domingo, 26 de marzo de 2017

SI NO PRACTICAS NESTING, NO ERES NADIE

Así que lo que he estado haciendo toda mi vida ahora se llama "nesting". O sea, anidar y disfrutar de tu casa el fin de semana. Leyendo, cocinando, escribiendo, mirando al techo, cortando patas de sillas o pintando a la tiza... Y que tan industrioso afán  pone a raya a la ansiedad, esa enemiga íntima, y aporta lucidez.

Encima ahorras (si no fuera por Amazon, esa tentación que vive arriba).

Cuando la vida te regala un término cool para revestir de dignidad una actividad cotidiana con tintes peyorativos (quedarte en casa=ser un "cuevas" o "hacerse un Puértolas" tal y como lo llamamos en mi familia en homenaje a mi abuela), sólo puedes dar palmas y celebrarlo. Sobre todo si no estás en tu ciudad, ni en tu casa, pero has conseguido ese milagro de calzarte las zapatillas y hacer de un espacio extraño un lugar de ti mismo.

Afuera, el viento se desgañita y curte las esquinas de las casas. Al fondo el monte que custodia el románico astur, misterioso y fatigado de hordas con bastón trastabillado de alpinista. En la mesa, una taza de porcelana blanco roto me mira con descaro. Detrás, un poco a mi izquierda, las estanterías cuajadas de libros que mi desconocido casero (Airbnb, yo te aclamo) ha dejado al aire en una impúdica operación de striptease que yo no sería capaz de imitar.

De las casas ajenas me tientan más las librerías que los cajones. Un hombre que lo intuyó el primer día y me invitó a su casa me condujo directamente a su librería y me mostró, emocionado, sus volúmenes favoritos. Era de largo la hora de comer, pero a él no parecía importarle y a mí tampoco. Había que saciar antes la curiosidad que el estómago.

Aquella primera cita no se me va a olvidar en toda mi vida.  Un oso enorme, de piel nevada,  nos vigilaba desde otra estancia y el calendario juraba que era viernes. Antes, habíamos visto una exposición de hiperrealistas en el Thyssen. Después yo me fui al teatro con amigos, rendida y exaltada.

Lo que aquel hombre sin duda inteligente -hoy escaso de presencia pero siempre cercano-  me estaba mostrando era su nido. El lugar donde practica el nesting los fines de semana. Y también que todo ser que disfruta de su casa y la hace su cuerpo tiene mi simpatía. Sospecho de los rapsodas que siempre vuelan a la puerta como si un fantasma los espantara. Admiro a quien con el hatillo a cuestas ha sabido convertir un rincón, incluso de casa compartida a una edad madura, en un oasis donde sentarse a pensar, hacer collage y contemplar.

Las casas, de eso hablo. O más bien de la valentía y el riesgo de convertirlas en un templo. Un taller de reparaciones de ti mismo; una tarde de lluvia, como ayer, sin levantar una ceja ni quejarte de la mala fortuna, disfrutando del hallazgo jubiloso de un ambientador que será el olor de mi casa de pueblo con patio. Cosas bobas que te alegran la vida.

Museo Bellas Artes.Oviedo
Y escribo pocas horas antes de cerrar esta puerta, en la mesa de madera tosca que me acoge. En una ciudad, Oviedo, que siempre será mía. A la que vuelvo con inquietante coartada médica de tanto en tanto, y no dejo de entrar en esos sitios que me llaman a voces: el museo de Bellas Artes con ese Palazuelo en la escalera, el Ramón Casas grande o el misterio de las rosas calaveras de Luis Fernandez; el bar Casa Ramón con su tosta de foie en la plaza del Fontán, allá donde pisó García Lorca. La cuesta de Canónigos, la sacristía de San Isidoro y esas velas que enciendo sin falta con la fe del descreído, militante y contumaz. La torre de esa catedral donde escucho los pasos orgullosos del magistral y siempre espero un milagro. La Cestería llena de hallazgos vintage que la segunda mano convierte en tesoros (gracias, Olegario). La tienda de pinturas de Benigno, un señor elegante de hablar pausado con el que te tomarías un cafe o una fabada. El bistró 26º de tantos desayunos...Las flores del mercado.

Y sé que voy a volver, que siempre vuelvo, y siempre es lo mismo o diferente. Y esta casa con libros y con discos la siento un poco mía. Y mi espectro se queda haciendo nesting. Calentando la silla, mirando los tejados, afilados de viento, soberbios, imperiosos,  familiares...









miércoles, 22 de marzo de 2017

CARTA DE UNA MADRE A SU HIJA DE 14 AÑOS QUE SE DECLARA FEMINISTA

Y entonces va mi adolescente y se declara feminista a sus 14 años.

-Me parece muy bien. ¿Qué es para ti ser feminista? (inquiero)
-Pues qué va a ser, defender la igualdad y todo eso...

Como soy una madre pesada necesito saber más. Cómo van a movilizarse. "Hemos creado un grupo en Instagram", me informa. "Síguenos, anda". Lo hago de inmediato. Ella prosigue: "Y vamos a proponer en el colegio unas charlas sobre homosexualidad, bisexualidad, género...etcétera". Ah, qué bueno. ¿Invitaréis a expertas para dar esas charlas?, exploro. "¡No hombre no, las daremos nosotras!" (cargada de aplomo).

Luego me cuenta que el Día de la Mujer colgaron en el colegio carteles contra el machismo, algunos (sospecho) ciertamente agresivos.  Y que hubo algún chico que reaccionó con desdén y chulería. Y que las obligaron a descolgarlos ipso facto.

Una parte de mí sonríe ante la ingenuidad. Otra parte se alivia al pensar que a los 14 años no sólo se cimente el grupo en base al visionado de youtubers, videos musicales y series de TV que o  ves o estás socialmente muerto. Y otra parte, la tercera y más sibilina,  empieza a sospechar que el feminismo y su debate se están banalizando al convertirse en una moda más, un batiburrillo conceptual donde entran el transgénero, la homosexualidad, la bisexualidad y todos los aperos de labranza que intervienen en eso tan complicado que es la identidad.

Y lo mismo es una fórmula acorde con los tiempos de volatilidad y desconcierto, memes y memos rompedores, y está bien que al menos sea. Y a mi adolescente de 14 no le dije, pero ahora se lo digo mientras aún duerme:


Reconocerme feminista para mí ha sido una agonía, un proceso largo como el psicoanálisis de un gángster de la tele. No me gustan los carteles, ni la servidumbre de la pertenencia a grupos. No quiero ser masa, he buscado antes explorar mi yo hasta el recoveco más oscuro, allá donde no entran la escoba ni el recogedor. Me molestan las proclamas, especialmente las que mezclan cosas, riman en consonante o adolecen de incorrección sintántica. Me asusta el resentimiento como motor de cualquier cosa. Creo que el empecinamiento en el dolor y el victimismo alumbra muertos. He observado que todos los "pringados de la clase" son carne de cañón de movimientos que los menosprecian pero los utilizan. No me gustan los rugidos, salvo los de placer hondo y estremecido.

Pero soy feminista, me parece, porque vivo y actúo sin pensar en las consecuencias que pueden derivarse de mi hecho (accidental) de ser mujer.  Porque nunca utilicé a un hombre como un sueldo Nescafé para toda la vida o un plan de pensiones vitalicio. Porque he aprendido que esa corriente subterránea de condescendencia de algunos que a veces es paternalismo,  a veces altanería y a menudo miedo, inseguridad o desconcierto, puede convertirse en un diálogo fructífero o en una pared muy tonta contra la que ni siquiera tiro la pelota.

Y me parece -no descubro la pólvora- que las ideas geniales salen de cabezas de hombres y de mujeres, no de entrepiernas. Y también las bobadas, las manipulaciones, las perversiones, la ira... 

Y creo, hija, que es un alivio que tu generación pueda pensar que es homo, bisexual, transgénero o mediopensionista, porque en la mía ni siquiera se planteaba que hubiera una pluralidad de identidades. Y me parecería deseable que además de hacer pintadas leyerais algunos libros y vierais algunas películas que os estimulen a haceros más preguntas, no sólo a asaltar una tribuna en actitud provocadora al ritmo de Rihanna.

Una mujer -homo, hetero, trans- debe dotarse de contenido. Igual que un hombre. Ser sólida es un camino, no  una moda como la sudadera Vetements o esa gorra que ayer no te quitaste ni para cenar.

Eres muy lista, usa tu genio y tu diferencia. Esa que ya mostraste a los tres años, cuando acariciando la pelusilla de tu nuca me dijiste con suma gravedad: "Mamá, creo que estoy a punto de convertirme en un caballo". No te dejes llevar por quien te empuja a ser como la masa. Párate y piensa.

Dar a un like no te convierte en nada. Tener followers sólo hincha la vanidad, que no es lo mismo que la autoestima, pero descuida que no irán a verte al hospital si te pones enferma. Ser violenta en un mensaje colgado del corcho del colegio no te hará más popular, sino más vulnerable. 

Dicho esto,  sé lo que quieras: feminista, homosexual, trans.. pero desde la exploración de ti misma. Es un camino mucho más largo y mucho más duro, porque se recorre en soledad. Una vez que las voces a tu alrededor callan y tú apagas el móvil y el ordenador y eres tú.

La identidad, de eso se trata. Bienvenida al mundo adulto, hija mía.








domingo, 19 de marzo de 2017

DIEZ RAZONES PARA NO PERDERSE "MANCHESTER FRENTE AL MAR"

Manchester frente al mar
1.Los personajes masculinos y la relación que mantienen entre ellos. No son héroes, no lo pretenden. Enseñan sus heridas abiertas, dejan que supuren delante de nuestras narices. Se muestran contenidos (incluso Lee, el protagonista que encarna Cassey Affleck, cuando la lía a puñetazo limpio) y dosifican la ternura en gestos cortos pero de alcance nuclear.

2.Las fachadas de las casas de los pueblos de Nueva Inglaterra donde se rodó la película. Ya quiero esos grises verdosos matizados por la nieve lenta, esos turquesas pasados por moho, esos tejados melancólicos y esas escaleras que llevan al centro de la Tierra que es una familia rota por un golpe de azar (o varios).

3.Michelle Williams en su diálogo desesperado con Affleck a pie de calle, el estallido de lo incurable, de las palabras contenidas a lo largo del tiempo que un cochecito de bebé logra catapultar y ya no queda otra que la huida.
Cassey, yo te daría dos!

4.Un final que no es feliz ni es infeliz. Es el que toca, el que a menudo acontece en la vida. La tercera vía que no te hace llorar ni tampoco te alivia, sólo te reafirma en que lo que ves es lo que es.

5.La loca vida de los basements americanos. Temo que si no consigo un sótano de aquí a que me muera mi existencia no será nunca demasiado interesante.

6.La moraleja sin moralina. A veces te rompes y simplemente sucede. Y hay un tiempo necesario para que eso salga del horno donde se cuece, y pueden ser años.

7.La música de El Mesías de Haendel en su banda sonora. Estuve años colgada de ella y no se me ha olvidado.

8.Que el hombre más roto del universo (Lee Chandler, o sea, Affleck) sea un handy man. Un reparador de cisternas, calderas oxidadas, muebles sin patas... Su voz arenosa, gutural, sexy.

9.La reflexión sobre la paternidad. Cómo un hombre que ha perdido a sus hijos en un dramático episodio (que no desvelaré, por no  ser acusada de practicar spoiler) puede seguir siendo padre a su pesar, y actuar como tal incluso cuando más se empeña en lo contrario. Me gusta que el amor incondicional que siempre ha etiquetado a la madre trascienda al hombre y sea tan cierto.

10.La ausencia de melodrama. Esta misma historia en otras manos estaría llena de trampas para la lágrima fácil y la histeria colectiva.

P.D. Podría seguir porque me han gustado muchos más detalles de una película que está a punto de desaparecer de la cartelera (al menos de los Cines Verdi). Yo que vosotros, correría.


viernes, 17 de marzo de 2017

HAY UN MILAGRO A LA VUELTA DE LA ESQUINA AUNQUE NO VEAS LA MISA DE LA 2

"Cada vez estoy más convencido de que en lo más profundo del dolor existe una fuerza vital que no admite parangón con ninguna otra cosa terrena, una renovación embriagadora, una rara superación de la voluntad interior...(...) Se puede hoy día sentir con más plenitud el triunfo de la vida". Stefan Zweig. De viaje, Europa Central (ed Sequitur).

No he hablado de lo que me calman las lecturas, o igual sí y me repito. Son bálsamos reconstructores. La solidez del cimiento en tiempos de marejada. Postes reconocidos, como esos palos que poníamos en las cabañas de la infancia para protegernos del escrutinio de los padres. Los mojones de mi paseo costero astur que indican que esta vez no me he perdido. O las manos con las que te tapas los ojos cuando ves una secuencia en el cine con jeringuillas y agujas. Empalizadas. Nos pasamos la vida levantando barreras para no sentir, para que no nos duela, para que no nos vean. Cuando con los libros podríamos construir una montaña sin grietas a base de susurros de autor. 

Hoy cita con el fisio para reconstrucción urgente de orografía de omóplatos, lumbares y alrededores. También otra cita, mucho más importante, con mi adolescente para hacerse un agujero de pendiente; su segundo agujero en una oreja, un símbolo; una pequeña transgresión frente a la ortodoxia de los dos aretes de la niña que ya no es. Quiere protegerse de ella, pero también de los adultos, y aún no ha descubierto al talismán Zweig (Stefan, who else?, si habláramos de café).

Ayer J. se cortó la melena densa, poblada y blanca. Una capitulación que clamaba al cielo. Luego me enseñó una foto de la mata de pelo desmayada sobre el suelo de la peluquería. Sansón no será ajusticiado por Dalila pero ya no tendrá donde esconderse de sí mismo. La coiffure tiene algo metafísico, un poder transformador que se ha banalizado y sin embargo cuenta. Mi horóscopo (Susan Miller es a los astros como Zweig a la literatura) dice que este mes ni se me ocurra experimentar con mis pelos. Un ángulo de quietud, una alfombra limpia y algunos amigos revoloteando y con ganas de enhebrarme en la aguja de sus planes. Y sin embargo un hilo de nylon, poderoso e invisible, tira de mí hacia mi yo más abisal. Un Viaje al centro de la Tierra necesario. Quietud y recogida si mis huesos vuelven a su sitio esta tarde y el cuerpo, devastado tras la chulería de comer boquerones en vinagre sin matar al bicho, se recompone y recupera del todo avidez, pulso y andares.

Esa fuerza vital que no admite parangón. Se refiere mi Stefan a la guerra europea y a cómo las ciudades devastadas tienden desesperadamente hacia  la vida. Lo vemos en Siria, acribillada. Seis años después del inicio de la contienda enconada y perversa hay niños jugando al fútbol entre una demarcación de escombros. Un impulso innato de vida cuando todo tiembla y se destruye alrededor, llámalo supervivencia, yo lo llamo milagro aunque no vaya a misa ni la vea en la tele.

Es viernes y huele a milagro. Sé que hay un milagro a la vuelta de la esquina. Sólo hay que quitarse los dedos de la cara, la aguja y la jeringa ya no están en pantalla. Sigue viendo la película, ansiosa de llegar al final, pero sin prisa. Cuánta contradicción, esa que nos define...


domingo, 12 de marzo de 2017

LA SUERTE DE ESTAR VIVA Y SENTIR VÉRTIGO

El domingo empieza eléctrico, con un hallazgo cierto. Una de esas pepitas de oro en el granero literario. Él se llama Suketu Mehta y le pido disculpas anticipadas porque cuando recomiende con vehemencia su libro magnífico "La vida secreta de las ciudades" (Randon House), es más que probable que le llame Sudoku o Zuhbi, se me figura.

Lo que distingue a un rico y a un pobre son los zapatos, sostiene y desarrolla. Se refiere a Bombay, ese país -digo país sin serlo porque lo es en su pulso y sus hechuras, Calcuta es la cuna del autor- . Y no puedo por menos que pensar en esos chicos a los que evidentemente no les sobra el dinero pero calzan zapatillas de deporte de más de cien euros. Los veo en el Metro de Madrid todos los días, entiendo que es la suma rebeldía, el escupitajo en el ojo de quien jamás los invitará a sentarse a su mesa. Pero me gusta la idea de entender al ser humano desde sus pies, sólo por sus pies sudados, eléctricos, apresurados, zambos, inquietos o menesterosos. Alicaídos, torpes, desgarbados.

Pies quietos. Cuando el suelo se mueve conviene alicatarse al suelo, a un suelo amigo que ya tiene la forma de tus huellas (domingo de cocina y música, letras y solitaria diletancia). "La música es la aerolínea más barata", sostiene Suketu, y añade que siempre es motivo de júbilo cuando el hombre escapa a la historia prevista para él. Yo ahora mismo vuelo al convento de Hildegarda Von Bingen, como me llamo en él, de tan teutona. Espere, Mr Mehta, no me destroce en cada página con bomba de racimo, deme resuello. Deja que me columpie entre los planos de mi casa y piense dónde colgaré esas lámparas diseño industrial que enfriarán la incandescencia de la madera. Por qué quiero pintar esa otra silla en el pantone gristurquesa que me extasia, y que "a ese paso odiarás, de tanto usarlo", me dice mi impecable Descreído.

Abandono a mi suerte en estampida. Mi ciudad es mi bata, ese atavismo, pijama y zapatillas. Los garbanzos en remojo en la cocina, el aire inquieto, nervioso, que sopla a mi cogote y se llama pensamientos. Turbamulta de eses y de jotas.
Hildegarda Von Bingen

Habla Suketu de las ciudades y su complejidad moral, de conflictos y malvados muy necesitados de contar historias. De esa corriente de barro impetuoso que son las mezclas de locales e inmigrantes, y a ratos salen flores. Entiéndeme Suketu, estoy elaborando al hilo de tus textos y a veces me suelto de manos, como de niña con la bicicleta. Y ya no eres tú sino soy yo con el impulso que me diste en ese párrafo  y compongo un looping en el aire y no enciendo un cigarro porque aún no fumo. Si así fuera...

Podría vivir hoy en tu libro. Tanto que me contiene. Es cálido y flexible, como zapato de rico en Occidente (La India es otra cosa, ya lo sabes).  Y también bisturí que abre mis carnes sin soltar chorro en sangre, de tan preciso.  Óxido y hueso, como aquella película.

Y ahora de pronto  me traes al Marco Polo de Calvino:

"Hay que llorar cada amor perdido, por necesario que fuera perderlo. Cada amor se sacrifica por el que vendrá a continuación. Me voy con la promesa de volver, aunque para entonces ella será otra mujer".

Qué suerte estar tan viva y sentir vértigo. Una semana es mucho, le quedan siete días.



miércoles, 8 de marzo de 2017

CONMOVIDA HASTA LA CARNE DE LOS HOMBROS (Día de la Mujer Trabajadora, lo que es lo mismo)

Una mañana, hace años, tras visitar una exposición en el Centro de Arte Reina Sofía, entré en su librería y me compré un ejemplar titulado "El libro de las mutaciones" de Yi King. Un compendio de pequeñas adivinaciones y textos filosóficos -algunos muy crípticos- que decía ser el libro de cabecera de los chinos y la obra más importante de la tradición de ese país.

Pese a tan ampulosas credenciales, mi presa era pequeño como un misal y confieso que me lo llevé por su portada, una delicadeza de diseño oriental donde un dragón expande su fuego con más cara de susto que de amenaza. No pensaba leerlo entero, desconfío de esas sentencias que no entiendes demasiado y te obligan a interpretar al pairo, con coartada sufí o tao, al son martilleante del oráculo. Mi intención era jugar al azar y divertirme, recrearme en expresiones y frases musicales.

Esta mañana en la que todos hablan del Día de la Mujer Trabajadora no tengo afán de estruendo de trompeta, sino acaso de tibio pizzicato. Y he rescatado el libro porque estoy mutando y pierdo piel a pellejos como una lagarta fatigada de caminos, loca de planes.

(Soy mujer, trabajo 365 días, como tantas, no veo límites y a veces me los pongo a mí misma, como atar los cordones de una zapatilla con los de la otra). Y si abro al azar mi libro de las Mutaciones, ese divertimento de tantas mañanas con tantos libros, me saluda una expresión para mí inédita: "Estar conmovido hasta la carne de los hombros". Y así ha sido cuando esta madrugada desperté y en mi correo había un plano amorosamente trazado de una casa que reza al dios Campo y desafía al viento más terco y asesino. Una proyección sublime, un ritual que se prepara y aún no es, y que me anima a proyectar todo lo que escribiré en esa mesa, cómo será la silla, qué esquina protegerá mi espalda, qué música envolverá el traqueteo de mis dedos al bies de la respiración de mis amigos ficticios.

Mutación, estoy de mutación y siento vértigo. (Y soy una mujer trabajadora, y blablablá. Y a ratos querría ser una vaga, permitírmelo, o al menos dejarme ir por la corriente y no andar siempre ganando tierra al viento, adelantando casilllas del juego de la oca antes de que la oca esté siquiera apostada en el tablero).
J.G

"El presagio es desfavorable y puede durar tres años". ¿Qué me quieres decir, noble Yi King?

Mi activismo de hoy -así celebraré este Día que no debe existir en el futuro- es regalarme un gramo de aliento. Parar y que suceda lo que toque, sin miedo y con un puñado de almendras en el bolsillo para el camino al patio. Soy el signo de Marte, guerreo por defecto, y hoy solicito un hombro que se conmueva por mí hasta la carne, un respiro y un signo que interprete sin prisas, a un ralentí que nunca va conmigo.

Soy fuego, el rojo es mi color, dice el horóscopo.  El dragón de la contra de mi libro misal es bermellón y juraría que ríe sin mirarme a los ojos, casi burla.

(Feliz Día, Hijas, Amigas, Hermana, Cuñadas, Madre, Compañeras, Colegas, Desconocidas que sois y laboraís a diario sintiendo lo que cuesta subir la cuesta. Fortaleza y alivio).




domingo, 5 de marzo de 2017

ME DEJÓ UN MARTES POR LA NOCHE Y OTRAS IRAS

"Me dejó un  martes por la noche. A pesar de que el martes es mi día favorito de la semana. El lunes es un melón verde que aún no ha madurado. Los miércoles y los jueves son un plátano que empieza a estar demasiado maduro. Los viernes y los sábados son una papaya a punto de caer del árbol. El martes, en cambio, es un tomate ligeramente dulce pero que apenas huele. Por eso es mi favorito. Es un día limpio, neutro y firme".

No estoy de acuerdo con Hiromi Kawakami pero me divierte su recurso frutal descriptivo en "Amores imperfectos" (Acantilado). A mí los martes, tradicionalmente, me han caído fatal. Carecen de la leyenda negra del lunes y se asocian a un refrán viejuno que mezcla barcas y matrimonio (imagino que por el Hades, a saber). La simpleza le viene bien a mis nudos. Los de la espalda, que cuento por docenas, y los de la cabeza, fruto de una negociación con el banco que me ha revuelto como hydra y que compartí por teléfono el viernes en voz alta dentro de un taxi a tráfico limpio.

Los taxis son el espionaje/confesionario de nuestros días. A un cura nunca le hubiera contado que me la han intentado clavar como si fuera una de esas abuelitas que no llegan a leer la letra pequeña ni con anteojos. Al cura hay que hablarle de pecadillos de poca monta, no de iras mastodónticas que despiertan al Mr Hyde que llevas dentro. El cura es para un descosido, nunca para un roto. El taxista, sin embargo, nunca está invitado a tus conversaciones privadas, y sin embargo no se corta cuando cuelgas. Si te has sentado en su taxi/confesionario,  es irrelevante que no lleve alzacuellos ni sotana:

"Mire, yo tengo tres créditos con mi banco. El primero de seis euros, el segundo de 51 y el último de 146. Tuve un descubierto durante cinco días, y al sexto me clavaron 39 euros de intereses de demora por cada crédito. Le aseguro que duermo con Orfidal, y que paso unas noches de angustia que ni con la pastilla. Así que dígame dónde está su banco que yo mismo le llevo el bidón de gasolina". (Dixit)

(Yo quisiera para mí un día limpio, neutro y firme. Como la japonesa de mi libro. No una cerilla a punto de quemarme las yemas de mis dedos. No un cura sin fe que conduce con un cuelgue de pena sin alivio, también llamada desesperación, que no te cuento, y que me inocula esa droga de nuestro tiempo que es la relatividad. ("Sin duda está mucho peor que yo, y tiene menos armas de defensa").

Hay que protestar de lunes a domingo, aunque sea el día del señor, si nos aplastan. Lo malo es que te quedas deslomada, pensando que Alí Babá y los suyos se han instalado en una sucursal, y se frotan las manos mientras esperan que llegues para una violación múltiple y de aliento fétido y azufre. Maldita sea su sombra.

¿Por qué, Hiromi Kawakami, olvidaste hablar de los días pomelo, esos que amargan y te dejan jugos reververados en la boca del estómago?. Ardan los comerciales zafios en las llamas de sus timos de media manga, trileros a quienes alguien más arriba les pide que aprieten y ejecuten. ¿Obediencia debida, vicio oculto? Pobre de mi taxista sacerdote, un rostro moreno y esculpido a bofetones. Los ojos huecos de exceso de pastillas. La gratitud urgente e inmediata de quien encuentra a otro que padece lo mismo y le escucha porque sí, y porque tirarse en marcha de un vehículo está mal visto y puede ser peligroso. Y porque es cierto que hablé a un auditorio, hablando para mí misma. Mi soliloquio es plática, que escribió aquel un día...
Hiromi Kawakami

Mi abuela solía encenderse cuando la rabia le rompía las costuras. A veces soy mi abuela, pocas veces por cierto y por fortuna. Pero entiendo que se descompusiera, y se quedara clavada en la butaca después de todos aquellos aspavientos sin saco. Envidio a los mansos, quisiera zaherirlos cuando esperan y acatan. Yo misma he consentido, alguna vez, señoría, era más joven, reconoceré delante de un juez. Pero ya no es así, hace ya mucho tiempo. No creo que la almendra de mi alma se haya endurecido y amargue al masticarla. No puedo tragar el abuso, venga de donde venga; no soy una abuelita a la que el diablo dice "firme, firme" -la hiel en la punta de sus colmillos, venenosa-  y despida con malévolo fulgor y sombras de humo.

Soy fuerte en mi debilidad, señores míos. Tengo recursos, ya verán. Y para la acidez devoro Álmax, repongo jugos, me estiro en la alfombrilla y hago crack. Escucho a Monteverdi y leo a Kawakami. Mañana será lunes, melón verde. Y pienso devorármelo enterito, a la salud de ustedes, tan podridos.









jueves, 2 de marzo de 2017

UNA PERSONA MORALMENTE IRREPROCHABLE NO ESCRIBE

"Una persona moralmente irreprochable no escribe libros" . La cita es de Giorgio Manganelli y se la robo a Jorge Herralde, que la ha eligido para comandar su "Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos" (Anagrama, naturalmente). Un volumen de 2006 que no había pasado por mis manos y que recibo acompañado de una tarjeta de letra apretada y escueta.

No es obra de engullir a la manera quijotesca, sino de posar en la mesilla e ir mordisqueando a ratos. Autor por autor; amigo por amigo. Junto a la chimenea de una casa que ya ha superado su categoría de sueño. De una ojeada veo que habla de Chirbes, de Albert Cohen, de Carver, de Bukowski, y vuelvo a sentir esa excitación de lo que me queda por leer. Ese reto feroz que sigue ahí mientras elijo pinturas para desalmar una mesa con sus sillas o la pérgola que hará de una terraza vasta y yerma  un edén.

No sé lo que escriben las personas moralmente irreprochables. Sé que en tiempos de diarrea egomaniaca redactar unas líneas sólo para uno es un ejercicio monástico que agradará seguro al dios de los discretos. Yo soy la primera exhibicionista, y castigo mi narcisismo de estos lares con mañanas sin taquígrafo que se parecen a atravesar un mar de dunas a pleno sol y sin botella de agua. Tú sola y las palabras; Con ese riesgo de elegir mal un adjetivo y otorgar a un personaje un atributo del que no pueda deshacerse más adelante y lo condene a la esclavitud de la incoherencia. Como tener tres pechos o dos cabezas. Ese yugo.

Y entonces, irrumpe Glenn Gould, intempestivo: "Hasta donde recuerdo, siempre he pasado la mayor parte del tiempo en soledad. No es que sea asocial, pero me parece que si un artista quiere utilizar el cerebro para un trabajo creador, la llamada disciplina -que no es más que una manera de excluirse de la sociedad- es algo absolutamente indispensable (...) Todo artista creador que quiere producir una obra digna de interés debe resignarse a ser un personaje social relativamente mediocre". La alegría de saber ayer que Acantilado publica un libro bajo el título sugerente "No, no soy en absoluto un excéntrico" con sus reflexiones, entrevistas y escritos. El deseo caprichoso y urgente de ir a comprarlo ya. La decisión cabal de que conviva con el pope editor Herralde en esa mesa y al calor fugitivo de esa chimenea.

Cuando leo un texto brillante me devora un fuego de escritura, igual que cuando vuelvo de una exposición top siento que debo pintar, y compro marcos para un collage o hago garabatos en papeles que no muestro o solo imagino. Es una excitación que se parece a la de morder un donut de chocolate cuando tienes hambre y te saltas la dieta. Una inyección de azúcar en el páncreas o ese efecto orgásmico de salir a correr y cumplir meta.  Las ganas de ser Gould y ponerme unos guantes hasta los codos, o tararear hincando el cuello sobre el pecho, desatada perdida. Y dejarme tentar por una mesa de escritura para mi edén privado, que salta y se contonea en pantalla cada vez que enciendo mi MAC (la mesa, no el edén, naturalmente).

Se llama inspiración o galope. O ganas imperiosas de quedarme en pijama todo el día, leyendo sin más parar que para escribir, escuchando El clave bien temperado por Glenn Gould (que al parecer viaja en la sombra Voyager 1 dentro de un disco dorado con información sobre la Tierra y saludos en muchos idiomas).

Proyectar y bullir, de eso se trata.

(No me he tragado el donut, no todavía. Me he tragado la sal yonqui de páginas sueltas de ese libro, y tantas naderías digitales con tentaciones de grasa saturada para esos que rebotan memes ajenos. Y triunfan socialmente como antes triunfaban los que contaban chistes con gracia en una sobremesa).


martes, 28 de febrero de 2017

SI SALGO DE MI CUERPO Y ME CONTEMPLO VEO EL TEMBLOR DE UNA HOJA (MIEDOS DE MADRE DE ADOLESCENTE)

Mi amigo el Artista antes llamado Prince ha pedido una excedencia para dedicarse a estudiar. Varios meses sin empleo ni sueldo con el único propósito de sumergirse en una biblioteca a alimentarse de palabras de filósofos sin aderezos y buscar algunas verdades, imagino. El Artista no es un friki, es un ser de una curiosidad insaciable que no alimenta con regaliz. Carece de wasap, no tiene cuenta en tuitter ni en Facebook y se ríe a carcajadas explosivas. Es un tipo provocador y sospechoso para los tiempos que vivimos. Una (buena) persona que no se permite la banalidad aunque se disfraza de Broma y a la que te descuidas te suelta una separata de Spinoza o te aconseja: "Retrocede en tus lecturas dos mil años". Y vuelve a sacudirse de risa en estertores que hacen temblar las paredes.

Prince es un tipo distinto. Escandaloso, tierno en el fondo y excepcional.

Recuerdo que cuando éramos niños ser diferente era un talento. El que sabía dibujar, por ejemplo. El que tocaba un instrumento. Ahora queremos ser iguales, ponernos la misma ropa que cuatro mamarrachos/as con etiqueta de "it girl" e "it boy" y opinar lo mismo que un influencer que  probablemente piense que Montaigne es el nombre de una montaña rusa del parque de atracciones. Ser masa, que en la masa hace calor. Adolescencia eterna.

Ayer supe de una niña de quince años, hija de familia "normal" (sea lo que sea esto, el adjetivo siempre me inquieta por impreciso), llegó al coma etílico tras varios episodios alcohólicos. En su wasap encontraron fotos de la menor en ropa interior que enviaba con suma ligereza, al parecer. También ofrecimientos sexuales muy explícitos. Estaba dispuesta a lo que fuera, imagino, para triunfar en alguna liga teen. Me dio mucho miedo, se lo conté en casa a mis hijas. Por suerte se sobresaltaron, pero no sólo eso. Mi adolescente me contó que el colegio hay dos hermanos -chico y chica- que se dedican a pegar palizas a otros chicos. "Ella le ha grabado un vídeo a él en el que sale golpeando y el padre de ellos se ríe", me informó. "Mamá, los padres teneís que ir al cole a denunciarlo para que los echen", me pidió. Hubiera cogido en ese momento una lanza, un yelmo  y un caballo.

El colegio de mis hijas es "normal", está en un barrio de familias de clase media (sea lo que sea la clase media, desdibujada por efecto de la crisis). Su hermana, que hace prácticas de maestra en un colegio público de un barrio deprimido de Madrid, aseguró que allí no pasaban esas cosas.

Si salgo de mi cuerpo y me contemplo veo el temblor de una hoja. Miedo al ahí fuera. Temor a que mi adolescente se vea en una situación comprometida y no encaje la presión. Ayer discutí al respecto y me sorprendí mucho más temerosa de lo que pensaba que era. En un arrebato inquisitorial, hubiera hecho desaparecer los móviles y ordenadores de los menores de quince años de mi casa para evitar la contaminación. Qué tontería. Luego la buscaba para acariciarla sin venir a cuento, una forma de consolarme a mí misma, me parece.

El miedo es el peligro, me digo cada día. Y sin embargo temo.

Y admiro como se admira a una rara avis a mi amigo el Artista antes llamado Prince -hace tiempo que me prohibió que usara siquiera sus iniciales- porque no se deja llevar y posee el talismán de lo distinto. Y sueño una Universidad de la Diferencia o una asignatura del Yo frente a la Masa.

Y abro a Montaigne, que es puro looping: "Y si el dolor de cabeza nos llegara antes que la borrachera, evitaríamos beber demasiado". Pg 334 Los Ensayos. Ed Acantilado.


 


domingo, 26 de febrero de 2017

CREO QUE INTERNET SUSTITUYE AL SOL (Bienvenida, Melissa Broder)

"Me digo a mí misma que no sé nada del amor para poder recuperarme. Me estoy recuperando de una fantasía que proyecté en el cuerpo de un joven. Me regalaba música, lengua y dedos y una cara que gemía enterrada en mi coño. Nunca me voy a recuperar de haber estado tan viva".

Despierto (del todo) con cada párrafo de Melissa Broder. Ya lo advertí: "So sad today" sería el pico (teo) literario de un fin de semana con pocas horas seguidas para nada. Sin indagar, diría que Melissa es un lanzallamas o un vendaval de pimienta que inyecta y ciega tus ojos. Una chorrada, desde luego, los tengo bien abiertos mientras avanzo sin orden, con los mismos saltos que su histeria descarnada con un fondo muy poético donde no faltan deyecciones, felaciones y atracones (de todo).

El capítulo del que extraigo la cita se titula "Ama como si intentaras llenar un agujero espiritual insaciable con otra persona que se va a asfixiar dentro de él". Me da la risa, me oscurece, me recuerda de pronto a "El Principito". A ratos Melissa produce arcadas; a ratos sensación de habitar en un planeta que nunca has pisado por miedo, por asco, por huir de la tentación de todos los extremos. Es como comerse los huevos duros de El Indomable pero con chocolatinas hiperazucaradas y pasadas de fecha mezcladas con amoniaco.Se me ocurre.

Y en medio miro muebles de diseño, imagino un espacio que será y lo pinto de colores. Hace sol, como en Internet. Según Melissa Broder: "Hoy he despertado a las tres de la madrugada y me he conectado a Internet. Ahora son las seis de la mañana. Llevo haciendo lo mismo toda la semana, salvo el lunes, que no llegué a acostarme. Creo que Internet sustituye al sol".

Aún así, mi espalda siente el sol que aún no ha salido. Sobre la otra mesa, un enjambre de revistas AD marcadas, la excitación de anoche y los especiales colecciones de Vogue y etcétera. La Primavera está aquí, otra vez, y Melissa la ha traído con sus dardos poderosos, esa fibra de amor y dolor hecha palabra:
Balancín de los Eames

"Son los amigos solteros los que hacen que permanezcamos casados. Nos recuerdan que estar soltero es triste. Tener citas es triste. Ligar por Internet es triste. Ir de vacaciones y a las bodas solo es triste. El matrimonio también es triste.
Pero el amor, la lujuria, el enamoramiento...durante unos instantes no me sentí triste".

Me divierte pensar que pensaría un autor de otro que simultaneo. Qué se dirían si estuvieran cara a cara. Stefan Zweig y Melissa Broder, verbigracia. Hay una butaca de los Eames que me subyuga, me gustan los verdes plomo y los azules Marruecos. En un rato desayuno con mis amigas en el salón de L. , un desalmado que le rompió a una el corazón, de tan siniestras intenciones. En realidad no es un salón, es un barrio donde a veces te lo cruzas con su sombra funeral.

Es un domingo de cielo gris que no te importa.