miércoles, 2 de septiembre de 2015

10 ADICCIONES SIN MONO Y SIN CAMELLO

De pronto M. grita que no tiene un libro para engancharse. Que todo lo que empieza últimamente la lleva a la deriva del tedio. No engancharse está bien, ya somos mayores para las drogas y jóvenes para el desencanto. O sea, que estamos condenados a enredarnos en la contradicción.

Querer estar y tener ganas de largarse. Quererse vaciarse y comprar otro par de zapatos. Querer perder peso y negarse a subir en una báscula ("a bulto, voy a adelgazar a bulto. Cuando entre en mis vaqueros más slim sabré que estoy en el buen camino"). Querer un plan irresistible y desear pasar en casa la tarde del domingo. Todas las tardes de domingo. Querer llamar y no pulsar las teclas del teléfono.

-Últimamente cuando cruzo un paso de cebra me viene un estornudo.
-Es raro, sí...

Lo malo de vaciar, de vaciarse, es que te haces eco de ti mismo. "Veremos lo que dura tanto orden", murmuró ayer mi hija grande tras recorrer la casa y sus rincones. Minichuki se encogió de hombros tumbada en la alfombra. Somos pecadoras y nos regodeamos en nuestros pecados. Pero la contricción dura poco, nos la pasamos por el forro. En familia.

-¿Saldrás a correr conmigo este año?, quiero saber.
-Ay, no, mamá, que tú tienes horarios muy raros.
-Es que de pronto necesito compañía para el trote. Anda, ven conmigo, chitina...

Las Nike a punto, las veo por el rabillo del ojo, impertinentes. Nos faltan armarios. Siempre faltan armarios. A., que nos cuida y nos ordena, sentenció ayer: "Necesitas una casa más grande". Yo creo que uno necesita lo que puede tener. Así es más fácil.  Engancharse a lo posible, y un paso más. El sueño es adictivo, dormir más de seis horas del tirón es pura marihuana. Te despiertas de corcho, torpe de letras. Mi cama Carlos V es un sarcófago. Me acuesto y caigo a plomo algunas noches. Despierto soñando una historia tan vívida que hoy he tenido que recorrer dos veces el pasillo para recolocarme en modo vigilia.

El pasillo no es largo. Detesto los pasillos largos, me dan miedo. Son elementos fijos en las películas de terror. Me pierdo en los pasillos, pero no tanto como en las rotondas. Soy adicta a las rotondas y a la madrugada. Pero si sigo estirando las horas dejará de haber noche y seré como un vampiro.

El Resplandor y su pasillo
Es decir, me he hecho un plan: Escribir, 50 abdominales y 50 sentadillas, ducha, preparar comida, comer un plato de melón e ir andando al trabajo. Lo de preparar comida impide que ataque un pincho de tortilla en el Grasas, ese bar de la esquina donde todo flota en aceite, sunque no lleve aceite. Pero detesto cocinar tan de mañana, oler el agua que cuece el arroz -el laurel sólo es tolerable a partir de la una, nunca antes- A veces voy muy justa y debo elegir: Escribo el blog o cocino y hago tabla de gimnasia. (Te beso o te escupo, n.t.j!)


Adicciones viables: tercera temporada de The good Wife,  en versión original y sin mirar subtítulos (a base de capítulos se me han abierto las orejas. Me siento como niña con bici sin ruedines). La cerveza sin alcohol de Mahou (única que no me sabe a pis). El ambientador Orange Blosson de Zara Home. Mis nuevos zapatos de salón de serpiente paliducha. La acera izquierda de Ortega y Gasset con sus escaparates bellos cuando vuelo al trabajo. Mi libro de Stevenson, definitivamente libro de cabecera y de consulta. La sal Maldon, hasta que se acabe el bote. Andreas Scholl como contratenor de cabecera. El oboe, el contrabajo. Los perfumes de Sisley de noche para el día.

Paro ya, tocan abdominales. Ya no hay tiempo de preparar comida. Será un pincho. Qué poco cunde la mañana. Debería dormir peor. Contradicciones.








martes, 1 de septiembre de 2015

LA BUENA EDUCACIÓN ES SEXY

Justo antes de leer la prensa digital pensaba escribir sobre la vuelta. El regreso de mis hijas, que alborotaron las costuras de la casa ayer por la tarde. El trasiego de maletas por el pasillo. Las bolsas con comida del viaje. El desorden alegre después de dos semanas donde todo quedaba justo en el lugar en que lo había dejado. Las manos fugitivas enviando wasaps, llamando a las abuelas. El asalto a la nevera. Las quejas por la cena. Los montones de ropa medio sucia, medio limpia. Las pugnas de sofá. La música en los cuartos. Las risas.

El hallazgo de todo lo que he tirado a la basura mientras decía que ordenaba. La puerta del baño apalancada: "Ya salgoooo. Vete al otro". Las zapatillas en la cocina, tan huérfanas de pies. Los besos, las preguntas.  La plácida partida de cartas a tres bandas. Una timba que gané pese a que mis contrincantes han afilado su ingenio y parece que hubieran hecho un curso en un casino chungo de Las Vegas. Dormir con Minichuki, calentita a mi lado, sólo un día. "En mi cama había una araña, te lo juro", argumentó, y yo la dejé porque sé que esto se acaba. Que ya no va a pedir dormir conmigo. "Te he echado de menos, pero menos que el año pasado. Este verano sólo te he llamado dos veces al día, mami, el otro fueron cuatro". ¿Al año que viene será una?¿quién me llamará al trabajo y me dirá, con ese tono adulto de niña, sin embargo: "Yo bien, ¿y tú?".

Y entonces leo la noticia: "El 28% de las jóvenes españolas entre 15 y 29 años piensan que el hombre agresivo resulta más atractivo". Eso dice el "Informe Jóvenes y género. El estado de la cuestión", del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud.Que también asegura que un 30% de los hombres en esa franja de edad está de acuerdo con esta frase: "Cuando una mujer es maltratada por su pareja, algo habrá hecho ella para provocarlo". Y no doy crédito.

Contengo el impulso de despertar a las niñas. Tengo que hablar con ellas. Es urgente saber lo que ellas piensan de esos tipos que creen que pelearse es una prueba de amor. De esas mujeres que aguantan estallidos de ira porque la reconciliación sabe más dulce. De esas relaciones basadas en vomitar sobre el otro los complejos, la culpa, los deseos incumplidos. Siempre me sorprende cuando voy en el Metro ver a esas parejas de adolescentes que muestran abundantes faltas de respeto y luego se pegan el lote como si nada hubiera sucedido.

Pienso en esos programas de televisión -los de "bobitos y bobitas", yo los llamo- donde chicos y chicas de escasa educación y mímica arrabalera se hablan a gritos en un espectáculo lamentable que yo prohíbo en casa pero a veces me esquivan y sorprendo a mi mayor riéndose delante de esas caras en pugna con un vocabulario escaso y esa incapacidad de urdir los tiempos verbales. (Y sí, hay violentos bienhablados, y expedientes cum laude, ya me temo). Y trato de hacerle entender que es intolerable, y ella se me revuelve: "Mamá, que ya lo sé, es sólo un programa de la tele". Pues prefiero que vea una película de guerra plagada de tiros y sangre como para trasnfundir a un hospital entero. Lo prefiero.

Lo peor de la violencia es que uno acaba insensibilizándose a medida que la tolera. Respeto y gentileza, eso es lo que quiero que aprendan mis hijas de lo que deben esperar de un hombre, de una mujer. No hay nada más sexy que la buena educación. Nada más atractivo que el discurso tranquilo. Nada más deseable que un hogar sin gritos ni broncas desatadas. El primer mandamiento del amor es la paz, diría desde la experiencia de muchos años y algunas relaciones. Y luego añádanse otros ingredientes, como en los buenos guisos.

No sé cómo hemos llegado a que casi un tercio de las chicas de la edad de mi hija mayor crean que un tipo agresivo es atractivo. Qué hemos hecho tan mal. Cómo hemos consentido que un modelo tan obsceno y peligroso se impusiera como excitante y evocador. El matón frente al justiciero. Hoy no me preocupa gran cosa que mis hijas tengan un expediente académico inmaculado, pero sí que entiendan que deben rechazar sin condiciones cualquier forma de violencia, los gritos, las trifulcas como estilo de relación. Quien te quiere no te hará llorar, en contra de ese refrán tan repugnante. Desterremos esa pseudocultura que enciende la mecha para hacer sentir a las parejas, sin darse cuenta de que terminan rotas,  calcinadas.







domingo, 30 de agosto de 2015

PALMIRA O LA DESTRUCCIÓN DEL AMOR

Palmira
La peor venganza es el olvido. Asesinar el recuerdo. La destrucción. El silencio roto por el crepitar del fuego y el polvo disolviéndose lentamente en el aire. La imagen del después que escupe un satélite acostumbrado a no estremecerse con la muerte ni con nada.

Devastación, catástrofe, exterminio.

No he estado en Palmira, cómo lo lamento, pero su nombre siempre me ha parecido evocador, igual que Alejandría o Positano. Hay lugares que encierran un destino. Tu mapa del tesoro. Aquel que los destruye mata mucho más que unas ruinas de belleza sobrecogedora. Mata la fantasía del quizás, la posibilidad de una conquista, el hallazgo al final de un desfiladero. Ese enmudecimiento repentino. Mata el asombro y la inspiración de los poetas. Nos mata a todos de pronto.

(La violencia del no te toco a ti, pero destruiré aquello que amas. Pongamos a salvo la memoria. Las mujeres, los niños, los ancianos y... los recuerdos primero).

Llevo días arrojando trastos viejos a la hoguera. Ropa que no me pondré ya nunca más, libros sin fuste, adornos que no adornan sino entorpecen la vista en el salón. Detesto los adornos, el concepto mismo de adorno, los cultivo cuando me siento redundante, los mando a freír puñetas. Me preparo para el regreso de las Chukis con una catarsis que se parece mucho a un incencio controlado. Luego me siento a ver el Telediario, exhausta, y es el Apocalipsis. Palmira, las concertinas para evitar que refugiados e inmigrantes salten al paraíso (paraísos de mierda), crímenes en pareja, corruptelas políticas, yihadismo en un tren. Me asfixio de realidad contada con esa chaqueta verde estridente de anoche. De luto riguroso, nena, nadie va a un funeral con el pantone del recreo del colegio. Un poco de respeto.
Positano


Pondrán más controles, nos anuncian. Haremos cola para entrar en un tren, en cualquier tren que cruce una frontera; nuestros bultos sometidos al mordaz escrutinio de los rayos X. Los deshauciados van a pie, las plantas destrozadas de uno de ellos parecían la de un primate después de horas descalzo a la deriva. Más duro que Palmira, mucho más.

Mi tolerancia a la violencia mengua con los días. Tengo los jugos gástricos revueltos. El primer violento es el padre o la madre que pega a su hijo. Ahí comienza todo. El hombre que grita a su mujer, la mujer que humilla y corre a la iglesia, que ya suenan las campanas. El sarcasmo.  Mejor destruir los recuerdos, para que nada quede. Rescoldos y cenizas.

Valla antiinmigrantes en Hungría
Decido que, sin falta, Positano. Me siento amalfitana. Positano fuera de temporada de turistas. Sola o acompañada. Antes de que alguien destruya mi fantasía del amor que es esa carretera en puras curvas que muere a la orilla de Tirreno. Un hotel con terraza recoleta, lectura reposada y un paseo. Bebería Martini, debo empezar a ensayar esta bebida que es la que corresponde a mi deseo. Pero antes será San Sebastián, y París, y puede que otro Oporto. Y guardaré los recuerdos con coordenadas muy precisas que no ocupan ni cogen polvo en una estantería. Que no puede destrozar ninguna bomba ni ser olisqueada por satélites. Esos fisgones gélidos.

"Positano bites deep, it is a dream place that isn’t quite real when you are there and becomes beckoningly real after you have gone" (John Steinbeck).



 


jueves, 27 de agosto de 2015

SI TU PAREJA TE FUE INFIEL EN ASHLEY MADISON

Ayer quise comprobar si había sido infiel en la lista que el hacker de Ashley Madison, la página de infieles cuyo claim reza "La vida es corta, ten una aventura", ha ventilado al mundo para provocar un terremoto de divorcios, abandonos de hogar, agresiones y algún suicidio.

Pese a que no estoy en situación de ser infiel, reconozco que introduje mi correo electrónico con cierta angustia, como cuando te sigue en la carretera un coche de la Policía de tráfico y crees que te va a parar  y va a pillar un alijo de algo muy feo y muy ilegal en tu maletero aunque te consta que no has pasado de 100 km/h y que lo peor que ocultas es una bolsa llena de piedras sucias que recolectó tu hija en la playa en su diógenes de verano.
Algunos teclearon los datos de todas sus parejas, incluso de aquellas cuyos recuerdos sólo podían aflorar con Carbono-14.
Yo quería averiguar si había sido infiel a mí misma. Pero parece que el sistema no afina tanto. Uno a veces se traiciona y comparte confidencias con quien no debiera. O cena a la luz de las velas y se desgasta en una cita que nunca debió ser. Y luego se justifica con una retahíla de excusas muy baratas para poder dormir a gusto y volver a ponerse los cuernos al otro día.

Creo que los que entraron en Ashley Madison en busca de un revolcón pecaron de ingenuidad. Un infiel, igual que un asesino, no puede permitirse tener cómplices. Ya que engañas, aguanta el tirón. Hasta en la películas más cutres de cine negro el cómplice termina confesando. Y consigue que el espectador repudie al criminal. Para pecar en condiciones, querido pringado, hay que tener valor y tragarse el sapo de los remordimientos (si los hay), disponer de una cuenta saneada para una doble vida que no deje marcas en ningún estracto bancario, contar mentiras con precisión, estar en forma física por si hay que complacer a más de uno (o de una) en una misma noche, inventarse reuniones urgentes en lugares verosímiles, tener buena memoria para no alterar un relato que va y viene... Una trabajera.
Una proposición Indecente

Para poner más emoción a la aventura,  en Ashley Madison se inventaron una aplicación con el reclamo ¿Cuanto cuesta tu esposa? Se trataba de que los hombres (en este caso sólo se contemplaba la heteroinfidelidad) colgaran fotos de sus esposas, las mismas a las que estaban traicionando, para que los demás usuarios votaran cuánto darían por acostarse con ellas en una puntuación del uno al diez. Ignoro si hubiera sido posible puntuar a los maridos dado que la aplicación no prosperó,  y no hay que ser un hacha para llegar a la conclusión de que Ashley es reaccionaria y atávica. Además de insegura como el banco de una película del Oeste. (Eso pese a que en su landing page figura el simbolito de un candado y un "certificado de seguro y fiable").

Mientras escribo pienso que ahí fuera hay 39 millones de infieles aterrados por si los descubren, urdiendo explicaciones verosímiles de cómo llegaron hasta allí. Y otros tantos millones de víctimas que nunca sospecharon y a las que se les van a caer los palos del sombrajo, como decía mi abuela, cuando descubran que su amor se ha liado con alguien. Y seguramente muchos preferirían seguir nadando en la ignorancia, ese magma calentito, y no tener que enfrentarse a eso tan inquietante que sigue en el guión: ¿Por qué?.

Personalmente prefiero no saber si me pusieron los cuernos en el pasado. No pienso teclear los mails de los hombres que fueron. Allá ellos. Prefiero recordar lo mejor del amor, la confianza plena, aquella intimidad, eso que no se comparte con nadie y es secreto. Un secreto a buen recaudo que no admite hackeos de piratas ni se deja fisgar por otros ojos. Porque tiene paredes de titanio. Y perdura hasta cuando se apagan los chispazos y está oscuro.











miércoles, 26 de agosto de 2015

SI ERES ARIES, HOY ES TU DÍA

1. Con tacones pesas cinco kilos menos. Comprobado ("Estoy un mes más gorda", dijo ella. "Yo un mes más atolondrada"). Alteración caprichosa del sistema de pesos y medidas producida por las postvacaciones.

2."Yo miro antes los pies que la cara de los chicos. Me dan mucha información" (C. adicta a las zapatillas Nike). "Las zapatillas son una religión", asegura. ¿Vuelve el politeísmo?

3. "Mira, en ese restaurante oriental asesinaron hace poco al jefe de cocina. En plena hora de comer. Los clientes ni se enteraron pese a que llegó la policía". ¿Qué harían con el cadáver? (A.Sacarlo por la puerta de atrás. B.Cubrirlo con salsa agridulce. C.Eso que estáis pensando).

4.Uno se pasa la vida preparando a los hijos para el futuro como si no hubiera presente. Como si ser niño o joven fuera un peaje molesto hacia lo que de verdad cuenta: ser adulto y profesional. Una mierda. O el máster como el Everest, con accidentes incluidos. (Dos mujeres solventes, una terraza).

5."Mamá, la prima y yo vamos a comprarnos juguetes a escondidas". ¿A escondidas por qué? "¡Porque eso lo hacíamos de pequeñas!" ¿Y qué tiene de malo? "¡No te enteras de nada, mamá, es una aventura!". Conversación real con Minichuki.
Religiones modernas


6.Buenos días, llamo para pedir cita para vacunar a mi hija de lo que toca a los 12 años. "Su hija tiene casi trece". Sí, ya, se me pasó. Soy una madre mediocre e incompleta. "Ande, no se preocupe que los virus no entienden de partidas de nacimiento" (Solidaridad entre mujeres imperfectas).

7. Leo voraz sobre París: "El paisaje urbano suele ser tan bello (no sólo en el centro: hay tramos del canal Saint-Martin capaces de provocar el síndrome de Stendhal) y la iluminación nocturna tan exquisita, que al peatón le asalta la angustia de convertirse en un estorbo, un borrón en un cuadro perfecto.Enric González.

8.Susan Miller lo tiene claro. Los Aries hoy estamos de suerte: "On August 26, you will have the luckiest day of the year. This would be an extraordinary day to pitch new business, meet with a VIP, sign a contract, strategize a new business, or in regard to health, to consult with a doctor, hire a trainer, join a gym". Me preparo para mi día más feliz con la fe del carbonero. Demasiada presión por expectativa ajena.



martes, 25 de agosto de 2015

TAN DULCE, TAN MACARRA

A las 21 horas del pasado domingo, un domingo hermético y fatigoso de agosto, al tiempo que "le daba la vuelta a la casa", esa expresión trasnochada que describe la limpieza compulsiva que se lleva por delante polvo, rabia, trastos y recuerdos, decidí abandonar para siempre "El Jilguero". Exactamente en la página 661, recién pasado el ecuador de su extenuante recorrido plagado de descripciones minuciosas de una evolución de personaje más lenta que los brotes de judía bajo algodón mojado del colegio y deseando que lo detuvieran de una vez (y con violencia, a ser posible) por el robo absurdo de ese cuadro, oculto en la funda de una almohada, cuya presencia, lejos de inquietarme como la soga de Hitchcock,  me parecía un pegote que la autora no sabía muy bien cómo gestionar.

-He tirado doce bolsas de objetos, dejado en la portería de casa un saco de libros que no me aportaron gran cosa  con un letrero escrito a mano en Edding azul que ponía "Sírvanse libremente" (sin firma, como los cobardes)  y ejecutado al jilguero.
-¿Que te has cargado a tu pájaro? Mira que eres punky.

Tuve que explicar que nunca antes le había dado tantas oportunidades a un libro, que he arrastrado su peso de ladrillo por toda la geografía española este verano, que sí, que tiene párrafos que me han arrancado un mohín de reconocimiento -faltaría más, es un Pulitzer- como cuando nuestro protagonista se encuentra con Platt en la calle, que le insiste en que vaya a ver a su madre: "Si no puedes ahora, ven luego. Pero no hagas promesas como hacemos todos en la calle". Que no es que me parezca un libro horrible, es que su excepcionalidad reside en buena parte en que es más largo que mi paciencia. Que en materia novelones con los que hacer una brecha al enemigo me quedo con "Anna Karenina" o con "Guerra y Paz". Así que esto es un adiós definitivo, no un "vamos a darnos un tiempo". Esa promesa vana de postergar el olvido inevitable.

Luego, M., escritora brillante cuya primera novela ha dado merecidamente la vuelta al mundo (y no creo que pese más de 200 gramos), me cuenta por tuiter que se dispone a empezar a leer mi libro.

-Si en la página 30 no te ha enganchado, abandónalo. La vida es demasiado corta, le escribo.
Ley de vida

Para quitarme el amargo sabor de boca de ir a contracorriente de público y crítica -ese tándem demoledor- escojo a Edward St. Aubyn. "La Madre", de Las novelas de Patrick Melrose, será mi próximo compañero de cama.  De mi cama Carlos V, donde aún me siento extraña en su enormidad y donde me planteo organizar visitas guiadas, dada la expectación que ha despertado. Anoche, en mi reencuentro familiar con el primero de mis hermanos que ha vuelto de ese exilio breve llamado vacaciones, quedamos en que él y su mujer serían mis primeros invitados. Naturalmente, no cobraré, sólo espero un relato fantástico y sábanas limpias al día siguiente. Como en esas pensiones costrosas del Madrid viejo donde uno se acostaba con cualquiera y le escribía una copla de amor que era un responso.

Hasta entonces, cortejaré a Aubyn: "¿Por qué habían fingido que lo mataban al nacer? Lo habían mantenido despierto durante días, le habían golpeado la cabeza una y otra vez contra el cuello del útero cerrado: le habían enrollado el cordón umbilical alrededor del cuello y lo habían estrangulado". El cuello del útero, de repente, me parece un buen punto de partida. Veremos si enmudece a mi impaciencia y sus brotes radicales. Si el problema era Tartt o soy yo, que cuando detecto un signo demoledar ya no puedo dejar de mirarlo y me estorba como esos padrastros que te palpas distraída muchas horas, hasta que te los arrancas y sangran y te duele y haces auuuuugh.

"Yo te leo todo, mi niña. Y me sorprende porque a veces eres muy dulce y a veces muy macarra", me confiesa María, sus manos trabajando con mi pelo, el rubio in crescendo, los chismes de repente. Luego se ríe, nos reímos las dos, y me cuenta sus cuitas y me miro al espejo y veo a la macarra exterminando letras, abandonando libros con nocturnidad y alevosía en el portal.

Y entonces suena mi teléfono.

-Buenos días, que si le parece bien que guarde los libros en el chiscón y ponga una nota en el corcho diciendo a los vecinos que pueden elegir.

Parece que el portero me ha pillado. Tal vez estaba detrás de la mirilla, agazapado. Tal vez reconoció mi letra. La determinación con que abandono cuando contemplo minas que explotan a los pies. Minas antipersonas, litaratura horchata. No hay tiempo que perder. Suena un tictac en mi cabeza. Estornudo sin taparme la boca, con estruendo, ese placer macarra de la estricta soledad.

Decido que la próxima vez recortaré letras del periódico y las pegaré como hacen los asesinos. Con unos guantes puestos. Vuelvo a Hitchcock y a La Soga. Un buen thriller es eterno, redondo, sin trampas ni acertijos mal urdidos.

De pronto ya me siento más ligera. Ya me toca dejar paso a la dulce dama. Al menos por un rato, siendo martes.





domingo, 23 de agosto de 2015

MUCHO MIEDO PARA TAN POCO PELIGRO (STRIPTEASE CARDIOVASCULAR)

"Aspiro a una soledad
sin tapujos,
con muchísimo olvido
de fondo".

Ajo es micropoetisa y hace irónico striptease cardiovascular. Con esas credenciales le hubiera puesto un like en su página de Facebook -acabo de hacerlo-. El mérito del hallazgo es de M.J, que en uno de esos jubilosos paseos cuando me recoge del trabajo un día a la semana -esa cita de amor que es la amistad- me regaló un verso de la microautora madrileña, algo distorsionado: "Tanto sufrimiento para tan poco peligro". Naturalmente, lo celebré a conciencia, pero el olvido es traidor y desalmado, de modo que hasta ayer estuve amnésica de Ajo. Hice mis abluciones literarias, salí a correr al trote, me regalé un desayuno con prensa en un café diminuto y claustrofóbico cerca de casa y me encontré con la hermana de M.J, que sin venir a cuento y tras los prolegómenos de una charla convencional de verano me recordó el poema. Como si me viera ansiosa de certezas, lírica de regresos, sudada de rencores.

También, en general, detecto
mucho miedo y poco peligro.

Ajo, micropoetisa
Qué claridad mental, qué desafío colgar en cuatro líneas asunto tan pesado, apuntalarlo.  Me parece que Ajo es una micropoetisa que envuelve el plomo en papel de celofán de colores y te lo tira a la cabeza, rociado de azufre y gas de la risa. Lo contrario a eso que hacen los hierbas con sus tofudiscursos: utilizar fanfarria de soja para contarte nada. Nada que ya no sepas. Blablabla disonante que no alimenta. Sin humor, sin nutrientes. Intelectoengrudo.

Me gustan las voces proteínicas. Y me gusta mi armario, libre de grasas y desorden después de haberlo desnudado para contar demasiados pares de zapatos. "No hay mundo para tanta suela", reflexiono. (¿Es esto un microverso, señorita Ajo?)

De pronto me he encharcado de poetas. Josep Piella Vila me envía su libro "El Caminante de Hojalata" (Playa de Ákaba) con una dedicatoria que no traicionaré, salvo el final: "Después de todo, en el arte de aprender a perder reside el arte de aprender a vivir". Lo tengo en la mesilla, lo voy administrando, extraigo los versos favoritos,  compongo un collage micropoema. Me apunto en un post it: "pedir permiso a Josep". Me salto a la torera su permiso:

No existen las mesas para uno.  
Estoy a tantos kilómetros de nada. 
Un sueño tarda aproximadamente 32 horas en desangrarse. 

Desde la atalaya de su magnolio, D. me recomienda que lea dos textos. Uno de columnista moribundo y otra de economista afilado a quien conoce bien. ¿Y te gusta?, le pregunto. "Es el único escritor que me ha dedicado dos veces el mismo libro", responde con ese humor flemático tan suyo que no trafica en verso pero te da la risa. Luego invento,  cadáver exquisito, unos versos muy libres por ahora, promesas del Otoño, llamaría:

Desestimar cualquier Eneagrama dos,
libre o con cargos.
Mejor los impares,
aunque se queden solos, tiritando.

¡Quema de libros, a las barricadas
del verso insolente y desabrido!

Quien huye primero, huye dos veces.

Tantos botines negros casi idénticos,
que sólo tú ves la diferencia.
Casi idénticos. Casi.

Cuidado con los tontos con idiomas
y con los listos enmarañados.

Mis árboles finalistas,
Olivo, higuera, magnolio.
No en ese orden, necesariamente.
O puede ser encina, hermana pobre del primero.

Una rotonda está diseñada
para dar no menos de dos vueltas.
A veces tres.
¿Quieres que te lo cuente otra vez?

P.D. Vale, sí, como micropoeta espontánea puedo hacerlo mejor. Es adictivo como comer pipas. Como los botines negros y los jeans. Como despertar en una cama enorme y hacer tres largos. Mejor otro de Ajo: "Esa manía que tienen tus noches de quedarse tan cerca de mis mañanas". Fascinante. Definitivo. Demoledor.













sábado, 22 de agosto de 2015

CUATRO HOMBRES Y YO, TARDE DE VIERNES

Refugio ligero de mujer rodeada de instaladores
Ayer convoqué a cuatro hombres en casa para mí sola. Uno era un chuleta y llevaba gafas de sol oversize, me llamaba de tú y me daba órdenes con descaro de portero de discoteca. Su compañero pedía permiso para dar cada paso, la mirada baja y taciturna. El tercero era desenfadado y correcto, sonreía en una mueca adolescente cuando nos cruzábamos por el pasillo y no se desprendía de una bobina de cable muy larga con la que hubieran podido ahorcarse un escritor atormentado y puesto de crack y su camello. Su ayudante era silencioso como un vietnamita de película y no sé qué voz tenía, tal vez le pasaba lo que al indio de The Big-Bang Theory, incapaz de articular palabra delante de una mujer, pero me miraba como quien reverencia el paso pomposo y solemne de la Reina Madre.

Dos eran completamente calvos. Los otros dos lucían una densidad capilar envidiable. Ninguno pasaba de los 45 años.

Cuatro para mí sola.  Quién sueña un trío, pudiendo ser quinteto. Cuando lo dejé caer para romper el hielo de dos horas de silencio -"Nunca ha habido tantos instaladores juntos en esta casa"- el chuleta deslizó, sardónico: "Si quieres llamamos a más". Me estremecí. 

Mi partyline de viernes tarde me tuvo clavada en el naufragio de mi hogar, mientras unos me "instalaban" mi cama -la de Carlos V, dadas sus hechuras y que me eleva un palmo más hacia el cielo que la anterior- y otros la fibra óptica con la que no veré mejor, porque no tengo tele por cable ni voy a tenerla. Me sobra con mi pequeña azotea al mundo que es este MAC machacado y una ristra de series que me tendrán entretenida todo el otoño y puede que hasta 2016.

Noté que me ponía nerviosa tanta invasión de mi intimidad. Los cuatro coincidieron en mi dormitorio, con mis perfumes desbaratados, mis velas perfumadas, los libros leídos y por leer, un par de zapatos que me había quitado apresuradamente al llegar a casa, mis cuadros, mis colgantes y sortijas...mi desorden. ¿Y si alguno abría el armario o la cómoda? No temía un robo, sino algo peor. La exhibición de mi vida con toda la crudeza que delata el contenido de un cajón. Así que me quedé ovillada en el salón, tratando de leer a David Grossman, pero noté que era incapaz de concentrarme. Tal vez la Gestapo encontraría un mensaje cifrado entre mis cosas. Algo que desvelara mis múltiples contradicciones. "Sí, dice que no le gusta el rosa pero en su cajón de lencería hay unas cuantas piezas". O "detesta a las manirrotas pero he contado hasta 12 vaqueros". O, aún peor, "tiene cremas distintas para una cosa y la contraria".

No, no podía relajarme en absoluto. Sólo miraba insistente el reloj, y el VOGUE colecciones, siempre inspirador: "Bien por el regreso contundente de la falda lápiz, tan sexy, no creo que me atreva con las bomber, bastante espalda tengo ya, mis estolas de piel teñida vuelven a ser un must, no pienso revolcarme en los 70 total look, ¡qué hartura! Divertidos los vestiditos cortos, vade retro a los tableados y los tejidos brillantes, indultemos al encaje un rato más, el animal print ya no es tendencia, sino clásico absoluto, necesito ya mismo un chaleco de lana largo con solapas..."

-¿Tienes una escalera? (el chulo, con ese tú inquietante)
-Ah..sí, ya voy.

Dos horas y media después, el campo de Waterloo había sido despejado de hombres y olía a sudor rancio de trabajador exhausto. Abrí todas las ventanas, recogí algunos trozos de cable, ordené mi habitación como si fuera a pasar revista el más inquisidor de los censores. Busqué sábanas limpias, blancas inmaculadas. Las rocié de perfume, un Sisley retador que me recuerda a Persia, a Alejandría. Hice fotos del conjunto desde varios ángulos, se las mandé a varias amigas y a mi querida C.
Cama de Carlos V en Cuacos de Yuste

-¡Es una pura fantasía! Solo te falta el dosel.

Y hoy he soñado distinto, mecida en el babor/estribor de un colchón nuevo tan grueso que no pasaría la prueba de la princesa del guisante ni con un saco de Findus congelados. Y he sentido que los cambios, aunque sean pequeños, te alegran la vida. Y que el orden, ese que no llevo de serie, calma las tempestades y te prepara para un Otoño prometedor y libre de humos. Que me gusta mi casa, mezclada, caótica por zonas, multicolor e imperfecta como yo. Aunque en mi nevera se pasen las fechas, aunque una tira del parqué pida ser barnizada hace años, aunque siga rota la bisagra de ese armario de la cocina. Aunque las plantas agonicen a ratos porque olvido regarlas.

Y hoy mi reto será ordenar la librería Taj Mahal  en cuanto vuelva de correr. Cocinarme algo rico comprado en el mercado. Cambiar la luz del baño, ir a IKEA sin ansia y, al fin, treparme a mi Carlos V para sentirme reina, ama y señora, poderosa en mi torre de marfil sin ruidos, sin reproches. Tan a gusto.

P.D. Me repito con Bach, pero si pienso en qué música le va a mis planes, sólo me sale esta (en versión Pau Casals).


viernes, 21 de agosto de 2015

AMOR LIBRE, BAÑOS CONTINUOS (UNA NOCHE BURROUGHS)

"El doctor Banway ha sido llamado como consejero de la república de Libertonio, un lugar dedicado al amor libre y los baños continuos. Sus ciudadanos son equilibrados, conscientes, honestos, honrados, tolerantes y, por encima de todo, limpios. Pero el hecho de acudir a Benway indica que no todo anda bien tras esa higiénica fachada". (El Almuerzo desnudo. W.Burroughs).

Anoche me acosté con sensación William S.Burroughs en el estómago. Una pesadez sucia a la que contribuyó la hamburguesa que nos devoramos en esa nueva playa de Madrid dentro del cuartel del Conde Duque donde la ciudad verbenea. El césped de mentira acogió nuestro almuerzo desnudo también llamado cena del reencuentro. A Burroughs siempre lo asimilo con una arcada que no sale hasta afuera, se queda a la mitad y permanece en un deja vu pejiguero como afilar cuchillos. Un revuelto de bilis con trozos de carne macilenta. Estreñimiento mental que mezcla bien con vodka, aunque nunca bebo vodka ni como en el suelo salvo raras excepciones. El suelo es donde vomitas, qué haces ahí tirada con tus amigas, tan precisa perdiendo los papeles, con una tabla de surf de falsa madera y un trampantojo de mar que miente así: "A una playa no vas, una playa la vives". La típica frase facilona de pensador corto de talla y de lecturas. El forro de carpeta adolescente. Y tú vas y te lo crees. Y devoras la carne con lechuga y cebolla, sin bacon por favor, como el último veneno de un condenado a vida sin deseo.

Buscaba sin buscar entre esos farolillos al consejero de Libertonio. Amor libre. Baños continuos. Quería confesarle que a veces inventamos recuerdos. Recuerdos prefabricados. Una librería mental donde traficas y pagas cantidades desorbitadas por una playa seca y una conversación sobre perlas en cautiverio que nunca fue. ¿Por qué (coño) se llaman perlas cultivadas si no las riega nadie? El estimulador de las palabras me sirve párrafos de alta manipulación que me distraen pero no me embaucan. Conviene leer buena literatura, fumar mala hierba bloquea los pulmones. Es aún peor que comer carne de perro con arterias y venas trituradas también llamada hamburguesa.

-Pero usted no fuma, ¿verdad?, preguntaría el doctor Banway, surgido de un truck de perritos calientes, como una sombra.
-Nunca jamás, pero tampoco he terminado El Jilguero, y  me he peleado con mi compañía telefónica porque me han atado a un palo muy feo llamado permanencia a cambio de una mierda de dos gigas.
-¿Y es su palabra (sucia) contra la de ellos, querida?
-Hay una grabación. "La grabación". Me la mandarán, me dijo el cuarto operador con nombre y acento latinoamericano, en un plazo máximo de un mes. A ver si hasta entonces se me olvida o me invento un recuerdo que lo neutralice.
-¿Qué tipo de recuerdos sueles robar, querida princesita vomitona?
-Los recuerdos de Byron, la sin nostalgia. Cambio los personajes, maquillo sus currículum. Tiro todos los dardos, me los clavo en el ojo. Sale sangre con pus, todo mezclado.

Libertorio en realidad ya no escucha, hay muchas almas sucias en esa verbena de agosto. Tres amigas sobre el césped artificial no son de gran interés, aunque una de ellas, la pelirroja, se siente como un indio y clave el bolso en el hueco de su falda, como si se violara.

-¿Se me ven las bragas, chicas?
-Y dale! Si somos nosotras y el resto de la gente está a lo suyo. ¡Come hamburguesa y calla!

Uno debe aprender de las malas digestiones. Son como devorar párrafos de libro de automartirio, de escritores hierbas que envuelven su ignorancia en "energía", "vibración" y mucho tofu. Eso no produce indigestión, estrictamente, pero sí diarrea mental. Os deshidrata. Mejor comer basura con ketchup cutre y un libro de Burroughs, o de Ginsberg. Mejor cualquier maldito con talento que estúpido con ínfulas corto de beat generation. La manipulación de las palabras cuando no andas sobrado es una farsa para cortos. Venid a la verbena sin muñecas chochonas en una arquitectura tan bella que no se ofende con que tres damas se tiren a sus pies, y se cuenten la vida que cabe en un verano, apenas tres semanas sin dar señales de humo. Y es como otra existencia, sin vahos de fritanga, sin mentiras.

-Ese perfume apesta. ¿Pero qué te has echado? me dijo ayer R.
-Ese que era unisex, aquí lo tengo (señalando el cajón, como si eso fuera la prueba irrefutable de que un perfume es bueno por estar a buen recaudo).
-Anda, ven aquí, me guía con cariño, y me regala un bote barroco y con azmizcle. O eso sueño.

Y perfumada tres veces -el que me puse en casa, el terrorífico que todos detectan menos yo, y el que lo taparía todo- me fui con horas de antelación a la verbena. Y me senté bajo una sombrilla con difusor de agua que era un baño de vida para limpios ahogados en sudor. Y hoy solo comeré hierba con tomate. Hierba con maíz. Hierba con aceite de oliva virgen extra.  Me purgaré, como una oveja que se pasó de vueltas, glotona y divergente. Y será casi sábado, en un casi descuido. Y seguiré leyendo cosas feas. Eternas, sin embargo.

"La cara de Johnny se hincha de sangre...Mark se acerca con un movimiento elástico y le parte el cuello...ruido como de astilla partida entre toallas mojadas" (El almuerzo desnudo).



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miércoles, 19 de agosto de 2015

TRES FRASES PARA SOBREVIVIR A UN VIAJE A PARÍS

Minichuki me llama para contarme que ha conseguido un diccionario de francés y una enciclopedia de París para preparar bien nuestro viaje. "Hoy he aprendido a decir lo fundamental: 1. Buenos días, 2. Muchas gracias y 3.¿Me da un zumo?". A mí su confesión me da risa, pero sé que no hay nada más serio que mi hija cuando tiene un propósito, y enseguida entiendo que saludar, agradecer e hidratarse es lo más crucial en un país extranjero y hasta en el tuyo propio.

Luego caigo en la palabra "enciclopedia". Tan vetusta como una cabina telefónica desde que la Wikipedia la empujó por el barranco del desuso. Y encuentro a mi hija muy Voltaire y muy Diderot. Quizás lo siguiente de lo que me hablará será de su mesilla de madera de palosanto o de que quiere un escapulario o un camafeo como fetiches para sus partidos de fútbol.

-No creas que he aprendido poco hoy, pero me distraje porque la piscina se ha teñido de verde.
-Eso es que no te has duchado, marrana.
-Jajajajaja! Oye, me gustan unas zapatillas de mi prima de uno que se llama...(a gritos: "¡¡¡¡Clau, cómo se llaman tus zapatillas???!!!! Ah, sí, Tommy Hilfiger!!! ¿Y ese quién es?
-Un escalador de ochomiles muy famoso... Esas zapatillas son muy caras, no se te ocurra pedírselas a tu tía.
-¡Ah, pues vale! Oye,  yo he corrido hoy con mi hermana una carrera de resistencia y la he ganado de lejos...

A más de 500 kilómetros de distancia las responsabilidades maternas se diluyen y se concentran en lo esencial: 1.Buenos días, cariño. 2.¿Cuántas veces te has tirado desde el trampolín? y 3. Te echo de menos. (En lugar de las cotidianas y cansinas :1. ¡Despierta, vagoncia, que son las 7h!  2.¡Otra vez se te ha olvidado la agenda escolar con los deberes! y 3. ¿Quién me ha robado el cargador del móvil?. Todo muy Diderot y muy Voltaire. Entiendo que la alta burguesía siempre se ha enorgullecido de su relación con los hijos gracias a que los depositaba en internados. Allí aprendían bastante más de tres frases en lenguas vivas o muertas, y volvían despegados y con hambre de besos, centrífugos y centrípetos al mismo tiempo.

Yo debo conformarme con dos semanas de telematernidad en las que no repito las órdenes (ni ordeno) y no persigo a nadie para que haga lo que presuntamente debe hacer. Vacaciones auténticas. Porque cuando llego a casa tampoco debo ser ejemplar, y me doy el gustazo de abandonar vasos semillenos por las mesas, tirar los calcetines de correr a ver si son capaces de ir solos a la lavadora (se han dado casos, milagrosos) y cenar de cualquier manera (lo que yo llamo menú disociado: mejillones en escabeche+plato de jamón ibérico+espárragos de Navarra con su mayonesa gourmet). Además, he decidido reducir mis visionados de Telediario a los titulares y tres o cuatro desarrollos de noticia porque la casquería de sucesos me produce úlceras, de modo que antes de las 21.30h, si no tengo una cita irresistible que me arranque extramuros, estoy lista para chutarme tres capitulinchis de mi serie de abogados. Un lujo muy poco Hilfiger, lo reConozco, pero que me procura una satisfacción muy Chanel y muy Dior. Y así se lo hago saber a Minichuki.

-Qué morro, mami, ¡estás haciendo todo el rato lo que quieres!
-Y encima me he comprado una cama nueva.
-¿Y para mí, qué? ¿Vas a dejar que tu hija siga durmiendo en su colchón de cuando tenía dos años? (sí, la Diderot es dramática e hiperbólica como ella sola)
-Tu colchón está nuevecito, guapa. No tiene ni un lustro.
-Vale, no me compres las zapatillas del escalador ése pero cámbiame la cama.
-O.K. Me lo voy a pensar.
-¿Me quieres contar alguna cosa más o me voy al baño?
-No, ya está. Un beso, cariño. Y dale otro a tu hermana de mi parte.

A 500 kilómetros de tus hijos la vida se contempla como desde un mirador al fresco. Con la tranquilidad de que están bien custodiadas por su padre y rezando para que tarden lo más posible en averiguar quién es en realidad Tommy Hilfiger. Y entiendes que es un alivio necesario, que la distancia no es el olvido sino el Acuarius para coger fuerzas y seguir siendo esa plasta que tiene que educar y preparar cenas equilibradas. Y mientras escribo esto cuento uno, dos, tres vasos abandonados por el salón. Bendita sea la entropía de las madres sin cargas.