martes, 10 de junio de 2014

CIRCUNCISIÓN SÍ, CIRCUNCISIÓN NO

El otro  día me vi involuntariamente en medio de una charla social sobre circuncisión sí, circuncisión, no.  El grupo, compuesto por tardocuarentones de ambos sexos con sombrero de paja y ese aire de diletancia dominguera pasada por sol y sangría, parecía ignorar mi presencia, sepultada en mi propio sombrero y con la vista clavada en el periódico. Entendí que era transparente para aquellos desconocidos, y que si me descuidaba podía ser testigo de una propuesta de swinging, un tuppersex improvisado o incluso de la planificación de una OPA  hostil. Tal era la descarada indolencia con que se hablaba de prepucios ("colas", decían, en un ejercicio de sinécdoque pueril) y de quién andaba en pelotas por casa y quién no.

Nadie se molestó en incorporarme a la conversación, ni tampoco en hacerme ver que mi presencia era indiscreta. Había un hombre que me miraba mucho, y luego me rellenaba el vaso de sangría. Yo agradecía el gesto con una media sonrisa y me preguntada si estaría circuncidado, dada la soltura con la que se desenvolvía.  La primera vez que lo hizo esperó a que yo le indicara cuándo debía parar, pero yo no le entendí porque me cuesta confraternizar con los circuncidados, así que me lo llenó a tope, y puso un gesto de "cómo le da a la frasca la rubia" no demasiado obvio, pero que capté al vuelo porque las mironas otra cosa no, pero susceptibles somos un rato.

Cuando el asunto de las colas languideció, pasaron a otro tema menos comprometido: las au pairs. "Hay que marcarles los límites desde el principio, como a los niños", decía un hombre. "No dejan de ser chicas de veinte años con ganas de juerga". Me pareció un comentario muy oportuno, y a punto estaba de abandonar mi espionaje y empezar a leer de verdad el periódico cuando una frase captó mi atención:

-Cualquier au pair, pero jamás irlandesa.
-¿Por? (preguntó otra como si me leyera el pensamiento)
-Son todas alcohólicas, ni te imaginas lo que les gusta la priva.

Sin duda tenía razón. Todas las irlandesas beben y todas las rusas comen niños crudos y asaltan palacios de invierno. Hay que ponerles límite, desde luego, y se me ocurrió, pero no me atreví a expresarlo en voz alta,  que no hay nada más disuasorio para educar a una au pair que pasearse en pelotas convenientemente circuncidado por el pasillo. Cualquier cuidaniños viciosa o juerguista enmudecería y sabría a qué atenerse si violaba las normas del recato etílico y de la ingesta de menores.

Frank Stapleton
En ese punto pegué un buen trago a mi sangría, y comprobé cómo el hombre me miraba presto a rellenarme el vaso. Así que lo quité de su punto de mira para evitar el desastre.  Al fin y al cabo mi apellido es de origen irlandés, y un verano fui au pair en Manchester, en casa de una estrella de fútbol irlandesa -Frank Stapleton- que estaba muy bueno y a quien jamás vi en pelotas (una lástima). Sí a su mujer, involuntariamente, y me dio tanto corte que fingí que no era yo la que caminaba por el pasillo, sino un ente con somprero de paja, una doncella nívea que no había visto a la sazón ningún pene circundidado, ni ningún pene en general, que no fuera menor de diez años.

Después una de las mujeres del grupo se animó a dar clase de yoga y malabares a los más pequeños, y yo enganché a Minichuki, a quien mi soledad insondable le importaba tres pitos, y comenté en voz alta: "Comprobarás que hay madres mucho más talentosas que la tuya". A lo que el señor a mi derecha, por primera vez en una hora, apostilló: "Esa sabe hacer de todo...". Me pareció un comentario malicioso, pero no me atreví a pedir una aclaración. Luego el tipo enmudeció y ya no volvimos a cruzar más palabras. Doy por hecho que tenía la cola intacta y eso le producía atascos verbales.

Deseé ardientemente que la próxima vez que me inviten a una party con desconocidos me hagan partícipe del dress-code conversacional para prepararme una serie de frases oportunas. Deseé desesperadamente ser judía en vez de irlandesa con genes alcohólicos. Y deseé, por último, tener un novio -con la cola intacta o rebanada, tanto da-  que se fugue con el coche al caer el sol y me abandone a merced de mi ingenio para regresar como pueda, borracha cual irlandesa errante, al país de las aupairs desatadas a las que hay que poner límites. Como a los niños.







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