miércoles, 26 de noviembre de 2014

DE FOODIES Y TRIPEROS

Me sugiere B. que me apunte con él a un club de foodies. Le digo, tras echar un vistazo a la web, que el club debería llamarse "Triperos", dado que se trata de comer y beber con coartada esteto cultural. Noto que a mí me gusta la buena comida, pero no soy demasiado exigente y en absoluto puntillosa. En general prefiero un buen cocido, una fabada con todo su compango o una paella mixta -mar y montaña- a una melange de berenjenas al oporto. No pido tanto a un  plato, me parece, como a un libro, a una almohada o una promesa de amor. Un foodie es un tragón sin ansia que domina el argot del maridaje y alimenta su currículum de estrellas Michelin. Un ser superior que detecta la nata entre cien ingredientes amalgamados y ama la trufa negra sobre todas las cosas. Un sibarita tocado por los dioses para experimentar un orgasmo delante de un suflé.

A un foodie yo lo miro como Audrey mira el escaparate de Tiffany´s. Ajena y arrobada. A menudo mi agenda me convoca con ellos a la mesa y me gusta observar el espectáculo. Ayer, sin ir más lejos, participé en un panegírico del foie después de paladear un tuétano exquisito, de delicadas notas y matices. Un sorbete de hueso, diría, muy elogiado por todos. Pero el foie se llevó las mejores consideraciones de los convidados, y la foodiefarsante que llevo dentro hizo su aportación al asunto: "Yo podría comer foie sin parar, tres días con sus noches, hasta caer muerta". Una observación delicada como pocas que hubiera bastado para que el club ése me desestimara como socia, o como camarera.

Los mejores foodierecuerdos de mi vida son  sencillos pero de alta calidad. Unas kokotxas en el Puerto de San Sebastián aquel septiembre oscuro y precursor de la catástrofe. Un bocadillo de tortilla de patatas y un botellín de cerveza helada en mi Asturias, cerca de los bufones, el estruendo del mar con sus virutas plata. El cocido montañés de M. inundado de cariño, karaoke y lluvia torrencial. La ensaladilla rusa de mi padre, las croquetas de jamón de mi madre, los macarrones con chorizo de mi abuela. Un centollo de cumpleaños en un bar despoblado, a la luz de fluorescentes blancos como velas felices, temblorosas, de una primera cita. Mis latas de mejillones de tantos jueves solos y en pijama. Las pizzas de la noche de chicas con película cada viernes alterno, amontonadas las tres en el sofá. Los brunch de los domingos, con amigas. El café seco y solo de cada madrugada. 

Ayer, mientras decidía si me apuntaba o no al club de los triperos, enumeré la exigua lista de platos que domino: Paella para cuatro, lentejas para seis, albóndigas para ocho, cocido para diez. A veces amplío asaltando al Comidista, pero luego olvido y no repito receta. Con esas credenciales, pensaréis, encajo mejor en un club de abuelas o en una cofradía de entreguerras. Y no me parece dramático porque lo cierto es que la cocina me ha salvado la vida. Y cuando un domingo me levanto perdedora,  escéptica o desesperanzada corro a la nevera y saco un puerro, una cebolla, un buen trozo de morcillo, zanahoria,  ajos, sal pimienta, y empiezo a trocear, y pongo a tope fados, o una ópera, y el aceite de oliva obra el milagro al mezclar crepitante los aromas, reducir las texturas y embriagar toda la casa, como incienso de iglesia. Y noto que me invaden las ganas, la alegría.

Así que es probable que acepte la invitación de B. y entre en el club como tripera de honor. Sin esnobismo, sin tonterías. Como lo hubiera hecho mi abuela, gran cocinera que guisaba de oído y un punto pasada de grasa porque había vivido la guerra. Eso que no otorga estrellas Michelin pero sí mucha escuela y de mucho fundamento. "Nena, anda, cómetelo todo, no dejes ese remanente", me decía. Y comer era querer. Y así lo entiendo aún.





martes, 25 de noviembre de 2014

VUELVE LA BOISSERIE, MUERE PARADOX

La asistenta de M.J le informó, orgullosa, de que había comprado una boisserie para su salón: "Y ya les he dicho a todos en casa: no quiero libros, sólo adornos".

Tener tan claro que la cultura que no está para exhibirse me parece una prueba de sabiduría.  Sin duda una pastorcilla de Lladró bien merece un puesto de honor en el front raw de madera conglomerada, compartido con una docena de marcos de foto de alpaca al punto de brillo, y tres cajitas chinas de laca tóxica del todo a cien.

Cierto amigo que no desea ser citado ni con iniciales acude cada martes a la librería Paradox, que está de liquidación por cierre (imagino que es un efecto del regreso imparable de la boisserie para adornos). El establecimiento ha publicado en su web algo parecido a la despedida de un ajusticiado poco antes de la fecha de la inyección letal.

Estimado cliente y amigo: 
Ha llegado el momento del adiós definitivo, el día del cierre de la Librería Paradox. 
El día elegido es  el 29 de noviembre, sábado, a las 13:30h.

Es tan poco tiempo el que queda que da un poco de vértigo. Sin embargo, lo que siento ahora es vuestro aliento y apoyo en estos últimos tiempos. Después de 36 años de intercambio de cariño y lecturas, de amistad y compromiso, os pido un esfuerzo más, y es que vengáis a comprar libros hasta dejar la librería vacía.

Me pregunto cómo es posible que muera una librería y sobrevivan las boisseries. Ese adefesio ideológico del interiorismo de los sesenta y setenta al que ya dediqué un post y cuya única virtud reside en que te soluciona una pared y permite almacenar toda la quincalla del universo doméstico bajo un cristal, en una explosión del kitsch muy Bollywood y muy middle class. 


Mi amigo el innombrable, al que aprecio por su diabólica inteligencia, su abisal sentido del humor y una bondad a prueba de tsunamis, cree que mis lecturas son frívolas y dispersas. Yo me defiendo como puedo, sabiéndome perdedora de antemano,  y él remata sus burlas con una carcajada que siempre brota a borbotones, como un escape de alcantarilla tras la ruptura de una tubería central.

Paradox invita a un asalto a sus estanterías abarrotadas de psicoanálisis, antropología, lingüística, derecho, filosofía. La asistenta de M.J a la vindicación de la familia nuclear, la formación del espíritu nacional, el tabú del sexo, el cocido en el puchero, la apariencia sin fuste. 

El despelote estético y dictatorial.

La muerte de Paradox es la muerte de la Ética a Nicómaco, de las Catilinarias, de la Ciudad de Dios. La resurrección de la boisserie es la de la la jura de bandera, de la primera comunión, el orden sin condumio. 

Entiendo (y aprecio) la fidelidad de mi amigo a Paradox, y también la de esa mujer a los adornos. No encontrarme en ninguno de ambos bandos me convierte en un ser intempestivo. Pero debo decir en mi defensa, señoría, que detesto la madera falsa y los marcos de fotos. Que jamás entraron figuritas de porcelana en esta casa y que no, no soy habitual de Paradox, pero me sumaré al responso porque su final es el final de la cultura de altos vuelos. 

El 28 de noviembre es el Día de las Librerías y el día siguiente PARADOX echará el cierre. 
Por tanto, os animamos a venir estos días y a acudir a despedir a la librería el día 29 de noviembre, sábado, a las 13:30 horas. A continuación, como no podremos tomar la Plaza de Santa Bárbara, trataremos, al menos, de tomar una caña.
Buena lectura y gracias a todos por todo. 
Jose Javier Lasa (Checho)




 


domingo, 23 de noviembre de 2014

SI TU MADRE NO RECUERDA A QUÉ HORA NACISTE

"Nací el 4 de marzo de 1928, bajo el signo de Piscis, en la habitación delantera de una vivienda protegida de ladrillo rojo en las afueras de Nottingham, a dos millas al norte del río Tent. Cuando le pregunté a mi madre, muchos años después, para configurar el horóscopo, la fecha de mi alumbramiento, no recordaba si había sido de día o de noche". La vida sin armadura. Alan Sillitoe. Ed.Impedimenta.

Mi madre no recuerda a qué hora nací. Sí que era la hora del gallo, madrugada, lo que explicaría mi querencia a ganarle la partida al sol. Tampoco recuerda quiénes de sus cinco hijos hemos pasado el sarampión, la rubeola, las paperas o la varicela. Pero si le preguntas, siempre improvisa para no parecer una mala madre. "A. tuvo la varicela y se la contagió a I., y tú seguro que pasaste el sarampión, porque te rascabas mucho la ingle...".

Mi padre tampoco recuerda la hora exacta de mi nacimiento ni del de mis hermanos, pero sí que nací fea, muy fea. Larguiducha como una sardinilla y con más ojos que cara. Y que me fui arreglando con el paso de los meses. Treinta años después, cuando nació mi hija mayor, con una cresta morena de indio y terca querencia a la bizquera, todos pensaron que era fea, menos yo. Y cuando sale el tema en familia -uno de esos asuntos recurrentes de comida dominical- yo siempre juro que mi niña era preciosa. Y ella protesta con un "No disimules, mamá, que todos dicen que era horrible", aunque noto su alivio y satisfación al saberme incondicional.

Tengo amigas que apuntaban con caligrafía de notario puntilloso cada catarro de sus hijos, cada diente que brotaba o caía, cada análisis de sangre. Yo creo que nunca llevé a mi hija mayor a la tercera dosis del papiloma, lo que me hace digna de mi estirpe. Y no me siento particularmente orgullosa, aunque al menos sé el grupo sanguíneo de las chukis, algo que en mi familia era tan difícil de responder como la columna de gases nobles de la tabla periódica. "Tú eres 0 negativo, donante universal", respondía mi madre con alborozo de alumna que sólo ha estudiado una lección y le cae en el examen.

Alan Sillitoe
Ser donante universal no tenía ninguna gracia, a mi modo de ver. Para empezar, a ti sólo te podían donar los de tu grupo pero tú eras la barra libre de cualquiera. La fobia a las agujas que sumé a mi fobia a las cucarachas y a mi fobia a perderme en las glorietas me llevaba a reflexiones sombrías del tipo: "El día que a alguien le pase algo en casa me sacarán la sangre a mí, sin dudar". Y tal escenario me provocaba pesadillas llenas de tubos y pinchos. Durante años recé para no superar los 50 kilos porque había leído que con menos peso no dejaban ser donante. El día que subí a la báscula y atisbé un 51 comprendí que la suerte estaba echada. Y hasta hoy.

Como cualquier madre, atesoro recuerdos selectivos.

Recuerdo, por ejemplo, que mi adolescente, cuando tenía tres años, cogió unas paperas tras vacunarla de las paperas. Y me gusta contarle que se perdió una actuación estelar en la guardería, que habíamos ensayado a conciencia y que empezaba así:"Yo soy una flor, y me llamo margarita. Mis pétalos son blancos y soy muuuuuuy bonita". El poema era largo y desproporcionado a la edad de los intérpretes, y lo recuerdo íntegro como recuerdo la lista de los países latinoamericanos por orden y fronteras o la letra del himno de la Legión. Así que, después de hojear el libro de  Alan Sillitoe, he decidido escribir los versos de la margarita para dárselos a mi hija el día que me reproche, con razón, mi desidia en los asuntos sanitarios emparentados con la aguja. O que siempre recuerdo la pesadilla que fue su parto versus el gozoso alumbramiento de su hermana. Y que a los cinco años nos robaba dinero para comprar chuches y ganarse la popularidad de sus compañeras de clase y yo le aseguré que la llevaría a comisaría. O que...

Mi hija I. nació un 22 de diciembre horas después de que los repelentes niños de San Ildefonso dejaran de desgañitarse con las bolas. Fue un parto largo y correoso, sin epidural porque a las aguerridas nos pierde la chulería del no será para tanto. Era de noche. Pasé miedo, parecía que no quería separarse de mí, y yo empujaba y empujaba hasta provocar moratones en mi cara y sangre en los ojos. Fue un bebé largo y flaco. Asombrosamente atlético. Tenía una crestita de pelusilla morena y unos ojos azules que hoy escrutan y tratan de entender los últimos coletazos de una adolescencia que se escapa. Mi hija mide 1,68, centímetro arriba o abajo, pesará algo más de 50 kilos -esa cifra tenebrosa- y asume que su madre es un desastre para recitar sus números pero que daría todo mi 0 negativo por su vida, y que cada vez que ella me lo pida recitaré gustosa aquel poema que unas paperas intempestivas le impidieron recitar para su público:

Yo soy una flor
y me llamo margarita
mis pétalos son blancos 
y soy muy bonita

Tengo un círculo amarillo
donde las abejas liban
Ahora vivo en un jardín
Con otras flores bonitas

Algunas veces me cortan
Y me meten en un jarrón
Para adornar el salón

Pero lo que más me gusta
Es vivir en el jardín
Que el jardinero me riegue
Y me moje un poquitín...








sábado, 22 de noviembre de 2014

LA TEORÍA DE LA MUJER DIÉSEL

"Las mujeres envidiamos la felicidad de las otras mujeres. Los hombres, la posición social de los otros hombres".

Ayer, en una clase del curso de liderazgo no apta para mentes inquietas, tuvimos que escuchar una sarta de generalidades bobas sobre ambos géneros extraídas de un libro de autosuicidio de esos que tanto me gustan porque arden bien en las papeleras. No conozco aún una sola máxima sobre géneros que no me parezca falaz, irritante, maniquea, low cost, cimentadora de falsas creencias y cercana a una charleta Tupperware de señoritas desocupadas que se ríen de los maridos para matar el rato a la hora del café. O de hombres que menosprecian a sus mujeres para trepar en consideración social en el club social del chiste fácil de oficina.

No sé qué envidiamos las mujeres, habría que preguntar a cada mujer. Yo suelo envidiar las cinturas afinadas, las melenas tupidas y la estabilidad de pareja. Pero no la felicidad ajena, que encuentro contagiosa y tonificante. Y siento bochorno cuando escucho en una clase falacias basadas en observaciones pret a porter más propias de un blog (véase) que de una sesión didáctica de altos vuelos.

Una vez alguien me dijo "las mujeres y los nacionalistas siempre queréis más" y me reí mucho. Me pareció ocurrente y bien traída. Luego, con el tiempo, entendí que hay hombres que prefieren mujeres de poco mantenimiento. Mujeres diésel, para entendernos. Que no necesiten demasiadas atenciones. Que les baste con un wasap o una cena con velas. Que no demanden la voz y el abrazo. El cariño intempestivo. Que sean autosuficientes hasta en la cama.

Hay mujeres, sin embargo, que matarían por un palco en el Real con un elegante caballero a su siniestra aunque no les apretara la mano. Y mujeres que se niegan a estar con alguien por estar, como apéndices tristes o coristas demacradas de orquesta de pueblo.

"Las mujeres con pasado y los hombres con futuro son las personas más interesantes". De todas las frases que he buscado para sacudirme la caspa intelectual de ayer, me quedo con esta de Chavela Vargas. Aunque no la comparto del todo. Yo diría que me gustan las personas con pasado que siguen confiando en el futuro. Los hombres y mujeres que jamás están de vuelta. Las voces que provocan un chispazo en tu cerebro y es una revolución, una certeza. Las mujeres cómplices que no ven en las otras rivales, amenazas. Y también, y sobre todo, los hombres sabios que entienden que toda mujer, incluso la más aguerrida, la más segura, la más diésel, necesita poderse derramar un rato cada día. Sacar al sol la bandera blanca. Compartir estremecidas el miedo a marearse, el miedo a perderse, el miedo a sentir miedo. Y eso no las hace débiles, sino personas. Como a ellos.


viernes, 21 de noviembre de 2014

ESPERE QUE VOY Y SE LO SACO

No paro de ver la cubierta del libro por todas partes. Me llama, me provoca, me manda señales de socorro. Se llama "Vestido de Novia" (Alfaguara), de Pierre Lemaitre, ganador del premio Goncourt por otra novela. El título me disuade, lo encuentro muy de bestseller para chicas que ponen candados en las barandillas de los puentes. El azar pone un ejemplar en mis manos y hago el test ciego de la suspicacia: arranque y dos fragmentos.

"Está sentada en el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas, jadeante".

Perfecto, la visualizo. El autor sugiere una escena tórrida de sexo o tal vez la consecuencia de una jornada de limpieza general. Pero no hay fregona. Los jadeos son siempre escandalosos en un texto. Como un do de pecho. No mucho más recorrido in crescendo. Si agotas la escala, sólo puedes bajar, precipitarte.

Lo que sigue no me excita, pero el salto a la página 150 es demoledor: "Sophie y Andrée no hablan sino de generalidades, no son amigas en realidad. ¿La cosecha de informaciones sobre la pareja compensa lo duro que ha sido tratar con esta plasta?". Aquí no hay literatura, monsieur Goncourt, me va usted a perdonar. (Plasta, generalidades, compensa...uff)

Pero sigo. Toma 3: "Franz cuelga. Nota un alivio inmenso. Lleva tres días sin tomar fármacos, pero por la voz nota que está afectada, asténica".

Yo también estoy afectada. Mi cata semiciega es un fracaso. Pensaba entretener la llegada del informático al rescate de la información de un viejo ordenador con una lectura ligera y nutritiva como un sandwich de pavo. Pero esto es una bolsa de cheetos barbacoa, y en ayunas.

El hombre fue muy claro, al teléfono:

-Yo le recupero los datos, pero usted debe sacar el disco duro.
-No sé cómo se saca el disco duro. Ni sé dónde está, ya lo siento. (Tono de rubia)
-Ah..bueno. Pues entonces espéreme que voy y se lo saco.

Él viene y me lo saca. Podría ser un arranque de párrafo de Vestido de Novia. (Mi vestido de novia estuvo guardado en el armario de mi abuela hasta que un día lo usé como disfraz de Carnaval. A tijeretazos la emprendí con las margaritas del cuerpo -un campo de flores acrílicas, tiesas y burlonas- rasgué el escote y corté la seda de la falda. Me hice novia cadáver. Homenaje a Tim Burton. Cerré el círculo del desamor.  Él viene y me lo saca.

Una mujer en pleno uso de sus facultades mentales aguarda a un informático que rescatará de un viejo MAC tres años de su vida, una década atrás. El desconocido va a ponerle ante sus ojos a una extraña. Otra vida, otro pelo, otro hombre, otra figura. Otros libros. Travelling y close up. Nota que está afectada, como la del libro, pero de ningún modo asténica ni tampoco jadeante, señor Goncourt. Buscaría más bien un adjetivo intermedio, algo a mitad de camino entre la curiosidad y la excitación.

Con la decisión tomada, corre a la última página. Es un diálogo:

-Aproximativa...¡pero muy eficaz!¡El tipo de documento que deprimiría a cualquier hijo, sobre todo si está muy apegado a su madre! ¡Y tú lo sabías!
-Digamos que era lógico.
-No me lo puedo creer. ¿Hiciste eso?
-Ya lo sé...Está muy mal...

Decide condenar la novela al ostracismo. Aguarda sentada, las piernas en ovillo, al informático. Suspira y comprueba lo sucios que están los cristales. Tal vez una limpieza general...






miércoles, 19 de noviembre de 2014

SIETE DIÁLOGOS REALES PARA VÍRGENES REINCIDENTES


No viene a cuento, lo sé
Diálogo 1: En la oficina.

-¿Tú qué prefieres, una despechada o con una recién casada?
-Está claro. Una recién casada es un encefalograma plano de miel, éxtasis y confetti. Una balada de Mariah Carey cantada en un casino de carretera. La despechada es azufre con lejía. Curvas y badenes. Hiel y venganza. Un concierto de Iron Maiden o un dúo de Pimpinela. Con la primera harías una telenovela. Con la segunda un culebrón. Que parece lo mismo pero no es igual.

Diálogo 2: En el restaurante de un hotel de lujo.

-Estoy tan presionado por tener pareja que me he bajado una app que te busca chicos por catálogo.
-A ver qué foto has puesto...¡Con gafas de sol no vale!
-Hombre, si te parece pongo una con legañas...
-Pues yo creo que es mejor ir de menos a más.
-Pues yo creo que es mejor ligar.

Diálogo 3. En ese mismo restaurante, dos minutos después.

-A mí el otro día me metió mano un taxista. Lo había llamado desde mi app de taxis.
-¡Anda ya!
-Te lo juro. Se volvió, me puso la mano en la rodilla y me dijo: ¿Y tienes todo tan duro como la pierna?
-Uff. 

Diálogo 3: En el ascensor.

-Hola, ¿qué tal? (semidesconocida)
-Mal. El martes me cae fatal. Es el día más antipático de la semana.
-¿Peor que el lunes?
-Mucho peor. El lunes tiene la anestesia hipnótica del domingo. Al martes llegas a pelo.
-De pequeña yo odiaba los domingos. Ahora me encantan. Es una cuestión de edad.
-A partir de los 40 todo cambia, es una barrera invisible.
-Yo no los tengo aún (tono levemente molesto)
-¿A qué piso ibas?

Diálogo 4: Por mail

 -¿Llevas Rolex o Trolex?
-Uso un viejo reloj alemán hecho artesanalmente en mi barrio de Berlín, Friedenau. No es caro ni barato, como mi ropa. Y es invisible, como yo.

Diálogo 5: Por teléfono

-He decidido irme a vivir con mi novio, pero a tiempo parcial.
-¿Como en régimen de custodia compartida? Eres una moderna.
-Soy una indecisa...
-Bueno, eso también.

Diálogo 6: Por teléfono

-Creo que a este paso volveré a ser virgen. Es una especie de involución...Seguro que hay casuística médica sobre el tema. Igual que se te cierran los agujeros de las orejas de no llevar pendientes.
-Mujer, ¿y por qué no te das una alegría con alguien guapo y cariñoso?
-Porque no sé dónde esconderme en el después. ¿Le echo, me voy? No sé... Si no siento algo especial, no me acuesto.
-Ser virgen no está tan mal...

 Diálogo 7: En casa.

-Tienes que comer fruta.
-Por qué no puedo tomar yogur.
-Puedes, pero después de la fruta.
-¿Por qué siempre tienes que llevar tú la razón?
-¿Por qué si te pelo la fruta te la comes?











martes, 18 de noviembre de 2014

DE BESOS Y BACTERIAS

A Minichuki los besos con lengua le dan asco, vergüenza, sobresalto. Un rechazo diría visceral, atávico, sonoro y militante.

Desde ayer, además, tiene un sólido argumento científico para rechazarlos. Ochenta millones de bacterias se intercambian en cada beso variedad tornillo, según un estudio holandés. Más que toda la fauna del Serengueti, más que un hormiguero marabunto y cabreado. Y en un lote, un revolcón, calculo, les da tiempo a colonizar y construirse confortables apartamentos amueblados entre las muelas del juicio y el velo del paladar.

Su hermana, adolescente en fase II (es decir, pasada la etapa de la furibundia pero no la de la canción protesta) no dice ni que sí ni que no,  y yo miro de reojo tratando de adivinar cuántas bacterias albergará esa boca plagada de mohínes de ensayo general como mujer. Igual que la piel tiene memoria del sol, ¿la lengua recuerda cada tiento, cada impulso mojado, cada invasión germánica, vikinga, afganokosovar?

Hubo besos  pellizco, y besos ostra húmeda, viscosa. Hubo besos furtivos, laterales. Besos milagro tras una cortina en una fiesta. Y besos cenicero, y besos revolución, y besos secos. Y el apunte contable del primero, y del último frío, cortés, en la mejilla.  Y besos inventados. Y besos protocolo. Y un diario de besos que alguien escribió así:
El beso protocolo

Besarle era besar a un muerto, a un semicadáver de seis horas. La boca fría y tumefacta. El aliento apenas perceptible, un estertor de oxígeno viejo y cada vez más dióxido de carbono, dulzón y venenoso. La carne, sin vigor de juventud, tratando desesperadamente de recordar cómo era el latigazo o el incendio. Buscar su boca, arrastrarse hasta su cuello, irremediable. Ser gélidamente cortés. Matar de distancia. Resucitarle o batirse en retirada. ¿Qué hubiera hecho Frankenstein, querida Mary Shelley? 

A Minichuki, en general, le gustan tanto los monstruos como le repugnan las babas. Los fluidos. La humedad oscura, el charco, el lodazal. No quiero ni imaginar lo que dirá cuando se entere de que el sexo oral no es exactamente hablar de sexo. Y entonces vendrá a mí, enardecida, y terminará preguntándome si yo hago esas cosas y con quién, qué zapatos llevaba ese día, si me lavé después, y antes de que responda, tal vez sobrecogida de pudor, estará buscando un video chulísimo en su smartphone, y las babas habrán pasado al segundo, tercer o cuarto plano. Y el día que le invada la primera horda de bacterias no me contará, ya lo supongo. Y si la pillo en un banco, cerca de la casa, con un ejército invasor entre los brazos, tendré que hacerme la madre loca, la madre ciega, la madre invisible y olvidadiza.

Besarte era besar un alacrán. Un sobresalto puntiagudo. Calor en el desierto.
Besarte era volver a la trinchera, firmar un armisticio. Bailar sobre una tumba. 
Besarte, solo a veces, era musgo. Y a veces hoja seca. Pizzicato.

Anotación imprescindible: Hasta 700 especies de Streptococcus, Rothia, Neisseria, Gemella, Fusobacterium... viven en nuestra boca.  Con esos nombres hay que pensárselo muy bien antes de soltar la fauna ansiosa, devoratriz, y abrirse a fauna ajena. 

O puede que no tanto... (You must remember this, A kiss is still a kiss...)

Nota 2: Uno es preso del último que le besa. Y pasan días, con sus noches, y pasan meses. Y la Bella Durmiente se seca en su urna de cristal. ¿Hay besos Charles Perraut y besos Disney? Consultar bibliografía al respecto.

P.D. Recopilación para entretener a Minichuki cuando haga preguntas incisivas sobre el asunto:
  • "En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma."
  • "Un beso es una encuesta en la planta alta para saber si la planta baja está libre."
    • Robert Lembke (periodista y locutor alemán)






lunes, 17 de noviembre de 2014

CUADERNO GRIS, DIARIO ROSA

Me pregunto qué pensará Josep Pla de la publicación de sus diarios ínéditos (1956,1957 y 1964 ed. Destino), íntimos hasta la víscera, en los que expone su miseria como en un escaparate (culto) del Sálvame. Alcoholismo, sexualidad desbordante, menosprecio de sí mismo y todo un catálogo de llagas sanguinolientas que el autor del "Cuaderno Gris"  exhibe desnudo, macerando su yo en sus propios y corrosivos jugos.

"Esa chica tiene razón. Me lo he perdido todo -he sido un animal-. Mi tendencia a la ternura me lleva, para huir del ridículo, a la dureza y al desenfreno", dice en un momento, y me conmueve. O "Coñac, no tengo remedio", en otro (la lectura es, para él, un "contragolpe del alcohol". Interesante).

Estudié a Pla en un curso de Diario personal y me apunté "El cuaderno gris" en la lista de libros que debía leer antes de morirme. Junto con los diarios de Amiels, Andrés Trapiello o Gil de Biedma. Me di cuenta de que había leído muchos más diarios de mujeres, y también que en la infancia del Cuéntame el diario era un regalo para chicas. Como si a nosotras abrirnos en canal nos resultara más fácil y natural que a ellos.

Los diarios de mi niñez eran un reclamo de cursilería y ocultismo. "Querido diario", rezaba el encabezamiento. A menudo las tapas eran rosas y los lomos dorados, como una invitación tácita a la confidencia azúcarada. Pero lo más interesante de todo era el candado y la llave. Eso que dotaba de misterio y convertía unas líneas carentes de interés en codiciado botín de tus hermanos. Como si cualquier intimidad de una niña cursi de diez años fuera la semillla de una Virginia Woolf, una Sylvia Plath o una Alejandra Pizarnik.

Una niña con un candado se convertía automáticamente en escritora y en guardiana del deseo ajeno. Y un niño coetáneo en filibustero a la caza del tesoro. Y así crecimos, garabateando tonterías sobre si me ajunta o no me ajunta, me quiere o no me quiere, alimentando el onanismo pseudoliterario y la fantasía de la violación. ¿Llegaré a casa y estará el candado roto?

Dicho esto, confieso que nunca tuve uno de esos diarios. Mi rebeldía congénita me hacía invadir cualquier superficie blanca y doblar muchas veces el papelito, hasta convertirlo en una pelota minúscula que nadie vulneraría, a excepción de la aspiradora.

Y ahora siento un interés creciente por la lectura de los diarios de todos esos hombres educados para ser Alibabás y que un día terminaron derramándose en un papel. Estrujando su dolor, su incomodidad con el mundo. Eso que se suponía tan naturalmente femenino. Y es un alivio saber que todo hombre, por sólido e irrompible que pueda parecer, oculta una o varias grietas sangrantes y a veces las confiesa sin llave y sin candado. Y una se enamora de ellos cuando se exponen sin armadura. Dolientes, confusos, vulnerados por el azote de la vida. O exultantes de gozo, apasionados. Como nosotras, pero sin el banco de pruebas que fue el diario de infancia.

Querido diario. De hoy no pasa que me regale El cuaderno gris de Josep Pla. Un hombre que desnuda su alma es mucho más excitante que uno que sólo desnuda su cuerpo. Debo hablar de esto con las Chukis. Urgentemente.








domingo, 16 de noviembre de 2014

DE SERENDIPIA Y AMOR A JOHN CUSACK

John Cusack
Botín de sábado de mujer caprichosa de mediana edad: 1. Serendipity (por John Cusack. Perfecto plan de noche de chicas), 2. Tres pares de calcetines negros y una camiseta deportiva azul eléctrico (para correr sin usura y echar chispas), 3. CD de Antony & the Johnsons (por la inmensidad de su Hope There´s someone, que no se me va de la cabeza y me produce temblores secos), 4. El País y El Mundo (por tocar la vida en papel, que navegar marea lo suyo). 4. Decepción  (por Perdida, una tv movie de domingo de resaca por la tarde disfrazada de thriller y llena de diálogos postizos y trampas retorcidas/facilonas).

A los modernícolas les encanta Perdida, lo que vuelve a probarme que no formo parte del grupo. Tampoco me veo en las filas de Podemos con su líder pletórico de Yo y esa comisión hambrienta de poder e influencia a dentelladas,  ya lo siento. Cuando huelo postureo, intolerancia, rictus de superioridad y ventajismo disfrazado de falsa humildad salgo por piernas. No formo parte de ningún grupo, me temo, lo que me deja a la intemperie. Pero en brazos de John Cusack y de Antony Hegarty podría ser feliz. Con la ayuda inspiradora de Leila Guerriero:

"Yo no tengo dios, pero, si tuviera, le pediría: salvame
Salvame de la confusión de suponer que me recordarán por siempre.
Salvame de la tentación de pensar que lo que escribiré mañana será mejor que lo que escribí ayer.
Salvame de necesitar la mirada de otros.
Salvame de ambicionar el camino de los otros.
No me salves de mí.
De todo lo demás: salvame". (Zona de Obras. Ed. Círculo de Tiza).

Leila es el antipostureo, el antiego, el antídoto contra la tentación onanista de escribir sin contar nada. Cada letra suya encierra una intención, un tiro al puro centro, un salmo, una herejía. No soy de ningún grupo, pero de serlo sería del de Leila, del de Lorry (Moore), del de Antony, de la prosa abonada y fértil de Héctor (ayer, éste último me notificó, desde un aeropuerto perdido a demasiadas horas de su hogar, sus intenciones: "En febrero voy a Madrid, me compro un piso y lo celebro contigo").

Soy, ahora que lo pienso, del grupo de madres/padres con hija que juega al fútbol y es la única chica del equipo, que se desgañitan en los partidos y vomitan todo el entusiasmo y toda la fe, y al terminar notan que hacía frío y la humedad ha calado hasta los huesos, pero el corazón abrasa.

Mi niña es el 8
También soy de ese selecto grupo de coleccionistas de nada. De mujeres que mejor solas que acompañadas pero huérfanas de abrazo. De militantes de Mahou y de Bombay. De reincidentes de Bach y de la ensaladilla rusa. De millonarios de amigos y de cuentos...

Así que soy gregaria, al fin y al cabo. Y creo que una mala película, un mal libro, es un robo a mano armada. Que debería haber un club de bobitas sin talento y otro de tontos con idiomas. Que uno es lo que sale cuando abre la boca sin pensar, sin estrategia. Que hay que votar el mal menor, pero votar. Que conviene volver a Lisboa y pisar adoquines, mejor enamorado. Que el desaliento, el desamor,  se curan con lentejas. Que tú sigues ahí, no te has movido, pero te vas desdibujando. Que este domingo sin prisas y con Antony, con Leila y con el grupo es pura serendipia. Puro hallazgo. Que ya va siendo hora de salir a correr  con camiseta nueva. Eléctrica. A chispazos.

P.D. Adjunto crítica de "Perdida" con la que estoy de acuerdo. Genial lo de "artificial como alcachofa de cerámica":


Rex Reed: The New York Observer

sábado, 15 de noviembre de 2014

HAY QUE SER VALIENTE PARA ESTAR SOLO

-¿Está usted enfadado?
-No, estoy solo.
-No está solo. Mientras esté usted aquí, está conmigo.

La camarera, con su inconfundible acento rumano, me hizo abandonar el giro de la cucharilla en el café por un instante. No veía al cliente porque nos separaba una columna de la barra, una cordillera, pero debieron reconfortarle las palabras de esa mujer que confundía mal humor y desamparo. Y era esa mentira compasiva del te quiero que murmuran las putas a los hombres,  tan solos, tan desnudos, y ellos atesoran como la metadona del amor.

Hay que ser valiente para reconocer que se está solo. Y puede que sea más fácil confesar a primera hora de la mañana, cuando el cuerpo no se ha puesto en guardia y los convencionalismos sociales aún bostezan. El desayuno con aliento. La leche templada y el cruasán con mantequilla y mermelada. La posibilidad de pescar un diálogo así, puro, descarnado, me pareció un regalo de viernes que tecleé con ansia en el teléfono, no fuera que el olvido lo desintegrase como el sol al pergamino de las tumbas.

Por la tarde el Metro estaba lleno de solos. Olía a letras sin pagar, a incertidumbre. A mi izquierda un tipo vulgar, con olor a sudor rancio de dos días,  hablaba a gritos con Susana. Farfullaba, también, desesperado porque la llamada se cortaba en cada túnel. El hombre, unos cincuenta, fingía una pareja esperándolo en su casa. Un polvo rápido y concertado de viernes, una ducha (el orden de factores altera el producto) Susana era, lo supe, perversa, insustancial, un amor intempestivo empapado en colonia barata. Una liturgia de dos donde uno no está ni se le espera. Me daban ganas de pedirle al señor que colgara de una vez, que Susana es un fantasma, que igual no estuvo nunca. Que dejara de gritar. Que se lavara los dientes y se dejara estar solo.

Y luego, en el teatro, tres hombres y yo "Desde Berlín. Tributo a Lou Reed". Una historia de destrucción y (des)amor que me sobrecogió por su ausencia de esperanza. Más allá de que los protagonistas sean dos yonkis en una ciudad destruida como sus venas. Más allá de la asfixia de una cama donde todo empieza  y todo se vuelve estercolero. Caroline y Jim son una de esas (tantas) parejas unidas por la desesperación. Porque es eso o nada. "El amor debería morir de muerte natural", murmura él. Y pensé que esto es así, pero a menudo mantenemos al muerto en el trastero. Conectado a unos tubos. Y pasan las horas, los días y los años. Y un día el hedor se vuelve insoportable a los vecinos. Y con suerte llega el juez y el forense certifica, al fin,  la muerte. Naturalmente.

-Se hubiera muerto de dolor en ese piso (Jim)
-Como nosotros (Caroline)

(¿Y si siempre fuera así, sólo amigos y planes de viernes jubilosos? Amigos que te llevan en volandas por la calle, que te arreglan el cuello, te  cogen de la mano y tú a ellos. Que te cantan su crítica sagaz y certera de la obra. Y pedís unas gambas a la plancha. Y C., que te ve chupar las cabezas, pregunta si te gustan, y te encantan, y te pone delicadamente las suyas en el borde de tu plato, just in case. Y te paran un taxi, y te despiden. Mucho más ciertos, más héroes y más presentes que cualquier Susana o Jim al otro lado del teléfono. Un espectro)