domingo, 12 de abril de 2015

PEDAGOGÍA PARA INFELICES Y FERLOSIANOS

Pecio es una palabra destrozada, contrahecha

Leyendo ayer la entrevista de Babelia a Rafael Sánchez Ferlosio pensé que es una pena que la muerte les ronde a algunos con tanta lucidez sobre la vida. Hay quien muere sin llegar a apenas dos o tres certezas, y hay quien completa el puzzle y lo explica con palabras que no se lleva el viento. Y, repito, es una pena.

No es que quiera matar a Ferlosio, desparramado de barba de dos días, y lúcido a sus 87 años, es que me impresiona que un autor que estudié en el colegio y en la universidad siga hablando de literatura y diga cosas como “Yo no retoco nada. Que vayan con Dios los libros”. Si a los 15 años me hubieran dicho que el autor de El Jarama o Alfanhuí alumbraría sentencias como las que leí ayer, hubiera devorado ambos libros en lugar de considerarlos una carga necesaria para aprobar. O no, porque hasta para apreciar unas palabras hay que haber hecho algo con tu vida y eso son años. Algunos, nunca.

De manera que uno se puede despedir del mundo sin haber entendido nada. Sobrevolando apenas la superficie de los días y escuchando a bobos con suerte vomitar proclamas políticas que soplas y se dispersan como pavesas de un libro ardiendo. Y está bien que sea así porque si no la humanidad sería un ejército de intensos difíciles de digerir. Y eso me lleva al titular de Ferlosio: “La profundidad es un invento”.

Pero él se ha decantado por los pecios, por los restos del naufragio. Por lo que queda cuando el tiempo hace de las suyas con el hundimiento. Las conchas enredadas, las algas devorando el óxido del casco. Las promesas de amor mal entendidas. Y lo digo mientras la vista se me pierde en el mar y en algunas plataformas petrolíferas que convierten el horizonte en una película en blanco y negro a punto de arder como esa plata que el sol convierte en llamas y es Nerón.
Rafael Sánchez Ferlosio

Me gustan las palabras destrozadas, contrahechas, reversibles, elocuentes, intercambiables, bifrontes, asimétricas. ¿Profanas?

“Las palabras sagradas no están ahí para ser comprendidas, sino obedecidas. Las palabras tienen que ser profanas. Deben tener un agujero”.

Me apunto, señor Ferlosio, a buscar términos con agujeros, barcos a punto de naufragio, diamantes en bruto o semibruto, estelas desmayadas de avión que surca el aire y hombres que han aprendido y no se conforman.

Entiendo, ya lo entendí, que el dogmatismo es una tapadera para inseguros. Que el retoque mató las carnes de las diosas y las hizo de plástico. Que asumir el cuerpo es una victoria sin paliativos. Y, ya de paso, me planteo pensar por qué los viejos de esta isla van en bragas a la playa. Aireando sus miserias con desparpajo rayano en desesperación. Sin atisbo de ideales estéticos. Desafiando las olas con sus pellejos caídos. Como pecios abatidos por una marea díscola. Entregados al yodo y a las algas. A un paso de morir y ser devorados por las medusas con cresta rosa llamadas aguavivas.

Y lamento no recordar las industrias y andanzas de Alfanhuí, pero este Ferlosio viejo, pero jamás vencido, me resulta coqueto y fascinante. Un agujero en un tornado de palabras, los pelos disparados, las manchas en la cara y unos ojos que interpelan a bobos y a pequeños. Si todo está en los libros ¿qué haceís con vuestras vidas?

“Un tópico verbal se refiere a una mentalidad. La alegría no puede ir sola y tiene que ser sana. Hay un sustrato moral. Esas tres están elaboradas para los pobres por la clase ociosa, como la llamaba Veblen. Son un programa pedagógico para los infelices”.

Benditos sean los infelices. Sólo si permanecen inconscientes. Así lo veo yo, admirado Rafael. Con insana alegría. Voraz. Envuelta en agua. Renacida.


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