martes, 15 de abril de 2014

TERRORES DE INFANCIA

Salgo a correr cada día con el mismo miedo de siempre: encontrarme a un perro en el camino. Un perro suelto, sin amo a la redonda. Mi peor pesadilla es encararlo en una carretera angosta y sin salida. El perro es el temor que resume todos los temores de mi infancia y cuando voy acompañada me agarro al brazo ajeno y escondo mi cuerpo. Tengo otra vez no más de seis u ocho años. Estoy en el pueblo pirenaico de mi abuela y hay un pastor alemán que en cuanto me ve corre detrás de mí con las fauces abiertas. El corazón se me trepa hasta la boca y salgo pitando, despavorida. Mis padres ríen, les hace mucha gracia. Yo temo dos cosas: el mordisco que me contagiará la rabia y perderme por las calles de una aldea que para mí es el laberinto del minotauro. Sudo a mares, me deshago en líquido salado y me tiembla todo el cuerpo en estertores de muerte.

La venganza del adulto es reírse de los temores que sintieron de pequeños. Un mayor es un niño resentido que entrega el relevo podrido a otro niño para acallar sus terrores. Luego se sumerge en el olvido y se ríe de sus hijos aterrados por un tobogán o el rugido de la aspiradora.

También me dan pánico los gatos. Dos amigas del mismo nombre tenían sendas felinas que me odiaban. Según entraba en sus casas arqueaban el lomo como si yo fuera un vampiro. Sus dueñas sonreían con cierta condescendencia y ante mi pavor terminaban metiendo a las fieras en una habitación. Pero yo no me quedaba tranquila y el café se me atragantaba.

Me da miedo el mar de noche, el andén del Metro por si un loco me empuja a las vías. La goma quemada, las turbulencias durante el vuelo, tropezar con unos tacones de mamarracha, hablar en inglés en público, coger frío en la tripa, el olor a cloro de una piscina olímpica, columpiarme sin control, salir de la ducha y que no haya toalla, las cucarachas, las multitudes, descorchar una botella de champán, ir al médico, las inyecciones o cualquier aguja por extensión, menos las de coser. Las películas de niños endemoniados...

Ayer, mientras me entrenaba, salió un perro negro en una calle solitaria. Era una cuesta larga como la noche de un insomne. Yo tenía los gemelos ardiendo del esfuerzo y una certeza: no podría acelerar si el chucho me atacaba. Decidí parar. Cogí un palo al borde de la cancela de una casa deshabitada. Recordé que a los perros y a los macarras no hay que mirarlos a los ojos. Miré las puntas de mis zapatillas, respiré despacio. El perro siguió su camino, sin dedicarme un segundo de su tiempo. Tuve ocho años otra vez. Volví a casa con mi madre. Pero no se lo conté a nadie.


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