domingo, 22 de junio de 2014

MATERIA ORGÁNICA

 “Uno es solo, completamente solo y es azul”. El jardinero llega hasta ahí en sus pensamientos más abstractos y se detiene sin resuello. Ahora contempla una salamandra manca en la pared encalada y se pregunta qué podría hacer por ella. Matarla, quizás, y liberarla de sí misma, de arrastrarse como una tonta penitente en busca de insectos, aturdida por la luz. O lanzarla al cristal, a ver si de verdad esas patas son ventosas. Tal vez con un poco de saliva. O meterla delicadamente en una caja de cerillas, llevarla a casa y darle de comer, velar su sueño herido.

El hombre duda como duda de que el fin del mundo no sea el fin del mar o el recodo que emparenta el bosque con la falda de la montaña. Y ahora se plantea de qué color será la sangre de una salamandra. Su temperatura, densidad y volumen una vez extraída. ¿Toda la sangre de un reptil pequeño cabe en una probeta, en un dedal o un portaminas?

Su sabor. ¿Metálico, salado? Mejor que chupar cal. Eso seguro. Peor que el recoveco íntimo y húmedo de una mujer. De cualquier mujer menos la suya.

Al jardinero le pasa lo que le pasa a los hombres sin fe y sin grandes pensamientos. Debe actuar. Sacar la azada y el rastrillo. Liberar a una planta de sus ramas secas. Cortar la rosa marchita, echar un escupitajo en la pradera y descansar del plomo de ese sol. Un largo trago. Y se plantea que el seto se ha escapado por sus fueros y que esa magnolia es droga dura, el perfume mareante de un puticlub local después del sexo. Y entonces, puede que por asociación de ideas, siente ganas de orinar. Y lanza un chorro poderoso contra el tronco del árbol, y lo orienta después contra la pared, y sube hasta alcanzar a la salamandra. El pobre bicho ni se mueve, deja que lo inunde la miseria líquida, el orín caliente y la materia orgánica que es el ser humano desnudo y sin discurso.

Y a ella le falta una pata. Quién se la cortaría. Y él se guarda el sexo, lo protege. No sea que le muerda. El animal empapado y vengativo. Y cae la tarde y el jardín huele fuerte a todo junto. A jazmines y a dama de noche debutando, al sudor rancio del cuerpo del jardinero diez horas de trasiego incesante. La siesta, lo mejor, bajo un magnolio. Y solo, tan solo y tan azul. Y no le da para más disgresión pero lo siente. Siente que alguien lo mea sin permiso. Que el destino es infame con los simples. Que olvidó afilar esa tijera. Que mañana es fiesta y que esa puta lo espera pegajosa de tedio y de perfume. Que podría llevarle de regalo una pata de salamandra. Un broche en el sostén, qué divertido. Que después será lunes, otro lunes. Azul, caliente, desmemoriado y seco. 

Y entonces con su bota derecha, pesada y con remaches y restos de hierbajos en la punta aplasta al bicho y lo restriega despacio y a conciencia contra el blanco impoluto y lo deja perdido.

Y es parda. La sangre es oscura, espesa como el alquitrán. Y él sonríe, satisfecho. Y recoge sus aperos, arracna una flor casi seca y vuelve a casa.


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