lunes, 17 de febrero de 2014

EN LA SALUD Y EN LA ENFERMEDAD


Sorolla

Es una mañana de viento frío y afilado como agujas de cristal y se espera que amaine a partir del mediodía. Caty se ha despertado, ha tenido su primer pensamiento, un fogonazo -¿habrá suficientes huevos?-y se ha calzado distraída las zapatillas de franela azul marino con corazones. Va a cocinar un bizcocho. Con el punto exacto de esponjoso grosor, el tono levemente anaranjado y unas pasas de corinto. 
Las pasas serán la sorpresa. El invitado inesperado que anima, vivaz, la tediosa rutina familiar con sus anécdotas mundanas. Normalmente sólo le pone huevos, azúcar, levadura, una punta de vainilla en rama y un yogur de limón. Pero la ocasión merece un extra. El “toque maestro, reina”, como repite el chef de la tele mirándola a los ojos. Y Caty le devuelve la mirada con ese arrobo coqueto del ama de casa a quien sólo piropea el carnicero.

Claro que, piensa, el detalle de las pasas dotaría a la investigación de un elemento desconcertante. Una pista falsa como el Sorolla que preside el cabecero de la cama. Las velas de la barca infladas de orgullo, el azul destelleante, las costureras de redes afanadas al sol como una bendición y una alabanza. La promesa de libertad condicional. Tú eres el barco, hincha las velas, sopla, sopla fuerte.

¿Por qué demonios hizo bizcocho con pasas? ¿Qué significaba exactamente ese cambio en una vida carente de sobresaltos. Rutinaria. Trazada con escuadra y cartabón?. Dirían.

Tan previsible como un trueno después de un rayo.

Es una mañana terca, diletante, de esas que se hacen esperar, y a Caty le ha dado por pensar que debía ordenar el armario del dormitorio. Las camisas de franela, todas de cuadros. Con ese olor a sudor agrio de hombre que no se va con los lavados. Sus pantalones, calzoncillos de algodón y calcetines zurcidos como un mapa de hilos obedientes cuidadosamente tramados. Quizás mientras el bizcocho se cuece en el horno -35 minutos, 180º- y antes de ocuparse de los niños. Fuera se escucha el azote del aire contra las contraventanas, aún no han sonado las campanas de las nueve y la vecina trajina al otro lado del tabique.

-No entiendo nada. Había estrenado unos zapatos. Nadie estrena unos zapatos justo para eso....

Repasa ahora la nevera. El cajón del congelador. Siete tupper cuidadosamente alineados con sus etiquetas correspondientes: Caldo de cocido, ternera a la jardinera, paella de pollo, lentejas sin chorizo, macarrones bolognesa, sepia con patatas y potaje de bacalao.

A Rober le encantaba el potaje. Lo recibía con jubiloso entusiasmo y a veces hasta le regalaba una palmada en el trasero. “Nena, esto lo bordas. A ver si me lo haces todas las semanas”. Luego se olvidaba de que ella estaba allí y concentraba sus dedos avariciosos en el mando de la tele o resolvía un sudoku, rezongando si se le resistía. Y no había hombre en casa, ni padre ni marido.

En la salud y en la enfermedad. Hasta que la muerte os separe”.

Es una mañana arisca y desabrida como una mala suegra y Caty se hurga las uñas de los pies con indolente tranquilidad infantil y ese mohín de quienes ejecutan tareas simples con ambición de trascender. Caty tiene unos pies blancos de novicia. La piel lisa y libre de contingencias. ¿Cómo es que no vas al callista?, le preguntaban sus amigas a menudo. Callista le parecía una palabra repugnante. Vísceras con sangre. Cuchillas oxidadas. Durezas impertinentes. Ella tiene pies de doncella -”soy virgen por los pies, aún soy virgen”- y los cuida con mimo de amanuense. Primero el peeling, después la parafina caliente. Las cutículas libres de rebordes, perfectas. Las uñas cortadas al ras, con forma cuadrada, clac-clac. Y el toque final, el pincel suspendido con la laca roja, justo antes de caer como suaves pétalos del centro a los bordes, recreándose para no salirse del borde. Perfecto.

-No sé para qué te pintas tanto. Si además nadie te los va a ver.
-Los veo yo, Rober, es suficiente.

(María Catalina Alonso Atienza falleció a los 43 años, víctima de sí misma. Deja marido hambriento, comida para una semana y un bizcocho con pasas. Esponjoso, el dulzor justo, un estallido litúrgico para el paladar y las papilas gustativas. Amén).

Ahora Caty imagina el panegírico del cura y se lamenta de no haber sido más generosa en el cepillo del domingo. Con el rabillo del ojo vigila el horno. El aire empieza a impregnarse de olor a vainilla. La fragancia del amor despreocupado. Cinco años atrás, más uno de novios. Rober es el guapo del pueblo. No ha estudiado, pero a quién le importa eso. Gana bien en el aserradero. Sale con dinero en los bolsillos, la coge del talle, el vestido como las campanas, volandero. Le acerca la boca ansiosa al cuello, a ella le encanta sentir el picor de su barba y piensa que podría quedarse a vivir en esa piel que raspa para siempre. Cierta sensación cálida de pertenencia a alguien. A algo. Los alambres de la cerca libres de nudos y de pinchos afilados. Escapar de casa, del tendedero y del cesto de patatas. De la envidia de su hermana, del sarcasmo cuando lee esas novelas con nombre de flor de primavera. La vida por delante, sin delante. Ni vida.

Y Rober al rescate. Rober que huele a cuero y a madera. A sudor de dos días. Que la llama nena, la agarra fuerte el talle y a veces se trepa hasta los pechos, se los come con ansia, los escupe. La llena de sí por arriba, por abajo. La deja exhausta en la cuneta que es su cama de soltero. El olor aún más fuerte. Dulzón, mareante. El deseo para sentirse viva. Y después hueca. Y después un poco muerta.

-Yo, Catalina, te tomo a ti, Roberto, por esposo, y prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad...

Es una mañana tenebrosa como una catacumba y Caty apaga el horno. Saca el bizcocho, lo pincha para comprobar que está listo. Le ha salido esponjoso, naranja como un atardecer de postal balinesa. Lo saca a enfriar a la ventana. Se agarra el talle, nostálgica de aquel que ya perdió. Un primer embarazo, “de penalty”, murmuraban las vecinas. La boda, sin pensar. Mejor no pensar, en esos casos. Te subes a la barca, soplas, soplas y el matrimonio se hace a la mar como un Sorolla falso. Pronóstico tormenta. Se acabaron los paseos abrazados por la calle mayor, domingo por la tarde. La conquista batida en retirada. Polvos de cortesía, descorteses. Dos hijos, un tercero. Y tanto trabajo, cosiendo calcetines como una Penélope más, la mirada en la ventana. Llenar los días, casarse es llenar los días como puedas. Ser minuciosa en las uñas y en la cocina. Sonreír al carnicero. Dar las buenas noches a los niños, cuadrar las sábanas, apagar la sopa. Esperar a la noche, oírle respirar, odiarle, aspirar sus pesadillas. Vomitar. Vomitarlo todo.

(A las 10 de la mañana, calcula el forense, los tres niños se sentaron a la mesa y tomaron el desayuno. Un bizcocho con leche, al parecer. Una hora después los encontraron muertos. Ni rastro de su madre, Catalina Alonso. El padre, Roberto Martínez, permanece en dependencias policiales prestando declaración ante el juez).

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