lunes, 29 de agosto de 2016

INSTRUCCIONES PARA ASESINAR UN AGOSTO QUE ES SEPTIEMBRE

Elijo un libro para él. No estoy segura, es un acto crucial, de tan comprometido. No es transferible la emoción, ni estremecimiento ni el asombro. Uno lee con toda la carga de su momento vital salpicado de migas y de leche. El vestido que eligió esa mañana, el amargor de un café súbito y encapsulado tras dos semanas de lenta cafetera italiana que son el karma de los precipitados. El miedo al quirófano, el foco luminoso, un punto rojo. La inminencia de un tren de los de antes. No de los AVE que te teletransportan y comprimen cualquier destino lejano en dos o tres horas. Un tren de cinco horas, como dios manda. Tiempo para mirar y para aburrirse. Para pintarse la boca de rojo intenso por no ver la película. Para observar familias pejigueras y parejas en crisis. Para leer un libro, desde luego.

Ante la duda siempre nos quedará Coetzee, pienso yo. O mi querida Lorrie Moore. O ya veremos. Algo reconfortante, como un viejo jersey con bolas que nos protege del mal y la ventisca que es el frío de andén y despedidas. O esa larga lista de volúmenes pendientes que muestra desafiante mi Taj Mahal. Estaré sin leer algunos días, y también sin escribir, mucho me temo. Una suerte de estreñimiento intelectual que me pone de mal humor, lo he comprobado, y hace que me vuelva impertinente y hosca con las visitas. Hambre de silencio.

Septiembre, ya es septiembre en mi cabeza. La listas, el cambio en los armarios, mi desorden. Antes un túnel enfangado, tenebroso. Después, la vuelta al trote, el laberinto de aceras al trabajo. A las fachadas arrogantes de tan acomplejadas de Madrid. Al café con churros o con porras. A la quinoa desculpabilizante. Los suplementos literarios son como el Vogue: anuncian las tendencias del Otoño, subrayo aquello que me excita y menosprecio lo que no me pondré ni leeré. Hace unos días, a una amiga que ha escrito una novela, borde yo, le solté: "Nadie puede pensar que lo que escribe es bueno, suficientemente bueno. Si lo piensa es un imbécil".  Y ahora me sonroja mi actitud, casi grosera. Entre las novedades hay farfulla, hierbajos que no nutren pero ensucian los caminos y alivian el tránsito intestinal de las meninges. También algún hallazgo luminoso, estoy segura. Y mi depredadora interior afila sus colmillos.


Taj Mahal
Ya no quiero volver a esa playa. A ninguna playa. Sí ponerme mis Nike y regresar al parque más urbano que exista. Nadie evoca lo que no volverá hasta dentro de un año, más que los masoquistas y las bobitas carne de telenovela. La noche tan sudada, mis hijas que aún duermen ajenas a los ruidos de una ciudad que ruge de autobuses y gente a la carrera. La rutina.

Mi casa sin pintar. Otro año será. Tanta pereza. La lista de la compra,  la piel de color cobre que irá palideciendo con las duchas y la sombra del trayecto de siempre. La calle de Alcalá, Conde de Peñalver, Velázquez y Serrano. Ríos que van a dar a ese mar que es la Castellana, tan bravío. Las cavidades huecas de los amaneceres  tempranos. Mi querido rincón, desde donde disparo estas palabras. Las plantas que me acogen, los horarios.

Hoy ánimo de lunes y de miedo. Veremos en un rato si las piernas me devuelven la fe y la resiliencia.  Ya puse lavadoras, ya vacié un maleta y lleno otra. Sísifo desganado, la montaña. Ojalá pase rápido, todo menos el tren, traqueteo muy lento y primoroso.

Empieza un nuevo ciclo, lo siento centrifugando entre mis tripas. Vuelvo a la librería, con la esperanza absurda de que salte un ensayo o una novela, revelación habremus. Las niñas dormirán  más de una hora. Tregua de interferencias y legañas. Todo tan raro y sin embargo tan familiar como la noche en mi cama, alborozado encuentro, y la vecina loca gritando por el patio. Ya es septiembre. Los dioses del Otoño nos protejan.






martes, 23 de agosto de 2016

LA TECLA DE LA AMNESIA EN FACEBOOK

 Romper con tu pareja en la era de la hiperconexión no es tarea fácil. Internet no entiende de sangrados coronarios, es insensible al olvido y se empeña en reaparecer a los cadáveres -frescos o en avanzado estado de putrefacción- cuando menos falta hace.

Mi amiga M. anda por aquí curando su mal de amores. Ella querría, como todos, pulsar un botón que le lavara todo rastro de lo que fue, quince años de relación con vaivenes -como casi todas- y un final abrupto como un precipicio con bufones de mar Cantábrico virulentos y furiosos. Así que le dije: “Vente a ver prados y vacas y verás cómo se te afloja la negrura”. Aquí hemos curado todo tipo de avatares sentimentales con alto porcentaje de éxitos y sin demasiada química (salvo que se considere tal a las verdinas con marisco o al cabrales).

Y dicho y hecho. Pero además de su pesar, M. se trajo su ordenador y su teléfono con 30 megas de oferta de verano. Vamos, con datos como para conectarse con la NASA y tener un chat con alguna estación espacial sita en Saturno.

Cada vez que mi amiga se conecta a Facebook, el “sistema” le envía un recordatorio del tipo: “Tus fotos de hace tres años”. Y allí están ellos, tan felices, triscando por los montes o soplando las velas de una tarta, en esa simulación de felicidad que somos todos cuando nos congelan un nanosegundo de posado/robado veraniego. Y mi amiga resiste como puede la tentación de mirar, pero mira. Y se estremece y recuerda. Y sufre como una condenada.

Porque ese genio asperger llamado Zuckerberg ha dispuesto sistemas de bloqueo, pero si fuera listo de verdad generaría la tecla de la amnesia junto a las de like y sus emoticonos, tan sosas y manidas. Y así, tú pulsarías debajo de una foto y se te olvidaría instantáneamente el nombre de los que aparecen -exnovios, examigos y hasta tus hijos en momentos pico de desesperación-. Y podrías curarte desamores, desalientos, frustraciones, decepciones y toda la munición pesada del fastidio con un clic. Magia potagia.

El derecho al olvido tiene que ser eso, y no una proclama asociada a una ley de la Memoria. La verdadera desmemoria es esa que te permite seguir con tu vida sin moscardones zumbando delante de tu cara. Cierto que, direís, el duelo es necesario y blablablá, pero a veces sólo sirve para mortificarse pensando qué demonios hacías con ese tipo loco o con esa mujer tan sádica. Y las heridas de autoestima son como esos cortes en las yemas de los dedos. A poco que las roces, vuelven a sangrar y a escocer.

Lo dejo ya, debo escribir a los de Tuitter, Facebook, Linkedin, Whatsapp y demás sistemas perversos de recuerdo involuntario. Quiero olvidar, ¿me han entendido? Y hacer que mis amigos olviden a su antojo, y disfruten de este agosto que se escapa sigiloso como un ladrón de posada de caminos del que en breve sólo quedarán esas fotos que saltarán un día de invierno, en la pantalla del ordenador, la tablet o el móvil, cuando ya no seamos los que fuimos.


domingo, 21 de agosto de 2016

CINE DE AMORES Y TUMORES

Ghost, un clásico (sin tumor, con accidente)
A las chukis les gusta un cine de género que ya hemos bautizado como “de amores y tumores”, a saber: dramones de corto alcance y mucha sobreactuación, donde todos los sentimientos se muestran exacerbados, se reclama la lágrima fácil y el doblaje de la película contribuye con sus énfasis despendolados al desenlace final, siempre luctuoso.

Anoche estábamos en ello, tras volver de zamparnos unas nécoras con su compango percebero-navajero y sentir esa ligereza del marisco que te predispone a las emociones grasientas. El cielo, libre de ese velo astur pertinaz, dejaba contar las estrellas e invitaba al retozo en nuestro prado pero no hubo lugar. Enseguida nos vimos frente a la tele ante una película donde pude reconocer a Gael García Bernal haciendo de médico imberbe poco creíble -esa genética te va a condenar a papeles adolescentes, nene- y una rubia que nos sonaba y se parecía a Drew Barrymore era la víctima. O sea, la paciente con cáncer terminal, dos semanas de esperanza de vida y una rabia muy explícita y muy chunga contra el imberbe y contra el mundo, ya de paso.

No pestañeamos. Y enconces introduje el coloquio cine forum: “Esto es un clásico ejemplo de peli de amores y tumores”. Y la Artista antes llamada Minichuki apostilló: “No, mamá, esta es la marca blanca del clásico cine de amores y tumores”. O sea, que hasta ella se escamaba de la altisonancia de la morituri pedaleando en bicicleta con una botella de ron de la que pimplaba con el inequívoco fin de precipitar su invariable destino.
Chukis y madre tras ver cine chungo

Y de repente estaba en el cielo, sentada en una nube. Y aparecía -¡horreur!- Goopy Goldberg, esa habitual del cine de amores y tumores (si no has visto Ghost, no lo veas nunca. Es vomitiva). Y tenía lugar un diálogo guionizado por un retrasado mental sin diagnostico fiable de una simpleza alegórica que daba bochorno. Pero a mis hijas no parecía importarles demasiado, porque el cine de sentimientos rosas amordaza al criterio. Pero te mantiene en el sofá (yo misma fui víctima de esa fuerza misteriosa).

Y entendí una vez más que el sentimiento es peligroso. Y entendí a los votantes de Trump. Y el éxito de la telebasura. Y el sadismo en ciertas relaciones amorosas (hombres, sapos y viceversa). Y la confusión de términos. Y que si estás en un dramón de ese calado debes llevar el pelo sucio (era el caso). Y que conviene avisar en la calificación de este tipo de filmes, más propios de la hora de la siesta que del prime time, de que producen subidas de azúcar inesperadas y puede que halitosis. Y me entraron ganas de resolver una ecuación o algo que implicara el puro cerebro. Pero no pestañeé mientras la pobre chica mantenía otra de esas conversaciones banales y llenas de lágrima con el  amigo gay majo y enrrollado -otro clásico del género. Y sólo cuando la cortinilla publicitaria avisó con su “volvemos en siete minutos” salté muy digna y me despedí de las chukis con cara de “hasta quí podíamos llegar, siete minutos”. Pero ninguna de ellas me secundó.

miércoles, 17 de agosto de 2016

10 COSAS QUE TE CAMBIAN EL CARÁCTER

 1.El carnet de conducir. De pronto pasas de aborrecer coches y conductores a aborrecer viandantes y coches y conductores. Y perros, y señales de tráfico. Y abuelitas.  Y mosquitos estampados en el cristal. Y gasolineras con baños mugrientos y sin empleado que te haga el repostaje e impida ese olor penetrante a gasoil en tus manos. Y rotondas diabólicas. Y multas a fin de mes. Y esa truculencia de perderse.

2.Ir a vivir de provincias a la capital. Donde no hay referencias tan inmediatas, y a la gente le da igual si el saltador de pértiga de la tele nació en Cuenca (como dirá quizás el de Cuenca llegado a Madrid). Y tus amigos sí se acordarán en cambio de dónde eras cuando te pidan las perrunillas, el chorizo ahumado o los garbanzos de tu tierra el día que te vayas de fin de semana.

3.Los acúfenos. O vivir escuchando pitidos permanentes en tus oídos, sin que nadie más se aperciba. El sufridor de acúfenos es como el de hemorroides: los padece en silencio. No hace aspavientos ni lo cuenta a menos que tenga mucha confianza contigo. P.D: en mi vida he conocido a dos víctimas de esta maldición. Ambos eran elegantes, sufridos y austeros. No digo que una cosa lleve a la otra, pero sí que alguien debería investigar al respecto e implantar un chip acúfeno a los intolerantes.

4.El cartel de becario. O sea, que al pobre becario le den una tarjeta de acceso donde no pone su nombre y apellidos, ni siquiera un número de reconocimiento estilo campo de concentración, sino la palabra BECARIO bien grande, insultantemente ostentosa. Una licencia para que cuando se equivoque alguien diga en voz alta: “Claro, es un becario. Naturalmente”. Y una manera infalible de que nadie recuerde su nombre. “¿Ése? Es nuestro becario”.

5.Cambiar el tinte del pelo. Si ya no eres rubia oxigenada, un suponer, sino cenizocobriza, no puedes hacerte la loquita en los concursos de la tele. Tampoco te sirve el mismo tono de maquillaje, ni el rouge de la boca, así que te sale por un pico la reconversión del neceser. Por no hablar de si acompañaste el pantonicidio de un corte de pelo y ahora tu cuello expuesto, desnudo, pide a gritos un corte diferente de camisa y otros colgantes. Un desembolso.

6.Los hijos pasados los 40...y casi en los 50. Son conscientes, buscados y a menudo con demasiado esfuerzo y sacrificios. O sea, que merecen los cuidados del oso panda o de cualquier otra especie en peligro de extinción. A los 30 los tuviste con cierta dosis de inconsciencia. A los 40 lo has planeado como se planifica un butrón de joyas a Harry Winston. Y a veces con idénticos resultados (la policía va a tu casa, porque el niño es un mimado que pilló a los padres demasiado cansados para regañar por arrancarle las patas a un insecto o tocar la flauta a la hora de la siesta). Conclusión: no hay que tener hijos a los 40 o pdrías volverte un talibán de la cosa. Y puede que tampoco haya que tenerlos antes. Ni después. Criemos osos panda.

7.Desayunar huevos fritos con chorizo. Ese apocalipsis de jugos, esa desbordancia trotona, esa alegría sin culpa. Ese instante de puro gastrogozo donde no juzguéis y no seréis juzgados (piensas mirando a los otros, que desayunan una galleta triste y light o una raja de melón enclenque).

8.Leer literatura de calidad. Y darte cuenta de que a toda esa morralla cincundante no hay que prestarle ni un minuto de tu vida. Y asumir que quien considera que escribe bien ya es en sí mismo un imbécil, porque la excelencia es un estado de insatisfacción con riesgo de fuga. (“Tengo que seguir trabajando, no para llegar al producto acabado, lo cual provoca la admiración de los imbéciles (…) No debo pretender completar más que por el placer de hacer una obra más verdadera y sabia”. (Cezane. “Correspondencia”).

9.Estar duchándote y que empiece a salir agua fría porque se ha agotado la del calentador.Sin comentarios.

10.Dormir bien siendo intrínsecamente insomne. Adiós al malditismo, a la excusa para no tomar copas. A la justificación de las ojeras. Al mito, a la intemperie...

lunes, 15 de agosto de 2016

LA CASA ES EL LUGAR DEL MISMO (DIARIO DE VERANO)


 Uno llega y coloniza. Conoce, reconoce y transforma. Forra el sofá con una sábana limpia, sumisa y cotidiana. Corta o le cortan unas hortensias del jardín, que pasan a sendos recipientes y enseñorean la casa. Adquiere un hule en el bazar del pueblo, un hule feo según sus cánones estéticos pero que cumple su función. Mueve la mesa y su banco del prado al porche, bajo un móvil de madera que se hace notar al paso tibio de un aire perezoso. Reconoce el olor a hierba mezclada con estiércol que ensancha sus pulmones. Coloca su perfume en la estantería del baño, y dispone los libros en un aparador de la cocina: Giacometti, Boris Vian (Denis, el hombre Lobo), Homes... Explora el rincón de la escritura, con vistas a la puerta doble de pueblo, esa que por arriba permite fisgar y por abajo impide que se cuelen los gatos y los suspiros de ánima perdida. Escucha el rasgado del amanecer con los gorjeos de los pájaros. Se prepara un café, el aroma inunda la casita. Agradece la bruma, ese velo insólito que es el aliento del diablo, o al menos eso imagina.

La casa es el lugar del mismo”, repite siempre él. Pues mi lugar es este, si hubiera que elegir un lugar y un aquí y un ahora. A dos pasos del mar, por la costera donde siempre hay vacas con sus muermos que bostezan las hierbas resudadas. Uno debe tener no menos de un lugar del mismo, tal vez dos. Y un tercero que aún duerme en la ensoñación, esa casa con patio que será, y tendrá su mesa con su hule bonito. Y su móvil espantapesadillas. Y sus flores hurtadas a un campo no tan verde. Y ya atesoro las partes de acá que llevaré allá, sea el allá que sea, como una Mary Shelley obstinada y tenaz. Y al fondo me vigila el limonero, que aún escupe frutos verdes, amargos y listos para adornar gin tonics a la noche, sentados en el porche, desenmascarando estrellas y hablando de ésto y de lo otro.

Y aún no ha concluido el feliz asentamiento. Un par de bolsas esperan ser vaciadas, las botas de montaña, los chubasqueros de paseo inclemente que aquí no asusta a nadie. Y salir a por las viandas, la despensa bien llena de quesos, de chorizos, de pan de maíz caliente. De besos, de alegría. Y las horas muertas de arena y de salitre con algas, que aquí se llaman ocle. Y mi Lord Byron hostil y apasionado, que te destroza los pies si intentas seducirle vadeando entre sus piedras de canto de cuchillo. Y es mi sitio, mi lugar de mí misma. Y suenan las campanas de la iglesia.


jueves, 11 de agosto de 2016

LA ESTRATEGIA DEL MEJILLÓN

Trump&Clinton
Hay una estrategia milenaria que consiste en no mover un músculo y obligar al rival a que se desgaste. De no hacerlo, éste quedará como un vago, un incompetente, un ligero: de hacerlo, podría encontrarse un jaque mate o una jauría de perros hambrientos a la puerta de su casa. Y tú no te habrás despeinado en ninguno de los dos casos.

Hay otra estrategia similar que se conoce como "dar cuerda para que el otro se ahorque", también muy utilizada por los que guardan la ropa y nadan lo justo.  Se trata de colocarlo en un terreno de arenas movedizas para que patalee a sus anchas y se vaya hundiendo ante el escrutinio público de la plaza puesta en pie. Y tú eres uno de ellos, pero no jaleas. Te limitas a contemplar tu obra con esa complacencia ladina y perversa del organizador profesional de cenas de los idiotas.

Hay una estrategia política (pero no sólo) que consiste en no hacer y esperar a que el rival haga y de paso se deshaga. Y está tan de moda como en breve lo estarán los cortes orientales, los bordados de flores dolcegabbanescos o los jeans con parches de fantasía. Hillary Clinton, por ejemplo, espera sin que se le altere el peinado enhiesto de laca un tropiezo más de Donald Trump. Y Trump se lo sirve cada mañana en bandeja, con el zumo de naranjas artificiales y los huevos fritos (ese delirio).

El millonario descerebrado no entiende que sus rebuznos le provocan cortes profundos que podrían desangrarlo. Y se le va la fuerza por la boca y esas vísceras tan bien alimentadas mientras que ella, la mujer que se tragó unos cuernos con mancha de becaria y un impeachment deshonroso a su marido, aguarda pacientemente sin hacer grandes gestos ni promesas. Calculando que con un ataque a los soldados muertos aquí, o una alegoría de las armas con tono de broma amenazante de mal gusto allá será suficiente para decantar a las masas hacia su trinchera.

Pero no hay que irse tan lejos para avistar gestos estratégicos similares. Ayer Mariano Rajoy, tras reunirse con Albert Rivera y vender éste su cambio de opinión como un gesto patriótico, emplazó a Pedro Sánchez a abstenerse o de lo contrario convocaría nuevas elecciones. Rajoy, experto en aguantar quieto y sudar lo justo, demostró astucia porque al PSOE lo ha puesto contra las cuerdas: Si Sánchez facilita su investidura, decepcionará a todos los votantes de su partido que rechazan radicalmente un gobierno de derechas. Pero si no lo hace, será el responsable ante toda España de volver a las urnas por tercera vez consecutiva, un acontecimiento de tintes kafkianos que no beneficia demasiado a nuestra imagen internacional ni a nuestra economía (evidencia o perogrullada, nada ideológica). Y su cabeza, como la de Salomé, será servida en el banquete de los suyos salvo milagro de última hora.

O sea, que Rajoy cuenta con que hasta el más iletrado de los españoles intuye que tres elecciones generales cuestan mucha pasta y nos debilitan a nivel país. Y en esas está, y es esas estamos. Y nos pilla en bañador o con la tele encendida viendo ganar a Mireia Belmonte -qué prodigio-. Y este es un reclamo (patriótico) mucho más excitante, como esta noche lo será la contemplación de las Perseidas en caída libre desde un cielo limpio y enigmático como nuestro destino.




martes, 9 de agosto de 2016

OJALÁ ME PERDONEN (INSTRUCCIONES PARA UN EQUIPAJE AL POLO NORTE)

Olvidos y deseos
"De mi pequeño reino afortunado
me quedó esta costumbre de calor
y una imposible propensión al mito". (J. Gil de Biedma)

 De mi voraz hambre de soledad, de cierta soledad al menos, podría deducirse que devoro páginas como una quijotesa ensimismada. Pero no. Me da por preparar un equipaje con tanta morosidad que pareciera que voy a emprender una expedición por el Polo Norte o el Sur -no sé en qué se diferenciarían atuendos e intendencias-. Ayer, sin ir más lejos, taché de mi cuaderno de bitácora doméstica no menos de una docena de objetos imprescindibles que incluían "botella de gin Star Bombay", " enchufes ahuyenta mosquitos" y "sábanas de algodón".

Lo mío con las sábanas de casa de alquiler. Suelen ser rasposas, tienen mezclas, irritan el roce de mis piernas y mis brazos, me provocan sudores y prurito. Así que últimamente no salgo sin mi juego de tejido noble y sencillo que huele a suavizante y a caricia sin grandes alharacas. Cotidiana de mí, cita contigua.

Y entonces J., que disfruta y jalea mis ratos sin más compañía que mi sombra, me anima una vez más:
-¿Has tenido tiempo de leer?

Y noto que salto como gata encerrada en cesto de la ropa: "¿Y por qué siempre que me quedo sola me dices que si he leído? ¿Qué pasa si no lo he hecho? ¿Eh, qué pasa...?"

Pero cuelgo y camino, vencida y arrepentida de tan mala condición, hacia ese Taj Mahal (mi librería). Y me sale Gil de Biedma al encuentro: "Las personas del verbo" (Ed Lumen). Y abro el libro al azar, y no hay retorno:

Como la noche no 
quiero que tú desciendas,
no quiero cumplimiento
sino revelación.
Desciende hasta mis ojos
veloz, como la lluvia.
Como el luminoso rayo,
irrumpe restallando
mientras quedan las cosas
bajo la luz inmóviles.

Y repaso mi lista, y decido que el poeta también irá conmigo. Y ya son A.M Homes (Ojalá nos perdonen), y un librito sobre Giacometti y otro de cuentos de Boris Vian. Y no tengo un soporte electrónico que los comprima a todos, como monda,  y me gusta el roce de las hojas, el olor perfumado de la tinta. Así que entrarán todos como sea. Y volverán, espero que leídos (o seré ajusticiada por una pregunta que sólo quiere ser cordial, o atenta, o cariñosa: ¿Has tenido tiempo de leer?).

No quiero cumplimiento, sino revelación (puede que te responda).

Y a mis pies, o en rincones de la casa, empiezan abrotar  maletas, y bolsas de asas que huelen a salitre y a tiempo de descuento. Y tacho de mi lista: "Notas a A", que guardará la casa y sus silencios. Y ya estoy viajando, sin viajar, en esa tren nervioso que son mis pies por los pasillos.  Y hasta leo un poco, (respondo a la pregunta). Y además escribo, arrebatada y fresca, de mañana.

Y ya es 9 de agosto. Así, tan a lo tonto.










domingo, 7 de agosto de 2016

EL ASOMBROSO CASO DE LA MUJER INSOCIABLE QUE SE ESCAPÓ

 Ayer la escritora mexicana Bárbara Jacobs decía en Babelia que si le daban a elegir entre escribir una carta a alguien o invitarle a tomar un café, escogía lo primero. Me sentí identificada de inmediato. He llegado a la recta final antes de las vacaciones con la sensación de una necesidad urgente de tiempo conmigo misma que me hace estar irritable a ratos y sin previo aviso. Hay amigos que me requieren desde hace semanas para quedar, y yo no veo el momento. No es que no tenga ganas de verlos, es que soy un armario atestado de ropa donde unas manos intentan, sin éxito, abrir canales de aire para sacar una o dos prendas.


Justamente ayer hablaba de la recuperación de prioridades. De todo lo que necesito hacer: escribir, leer, seguir con las clases de inglés, deporte regular, pasar más tiempo con mis hijas, trabajar (desde luego, aún no he conseguido ese viejo sueño del rentismo), estar al día de las expos y películas que me interesan, buscar con renovado ahínco mi casa de pueblo con patio...Y llegamos a la conclusión de que todo no cabe. Algo había que dejar fuera, como los regalos del tramo final del Un, dos, tres de mi infancia. Pero yo no quería, no quiero, prescindir de nada. Y me deshago en afanes y en esfuerzos con garra de olímpica pero sin haberme entrenado lo suficiente para los cuatrocientos metros, esa prueba de natación diabólica que aguarda a la sirena de titanio Mireia Belmonte.

Digamos que de las Olimpiadas voy a prescindir, me bastan los resúmenes del Telediario. Pero ansío volver a madrugar para salir al trote por mi querida costa astur, los prados a mi izquierda, el mar Cantábrico agitado y arisco a mi derecha. Y cuando era insomne, in illo tempore, todo resultaba más fácil. Pero entonces fui a una profesional y le planté sobre la mesa mis miserias de sueño, y ahora el cuerpo me pide una desconexión más terca que la británica, y tan turbulenta como la catalana.

Pongamos que duermo siete horas, una o dos más que solía. Y si, mis neuronas deben estar más tonificadas pero a mis dedos les faltan minutos al teclado. Además, quiero ir a pie al trabajo, como suelo. Pero eso no puede considerarse deporte, sólo tonificación. Alegría de devastar el aire de mañana, cuando el asfalto está desprevenido, y surcar las calles con pensamientos fofos que no se sustancian en nada pero atrapan rincones, esquinas y edificios de Madrid que ya he hecho míos a fuerza de tentarlos con mis Nike y mi mochila. Tacones a la espalda.

Quiero además haber escrito antes unas líneas de ese libro que crece más lento que una estalactita. Y conspirar con esos personajes que van teniendo forma, vida propia. Pero no la suficiente como para que los pueda dejar solos en casa mientras salgo a enjaretar rutinas y desvelos. Así que, frustrada y sin vocación de azar, relleno Primitiva o Bono Loto (no sé muy bien qué es una ni qué es otra) con la ilusión pedestre de que sólo el dinero compra tiempo, si la salud no te hace de las suyas.

Y me vuelvo insociable, en cierto modo. Y espero me perdonen mis amigos si no estoy a la altura. Dadme tregua, dejad que me organice, por Tutatis. Que nunca concursé en el Un, dos, Tres. Que debo aprovechar las vacaciones para escribirme una carta a mí misma, en lugar de quedar a tomar un café. Como haría esa mujer, Bárbara Jacobs:

-¿Puede resumir su libro? 
-Es la construccón de una novela, más que una novela. Es la construcción de una mujer que finalmente se me escapó, pero eso no se lo digas a nadie.

(Yo también me escapé, y ando buscándome. Y por la noche miro las estrellas a la caza de todas y ninguna)



viernes, 5 de agosto de 2016

YO TAMBIÉN VEO "FIRST DATES", SOY PECADORA

Confieso que veo algunas noches un programa llamado "First dates" (Primeras citas) y en mi pecado llevo mi penitencia. La cosa es como sigue: Mi sobrina, ahijada y compañera de piso este verano y yo nos confabulamos para quitarnos la culpa de la conciencia viendo el Telediario -sin éxito, porque el de TVE, el primero, el clásico, cede minutos a contar el lanzamiento de un móvil convencional o a presentarnos a un tarado de Murcia que ya ha cazado todos los Pokemon-. Luego, cuando llega el turno de los deportes, cambiamos de canal. Y allí están  ellos. Y ellas.

Una chica que le dice al chico que no es su "prototipo". Un joven que no sale de su cuarto porque está enganchado a los videojuegos. Una descerebrada que convive con un cerdo vietnamita. Una animalista gótica. Un stripper depilado que se frota contra su cita en una danza erótica que él llama "el gusanito" (no falla, no falla con las mujeres...asegura mirándose al cristal ensoberbecido de su sex appeal). Una cinéfila amante del cine de autor -así se define-  cuya película (¿indie?) de culto es..."El Club de los Poetas muertos".

Las chicas suelen tener una sorprendente inquietud: El baile. "¿A ti te gusta bailar?" es una de las preguntas más habituales. "Yo soy una persona muy humana", una de las típicas respuestas. Hay románticos empedernidos y analfabetos sin conciencia de sí mismos. Mucho vestido de lycra repretón y mucho corte de pelo de futbolista. No se habla -al menos hasta donde yo he visto- de literatura, de política ni de arte. Sí de ex, de filias y de fobias. Hay bastante madre soltera preocupada por si tener un hijo disuade a una posible pareja (sin duda la experiencia alimenta ese temor). Y hay bastante valentía (¿inconsciencia?) a la hora de reconocer problemas físicos que uno jamás confesaría en un primer encuentro (una chica con una enfermedad que la dejó sin pelos en cabeza y cuerpo, con peluca y las cejas dibujadas me viene a hora a la lemoria).

Lo más llamativo son las patadas al diccionario, la pobreza del lenguaje. La limitada cosmovisión de estos aspirantes a encontrar el amor de su vida (o un apretón en el asiento de atrás de un coche). Las frases huecas que pretenden epatar sin decir nada concreto. Los "como digo yo". Las onomatopeyas. Combinadas con las reflexiones de Carlos Sobera, el Cupido cursi del restaurante plató donde se perpetra First Dates, que son de carpeta de la ESO a mucho tirar y que suelta a cámara con una pompa y una solemnidad que uno duda si de verdad se las cree o se está burlando de sus invitados.


Y sí, estareis diciendo: Si tanto te ofende, ¿por qué ves el programa, bonita? Pues porque el asombro crece día a día, y cuando creo que no habrá un "prototipo" depilado que me levante la ceja, me encuentro dos o tres de una tacada. Porque es un rato de risas compartidas con mi sobri. Porque me despeja de la densidad de una jornada dura de trabajo. Porque...

No tengo excusa. No la tengo. Trago morralla como un pececillo en el mar del chapapote. Y acumulo casuística sobre parejas, ese tema inquietante. Y entiendo por qué a muchos les es tan difícil encontrar a alguien entre tanto espécimen exhibicionista, iletrado, egocéntrico y hortera. Y entiendo que una primera cita es un milagro, pero más aún delante de una cámara y auspiciada por un equipo de producción malévolo que sabe lo que se hace cuando selecciona a dos pobres diablos.

Y me voy a la cama poco orgullosa de mí misma.


martes, 2 de agosto de 2016

LOS PELIGROS DEL SENTIMENTALISMO DEMAGÓGICO (¿Si no besas a tu gato eres mala persona?)



"Todo es diversión, el ocio es lo único. Estoy desolado y cabreado". Lo decía el domingo Rafael Sánchez Ferlosio en una entrevista en la que, una vez más, sacaba las plumas de refunfuñón con causa y argumentos de peso. El periodista lo llamaba de tú, sin duda para alardear de familiaridad, y cada tú me chirriaba más que el anterior. Entendí que quizás me estoy volviendo yo refunfuñona, ya que también me he escuchado decir: "No pienso jugar al Pokemon Go en mi vida, menuda manipulación para borregos", y cosas así.

El sábado me bebí la columna de Fernando Savater en El Pais, titulada "Tóxico", y en cada línea mi excitación crecía, eso que sucede cuando uno está muy de acuerdo con una propuesta pero no le ha puesto las palabras precisas. El artículo glosaba los peligros del exhibicionismo sentimental en la argumentación sobre asuntos públicos, en detrimento de la lógica y la motivación racional, y se refería a un libro que ya he apuntado porque lo necesito: Sentimentalismo tóxico (Alianza), de Theodore Dalrymple.

"El sentimentalismo en la esfera política es la expresión de emociones sin el contrapeso del juicio crítico. Permite o exige a las autoridades adoptar medidas halagadoras de los buenos sentimientos según sus estereotipos, evitando soluciones más impopulares pero basadas en el análisis de los hechos: la demagogia es sentimental". No podía estar más de acuerdo. Y no sólo en lo referente a las autoridades políticas, sino a cualquiera con autoridad de grupo. O sea, que es muy fácil ser estigmatizado si te manifiestas en contra de algo con peso sentimental indiscutible, por anecdótico que sea.
De camino. ¿Una señal?

Por ejemplo: los animales. Vaya por delante que no tengo nada en contra de la convivencia entre humanos y bichos, incluidas anacondas o cerdos vietnamitas. Me encantan los perros y hubiera matado en mi infancia por tener uno. Lo que no me parece higiénico es compartir la cama con los animales domésticos o besarlos en los morros. Cuando manifiesto este particular ante los dueños de perros noto que se me mira como si fuera la clásica asesina de gatitos psicópata, intolerante y casi filonazi. 

Situación. El otro día en el trabajo R. contó que una amiga le había dejado su gata en custodia durante un mes por motivos familiares. El animal andaba colonizando su espacio, y por las noches rascaba la puerta de R. con la intención de conquistarlo."No pienso dejarla que suba en mi cama", dijo ella con su vehemencia. Y entonces U., que es animalista y noble pero intransigente en asuntos mascotiles, le soltó: "Anda que no te habrás acostado con seres más sucios". Todos nos reímos a carcajadas. Yo seguí la gracia advirtiendo a mi R. de los peligros de acoger un minino: "Terminas siento el cliché de mujer sola con gato, y de ahí a la loca de gatos hay un paso". Mi comentario no le hizo demasiada gracia a nadie, salvo a la interesada, que entonces siguió la broma preguntando si los gatos se caían por las ventanas.

-Oye hija de puta, como se te caiga el gato por la ventana te mato! (el animalista, de cuyo amor a los animales y su generosidad sin límite doy fe en este post).

Creo que uno tiene todo el derecho del mundo a no querer compartir la cama con animales sin ser tachado de intransigente o exterminador. Y, por cierto, también a no gustarle los animales sin que eso lo convierta en un monstruo. En un ser cruel capaz de atropellar a abuelitas, por ejemplo. Pero el sentimentalismo argumental y  una profunda intolerancia han conseguido igualar una cosa y otra. No siempre, no todos, ciertamente.

Hablar desde la razón de los inconvenientes higiénicos de besar a un perro en la boca es muy impopular. Glosar el amor profundo a los animales, y ese placer de despertar con su lomo peludo y cálido a los pies es altamente popular.


No es un gran ejemplo de lo que plantea Savater. Hay mejores pruebas de sentimentalismo demagógico en el ámbito del activismo social, por ejemplo. Pero esta es la que me ha venido a la cabeza. Porque lo mismo soy una gruñona y una obcecada, y resulta que conozco personas que aman profundamente a los animales pero sospecho que a veces es porque los manejan, porque no hay más conflicto con ellos que quitar los pelos del sofá. Porque un perro tiene esa nobleza y esa intuición de conocer nuestros estados de ánimo y empatizar de inmediato (cosa que no sucede con muchas personas). Porque el amor del animal es entregado y gratuito y silencioso y no entiende de crisis de pareja. Porque...

Pero mejor no sigo por ahí, que sin duda voy a excitar los jugos gástricos de la demagogia. Y una mujer que no juega al Pokemon Go porque se siente manipulada de entrada es un ser poco interesante y sin duda intransigente.