domingo, 13 de abril de 2014

VOS HACÉS EL AMOR CON CARA DE EMPLEADO

 Vos hacés el amor con cara de empleado” (La Tregua, Mario Benedetti)


Conocí a Mario Benedetti hace mucho años, en 1992, cuando fui a entrevistarlo a su casa del barrio de Prosperidad. Me abrió la puerta su mujer, y enseguida llegó él. Un hombre gris marengo con su eterno bigote, que siempre pensé que no se afeitaba por miedo a desaparecerse, a que nadie lo reconociera y a tener que vociferar “soy soy, soy yo”, por los pasillos de un congreso de autores latinoamericanos.

Yo era una pipiola enferma de curiosidad e inexperta. Él un escritor cuajado de aspecto tan humilde y anodino como un cobrador de autobús. Desapasionado en las formas, taciturno. De hablar pausado y leve sonrisa vencida e irónica que desmentían sus ojos atentos, brillantes como el carbón al sol. La casa olía a puchero rancio. Me atrevería a decir que era casi pulcra, pero no ordenada. El motivo de nuestro encuentro se llamaba “La borra del café”, y era su último libro. Yo nunca había utilizado la palabra “borra” y me sentí afortunada del hallazgo.

Me ofreció un mate. Acepté.

Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso. (…) A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo. Quién sabe, a lo mejor me acostumbro a despertarme a las diez”.

La Tregua” es el diario de un hombre a punto de cumplir cincuenta años que sólo tiene un afán en su vida: jubilarse. Viudo desde hace más de veinte años, tiene tres hijos que le quieren regular, un trabajo mediocre y meticuloso y una meritoria feúna de la que se enamorisca para entretener el tedio y las horas. Eso al menos hasta la página 84, a la que llegué ansiosamente mientras tomaba el primer sol de la temporada. Ese shock que experimenta el cuerpo cuando vuelves a someterlo a un bikini (con "k", siempre con "k")y un sombrero de ala ancha. Vuelta y vuelta. El silbido de la brisa en las palmeras. El olor a bronceador de coco inexistente. La borra gloriosa del estío.

Recordé a Benedetti. Ese pedir perdón por existir de sus pasos en pantuflas de andar por casa, esos poemas que leía apasionada. Una mujer desnuda y en lo oscuro, Vas a parir felicidad, Arena entre mis dedos, Defender la alegría como una trinchera... Lo tenía delante, como si tal cosa... Me miraba con la complacencia del sabio y la delicada condescendencia de quien está ante un novato y no quiere humillarlo. Su mujer trajinaba por la casa y las estanterías reventaban de libros y de polvo. (O puede que no hubiera polvo y sólo exista en mi recuerdo, como el olor a col o la luz mortecina que entraba por los visillos esa tarde).

Vos hacés el amor con cara de empleado”. Subrayé la frase de inmediato. Me pareció elocuente, inspirada, divertida y elegantemente procaz. Imagino perfectamente esa cara en plena convulsión orgásmica, y a ese hombre muerto en vida que aspira a jubilarse para un suicidio en domingo, a partir de las diez de la mañana, después de haber apurado su mate amargo y despedido a esos tres desalmados con nombre de hijos. La vida como un pliego de descargas. El olor a rancio de la tarde de un barrio popular. Un organillo, tal vez. Una mujer con un vestido ceñido al talle. Fea, pero inspiradora. "Hueles a bosque", le dice él. Y se arranca el bigote, y se desaparece.

CURRÍCULUM

El cuento es muy sencillo
usted nace
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
el torpe escarabajo
que su zapato aplastará
valiente

usted sufre
reclama por comida
y por costumbre
por obligación
llora limpio de culpas
extenuado
hasta que el sueño lo descalifica

usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo se le vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros

usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío

entonces
usted muere.




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