martes, 22 de abril de 2014

RESCATE TÁNTRICO (Mujer de mediana edad encerrada en el baño. Una historia real)

Una mujer de mediana edad se queda encerrada en el cuarto de baño. Forcejea con el picaporte y comprueba que no va a poder salir por sí misma. Empieza a golpear tímidamente la puerta, y luego pierde la timidez. No es una situación airosa para nadie, así que el equipo de salvamento menos cualificado de la historia se persona -nos personamos- con un arsenal de ideas como para abrir un butrón en una joyería pero no para un rescate de emergencia a esas horas en las que las luces de la oficina se han ido apagando.

Probamos con una moneda, y de pronto recordé el truco de la tarjeta de crédito. En una época convulsa de mi vida solía dejarme las llaves puestas por dentro de casa, y llamaba al cerrajero cada dos por tres. El hombre, que a veces tenía toda la pinta de haber sido ratero antes de pasarse al otro lado, sacaba de su maletín de herramientas una humilde tarjeta de crédito y la introducía por el quicio, para tirar enérgicamente y...¡abra cadabra!. Yo entonces solía exclamar con alborozo: ¡Qué fácil, no?, y el tipo me miraba con cierto sarcasmo y un "¿sí? Pues a ver si sabes hacerlo solita, rubia, que a este paso Mapfre te retira la póliza por reincidencia" muy elocuente.

Así que ayer tiré de background y me contorsioné con la tarjeta arriba y abajo mientras L., la prisionera del wc, me decía: "Que no, que estoy viendo desde aquí que no se mueve el pasador ni un poquito". Tardé un rato en rendirme a la evidencia, y entonces pedí la segunda arma letal:

-Necesitamos una pinza de depilar. ¿Quién tiene una?

Mientras, L. nos reclamaba su teléfono móvil, que se le pasó a través de las rejillas respiradero de la puerta, y hacía la llamada del reo. El comodín del público. A su marido, desde luego, que sin perder la calma le hizo dos preguntas muy propias de marido:

A- ¿Estás sola?
B-¿Han ido a buscar la palanqueta?

Sí, él sugería una palanqueta y yo una pinza de depilar. Todos los tópicos de género se condensaban en uno que podría dar título a un best seller costroso de amplia difusión en la Feria del Libro o en la Teletienda. "De palanquetas y pinzas de depilar. Por qué los hombres entran a saco y las mujeres pelo a pelo". Pero nosotras conseguimos algo mejor: localizar al de mantenimiento. Un señor menudo, encantador, canoso y grunge que respira zen por los cuatro costados, lleva coleta y tiene pinta de practicar sexo tántrico. El hombre daba instrucciones a L. despacio, como si se tratara de un ejercicio de relajación, y ella contestaba: que no, que no, que no...

-Venga, que lo estás haciendo muy bien.

L. declararía después que se hundió al escuchar esa frase porque encerraba los peores presagios. El zen bajó sin prisas a buscar "la herramienta" y la cla de cuatro mujeres que acompañábamos a la Rapunzel del inodoro nos reactivamos. Con la pinza de depilar V., una ratilla nerviosa y lista, consiguió sacar la tapa del picaporte, e instó a L. a hacer lo propio con la suya. Ya teníamos contacto visual cuando llegó el Mr. Zen cargado de destornilladores y palanquetas. Pero no había manera. L. sudaba pero se sentía poderosa con su móvil. Yo hacía fotos al operario y se las mandaba por wasap a L. y a su marido, que me contestó un"Tampoco hay tanta prisa, oye..", muy inquietante. Al final, Mr Zen dijo la frase: "Ha ocurrido lo peor. El pasador se ha roto".

-Pues pase al plan B. Sugerí. Método Rodríguez. O sea, patada en la puerta.

El hombre me miró con cierta prevención, se encogió de hombros, advirtió a L. de sus intenciones ("súbete al váter, majeta", le dijimos) y sólo después el zen se lanzó como un kamikaze contra la puerta, que se abrió al fin para alegría de la prisionera y todos celebramos el sucedido con euforia propia de un lunes de rentré bien animado.

Hoy, pasado el calor del momento, he extraído dos conclusiones de calado: Que en adelante pienso ir al baño con mi móvil y una palanqueta -sea lo que sea este instrumento- y que el tantrismo es absolutamente inútil para la vida práctica (y tengo mis reservas sobre el asunto sexual, pero a falta de experiencia daremos por bueno que el megaorgasmo sin roce existe, como las meigas).

P.d: Por su parte L., recuperada la libertad, sólo se lamentó de que no la hubiera rescatado un bombero macizo. 






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