domingo, 10 de agosto de 2014

CÓMO TENER DISCURSO PROPIO E HINCHARTE DE CABRALES

 "Soy un lector impaciente y temperamental. En una novela, una biografía o un debate intelectual me irrita lo prolijo, lo ampuloso y todo lo vago y exaltado, poco claro o indefinido, todo lo que es superficial y retarda la lectura (...) Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro llenos de descripciones superfluas, de diálogos plagados de cháchara y de personajes secundarios innecesarios".

He vuelto a hacerlo. Y sí, soy una pesada irritante cuando se trata de Stefan Zweig. Pero pocos gestos hay tan placenteros como coger su biografía a la remanguillé, abrir por una página cualquiera y encontrar algo que me deslumbre mientras Tortu, que ha duplicado su tamaño respecto al verano anterior, agita sus patas desesperada para que la saque de su jaula como si fuera un perro (que es lo que sin duda cree ella).

En la literatura, como en la vida, soy extraordinariamente impaciente con el singermornismo. Y aún más diría que implacable, lo que me granjeará no pocas enemistades el día que los afectados se den cuenta de por qué no les sigo el rollo ni leo los libros que leen. Me viene a la cabeza una de esas conversaciones de amigos que nos regala esta tierra fértil en la que salió a colación el nombre de cierto director de cine español. Yo aporté a la charla un dato que me parecía relevante: "Cada vez que se habla de él en una mesa -y llevo muchas- hay alguien que apostilla: "Menudo gilipollas". Inmediatamente M. salió en su defensa, lo que agradecí porque la unanimidad debe ponerse siempre bajo sospecha: "Es seguramente la persona que más sabe de cine y, esto es lo importante, que posee un discurso sólido y propio. No es lo mismo saber que tener un discurso".
¡¡¡Esto no es digno de Zweig, editorial Acantilado!!!

Estuve de acuerdo, naturalmente. Pero al talento indudable de poseer un discurso habría que añadir la oportunidad de soltarlo cuando procede -tertulia, debate, cinefórum, el Ateneo, un ataúd- y no torturar al respetable con un chorreo sin duda sesudo de conceptos, teorías y relaciones con tufillo pedante, salvo que te lo hayan pedido. La afectación es lo que convierte a un erudito en un "menudogilipollas". Pero esto no lo dije porque M. me cae fenomenal y era de noche y nos estábamos ventilando un chuletón de levitar y éramos felices de estar juntos. Eso tan simple que no hará novela pero sí un relato de vacaciones de montaña llenas de verdad y sencillez. Sin lugar para la vaguedad ni para otra  exaltación que no sea la de las olas o la de ese rato solitario a la carrera donde me cruzo con perfectos desconocidos a los que saludo, sonrío y me sonríen justo antes del bautismo de Cantábrico y de ese premio de desayunar un pincho de tortilla recién hecho con un zumo y el periódico entre las manos.

Pero esa noche mi amigo sembró la desazón en mí. ¿Tendría yo un discurso? ¿Un compendio de conocimiento y punto de vista unido a la capacidad de defenderlo ante una audiencia puesta hasta las trancas de patatas con cabrales? Sobrecogida, deduje que no, y me abalancé sobre mi libro en la convicción de que debo condensar mi sabiduría popular, pret a porter, en un manual del que mis hijas estén orgullosas algún día. Podría titularse "La mujer que no sabía ni mucho ni poco de casi todo" y debería autoeditármelo porque las que adolecemos de discurso tendemos a adolecer también de estrategia comercial y de marketing.
La Inhumanidad

Termino con Zweig, naturalmente, abriendo una página al azar. "Resulta difícil desprenderse en pocas semanas de treinta o cuarenta años de fe profunda en el mundo. Anclados en nuestras ideas del derecho, creíamos en la existencia de una conciencia alemana, europea, mundial, y estábamos convencidos de que la inhumanidad tenía una medida que acabaría de una vez para siempre ante la presencia de la humanidad(...) Tengo que confesar que en 1933 y todavía en 1934 nadie creía que fuera posible una centésima, ni una milésima parte de lo que sobrevendría al cabo de unas
 pocas semanas". (La guerra Israel, Hamás. La de Irak. Sólo dos de este verano. Leed a Zweig. No hay nada más lúcido y contemporáneo)

2 comentarios:

  1. Pues has tardado en darte cuenta, chata.

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  2. La criatura humana, desde que se reconoció como tal, nunca pudo descifrar lo imprevisible del azar. Buena la inquietud profundamente transmitida porque alienta a la reflexión. ¡Gracias! (Martín Alvarenga)

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