miércoles, 1 de enero de 2014

VOLARE, CANTARE

"Mi fantasía erótica es levantarme y que la cocina esté recogida".

Mi hermano C. y yo solemos tener conversaciones muy sesudas. A los dos nos encanta escaparnos un rato como aquella vez que viajamos juntos a Nueva York, él licenciado en busca de su primer trabajo, yo a punto de casarme, vuelo really cheap con escala en Berlín y veinte horas después un hotel modesto en la capital del mundo rascacielos donde dieron por hecho que éramos matrimonio dada la coincidencia de apellidos. Y donde hubo que esperar muertos de risa y de agotamiento en el lobby hasta que conseguimos dos camas.

Si tuviera que congelar una imagen o dos de aquella escapada sería un taxista negro que trató de confundirnos mascullando un slang endemoniado, un bar de luces mortecinas donde cenábamos frugalmente (C. siempre fue frugal) y una foto en la que mi hermano sostiene un cubo enorme rojo no sé si en Wall St. No estoy segura de si aquel era mi primer Nueva York, creo que sí, pero desde luego siempre será mi mejor Nueva York. Con ampollas en los pies, los dólares justos y toda la ciudad por delante, abierta en canal,  desinhibida, y yo escoltada por el paso nervioso e impaciente de mi hermano. 
Fundación Antonio Pérez, Cuenca

Después, él siempre me ha dicho que me debía un viaje pero los años se empeñan en escaparse como agua por sumidero. Yo me casé, me descasé. Él encontró un trabajo pero antes me hizo de canguro ocasional y entregado de mi adolescente recién nacida. Y ahora, las raras veces que hace un plan de fin de semana con su mujer me deja a las suyas en custodia jubilosa y es una fiesta. Un Nueva York sin avión y sin escalas. En primera y con menú gourmet.

He vuelto a esa ciudad un par de veces.  Me he dado cuenta de que es un fantasma. Un símbolo que cuando identificas se deshace como esas misses huecas una vez que sueltan cetro, maillot  y maquillaje. Las enormes avenidas, el asfalto. El MoMa, el Guggenheim, Central Park, "Tú y yo" en el Empire State, tan destronado en las alturas. La moda desinhibida, los gordos mórbidas. El Cotton Club, las razas enredadas, la basura por las calles, el olor metálico y frío del dinero... Con el tiempo mi carácter viajero se ha vuelto de provincias aunque sean capitales como Roma o Lisboa. Ciudades con adoquines. Más abarcables, menos hostiles. De puentes sobre un río, de cafés recoletos y de hoteles boutique. Fachadas donde no se me pierda la vista, balcones con helechos, museos sin pretensiones (como la Fundación Antonio Pérez de Cuenca, se me ocurre).

Y supongo que mi fantasía erótica, querido hermano, es despertarme en una cama blanca de una ciudad así. Y leer el periódico despacio mientras desayuno en un rincón de Trastevere que puede llamarse Barrio Alto y destrozar los planes de ayer y coger la bicicleta, y parar de vez en cuando. Sin prisas y sin brújula. Y según escribo entiendo que necesito un viaje con urgencia. Un viaje sin escalas. Escapista perdida, como entonces. Cuando era más joven y más Nueva York. Y la ambición se medía en kilómetros y sellos de tinta en el pasaporte.





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