jueves, 6 de febrero de 2014

SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS

Puente cama elástica sobre el Sena
"Chicas, me acaban de bajar el sueldo un 10 por 100. A este paso tendré que pagar por trabajar. Buenas noches. Os quiero".

Llega un momento en el que ya te queda poco que entregar en la casa de empeños. Si esto fuera el juego de las prendas diríamos que muchos de mis amigos tiritan ya en ropa interior, esperando a que el siguiente embate los deje en pelotas y desprovistos de más recursos que su dignidad maltrecha.

Mi amiga C. no puede venirse al viaje del grupo de íntimas de la universidad porque no tiene ingresos fijos. Y los variables le dan para ir tirando sin lujos. A M. le han recortado el sueldo pero podrá escaparse. C. trabaja el doble de horas por el mismo sueldo. Y así...

En tercero de carrera viajamos a París. Una excursión en autobús larga e inolvidable cuya foto fija son cinco jovencitas despreocupadas en las Tullerías comiendo bocadillos y conservas con las miradas flotando chispeantes entre el borde de la Torre Eiffel y el cielo raso. Cinco chicas buscando restaurante de menú en el Barrio Latino, ávidas de experiencias y con el asombro instalado en las mochilas. Carpe Diem.

Ese viaje, tras el que yo conseguí mi primer empleo -con un sueldo superior al que hoy pagan a los recién licenciados y a muchos con experiencia, qué vergüenza-  asoma de cuando en cuando en esas citas llenas de cariño y sin nostalgia donde renovamos los votos de una amistad que nació en el aula de primero de carrera de esa facultad diseñada para ser una cárcel tropical y ha resistido a nuestra juventud y la entrada en la madurez. Ascensos y descensos profesionales. Bodas y divorcios. Hijos y perros.   Talla 36, talla 38, talla 40...otra vez talla 38.
Allí donde todo comenzó


Con suerte, este año nuestra escapada será a una casa rural. En torno a una chimenea donde iremos desgranando nuestros relatos, como hacemos ahora varias veces por semana gracias al email y a la voluntad de no cortar los lazos. La vida no ha podido con nosotras. Los libros, las películas, los desengaños, los hombres, los éxitos, las confidencias se amontonan en un museo de la memoria al que vamos por turnos a regar con mimo las plantas, como una hermandad inexpugnable que se sabe dueña de lo que le reserve el futuro, sea cual sea.

Anoche pensé en ellas cuando Minichuki me anunció, con mucha excitación, que ella yo teníamos ya un plan de Semana Santa: "Iremos a París, mami, que han hecho un puente sobre el río Sena de camas elásticas y quiero atravesarlo a saltos". Inmediatamente me obligó a buscar toda la información y fotos del prodigio lúdico arquitectónico, y de ahí volamos a la Torre Eiffel. Decenas de fotos del momumento, de día y de noche. Teñida de azul, de rojo, majestuosa, con guiris y sin ellos. Mi hija no se cansaba, la mirada encendida: "Mami, imprímeme esta y esta y esta otra en tu trabajo. ¿Te cuesta dinero? Si te cuesta entonces sólo una...Mi favorita". Su entusiasmo era tan contagioso que volví a París, probablemente la ciudad europea que más he visitado. Y París eran mis amigas de la universidad, y mi novio de COU, y una cena inolvidable en uno de los restaurantes de la Torre Eiffel, donde el champán y el vino a punto estuvieron de provocar una bajada sin ascensor o un baño en el Sena plateado de virutas de madrugada.

En tiempos convulsos a mis amigas y a mí siempre nos queda París. Y ahora sé que debo volver con mis chukis, y asomarme por el puente después de atravesar el Sena a saltos, a zancadas, tropezando como una metáfora de la vida que se abre paso entre corrientes e inundaciones. Mientras la Torre Eiffel nos contempla desde las alturas. Inmóvil y curiosa. Expectante.

P.D. Dedicado a mis amigas, promoción de Periodismo 1985-90. Tantas cifras y tantas letras después...










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