domingo, 18 de mayo de 2014

ARTISTAS SIN OBRA (I would prefer not to)


“En mi vida han chocado al menos dos tensiones siempre: afán de protagonismo conviviendo con una contradictoria pulsión radical hacia la discreción; la necesidad de estar y la de no estar al mismo tiempo, y también la necesidad de escribir y a la vez la de dejar de hacerlo, y hasta de olvidarme de mi obra”.

Pocas veces un prólogo es tan brillante como la obra que prologa. Quien habla de otro a menudo se ve en la obligación de trazar un meticuloso panegírico, no exento en ocasiones de exhibicionista erudición. Pero juro que el texto de Enrique Vila-Matas que precede a “Artistas sin obra. I would prefer not to”, de Jean-Yves Jouannais (Acantilado) es en sí mismo una pequeña obra de arte. Una disgresión agudísima sobre la acción creativa y sus desvelos. Sobre las zancadillas que el artista se pone a sí mismo, sobre el pulso a veces agónico de la creación. Las dudas, la pereza, la sensación de que puede haber obra sin obra, en la certeza más íntima de uno con su yo. Íntima intimidad. Y que eso que uno piensa que le pasa solo a él es la desazón de una retahíla de artistas que protagonizan este ensayo deslumbrante que no he parado de subrayar desde que cayó en mis manos.
Enrique Vila-Matas


Cuenta Vila-Matas que Pepín Bello, inspirador de la Generación del 27 y amigo de Dalí, Buñuel o García Lorca, uno de esos artistas sin obra, “tenía de la literatura una concepción tan ideal que nunca pudo concebir que un hombre, fuera el que fuera, pudiera un día tener el genio de darle forma”. A menudo el respeto se confunde con pavor, con cobardía. Y puede que lo sea. Pero más a menudo aún se dan esos otros casos de incontinencia literaria, de contar algo porque se nos ocurre (y entonaré de antemano un mea culpa) y no porque ese algo merezca ser contado. La verborrea es un estilo de diarrea más limpio pero igualmente pestilente, me parece.

Vuelvo al libro, contagiada del pudor de su prologuista. Descubro alborozada a la comunidad “shandy”, de la que no había oído hablar. “Una improbable sociedad secreta, que de hecho es una comunidad espiritual y reúne a artistas como Marcel Duchamp, Walter Benjamin, Picabia, Max Ernst...entre otros. ¿El nexo común? Aparte de cierto grado de locura, se fijan dos requisitos indispensables: que la obra cupiera fácilmente en una maleta y que funcionaran como una máquina soltera. “Espíritu innovador, sexualidad extrema, ausencia de grandes propósitos (…) cultivar el arte de la insolencia”. Me enamoro de todos ellos de inmediato.

Rigaut, uno de esos autores sin obra, lo resume en una frase tan certera como el tiro en el corazón con el que se quitó la vida:”Sólo una cosa nos pertenece: nuestro deseo”.

Tengo amigos que hace tiempo que sólo leen ensayo y empiezo a entender el porqué. Esa excitación intelectual de reconocer en un pensamiento ajeno una intuición sin palabras que es un faro luminoso hacia otros mapas. El genio de otros, el reconocimiento jubiloso de la capacidad del ser humano excepcional para tender puentes. El fin de la arrogancia. Y aquí el autor parafrasea a Pessoa:

“Cada uno de nosotros tiene quizá mucho que decir, pero hay muy poco que decir sobre ese mucho. La posteridad quiere que seamos breves y precisos. Faguet dice excelentemente que a la posteridad sólo le gustan los escritores breves (…) Ningún hombre debería dejar veinte libros distintos a no ser que pueda escribir como veinte hombres diferentes”.

Pido disculpas por esta profusión de robos parafraseados a mano armada, pero el librito, que apenas supera las 150 páginas, está lleno de profundas reflexiones y de menciones a autores que ya necesito investigar. De esos que te hacen preguntarte cómo has podido vivir sin saber de su existencia o sin haberte mecido entre sus brazos. Y sobre todo pido perdón a Vila-Matas, escritor al que me ha costado digerir como novelista pero no como pensador y agudo expositor de ideas luminosas. Creo que si hay en este libro una clave para explicar el impulso íntimo y salvaje hacia la creación, y cuándo sucumbir a ella habiendo amordazado previamente a la vanidad, la pobreza intelectual, la explosión futil de palabras, es ésta y es suya:

“Hasta que un día comencé a tener nostalgia de la obra no realizada”.

Es posible que uno deba escribir sólo cuando empiece a sentir nostalgia de la obra no realizada. Nunca antes. A lo mejor se trata de eso.



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