa un día, pero que Hillary y Bill Clinton seguirán en la salud y en la enfermedad. Hasta que la muerte los separe...







domingo, 12 de abril de 2015

PEDAGOGÍA PARA INFELICES Y FERLOSIANOS

Pecio es una palabra destrozada, contrahecha

Leyendo ayer la entrevista de Babelia a Rafael Sánchez Ferlosio pensé que es una pena que la muerte les ronde a algunos con tanta lucidez sobre la vida. Hay quien muere sin llegar a apenas dos o tres certezas, y hay quien completa el puzzle y lo explica con palabras que no se lleva el viento. Y, repito, es una pena.

No es que quiera matar a Ferlosio, desparramado de barba de dos días, y lúcido a sus 87 años, es que me impresiona que un autor que estudié en el colegio y en la universidad siga hablando de literatura y diga cosas como “Yo no retoco nada. Que vayan con Dios los libros”. Si a los 15 años me hubieran dicho que el autor de El Jarama o Alfanhuí alumbraría sentencias como las que leí ayer, hubiera devorado ambos libros en lugar de considerarlos una carga necesaria para aprobar. O no, porque hasta para apreciar unas palabras hay que haber hecho algo con tu vida y eso son años. Algunos, nunca.

De manera que uno se puede despedir del mundo sin haber entendido nada. Sobrevolando apenas la superficie de los días y escuchando a bobos con suerte vomitar proclamas políticas que soplas y se dispersan como pavesas de un libro ardiendo. Y está bien que sea así porque si no la humanidad sería un ejército de intensos difíciles de digerir. Y eso me lleva al titular de Ferlosio: “La profundidad es un invento”.

Pero él se ha decantado por los pecios, por los restos del naufragio. Por lo que queda cuando el tiempo hace de las suyas con el hundimiento. Las conchas enredadas, las algas devorando el óxido del casco. Las promesas de amor mal entendidas. Y lo digo mientras la vista se me pierde en el mar y en algunas plataformas petrolíferas que convierten el horizonte en una película en blanco y negro a punto de arder como esa plata que el sol convierte en llamas y es Nerón.
Rafael Sánchez Ferlosio

Me gustan las palabras destrozadas, contrahechas, reversibles, elocuentes, intercambiables, bifrontes, asimétricas. ¿Profanas?

“Las palabras sagradas no están ahí para ser comprendidas, sino obedecidas. Las palabras tienen que ser profanas. Deben tener un agujero”.

Me apunto, señor Ferlosio, a buscar términos con agujeros, barcos a punto de naufragio, diamantes en bruto o semibruto, estelas desmayadas de avión que surca el aire y hombres que han aprendido y no se conforman.

Entiendo, ya lo entendí, que el dogmatismo es una tapadera para inseguros. Que el retoque mató las carnes de las diosas y las hizo de plástico. Que asumir el cuerpo es una victoria sin paliativos. Y, ya de paso, me planteo pensar por qué los viejos de esta isla van en bragas a la playa. Aireando sus miserias con desparpajo rayano en desesperación. Sin atisbo de ideales estéticos. Desafiando las olas con sus pellejos caídos. Como pecios abatidos por una marea díscola. Entregados al yodo y a las algas. A un paso de morir y ser devorados por las medusas con cresta rosa llamadas aguavivas.

Y lamento no recordar las industrias y andanzas de Alfanhuí, pero este Ferlosio viejo, pero jamás vencido, me resulta coqueto y fascinante. Un agujero en un tornado de palabras, los pelos disparados, las manchas en la cara y unos ojos que interpelan a bobos y a pequeños. Si todo está en los libros ¿qué haceís con vuestras vidas?

“Un tópico verbal se refiere a una mentalidad. La alegría no puede ir sola y tiene que ser sana. Hay un sustrato moral. Esas tres están elaboradas para los pobres por la clase ociosa, como la llamaba Veblen. Son un programa pedagógico para los infelices”.

Benditos sean los infelices. Sólo si permanecen inconscientes. Así lo veo yo, admirado Rafael. Con insana alegría. Voraz. Envuelta en agua. Renacida.


martes, 7 de abril de 2015

INSTRUCCIONES PARA MATAR AL PRINCIPITO


-No -dijo el Principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
-¡Ah!…, es una cosa muy olvidada -respondió el zorro-. Significa “crear lazos”.
-¿Crear lazos? -preguntó el Principito.
-Así es -confirmó el zorro- Tú para mí, no eres más que un jovencito semejante a cien mil muchachitos. Además, no te necesito. Tampoco tú a mí. No soy para ti más que un zorro parecido a cien mil zorros. En cambio, si me domesticas…, sentiremos necesidad uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo. (El Principito). 

No recuerdo la primera vez que leí a Antoine de Saint-Exupéry. Era una niña, desde luego, y me pareció que el Principito era un ser extraño y revolucionario que hacía que las bóas comieran elefantes y hablaba de domesticar como de hacer amigos. Cuando fui madre se lo regalé a mis hijas y recuerdo haberlo hojeado de nuevo y haberme vuelto a deslumbrar con esos diálogos aparentemente simples que encierran un misterio. El cuento había crecido conmigo y me daba claves desde el desafío de esas ilustraciones bellas y toda la excentricidad de una frase incógnita que no ha envejecido.

Serás para mí único en el mundo.

Debo confesar que siempre preferí a este pequeño lunático que al Platero de Juanramón. Que al Príncipe de la Bella Durmiente. Que a los animales absurdos de los insoportables poemas de Gloria Fuertes (espero ser perdonada pero ya de niña sentía impulsos irrefrenables de estrangular a esa mujer).  También que no siento apego por lo naif por infantil, sino por su capacidad de tornarse haiku. La simpleza con tantas capas como una matroska. No me atraen los simples salvo cuando su ausencia de pliegues obedece a que no han rendido su pureza. Su capacidad de asombro. Su confianza en el hombre.  La infancia como un papel en blanco me aburre que me mata. El cine infantil como género siempre propicié que fuera un plan de padre con hijas. Detesto las braguitas con muñecos, las princesitas Disney, la Colonia Chispas y los especiales de moda infantil en las revistas que visten a niñas y niños de fashion victims con mohínes diabólicos de seducción. 

No encuentro encanto alguno en ese empeño terco del cuerpo en experimentar brotes de piernas y brazos sin que el cerebro se estire lo más mínimo. El dadaísmo lo admito si extermina al dios Dadá. El balbuceo sólo si compone una melodía. 

Pero pocas películas me resultan tan bellas como Big Fish, ese cuento delicioso que ha perpretado un niño díscolo llamado Tim Burton desde la sabiduría adulta de tocar esos resortes de la fantasía, el valor, la amistad, el desapego, la tolerancia y el amor, y que nos ha acompañado tantos viernes de chicas en mi casa. El cine adulto para niños y padres, frente a esos bodrios infantiloides que anestesian a uno y someten a los otros en las largas tardes de tedio de un domingo cualquiera.

-Debes tener suficiente paciencia -respondió el zorro- En un principio, te sentarás a cierta distancia, algo lejos de mi sobre la hierba. Yo te miraré de reojo y tú no dirás nada. La palabra suele ser fuente de malentendidos. Cada día podrás sentarte un poco más cerca.

Tiene razón el zorro sabio. La palabra suele ser fuente de malentendidos. A veces conviene domesticarla, como la amistad exuperiana. Evitar que brote libre si no aporta todos los elementos para expresar algo sin dañar al otro.  Creo que voy a releer de nuevo El Principito para desintoxicar mis desmanes adultos y enamorarme otra vez de ese marciano viejo. Quiero pedir a un extraño que me dibuje un sombrero. Asumir que lo esencial es invisible a los ojos. Buscar gallinas para mi nuevo amigo. Esperarle a las tres y que irrumpa a las cuatro. Dejarme impresionar por el relato. Juzgar lo preciso, amordazar al juez. 

Volver a disculparme por llamar cuento infantil a una historia adulta. Lo mismo sigo siendo una niña curiosa que suelta palabras y responde sin música a lo que nadie le había preguntado.

-Lo mejor es venir siempre a la misma hora -dijo el zorro- Si sé que vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a estar feliz desde las tres. A medida que se acerque la hora más feliz me sentiré. A las cuatro estaré agitado e inquieto; comenzaré a descubrir el precio de la felicidad. En cambio, si vienes a distintas horas, no sabré nunca en qué momento preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
















lunes, 6 de abril de 2015

QUÉ BELLO ABRIL SOS VOS

1.Arranca el trimestre más optimista y benévolo del año. Días largos, perezosos. Feria del Libro, cenas intempestivas en terrazas, reapertura del chill-out casero, escapadas al mar, espalda al aire, pasión sin recato. Me parece mentira haber sobrevivido al Otoño y atravesado la viga estrecha como una funambulista torpe de invierno.

2. Recibo flores al despertar, como una virgen sin palio. Qué fácil es alegrar a una mujer, les cuento a las chukis. Aunque deberían saberlo ellos. (Vale, sí, las flores no bastan, pero ayudan...)

3.Yo solita he conseguido conectar ordenador, tv y un altavoz que convierte la serie de mi vida (de mi última vida) en un sensurround tan vívido que espero que el protagonista aparezca en cualquier momento en mi salón a engañarme con su traje Saville Row y su perfume francés. Pues que sepas que te tengo calado, pero que me dejaré estafar encantadísima.

4.También sola y con una paciencia inédita desatasco parte de la memoria de mi teléfono. Ayer J. con su cariño de alta fidelidad y su cuerpo de gimnasio pasado por inmejorable genética se ofreció a acercarse por mi oficina y hacerlo por mí. "Tú llévate todos los cables del teléfono y ya verás qué fácil, cariño". Con amigos como él una puede ir sin cables por la vida. La amiga hobbit de mi madre lo caló enseguida mientras celebrábamos los fastos de mi cumpleaños -como la reina de inglaterra, en mi caso duran una semana, puede que dos- "Hay que ver qué bien eliges a tu gente, nena, a este J. también me lo llevaría yo a mi casa". No me extraña...

5.Tortu y yo hemos reeditado nuestra historia de amor. En ausencia de las niñas, ayer compré un bote XXL de su asqueroso alpiste de gambas, lavé a conciencia su Versalles jaula y la dejé explayarse un rato por el suelo de la cocina. Nuestra mascota duplica su tamaño tras hibernar y es tarea inutil pretender sorprenderla pegando el estirón entre febrero y marzo. Cuando me acerqué con la comida me miró con amor. Juraría.

6.Vuelvo a clase, como alumna motivada. A las 8 am. cada lunes, cada miércoles. Voy tachando la casilla de los asuntos pendientes, que crece a diario y sin agobios. Debo hacer la lista de lecturas por su orden. Noto celos en los autores, algunos desde el más allá de sus tumbas. Escucho Bach para acallar las otras voces. Duermo a pelo, sin química. Abril es mi mes, definitivamente.


domingo, 5 de abril de 2015

QUIERO SER ROBIN WRIGHT (EX PENN)

Convengamos que escuchar gregoriano en viernes santo  en la catedral de Cuenca después de haberte despachado media pierna de cordero es la hoja de ruta perfecta hacia la santificación. Kirie, miserere, espíritu y carne. Mucha carne.

Escucho mientras escribo al grupo Schola Antiqua, que me hizo levitar desde el asiento del coro con sus voces celestiales mientras el frío nos obligaba a taparnos, tiritando,  con una manta de avión y el despegue al firmamento era predestinado y excitante. Antes y después las procesiones nos llevaron por las cuestas de una ciudad para escaladores y me torcí varias veces el tobillo. Castilla es seca, enjuta de fe y cero festivalera, lo que casa con mi carácter cuando no se me van los pies por la casa al ritmo de Vonda Shepard. Uno no puede quedarse indiferente al paso de un Cristo muerto, silencio absoluto sólo roto por las pisadas dolientes de los nazarenos, todos portando velas en una procesión de muerte, cuando de pronto un grupo empieza a entonar un réquiem solemne y la calle se abre como un ataúd negro y se te queda el cuerpo sobrecogido de luto y asfixiado de incienso.

Para compensar, a la vuelta J. me regala House of Cards. Cinismo, sexo, drogas, poder, mentiras deliciosamente destiladas y ese hombre que amo, Kevin Spacey, y esa mujer que ya querría yo, Robin Wright ex Penn, en un recital de pecados envueltos en un guión perfecto y unos estilismos que me hacen palidecer de envidia. Otro pecado capital.
Cuenca

Lo mejor de pecar es la sensación de revolcarse en el barro sabiendo que luego tirarás del Libro de Danzas de la Muerte (para organetto, órgano gótico y vihuela de arco) y serás perdonado. O no. La buena noticia es que el perdón no requiere más contricción que la propia. La mala, que si no amas la polifonía, ese temblor de la música sacra dirigido a ateos, temerosos de dios y mediopensionistas, lo mismo te da por contar tus andanzas más oscuras a un señor vestido de cura que podría ser el dueño de un bar con capirote. En la cuesta de San Pedro una pareja de nazarenos tontea sin ocultar sus intenciones y me parece deliciosa y refinada la mezcla de deseo y religión.

Más regalos por ser un año más madura: "Un hombre enamorado", de Karl Ove Knausgard, y al fin "El Jilguero", de Donna Tartt, tantos meses postergados. Voy a necesitar tres vidas para tanta cita de amor, me temo, y sopeso la idea de pactar con Lucifer a condición de que no me vete el canto gregoriano. Tanta promiscuidad empieza a ser preocupante incluso para mí. La mesilla de mi cuarto desbordada -"¿los estás leyendo todos a la vez, mi niña?"-.

Leer es como acostarse con cuatro y no saciarse.

Vuelvo al Requiem Medieval y expío mis
culpas. Me santiguo tres veces, me parto de risa. De golpe tengo ganas de fiesta. De una gran fiesta con todos mis hermanos, mis amigos. Libre de culpas, bye bye Semana Santa. Chute de House of Cards, escapada en avión a mi Destino. Placeres a destajo. Deliciosa culpa sin culpa. La carne, el amor y la palabra.