lunes, 26 de enero de 2015

MIENTRAS DUERMES YO ESCRIBO

Sostiene Kureishi que uno tiene que escribir cosas que le avergüencen un poco. Lo que pasa es, querido buda suburbial, que el bochorno suele debutar después de la escritura, no durante. Nadie con dos dedos de frente da vía libre a un relato mediocre salvo que sea un escritor mediocre consciente y no dé para más (y me temo que el mediocre rara vez sabe que lo es, porque sólo le quedaría margen para un suicidio literario inducido, esa figura actual y kirschneriana).

Pocos resisten la lectura de textos de ayer sin sentir cierta aprensión, una punzada de sonrojo pasado por la harina de la implacable sabiduría que da el tiempo.

Hace años perdí todas las fotos y todos los textos de un MAC al que mi hija bautizó con un enorme vaso de agua. Ahora los he recuperado y el hallazgo me muestra un yo algo distinto que a veces me interpela y a veces me pone triste. Como rescatar un cadáver sepia de un naufragio dos siglos después. No siento apego a la nostalgia ni echo de menos la juventud despreocupada que nunca fue. Jamás guardo ropa para cuando vuelva a llevarse porque prefiero que el vintage me sorprenda delante del escaparate de una tiendecita de Amsterdam, junto al gran canal. No quedo con amigos para recordar cómo era entonces, pero hace tiempo que sólo quedo con amigos. O con posibles amigos. No con colegas. No con contactos provechosos. No con compromisos que no sean laborales. Ni siquiera conmigo misma una tarde de esas en las que me caigo  mal y encendería un pitillo tras otro a un palmo de mi cara si no fuera porque no fumo.

Al pasado conviene indultarlo, pero es innecesario ventilar sus vergüenzas en el patio porque a los vecinos les entrarán las pelusas polvorientas. Me he pasado el fin de semana haciendo una selección de textos con el rotulador impertinente azul edding entre las manos, presto a derribar un adjetivo, a cambiar un "final" por "desenlace". A desintegrar una línea que estorbaba a la vista. Y por momentos me he reído, o me ha sorprendido la acidez indómita, el entusiasmo intempestivo, el pesimismo sin regodeo, el pulso cínico a dos centímetros de la desesperación de esa otra yo. El análisis de la corriente marina con algas entre las hélices. Y me ha estorbado mi querencia a ciertas repeticiones, a adjetivos, sustantivos y sintagmas que se enredaron en mis dedos cuando aquel puente de diciembre de 2004 me bañé en el mar (hay una foto). Y mis trampas para hacerme un rapidillo cuando las musas me hicieron un elegante corte de mangas otro día de sol con guantes y bufanda.

"Lo que escribes tiene que ser peligroso", sentencia Kureishi. Y también que si enseñas las pelotas debe que ser por algo. No vale un desnudo frontal porque sí.  El exhibicionismo gratuito es propio de esas cabinas de peep show donde unos hombres tristes se lo montan con sus manos pero no les aprovecha. Y sí, me acuso de algún que otro strip-tease sin hilo argumental, que hoy perdono a medias y que me hace asumir que también he frivolizado con las palabras o las he dotado de una solemnidad innecesaria, o las saqué de verbena un domingo de invierno cuando la noria del parque de atraciones era la misma imagen de la desolación. El Tercer Hombre sin Graham Greene.

(He vuelto a releer un cuento que cuando se lo mostré me dijo que era demasiado cruel. Que por qué no hablaba de gente feliz que hace cosas felices.  Que tu escritura no alumbre un vertedero, cariño. Que no arañe, que no espante a los niños. Que no me quite el sueño. Que no envenene la masa del pastel. Que no me haga temer que lo que escribes eres tú con tus demonios. No sea que se te apodereren y su daga atraviese mi vida anestesiada)

"No me siento con la intención de entender mi vida. Solo es terapia en el sentido de que es algo que me encanta hacer, y por tanto me sienta bien y por añadidura mantiene a mi familia. Miro mi hogar y me digo: "Esta puta casa la conseguí escribiedo putos relatos, es alucinante".  

Es alucinante, sí, Mr. Kureishi.

P.D. El sábado de cocooming me tragué un programa llamado El Hit y ganó esta canción que interpreta Marta Sánchez y me encanta aunque ella nunca me ha encantado. 














sábado, 24 de enero de 2015

EFECTO COLÁGENO, EFECTO MORTAJA

A partir de una edad, por ejemplo los cuarenta, te pasan cosas extrañas. Mi amiga A. ha cumplido cincuenta pero lleva diciéndolo no menos de cinco años. Una noche, hace ya tiempo, salimos a cinecenar y en la barra de un bar nos entró un tipo guapo y expansivo. "Tengo casi cincuenta y un hijo de dieciocho", le advirtió A. como para romper el hielo con su coquetería comme it fault. Al momento hablaban de colonoscopias y yo bebía margaritas preguntándome si ligar a partir de entonces iba a ser "eso".

Hay un momento en que la colonoscopia entra en tu vida como entraron el animal print y el smartphone. Y conviene salir huyendo. Las conversaciones tienen el poder de rejuvenecerte (efecto colágeno) o condenarte al asilo (efecto mortaja). Cuando el segundo supera al primero se tiende a bucear en los recuerdos del pasado (efecto buscandoenelbaúldelosrecuerdos-uuuuuuh). Los mayores de setenta lo practican a menudo. Los de ochenta, casi siempre.

Conversación familiar con mayores de esas edades en torno a un chocolate con brioche. Seis de la tarde y sereno:

-Yo tengo varias tertulias, una con mis antiguos telecos. Pero solo quedo yo... (o sea, que la tertulia es un soliloquio) J. 84 años. Esposa con alzheimer hace ocho.
-Pues yo hago guasas con la profesora de clase de memoria, pero no sé muy bien por qué. Por dentro no tengo ninguna gana de broma. Me sale solo...(O sea, que el humor es una defensa enardecida contra la melancolía que es la muerte). J.86 años. Viuda. Hijo fallecido en accidente de coche a los 47.

En general, observo a ciertas edades se practican los monólogos a varias voces. Y comprobarlo me pone triste. Uno habla y el otro no recoge la pelota, sino que la deja olvidada en un lado del césped y busca su propio balón y le pega una patada por encima de la escuadra. Y al portero se la suda y saca con un tercer balón. La vida deja de ser un partido de fútbol y se convierte en un entrenamiento individual donde el que no está sordo está cojo o medio ciego. Y el público, impaciente, abandona el estadio.

Si no hay diálogo debe haber silencio. Si el diálogo se centra en las colonoscopias debe haber silencio. Reflexión. Hablar por hablar es sólo un programa de radio para colgados y melancólicos con avidez de tertulia y sin tertulianos a la redonda. El otro día fui amonestada con cariño por una queja mía recurrente: "no me haces preguntas" -en adelante, efecto entrevistado motivado sin micro ni entrevista-). Preguntar es mostrar curiosidad, interés, empatía. Las mejores preguntas son las que te llevan a territorios de tu salvaje Oeste. Ese que no visitas por si acaso. A veces, cuando nadie te las hace, pagas a un profesional y te subes al diván de un salto.

(En adelante, soliloquios de pago).

Pagar por hablar. Por ser escuchado. Conozco a unos cuantos que lo harían gustosos. Aunque a veces el servicio se da gratis.

-Hola ¿qué tal estás? (mujer de unos cuarenta a coetánea que vio una vez en la vida y se encuentra por azar)
-¿Bien o te cuento?
-Camarero, dos margaritas.
-A mi padre, de 94 años, le ha llegado una carta anunciándole que el lunes lo desahucian. Yo vivo en una caja de zapatos y mis hermanos no tienen dónde alojarle. No sé qué vamos a hacer, estoy bloqueada.
-Me parece dramático. Lo siento. No sé qué decirte, no sé que se hace ante un desahucio. No sé cómo se puede poner a un hombre de patitas en la calle. No sé.

La crisis de los cuarenta consiste en que te pasan cosas de cierta relevancia. A tus padres les pasan cosas. A tus hijos les pasan cosas. A tus amigos les pasan cosas. Y tú no sabes jugar bien en ningún campo. Y sales con las botas desatadas, la camiseta torcida y el red bull pinchado en vena. Y si no tiras de colonoscopia, que es una excatología disfrazada de prueba diagnóstica, tiras de blog o de lecturas. Y comienza un soliloquio que es un diálogo con tus más profundas intuiciones. Y si tienes suerte lo compartes. Muchas veces con amigos. A veces con desconocidos. Y está bien.

Lo interesante pasados los cuarenta es llevar el diálogo hasta el final. O callar para siempre. Todo menos buscar en el baúl de los recuerdos. La nostalgia es la antesala del alzheimer aunque no mate neuronas examinada al microscopio. Tener planes. Hacerse y hacer preguntas. Escuchar con atención. Despedirse con cariño.

-Espero que a tu padre no lo echen de su casa. Por favor, cuéntamelo el lunes.
-Descuida, te llamo.

PD. Ayer vi Blue Jasmine, de Woody Allen. La historia de la desesperación de una mujer que habla sola.


SAN VALENTÍN PARA SOLOS

Recibo una invitación irrechazable para pasar un San Valentín de amor y lujo, con todos los extras de la pasión convencional y empaquetada estilo Hollywood... excepto a Valentín.

Me planteo si mi ordenador, esa compañía que no falla pero no besa,  puede ocupar el puesto de solícito amante. Desestimo el pensamiento. Me planteo poner un anuncio para buscar lo que mi U. llama "un chulo" que hable bonito y finja que me ama mientras nos hacen un masaje a dos en un lecho de flores. Desestimo de inmediato el pensamiento.

"Tendrás miles de planes para el fin de semana de San Valentín", me escribe mi solícito anfitrión, convencido de que una mujer "como yo" (así lo dice y yo debo rellenar los bordes de su imprecisión) debe tener tantos candidatos como pintalabios rojos (hay un pantone ilimitado entre los rouge y los atesoro con determinación de coleccionista del absurdo). Le digo que no me quejo, pero que  albergo una romántica sin cura y que he decidido no pasar ni un minuto con nadie que no resista un invierno a la intemperie. Con nadie que no me rescate de la carretera cuando me pierdo.  Con nadie que no sea sensible a la belleza y la bondad. Con nadie que no tiemble y se estremezca con una suite de Bach. Con nadie que no me ofrezca su espalda y su regazo cuando me tambaleo y que acepte mi alegría y mis ratos de sol como se acepta todo lo excepcional envuelto de costumbre.

Con nadie. Si es preciso.

Mi interlocutor se queda en silencio. Luego me escribe: "A lo mejor ese hombre dulce y atento está en el hotel. ¿Qué te parece si vas con una amiga y hacemos hueco al destino?".

Justo me llama  L. Mujer sola, amiga sin descuento, y le cuento entre risas la oferta irresistible. "Pues me voy contigo y yo conduzco si hace falta, ya verás".

Y decido que sí, que esto es un plan. Un San Valentín con Valentina. En una suite, tal vez, con dos camas king size y toda la emoción de un fin de semana libre de cargas. Y cenas a dos velas, sin baile en el salón. Y baños de vapor y aceites aromáticos. Y libros, y pijama de algodón. Y esa certeza, ya casi descarnada con el paso de la vida, de que un solo, una sola, son una vocación y hasta un destino. Pero que hay hay que estar dispuestos a que sucedan cosas. A que sean espejismos. A que pase la tormenta de polvo del desierto. A encontrarle, a encontrarla. A decirle adiós, a seguir tu camino. A asesinar al escepticismo. A volver a fijarte, un día de esos.

Con nadie, si es preciso. Con una amiga y el silencio, hasta que algo poderoso, irremediable, nos haga salir del cálido letargo.








jueves, 22 de enero de 2015

ORGULLO PROVINCIANO

Como madrileña capitalina me sorprendo a menudo ante algunas manifestaciones de provincianitis aguda.

Ayer, tres revistas del corazón reseñaban el romance de un actor guapito que ya se me ha olvidado con una chica a la que presentaban insistentemente como "de 28 años y de Palencia". Como si el hecho de ser ella de esa tierra de cereales donde suelo desorientarme rumbo a Asturias fuera relevante.

Lo encontré muy de misses con sus bandas. Muy "Los Extremeños se tocan" de Muñoz Seca. Muy cateto, con perdón. Y recordé todas esas veces en que los que son de Cuenca, Zaragoza o cualquier ciudad o pueblo grande de provincias -no necesariamente capital- resaltan el origen de cualquiera que haya nacido en sus contornos y salga en la tele o en la prensa. Como si fuera un plus, un valor añadido, un mérito trabajado con ahínco en lugar del simple y desnudo azar.

Ser de Palencia, digo yo, no tiene la menor importancia a la hora de liarse con un hombre. Salvo que las palentinas guarden con celo un mapa de secretos de seducción que a las demás nos es vetado. O sean más ariscas, casquivanas o comprensivas debido a su geoposición, a la velocidad y trayectoria del viento o a la dieta presuntamente rica en garbanzos.

Sí me parece interesante la etiqueta palentina como denominación de origen cuando se trata de lechazo, vino de Arlanza o Cigales. 

Pido disculpas si destilo arrogancia. No creo ser más que nadie por haber nacido en la capital. No tiene mérito. Pero no conozco a ningún madrileño que dé palmas cuando se entera de que el médico de cabecera de su prima segunda que vive en Canaria ¡es de Madrid, mira tú!. O reseñe que cuatro jugadoras de la selección de petanca -si la hubiera- nacieron en la ciudad del chotis.
Iker de Móstoles

Aunque ahora que caigo sí suele subrayarse que Iker Casillas nació en Móstoles o Penélope Cruz en Alcobendas. Con cierto tufillo clasista en ocasiones porque son "extrarradio" (un saco sospechoso donde caben barrios y municipios, distinción que a menudo el de Madrid centro no conoce).  Lo que me lleva a reconocer a mi pesar que los madrileños etiquetamos a los nuestros en función del código postal. Y que eso desata reacciones, como la irrupción del "orgullo de Fuenlabrada" o el frenesí de Getafe.  Ser del Sur es una forma de rebeldía frente a los de Chamberí, Salamanca o Moncloa, me parece.

Todos somos catetos y/o arrogantes. Y nos definimos frente a los demás, por contraste. A veces desde el complejo de no reinar en el corazón del mapa. A veces desde la chulería de ser equidistantes de cualquier playa. Y puede que, bien mirado, tenga lo suyo venir de Palencia para levantarle el guapo a las guapas de Madrid. O haber escrito Mis ojos sin tus ojos no son ojos/que son dos hormigueros solitarios siendo de Orihuela. Pero a mí me sigue sobresaltando esa manera torpe y bobalicona de reclamar la gloria a costa de una cordillera o una plaza.

Dicho lo cual, sí encontraría absolutamente notable que cualquiera que saliera de un pueblo de treinta habitantes consiguiera un premio Nóbel o ser un virtuoso del piano de fama mundial. Seguro que los hay, les doy mi enhorabuena.




miércoles, 21 de enero de 2015

TODAS SOMOS LAS MÁS GUAPAS DE LA CLASE

Alguien de mi entorno cercano de quien no daré pistas porque se disgustaría sufre por amor como una condenada y ayer, después de varios intentos fallidos, al fin confesó. Le gusta alguien -llamémosle número 2- que a su vez está por alguien -número 3. Y número 3 "es muy guapa, no como yo".

Acabáramos.

Si sólo las guapas enamoraran habría un estallido social de feas y normalitas. Explico. Y aporto como prueba fundamental una lista de mujeres con pareja que no son Gisele Bundchen ni Angelina Jolie, ni esas enguapecidas vulgares e intercambiables que salen en la tele que no veo (hay una tal Pedroche que desconozco, pero últimamente es muy nombrada incluso en entornos intelectuales).  

Luego compruebo una vez más que lo que sale en la tele y en las revistas son estrellas del deporte o la música con macizas de largas melenas a la grupa. Que "el hombre de éxito" que ven nuestros hijos raramente se acompaña de una mujer de físico corriente, sin estridencias (lo contrario diría que es más habitual).

Feo/rico con maciza
O sea, que lo que nos cuentan es que si eres suficientemente rico llevarás un cochazo, vestirás Dolce Gabbana y te comprarás una rubia en el mercado de fichajes o una morena con curvas peligrosas.Y si no, eres un pringado. (De acuerdo, no estoy descubriendo nada que no sea obvio, pero no por obvio menos odioso)

Espero que nadie se ofenda. Ni los tipos que parecen exhibir novia como prueba de su testosterona con diamantes, ni las tías buenas que se arriman a ellos sabedoras de que juegan con ventaja. Así ha sido siempre, imagino. Y así será. Son pocos,  pero tienen las cámaras apuntándoles 24 horas, en un Gran Hermano obsceno que muestra que la carne es mercancía que se cierra con anillos de compromiso de muchos kilates.

Pero mí confidente es endiabladamente lista, tiene una sonrisa de las que te arreglan un mal día y un ingenio poco común para su edad. Y cree que si no eres la más guapa de la clase juegas en desventaja. Y le va a costar años darse cuenta de que sólo merecen la pena aquellos hombres que miran el conjunto, y que los que se pierden por un culo en su sitio y una boca voluptuosa carecen de todo interés, de manera que la gran noticia, cariño, es que  no vas a sufrir porque jamás querrías entrar en la competición.

Que ser original, rápida, creativa  y sensible como es ella -además de monísima, lo juro- es tan excepcional que sin duda atraerá a esos hombres y mujeres que saben mirar lo extraordinario. Y que entonces ella tendrá que elegir entre esos pocos, y mientras se lo digo la acaricio el pelo y enjugo sus lágrimas y le añado que sé que ahora lo está pasando mal, y que es inevitable, pero que ya verá como es así. Ya verá...

Y no le digo que, cuando eres mayor, los problemas de corazón no terminan, pero son ligeramente distintos. Y que el mayor logro es aprender a estar solo, enamorarse de uno mismo con sus curvas del cerebro y el corazón, esas que no causan bajas ni flaccidez. Y luego si llega uno o una que lo aprecia y está dispuesto a no rendirse a la primera será una fiesta. Sin cámaras ni testigos. Por todo lo alto.

Y mi confidente me abraza y me dice que soy la mejor. Y a mí se me ha encogido el alma por no poder impedir que se desgaste y sufra...






martes, 20 de enero de 2015

LA DICTADURA DEL GRUPO DE WHATSAPP

A Minichuki no la han invitado a un cumpleaños y está desolada. Ayer me contaba que cuando se acerca al grupito que sí irá a la fiesta se callan todos de golpe. En esos casos me dan ganas de saltarme con pértiga todas las normas ISO de la educación y en lugar de aconsejarle el consabido "no te preocupes, hija, eso nos ha pasado a todos. No se puede invitar a toda la clase..." decirle: "¡Como vaya yo a ese patio les voy a hacer un corte de mangas a esas pendejas que se van a enterar!". Eso que me pide el cuerpo.

Pero lo que pienso decirle es que sentirse fuera nunca es cómodo, pero tiene sus ventajas. Te permite observar con distancia, te permite tomar notas y escribir. La soledad, bien gestionada,  es una atalaya privilegiada. Una habitación con vistas. Los grupos son un camping, un jolgorio, una multipropiedad que mola pero a veces te somete a servidumbres innegociables. Dentro de ellos hace calor, pero también mucho ruido y si te pasan la botella y no bebes a veces te ponen falta. Hay que seleccionar cuidadosamente dónde te integras antes de que sea demasiado tarde y te veas en conversaciones en las que nunca quisiste participar o quedando para ir al cine con quien no tienes nada que comentar a la salida.

La irrupción de los grupos de wasap (whatsapp) ha generado un ansia voraz por la pandilla virtual, y ciertas dosis de hartazgo. Si te meten en uno sin permiso aguantas una cola de comentarios acompañados de pitidos. Si te sales, eres una borde y encima se entera hasta el Tato: "Fulanito ha abandonado el grupo", aparece bien clarito. Si te callas, eres asocial o poco generoso. Si respondes tarde, inoportuno. Si abusas de monosílabos, lacónico. Si abusas de emoticonos, naif.

Dicho esto, yo participo en pocos grupos de wasap,  en los que me siento como en casa. Está el de mis hermanos y cuñados, donde admitimos hijos y sobrinos al cumplir la mayoría de edad (y como mi adolescente ya es adultescente me recrimina mis comentarios cuando llego a casa). El de mis amigas de la universidad -grupo llamado "Las Chicas" al que un día habrá que rebautizar "Golden chicas"- el de las Lideresas del curso "Cómo ser jefa y disfrutarlo" (vale, no se llama exactamente así...) y el grupo Astur: El de amigos de Madrid que amamos esa tierra sobre todas las cosas y nos juntamos en un bar cutre a beber Mahou cinco estrellas mientras llega el momento de regresar al Cantábrico y al Hoyu del Agua, nuestra sidrería de referencia: dos matrimonios estables y dos divorciados sueltos que a ratos tienen novio y a ratos no. 

Formo además parte de un grupo de blogueros invitados por el Thyssen para privilegiadas visitas por sus expos que me hace feliz como niño en montaña rusa, de varios grupos literarios sin debate, y en breve me integraré en un grupo nuevo alrededor de una mesa donde no conozco a nadie. Excitante, ¿no?

Supongo que es un listado exiguo, lo que me convierte en poco popular, como Minichuki a nivel cumpleaños.  Pero a mí me basta y me permite aislarme para pensar sobre los grupos. Y cultivar la amistad cara a cara, a uno o con dos. Microgrupos que permiten más intimidad, más confidencia y esa sensación de estar atento, muy atento al otro mientras la camarera repite con impaciencia qué es lo que vais a comer hoy.








lunes, 19 de enero de 2015

HOY ES BLUE MONDAY, A LLORAR POR DECRETO

Hoy es el Blue Monday. O sea, el día más triste del año por decreto y según un estudio muy científico que cruza tres variables definitivas e irrebatibles: Hace frío, no hemos cobrado aún y no hemos cumplido los propósitos 2015 que nos hicimos en plena euforia de Moet Chandon y cotillón verbenero.

Vamos, que con mucho menos me invento yo una teoría y colapso las redes sociales a todo lo que da.

Las ventajas de esta patente de corso para la tristeza son que los mortis naturales pueden explayarse a libre demanda (esa expresión terrorífica para toda mujer que haya amamantado comprende), que por fin nadie achacará a la regla el abatimiento y que cualquier desgracia que suceda tendrá una explicación cabal.

Hoy toca escuchar a un cantautor llorón y trasnochado, ver un drama serie B en la tele con tu adolescente al lado y acordarte de tus muertos. Juntarte con algún pelma Calimero, de esos que sólo hablan de catástrofes y sucedidos luctuosos, suspender un examen o ser abandonado. Sentirte miserable como un perro vagabundo bajo la lluvia un día de tormenta. Un perro de Coetzee, por ejemplo.

Aunque yo soy más partidaria del prorrateo más que del regodeo. Mejor dividir en cómodos plazos el monto de penas que corresponden al año y, en los casos en los que la tristeza se haya concentrado en varios meses, darle vacaciones en un resort tope de palmeras para el resto de la temporada.

Creo que la tristeza es adictiva. Conozco a quien se ha instalado en ella porque da sentido a una vida carente de otras emociones. Si te reconoces como triste ya estás dotado de una identidad. La tristeza puede ser sexy, artística, sobre todo si posee un aúrea melancólica (Hay abundantes pruebas de ello en El Prado o en el Thyssen). Pero a la larga es un tostón. Y cuando es una pose, insoportable.

(Admiro a quienes emergen de sus garras, mareados y convulsos, y deciden plantarle cara y sobrevivir).

Naturalmente, no estoy hablando de los depresivos. La tristeza con prospecto es otra cosa y no atiende a indicaciones de calendario. Entre otras cosas porque a un deprimido hace tiempo que dejó de interesarle en qué día vive. Si es lunes o viernes noche. O si un oportunista con demasiado tiempo libre se ha inventado el Blue Monday para vender kleenex o libros de autosuicidio mientras se frota las manos al comprobar que los blogueros se han agarrado a su tontería como a tabla de salvación para dirimir qué pena es legítima y cuál no. O para llegar a la conclusión de que sólo lo inevitable merece la tristeza que invertimos, y que es una lástima el derroche que hacemos de lágrimas por lo que perdimos, pero que los duelos deben ser cumplidos como un buen psicoanálisis, de la A a la Z, o se enquistan y estallan como arterias debilitadas por la mala vida.

Y un día, cuando menos te lo esperas, dejas de mojar la almohada y entiendes que ya toca un tiempo seco y soleado, aunque ahí afuera caigan rayos y centellas y los manieristas de la pena estén rugiendo de placer porque es su día y habrá barra libre de lamentos y nadie les hará reproches por quejarse sin demasiados motivos, agotando tontamente los recursos para el día en que llegue, como un ciclón, ese dolor impertinente, de clavos y astillas, desbordado,  que no admite ni media tontería ni depara un titular fácil de prensa.

Así que, en rebeldía, declaro que hoy no pienso llorar ni lamentarme salvo que sea estrictamente necesario. Valga esto como una carcajada salvaje de lunes. Sobrevivamos a la tentación del llanto si no es inevitable. Riamos a destajo, si sobran los motivos.






domingo, 18 de enero de 2015

ELOGIO DEL VOLCÁN DORMIDO

Soy de esas que aún no han leído "En busca del tiempo perdido", pero sí algunas cartas muy jugosas y reveladoras del joven Proust: "Existen escritores mudos como existen volcanes dormidos, cuyo nombre infernal con resonancias sulfúreas, de fuego y muerte, también hace temblar a los hombres", le escribe a Felicien Marboeuf, escritor sin obra que le inspiró "A la sombra de las muchachas en flor" (parece que le gustaban las carnes demasiado tersas) entre otras muchas revelaciones por correspondencia que lo acercan peligrosamente al territorio plagio.

El silencio fue la sombra de su obra, asegura sobre Marboeuf  Jean-Yves Jouannais en ese ensayo imprescindible del que ya hablé titulado "I would prefer not" (Acantilado). Una joya que no he desalojado de mi pirámide de libros de cama porque es orgía garantizada en tiempos de secano y porque sería de los diez que me llevaría a una isla desierta si no fuera porque pienso que a mí no se me ha perdido nada en una isla desierta.

T.S Eliot
Me encantan los escritores mudos, esos que se defienden con su talento escrito, la antítesis de esos otros frívolos que piensan que porque les publican ya son autores de éxito y te hablan de "su libro" como de su rimmel de pestañas y sacan sus plumas fatuas a pasear en los conciliábulos literarios para sentirse parte de un lobby al que no aportan más que un contoneo ridículo. Tengo algunos amigos que escriben al viento y suelo estar atenta con mi cazamariposas para impedir que se evaporen las heridas de su genio. Y voto a bríos que los dioses me castigan porque entre los poquísimos libros que recibo por correo en el trabajo la mayoría llevan títulos del tipo "Corre que el amor vuela" o "Adelgazar sin meterte los dedos en la boca" (Me los acabo de inventar, pero por ahí va la cosa). Cuando protesto a voz en grito, E. , que es generosa, me tiende un T.S Eliot -"La Tierra Baldía", fantástica edición bilingüe de Lumen- y yo me calmo como los niños cuando consiguen el bocadillo de Nocilla.

Pero sin duda la vida te compensa y a falta de buena literatura gratis te brinda personajes únicos. Puedo presumir de compartir coche con la única persona que conozco a la que le quedó flauta para septiembre en su tierna infancia.  Me parece excepcional haber sobrevivido a una humillación tan poco común, y ser así de pizpireta. P. además de ese récord envidiable que a sus padres debió convertir aquel verano en un infierno dodecafónico, tiene en su haber la virtud de sonreir al mal tiempo, conducir descalza y de ir medio desnuda con una naturalidad y una alegría descomunales.

El otro día nuestro tema de conversación versó sobre lo suyo con la flauta, dado que C., la tercera pasajera, tiene mellizos en edad de dar por saco con este instrumento humilde y tocapelotesco. Yo lancé la clásica gran pregunta que una se hace maldormida: ¿En qué momento a alguien se le ocurre tocar los platillos? ¿Pasarse cientos de años en el Conservatorio para terminar con tres intervenciones de percusión en una sinfonía? ¿Qué tipo de ambición low profile te lleva a no querer brillar, sino a esperar pacientemente tu turno para pegar un platillazo y volver a tu sitio con la cabeza gacha?

A lo mejor es que igual que hay escritores sin obra, hay músicos sin ego. Volcanes dormidos que han aprendido que un instante de gloria, de estallido con lava incandescente,  bien merece el esfuerzo y la fatiga de horas de ensayo. Por eso me caen tan bien los percusionistas. Por eso me caen tan mal los falsos escritores que tocan sus flautas sin sordina a la hora de la siesta y no sienten respeto y reverencia por eso tan excelso, tan puro y tan explosivo como es la gran literatura. Algo íntimo y contagioso que espera su estallido justo. El golpe de platillo. Y que se haga el silencio y sea Obra.

"Cae la noche de octubre; regreso como siempre" . La Tierra Baldía.






viernes, 16 de enero de 2015

LA VIDA NINJA DE UNA MUJER CANSADA

Cada noche, cuando entro por el portal de casa, temo que Vlad me entretenga con algún sucedido de la comunidad. Mi cetro de presidenta tiene sus días contados, pero amenaza con ser trepidante hasta el último segundo.

Ayer, dos vecinas ancianitas escuchaban al conserje con cara de susto. Yo traté de pasar detrás del grupo, escondida sibilinamente en el cuello del abrigo. Pero había subestimado una vez más los poderes ninja de mi carcerbero.

-Escuche, escuche. Le estoy diciendo a doña P. y a doña M (cuando quiere el jodío es muy ceremonioso) que ha venido un tal Antonio Sánchez vestido de Gas Natural y con un carnet con su foto -falso, naturalmente- a hacer una revisión del gas de doña G. y le ha estafado 110 euros.

En esos casos en guión de Presidencia dice que hay que poner cara de sorpresa indignada. Y tomar una decisión, cualquiera que sea, para dar a entender a las doñas que sus vidas están más seguras gracias a ti:

-Habrá que extremar las precauciones, sí... (yo también he leído a Hércules Poirot)

Asumo que no fui muy convincente. Pero cuando llego a casa apenas me queda fuelle para quitarme los zapatos, y la sobreactuación requiere mucha energía. Así que Vlad, decepcionado sin duda por mi falta de agallas, pasó al ataque.

-¿Ha visto ya las nuevas bombillas en tono cálido? ¿Le parecen bien?

No las había visto, no me había fijado, pero debía mentir porque fui yo quien la lió al descubrir mi descansillo iluminado como el bar del Tanatorio. 

-¿Por qué hay luz blanca en lugar de amarilla? quise saber un día.
-Porque don A. (el administrador también es don) ha comprado una partida de bombillas led muy baratas. Yo le dije que quería esa para mi chiscón, pero nada más...
-Pues yo no quiero que la entrada de mi casa parezca Alcatraz o la comisaría del barrio.

Había que tirar del hilo, porque el gesto del conserje ocultaba algo, y como presidenta de mi comunidad he desarrollado un olfato insólito para la trola y el chivateo. Así que me puse en contacto con el administrador, a quien no llamo don porque no me da la gana, y él me explicó que Vlad le había dicho cómo debían ser las bombillas. El tipejillo había tirado la piedra y escondido la mano!

Debo añadir que soy tan intolerante a la mentira como rarita para las luces. Para empezar, odio las de techo, sean las que sean. Y los clásicos fluorescentes de cocina española, muy del desarrollismo, donde toda carne que entra -de persona, ternera o pollo- parece recién salida de la cámara frigorífica de un forense. Yo soy muy de luces indirectas, bajas, cálidas y amarillas. Y me cuesta horrores encontrar la lámpara fetén, con lo que termino perpetuando la bombilla desnuda en algunos rincones de mi casa.

Además, voy detrás de las Chukis apagando las luces que ellas dejan encendidas. Una de las funciones que la tradición reserva a las madres, además de cerrar grifos y reponer el rollo del papel higiénico. Iluminar tu vida adecuadamente no me parece un asunto menor, y cuando una vez alguien colocó una lámpara al otro lado de su cama lo entendí como un gesto de cariño (luego resultó que cuando yo salía por la puerta él quitaba la lámpara de la mesilla). Si no te quieren, te condenan a la oscuridad o, mucho peor, te plantan un foco cenital que te traslada a los interrogatorios de la Stasi. Y esa es la señal de que debes salir en estampida.

La cosa es que cuando ayer logré zafarme del Ninja y las doñas y lanzarme al ascensor, volví a olvidar fijarme en la luz del descansillo, y a mi adolescente, que yacía lánguida y febril en el sofá, le advertí de que no abriera la puerta al tipo del gas, ni con uniforme ni sin él. "Mejor no abras a nadie, chitina, ni siquiera a Vlad.... Y sospecha de todo ser que te ilumine en blanco y desde el techo".

La pobre me miró como se mira a una loca en ciernes, y encogiéndose de hombros, murmuró: ¡Pero mamá, si nosotras no tenemos gas!

Cierto.

Hoy por la mañana he vuelto a cambiar el rollo del baño.


miércoles, 14 de enero de 2015

MI DOLOR NO ES TU DOLOR

Nadie puede ponerse en el lugar de nadie, pero la integridad de la armadura social enclenque en la que bostezamos cada madrugada depende de eso. Ni todos somos Charlie ni nos gustaría serlo, pero aplaudimos la proclama, sencilla y fácil de repetir, porque sentimos que así debe ser, que la solidaridad nos humaniza y nos separa de las bestias. Que lo más cerca que podemos estar de una realidad que nos supera son un puñado de palabras que la nombran. Mal escritas, desafortunadas y desnudas.

El dolor no es transferible, ni inteligible. Lo supe anoche cuando leí un wasap demoledor de alguien que atraviesa el túnel del duelo, y de quien no pienso hablar por respeto. Pero su lectura me hizo pensar que todas mis penas, sumanas, no llegaban al tobillo de las suyas. Que toda palabra de consuelo era un atropello necesario, pero atropello. Quién era yo para decirle que entendía la punzada en el costado como si alguna vez me hubiera atravesado con su acero. Entendí que se haya desconectado de todo para acomodarse a las esquinas en brasas de la pena.Y que no había nada que pudiera hacer por ella salvo estar disponible con unas flores por si decide salir de su hermetismo.

Puede que lo que aúne la pérdida, cualquier pérdida, es esa sensación de abatimiento espeso, de nadar en un tanque de petróleo. Y saber que el breve instante en el que conseguirás sacar la cabeza a la superficie no te salvará de la asfixia. El dolor es submarinismo a pulmón. Cada uno se mide según una capacidad inesperada para la que no hay entrenamiento. El dolor te pilla durmiendo, te pilla desayunando o haciendo la lista de la compra y te incapacita para sentir otra cosa que no sea su andanada.

Pero nos han enseñado palabras para soportar mirar a la cara a quien está de luto y darle a entender que le acompañamos en el sentimiento. Menuda insensatez. Habrá quien contenga las ganas de dar una bofetada. Lo comprendo. Ni yo soy Charlie ni me puedo poner en tu lugar. Sólo espantarme y entender el sinsentido del temor. La huella negra de la violencia. Y respirar con cierto alivio mezquino porque esta vez no me tocaba a mí.

Muy pocas veces he sentido la caricia del consuelo en un funeral. Pero he aprendido el valor del ritual para empezar a remontar. La despedida es necesaria para no vivir rodeado de fantasmas. Para aclimatarnos a la asfixiante certeza de que no va a volver. Y, con el tiempo, aprender a desposeer a nuestros muertos, reales o ficticios, de atributos que en realidad nunca tuvieron pero construimos en un intento desesperado de elevarlos a un altarcillo y entretener las horas y los días mirando una escultura bella, perfecta.

A veces hago un recuento de pérdidas para sentirme bien. Pasados los cuarenta el parte de guerra tiene algunos nombres. Historias que empezaron y terminaron. Despedidas necesarias o sobrevenidas. Y la experiencia nos dice que todo pasa, que todo se supera. Pero uno tiene derecho a entregarse a la desesperanza y desangrarse de dolor sin que nadie le dé palmaditas en la espalda y frases de cabecera bienintencionadas pero a menudo inoportunas.

Anoche leyendo a mi amiga decidí que el día que la vida me dé un zarpazo mortal quiero perderme en la selva, como pantera herida, y derramarme sola. Mientras tanto voy poniendo marcas al camino de los pasos perdidos. Un mes, dos meses, cinco... Y a salir del taque, y a coger oxígeno. Y a vivir, que es saludar la muerte con gesto de triunfo. Y a respetar el luto ajeno. Sin frases hechas ni solidaridades facilonas. A distancia, pero cerca.