lunes, 27 de junio de 2016

DIETA FILARMÓNICA PARA OBESIDAD ELECTORAL

Desayuno de jornada electoral
Anoche, mientras la Filarmónica de Viena atacaba en el Auditorio de Madrid el Cuarto de Bethoven bajo la batuta vivaz y bailarina del director colombiano Andrés Orozco, el recuento electoral iba demostrando que cuando el español miente (y oculta su voto), es que miente de verdad. Por el patio de butacas desfilaba una jet que no suda bajo sus planchadas e impecables camisas de rayas con americana casual (ellos) y vestidos ligeros con sandalias que exhibían arrogantes pedicuras francesas -ellas-.Satisfechos de sí mismos, ahítos de orgullo sin miedo al fin de mes. Todo lo mundano se abanicaba rendido ante la fuerza imparable de la cultura, esa que había brillado por su ausencia durante la campaña electoral. Al piano, el español Javier Perianes conseguía hacernos olvidar que ahí afuera se estaba cociendo otro guiso de democracia para espíritos exhaustos con hambre de grandeza.  Al final de las Danzas Sinfónicas de Rachmaninoff, Orozo detuvo el aire, juro que lo hizo, con una pirueta prodigiosa con sus manos, su cuerpo en una ingravidez que rozaba el milagro, y la orquesta de Viena, tan teutona, compacta y obediente, dejó de respirar y fue inmolada con lágrimas de sangre por el latino en trance. Las notas desmayadas a sus pies, como mosquitos negros fumigados. Violines y centellas.

(¿Te has fijado en los graves?, me preguntaba él, pero yo sólo siento y existo a duras penas cuando me embarga la música, y luego a la salida sentí hambre de luna y de boquerones en vinagre.Entonces encendí el móvil y el PP iba ganando en el recuento. Y Podemos agachaba un rato la cabeza. Y el Psoe sentía que el sorpasso había sido una pesadilla pasajera más fruto del deseo enardecido que del voto pensado. Y unos y otros hablaron según el guión postcoital, y ya en la cama eché de menos a la Filarmónica de Viena, a ese primer violín tan virtuoso, de porte principesco y pelo blanco.

Filarmónica de Viena&Andrés Orozco
Junio nos pilla cansados, me parece. Y hay que fingir entusiasmo a paletadas hasta que llegue el momento de abrazar a mi playa de Lord Byron y entretener las horas con un libro. Los placeres sencillos, la tierra como dieta necesaria. Unas elecciones en estío son como un examen en agosto. Un dislate. Comprarse cuello vuelto en lugar de bikini, te diría. "Este es mi último año, me paso al bañador", me juré hace un verano, y hace dos. Las promesas están para incumplirse, la  donna siempre es móbile. Tengo cuerpo de lunes y ayer voté a un partido sin fe y sin consistencia, pero con ambición de estrategia, qué chorrada. Desde su exilio despreocupado mi hija mayor me preguntaba: ¿has votado a X?, y yo le contesté: ¿te has bañado en la playa?.  Pues yo me he sumergido en las aguas de Bethoven y aún me quedan gotas por el cuerpo. Espero que estés bien y que disfrutes. Yo anoche me tomé mis boquerones con cerveza bien fría y volví a casa enamorada, sabiendo que algo queda cuando todo se agita y la lluvia hace charcos de barro que ensucian los pies de esas señoras tiesas con rellenos faciales y abanicos deluxe. Tan formales.

martes, 21 de junio de 2016

DE FÚTBOL, POLÍTICA, SEXO Y RELIGIÓN


Castilla
Me he propuesto vivir de espaldas al fútbol, ya que no me es posible darle la espalda a la campaña electoral. El fútbol y la política son, con el sexo y la religión,  los cuatro temas prohibidos a la mesa con desconocidos según las reglas de maricastaña. Ayer A. llegó glosando una cena profesional en la que el marido de una de las invitadas -un pijo energúmeno, perfumado de más y zafio de entendederas- le había preguntado a bocajarro si él, un perfecto extraño, era en la intimidad "activo" o "pasivo". A, que es gay y de probado buen carácter, apenas levantó una ceja antes de carraspear, pero no le quedó otra que despejar balones cuando el otro insistió en "si le daban o daba, si era el hombre o la mujer de la pareja". Mi amigo no daba crédito, y en la mesa se había hecho un silencio engrudo. El patoso, lejos de avergonzarse, prosiguió su discurso insultando al "Coletas" en campaña con toda la artillería pesada de su ignorancia pasada por la piedra de la insolencia más grasienta. Todos rezaron porque al fin se hablara de fútbol.

Sta María la Real de Nieva
El domingo fui invitada a un plan de campo con un grupo de cálidos semidesconocidos en donde no se habló de deporte pero sí de política, de sexo, de cómo dejar al terapeuta, de si es mejor o peor que plantar a un novio. De por qué a una edad determinada uno a veces abandona a los amigos de ayer porque ya no le llenan. De si la infidelidad en la amistad puntúa doble. De enredos de familia, de las bondades del chorizo de Salamanca, de la belleza de un claustro con sus capiteles góticos, de depresiones y química milagrosa...De la vida y sus relieves, mientras el campo castellano nos regalaba un espectáculo de espigas que eran el mar en oleaje tranquilo y bebíamos cerveza en un chill out improvisado con hamacas  a ras de suelo, sillas antiguas desencoladas y primorosos manteles de hilo que un día fueron ajuar. La sensación de intimidad era plena, volaban torpemente golondrinas entre los muros de piedra y la desconocida del grupo que era yo no hubiera tenido ningún problema en hablar de lo que fuera. Incluso de si soy activa o pasiva en un momento dado. Hombre o mujer entre las sábanas. Loca de atar o sólo desorientada por culpa de una geografía plagada de rotondas diabólicas.

Bien pensado, uno debería presentante en sociedad con las cuatro credenciales temáticas del apocalipsis, tomar aire y arrancar: "Me llamo X, voto desde el desaliento y apelo a los estertores de mi ideología pasados por el tamiz de mi sentido práctico  antes de besar sin convicción a un candidato que no me devuelve el beso. Mi fe es el oído para la trascendencia, entro a las iglesias pero nunca está dios. Si acaso un monaguillo rascándose la oreja. Pero creo que el cielo existe y es un coche con las ventanillas abiertas y una cantata de Bach a todo trapo en un mirador con vistas a un embalse calmo. El sexo lo prefiero enredado,  mecido en delicada furia y dulce de retrogusto. Doy o me dan, no podría asegurarlo cuando se borra el contorno de los cuerpos. De niña solía jugar al fútbol en la calle, y me queda el recuerdo de mis piernas ardiendo tras el balón, la cara roja y pulso en las sienes hasta que la voz de mi madre, desde la ventana, nos llamaba a cenar en esos veranos eternos de ciudad y llenos de euforia.

No sé quién juega hoy en la Eurocopa, pero si España llega a la final saldrá de mí un ardor guerrero que no llega ni de lejos al que se me apodera cuando mi hija salta al terreno de juego con su coleta al viento y las rodillas llenas de moratones, y cabalga por la banda y dispara el balón a portería. Y mete un gol, o no lo mete. Y se me sale el corazón y otras vísceras calientes por la boca. Y soy una bestia madre. Lo que más.





martes, 14 de junio de 2016

CUATRO HOMBRES PARA CUATRO CHICAS

Debate a cuatro, ayer
"Acabaré un martes cualquiera porque si no te importa elijo yo". "La Carga". Jorge Meyer. Ed El Sastre de Apollinaire.

Mi vieja prevención contra los martes no es solo mía, lo cual tiene su parte buena -la compañía en la desdicha- y su parte mala -la evidencia de la vulgaridad-. Anoche además me acosté un poco tarde escuchando los salmos de los líderes en el debate a cuatro y eso se paga. Mariano, Pedro, Alberto y Pablo me parecieron tan civilizados como poco espontáneos. Con la lección aprendida por párrafos -indignaciones incluidas- y al pie de la letra, como si hubieran ido al mismo preparador gris pero competente de oposiciones.  Justo lo que le digo a mi hija la Artista antes llamada Minichuki que no debe hacer: "Entiende lo que lees, piensa cómo lo dirías con tus propias palabras y luego habla".

Mi ascendente sobre mis hijas es cada vez más irrelevante.  Ahora son tres, porque mi ahijada se nos ha incorporado y nuestro gineceo hierve y se adapta con esa euforia de campamento de verano que tanto nos rechifla. Si no fuera martes y careciera de esta prevención de calendario, diría que mi familia se aligera cuando suma nuevos miembros. Más es menos, para entendernos. Mi ahijada, el primer bebé de la casa con el que he llorado de emoción el día que fui a conocerla al hospital  -fue la primera sobrina y yo aún no era madre- es una hermana para mis chicas y una hija a la que no debo educar, sólo tutelar. Tierna supervisión, en todo caso. En nuestro currículum íntimo hay un hit inolvidable: haberle puesto su primer támpax cuando era adolescente y la maniobra se tornó forcejeo (omitiré los detalles gore, ella no me perdonaría). Además, ha elegido estudiar la misma carrera que yo, mientras mi hija mayor hacía lo propio con la de mi hermana, que por supuesto es su madrina.

Jorge Meyer firmándome "La Carga"
Mis hijas, que la adoran, no pueden evitar ciertos repuntes de ¿celos? cuando notan que pierden en el reparto de atención: "Mamá, te estoy hablando, ¿me escuchas, o qué?". Y escucho, mientras atiendo a la artista antes llamada M. que se ha rebanado el dedo de pie por ir descalza en la cocina y sangra como un cochino, o resopla un poco después mientras me pide que le eche crema por la espalda achicharrada por el sol piscinero sin protección UV. "Mamá, estoy hecha un asco, ¿es que no lo ves?". Lo veo, lo veo... Sois tres, no los guerreros de Siam con sus caballos.

Una familia es un sistema que estalla y reverbera cuando entra o sale un miembro, y tras experimentar ese temblor debe reubicar cada pieza del puzzle. El impacto del meteorito obliga a los cuerpos celestes a desafiar sus límites y a veces a cambiar de órbita. Hay otro cepillo de dientes, otro cepillo de pelo, otra plancha para el pelo, un arsenal de zapatos, de jeans, de bragas... Cuatro mujeres y un verano por delante plagado de martes como hoy:

-¿Tía, a qué hora te duchas tú?
-A las 7.30, si te parece bien. Acabaré a las 7.40. OK?
-Vale, así mientras yo desayuno.
-Genial, chitina. Igual te acompaña C., que se va a las 7.45. ¿Te vendrás conmigo andando mañana?
-Ay, no, creo que quiero dormir un poco más.
-Muy bien. Que descanseis,petardas. Me voy a escuchar a esos cuatro hombres a la cama...

(Y me dormí pensando que era mucho más interesante lo que decían mis chicas, más espontáneo y transformador. Política doméstica, diríamos)

"Me queda pues un martes cualquiera que tenga veinticuatro horas seguidas"... ("La Carga")




domingo, 12 de junio de 2016

SER HIPPIE Y UNA CASA DE VERANO

Mi sobrina R. me informó ayer muy seria de que de mayor quería ser "o futbolista o domadora de delfines". Andábamos las dos barriendo hojas del jardín de esa comuna que compartimos mis hermanos y yo, un chalet decadente y sesentero donde casi siempre está roto casi todo y al que el abandono del invierno convierte en una escenario bélico con ginkana de esfuerzos colectivos cuando se impone junio y estalla el termómetro.

La casa está en una urbanización muy fea y descuidada cuyo centro neurálgico es un supermercado (donde una vez por hacer la gracia pandillera robé unas galletas y me pillaron).  La urbanización prometía ser un Sotogrande madrileño cuando mis abuelos compraron una parcela el año en que yo nací. El desarrollismo era ya una realidad y muchos años después, cuando mi abuela adquirió el chalet, solíamos hacer una excursión a "la parcela", que no había manera de encontrar entre otras muchas parecidas y llenas de hierbajos.

Mi sobrina R. me seguía por el jardín lleno de calvas en lo que ayer fue césped  con preguntas muy concretas: "¿A ti te gusta tu trabajo? He leído en tu cuento que hablas de mi padre...", y luego agachaba su cuerpecillo y recogía una piña, y yo empuñaba el escobón y me hacía fuerte contra las hojas que se amontonaban acá o allá para pasar después a rescatarlas con la carretilla.

El chalet siempre fue un pringue y yo nunca he entendido esa pretensión urbanita de la segunda vivienda destinada a trabajar como chinos para adecentarla en lugar del simple  disfrute bajo el laurel donde todos los veranos se propician conversaciones de alcance mundial. Allí hemos aprendido y enseñado a nadar a los niños, hemos dormido siestas parecidas al coma, he preparado mis célebres paellas no aptas para ortodoxos de la paella como mi amigo J. y hemos fijado para la eternidad una imagen secuencia: la de mi padre con los pantalones cortos medio caídos, un cigarro en la boca y una herramienta en mano, grasienta, resudando y dispuesto a hacer alguna de las mil ñapas que exigía y exige la casa; la de mi madre recogiendo la cocina y poniéndonos firmes a gritos y la de mi abuela arrastrando su oronda humanidad con una bata ligera y pidiendo a mis hermanos que le alcanzaran "el transitor", después de picar ajo y preparar un sofrito oloroso a la hora del desayuno.

Escribo esto porque ayer fue el gran día.  El día de destapar la lona a la piscina y empezar a limpiar la cueva para las hordas estivales de hermanos, cuñados y sobrinos. El día de llenar la nevera de cervezas y pimplarse en familia, como nos gusta, mientras alguno se cagaba en todo -con perdón- por el hallazgo de un nuevo destrozo. El día de desafiar a la impaciencia que en mi caso es hermana de la vagancia y dejar medio apañada la lona azul de la piscina hasta que septiembre nos avise con sus relentes de que el verano se bate en retirada. El día de charlar con mi hermana en un porche con unas sillas incómodas de hierro  a las que nos hemos hecho a base de muchos años de insistencia. El día de repartirnos las camas como en un campamento hippie, comprobar si hay arañas de largas patas por las paredes y montar la nueva barbacoa. El día de reunirnos los cinco hermanos como cuando éramos pequeños, tan alborotados y unidos como entonces, con nuestras respectivas familias y disfrutar de una casa llena de remiendos donde no hay tres platos ni tres vasos iguales, un caos cascabelero que somos nosotros mismos y es nuestra historia de verano. Tan imperfecta y tan por escribir como todas las que empiezan en junio con esa excitación de las horas muertas y los cuerpos libres de costuras. Tan new age, tan setentera y tan esperada por lo que tiene que reencuentro y de recuento de los años y que arranca así: "Yo tenía una casa de verano muy destartalada y una familia divertida con la que no necesitaba amigos ni grandes planes para pasarlo pirata...".






miércoles, 8 de junio de 2016

¿TÚ TAMBIÉN VIOLAS PALABRAS? CALLA Y ESCUCHA A SOKOLOV

Textura. J.G
1. Alberto Garzón anda mohíno porque Pablo Iglesias se ha etiquetado  como "socialdemócrata". Al de IU no da la gana de renegar de su adn -"comunista"-, pero en Unidos Podemos no caben dos calificativos ideológicos tan contundentes para echarse a las calles a seducir ciudadanos -esos seres tan ariscos y desganados-  y eso sin haber arrancado oficialmente la campaña electoral. El asunto de los nombres nunca es inocente. O galgo, o podenco. Eres eso que te llaman, pero no siempre te llaman aquello que tú querrías (en mi caso, top model) y no entiendes por qué. Luego está el asunto de los nombres desgastados, que ya no dan más de sí y se rasgan a poco que te descuides al ponerte el traje. Una campaña electoral es un ejercicio de violación usurpadora de palabras que los candidatos abandonarán en la cuneta, tiritando y ajadas,  el día después del día "D". Hambre de silencio.

2. Anoche charla grata con mi hija mayor en nuestro chill out (lo que es una terraza urbana modesta con pretensiones morunas y la fantasía de que el cielo es el mar y los vencejos gaviotas). Me habla de una conocida de ambas: "Creo que E. necesita otra E. para poder hablar entre ellas. Nadie le hace caso cuando cuenta sus chorradas y se os nota mucho, sobre todo a ti, que no sabes disimular". Sobra decir que mi chica es apodada "ojo de águila" por sus análisis certeros y jamás tibios de la realidad circundante. "El problema es que E. cuenta sus cosas de la señorita Pepis como si glosara a Nietszche  y nada de lo que dice nos interesa". Y mi hija, dándome ejemplo y reprochando mi radicalidad a 33 grados: "Hombre, no me creo que sea lo que parece. Seguro que hay algo más que no vemos". Desconoce que la simpleza protege al simple y le hace ver que su banalidad es compleja. Un merengue de la tarta que da volumen pero jamás cuerpo al mordisco.  Pero me agrada su gesto tolerante e integrador. Ya querría yo...
Postre a dos


3.Concierto de Grigori Sokolov en el Auditorio Nacional. Escucho sus evoluciones al servicio nada servil -diría que libre y hasta salvaje, desde mi cruel ignorancia- de Schumann y Chopin y me asalta una sucesión de imágenes, vorágine bajo hipnosis inducida por este hombre cargado de espaldas, corto de cuello, figura de pingüino, serio y concentrado que ataca el teclado con una vehemencia arrobadora, los picos de su frac ajado al viento  molinillo que provocan esas manos. Luego termina, escucha la ovación y nos regala ocho bises sin una sola concesión triunfalista. La puerta lateral se lo traga cuando todo indicaba que pasaríamos la noche entre sus brazos de oso. Ocho bises como ocho Mihuras en una faena larga y concentrada. "Es preciso huir de los estereotipos.Todo lo demás ya no es arte: es simplemente escuela", dicen que dice. (El genio vs el virtuoso de Bernhard, pienso yo).

4.Banquete con mi amigo J. bajo un árbol del Retiro.  Gazpacho, empanada con cerveza y una trufa compartida tirados ambos sobre un foulard dispuesto a modo de mantel. No se me ocurre un mejor epítome de la riqueza que la amistad en un parque, a pocos metros del asfalto despiadado de una ciudad que recibe los primeros mercurios de estío. Una conversación nutritiva y todo el cariño que J. derrama a granel. "He estado tan contento que me he olvidado de hacer la foto", me escribe. Aquí tienes la foto, amigo mío. (Estabas guapísimo con tus gafas nuevas. Te dan un aire rompedor, definitivo).


lunes, 6 de junio de 2016

EL REGGAETON COMO EDUCACIÓN SENTIMENTAL (Con botas, pero en pelotas)

"Había una vez tres muchachitas que entraron en la Academia de policía...Pero yo las aparte de todo aquello y ahora trabajan para mí. Yo me llamo...Charlie". 

Las chicas de mi generación -modernas, superadas, deliciosamente tardofranquistas- crecimos en la escuela sentimental de "Los Ángeles de Charlie", donde el hombre era dios. Lo oías pero no lo veías. Le obedecías a ciegas, poniendo en peligro hasta tu vida. Tu aspiración era ser una mujer de acción al servicio profesional de un agente con voz viril y whisky en  mano (era lo único que veías de Charlie, además de alguna maciza en biquini bailándole el agua), no como la generación pringada de tu madre, que estaba al servicio del marido sin cartuchera, glamour ni misterio. Con un tintorro y casera a mucho tirar.

Las chicas de mi generación soñábamos con "ser apartadas de todo aquéllo", fuera lo que fuera,  con llevar una pistola oculta bajo el pantalón de campana y - lo que más- con tener las curvas peligrosas de Farraw Fawcett (Jill, en la ficción), la inteligencia analítica de Sabrina y el sex appeal contenido y elegante de Kelly. Ser detective privado con una melena lustrosa y a poner caritas a los hombres justo antes de zarandeardos con una patada feroz en la entrepierna era posibilista y aspiracional. Pura liberación de género.

Las chicas de la generación de mis hijas crecen en la escuela sentimental del reggaeton. Una academia deluxe y sabrosura  donde los hombres son "papitos" y ellas zorras, mamis o nenas. Lo que dicho así suena tremendo, pero le pones el ritmo machacón y se te dispara la pelvis, empiezas a sudar hasta por las pestañas y sueñas con "perrear", sea lo que sea esa acción reiterada a la que se te invita en dos de cada tres hits del género.
Majorettes

Si a mí mi madre me hubiera prohibido ver Los Ángeles de... por machista con coartada profesional, le habría montado un pollo y yo aún seguiría buscando a Charlie. Pero vive dios que cada vez que el destino me regala una canción de reggaeton y me pongo a prestar atención a las letras (difícil, el cuerpo se te va y la cabeza se aturde), me dan ganas de censurar esa música diabólica en mi casa. Diréis que soy una exagerada, y tendréis razón. Que, por esa regla de tres,  si uno escucha rap  le da por insultar a su portera, asaltar sucursales bancarias o apuñalar al cabecilla de una banda callejera. Pero confieso que soy muy sensible a los mensajes latinos de sumisión a la mujer. Tan explícitos, tan subliminales en su hormonal descaro. Tan pegajosos y reiterativos.

La nena, zorra o mamita es una princesa "protegida" por el (puto) amo, con perdón. Y no veo a las feministas quemando la FM. Me parece que debo convocar a las chukis a una sesión de análisis de textos para que entiendan que la aparente inocencia de esos temazos oculta una ideología perniciosa para su desarrollo como mujeres libres. Eso que es su madre. Una superviviente de Charlie, de El Pájaro Espino (invitación a seducir a un cura de buen ver que luego te dejará tirada en una playa), del Jardín Prohibido de Sandro Giaccobe (elogio y refutación de los cuernos),   de las majorettes... Asunto este último que ayer salió a colación en una de esas conversacines de altísimo nivel intelectual que frecuento en los escasos ratos libres en los que no me llama Charlie para resolver un caso:
Los ängeles de Charlie
-¿Qué fue de las majorettes? Su destino me parece inquietante. ¿Fueron exterminadas por una glaciación, como los dinosaurios? Recuerda que iban prácticamente en bragas. Con botas, pero en pelotas. (Le susurré ayer a G. en un rincón frontoso del bosque de La Granja, otro hit parade de la excursión familiar de mi generación).
-No sé, el suyo fue un destino incierto. Terminaron animando con pompones a los equipos de baloncesto local (laconica respuesta).
Las majorettes eran ninfas de seducción (mujeres objetos con un palito), como las del reggaetton son zorras del paraíso del piropo degradante. Y sí, como madre me he vuelto puntillosa y los venenos de ayer se me antojan pociones infantiles con colorante rosa, mientras que los de hoy me asustan y sacan la dictadora chunga que llevo dentro. Así que voy a callarme ya, antes de que alguien desenfunde esa lacra que fueron las canciones de José Luis Perales como hito romántico o, aún peor, el maltrato de género que nos metimos en vena, rechifladas, aquellos mediodías de "Dallas", "Dinastía" o "Falcon Crest".

Me llamo V y soy una superviviente de "todo aquello". Confieso que querría apartar a mis hijas de todos los peligros envasados en formatos inocentes que las rodean, pero me temo que es inútil. Su maldición será como la mía. Estar tranquilamente un domingo en brazos de Charlie y, sin venir a cuento, ser asaltada por la inquietud lacerante de qué fue de esas jóvenes en bragas con gran habilidad en la punta de los dedos (¡ay madre, que era una metáfora X!) y unos looks de lycra de la mala que con una chispa las hubieran convertido en ninots ardientes.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí las chicas de mi generación?¿Seguimos buscando a Charlie? ¿Deberíamos pasarnos cuanto antes al reggaetón? ¿Hacer una quema pública del disco que contiene ese temazo de "¿Y cómo es él, en qué lugar se enamoró de ti, a qué dedica el tiempo libre?" ¿Dejar de escribir bobabas de madrugada y correr a la ducha? ... Demasiadas preguntas para una detective sin melenaza ni glamour.

PD: Atención al tema de Giacobbe. No entiendo cómo mis padres me dejaron ver Falcon Crest y no prohibieron esta canción.









martes, 31 de mayo de 2016

"TÚ NO ERES DE CIENCIAS NI DE LETRAS, TÚ ERES ARTISTA"

Retrato de mujer caprichosa.  J.G
"Si la vida tiene un fundamento sobre el que se apoya, si es un tazón que llenamos, llenamos y llenamos, entonces mi tazón, sin la menor duda, se apoya en este recuerdo. Es el recuerdo de yacer medio dormida, medio despierta, en la cama del cuarto de niños en St.Ives. Es el recuerdo de oír las olas rompiendo, una, dos, una, dos, y llenando la playa con salpicaduras de agua. "Virginia Woolf. La vida por escrito". Irene Chikiar Bauer. Ed. Taurus.

El país de la infancia. De eso habla el capítulo del libro que emprendí anoche después de contemplar, maravillada, el atardecer inmenso de un cielo de Madrid diseñado para el asombro del urbanita que se empeña en mirar la punta de sus pies sobre las aceras. ¿Cuál es el fundamento de mi vida, si hubiera que reducir todos los ingredientes a un guiso? Y pensé que ya lo tenía, J me lo había mandado en una foto retrato: Una cazuela conteniendo un libro, el mío, unos zapatos de tacón de piel reptil y una cerveza fría. Menudo fundamento, pensaréis, pero el camino de cada amanecer hacia el trabajo, las horas muertas al techado cuando hay tiempo y peleo contra el cielo que se rasga para acoger el primer rayo de sol, ese que me devuelve a los otros, a la rutina y al chorro ardiente de la ducha, es tan intrínsecamente yo como las palabras que pienso, imagino y escojo entre muchas otras o el placer asumible de un trago frío de esa bebida amarga que tanto me costó apreciar y ahora idolatro. Esfuerzo al trote, escritura y hedonismo. "Eres caprichosa, niña", me decías ayer, y yo sólo quería merendar una leche merengada antes de ir al Retiro. Otro lugar del mapa de la infancia, el sitio donde tantas veces mi madre nos llevaba a merendar, tras un día de compras. Y relamerme los bordes blancos del bigote, como hacía de pequeña, y devorar una ensaimada de nata deliciosa. El bollo que prefiero entre los bollos.

Mi adolescente, ayer llamada Minichuki (en casa siguen siendo las chukinas, da igual lo que crezcan y el zapato que calcen), buscaba ayer sin buscar su fundamento. Había ido a recogerla a una academia y volvíamos a casa juntas y ligeras, con esa sensación no tan corriente de disfrutar del tiempo a solas para hablar de sus cosas, sudada cual potrillo de uniforme, con ese paso inquieto tan teenager que impacienta al adulto y estorba el paso a dos. "Mamá, yo compongo letras de canciones", me confesó ella. "Ya lo sé, y además eres muy buena. ¿Sabes que hay quien se gana la vida componiendo?", inquirí. "¡Qué dices, los cantantes son los que se llevan el dinero. Tú les escribes un tema y te pagan una vez, luego se olvidan". Lo siguiente es que me vi disertando sobre derechos de autor, asunto que le interesó vivamente, hasta que se impuso otro tema: "Me has traído a aprender con un grupo de tontos que no saben qué es la Unión Europea. ¿De verdad crees que soy boba?". Y enseguida, cuando ya iba yo a ensalzar la calidad indiscutible sus neuronas inquietas, pero vagas: "¿Por qué no me compras un helado?". Y yo, "no seas caprichosa" (y de repente era yo la niña caprichosa de la ensaimada y la leche).

La infancia. Una moviola que se repite inesperadamente y vuelve a los relatos y a las pesadillas.

-Qué vida tan espantosa llevan los niños, ¿verdad, Rose? -dijo Martin haciéndole un gesto con la mano mientras cruzaba la sala.
-Sí -respondió Rose- Y no pueden contárselo a nadie -añadió.

Ayer pensé que hay que salir de casa para hablar con los hijos. La casa es un cuartel con normas que se escriben en los pliegues de las sábanas o entre los imanes de la nevera. Uno entra en casa y siente que es un padre, una madre. El espectro se impone, se apodera, y empieza a hablar lenguas extrañas y a pergeñar frases muy poco interesantes: "Haz esto, haz lo otro, ¿por qué no has recogido?, come ensalada, ¿a qué hora te acostaste ayer?". Y sin embargo antes, de camino sin prisas, hablamos de la SGAE, de  helados y de letras de canciones. Y después, con su hermana a la mesa, de quién querríamos ser de mayores. "Tú no quieres ser maestra, como yo, tú eres artista", le dijo la mayor a la pequeña. "Yo siempre quise escribir, desde pequeña", les contaba a las dos, tortilla de patata con jamón en medio de una cena sin nada relevante, salvo la conversación. "No eres de letras, ni de ciencias", resolvió mi chica grande, tan certera. Y la ado la miraba con respeto, como se mira a los hermanos mayores, nunca a las madres caprichosas, y tragaba tortilla de patata, y despreciaba la rúcola aliñada.

Y entonces era yo a su edad, delante de un plato de croquetas, en una mesita roja que ahora usan mis sobrinos pequeños y parece la de los enanitos de Blancanieves. Y es mi querido hermano I., que a la protesta coral a mi madre: "qué asco, son de bacalaó" y a su mentira de madre: "son de jamón", sale por la tangente y busca paz engañando al estómago: "Saben a bacalaó pero no son de bacalaó". Y ahí se queda la frase que aún utilizamos en familia, como otras tantas acuñadas a prisa, en esos ratos de infancia que quedan tan lejanos y sin embargo brillan al sol de ese recuerdo capturado anoche en un cielo con nubes de belleza furiosa, incandescente.

("Tú no eres de ciencias ni de letras, tú eres artista", recordará mi hija que le dijo su hermana, un tarde de mayo agonizante después del hallazgo de comprender que uno puede vivir de las palabras, de imaginar versos que nadie más pensó, de entregarlas a otro para que ponga un ritmo. Y si no lo recuerda aquí queda constancia, para siempre jamás).






domingo, 29 de mayo de 2016

SOBRE ESPERAS, DESESPEROS Y UNA CHAMPIONS

Hasta el día en que vuelva, de esta piedra
Nacerá mi talón definitivo,
Con su juego de crímenes, su yedra,
Su obstinación dramática, su olivo
. (César Vallejo)


A estas horas espero la llegada de mi hija, que a su vez espera en Cibeles a su equipo, el Real Madrid, y una copa muy fea (la undécima, claman, y no entiendo que nadie quiera acumular semejante adefesio de latón  en una estantería). Mi hija, nada forofa hasta donde yo sé, ha considerado que la gesta bien merecía una noche de ronda, la madrugada fresca, impetuosa; la voz terciopelo rasgado por los gritos, el corazón henchido y al galope de un pulso cada vez más discreto, casi desfallecido. 

Esperar es aceptar el fin del mundo. El fin del cuerpo. La desmemoria al rebote desgastado, el recuerdo que sobamos al minuto, paciencia devorada. Cuenta atrás, al menos infinito. 

Esperar es acorcharse, flotar a una deriva que marcaron los otros. Obediencia debida. Descortejo.

Los relojes.

Siempre he preferido esperar que hacerme esperar.  El crimen, para otros. Lo que no me impide aborrecer a los tardones, respingar en las colas, alimentar la furia sin escamas y sentir esa hiedra intransigente que te come las tripas y el aliento al tictac,  sin anestesia. 

Salas de espera. De eso iba a hablar hoy. Llevo varias semanas calentando demoras en asientos muy parcos, y hago fotos. Las consultas de médicos, las puertas de embarque de aeropuerto con sus luces agónicas. Las respuestas, los tiempos. Una sala de espera es siempre tanatorio, da igual como la vistan y engalanen. Se van las horas muertas, como dicen. Se quedan las promesas. 

La humanidad que espera es cada vez más corpórea, y más abandonada. Empiezas a sudar, acomodas los glúteos y la espalda. Te miras el rojo intenso de las uñas como si encerrara la verdad de un enigma. Te cuelgas de una grieta en la pared (como Virginia Woolf en su relato). Cuentas del cien al cero, pero saltando los números primos, por ejemplo. Dejas de oír las voces con toda claridad, y arrebatas los ecos. Enfocas un escote, una corbata vieja, unas manos heridas o un bastón. Se hace la niebla. Compruebas los papeles, no sea que erraste en la hora o el día.


Violas las musarañas. Vas al baño, con todas las cautelas. Te llamarán seguro cuando andes lavándote las manos, pesadilla del turno que pasó. Ser "servidora". 

Una sala de espera siempre es gris, aunque juegue al despiste de colores. La impaciencia es cetrina como panza de burro desgastada. Calculas las medidas de la estancia: tal vez siete por tres. Se te caen los papeles, los metes en el bolso sin doblar. Pierdes el turno buscando el número del turno. Corres al mostrador: ¿quén era yo? Y te miran con cara de "esa es información confidencial, buena señora". Y se hace un apagón que es puro ruido. Y vuelves a tu silla, que te ha quitado otro. Otro zombie que espera.  

Esperar es ser un walking dead, ya lo he entendido. Lo mejor que no esperaba ya llegó, de tan inesperado. El resto puede esperar, estoy segura. Mi pecado de impaciencia se purgará más tarde, ya lo siento. Mi hija anda metiendo la llave en la cerradura, se arrastra con una capa blanca como su palidez de una noche de espera, me da los titulares, le pregunto: ¿Has estadotantas horas en pie y sin hacer pis?. "¡Vaya pregunta1", murmura  ella. Al fin todo en su sitio, ella en la cama y yo velando armas al sol que ya es de día. 

P.D. Dedicado a mis queridos atléticos, que saben de esperar y perder el turno tras partidos agónicos. Héroes del tiempo asesinado. De la gesta inútil, pero gesta.

 



jueves, 26 de mayo de 2016

NOSFERATU HA VUELTO, ANDO LOCA DE CUELLO

Anoche Nosferatu el Vampiro me hizo suya mientras Jordi Sabatés proyectaba su sombra en el  piano de la sala más negra de los Teatros del Canal. Ya he confesado mi  acusada predilección por los vampiros clásicos frente a la banalización de la figura de chupasangres hollywoodiense (y te incluyo, Coppola,  tu versión edulcora el romanticismo más puro y pone el foco en donde no debería, me parece), Un Drácula como dios manda no puede ser un guapito como los de Crepúsculo, que no inquietan sino excitan a los adolescentes y remueven bajísimas pasiones con purpurina hormonada de más. El vampiro de verdad no te lo explicas, pero te obliga, sofocada, a abrir la ventana como Mina y exponer tu cuello, dulcemente, en un delirio expresionista que la película de F.W Murnau lleva a la cumbre y te mantiene sin pestañear, con la ayuda del teclado virtuoso del compositor y pianista catalán, y a pesar de la incomodidad de unos asientos como estacas donde terminas odiando tus piernas y tu espalda, y deseando un exilio de órganos prescindibles o un chute de anestesia general para no sentir y poder concentrarte en la pantalla.

Sabates contó que la película fue retirada de los cines tras perder su director una demanda por plagio de la viuda de Bran Stoker, autor del libro del que bebe esta historia (y que, sé que me repito, fue una de las lecturas imprescindibles de mi adolescencia y juventud). Para despistar, Murnau había cambiado el nombre de los protagonistas, pero no fue suficiente. El conde o Rendfield, su esclavo comedor de insectos, la gentil y pura Mina ayer llamada Ellen, Jonathan Harker -el joven que acude al castillo y da cuenta del horror en un diario- están tan definidos que no importan sus nombres. Más aún en una película muda, dramáticamente urdida en las proyecciones de sombras, que llegó a asustarme en un momento pese a que conocía al detalle lo que estaba por venir. O precisamente por eso.
Jordi Sabatés

"Creo que al cine le sobran muchas veces las palabras", comentaba con J. a la salida. La virtud de rellenar lo que no cuentan las voces  dispara la fantasía y proyecta tus demonios mientras los personajes en blanco y negro mueven los labios y dialogan contigo. Las palabras las malgastamos a menudo porque creemos que son gratis. Un grifo que dejamos abierto sin que corra el contador. Vaya torpeza. Una buena historia debería reducir al mínimo los textos. Permitirse los gestos. Esa mirada poderosa, inquietante y hasta huérfana de un vampiro de movimientos torpes que a ratos parecía un Frankenstein entre las velas del barco en una secuencia maravilla que aún sigue en mi retina horas después. "He cruzado océanos de tiempo para encontrarte", decía él en mi cabeza, y me pareció conmovedor ese Nosferatu aferrado a unas rejas esperando que Mina le pidiera que entre. Mucho más cortés, más educado, que toda esa caterva de vampiros que entran sin llamar a los dormitorios de las damas, las hacen suyas en un cortejo vulgar y predecible y dejan un reguero de sangre como para trasfundir a un ejército tras el bombardeo enemigo.

El cine que me gusta es el menos explícito. Aquel que da cancha al pensamiento, al guión compartido. Y luego está el otro, el fastfood que te lo cuenta todo -un pecado muy español, me atrevería a decir- y te condena al infantilismo de masticar deprisa y sin pararte a paladear en busca de una nota, un matiz sugerido. El cine de ayer te hacía buscar en el silencio y escribir tú las notas al margen de una historia total donde no faltaba nada y donde la música ponía el contrapunto, te llevaba o traía, en un baile sugerido con un vampiro viejo y agotado que sólo con los ojos podía devorarte. Y poco más, porque no había sangre, sino ratas huyendo en la bodega de un barco donde olía a podrido -estoy segura- y un joven aterrado regresaba a los brazos de su amada sin saber que a su lado, en un ataúd de madera tosca, yacía su rival, las uñas largas, esos otros colmillos. El Príncipe de las sombras que me acompañó tantas noches de lectura voraz, cuando amé los vampiros como a la eternidad que no se explica. A ese ser de ultratumba que reconocí ayer en una obra maestra de 1922 que resaltó el talento enamorado de Jordi Sabatés, en un diálogo impecable imagen-música que aún sigo escuchando  y que de madrugada me ha empujado a abrir una ventana y treparme de cuello por si él aún andaba por aquí...




miércoles, 25 de mayo de 2016

CRÓNICA DE UNA BODA (Amada en el amado transformada)

"Me caso por chulería. Para toda la vida. Me caso porque ella es adictiva, porque tenemos las culpas muy equilibradas. Por su caos expansivo. Porque no te puedes enfadar con ella dado que es poeta. Porque ella transforma nuestra realidad. Porque me ríe todas las gracias. Porque creo que si la vida nos fuera fatal nos miraríamos y nos diríamos: ¿Y qué?"

Mi amigo M. se casó el sábado en el interior de las tripas de Sierra Morena y la suya fue la boda más bonita que recuerdan los viejos del lugar. En realidad en el lugar no había viejos, sólo sus sombras en aullido escondidas entre las ruinas cansadas de un pueblo que fue minero y hoy es un espectro sobrecogedor donde la mano del hombre y la naturaleza se han fundido y aúllan los lobos que no ves.

Mi amigo M. y yo solíamos hablar sobre el amor. Yo, desde el más cruel escepticismo. Él desde una duda razonable pero esperanzada siempre,  con esa ausencia de rotundidad que le agradeces. Y con esa coletilla que regala cuando siente que ha dicho demasiado y teme pecar de enfático, y pliega velas: "¿noooo?". Mi amigo M. se relativiza todo el día, y luego se marcha y nunca sabes cuándo volverás a verle. Pero siempre te regala frases que engañan y toman cuerpo y consistencia por escrito. Su humildad es casi tan determinante como su bonhomía y su radar inquieto para arrebatar la belleza a los objetos que otros no ven porque no saben dónde mirar como él ha visto.

Mi amigo M. es un fotógrafo brillante que siempre está en China o en Rusia haciendo fotos, y que lo cuenta como si en realidad fuera el reponedor de una tienda de ultramarinos. La misma ausencia de épica, de arrogancia que otros, con mucho menos mérito, habrían hecho suya.

Mi amigo M. a veces llegaba a nuestra mesa y soltaba verdades como puños envueltas en sordina. Otras veces me dijo, y lo recuerdo: "Hoy me he levantado perdedor". Y seguía comiendo su cocido.


Mi amigo M. se casó el otro día, a esa edad en la que uno no es blanco ni radiante, pero sí un poco sabio y con heridas de guerra que no sangran. Y dispuso un decorado de cuento, a mitad de camino entre una de Visconti o El Padrino. Con cierto aroma a Shakespeare con Puck entre los brotes que adornaban las mesas del banquete, delicadamente trenzados y con nidos donde brillaban, cual diamantes, auténticos huevos de codorniz. Las lámparas de eucalipto que tejieron la novia y sus amigos. Los muebles derramados acá o allá, con balas de paja y telas, espejos y enormes cubas de estaño donde flotaba la cerveza helada y chapoteaban los niños y los bichos del campo (morituri).

Y ya en la ceremonia, el sol aplastando los sombreros de las damas, se arrebató San Juan de la Cruz, callaron las chicharras, se hizo el silencio levadura, crujieron los cristales de las ramas: 

  En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía                              
sino la que en el corazón ardía.                 

  Aquésta me guïaba
más cierta que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.                    

  ¡Oh noche que me guiaste!,
¡oh noche amable más que el alborada!,
¡oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada! 
 

Mi amigo M. se ha casado y se ha desaparecido, como suele. Volverá dando cuenta de su viaje, 
me encontrará más crédula y acompañada por esos dos amigos que me prestó un buen día y que
 suplen con humor sus largas ausencias. Tú tenías razón, faltaba el con quién. Eso tan misterioso
 que un día se hace carne y ya no puedes obviar, se te apodera. Nos vemos a tu vuelta, buen amigo.
 
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