viernes, 31 de octubre de 2014

BIEN ¿O TE CUENTO? (cómo responder a la pregunta ¿CÓMO ESTÁS?

"Mozart había encontrado ya su camino; se había liberado de la convención de la ópera seria italiana y alejado de la inevitable alegría napolitana de la ópera bufa. La serenidad y el gozo serán siempre fundamentos de su mundo operístico, pero una veta melancólica crece progresivamente y lo empuja imperiosamente hacia pensamientos elevados de muerte; nace con ello la divina "risa entre lágrimas", la ambigua alegría que se prende en un suspiro, auténtico distintivo de la música de Mozart. Breve historia de la música. Massimo Mila. Península.

Ayer M.J y yo nos hicimos un Mozart mientras recorríamos Madrid a oscuras. Mi amiga me recoge una vez a la semana en mi trabajo para volver juntas a casa y hablar de nuestras cosas. Cuatro kilómetros de confidencias a paso ligero entreveradas con sesudos comentarios del tipo "me he comprado una chaqueta de azafata de congresos a la salida del gimnasio después de que una monitora sádica me haya machacado con sus arengas a grito pelaó. No sé cómo interpretarlo". Luego nos tomamos una caña en el bar junto al colegio de las chukis y me reencontré con el camarero que, tiempo ha, cuando Minichuki acababa de nacer, nos ponía los cafés a un grupo de mujeres justo antes de salir pitando a nuestros trabajos. "No hacía falta que pidieran, yo ya sabía qué quería cada una", explicaba el hombre a mi amiga, con sonrisa de profesional que domina su trabajo.

Cuando alguien se adelanta a tus deseos, te conoce muy bien. M.J sabe cómo agradezco y disfruto su compañía y qué relajado es para mí ponerme en sus manos, dejarme conducir por las aceras y saber que entre nosotras no hay convencionalismos que valgan. Ayer hablábamos de cómo interpretar si cuando alguien te pregunta cómo estás en realidad quiere saber cómo estás. 

La cosa a menudo es como sigue.

-Hola, ¿cómo estás?
-Bien (¿o te cuento?)

Me pasa que desde que me he alejado de la ópera bufa -no me gustan las patochadas musicales, ni las otras- suelo contestar de verdad, y a veces no sé si es bien recibido. A menudo preguntamos por cortesía y nos desconcierta que el otro se saque el corazón y responda como nos incomoda un striptease no deseado. La serenidad mozartiana es poder contar en confianza las notas que tejen la sinfonía de tu cuerpo. El La menor de tus costillas astilladas o el allegro ma non troppo de tu pulso en observación. A cambio uno espera sinceridad en justa correspondencia, pero a veces  se queda sin adivinar las verdaderas intenciones.

-¿Cómo estás tú?
-Estoy muy bien, gracias.

(¿La ambigua alegría que se prende en un suspiro?)

Ayer una monitora motivada me convenció de que abandonara la cinta de correr y me uniera a su clase de bicicleta diabólica. "Sólo hay chicos, vente porfa"... Tras decirle que el spinning me angustia y me provoca taquicardia, claudiqué y la seguí al cuarto oscuro, donde me hice fuerte a los pedales. A los pocos segundos sentí que me había colado en una discoteca afterhours llena de teenagers puestos de speed y con más decibelios que un concierto de taladradoras. Juro que hice my best, pero a los diez minutos me bajé, aturdida y tuve que sufrir la humillación de escuchar  a mi maestra despedirme desgañitándose mientras mis compañeros se volvían a mirar mi salida con gesto de "menuda blanda la rubita".

Afuera estaba el jefe de todo, Mr.Proper, que me preguntó en argentino tanguero esa pregunta que carga el diablo:

-¿Cómo estás?

Y yo, claro, contesté porque una vez que empiezas a sincerarte y coges carrerilla ya no hay retorno.

-Estoy noqueada. Esto del spinning es un delirio para drogadictos a los que su camello ha abandonado a su suerte en un desierto y tienen mono. No pienso volver a esa clase porque ahora mismo tengo el corazón en la boca y necesito olvidar esa música con un chute de Mozart o con una blazer de azafata de congresos.

Después de una noche pedaleando en sueños, he llegado a la conclusión de que voy a seguir diciendo mi verdad cuando se me pregunte. Pido disculpas de antemano si disturbo a mi interlocutor porque prefiera que le diga "muy bien" por defecto. No es mi intención descolocar a nadie, lo prometo. Simplemente asumo que hay que reducir las frases huecas y ser franco porque es bueno para barrer los triglicéridos de la melancolía. Hace mucho que no voy a discotecas a entablar diálogos sin alma y me siento como cuando se encienden las luces, se apaga la música y sales de tu cuerpo y te escuchas pronunciar la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad. A gritos tan bestiales, tan descarnados como los de la motivada de la bici. Pero sin imposturas.






jueves, 30 de octubre de 2014

EL TRIUNFO DE LOS BORDES (NOTAS PARA PADRES IMPERFECTOS)

Ser borde, para algunos, es una condecoración. Una forma de salir de las trincheras en tiempos de paz con la metralleta bien cargada.

El otro día hablábamos de una mujer que se relaciona con el mundo siento antipática, arisca y seca. Como si esa actitud la elevara a una colina donde ver a los demás empequeñecidos. Manejables. Dar miedo es una forma de dominio cobardón cuando no se dispone de herramientas para relacionarse en igualdad, imagino (pero ya sé que suena a diván barato y pido clemencia).

No me gustan los bordes. He roto lazos con alguno porque encontré sadismo en su amistad. Me da igual si su problema es que se sienten menos, los insultaban en el colegio o el mundo no se adapta a sus expectativas. Me asombra que algunos personajes de la tele triunfen por mostrarse desagradables y morder a los demás con gestos y palabras desabridas/dentelladas de mortífero veneno. En general, el victimismo da mal resultado. Los calimeros -la cara B del borde- creen que ahí fuera hay una confabulación para romper sus cascarones. Un enemigo con tentáculos que los maltrata y los coloca en el paredón. Y se quejan y te lloran y querrían machacarte pero no se atreven.  


Un calimero es un borde sin agallas que te clavará la espada en cuanto te des la vuelta sin dejar de hacer muecas de dolor. 

Lo más provechoso de cumplir años es aprender a alejarse de unos y otros. Entender sus mensajes cifrados. No dejarse intoxicar por ese misterio tenso del uno ni por la falsa llamada de compasión del otro. Y saber que dominar la teoría no te hace inmune a esas personas, pero sí un poco menos vulnerable.


Presumir de ser borde, antipático o insociable se ha convertido en trendingtopic, me temo. Hay periodistas que viven de eso y escriben columnas que te hierven la sangre o entrevistan personajes con preguntas agresivas para lucirse ellos sobre todas las cosas.  Todos soñamos con ser escritores malditos, pero en realidad apenas llegamos a hombres o mujeres inquietos que se preguntan por qué la desazón dispara los dedos en la madrugada. Y me parece saludable drenar con las palabras y ser menos seco al salir de casa, si procede. Dicho esto confieso que mi adolescente me recrimina mi bordería cuando contesto con un simple OK a sus wasaps. Y la entiendo. Yo misma he reprochado a veces la falta de calor de esos mensajes prácticos pero desalmados, y trato de enmendarme con los emoticonos sonrientes, la emoción concentrada en un dibujo naif de comprensión universal.

Creo que escribo todo esto porque a Minichuki el otro día la hicieron sufrir unas capullas que organizaron una tarde de sábado sin ella. A mí los niños crueles me excitan los jugos gástricos de mis peores instintos. Querría darles una bofetada delante de sus madres. Recuerdo con nombres y apellidos a las malas de mi cole de las monjas. Esas que tiraban la piedra y escondían la mano cuando "borde" era una palabra inexistente pero Calimero ya se asomaba a nuestras teles. No digo que mi hija sea una santa, pero sí una niña muy sensible que no se queja porque es orgullosa, y que ha decidido que pasará su noche de Halloween disfrazada con su padre, tan tranquilos,  en lugar de salir con esas chungas con pintas que el otro día le negaron el pan y la sal y ahora la invitan.

Intuyo (y deseo) que los bordes encierran en sus casas el peor de los castigos. Un marido asqueroso, una mujer infiel. Un cuarto de pensar con cadenas de mazmorra. El eco eterno cuando hablen. Grietas en las paredes. Una gata furiosa. Tres pedazos de queso ya seco en la nevera. Charcos al pie de la cama. Y un ogro que se acueste con ellos para asegurarse de que sigan soñando petróleo negro para ahogar su malestar con caras de asco que alguien decide que molan.

P.D. Un borde, me parece,  es un desgraciado que no sabe pedir sino escupiendo lava. Y se pone cachondo con el miedo y el estupor ajeno, que interpreta erróneamente como una forma de respeto.

(Del Cuaderno de notas para padres imperfectos)














miércoles, 29 de octubre de 2014

DEME PASTILLAS PARA NO SOÑAR

Retorno a Brideshead
1. Rajoy pide perdón sin arrepentimiento. Como católico convencido que es debería recordar los cinco requisitos del perdón: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia.  Se los ha saltado a la torera. Ni uno ni dos, los cinco. Arderá en el infierno.

2."El Big Bang no contradice a Dios, lo exige". El Papa Francisco no decepciona. La frase es redonda y ha debido disparar las pulsaciones del pobre Stephen Hawking y aún más de Seldon Cooper (The Big Bang Theory). Yo también exijo a Dios, pero se me resiste como se me resistieron en su día la cerveza, las derivadas y las integrales. Por eso frecuento los agujeros negros y cuando se me queden cortos le daré a los fractales.

2.No sabría decir muy bien cómo, cuándo ni dónde, pero a G. se le olvidó una noche tomarse la pastilla y soñó en colores estridentes, como neones de un concierto de Madonna,  que cien días eran demasiados días. Y la dama del diván le dijo: "a tu edad el olvido es un privilegio".  ¿Hay pastillas para una amnesia autoinducida?, protestó G. "Hay pastillas para todo".

3.Volver al pueblo de un ex novio de juventud es como retornar a Brideshead, pero sin mansión ni Jeremy Irons. A la pobre R. se le atraganta la moviola. Nosotras le decimos que sobre todo piense que está mucho más buena y más segura. S. solía decir que las fotos que publicáramos de ella había que elegirlas con cuidado: "son para que me vean los ex novios". Volver a Brideshead es hacer cuentas con el pasado y, con suerte, ligarte a la hermana (en este caso hermano) del millonario gay Sebastian Flyte y tener una tortuosa historia de amor con mucho champán y mucho bling bling. Un despelote cool.

4.Vuelvo del gimnasio y le digo a U. que he estado rodeada de tíos resudando en las cintas de correr y que no recuerdo la cara de ninguno. "Dios da pañuelos a quien no tiene mocos", responde lacónico. (los "chulos", para él, son el mayor aliciente de un gimnasio. Para mí el mayor aliciente es la ducha de después y el yogur con cereales del Delinas).

5.Mi amiga C. es la nueva manager de Malevaje. Un grupo tanguero de españoles que triunfó en los ochenta y que iremos a jalear el viernes todo el grupo de la universidad. La solidaridad consiste en aprenderte un par de canciones para estar a tono en el revival. La amistad, en decir "claro que sí" a cualquier propuesta que haga feliz a alguien que quieres. El tango es lamento mezclado con sexo duro. Me propongo mirar a los hombres y después hacerle crónica detallada a mi querido U.

6. Sigo atónita con la nueva cara de Renee Zellweger. Parece haberse sometido a una cirugía de protección de testigos. Algunas no quieren regresar a Brideshead, está claro.





martes, 28 de octubre de 2014

LA CORRUPTOCRACIA

Nos creíamos una democracia engrasada, a prueba de estrés, y parece que somos un paraíso para corruptos y aspirantes. El problema de acostarse cada noche con un sospechoso más en la casilla del soborno, la cuenta en paraíso fiscal, los maletines, es que te conviertes en escéptico. Y siempre he pensado que el escepticismo era un estado espiritual demoledor. A mis hijas no sé cómo explicarles que el telediario y los periódicos estén llenos de señores ladrones con trajes bien cortados y corbata de firma." También hay señoras, no creáis", les digo igual que les he dicho siempre que no se vayan con nadie, y que las mujeres tambien pueden ser malas aunque sean madres.

La falta de fe en los demás, en las instituciones, da ventaja a las proclamas populistas. A quienes alzan sus voces en defensa de los oprimidos. Y casi todos estamos oprimidos por algún flanco. Mi amiga C. vive con su madre porque tiene que alquilar su piso para garantizarse un ingreso, y de vez en cuando se escapa a una pensión barata un par de días para sentirse adulta, independiente. Mi amiga M. mantiene a su hermana y un forcejeo con los bancos porque un pufo inmobiliario la dejó sin los ahorros de toda su vida. Tengo muchos más casos a mi alrededor, y mi alrededor lo forman personas privilegiadas que han ido perdiendo migas de pan en el camino.

Los perdedores, a veces, reaccionan en defensa ardorosa de otros que consideran víctimas. Es un acto reflejo de igualarse por abajo. En la frustración y el desaliento. El caldo de cultivo para que alguien entone "a las barricadas" y surta efecto.Y lo entiendo.

Valoro especialmente a los hombres y mujeres que trabajan en el cráter de la corrupción, cerca del dinero, y se mantienen impolutos. Conozco y admiro a un hombre, alto ejecutivo, que siempre rechaza el coche de empresa, el último móvil del mercado o un alojamiento en hotel de lujo cuando tiene reuniones internacionales. Jamás se lleva los tickets de los restaurantes y paga todo con su tarjeta. Son, diréis, gestos menores, pero los considero trascendentes, reveladores. Hace unos meses alguien que trabaja conmigo volvió de una presentación con un teléfono móvil y me lo puso en la mesa. "Jefa, me han regalado esto. Te lo doy para que hagas lo que creas conveniente". La hubiera abrazado (creo que lo hice). Nueve de cada diez personas en su lugar se habrían quedado el teléfono sin decir ni mu a nadie. Desde luego manifesté en voz bien alta lo orgullosa que me sentía de ella. Me pareció que tener en mi equipo alguien así es una garantía de integridad que sin duda nos salpicaría a todos. Una manzana tersa y verde en el cesto.

La corrupción es un momento de debilidad que, si luego no pasa nada, se completa con un segundo momento con la complicidad de otras voluntades laxas a tu alrededor. Imagino que si uno va gratis a restaurantes, hoteles, viajes, llega un momento en que siente que eso es "lo normal". Y que pagar de su bolsillo es un atropello. De ahí a disponer de una tarjeta opaca, o dársela a otros para anular sus voluntades hay un paso. De ahí a sobornar por conseguir un contrato, hay otro paso. De ahí a convertirse en delincuente hay un suspiro.

Así que la única manera de mantenerse a salvo de esa marea negra es sofocar la primera tentación. Y recordar, cuando todo a tu alrededor son noticias truculentas de tipos repugnantes, a V. y a su gesto limpio con el móvil. Y a ese hombre íntegro que te ayudó a entender que no todos los señores cercanos al dinero asaltan la caja fuerte y luego salen a cenar con sus familias, como si tal cosa.



lunes, 27 de octubre de 2014

¿HIPSTERICA O HISTÉRICA?

Anoche el locutor de Radio Clásica censuró hasta tres veces "la voz ancha" de tenor de principios de siglo XX -no retuve el nombre- del que ponía piezas, más bien fragmentos donde podía escucharse el arañar de la aguja sobre un viejo vinilo polvoriento.  Era como si descorcharan un cognac de doscientos años para decirnos que sabía a cerrado, a cuarto con humedades y ratas, "aunque su calidad es más que aceptable". Pero a mí me gustaba esa voz ancha aunque no sé cómo es una voz estrecha porque me abrazaba con sus notas vibrantes y esa textura de terciopelo añejo a punto de rasgarse. Era una frambuesa madura. Un bosque con muérdago. Una nana para rebeldes del sueño fácil. Además,  me molestaba la soberbia pomposa y acre del locutor. Un tipo que imaginé con olor  a naftalina, nariz pequeña y afilada y bigote gatopardiano.

Si los modernícolas me producen desconfianza porque los intuyo conjuntos vacíos sometidos a la dictadura del hipsterismo o postureo llevado al paroxismo (¿variedad del histerismo?), los viejunos pomposos me causan estupor. Entiendo que el señor de anoche sabe muchísimo de bel canto, pero habla a su audiencia -en este caso una mujer maldormida que huye del fútbol en el dial- con un tonillo condescendiente y bastante intolerante. O sea, que si yo no me había dado cuenta de que el tenor era un ancho de pelotas es que no tengo oído ni un fino paladar para acceder a la música en su estado más excelso. Ese que te conecta con los dioses del Olimpo.

Creo que la cultura tiene tantos registros como personas. Y que no se puede menospreciar a quien ofreces un concierto, una obra teatral, un poema porque no va a entenderlo en su pequeñez intelectual. A mí las sensaciones fuertes me dejan muda, casi siempre, y seguramente decepciono a quien esperaría un speech después de mirar un cuadro. La emoción es difícil compartirla y una temeridad imponerla como estándar. Suelo disfrutar de la crítica cultural de Muñoz Molina en Babelia porque es suya y no se impone, pero te excita el pensamiento, las ganas de saber si tú compartes algo de lo que él ha visto, ha leído, le ha indignado. El sábado no tuve tiempo de leer el suplemento cultural de El País, pero lo guardo porque quiero saber qué piensa de la película de la que habla, y quiero aprender más sobre "El libro del desasosiego" de Pessoa, que alguien dice haber ordenado de forma cronológica. Y me pregunto si este orden de terceros lo hará mejor y más grande. Y suscitará sesudas tertulias con expertos de bigote y rictus altivo donde si tú no entiendes o no compartes te conviertes en un lerdo incapaz de apreciar la voz ancha de un tenor.

Anoche, lo confieso, me dormí en brazos de un hombre de voz ancha que imaginé delicado como el roce de una mariposa de coleccionista.  Eso a pesar de otro hombre que se empeñaba en interrumpir al mío con disquisiciones pedantes. Luego me di cuenta de que yo también menosprecio y clasifico a los demás por sus lecturas cuando las considero de baja calidad; por sus comentarios sobre un cuadro cuando suenan a catálogo de COU. Por sus atuendos cuando me parecen disfraces. Por dejarse enredar por las proclamas populistas de los políticos. Por formar parte de grupos para disimular la mediocridad individual. Por desperdiciar palabras para decir bien poco.... O sea, que soy una gatopardiana de cojones, con perdón, y debo hacérmelo mirar. Y todo eso lo ha conseguido el locutor anónimo y pomposo de anoche, con la ayuda inestimable de un tenor ya difunto que juro que me pareció grandioso en mi desconocimiento insomne de domingo. Pero yo de cognac no entiendo. Ni de casi nada, me temo.








domingo, 26 de octubre de 2014

CARTAS A TI MISMA

Un día D. se escribió una carta a sí misma porque le hacía ilusión recibir una misiva en el buzón. Mi sobrina es pequeña pero de una agudeza excepcional, y pensó con buen criterio que uno puede pasarse días, meses y años sin tener la oportunidad de abrir un sobre con su nombre. Eso tan romántico que solía pasar en la prehistoria y que ahora sólo te manda tu banco, normalmente con más números que letras. Y los números no hablan de confidencias, de amor, proyectos, inquietudes ni  aventuras. Sólo de compromisos, plazos, pagos, estractos y reembolsos.

Creo que me hubiera gustado mantener una correspondencia larga y sostenida por carta. Una de esas que dan pie a novelas decimonónicas -también del siglo XX- donde desde que echas tu misiva al buzón hasta que recibes respuesta te da tiempo a fantasear y a urdir posibilidades. El equivalente al tejer de Penélope, pero sin angustia. Todo esto viene a que ayer encontré unas cartas, casi notas, que alguien me escribió hace algún tiempo y no tiré porque sin duda siento un respeto reverencial por el papel y la tinta. Se me ocurrió entonces -en esta madrugada con una hora extra-  organizar un club de correspondientes. Un sistema de cruce de cartas entre amigos o conocidos -tal vez desconocidos- que sientan nostalgia del buzón y piensen que el email es el fast food de la comunicación. Algo muy práctico para quitarte el hambre de inmediato pero que no deja huella.

Y si ahora escribe, ─ y se lo deseo de todo corazón, ─ no escriba para persona alguna, y tampoco para Herética, ni para ningún movimiento o combate cultural. Sino escriba porque le debe una respuesta a los dioses - See more at: http://www.librosyliteratura.es/cartas-desde-dinamarca-de-karen-blixen-2.html#more-5102

Una carta es la alta costura frente al pret a porter. Las puntadas firmes, regulares frente a la tirantez lineal y descuidada de la máquina. Imagino para el club un papel de excelente calidad, absorbente y con microscópicas fibras sedosas. Color crema, blanco roto. Y un lacre para cerrarlo rojo inglés, ese que aspira a granate pero se queda una estación antes, como uno hace cuando no tiene prisa por llegar y se demora con deleite en el camino.

Mi carta contaría, por ejemplo, que últimamente todo se me rompe. Como si una fuerza hostil se hubiera confabulado para estorbar mi rutina. Lo último ha sido el lavavajillas, y llamar a un técnico, eso tan fácil, se me ha hecho bola una semana llena de fiestas y de viajes. Contaría que las casas se quejan y sangran por sus grietas invisibles. Que anoche sentí el crujido de las tres de la mañana volviendo a ser las dos y que hay una bombilla siempre por cambiar. Que cuando entro de noche en la cocina miro al suelo porque mi fobia a las cucarachas me empuja a ese gesto irracional. Que he puesto trampas por doquier, como absurda persecutora de fantasmas. Que hoy veré una exposición con ojos de segunda vez y quedaremos dos familias para un brunch de domingo y jubiloso reencuentro aplazado. Que los jilgueros han picado el tubo de goma del aire acondicionado y que mi vecino Perkins, ese que mantiene el cadáver de su madre viuda y rica en la nevera, me mira con estupor cuando me sorprende, muchas mañanas,  pintándome los labios a la luz mortecina del ascensor. Que si una clase no me llena me la salto sin culpa, como ayer. Que leo cuatro libros a la vez, que me cuesta deshacer las maletas cuando vuelvo de viaje. Que el horario de invierno me da frío.

Que hace tiempo que me compro yo las flores, como hace mi sobrina con las cartas.  Que voy a echarme a correr en breve, aunque piquen las piernas y las ganas. Que uno escribe -cartas, cuentos, líneas desmayadas de palabras-  porque siente esas chinas molestas  en los pies, y no lo entiende, y le incomodan. Y contarselo a alguien es un alivio fugaz y necesario.

P.D. Querido correspondiente: Hoy tengo un propósito añadido. Hacerme con las "Cartas desde Dinamarca" de Karen Blixen (Nórdica).  Tuya siempre.

Y si ahora escribe, ─ y se lo deseo de todo corazón, ─ no escriba para persona alguna, y tampoco para Herética, ni para ningún movimiento o combate cultural. Sino escriba porque le debe una respuesta a los dioses - See more at: http://www.librosyliteratura.es/cartas-desde-dinamarca-de-karen-blixen-2.html#sthash.69E14udr.dpuf

"Lamento mucho no poder ir a la exposición de Munch, tengo unas ganas tremendas de ver pintura. Pero no puedo decir que esté precisamente ansiosa de ver el arte de Munch, ni de cualquier otro artista nórdico o noruego. En estos tiempos me apetece muchísimo irme al Sur, —¿aunque quizá sea esto un rasgo peculiar de los nórdicos, el mismo que en su época empujó a vikingos y varegos al Mediterráneo y Miklagard? Estoy dispuesta a reconocer que Munch, Ibsen y Strindberg son genios, pero ofrecen sus obras de arte como a desgana, con animadversión hacia el público, mientras que Rafael, por ejemplo, o Botticelli, Renoir o Schubert derraman sus tesoros con la mayor generosidad, con amor a todo lo vivo. Recuerdo que Zahrtmann dijo una vez que todo arte realmente grande solo puede ser un grado superior del amor, y eso encaja con el arte de Italia y Francia, y en el fondo también con muchos grandes artistas ingleses; pero, por Dios, creo que no encaja ni con Munch ni con Ibsen. Este es más como un buen tortazo en la cara, ¡aunque hay que admitir que es un tortazo genial!

(¡A propósito de artistas y compositores, me temo que Beethoven se agitará en su tumba al saber que han comparado su quinta sinfonía y Caminos de la venganza! Pero, ¿qué le voy a hacer?)

Bueno, pues nada más y muchísimos recuerdos a todos ustedes. Esta carta es bastante poca cosa, en realidad, ¡pero desde Año Nuevo casi ni se me puede considerar persona, me siento mareada, débil y poco digna de seguir con vida!

Tu Tanne





Y si ahora escribe, ─ y se lo deseo de todo corazón, ─ no escriba para persona alguna, y tampoco para Herética, ni para ningún movimiento o combate cultural. Sino escriba porque le debe una respuesta a los dioses - See more at: http://www.librosyliteratura.es/cartas-desde-dinamarca-de-karen-blixen-2.html#more-5102







sábado, 25 de octubre de 2014

SI ESTÁS CASADO Y TE GUSTAN TODAS

De los viajes me gusta la sensación segura de tierra firme de volver a casa y meterme en la cama con un libro que huele a nuevo, abrir una página al azar y decidir si lo  empiezo o no lo empiezo:

"La vida no se rige por la voluntad o la intención. La vida es una cuestión de nervios y fibras y células que se multiplican lentamente y en las que se oculta el pensamiento y sueña la pasión (...) Qué frías tienes las manos, Alexander". Las Políglotas. William Gerhardie. Impedimenta.

He pasado tres días con las manos frías. Rebobino conversaciones con un grupo de desconocidos, mayoría hombres, que hablan con un plato de deliciosas ostras y un vino local.

-Rompí con mi pareja porque íbamos a los restaurantes y no paraba de mirar alrededor, como nervioso. No me hacía sentir que mi presencia fuera importante.
-Sigo con mi mujer después de muchos años y con la intención de que dure, pero a veces me pregunto cómo se puede pasar uno la vida con la misma persona, el sexo con la misma, y me gustan muchas, y las miro...
-Pues yo de vieja aspiro a estar locamente enamorada. Una pasión de arrugas y de canas. Un desafío.

La vida sí se rige por la voluntad, diga lo que diga el personaje de Gerhardie, con el que ya tengo una cita tórrida esta noche. La voluntad nos lleva a no dejarnos llevar por la locura, que llamamos impulso natural. A veces hay que quedarse en un sitio y mantener las manos frías en las de otro al que abandonaríamos mañana, y dentro de una semana o de un mes. No es cobardía, sin embargo. Mi desconocido que se fija en muchas quiere a su mujer, imagino, porque habla de ella en conversaciones que divagan entre esto y aquello y no lo hace con cinismo. Realmente siente que es una faena que le gusten otras. Preferiría tal vez que su mirada estuviera secuestrada entre el cuello y las caderas de la esposa con quien duerme y no sé si lee en la cama.

Otro hombre, a mi derecha, asegura que pasado año y medio con el mismo se rompe el hechizo y uno empieza a husmear alrededor, y hay otros hombres que le suben los latidos. ¿Qué pasa entonces? ¿Manda la voluntad, la intención, los nervios y las fibras, el pensamiento loco, la pasión?

Me gusta escucharlos porque no somos tan distintos hombres y mujeres. Aunque lo mismo sí. "Con el paso del tiempo soy mucho más selectiva. Casi ninguno me gusta. No me llaman la atención los guapos por guapos, los listos sólo por listos ni los jóvenes por lo que fue y no volverá. Si amo a uno mi radar muere y dejo de mirar a los demás, aunque los mire. Y cuando todo termina hay veces que el radar sigue muerto, fundido como una bombilla por un tiempo que es indefinido y pesa como el plomo y es denso como  las nubes bajo el rastro del avión".

Siento que estos hombres me miran con curiosidad entomológica.  Brindamos por la vida, por los grupos nuevos que parecen engrasados. Por esa joven guapa alemana que llevaba una escolta de  hombres como avispas alrededor de su bicicleta, entre vides y tierra negra como el alma de un condenado. Por saber elegir y saber pasar página. Por la sabia alternancia de voluntad y deseo. Por la suerte de que no te gusten todos porque el propio tiene algo, una virtud enmedio de eso que exaspera, aburre o resulta previsible, que lo hace único y que convierte la vuelta a casa en un jubiloso reencuentro. A veces es un hombre, una mujer. Otras dos niñas ya mayores. Y unas sábanas limpias que huelen a jabón. Y un libro incógnito que durará tres noches, cuatro o cinco. Y ese radar nunca se apaga, sino que se renueva y se agita con la posibilidad de más noches y más libros. Las manos, al fin calientes. El otro radar, al ralentí, conectado a una máquina y con pronóstico reservado.




viernes, 24 de octubre de 2014

CÓMO MATAR UN GATO Y QUE PAREZCA UN ACCIDENTE

 
Mi amigo J.M confesó anoche que se había metido en Google para buscar -literalmente-“formas de matar un gato y que parezca un accidente”. Encontró abundante información al respecto. Al parecer, el gato de su vecino lo mira atravesado, y la antipatía es mutua. “A veces cojo un balón y pego con todas mis fuerzas contra el bicho”. Curioso e imaginativo como es él, ha probado a echar sal y pimienta a las plantas de su jardín, poner cara de “sé a qué colegio van tus hijos” y hasta la telequinesia. Pero sin éxito aparente.

Yo sospecho de las personas que tienen gatos. Mis prejuicios me dicen que son ariscos y/o masoquistas. Vagos (el animal necesita poco mantenimiento) y poco sociables (dejé de ir a casa de una amiga por el pánico que me daba su gata). Pero en este viaje por la región del Cognac he conocido a varios muy simpáticos y que a priori no entrarían en mi lista de “sospechosos habituales”. Es como si este chateau que nos acoge fuera un plató de telerrealidad que reuniera a locos y locas de gatos y enemigos de las mascotas domésticas chungas para una confraternización universal.

Después de una interesante clase de coctelería con vodka Grey Goose y de haber comprobado una vez más que no soy suficiente mujer para el dry Martini, la velada nos llevó a hablar de animales de compañía, y de nuevo me vi en el papel triste y nada sexy de señora con hijas, ojeras, hipoteca y tortuga. Una tortuga es una mascota anodina y lenta. Huele mal, come vorazmente y no responde a tu llamada. Sobre el papel no tiene ninguna ventaja. Así que las chukis han empezado un contraataque sin tregua:

-Mamá, queremos un hermano. Somos pocas. Y C.. se muere por ser mediana.
-Ya os he dicho, chitinas, que no estoy para cuentos. Y además no tengo con quién, desestimado el espíritu santo, que como sabéis da en el clavo pero luego los crucifican...
-Pues entonces adopta uno. Un chino, como los del cole. ¡Sería tan guay!

Las chukis son insaciables, como ha quedado constatado. Piden por si cuela, y a veces lo consiguen porque te pillan con la guardia baja. Ayer, en un atardecer glorioso entre viñedos, JM y yo contábamos a B., tercero en discordia, lo que supone ser padre/madre. Él ronda los 40 y ha decidido no tener descendencia. “Me parece una decisión muy valiente, le dije. Uno no suele arrepentirse de tenerlos, pero a veces sí de no haberlos tenido”. Dicho esto, glosé mi teoría de lo feliz que sería sin chukis (lo más parecido a las negaciones de san Pedro) y sintiéndome traidora como Judas añadí que “lo mejor de los hijos es que te hacen mejor a ti”.

Las chukis además tienen rasgos de gata huraña. Se refugian en los techados de sus smartphones, sacan las uñas cuando las quiero acariciar como cuando eran bebés y me saquean el monedero cada mañana bajo la excusa de que necesitan “material escolar”. Eso tan indefinido que te sale caro, carísimo, cuando llega octubre y ya creías haber superado la vuelta a cole con sus servidumbres.

Una chuki con un mal día ahuyenta a las visitas, hace ascos a la paella para cuatro -"mamá, ya podrías aprender algún plato nuevo, que este lo tenemos aborrecido"- ocupa el espejo de tu baño porque lo tuyo siempre mola más, te quita el último rouge Dolce Gabbana y jura por su vida que ella no ha sido, lee bazofia disfrazada de literatura y encima tienes que agradecer al cielo que no haga botellón por las esquinas, te responde "no seas periodista en casa" a la pregunta de "¿has hecho los deberes?" y jamás repone el rollo de papel higiénico.

Pero ayer, en el paseo con esos dos hombres que hablaban de hijos y de otros animalillos, sentí que no puedo querer más a esas dos gatas que me han estado mandando wasaps estos días para decirme que están bien y que hoy viernes tenemos ese planazo llamado "noche de chicas". Una peli, una pizza y un sofá atiborrado de brazos y piernas. Y todo el fin de semana por delante.


miércoles, 22 de octubre de 2014

UN HOMBRE ME CONFIESA QUE SU PAREJA LE LANZA PLATOS Y VASOS

Como presidenta de mi comunidad de vecinos estoy haciendo un master en "lo que pasa en las casas cuando se cierran las puertas". Creo que quienes somos realmente está fuera del alcance de la vista de nuestros vecinos. Al quitarnos la ropa y asaltar el sofá. Somos la respuesta que damos a nuestros hijos, a nuestras parejas, más que ninguna otra cosa.

Pero cuando tienes un cargo de prestigio y gratis total, como es mi caso, puedes llegar a sorprenderte con el caso de cierto hombre de unos 35 años que te cuenta avergonzado que su pareja le ha herido la otra noche lanzándole objetos contundentes (léase platos y vasos) a la cabeza. Y te asegura que tiene el parte de las urgencias del hospital. Y te cuesta creer que detrás de su puerta se libre una batalla cada noche donde el presunto fuerte es la víctima.

Me impresiona siempre el maltrato. Lo ejerza quien lo ejerza. He visto parejas lanzarse pullitas verbales como cuchillos delante de invitados y parecía que en realidad esa crueldad era lo que los unía y casi los excitaba. El único cemento que queda en una convivencia desgastada a la que se le da tregua una y otra vez. Me sobresalta el sarcasmo contra el otro, pero también la indiferencia. Eso del pecado por acción u omisión que nos enseña la iglesia pecadora. Hay quien mata por descuido, por no ocuparse de estar atento al otro. Y de eso al lanzamiento de platos hay una gran cantidad de tonos grises del dolor que nos hacen pensar a los escépticos si merece la pena estar con alguien si no es para ser más y mejor. Si no te cuida y no lo cuidas. Si no puedes cerrar la puerta con la convicción de que entras en un lugar de paz donde se te recibe con cariño aunque sean dos fieras que a ratos  querrías exiliar de tus contornos (las chukis lo saben, desde luego).

Hay noches que cuando escucho a mi vecina la de las fajas beige con la hija endemoniada me dan ganas de intervenir. Hay tanta violencia, tanta desesperación que no hacer nada parece cobardía. Al hombre de la loca de los platos le miro de otro modo desde que el otro día se me sonrojó como un niño contándome el relato de sus noches. Sin comas y sin puntos. A la mujer no he vuelto a verla, parece que era una novia post divorcio. "Siempre elijo a las peores", murmuraba.

Hay hombres que siempre eligen a las peores (y mujeres, desde luego). Hay quien se castiga una y otra vez con quien no les quiere porque es eso lo que han visto. El tablero de juego conocido. Y también hay quien huye una y otra vez de todas las partidas porque sólo le vale el paraíso cuando se cierra la puerta. Y supongo que ni una cosa ni otra. Porque los primeros terminan en urgencias y los otros terminan solos, calentándose la sopa y en silencio.







lunes, 20 de octubre de 2014

ESTO SÍ QUE ES UN PLAN BOLONIA

"Cada jueves, al amanecer, sacrificaban a los mayores de 40 años bajo los pórticos de la ciudad. Los morituri apenas emitían un quejido sordo, estrangulado y breve, resignados a contribuir con su extinción a que Bolonia siguiera siendo estandarte de la juventud renovada y dichosa. Saber que la vida era tan corta la dotaba de una provisionalidad excitante y conmovedora. Ser joven era un tránsito fugaz. Ser viejo una violación estricta de la ley. Una carrera enloquecida hacia las catacumbas de la iglesia románica de San Stefano previa oración en el formidable templo de Isis..."

He pasado mi fin de semana en esta ciudad imaginando un relato inverosímil que arrancara con una ceremonia de ajusticiamiento. He sentido el contagio jubiloso de la tersura de una veinteañera montada en bicicleta por vía Zamboni. He fantaseado con mis queridas amigas coetáneas con que nuestros adolescentes un día estudiaran en este enclave italiano lleno de torres torcidas, suelos empedrados y fascinantes librerías. Apartada injustamente por la fama rutilante de Roma, Venecia o Florencia. Oscurecida por el Plan Bolonia, una etiqueta académica estricta y disuasoria para el turista voraz, convencional.

He soñado con que seguía mirando  hacia arriba, a esos tejados viejos, esas almenas, esas estatuas de dioses paganos -oh Neptuno- y esos capiteles que ennoblecen unas columnas que acompañan la ciudad vieja sembrado de pórticos su pulso adolescente y desgreñado. He pensado que éramos mujeres maduras, vividas,  en una ciudad tomada por inquietos universitarios y que estaba bien así. He dormido con tapones en un hotel amable con la terraza más acogedora y recoleta que he visto nunca y me ha parecido que hay lugares que se alían con tu estado de ánimo y compañías valiosas que te aceptan como estés.

Plaza Mayor
He querido estudiar química o antropología sólo para alojarme en un palazio que es colegio mayor. Licenciada en trattorías, buscadora de los canales que fueron y alguien soterró cuando el negocio de la seda dejó de ser próspero. Aquí se mata todo lo que no es crisálida. Y el resto desafía a las costumbres, a los ruegos. Hay que conmutar la pena. Fin del duelo, por dios y por los hombres. He encendido una vela en San Petronio, por si acaso a dios le da por existir.

He pasado este viaje más callada que de costumbre, impresionada por tanta belleza y tanta luz. Ávida de arquitectura y de música. Y todo estaba bien, en esas escaleras. Y no he leído una palabra ni he escrito una línea, pero veía ante mis ojos un relato que pienso escribir sin falta esta semana.

Bolonia es más que un plan, es un destino.  Un incendio, una fiesta. Un tiempo de silencio y una juventud sin nostalgia que ya fue y no hay afán de renovar. Y esas amigas...