viernes, 1 de enero de 2016

UN PUEBLO ES, UN PUEBLO ES, UN PUEBLO ES...(RELATO COSTUMBRISTA)


 -Esos son buenos o malos?
-Malos, son de Darth Vader
-Pues en esta peli son todos malos...

Grandes conversaciones para un año que agoniza. La cama invadida de sobrinos dispuestos a ver en comunidad ”La Guerra de las Galaxias”. La auténtica. La de la princesa Leia antes de caer en las redes del alcohol y las drogas. Con ese look Dama de Elche que a la distancia de 40 años una se pregunta cómo pudo excitar a Luke y aún más a Han Solo. Evidentemente los golfos chatarreros estelares están dotados de una gran imaginación. Pero mis sobrinos no parecen alterarse por el aspecto vintage de esta entrega y mientras una me clava la cabecita en el hombro la otra tira de la manta comunitaria y repite (lo hará unas veinte veces) la pregunta: ¿Pero estos son buenos o malos?)

Dos dramas anoche: olvidé los tapones para los oídos y en este pueblo sacado de una estampa de Dubronik tras un bombardeo no hay tiendas (ni vecinos, ni más opción de vicio que un bar costroso). 2.Temí por nuestras vidas porque aunque mis hermanos me juraron por las suyas que estas chimeneas con puerta no permiten la fuga de gases malignos, me dolía tanto la cabeza que me he levantado tres veces a comprobar que las chukis respiraban. Este año tengo cama para mí sola, ¡y de matrimonio! (puntúa doble, los divorciados solíamos estar condenados al ostracismo que una camita plegable en el salón, en medio del paso de las tropas). De seguir así en dos entregas más de Nochevieja rural terminaré en una suite con vistas a la demolición y un solícito mayordomo en la puerta.

Cuaderno de bitácora: No sé cuántas despedidas de año nos contemplan en este páramo de la Sierra Pobre, pero reconozco que cada entrega me cae más simpático en su desnudez adusta. La familiaridad por repetición obra el milagro. Reconoces la viga con la que te has dado varios golpes en la cabeza, te estremeces al ducharte en el gélido cuarto de baño, acumulas mantas de esas de antes, que pesan pero no abrigan, y contemplas el paso del tiempo en tus sobrinos y en tus hijas, que es el tuyo pero acusando a otros.

Has llegado, como siempre, con el maletero cargado de viandas como chamarilelos que esperan una nevada que los aísle quince días del mundo. Se te ha olvidado una bolsa clave en casa -adiós a mis limones en ayunas- has salido con uno de tus hermanos a pasear para ir poniéndoos al día como si no os vierais durante el año y uno llegara de Michigan y el otro de Tesalónica. Habeís compartido el chocolate humeante con el roscón y abajo se escuchan las palas de la mesa de ping pong donde esta noche dispondremos una cena poco adecuada a los cánones del día que toca. Pero antes, a mediodía, cocinaremos las migas del pastor más deliciosas del mundo, en un enorme perol a pie de calle, con vino y bromas, y perros callejeros que se acercan al olor de la panceta, y un viejecillo pesado que cada año pega la hebra y nos vende huevos a granel.
Familia mirando burro

Conmovedora sencillez que nos embriaga con sus dones y nos hace familia. Algunas tratamos de leer en un cuarto refugio rezando por no ser descubiertas por las tropas: “Incluso he fingido fumar un cigarro, con un lápiz entre los dedos. Después me he dormido, con un sueño denso y pesado. Ahora son las tres de la mañana. El silencio me da miedo. Yo no quiero morir, No en pleno Fetspiele” (me susurra Ricardo Piglia, “Por un retrato futuro. Conversaciones con Juan José Saer). 
He apostado a un solo libro, a un solo recuerdo. A unas botas desgastadas de montaña. A un forro polar y a este teclado que se agota de tanto martillazo con mis dedos. Escribir en la cama es sólo vocación de Fin de Año. Con un punto de frío en las rodillas y la melancolía de repasar un tiempo que se fue, vertiginoso, desde la última vez que saludé desde el ventanuco de este cuarto a esa casa derruida y blanquecina de rocío.
No ha estado nada mal este 2015, desde luego. Pero ya eres pasado, mozalbete. En un rato trotaré con mis hermanos por los montes entreverados de encinas, un ritual funerario que nos causa esa euforia familiar de los esfuerzos antes de poner el contador a cero y llenar los pulmones de aire limpio y brindar por lo que venga, sea como sea. Sin temor y sin expectativas vanas. A lo grande.

Feliz 2016, troles del bosque. Los urbanitas que van a morir os salutant.

P.D. Lo vais a flipar con el video...

 

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