jueves, 30 de julio de 2015

LAS GUERRAS EMPIEZAN CON CALOR Y GENTE ESTREÑIDA

Sostiene M.J que “todas las guerras empiezan con calor y gente estreñida” y tras superar las carcajadas le doy toda la razón. En el Telediario desfilan sin descanso muertos por las altas temperaturas y las noticias son sucesos. Es el Apocalipsis.

Por mi parte, he sobrevivido al Sur y a los desmanes del mercurio con el delicioso salmorejo que prepara mi hermana, los cubos de botellines de Victoria con P. -”Si tú puedes con dos, yo puedo con tres”, es nuestro grito de guerra- y playa en soledad de 9 a 12 de la mañana. Justo después de correr y hacerme amiga de la limpiadora que recoge las miserias del bañista. “Mi trabajo es una mierda, pero como empiezo a las seis veo todos los días salir el sol y es un regalo, ¿lo entiendes?”. Lo entiendo, compartimos privilegio y ahora sé qué otro trabajo podría hacer si vinieran mal dadas. Ella sonríe y me tiende una raja de melón.

De noche, cita con TheGood Wife. Una serie de abogados que me gusta pero no me engancha, lo que me garantiza horas de sueño y ausencia de ansiedad. El marido es un capullo guapo, corrupto e infiel que hace tríos con otras mujeres, le pide a una de ellas que le chupe el dedo y está en la cárcel siempre repeinado y como oliendo a Brummell. La protagonista, una concentrada profesional de gesto intenso y lista como el hambre que soporta su escarnio televisado con gesto de “ya veremos quién gana esta guerra”. Y da un miedo que te mueres.


Al calor sofocante le conviene la ausencia de adicciones. Hacer cosas que te divierten pero no te arrebatan. Partidas al Scrabble en familia (antes al Roomey, juego de mesa diabólico del que salí trasquilada porque lo mío con los números es una quiebra griega y necesito un rescate y a la troika a mi vera antes de empezar a mover ficha). Del estreñimiento no hablemos, que es sórdido y engancha. Y, como plan extraordinario, cine con Minichuki, armadas con un cubo de palomitas donde hubiéramos cabido ambas cómodamente, con todas nuestras contradicciones.

-Mamá, espérate a que empiece la película.
-No puedo, comer a puñados palomitas me hace sentir pequeña y mola.
-Deja de decir tonterías y para de comer.
-¡No me da la gana!

La película, “Inside out” (o Del revés), la útima del tándem Disney/Pixar, habla del libre albedrío, y de cómo la alegría necesita de la tristeza para enterarse de que existe. También de que la ira, el miedo o el asco forman parte del ser humano y hay que darles salida, aunque hagan ruido y molesten. A mi hija noto que le gusta pero no le arrebata, ella hubiera preferido Antman pero me negué en redondo. Yo en cuestión de superhéroes soy más bien clásica: Batman y Spiderman son mis favoritos, y creo que es por su fragilidad. Ninguno tiene kriptonita a mano para desarrollar superpoderes, sino que se lo han tenido que currar (vale, sí, al segundo le picó una araña, pero eso nos pasa a todos y no nos lanzamos de un edificio a otro). A Superman, lo diré, siempre lo encontré muy icono gay. Y no por el asunto de las mallas repretonas, sino por esa onda del flequillo y por su ausencia de tensión sexual con Louise Lane. En mi imaginario los hombres más sexys no hacen grandes hazañas, sino que toman decisiones. El efectismo lo dejamos para los magos, personajes que me gustan tan poco como los payasos. Y ahora entiendo por qué.


Paro ya, que debo irme preparando para el Norte. Sueño con dormir con manta, llevar una sudadera de algodón a la playa y pasar las horas muertas calculando con mis amigos si mañana lloverá. Escuchar los badajos de las vacas, espantar a los perros del camino y visitar mi playa de Lord Byron, como siempre, para contarle el resumen de mi vida en un año que, como siempre, ha pasado demasiado deprisa.

Sin calor, no habrá guerras. Ni estreñidos. Y si hace falta apagar la tele para siempre, sea.


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