domingo, 21 de junio de 2015

EL MATRIMONIO MODERNO

Me envía H. dos brillantes artículos suyos sobre el amor y el matrimonio para entienda su posición algo conservadora en un combate de esgrima verbal entre dos que no están muy de acuerdo y se divierten templando sus florines. Postergo su lectura hasta hoy, bien de mañana, convencida de que aportará algunos peldaños a la escalera que sube a mi andamio frágil de teorías sobre el asunto. H. siempre lo consigue, y de paso me regala un baño de párrafos tan luminosos que agradezco como el sueño de hoy en esa cama de mi abuela que aún huele a su sombra, tantos años después de que se fuera.

Enseguida, H. me recuerda los deliciosos espárragos rellenos de txangurro que compartimos la otra noche, concentrados ambos en extraer como vampiros su exquisito sabor sin pretensiones vanas de espectáculo, la pura nobleza gastronómica. Un suspiro de sabores equilibrados que en boca nos dejó patidifusos, sin adjetivos ni adverbios, como en trance. Sospecho que los dos nos hubiéramos arrodillado de no ser un señor y una señora en un restaurante sin concesiones al bobo cooldesing tan de moda.

(Afuera, mi hermano y mi sobrino disertan sobre por qué la piscina no se ha llenado esta noche, tal vez un duende ecologista estranguló la manguera, y la casa familiar que compartimos como un campamento indio nos recuerda que ya es oficialmente verano, y que sean bienvenidos la pereza y los paseos bajo la luna y unas estrellas tan descaradas que ayer parecían de atrezzo).

O puede que nos convenga estar solos, pero lo cierto es que muy pocos soportan la soledad. Por eso nos casamos y nos descasamos y nos volvemos a casar: por una lucha sin fin para evadir la soledad, a través de un matrimonio ideal (si se pudiera), pero si no, al menos a través de un matrimonio real”.

Entiendo de repente por qué la soledad no decepciona. Porque siempre es real. No admite fantasías una vez que estás en ella y te acoge con sus brazos de aire y sus labios tan huecos. El matrimonio, por el contrario, es una vocación de asentamiento de una pasión que fue y querríamos liofilizar, congelar para siempre. Y ese día pleno es el primero de un desgaste cierto, irremediable, que sólo resisten los valientes, tejiendo trabajosos ese tapiz de apego y compromiso, o los muy cobardes, sometidos, vencidos de antemano.

Tienes razón, querido H. Todos somos Ulises. Y muchos deciden, como él, volver a Penélope. Y es una rendición, ya tú lo sabes. También sabiduría, desde luego.

“Los matrimonios felices son tan comunes como los unicornios”. Sostienes. Yo quise un unicornio y salí a cazarlo un día. Con una red de seda, rota de poesía. Volví malherida por las zarzas. La red repleta de nombres de derrota. Y vuelta a mi Penélope resguardándome el cabecero, cantando una canción de cuna. Duérmete niña.

Me recuerdas en tu escrito, admirado H., el tratado de Karen Blixen del que me hablaste un día, hace muchos encuentros, y apunté con esa avidez de siempre: “El matrimonio moderno”. Mi heroína casada con África de corazón y con un hombre infiel por conveniencia, irremediablemente sabia: “Desde cuando el matrimonio se deshizo de su vieja armadura para vestirse con el magnífico traje del amor, se ha expuesto al riesgo de que esas mismas armas se empleen en su contra”.Y sin embargo atrapa, poderoso...

(¿Sabes que se tiene que quitar la sal de la piscina, tía, que si no no me puedo bañar porque me la trago y me pongo malo?, interrumpe mi niño D., los ojos dos metros por delante de su cara. La alegría tan domingo, después una paella).

¡Ay, H., tenías razón! No hay nadie tan romántico como un solo con fe. Leeré, ya me lo apunto, “La Sonata a Kreutzer” de Tolstoi de la que hablas. Volveré a creer en la pasión, abrazaré aún más fuerte esa soledad que nunca decepciona. Envaina tu florín, yo ya guardé el mío. Estamos tan de acuerdo que no nos dimos cuenta la otra noche. Hay una diferencia entre nosotros. Yo sigo estrangulando mis certezas por si ocurriera un día lo imposible. Cavafis rumbo a Ítaca. Tú ya no estás dispuesto, eres más sabio. Y ya no hay caso de que vuelvas herido y arañado por las zarzas, y luego se te olvide, como a mí.

PD. Me temo que no hay nada tan vigente como el impuesto del soltería del que hablas, ¿no crees, querido H.? Te regalo para Elisa, que es la eterna repetición. El triunfo de la esperanza sobre la experiencia.



2 comentarios:

  1. Me han encantado tus reflexiones cargadas de nubes, sensateces y soles. Me gusta tu blog. La música logra que esos libros, citas y autores que refieres vibren por si solos. Gracias Virginia!!

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