martes, 9 de septiembre de 2014

PRIMER DÍA DE GIMNASIO

-La sentadilla es un arte milenario. Agarras la mancuerna de 12 kilos y la dejas caer como el badajo de una campana. Hombros atrás, trasero afuera. Y que se desplome por su peso y tú detrás.
-Odio la sentadilla como odio los abdominales cruzados y el vermut con aceituna.
-Pues venga, una de abductores y no se hable más.

Para no pensar lo más conveniente es ponerse en manos de Mr.Proper. Una verbena de músculos en acción, con acento latinoamericano y mirada de "estoy bueno y tú lo sabes".

Claro que para mí no está bueno. El hiperdesarrollismo no me va. Ni siquiera me iba a los 15 años. Y obedecer, tampoco demasiado, aunque sea bajo la promesa de que dejaré de pensar de manera obsesiva mientras bajo el trasero en plan milenario y saco hombros (dos acciones que me cuesta coordinar, porque el badajo pesa de 12 kilos invita a mi cuerpo justo a lo contrario).

Las musculocas son bastante felices. O al menos fingen bien, a tenor de esas miradas complacientes al bies que se lanzan al espejo cuando creen que tú no los ves. Concentrarse en una orden dada a un miembro del cuerpo y que obedezca es una satisfacción básica e innegable, como ir al baño o beber una Mahou cinco estrellas después de una caminata. Yo de mayor querría ser carne de gimnasio de barrio. Coquetear con el encargado y pesarme a la salida. Pero me temo que nunca lo conseguiré, porque ni me gusta exhibirme en pelotas a la salida de la ducha fingiendo que se me ha caído la toalla - "estoy buena y tú lo sabes"- ni me miro al espejo con naturalidad debido a que en mi casa estaba prohibidísima esa concesión a la coquetería (lo mismo tengo antecedentes de los Cárpatos).

Así que soy una farsante en un gimnasio, y debo parecer una más. Dejarme de distracciones vanas a mediodía -como visitar la Mapfre o la Maje- y dedicarme al culto a la carne turgente rodeada de sacerdotisas de la curva tersa. Pero consciente de que va contra mi naturaleza, más proclive al trote errático en un parque y a terminar en una terracita con amigas urdiendo un viaje.

-¡Chicas, nos vamos a Bolonia! (y creo un grupo wasapero con birrete y todo, que las sentadillas no, pero los grupos temáticos no se me resisten)

Mis amigas ya hermanas de la Universidad y yo tenemos un plan también universitario. Y esa coartada nos hará soñar durante un mes. Bolonia no tendrá demasiados gimnasios, pero sí una arquitectura entregada a los arcos perfectos y a los colores siena. Y la humildad de no formar parte de las misses made in Italy (Oh, Roma, Venecia y Florencia, que os creíais las más bellas. Sin duda os pasasteis de gimasio in ille tempore).

Y así, entre sentadilla y sentadilla, sueño con una escapada que es una forma de espantar deseos frustrados, y Mr. Proper me mira con aprobación, al fin, convencido de que ha hecho entrar en vereda a la rubia descordinada. A tres minutos de darme una de esas revistas hierbas dedicadas a explicar cómo alimentarse con tofu y ser feliz. Esa misión imposible.


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