martes, 9 de febrero de 2016

ANATOMÍA DEL MATRIMONIO UNIDO (Según Josep Pla)

"En todo caso, si la soledad es irresistible, no se puede negar que es barata. No hay ningún avaro que no sea un solitario. No hay ningún avaro que no lo sea también de sentimientos y palabras".

En una primera aproximación a Josep Pla -tímida, aletargada por la hora y sus recogimientos-  me divierte hacerle cosquillas desde el lomo de su "Cuaderno gris" y abrir, como si tal cosa, la página que el azar me ha destinado. Una, dos, tres veces, en un pizzicato distraído y gozoso que no me deja margen para la decepción.

No. Aún no subrayo pero me incendio de curiosidad. El hallazgo está ahí, ante la urgencia de mis ojos, y fantaseo con fingirme enferma y dedicar la jornada a devorar palabras con hambre y urgencia de soldado. 

"Cuando canta parece que se prende fuego", dice de un tipo. Y luego pontifica que lo difícil en la literatura es describir. Así que los que se ven incapaces, opinan.

Opinar es, por tanto, un síntoma de falta de recursos. De ahí que se estile tanto en la política y que se hayan inventado las tertulias para dar cauce a tantos impotentes empalmados de sí mismos. Seres de flácida complexión intelectual que se agarran a una aseveración vaga y difusa como a un clavo ardiendo. (Yo misma opino demasiado y después de ti pienso entrenarme en la descripción como alternativa razonable, diría que salvífica).

"Algunos opinan por encima de sus posibilidades". Escuché una vez a una serpiente.

El asunto de la avaricia. Ese no darse no sea que nos desgastemos. Hay en el solitario un miedo a ser engullido. A claudicar de ego y cederse si el resultado es más miseria. El solo tacaño, lo que es el solo, querría dispersarse en quien le dé alas, no tropezarse con ellas en el vuelo de albatros estéril, limitado,  de un martes de salón o comedor delante de un plato frío de lentejas.

Lo que es el matrimonio. (No siempre, algunas veces. ¿A menudo?. Y el choque ya no hiere, de puras cicatrices. Y las alas del otro, impertinentes, se espantan como moscas, distraídos y sin soltar el mando de la tele)

Y ahora el señor Pla habla de esto, justamente:

"Los matrimonios unidos (muy raros) son un compuesto formado de un temperamento alargado por el amor propio y un temperamento acortado por el sentido del ridículo. Hay uno que empuja, teatral y enfático -que tanto puede ser el hombre como la mujer- y otro que cede con misteriosa sonrisa de conejo".

Hay en el solo vocacional, en la sola ensoñada, un temperamento acumulativo. Muchos papeles que no le toca nadie y muebles sin esquinas que no desgarran sus medias de cristal. El silencio como bálsamo y la nevera como una máquina de vending generosa y poblada al gusto singular, presente indicativo. Quesos, espárragos, yogures de soja, chocolate con kikos. Por ejemplo. O eco sin urgencia de reposición. Ya saldré, si es que salgo. ¿Para qué salgo? ¿Para quién salgo? ¿Y si no salgo?

Y en la avaricia de la posesión, el solo real o imaginado colecciona tesoros de naufragio. O recoge alborozado la botella que le lanzan al otro lado de su mar. Y sale de la guarida y agradece.

-¿Puede usted decir cuál ha sido el encuentro capital en su vida? ¿Hasta qué punto dicho encuentro le dio, le da, la impresión de lo fortuito, de lo necesario? (André Breton y Paul Eluard preguntan a Giacometti. Revista Minotauro, 1933).
-Un hilo blanco en un charco de alquitrán líquido y frío me obsesiona, pero simultáneamente veo pasar, una noche de octubre de 1930, el andar y el perfil -una pequeña parte del perfil, la línea cóncava entre la frente y la nariz- de la mujer que a partir de ese momento se desenrolló, como un trazo continuo, a través de cada espacio de las habitaciones que yo era. Ese encuentro me dio y me sigue dando, pese a la sorpresa y el asombro, la impresión de lo necesario".

El asombro impresionado de lo necesario. Eso que al solo le vuelve del revés. Le desconcierta al hacerle reversible.  ¿Qué diría Josep de este particular? Abro de nuevo el libro, entregada a su azar. Como quien lee un horóscopo queriendo interpretarlo en su terreno.

"El matrimonio debe ser un rodeo para ir a otras dos formas de amor: el amor de padres a hijos y el amor de hermano a hermana, que es el modo en que acaban los matrimonios cuando el fuego se ha acabado. El ideal sentimental del hombre debe de ser el de la hermana imaginaria...".

¡Qué grande Josep Pla!. Qué delicioso elogio del incesto sobrevenido. Qué caldo de cultivo el matrimonio. Qué legión de solos buscando un piso grande donde chocar lo justo. Avariciosos perdidos, cerrajeros de su ego, casi mudos...  A la espera inesperada, crucial y casi agónica de la impresión de lo necesario. Ese milagro.










lunes, 8 de febrero de 2016

EL MISTERIO DEL POLVO DE TÉ VERDE

Encontré una vieja moleskine garabateada con mi letra de ayer. Otra letra, que no era la mía, había escrito: "Palermo en Semana Santa, digamos el 4 del 4". La misma letra me sugiere "Fuga sin fin", de Joseph Roth, y me dibuja un bosquejo de mapa amorfo donde pone "África". Lo más parecido a un mapa del tesoro.

Dos páginas antes, mi letra: "Retirarme al campo, esconderme como anticipación de la muerte y supresión de la vanidad". Y una página más allá: "Sin vesícula, limpio".

La intriga del diario de tu hermana, pero fisgando el tuyo de ayer. No siquiera un diario, anotaciones a vuelapluma, garabatos, paso del edding azul al pilot negro.

Y ahora una dirección: "Pensao Amor". Rua do Alecrim, 19. (La busco en Google, precipitadamente. Abigarrado restaurante con aires de museo y barroquismos varios. Cortinajes, brocados y lámparas, terciopelo en las butacas. La sensación de que no he estado nunca pero me quedé muy cerca. Más Lisboa).

De pronto, recuerdo. Sancha la portuguesa en un avión de vuelta de Puerto Rico dictándome direcciones imprescindibles con su acento fadista y sensual. Debía comer el helado de fresa y caramelo de Santini en Chiado y cenar en la Taberna Ideal. Ignoro si lo hice, si traicioné su animosa generosidad con mi escasa diligencia. Era ayer, pongamos 2012 o poco más. Ni una sola fecha entre esas páginas.
Pensao Amor. Lisboa


"En España hay veneración por los rones oscuros, dulces...El mercado te orienta y te bloquea". Y al final: José Sánchez Gavito, maestro ronero. Bacardí. (Pienso en Lágrimas Negras, irremediablemente. En Bebo Baldés y El Cigala)

"Sufro la inmensa pena de tu extravío,
siento el dolor profundo de tu partida
y lloro sin que tú sepas que el llanto mío
tiene lágrimas negras
tiene lágrimas negras como mi vida"
.

El pasado en una moleskine es más pasado. Huele a humedad con moho, a largos vuelos de avión con pasaporte y sello azul o rosa oscuro. Las voces se mezclan, cogen cuerpo, no como esas notas de hoy en el teléfono que mañana morirán en tus descuidos y se dará por bueno. Una explosión demoledora y el olvido.

Shingo Gokan, apunté entonces. ¿¿Y ese quién es??

La escritura manuscrita, la manuescritura, es añeja como el ron dulce. Pasa el tiempo y se transforma. Nostalgia de anotaciones rápidas, de subrayados tercos y cierta incoherencia que hoy sugiere un acertijo. la misteriosa identidad de ese hombre que dibujé en trazos breves, angulosos, con un "no tiene la green card seis años después". Y justo al lado: polvo de té verde.

Polvo de té verde. Y una tarjeta de Calvin Klein Milán. Aquel viaje de trabajo.

Viajes. El poso común de la libreta son los viajes. Hay listas de equipaje, algo así:

"Botas, chupa de cuero, Melatonina, Atarax. Depiladora... (Me río de la intención de J. Quiere ser talibán y quemar todas los los centros de depilación láser como primer acción revolucionaria. Chamuscar a los de los pelos chamuscados. A los asesinos del monte de Venus de todas las Venus del planeta. Sin Venus no hay evocación. Sexos de niña púber. Activismo o muerte).

Me propongo rescatar todas mis moleskines del ayer, revolución pendiente. Antes de que otro los encuentre y quiera interpretarme sin recato. África, es mi deseo y mi destino. Un poco de Palermo, pongamos que en abril. Y ese Chiado que ya olvidó las brasas del incendio con el frío de un helado de vainilla. Y volver a pasear por San Juan, mi alma al trote del cementerio desmayado al mar, o el malecón. ¿Había malecón o había luna y esas ranitas coqui le bailaban el agua?

Un avión urgente, eso preciso. Debo buscar entre las pistas que me escribí ayer sin pensarme destinataria. Asombro, curiosidad, polvo que me hace estornudar al paso de las páginas.

Y en la última, sólo una dirección: Padre Damián, 23. ¿Sería un médico?

Después, el vacío de más hojas en blanco que ya no rellené. Lo di por bueno. Después vendrían muchos viajes. Ahora sueño Marruecos, no sé por qué. Apunto contigo.










jueves, 4 de febrero de 2016

EL DÍA QUE ME HABLARON DE GUY KAWASAKI

Guy Kawasaki
"Hay que contratar a gente que sea mejor que uno mismo".

El otro día D. me puso sobre la pista de un tipo para mí desconocido llamado Guy Kawasaki. Un crack de las startaps, un inspirador de patrones empresariales de éxito. Un flautista de Hamelín del márketing capaz de encabezar una estela de 10 millones de followers a los que imparte lecciones de know how que en realidad son lecciones de vida. "Es un fenómeno, empezó con Steve Jobs...", me dijo D. 

Me metí en cuanto pude y leí el resumen de la charla. Hay que contratar a gente mejor que uno mismo, decía, y me pareció que pocas veces sucede. El jefe, el jefe mediocre -hay muchos- tiende a asegurarse de que nadie le pisará, le pondrá en un compromiso de talento. Arriesgará su rol de macho de la manada. El miedo y la inseguridad hacen equipos timoratos, gente que no nos pondrá en un apuro, castrati dispuestos a decir amén a cualquier gesto del líder. Obedientes que languidecen en un jarrón al que nadie le cambia el agua.

Rodearse de mejores. Esa es la clave. Las personas más hastiadas que conozco tienen entornos laborales poco nutritivos. Se han agostado. Ya no pueden dar más, están esquilmados, y nadie los nutre. Eso mismo sucede en las parejas, en muchas parejas. Uno da, el otro recibe. Y cuando al primero se le hinchan las narices o se le acaba el maná entran en un estado de gravedad flotante donde se limitan a mover sus cuerpos sin apenas chocar. Y se dan las buenas noches con alivio.

"Ahora toca ampliar la plantilla, pero con gente que ame lo que hace el emprendedor, para lo cual hay que ignorar a quien no sienta de esta forma, por muy buenas credenciales académicas y profesionales que presente". Brillante, simple, puro sentido común, pero qué habitual es nuestra ceguera ante un currículum apabullante. El mundo está lleno de tontos con idiomas. De desapasionados con máster. De aguiluchos sin vocación de nada que no sea zamparse la carroña de las bestias que otros cazaron. Kawasaki, un tipo sonriente y seguro, al menos eso parece en las fotos, habla de "evangelizar" y no da miedo. Contagiar el entusiasmo por un proyecto es un trabajo duro que no admite desfallecimientos. Se trata de creer o no creer. 

"No hay que dejar que nadie le diga que esto o lo otro no se puede hacer. No hay que escuchar a los derrotistas porque, entonces, la idea empresarial nunca saldrá adelante". Leo y asiento. No hay nada menos sexy que un perdedor haciendo apología de sí mismo. La derrota autoinfligida, me parece, es un nicho seguro para algunos. Una tumba.

Me quedo con las ganas de saber más. Anoto algunos títulos publicados por él: "El arte de empezar", "Cómo volver locos a tus competidores" o "Reglas para revolucionarios". Hago la lista mental de personas que me rodean y son mejores que yo. Me salen unas cuantas; en el trabajo, en la amistad y hasta en mi propia casa. Alegría!

"Todo empieza con hacerse tres preguntas básicas: qué necesita la gente, si la forma de satisfacer esa necesidad es interesante para las personas y si no hay una manera mejor de hacerlo". Simple, muy simple. Los pomposos vendemotos que se aseguran de que tú no entiendas lo que dicen encierran mucho miedo. De tu confusión depende su futuro.

No hay nada tan satisfactorio como conversar con seres brillantes, aunque a veces tarden meses en hablarnos y en darnos una pista necesaria. Gracias,D.




martes, 2 de febrero de 2016

LOS LÍMITES MENTALES (preguntas de tus hijos que no debes obviar)

Las mejores preguntas son las inesperadas, esas para las que no hemos habilitado una respuesta y nos obligan a rebuscar entre la paja de pensamientos, a veces a la desesperada, hasta dar con una aguja. Habilitar una respuesta es como preparar la habitación de los huéspedes. ¿Si no tienes habitación de huéspedes te quedas mudo? No, te buscas la vida e improvisas un camastro al fondo del pasillo.

Cuando haces una entrevista a alguien notas cuándo has preguntado algo único, distinto -alta costura- y cuándo te sirven el pret-a-porter de las respuestas. La culpa, si la hubiera, suele ser más del entrevistador que del entrevistado (sujeto paciente, pacientísimo). Y de nuevo debo citar a SP: "Toda persona entrevistada acaba reducida a los límites mentales de su entrevistador".

Casi siempre somos capaces de decir cosas más interesantes de las que decimos, sólo hay que elegir bien el con quién. Me sorprende la ligereza de nuestra aproximación a un interlocutor. A menudo elegimos frontones, paredes planas e inamovibles,  donde nos devuelvan la pelota en el mismo sitio para tirar desde el mismo ángulo. Poco riesgo, poco lucimiento. Pero el día en que dejas el frontón y empiezas a jugar al tenis con un rival que te obliga a hacer torsiones, estirarte, subir y bajar a la red, ese día extraes lo mejor de ti mismo y es una bacanal estimulante.

Ayer pensaba que los seres humanos funcionamos a base de rellenos. Estaba, sin duda, preparándome para el curso de filosofía para profanos al que me acababa de apuntar en un impulso de obediencia a mi amigo el innombrable -el artista antes llamado J.E-.  A mí me pones un "profanar" delante y me envalentono. Profanar es como violar pero en bonito, y un curso sobre violación del pensamiento se me antoja la mejor forma de encarar preguntas para las que no tengo respuesta. Sobre tres temas prefijados: el deseo, la creación y la felicidad. O sea, una sucesión encadenada que explica la Vida: deseas, ejecutas y celebras (o te frustras si la cosa se da mal).

El deseo es la madre del cordero. El otro día, atardecer de domingo, paseé con mi hija mayor por un Madrid desganado por esta primavera prematura tras un día de cocooming generoso al que no le pusimos pega alguna. I. sentía deseos de contar y de expresarse. Lo hizo a borbotones, como una mente joven y sin embargo ágil, vehemente. Me obligó a algunas contorsiones, no tenía respuestas preparadas. Sentí que era mi deber confeccionarlas y ser honesta sin causar desgarros de palabra (que es obra y omisión, digan lo que digan los curas). Me asombró su mirada sagaz sobre las relaciones pese a su escasa experiencia en el amor. Yo apenas balbuceaba, ella era una metralleta de incógnitas y disparaba sin darme resuello. Sentí ese orgullo de madre superada por sus hijos. Volvimos a editar el placer del paso a dos, del juego de la verdad (esa entelequia). Luego me detuve frente a la iglesia de mi antiguo colegio. "¿Me acompañas? No he entrado en 30 años y me gustaría ver cómo está?". Ella declinó, entré yo sola,  y hablamos como sigue:

-¿Por qué te gustan tanto las iglesias?
-Porque son sitios de paz si están vacíos. Me gusta entrar a oscuras y pensar.
-Pero es por el arte, ¿no, mamá?
-No sólo por el arte. Yo muchos días entro y paso unos minutos sentada y concentrada, reflexionando.
-Ah, ¡pero no es para buscar a dios! ¿Qué es lo que buscas?

Esta semana me han hecho dos entrevistas. Diría que las dos satisfactorias. Una más enredada en el ancla con algas de las letras y autores, otra en los avatares de la cotidianidad estirada a los límites donde la carne duele o el tirón molesta a los demás. Pero sin duda alguna la mejor entrevista me la ha hecho mi hija. Desde la urgencia infatigable de sus diecinueve años. Y noto que aún tengo agujetas, que lo que respondí ha seguido respondiéndose solo, allá por mis adentros. Que me provoca más ganas, que me duele y me deja, sin embargo, con esa sensación eufórica de haber violado, o profanado, un territorio virgen de mí misma.

Igual que un buen partido.

domingo, 31 de enero de 2016

MI CAMA Y LAS VISITAS (de fugas y de oboe)

La Madre. Sorolla
La cama de mamá es el consuelo. El origen de todo, sus piernas y sus brazos. El calor trasnochado, el frío inquieto y plomo de la madrugada. La ternura sin alas. El cobijo con caldo de gallina.

 "Volví entonces a la cama, busqué en la almohada el olor de la sal que los cabellos de Marie habían dejado en ella y dormí hasta las diez. Me quedé fumando cigarrillos, siempre acostado, hasta mediodía".

Albert Camus siente debilidad por la cama. Su Extranjero se acuesta, se levanta o se sienta en el borde y recibe. (Sin ventilar la habitación, suponemos, con el aroma acre a humanidad envolviéndote hasta la asfixia, suponiendo que tú fueras la visita).

Y entonces es mi hija: "Mamá, me duele mucho la cabeza pero no es lo de siempre. Me encuentro fatal, no he dormido". Y me conmueve mi niña -ya mujer- tan sola y tan de noche sin querer perturbar el sueño de su madre. Y le preparo -hace un rato- un zumo de limón con miel más su pastilla. Y le ofrezco en susurros: ¿Quieres acostarte en mi cama, chitina? Y ella que sí, temblorosa y con ojeras bruscas y negras de vigilia.

Plan de fuga
Y corro a estirar las sábamas y acomodo el edredón en las esquinas. Parece que esta noche se ha librado un combate, aún late el calor entre los pliegues aunque hace rato ya que la abandoné después de despertar de una atroz pesadilla. Me perdía en el pueblo de Asturias a donde siempre vuelvo. Confundía el camino a la playa, ese muro de piedra majestuoso, y aparecía en un lodozal plagado de babosas. Una y otra vez. Con mis Nike cada vez más sucias y la desolada certeza de que no había salida.

El miedo a perderme es el Gran Miedo.

Y espanto ese temor antes de que ella se acueste y me lo herede. Por suerte duermo siempre con la ventana abierta, haya viento o tempestad, y mi respiración se ha evaporado. Coloco con delicadeza las cuatro esquinas y aliso las arrugas de las almohadas. Saco el cojín de las rodillas -a ella no le hace falta. Aún no ha tenido tiempo de acumular manías, menos durante el sueño-. Corrijo los desmanes del embozo. La llamo: Vente.

Llega con pasos torpes, se sumerge en mi cama, la arropo como entonces y le beso la frente. "Gracias, mami". Y me apena no poder hacer más, y encuentro que es un bulto de niña, que ha menguado a pesar de que hace tiempo que desafió mi estatura.

La cama es el lugar donde morimos cada día. Donde recuperamos la infancia fugitiva, donde invocamos soledad, sexo y liturgias. Lecturas a destajo, interrumpidas. Todo, menos comer. Las migas son puntas de alfiler cuando te tumbas, como lo son los granos de arena de la playa (recuerdo esos viajes de juventud primera cuando el azote de sol te hacía tumbarte al volver de la playa y rebozar las sábanas; aquel polvillo microscópico de salitre se quedaba a vivir, y era molesto acostarse. De ahí mi fobia a las partículas. A todas las partículas pequeñas.

¿De verdad dejas que tus amigos duerman la siesta en la cama?, clamaba ayer mi hermana. "No me parece normal que un amigo se acueste cuando lo invitas a comer". "Estás llena de prejuicios", contesté con desdén y se molestó con razón. Yo dejo mi cama a quien me da la gana, y no soy precisamente generosa. Pero es un gesto de mucha confianza que te pidan dormir y tú concedas el placer del máximo abandono. Y mi hermana tuerce el gesto y se encoge de hombros.

Anoche horizontal, recordaba las palabras del artista Juan Giralt en el Reina Sofía. "Casi toda mi vida pictórica he batallado por sacudirme las sucesivas prisiones en las que me he encerrado, a veces por poco tiempo, otras por demasiado". Y luego Ignasi Aballí, sus secuencias irónicas. Palabras desmembradas, colores y estrategias nada simples en salas muy desnudas donde apenas entraba nadie y se perdían nuestros pasos.

Buscando escaleras, y ventanas y fugas. (Lo mismo esa escapada sin éxito ha sido la causa del sueño turbio. O el propio Albert Camus. O la mezcla de tres).

Y hoy.

La casa está en silencio, mis chicas duermen. O al menos respiran lento, como los confiados.

La cama es el tormento y es la tregua. Bendito sea tu sueño.

PD. Gracias por tanto oboe. Sumergida me encuentro.




jueves, 28 de enero de 2016

DE MEDUSAS Y MACHOS


Sostiene T. que hay fantasmas que se quedan a vivir en nuestra casa y se apoderan del mando de la tele. Uno no los percibe hasta que, en sobresalto, pasa de estar viendo el Telediario -esas imágenes de niños sirios famélicos de ayer deben seguir quitándonos el sueño- a los "Dos Hombres y Medio" del anodino guapín de nombre Ashton Kutcher (ay, Charlie Sheen, cómo te echamos de menos las clásicas. Ese humor sarcástico y esa sonrisilla de lobo libidinoso no tenían precio).

Metabolizar el pasado. De eso se trata. Las tardes con T. son trampolines hacia una selva oscura donde habitan los monstruos burlones. Grasas muy saturadas que bloquean las arterias del yo y que cuando se diluyen dan ganas de bailar claqué en pleno paso de cebra. Esa mezcla de euforia y libertad, de la que tanto habla mi S.P en sus habituales tandem de palabras servidas con fármacos y té en el Ritz.

Una vez en el Ritz de París me hice un Lady Di con un famoso director de cine y su novia groupie. Los directores de cine gustan de cultivar parejas que los idolatren. O eso creo después de haber visto algunos casos y a riesgo de caer en la trampa de la generalidad, siempre perversa. Talento debería buscar talento, no pleitesía, me parece. Uno debe nutrirse y no regodearse con ayuda de una rubia y hasta de una morena, pero el ego del macho (y de algunas hembras, menos, seré paritaria por pura convicción) se hizo carne de pronto y acampó entre nosotros.

Con T. y su madeja tejimos la admiración como principio base de atracción entre dos, en todas las instancias: padres/hijos, amigos, pareja. Uno admira y se aproxima, y espera ser también nutritivo para el otro. Lo malo es que a veces el festín no se comparte, y ves al soberbio director -a veces diocesillo- con la churri escuálida a su grupa, riéndole las gracias mientras va haciéndose transparente como esas medusas torpes de la playa que se quedan pegadas a la arena y mueren de sequía o aplastadas por las palas de los niños.

Uno mira y admira. Se crece en el otro y se multiplica. El gozo de tirar a la red, esperar el contragolpe y correr a devolver la pelota. Y luego están esos que buscan la victoria a toda costa, pagando con el tedio si procede. Egos mediocres ansiosos de una cla que los aúpe. Onanistas que alquilan una mano para darse gustito. Y a veces son parejas duraderas. (Hay tantas clases de amor como bichos en el cauce del Amazonas).

A T. le parece, en su atalaya de quien vio todo y no se escandalizó por nada, que los humanos tendemos a compensar las taras. Como las escoliosis te obligan a caminar en una semicojera imperceptible para fingir donaire. Lo malo es confundir tu espalda con su espalda. Ashton el guapín ya me parecía irritante en sus primeros estadíos, pero directamente se puse una cruz (con raya) el día que colgó en redes sociales una foto de Demi Moore  donde explicaba que "su mujer" le estaba haciendo un servicio (a la vez que mostraba al mundo la retaguardia airosa de la doña)."Ahora mismo estoy viendo a mi mujer planchando mientras lleva puesto un bikini blanco. Gracias, Dios".

No tengo nada en contra de planchar la camisa a un hombre. Incluso en bikini. Pero de ahí a ser exhibida como trofeo de caza hay un trecho. Me caíste fatal, guapito bobo. Me hice demimoorista sin remedio perdonándole incluso esa astracanada llamada "Ghost" que tanto daño ha hecho al imaginario romántico basado en cine flojo. Ella te dio las llaves de Hollywood, y luego la cambiaste por dos de quince años. Lo más crudo del caso es que hoy tú triunfas y te forras -no debes ser tonto pese a tu expresión absorta- y a ella se la ha tragado la tierra con bikini incluido.

Esas medusas tristes. Esos lobos voraces que parecían corderos despistados. Sin ellas os quedaís huecos. Eso va a ser.

Nota: Hacerse un Lady Di: salir  por la puerta giratoria del Ritz de París, como la princesa minutos antes de estamparse en el Puente del Alma. (Conviene no subirse a un coche después).


"Ahora mismo estoy viendo a mi mujer planchando mientras lleva puesto un bikini blanco. Gracias, Dios"

Ver más en: http://www.20minutos.es/noticia/459074/0/demi/moore/bragas/#xtor=AD-15&xts=467263
"Ahora mismo estoy viendo a mi mujer planchando mientras lleva puesto un bikini blanco. Gracias, Dios"

Ver más en: http://www.20minutos.es/noticia/459074/0/demi/moore/bragas/#xtor=AD-15&xts=467263
"Ahora mismo estoy viendo a mi mujer planchando mientras lleva puesto un bikini blanco. Gracias, Dios"

Ver más en: http://www.20minutos.es/noticia/459074/0/demi/moore/bragas/#xtor=AD-15&xts=467263Nota: Hacerse un Lady Di

miércoles, 27 de enero de 2016

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA

Hoy mamá ha muerto.
O tal vez ayer, no sé.


Arranco "El extranjero", de Albert Camus (Alianza Editorial, preciosa edición ilustrada), acariciando con devoción el papel tras huir de las zancadillas tecnológicas de un teléfono móvil desabrido. Terco como una mula, se enciende y apaga a placer, y me marea con una superposición de pantallas que yo no he ordenado. Decididamente, la tecnología se ha confabulado contra mí y al nuevo aparato que encargué y llegó ayer no le da la gana de arrancar si no introduzco una clave que no recuerdo.

Las claves son una condena. Mi condena.

Tengo una clave para entrar en mi banco, otra para desbloquear el teléfono, una tercera para entrar en el ordenador (que mis hijas conocen, por cierto). Tengo la clave del equipo MAC de la oficina. La de la impresora. La del I-Pad que no uso. La del cajero automático. La del ADSL. Y así... Mi vida está llena de trampas, de posibilidades de quedar bloqueada por mi mala memoria para los números combinados con letras. Como ladrona de cámaras acorazadas no tendría futuro.

Sí, a veces las apunto en lugares muy secretos y ocurrentes. Tanto, que terminan siéndolo para mí en cuando pasan unos días. Y esa zozobra de tropezar con mis propias trampas me impacienta hasta la irritación máxima. De modo que hace un rato le he pegado un bufido a mi hija porque ha venido con el uniforme lleno de Cola-Cao pidiéndome que solucionara su pequeña catástrofe. Soluciona tú la mía, pequeña impertinente (me ha faltado decir)

Quiero volver a ese tiempo en que no abríamos el ojo y estábamos conectados por mil cables y sometidos a la invención y memorización de fórmulas secretas. Donde para eso había brujos y adivinos. Donde salíamos de casa y nuestros padres no sabían más de nuestros pasos hasta que regresábamos pidiendo el bocadillo de Nocilla. Quiero ser fugitiva de letras y de números. 

-Este móvil me tiene que durar por lo menos tres años (dije con una solemnidad bien pasada de rosca)
-Anda ya, mamá. ¿No sabes que están diseñados para que se te rompan en menos de dos?

Pues no quiero nada que me dure tan poco. Necesito una tregua tecnológica. Un respiro. Vade retro a la obsolescencia programada. Quiero poder acostumbrarme a un teléfono como me acostumbro a una almohada entre mis rodillas o a un tono de rubio.  Quiero tecnorutina, amor eterno en dosis de altas megas. No despertarme otra vez de madrugada -las cuatro últimamente recidivas- y comprobar que la pantalla muestra un símbolo de exigüe batería. Quiero la paz y la palabra.

Pero la cotidianidad se obstina en demostrarme que estos pequeños mostruos me son muy necesarios. Ayer quedé a comer con un antiguo compañero de trabajo. Se retrasó media hora y no me lo pudo comunicar. Sentí el vacío de la impotencia programada (prima hermana de la obsolescencia?). Me pedí una cerveza que apenas probé. Hice y deshice cábalas. Suspiré con alivio cuando al fin apareció. Me aferré al móvil a la vuelta como a un hijo pródigo arrepentido. Pensé en las dichosas claves. Y no las recordaba.



martes, 26 de enero de 2016

CLASIFICADA "X"

Paz Errázuriz. Mapfre
1.Cada vez que escucho o leo lo de los "barones" del PSOE mi ánimo vuela al medievo y se enreda con la estela de los merovingios, que llamaban así a los hombres poderosos y a los maridos (leo y descubro). Que no haya barones en otras formaciones me da qué pensar. Entiendo que el pobre Pedro Sánchez se acogote ante esa horda de machos alfa que le tientan el cuello con los aceros de sus espadas cuando se envalentona y pide pista para pillar banquillo azul a cualquier precio. Y que directamente tiemble si el barón es baronesa y responde al casto nombre de Susana.

2.Cuando quiero cambiar la realidad pero no puedo arremeto contra la palabra que la nombra. La doblego. Por ejemplo: excatología (con x, así me sale. La "s" se me hace débil y excasa en su ortodoxia para tan recusable sustantivo). También quisiera que fe llevara tilde, porque una fe sin brío es postureo de beata hincada en banco de iglesia sin retablo. Tengo quien anda elaborando con amoroso desvelo vengativo una lista de mis taras ortográficas, y no descarto que termine publicando un diccionario (dix-ionario?).  Incorporará, espero, estrafalario (lo prefiero con extra, ya lo siento). Lo mío con las x es para hacérmelo mirar, tienes razón Pepito Grillo. Pero es tan dulce ser reconvenida y tan estimulante el duelo que no descarto ampliar el cuerpo del delito y sembrarte de minas el camino por puro regocijo. Con kariño. ("Avive el seso y despierte, contemplando cómo se pasa la vida...y blablabla").


3.Me escribe mi amiga P. desde Málaga en temblores: "Me levanté a las 5, como siempre. A  las 5.22 h me cagué de miedo, no daba crédito. Me fui para los cuartos, agarrando las puertas del armario para comprobar no sé el qué...Entré en mi dormitorio y M. se había despertado porque la cama se movía. "Un terremoto", dije. Levantamos a los niños y en pijama nos fuimos a la calle. Después se volvieron acostar sobre las 6 y yo me fui a correr". Mi amiga es así, práctica y propensa a imponer cordura cuando el caos se extingue (con x, espero). Sonrío en la distancia y noto que la echo de menos.

4.Cita en la Mapfre para ver la exposición de la chilena Paz Errázuriz. Conmovedora crudeza de cuerpos de ancianos desnudos (menos desvalidos que con ropa, descubro sorprendida ante la dignidad de los pliegues en tropel). Elogio de las putas con colchas de cama rosa y paredes desconchadas verdiagua. Aburrido, para mí, el fotoperiodismo de lo ya contado. Y tan reconocibles esas imágenes que son idénticas a las de nuestra Movida, ese momento en que nos creímos modernísimos y lo vestimos con grandilocuencia inmerecida. Con un clon de McNamara desnudo y en escorzo ante el espejo.






lunes, 25 de enero de 2016

O ERES BISEXUAL, O NO ERES NADIE (Y EL TRANS COMO BANDERA)

Ser heterosexual es una ordinariez. Una vulgaridad. Un despropósito muy de conservadores y de conservatrices.

De un tiempo a esta parte lo cool es la bisexualidad. O, aún mejor, la cosa trans (menos las grasas, que obstruyen las arterias).

No sé cuántas listas he leído últimamente de nombres de Hollywood que se lo montan con hombres y mujeres, y nada que objetar, salvo que logran que me sienta muy poco interesante a nivel sábanas. Uno debe aferrarse al hecho diferencial que sea. Y ser hetero no es ni un hecho. Sólo una triste condición de cobardes que no se han atrevido a probar más. Al parecer.

El padre de las Kardashian, Caitlyn Jenner, era hombre y atleta olímpico por fuera de nombre Bruce, y ahora es un mujerón que acapara portadas (bien por Vanity Fair) y defiende su género indestructible. Ese que uno lleva por dentro y a veces la obstinada naturaleza se lo niega. El marketing ha preferido pintar la peripecia como un camino fácil y glamouroso, como si luchar contra la dictadura del cuerpo no fuera embarcarse en una canoa rumbo a la tormenta perfecta.

Una vez escribí un reportaje sobre la transexualidad. Yo era demasiado joven como para haber catalogado las tristezas más abisales del mundo. Recuerdo a dos hermanas que habían nacido hombres y, tras ser rechazadas por su familia y su entorno social, terminaron ofreciendo sus cuerpos a cualquiera que pagase una miseria por esa sorpresa, imagino que morbosa, de descubrir un miembro de hombre dos palmos por debajo de un escote de silicona chunga.
Paco León y Bertín Osborne

Me contaron relatos de terror. Me sentí perturbada. Desajustes que no se aliviaban con un simple diván. Miseria y dudas que sólo la cirugía -inasequible a sus bolsillos-parecía poder aliviar. Y un cóctel de hormonas en el mercado negro que les daba sofocos, y los trasplantes de algunos desalmados que dejaron sus pechos llenos de bultos tóxicos.  Y pocos amigos o ninguno, y más chulos de los que un ser humano que se vende puede llegar a tolerar.

Las hermanas hablaban y hablaban, sin ningún freno y sin ahorrar detalles sórdidos, a esa jovencita convencional del mundo Bambi que no se había asomado al infierno de Dante sino en los libros. Recuerdo que pensé que los transexuales debían ser los seres más desagarrados del planeta. Pasé noches sin dormir. Escribí lo que pude, tuve que convencerlas de que posaran para la revista donde entonces trabajaran. Me costó mucho, pero por fin accedieron. Eran hijas de militar, me parece, y sus familias iban a verlas con los labios pintados, desafiando sus figuras grotescas por la causa más sagrada que uno cabe pensar. Me pareció valiente y arriesgado. Recuerdo que pensé que debía disuadirlas una vez convencidas. Que mi revista iba a hacer negocio a costa de su exigüe reputación. Estaban destrozadas, no eran mujeres fuertes de portada defendiendo su yo.

Y ahora el trans es muy guay. O así nos lo venden. Y la visibilidad es justa y necesaria, aunque la que nos muestren sea la cara del trans triunfador. Del que pisa alfombras rojas y no calles sin alma, de madrugada hostil,con la bragueta abierta y mucho frío. "Yo sólo creo en los travestis", decía U. un día, y nos reímos todos. Y un travesti juega, se rellena los pechos, se pone su bling bling con falda y tacones y luego se desnuda, pero un trans no puede arrancarse el traje. Se duerme como hombre o como mujer que siente y que no es, con un pesar insomne y desgarrado.

Así que no puedo evitar que me moleste la frivolización de esta cruzada. Y que cuando contemple a Caitlyn Jenner vea por detrás la sombra de aquellas dos hermanas. Y vuelva a escucharles sus listas de venéreas, sus hígados cargados de toxinas, sus listados de drogas ingeridas para no sentir; su corte de clientes pidiendo maniobras con nombres que no habían entrado en mi vocabulario hasta entonces. En el coche, en las aceras o detrás un árbol junto al Museo de Ciencias Naturales.  A precio de saldo. Su  amargura sin flores. Sus penas a granel. Su lumpen lapidario.

Y respecto a lo otro, la bisexualidad, pues nada que objetar. Que ustedes lo disfruten. Entiendo que una pueda llegar a enamorarse y disfrutar el sexo con otra una mujer contradiciendo a una biografía llena de hombres. Y también viceversa, faltaría. Creo en que entre el homo puro y el hetero puro existen muchos grises, y que explorar es de sabios. Pero convertirlo en una moda de modernícolas me llega a chirriar. Que la bisexualidad sea como los pantalones plata de J.A Anderson (bien por Loewe) o los botines más dominatrix de Louboutin es una simplificación. Una cruzada estética que llega a confundir con un mensaje claro: esto es lo cool, ¿te enteras?.

O a lo mejor yo soy una conservadora y merezco ser vapuleada y expuesta con la letra escarlata en la pechera. Y sólo se me ocurre alegar, señorías, que me encanta la moda y que la sigo o me divierto a su costa. Otra cosa es el cuerpo, y eso es algo sagrado, incorruptible. Y bendita sea la intimidad más libre. Y qué dolor no poder expresarla con un desnudo que te muestre como eres, y no como has salido por un cruce de genes diabólico.


sábado, 23 de enero de 2016

VEINTE MIL DILETANTES Y UN ARTISTA (Y una buena película de cine español)

"Probarlo todo, al modo de un crítico goloso, no es más que diletantismo; y veinte diletantes no valen lo que un solo artista. Hacer una sola cosa tiene más valor que comentar mil. Todo el follaje de un manzano no equivale a una manzana". (Amiel. En torno al diario íntimo).

Anoche un hombre en mangas de camisa se repartía el poder a rugidos con los suyos sin haberlo catado todavía, y me pareció una insolencia chulesca que en el fondo era la fuga de las ganas. Al fin las verdaderas intenciones. El amor al poder no se crea ni se destruye, sólo irrumpe impetuoso como río en crecida.

La ambición. No he conocido a ningún ambicioso que disimule bien. En algún momento se le asoma un pico de la camisa por la bragueta. Es difícil contener lo incontenible. Fingir que nos importan los demás cuando sólo adoramos el santo de nuestra peana es un ejercicio de autocontrol que un día falla. Lo hago por tu bien, te dirán mientras se miran al espejo y se preguntan: ¿A que soy el más guapo, espejito mágico? Y antes de que responda el espejito se besan y se tocan en ese frenesí incontenible y furioso de los avaros del yo.

(Cuando más contemplo a los políticos, más creo en los domadores silenciosos de palabras. Una tarde con mis hombres en prosa es un planazo de viernes. Con la ventaja -maravilla- de que he aprendido a tolerar sus obsesiones como ellos toleran las mías. Amiel el onanista, SP el retroprogresivo. Amiel el misógino enfermizo. SP el seductor sin moralina).

Sus miedos a la deriva, destapando los míos. Y esa obstinacion de soledad que no se extingue.

Las Vegas cañí
Antes, comí con R. en un casino con olor a ambientador pasado de fecha. "Huele a Las Vegas", sentenció. No sé a qué huele Las Vegas, a cerrado y a sexo, me imagino. A puticlub barato, a coche averiado en la cuneta con la radio que escupe música de ascensor. Nuestra mesa en lo alto, con vistas a las mesas de black jack. Mi amigo enamorado, que se tienta la ropa y que me cuenta. Y yo le dejo hablar y compruebo que ha dado un paso más en su determinación, y me alegro porque R es lo contrario a un político. No predica jamás, no pontifica. Contiene su talento. Se crece en el silencio y a veces se despista y lo has perdido. Y me alegran sus novedades, y ese rubor sin tono que provocan mis preguntas demasiado directas.

También se pierde U. que me cuenta riendo que estaba con su amigo de parranda y les dieron ganas de hacer pis: "Yo contra un árbol, él detrás de mí contra otro. No nos encontramos hasta el día siguiente, arrastrándonos por la casa como dos cucarachas con resaca". Carcajadas.

Lara Izaguirre
Resaca o muerte. Un viernes de resaca que dura hasta la noche y te hace abjurar del pisco sour. Ese manjar de dioses. Y entonces te pones una peli española, con todas las cautelas. "Un Otoño sin Berlín". Y notas que te gusta. Que es hermosa una historia con elipsis e incógnitas. Que no te cuenta todo, que te obliga a rellenar los huecos del pasado. Que se cuenta en silencio y con palabras desnudas. Una historia de amor nada sobada. Heridas sin curar, los miedos del regreso y esa pareja frágil tan en brumas que construyen Irene Escolar y Tamar Novas -dos ojos alumbrando un gran pesar-. Y una sencillez en el relato que te hace viajar a los adentros y las afueras, a estaciones de autobús desangeladas y supermercados de provincias. Y un guión más que digno, contundente (yo diría). Y es una historia triste con esa luz del Norte que adormece las ganas y da ganas de calentar el fuego y hacerse una infusión, los pies tan fríos.

Una manzana de las de Amiel. En medio de ese coro de diletantes que glosan el manzano. Me alegra que Irene Escolar opte al Goya a la mejor actriz revelación. Para mí lo ha sido, desde luego. Y también Lara Izaguirre, guionista y directora. Mis respetos, señora.