viernes, 18 de julio de 2014

UN MARIDO HINCHABLE

Me pasa A. un link muerto de risa: "Esto para tu blog": Una mujer soltera convive 14 años con una familia de maniquíes, harta de que le pregunten por qué no tiene pareja ni se ha casado.

La noticia se acompaña de una completísima selección de fotos de la protagonista con su familia de plástico: un marido comme il fault -ese que lo mismo arregla un grifo que se ducha mientras tú te arreglas para salir del trabajo- y una hija preadolescente que se parece mucho a Kate Moss.

Lo más interesante del asunto, desde luego, es la ironía que destilan las representaciones del matrimonio y la vida familiar que esta mujer airada, de la que sólo sabemos que es directora de arte y que recorrió 10.000 millas con su prole haciéndose fotos a lo largo del mundo para su experimento.

No hace falta ser muy lince para deducir que lo que cuenta la performántica autora es que uno puede sentirse brutalmente solo aunque esté acompañado. Y aún más: que la pareja es un suicidio a dos, un guión muy de cine francés que enfrenta soledades que se aferran como koalas para darse sentido de cara a la galería. Una farsa, un despropósito. La inexpresiva mirada de los maniquís contrasta con la sobreactuación de la mujer, en todos los registros. Imagino una película, a Roman Polanski detrás de su cámara en París, y a Enmanuele Seigner haciendo de muñeca con esa turbadora presencia que no te permite apartar la vista de su cuello y de su pelo, mientras a sus espaldas se yergue la Torre Eiffel, el símbolo totémico/geográfico del amor. Pienso en Berlanga y en "Tamaño natural". Y en esa extraño filme japonés que vi hace unos años y que narraba la relación entre un hombre y una muñeca hinchable que cobraba vida. La versión porno del cuento de Pinocho. Inquietante.

Las fotos, producidas con mimo y sin concesiones a la manufactura casera, nos muestran a los Deville, pongamos, en la nieve (ella tira del trineo), en una pradera estilo Edelweiss Edelweiss, en la lavandería (la madre y la hija, desde luego. La colada suele ser cosa de mujeres, denuncia la autora) . O en estremecedoras escenas domésticas. Ella en bata rosa, él en pijama y batín, sentados frente al televisor. Las miradas perdidas. El dulce tedio de no tener que compartir más que el sofá justo antes de entregarse a las brasas de Morfeo. La luz incandescente de la pantalla. Silencio. Pensamientos herméticamente contenidos.

El humor y la tragedia de la mano. La visión mordaz y despiadada: "¿Esto es lo que queréis para mí?", parece preguntar al mundo. Y solo hay una respuesta. Y no hay salida.

Espero que algún guionista avispado recoja esta historia y le dé forma, breves diálogos. Será una perfecta creación de arte y ensayo, versión original sin doblajes. Casi muda, pero elocuente. La banda sonora resultará crucial. Falsamente ligera. El vestuario y las localizaciones deben servir para crear atmósferas herméticas incluso al aire libre. Saldremos ahogados de la sala. Deseando que alguien de piel caliente nos abrace. Sin ganas de cuestionar la soledad de nadie que vive solo. Sin poder evitar sufrir por la soledad en compañía, aturdida por los pagos, la lista de la compra y ese rato fugaz donde uno se ducha y otra se lava los dientes.  Y desear desesperadamente la felicidad,  a uno o a dos. Y poco más.



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