lunes, 14 de abril de 2014

RETRATO DE MUJER SOLA CON PERRO

 
Hay una mujer que abandonó su condición de urbanita, se vino a vivir a la costa en un pareado con vistas a la pared de otro, se compró un chucho sin pedigrí y se echó un novio extranjero con el que visitar pueblos y alrededores en otro idioma. De su vida anterior le queda una melena que mantiene impecablemente tenida de rubio, el brushing inasequible a la brisa marina que ensortija y destroza cualquier empeño por conservar la ortodoxia del peinado, y una edad indeterminada entre los sesenta y la taxidermia. En su rostro, algún que otro retoque de jeringa o bisturí bien dosificado; su atuendo, esos blusones blancos que quieren ser ad-lib y se quedan en lib. Los pies con pedicura defectuosa y chanclas plateadas. Y una sonrisilla de satisfacción que pega la hebra con cualquier vecino o extraño que se cruza en su camino.

Conversaciones líquidas, que empiezan cogiendo carrerilla y terminan con un “ya nos veremos” inconsistente y nada prometedor.

Recuerdo a la mujer, 20 años atrás, en un crucero al que mi hermana y yo fuimos con mis padres. Ella andaba por los cuarenta y era la sexy de la oficina. El cañón del Colorado. “La divorciada”. De todo el grupo profesional de mi madre, era la única que nos parecía interesante. Por rubia, por sus atrevidos escotes y por esa actitud libérrima, posibilista y coquetona que parecí alterar por igual libidos, capitanes de barco y estabilidades matrimoniales. “¿Ya has quedado con A. en el crepúsculo?”, bromearían tiempo después mis hermanos a mi padre, que se tronchaba de risa con el personaje.

Cada noche, a la hora de la cena, mi hermana y yo observábamos su look renovado, el halo de su perfume y esa actitud de comehombres que era de insondable tristeza. A mí siempre me pareció una mujer muy sola, y me lo sigue pareciendo en su retiro de la playa, aunque los años le han quitado afán y le han dejado un poso de personaje irresistible y perdedor. Su casa, me cuenta mi madre, “es una bombonera”. La pared del salón la preside un retrato suyo de joven. “Yo llamaba la atención, no creas”, dice la interesada, y uno piensa que hay mujeres aferradas a la belleza que fue como un naúfrago a un tablón de madera. Mujeres que fueron por su melena, por el destello de sus ojos y por sus curvas endiabladas. Y que cuando pierden sus contornos se quedan en nada y flotan a la deriva y se compran un perro y cualgan su retrato en el salón. Y cuando lo miran sufren irremediablemente. Y se buscan un hombre, un amor extranjero que las ame por su presente, las distraiga y acepte que esas carnes olvidaran la firmeza.

Pero el pelo, la melena, impecable. El último bastión. Y una casita en la playa con vistas a un campo destartalado y a una pared, la del vecino, que no la mira con deseo, ya no. Y que la saluda por la mañana y le concede cinco minutos de charla ligera y cremosa, una charla vichyssoise, y la deja mirándose las uñas de los pies pensativa, y decidiendo que hoy toca ir al pueblo y darse una repasadita. Y comprarse un blusón muy blanco y muy lib. Por los viejos tiempos.




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