domingo, 22 de enero de 2017

SI SUDAS MUCHO, LLORAS MENOS

En el Sótano, de Ulrich Seidl
Ayer volví al gimnasio en un alarde de vulgaridad de enero. La pulsera magnética de la entrada ya no servía de salvoconducto. Estaba tan oxidada como mis articulaciones. Cuando conseguí programar la bicicleta -ya había olvidado cómo se hacía y tocado todos los botones alocadamente-  clavé la vista en las pantallas de televisión. Una de ellas me mostraba a Obama abandonando la Casa Blanca tras dejar una carta a su sucesor en el Despacho Oval. Era el adiós de un símbolo, de una época de relativa civilización en la que se pudo hablar de la igualdad de la mujer, los derechos de los desfavorecidos, la sanidad para los pobres, el racismo vergonzante (y sí, también de la libertad de tenencia de armas, de la pena de muerte, de la diplomacia arrogante del fuerte).
El primer presidente negro de la historia de EEUU se iba con su andar felino y su impronta casual, dialogante. Me dieron ganas de llorar, apreté el ritmo porque si sudas mucho lloras menos.

Últimamente me siento porosa a la indignación y al desconsuelo. Todo me afecta más que de costumbre. Tuve un novio que me reprochaba que yo era "demasiado sensible", y creo que lo  soy. Sobre todo a lo irremediable, a los decibelios, al zumo de naranja en ayunas y a la arbitrariedad del poderoso. La salida de un presidente atado de pies y manos por su minoría en las dos cámaras, imperfecto pero cuidadoso en las formas, comprometido con causas necesarias y con una mujer brava que no le hace sombra ni le achicharra, tan equilibrados en sus poderes, y la entrada de un empresario vulgar y grosero de los de botas encima de la mesa y cachete en el culo a las mujeres (a las que debe llamar chochitos o algo peor) me parece dramática. Ese primer discurso de hiperproteccionismo patriotero. Recuperemos América. América para los americanos. Ese eructo pestilente en plena cara y esa muñeca a su lado como de atrezzo, impertérrita de pómulos e inmune a los episodios de lluvias doradas con prostitutas de su esposo con tal de mantener su tronío de jaula con diamantes y looks de grandes firmas.

Yo pedaleaba, sudaba, pedaleaba y en otra pantalla de televisión una mujer sexagenaria se prestaba a un cambio de vida, o de imagen (no me enteré muy bien), de la mano de un tal Pelayo y sin soltar un bebé de mentira tan realista que daba grima. La señora, insatisfecha de su vida y de su cuerpo, se había aferrado al muñeco hecho por encargo como a un clavo ardiendo. Me recordó al documental/película de Ulrich Seidl "En el sótano". Magnífico, desazonante y no apto para estómagos impresionables. Un muestrario de perversiones de personas ¿normales? realizadas en la intimidad de los sótanos de su casa: una mujer que acuna a un muñeco y le habla como a un bebé en el secreto del trastero, una pareja de sadomasoquistas maduros (con escenas de dominación explícitas), un filonazi con un museo a mayor gloria de Hitler donde se reúne y bebe cerveza rubia con los amigotes y así.


Naturalmente, la moraleja es que todos tenemos sótanos, desvanes donde damos rienda suelta a impulsos oscuros que nunca mostraríamos. El caso de Trump me estremece porque sus perversiones están al aire, se jacta de ellas y le han ayudado a ganar las elecciones del país más ¿poderoso? de la Tierra. El más cinematográfico; el más ¿aspiracional?  Me pregunto, sudando que es llorando, qué oculta en sus catacumbas más pútridas. Esas que no vemos. Me perturba que sea de los que ejecutan todas sus fantasías, porque si se puede pagar se puede hacer. Y espero que Obama en su carta le haya dejado unos polvos paralizantes, un lanzallamas que le achicharre el tupé, una frase demoledora que lo deje mudo. Una toxina que anule lo más canallesco de su ser  y ventile sus sótanos de ratas y moscas de patas pegajosas. 

Me siento apocalíptica y porosa. Espero estar exagerando y que el tipejo se lo piense un rato antes de apretar los botones a su alcance como hice yo ayer con la bicicleta diabólica. A veces, muchas veces, se elige a los peores como líderes. La explicación está en los sótanos de quienes deciden.




jueves, 19 de enero de 2017

LA FUERZA DE NO CREER EN MÍ (NI EN TI)

Paul Lèautaud
Arranqué una página del periódico que hablaba de Paul Lèautaud, uno de esos escritores franceses que no aparecen en los listados de lecturas obligadas del colegio, ni siquiera en las enumeraciones. A mí me excitan los diarios, memorias, autobiografías como fascinante género literario cuando son de cierta calidad provocadora y resumen una época a través del estremecimiento de palabras (¡Ay, Stefan Zweig!). La apreciación morosa de lo pequeño que rodea la aún más pequeña cotidianidad elevada a los altares de la Prosa con mayúscula ("una prosa debe poder sostener el paso de una multitud que pueda avanzar sobre ella sin que el piso se quiebre").

Y cuando el suelo se le mueve a él, a Paul Lèautaud, vuelve a leer a Stendhal.

Hace años que no leo a Stendhal pero disfruté enormemente con su "Rojo y Negro" en mi adolescencia buscona y removida. Los diarios, sin embargo, ocuparon buena parte de mi tiempo de lecturas los dos últimos años, descreída de novelas que no lograban atraparme más que un rato. De modo que me molestó cuando un conocido suplemento literario anunció con trompetas y tambores el hastío que, según ellos, producía la literatura del Yo.

El problema no es el yo, sino los yóes. Hay yóes enclenques, yóes soberbios, yóes imperiales, yóes sobrevalorados, yóes de una intensidad arrolladora que escriben y revientan las costuras del buen gusto...infinidad de yóes. No todos los ojos tienen la virtud de conectarse con los dedos y componer una magistral sinfonía de palabras. Hay quien escribe bonito pero lo que cuenta carece del más mínimo interés, aunque  tiene su público y una editorial dispuesta a arrasar media selva para perpetrar la obra. Hay quien alumbra historias musculadas pero desfallece en las formas, qué le vamos a hacer.

También hay, desde luego,  cursis que invocan adjetivos pomposos y se trastabillan con los verbos. Las palabras son vírgenes indefensas de entrada y no pueden evitar que las violemos rebajándolas con una mala frase o un párrafo indigesto. (La democracia plena de su reino permite al que las usa el desdén o la adoración, la nocilla o el foie. La infantil bagatela).
El reino de mi Yo


A mí el género diario, aunque sea un subterfugio, me engancha cuando vibran las palabras y alumbran confesiones como está: "No soy nada brillante en literatura. Primero, no consigo involucrarme del todo. Lo que se hace en torno a mí no me interesa los suficiente. Lo noto cada vez más: sólo me interesa una cosa: yo y lo que me pasa, lo que he sido, en lo que me he convertido, mis ideas, mis recuerdos, mis proyectos, mis temores, toda mi vida. (...) Tendría que tener la fuerza de no creer en mí. Como si fuese el único ser que escribiera".

(Hay yóes vulgaris y famélicos que se alimentan de otros yóes, se comen la comida de sus platos y copian su manera de vestir, sus frases y ocurrencias, sus gustos y aficiones. Si pudieran se acostarían con las mujeres de esos a los que fusilan y sacarían sus mascotas a pasear por la mañana. Ser uno a través del otro es ambición de mediocre, envidioso o insatisfecho. Y vocación más noble del actor, del lector y desde luego del escritor. Así ha sido y será, punto y final).

Tendría que tener la fuerza de no creer en mí. Cómo me gusta esta frase, la escribiré cien veces como aquellos castigos del colegio franquista. Ahora debo leer Paul Lèautaud, añadir su "Diario Literario" (Ed Fuentetaja) a la cola en la pista de despegue de tantas lecturas pendientes que postergo para escribir en torno a mi yo. Un yo descreído y militante, ávido de experiencias, mendigo de milagros.

P.D. Si pienso en algunas personas a las que admiro son todos cicateros de sus egos. Silenciosos, urdidores de negro. Magníficos violines sin orquesta.


jueves, 12 de enero de 2017

A VECES LAS COSAS SON POR ACCIDENTE (Cómo conocí a Oliver Laxe)

Oliver Laxe
Una tarde, hace poco, fui al Círculo de Bellas Artes a ver "Mimosas". La película -magnífica- la presentó su director; Oliver Laxe, un gigante de los que ilustran las  etiquetas de bote de hortalizas con cara bondadosa y trazas grunge que se mesaba su espesa cabellera como un tic de timidez y terminaba cada respuesta del público con un "no sé..." que lo distanciaba de cualquier atisbo de soberbia en sus consideraciones. Un tipo que triunfa en Cannes y no se entera nadie más que los del cine porque, pese a su evidente atractivo y a la calidad de sus películas, no va con un tambor ni una tribu de majorettes haciéndole la ola. Y se tira cinco años si es preciso para alumbrar un proyecto como Mimosas porque lo entiende como una misión. Un romántico de envolvente acento gallego y un discurso mesiánico salpicado de términos de homilía de iglesia que antes de la proyección de la cinta nos recomendó que "no nos peleáramos contra nosotros mismos" al verla. Que no intelectualizáramos, que mirásemos a través de la piel. Luego se abrió un coloquio:

-¿Por qué la película se llama Mimosas (si no hay una sóla aparición de las flores ni de mujeres o niñas zalameras).
-Porque nos quedamos sin presupuesto de producción. La historia iba a transcurrir en torno a un café con ese nombre, pero luego no fue posible y decidí dejar el título. Uno no sabe por qué llama a un hijo como lo llama...

Tiene razón Oliver Laxe. A veces las cosas son por accidente. Como cuando los padres explican por qué doce años después nació un cuarto hijo. El azar, de eso hablo. O de cómo una circunstancia alumbra un chispazo que te coloca en un lugar insólito y ya que estás decides colgar un cuadro aquí, poner un sillón allá y prepararte una infusión de boldo para darle alivio a tu hígado fatigado de fastos con coartada.

El otro día acudí con L. a un almuerzo de esos que convocan a muchos señores muy importantes (el traje y la corbata impecables son el estandarte. No existe, ahora que caigo, equivalencia simbólica en el atuendo de la mujer). En la escalera de acceso nos encontramos con un hombre con el que tuvimos algo que ver profesionalmente en el pasado. L,. lo saludó con extremada simpatía y hasta lo invitó a quedarse con nosotras dado que había que hacer cola para acceder al comedor. Él  accedió poco entusiasmado, y tras breves segundos en los que no mostró ningún esfuerzo por corresponder a nuestra cortesía ni siquiera para hablar del tiempo, se agarró con alivio a otro señor y ni siquiera nos despidió, para nuestro pasmo. El tipo, debo decir, mostró en su día un trato profesional chulesco y casi vejatorio en un asunto delicado que no habíamos olvidado.

Días mas tarde me vi rodeada de varias señoras que ostentan cargos de mucho peso y han sido pioneras. No sé cómo salió la conversación:

-No sabía que era feminista, pero lo he descubierto, dijo una. (De las mujeres más listas y vivaces con las que uno puede cruzarse).
-Pues yo sí lo soy, abiertamente.

Entonces se me llenó la boca con eso de que tengo muchas reticencias al discurso feminista convencional, y que rechazo las cuotas porque pienso que si entran mujeres mediocres enseguida se las señalará y esto se volverá en contra de las demás.
-Tienes razón, ¿pero te has dado cuenta de la cantidad de hombres mediocres que triunfan y nadie los señala con el dedo? Nosotras también tenemos derecho a ser mediocres.

Entendí que tenía razón. Esa mujer ha ostentado uno de los cargos más altos a los que se puede aspirar en la administración. Ha sido portada de periódicos, ha abierto telediarios. Y no atisbas en ella ni un solo gesto arrogante. Tampoco, curiosamente, en las que la rodeaban. Y no digo que todos los señores importantes sean altaneros o petulantes. Digo que muchas de las mujeres excepcionales con las que tengo la suerte de cruzarme no hacen ninguna ostentación de su valía, puesto o logros ni se adornan con plumas. Como Oliver Laxe no se chulea de su buen cine, sino que lo defiende suavemente y deja que la contundencia fluya en la pantalla.

Así que bienvenido el talento y tenga cabida la mediocridad. Pero rechazo radical al presuntuoso, altivo, envarado, inmodesto, chulo, petulante o envanecido. Seas hombre con corbata y mucha prisa en la escalera o mujer desesperada por un reconocimiento paritario y sin aguas subterráneas contaminadas de condescendencia, paternalismo o grosería. Como decían las abuelas, quien mucho se perfuma huele mal. La importancia es una fragancia tenue que echas de menos cuando deja de estar, y nunca aturde.



viernes, 6 de enero de 2017

USTEDES SE EQUIVOCAN CONMIGO

"Ustedes se equivocan conmigo. Yo soy una alucinación colectiva".

Cazo esta frase de Borges del libro "Personas e ideas. Conversaciones sobre historia y literatura", de Enrique Krauze (Debate) y la encuentro conveniente. Las alucinaciones colectivas son nuestro sostén y veneno cada vez que entramos en la red social. No voy a moralizar no sea que me castiguen los dioses y esos preciosos paquetes que tengo a pocos metros sobre unos zapatos que hace tiempo que no calzo  se conviertan en humo y no haya quien los atrape.

Soy reina maga y niña al mismo tiempo. Soy la primera que se levanta casa día de Reyes para componer la arquitectura colorista de la ilusión (esa palabra cursi que evito y vitupero). Hace ya unos años no sólo pongo sino que recibo. Mis chicas disfrutan gastándose sus exiguos ahorros en regalos pequeños que son mis favoritos. El primer año fue una taza de los chinos  (me dijo L. el otro día que en el colegio de sus hijos les han dicho que decir "el chino" refiriéndose a la tienda es racista. La corrección política nos hará prisioneros de nuestra propia estupidez). También he recibido una carcasa para el móvil y un colgante. Cada año fotografío el botín antes de romper sus preciosos envoltorios. Y disfruto de estas horas de contemplación de la traca final navideña que es el recogimiento, ese silencio virgen donde piden paso los propósitos y se oyen los tic-tacs de dos relojes a la vez.

Yo, por pedir, pediría justo lo que no me pueden regalar. Tiempo. De todo lo demás estoy servida. Una hora extra sería suficiente, me parece. A falta de minutos violo páginas de libros y me encuentro hallazgos como perlas. Ustedes se equivocan conmigo. Las letras no me hacen tolerante. Últimamente me he vuelto gruñona y cuando atisbo conversaciones de modernícolas fascinados por una boutade muy fashion o muy cool me siento a mil kilómetros o a dos mil. Hace unas semanas viajé en el asiento de atrás de un coche. Delante iban dos hombres pasados de cincuenta que conversaban pensando que yo dormía. Uno le preguntaba al otro: ¿Tenías mucha afinidad con tu mujer? ¿Qué compartíais?, ¿cómo fue progresando en su enfermedad? y cosas así. El otro, un hombre pausado e inteligente, parco en palabras y de una presencia importante por cálida y pacífica, le contestaba sin remilgos y con delicadeza. Daba gusto ser vouyeur mientras la niebla escoltaba nuestro paso por una carretera desprovista de tráfico.

Hace tiempo que entendí el valor intrínseco de una buena conversación, y su excepcionalidad.  Una de esas desprovistas de paja, de temores, de lugares comunes y convencionalismos. Hace tiempo que siento que lo que nos conecta a las personas es el renacimiento en la palabra, el respeto al silencio, el sentido del humor. La mutua compañía sin abusos. La confidencia densa, el análisis de altura de ése que me alimenta  de pensamiento y palabra; la vuelta a casa andando, todo tan anecdótico, tan cercano; tan pleno y tan excepcional.  

Lo dejo ya, que escucho ruidos al fondo del pasillo. Toca abrir el misterio y desvelarlo. ¡Las alucinaciones colectivas son tan bellas al paso de los Reyes domésticos (que no la cabalgata, ese kitsch)!


martes, 3 de enero de 2017

LA INVENCIÓN DEL AMOR EN FRANTZ, DE FRANÇOIS OZON

Me gusta François Ozon incluso cuando me gusta menos. Me interesa su forma de abordar la mirada de sus personajes y cómo fuerza la mía, tan miope y desgastada de láser y barridos. Me gusta que termine la película y haya un aleteo de olas en la superficie de mi conciencia que me haga masticar los detalles y me gusta haber rematado con él mis exiguas vacaciones (si llamo así a cuatro días de los cuales dos son festivos siento que han sido más largas. Las palabras pesan y ocupan).

Ayer vi Frantz, y podría contar que es una película en blanco y negro con un protagonista que es un cruce entre Dalí joven y Adrian Brody que toca el violín y mira melancólico, ambientada en la primera postguerra mundial. Un francés que, invadido por el pesar, vuelve a Alemania para pedir perdón a los padres y a la prometida de un soldado alemán al que mató a bocajarro. Esa es la trama.

Pero de lo que me habló Ozon es de las ensoñaciones. Del poder de la elucubración en ausencia; de cómo puede recrearse lo que nunca pasó a través de alguien que nunca estuvo y llega y te saca el violín y te estremece en la sala de estar. De cómo hay un instante en el amor que es elaborado, no palpable ni sometido a las leyes del desgaste. Y que si en ese instante lo matan acaban de invitarlo a una eternidad magnífica y tortuosa.

Cuenta Ozon que es posible que el relato de un desconocido sea esa música celestial del amor virgen, y que no se quede ahí. Que -y esta es la belleza de la historia- un sentimiento de pérdida llegue a transmutarse en la figura de un desconocido como una posesión tan febril que engañe a la vista, al tacto y al resto de los sentidos.

No conocemos a Frantz, pero lo estamos viendo a lo largo de toda la película. Vemos cómo sus padres, desolados por la pérdida, se aferran a su verdugo hasta sentirlo como el hijo que fue. Vemos cómo su prometida Anna renueva sus votos reenamorándose de un holograma con bigote y toneladas de culpa en su envergadura frágil y elegante. Cómo el remordimiento alumbra cuerpos y cómo el deseo los convierte exactamente en eso que desea. Y es un círculo imperfecto que sin embargo ilumina y quema como el sol impetuoso de invierno en una estación de esquí.
Ozon

Hay momentos de especial belleza. Anna entrando en el lago vestida como una Virginia Woolf llena de una determinación plástica, o un Mahler poderoso en la banda sonora que envuelve y acompaña en reencuentro de ambos protagonistas en París; O ese tren que la lleva a su destino que al final es un cuadro de Manet tan inquietante como bello.

Yo diría que Frantz no es una película de amor, es una historia sobre cómo rellenamos la pérdida del amor a través de la liturgia de la trasmutación. Qué hacer con el sentimiento cuando es cercenado por otro para que no se haga bola. Cómo volver a palparse el corazón una vez roto. Y por qué la melancolía es tan efectiva en un relato como el alka seltzer en una resaca.

No creo que Frantz sea una película redonda, pero si que sus dos horas han seguido ocupándome como un gong sostenido hasta que hace un buen rato desperté y pensé que quería escribir sobre Ozon. Y sobre las mentiras y las trampas de eso tan inasible a veces que es el sentimiento amoroso.




domingo, 1 de enero de 2017

VI LA MESA COMO SEMBRADA DE OTROS TIEMPOS




Ávida de un año que me invoca despierto rodeada de abrazos y tras degollar una pesadilla, la primera de año, que me obligó a detener la madrugada y a abrir a manotazos la ventana para hacer hueco al hielo de un cierzo de navajas. El monte nos llama a otro paseo, poderoso en su manto de rocío, y el olor del café ya reverbera en el aire. Barrido ha quedado el año Viejo, pisoteado en un charco de la calle como una meretriz en temporada alta de polvos y de lodos, y el folio en blanco del Nuevo que ya es me saluda y provoca aún en la cama, apoyada en un manojo de almohadas y con la luz de una lamparita escasa de poder, casi luciérnaga.

Volvimos a agruparnos a la cena en una mesa de pin-pong forrada en rojo navideño, los platos desperdigados sin orden ni concierto. Menú sorpresa, porque “esta familia -dijo mi hermano A- no aguanta un excel ni un plan preestablecido”. Y a mí me encanta esa rebeldía que no cumplir más tradición que las migas del pastor a mediodía y las uvas de noche y las funciones de los niños de la casa. El Scrabble reñido. El baile agarrado de I. con su hija. El karaoke loco con todas mis cuñadas. Los petardos, estallido de color en este cielo ayer tan cuajado de estrellas que sólo se desnuda y exhibe lejos de la ciudad y su soberbia. Y el turno de esperanzas, una por cada voz: “Que cuando estemos peor estemos por lo menos como ahora”.

Y de repente, en medio de la boruca del ¿me pasas el aceite de oliva?, vi la mesa como si estuviera sembrada en otros tiempos. En el tiempo todo, en la febril recurrencia de lo irreal. Y tuve esta alegría de arroyo que los días tristes parece imposible” (Mastretta dixit).

Lo más excitante que pasa en este pueblo -decíamos ayer, fundidos del brazo por la cuesta de la espina central que trepa desde el fondo de este pueblo tan yermo hasta la carretera- es que llegue el camión de la fruta y se plante en la plaza. También ofrece encurtidos a las mujeres que solo asoman el rato del recado y pegan la hebra con cualquiera, pero una hebra seca, monóloga y sin trama. Al poco, la acera se las vuelve a tragar y ya no las verás hasta que el aliento del sol de las doce o de la una destierre las perezas y espabile las ganas de un paseíllo breve, casi trote.

Hay algo en este año que promete la Luna. Los viajes, los proyectos escritos, el medio siglo que pronto me caerá, sin sensación de vieja. Poderoso. Veloz. Ensimismado. Conquistaremos Fez con las amigas de entonces, y luego una escapada con mis hijas a ese puente de hierro preferido que separa dos orillas hermanas, y sin embargo tan distintas. Y así, a saltos de proyectos, vas engullendo el tablero de la vida como un juego de la Oca, con todos los dados agitados y deseando salud para gozarlo. Con esta alegría disparada, y tan adolescente que noto que el acné me está brotando, y que debo saltar ya de la cama que sólo hay un primer día del Año, y se me acaba.

jueves, 29 de diciembre de 2016

10 PROPÓSITOS MUY PRÁCTICOS Y FACILONES PARA 2017

1-Engancharme a un libro, a uno solo, desesperadamente y no andar tonteando con muchos y ninguno en esta promiscuidad que me dispersa y trastorna. Quiero ser monógama literaria al menos un ratito. Volver a sentir esa inquietud por llegar y abrir sus páginas, y conquistar en silencio un capítulo o dos o tres, sintiendo que no hay nada más urgente ni más cálido ni más excepcional.

2-Pasar mis fotos del teléfono al ordenador, y ordenarlas (como su nombre indica). Hay miles de instantes atrapados en un terminal tonto que me pueden robar otra vez. Lo que vi, a los que vi, los mapas de nubes, las risas en familia, el asombro del viaje o el menú Nochevieja. Un desastre.

3-Abandonar "Juego de Tronos". No es para tanto y se pierde mucho tiempo. No me excitan como para revolcarnos a diario el enano lascivo ni la sangre ni el incesto ni el olor a burdel ni la sodomía insistente ni las intrigas ni los desfiladeros ni las tabernas ni las mazmorras ni los Lannister perversos ni los nobles Stark. Asumiré que estoy fuera de algunas conversaciones y ya está. Tampoco vi The Wire enterita y no me han salido cuernos ni rabo.

4-Dejar de quejarme de lo que no voy a resolver. O resolverlo. Cabalgar en la pura fantasía del ¿y si? es una manera de procastinación y engorda más que el pastel de turrón de Jijona que nos hizo Nely el otro día (delicioso, por cierto).

5-Encontrar (AL FIN) mi casa de pueblo con patio sin zozobras de plazos. O sea, invocarla como se invoca a los espíritus, a la buena fortuna en la Primitiva (o Bonoloto. No las distingo, parezco lerda cuando entro en la Administración de Loterías y pido una "de las que más bote tenga menos la europea que no toca").

6-Invertir más en medias calientes de invierno y menos en zapatos absurdos que no voy a ponerme. Seguir con el método de la japonesa loca que te hace vaciar los cajones y regalar todo lo que no te pones. Tratar de no volver a rellenar los cajones.

7-Apuntarme a un curso de MAC con un profe cariñoso y paciente que me explique clarito los atajos y posibilidades del equipo. Te venden que es muy intuitivo, pero intuitivamente lo vas llenando de morralla y te pierdes en mil berenjenales y triplicas documentos que luego no encuentras y te da un semiinfarto cuando crees que ya no está lo que guardaste. De paso, verme el tutorial de Scrivener, el libro de instrucciones de la Thermomix y la etiqueta del nuevo terminal de portero automático que parece un equipo de espionaje del KGB. Tecnoliberación o colapso, es mi mantra.

8-Evitar con elegancia a los tóxicos, pesimistas, criticones, plastas, asesinos en serie, ladrones de tiempo, bobos, guays militantes, vendedores de motos, hierbas con veneno de autoayuda. Plantearme si a veces soy una de ellos  y evitarme a mí misma, si procede.

9-Escuchar a mis hijas hasta el final, sin interrumpir ni rematar sus frases (venden unos artefactos muy chulos en Amazon, bozales me parece que se llaman). Visitar a mi padre en su pueblo de la montaña, romper el maleficio, poner flores a la tumba de mi abuela.

10-Seguir entusiasmándome por ir a despedir el año 2016 con todos mis hermanos, parejas y sobrinos, madre, hijas en un pueblo perdido con tres perros despeluchados y sin gente ni tiendas ni nada que nos distraiga de nuestra compañía. Paseos tiritando bajo botas y guantes, partidas de Scrabble muy reñidas, migas del pastor hechas en caldero en plena calle, sauna y jacuzzi con gin tonic deluxe, petardos cuando llegue 2017 en una tele vieja que a veces no funciona. Todo muy postmoderno y muy lujoso, y tan divertido y tan inolvidable que estoy por convertirlo en un negocio y forrarme. Pero eso ya lo dejo para el año siguiente, que no hay que ser tan pródigo ni tan avaricioso.

Y uno más: Hacer la lista de los sitios a los que volver, y volver siempre: Brihuega, Oporto, Fez, Oviedo, Pendueles, Lisboa...


sábado, 24 de diciembre de 2016

NOCHEBUENA Y POCO MÁS, QUERIDA SYLVIA PLATH

Regalo de Cristóbal Toral
"Envidio a quienes tienen ideas más profundas que yo, escriben mejor, dibujan mejor, esquían mejor, son más guapos, viven mejor, aman mejor que yo. Desde mi escritorio, a través de la ventana, contemplo el día luminoso y aséptico de enero mientras un viento helado azota el cielo dejando en él una espuma blanca y azul.(...) Me creo que valgo la pena solo porque tengo nervios ópticos e intento poner por escrito lo que perciben. ¡Qué boba!".

Después de algunas cavilaciones frente a mi desordenado Taj Mahal, elijo a Sylvia Plath (Diarios Completos, delicada edición de Alba editorial) para arrancar un día de Nochebuena que me ha sobrevenido sin signos de espíritu navideño aparentes. Ayer un taxista se empeñó en contarme que hoy estará solo y trabajando porque sus padres han muerto y cenar con su hermana y su cuñado es como ir de prestado. Sobre todo porque están tiñosos dado que el piso de Guadalajara se lo han dejado a él en herencia.

(Debía preguntar, como me reconvino J: ¿Y cómo es el piso? ¿Una casa con patio?)

No envidio su noche, pero tampoco me parece dramática. Se lo dije  en voz baja y con tono de "esto no está siendo una conversación. Es un soliloquio (el suyo) y yo una podre víctima que no puede tirarse en marcha. Pero él reaccionó con ese alborozo de los incontinentes y se apresuró a confesar  que está "soltero y sin hijos" tres o cuatro veces, y enseguida, a la altura de María de Molina con Serrano, comenzó a enumerar el repertorio de las mujeres que han sido y de esos hijos desalmados que a poco que te descuidas te dicen: "cállate que tú no eres mi padre".

Creía que la soledad es contar tu intimidad al desconocido; ahora considero que eso es un abuso. Hace unas semanas alguien me contó que un perfecto desconocido al que el azar sentó a su mesa le había confesado que no aguantaba más a su mujer, que era insoportable y que el problema consistía en cómo repartir los bienes gananciales. La anécdota no tendría tanto interés si no fuera porque la esposa estaba sentada a menos de dos metros. Mi amigo, un hombre flemático que no se arruga ante la ignonimia ajena y jamás le pone adjetivos al escándalo, aguantó la confidencia como un caballero y cuando le dije que seguro que ese hombre le había abierto su corazón (más hígado y páncreas)  porque se nota a la legua que él es una tumba, respondió con ese humor británico tan suyo: "Pues debía pensar que éramos un cementerio, porque no sólo me lo contó a mí sino a todo el que pudo escucharle".

Envidio a quienes no juzgan, porque no es mi caso. Desde mi escritorio, un halo frío que no alcanza a ser viento me recuerda que tras de mí está la ventana. No he encendido las luces del árbol de Navidad, y si me concentro mucho, creo que valgo la pena porque he encontrado el desahogo en los dedos que golpean teclas, esas desconocidas que me ordenan el pensamiento a martillazos tibios de mañana.

De este año que termina toleré mal la arbitrariedad, las voces altas y los endiablados laberintos de la tecnología más doméstica (esa que no soy capaz de domesticar). También las toses de la gente que acude a los conciertos con su laca en el pelo, su gesto altivo y muy poco respeto por Bach o por Bethoven. Envidio a quienes tocan un instrumento y a quienes hablan cinco idiomas, y siempre creo que los músicos de las orquestas son gente muy excéntrica que habita otra dimensión, y que nunca entenderé al de los platillos que interviene dos veces en dos horas. ¿Qué le mueve? ¿Una cura del karma orgulloso de otra vida?

Me parece, además, que mis hijas vuelan solas y que debo encontrar un banco de medidas convenientes para rematar una parcela del salón. Hay días en los que fantaseo con una buena fuga y otros en los que ato los cordones de los zapatos a las patas de mi silla.

Estoy deseando cumplir cincuenta años, me gusta el último color de mi pelo y me cuesta ir al gimnasio que pago religiosamente para casi nada. Hoy recibo en casa a dos tíos, un primo, un hermano, una cuñada, un sobrino y a mi madre y aún no sé qué habrá sobre la mesa, pero nada me perturba, ni siquiera la idea de las colas en un mercado que arderá al rojo vivo.  El vino que habrá en mi mesa lo inauguré ayer, en la tarde de silencio y armonía con los ruidos de la casa, y fue un disfrute cavo y rojo tan solemne que quiero repetir as soon as possible.

He colgado mi acuarela, cariñoso regalo de Cristóbal Toral, justo a mi derecha. Lo miro y me parece que siempre fue su sitio, antes de ser.

Y poco más, querida Sylvia Plath

P.P.Las células malotas se agolpan en mi ojo, cual termitas. Espero que la línea Maginot que ha construido mi médico astur y sabio aguante el empujón de esas desalmadas que no se dejan ver si no es al microscopio. Por lo demás, tengo dos piernas y dos manos y una lista de queridos amigos a los que debo devolver sus cálidas llamadas. Y salir de paseo, y romper la barrera del sonido con un grito de guerra en plena Castellana, se me ocurre. Porque hoy es Nochebuena y el plan parece abierto, vengan las tempestades y la luna.




miércoles, 21 de diciembre de 2016

UNA TARDE EN LA COMISARÍA (Cómo denuncié un robo y terminé presa)

Una noche de sueño como zarzas, el ojo atrapado entre los pinchos. Y un recuerdo del domingo recurrente: mi bolso secuestrado unas horas en un pueblecito norteño donde podría rodarse el anuncio de la Lotería.

Y de pronto estábamos en la comisaría local,  luces de fluorescente agotado, paredes desnudas y una máquina para pedir cita del DNI que no funciona.  La tarde bosteza y se hace noche.

-Espere, que hoy hay mucho lío. (Nosotros dos y dos adolescentes tiernas que habían olvidado el bolso en una noche de juerga y temían que los malos entraran en su casa con la llave).

Veinte minutos después:

-Ya puede pasar. Usted sola (Severa. Mirándole a él como si fuera el Vaquilla)

La agente está mimetizada con la pared, cetrina. Lleva gafas que a cada poco caen por su nariz,  el pelo recogido  y una edad indeterminada entre la treintena larga y poco convencida o la madurez más  obstinada. Obviamente tu pequeño drama no es su drama. Te acaban de mangar el bolso con toda tu vida por delante: móvil, tarjetas, documentación y 60 euros. No estás en tu ciudad, ni siquiera en la ciudad donde te alojas. Tu acompañante es un encantador tecnohippie con un viejo Nokia que no enciende y mucho menos porta. Para qué.

En la entrada, el compañero de la policía ha insistido en que consiga el IMEI del teléfono: "Una clave de 15 números que figura en la caja. Con ella lo podemos localizar". Y en la (larga) espera las dos adolescentes me prestan sus teléfonos para llamar una, dos, tres veces a mi hija y teledirigirla hacia la caja del teléfono. Milagrosamente sé donde está. Y tras varios intentos de cifras que no son entro a declarar victoriosa con el IMEI en un papel roto.

-Cuénteme el relato de los hechos.
-Sí, se lo cuento. Pero mire, tengo la cifra esa que puede ayudar a rastrear mi teléfono. ¿No podría intentarlo ahora?
-A su debido tiempo. Antes hay que poner la denuncia y activarla.

No me mira a la cara. Su conexión con el mundo es un teclado de viejo PC y un loro (radiocassete de macarra de playa tamaño  XXL que escupe reageaton y que no desconecta ni baja de volumen mientras declaro).

Y declaro que estando por la calle sentí frío y me quité el abrigo con el ánimo de ponerme una chaqueta debajo, y que con el trasiego debió caerse el bolso. Un minibolso color azul marino y beige. Y que anduve no más de veinte pasos y al advertir la desapareción volví sobre mi camino y en la calle no había nada. Ni nadie. Y que si no podemos activar el IMEI (de las pelotas. Esto último sólo lo pensé).

-Aún no hemos terminado. Qué contenía el bolso.

-Una cartera roja, un teléfono móvil Samsung con una funda rosa pálido de piel.
-Pero de qué color es el teléfono.
-Rosa. Ya se lo he dicho.
-Pero sin la funda cómo es.
-Rosa. La funda también es carcasa.
-Pero de qué color es el aparato.

Sigo declarando, la música ratonera me molesta y me tienta pedirle a la policía que baje el volumen. Ella recorre el teclado y apunta a la carrera. "¿Dice que llevaba dos tarjetas de crédito, el carné de conducir y el DNI, 60 euros y carné de prensa?

Pero apunta: "Carné de presa". Cuando termina el informe y me lo hace leer con mirada triunfante de "¿a que lo he bordao?", le hago ver la errata y ella se incomoda.

-Creo que es mejor que corrija lo de carné de "presa". No sea que esto quede en mi ficha de denunciante y me detengan, bromeo.

A ella, naturalmente, no le hace ninguna gracia. Arruga el gesto y se dispone a corregir el informe. A su ritmo.

¿Podemos llamar a mi compañía telefónica para que bloquee el teléfono?, sugiero, desalentada porque lo del IMEI no parece que vaya a prosperar. Por supuesto que podemos, pero yo no sé el número al que debo llamar y ella tampoco. ¿Y si lo buscamos en Google?, sugiero con cara de presa arrepentida.
-No hay Internet, lo siento.

Salgo a pedir ayuda a mis colegas adolescentes. Me prestan de nuevo ayuda, sonrientes.

Pasan los minutos lentos como el gotero de un anciano y a la mujer le caigo muy mal, como ella a mí. Entonces, justo cuando firmo los tres ejemplares de mi denuncia, suena el teléfono. Ella se agarra como naúfrago al flotador. Escucha y sonríe: "Lo han encontrado. Ahora se lo trae un compañero de la policía local". Espere fuera.

Cuarenta y cinco minutos interminables después llega el compañero. Abro el bolso. Está todo menos el dinero. La policía, más relajada, se disculpa por la larga espera.

-Estamos a tope... con esto de las compras navideñas hay mucha diligencia.

No ha entrado nadie más en las dos horas. No ha sonado el teléfono. Nada. Ni diligencias, ni carromatos, ni coches con sirena.

La música ratonera sale del despachito y se traga a la agente, gris marengo, que ha cerrado con llave tras sus pasos.

Nota final: Cuando preguntamos por los baños, por razones obvias (dos horas dan para mucho), la agente diligente dijo que no hay  "por razones de seguridad".

martes, 13 de diciembre de 2016

ENCUENTRO Y DESENCUENTRO CON UNA GURÚ MINDFULNESS

Hay un tipo que se dedica a platicar sobre energía, paz y amor y los tenistas de éxito le pagan. Al parecer, consigue domar a las fieras que llevan dentro con frases simplonas que llaman a la armonía en "new age" sostenido. Lo leí ayer y sentí esa reconocible sensación de rechazo ante los mercachifles de las emociones. Gente adicta al palabreo y al silencio tofu sin grandes alharacas intelectuales que no se contentan con practicar sus abluciones meditativas en ayunas y vestidos de blanco sino que se erigen en gurús de todo aquel que se cruzan en el camino -pobres almas soberbias, desnortados- con un halo de santidad bobalicona e incontenida y cero condumio filosófico.

El redactor que entrevista al gurú del tenis cuenta que su contacto "se inicia con un correo electrónico que Pepe arranca con un «Buenas noches llenas de Armonía» y cierra con «Un abrazo grande lleno de Respeto». Fenomenal. Faltaría más que no le respetara. El tal Pepe Imaz, así se llama, no se baja de sus construcciones grandilocuentes de conceptos vainilla:"Al equilibrio mental se llega con el amor. Cuando uno está enamorado deja hasta de tener hambre, porque es energía. El amor es lo único compatible con todo". (Así hablaba Zaratustra, querido Pepe Imaz)

Almas descreídas camino de la luz
A mí los hierbas me resultan sospechosos, así para ir poniendo las cosas en su sitio. Respeto mucho la meditación y todas esas disciplinas encaminadas al encuentro con uno mismo, pero se me enciende la luz roja delante que cualquiera que intente hacer proselitismo a cuenta de pobres urbanitas embutidos en el ruido de unas vidas trepidantes que adolecen de momentos de silencio. Así que el día que se cruzan con uno de esos indocumentados y hacen Omm, experimentan un hálito inmediato de relax, empiezan a dialogar consigo mismos y se dejan ir. Todo muy saludable. Solo que para eso no haría falta un gurú previo pago de su importe.

El otro día en pleno puente un grupo de amigos fuimos a comer a un lugar capaz de convocar a todos los dioses del paisaje más sublime. La Torre de Madariaga, a pocos kilómetros de Mundaka. En un momento dado el grupo prolongó la caminata y yo me quedé con los periódicos sentada frente a un horizonte que se ha quedado a vivir para siempre en mi retina. Un azul brillante, poderoso y saturado de cielo rivalizaba con el verde más suizo que he visto en mucho tiempo. El aire detenido. Olor a hierba fresca. Nadie a mi alrededor y la absoluta conciencia del privilegio de la vida, de mi vida, de la amistad y del placer de disponer de tiempo para leer despacio y parar a ratos, contemplar, beber un sorbo de cerveza, respirar hondo.

Un rato después volvieron mis amigos y comimos comentando el camino y felices de estar juntos y tan acompasados. El azar quiso que en la mesa de al lado hubiera otro grupito conocido por uno de los nuestros; gente agradable que enseguida entabló conversación con nosotros. Una de las mujeres era profesora de Mindfulness, esa disciplina del aquí y el ahora que arrasa con sus lecciones de concentración para dispersos (uno de mis hermanos, culebrilla y nervioso,  lo practica y le ayuda a controlar ciertos mareos). La sacerdotisa tenía una amiga más discreta pero igual de entusiasta de la cosa. Nada que objetar, pues, hasta que la gurú se vino arriba y empezó a llenarnos de conceptos simplones con nombres pretenciosos y a insistir en lo transformador de su disciplina, y en cómo debíamos cuidar al "bebé que llevamos dentro", cosa que acompañaba con una mímica empalagosa y una sonrisa bovina. Los minfulness eran felices, vaya que sí, y por algún motivo que se me escapa ella sentía que podía invadir a unos pobres caminantes sin duda faltos de amor y vida interior con sus chorradas e interrumpir el gozo de las  pochas con almejas que acabábamos de degustar,  con las que habíamos visto a la diosa shiva de refilón.

Mis amigos, que son muy educados y encantadores, le seguían el rollo cada vez con menos bríos, hasta que uno de ellos saltó de la silla en un gesto de "hasta aquí podíamos llegar", que la gurú interpretó como una broma, así que ella y sus acompañantes se quedaron aún a tomar un café en la pradera, con la misma conversación mindfúlnica de fondo.

El encuentro dio para muchas bromas en nuestro camino de vuelta. Yo apacigüé a la fiera y recordé a otros hierbas de mi vida, gente de poco recorrido intelectual y mucha palabrería que intentaron sin éxito llevarme por el buen camino del amor y la energía. Así que debo estar condenada a no sentir el hálito de la espiritualidad gangosa y mi silencio interior se alimenta con letras. ("Hay de hacer ayuno de palabras, la escritura es ruido", decía la gurú). Pues este es mi ruido de mañana y me deja la mente en un estado zen tan corpóreo que bien podría engañar a unos infelices y organizar un curso con muchas alharacas y vistas a unas lomas mientras nos enjaretamos deliciosas piparras bañadas de zuritos. Gloria bendita.

PD. Si no lo digo reviento. Una del grupo gurú zen con mucha vida interior se abalanzó sobre el novio (alto, guapo, elegante) de una de los urbanitas descreídos y le pidió el teléfono y el mail con una ansiedad impropia del mindfulness. ( A ver si Ommmmmmmmmh va a ser un gemido orgásmico...)