sábado, 19 de abril de 2014

MACONDO Y EL MACONDISMO

Me pregunto cuánto hace que están listos los obituarios de García Márquez. Y por qué son tan coincidentes. Si la muerte de un grande nos deja frente a un espectáculo tan unívoco que no admite más perspectiva que la del reconocimiento universal, la fanfarria y un cierto tufillo cursi y pelín impostado sobre cómo cambió nuestra vida “Cien años de Soledad”.

A mí “Cien años de Soledad” no me cambió la vida y pido perdón a los puristas. Formaba parte de esas lecturas obligatorias que sólo te deslumbran cuando un día, tiempo después y por alguna fuerza misteriosa del destino, abres la primera página distraídamente, y luego la segunda y así hasta enamorarte de Aureliano Buendía. A riesgo de irritar a los grandes macondistas , sí recuerdo por ejemplo mi turbación con La sombra del ciprés es alargada, de Delibes. Quizás porque cuando cayó en mis manos era el momento crucial de una adolescencia en llamas que buscaba el eco a tanta desazón entre los libros. Y el hielo de Macondo estaba frío y no parecía ofrecer demasiadas respuestas.

Así que ahora que ya parezco una detractora del colombiano, diré que hoy no leería a Delibes, pero sí “El Coronel no tiene quien le escriba”. Uno va acompasando las lecturas a su ciclo vital, me parece. Y eso ejerce una fuerza transformadora que hace que cuando se te acaba un libro experimentes una suerte de orfandad y mires al siguiente con recelo. Hay una cadena invisible de lecturas que se parece a la de los cuadros en una exposición. A veces uno compite tanto con el de al lado que lo anula y lo condena al pelotón del olvido. Los grandes museos, que trabajan con prediseños en sus exposiciones permanentes, saben lo que es la impotencia de no poder mover un lienzo fagocitado por su vecino de la izquierda. La energía de las pinceladas, la torsión de un cuerpo salvaje, el inquietante velo de los ojos de una virgen... y así.

Que te quieran cuando has muerto tiene mucho de irónico, pero es una fatalidad natural. A García Márquez lo convirtieron en mito en vida, y puede que así lo mataran entre todos. Si eres un símbolo, un prócer del baile mágico con las palabras, un maestro del periodismo, una voz de esas que cuando hablan desencadenan el silencio universal, date por muerto. Las plumas de muchos prepararán los panegíricos funestos mucho antes de que se te olvide respirar. Y es posible que sabiéndote cadáver renuncies a toda actividad creativa y te tientes el cuerpo cada noche para comprobar que aún hay latido.

Me pregunto si García Márquez -jamás lo llamaría Gabo, esas familiaridades hay que dejárselas a los allegados y pretenders- llegó a detestar Macondo y el macondismo. Si la criatura devino en monstruo voraz. Si le pasó como a esos artistas que tratan de avanzar pero en los conciertos les piden siempre los mismos temas: “¡¡¡Like a Rolling Stone, Like a Rolling Stone!!!”. Sospecho que muchos de los que estos días han colgado en sus muros estremecedoras reseñas de su arrebatada pasión por el autor en realidad hace tiempo que lo abandonaron a su suerte.


O puede que sea yo, que con el cuerpo de vacaciones y esta desidia diletante de descifrar la identidad de los árboles como principal tarea, haya matado al escritor como en su "Crónica de una muerte anunciada”, y ayer, al encontrarme esa letanía de obituarios enlatados, dolientes  y pomposos experimentara extrañamiento y esa incomodidad de no formar parte del grupo dominante.

Y quizás deba hacérmelo mirar. Y disculparme a los dioses del Olimpo literario que deben estar haciendo los honores a su nuevo miembro, que afila la pluma para un discurso inédito de ingreso que no podrán glosar los panegiristas vocacionales. Esos que viven su momentazo a costa de la muerte y de la gloria ajena.



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