martes, 22 de marzo de 2016

LA JERARQUÍA DE LOS HUEVOS FRITOS

Tuitter agoniza por un problema de jerarquía, o eso leo esta mañana. No me sorprende, la jerarquía es la madre del cordero. Podemos anda despendolado por derivaciones indeseables del asunto jerárquico, ese que intentaron soslayar cuando el calor del 15-M alentó su brote y todos eran uno y el líder no era cuestionado sino convertido en un mito pop de camiseta al estilo del Ché. La otra noche, en la película Espartaco, los morituri insurrectos auparon al tracio al poder a mano alzada, y la jerarquía se impuso para sofocar el despelote desorganizativo de la igualdad. En casa, mis hijas tratan de borrar las barreras de la jerarquía conmigo y a ratos lo consiguen porque sostener el bastón de mando y decisión cansa lo suyo, y ellas no bajan la guardia de sus legiones ni un ratito. Saben que quien resiste/insiste, gana. Aunque sea por aburrimiento, lo que es la gota malaya.

No me haré la buenrrollista universal. En mi familia ostento el voto de calidad y lo aplico a granel, sin cortapisas. Pero aún no he desempolvado esa frase con la que crecimos los niños de los tardosesentas: "Cuando seas padre comerás dos huevos fritos", que entonces sonaba a derrape gastroexcéntrico de dictador sin méritos probados y ahora es pura chulería. (De hecho los dos huevos se los ha tomado mi adolescente de 13 años  hace un par de días para desayunar, preparados por su madre y adornados con su jamón y sus rebanadas de pan integral en una jerarquía grasoproteínica con hidratos a la que sólo faltó el zumo de fruta. A nivel esclava del hogar no doy la talla, pero me aplico con denuedo si es preciso. Nunca aprobé el master de organización de armarios, enseres, facturas, resguardos de la tintorería o archivos informáticos. Soy, podría decirse, una entrópica acelerada. De ahí mi rendida admiración hacia los seres ordenados que cuando buscan, hallan. Siempre contemplados con cierta prevención, desde luego. Alguna tara tendrán, me digo para aliviar mi desazón y revolcarme sin culpa en el caos cual cochino en alberca.


En la sobremesa de los huevos fritos el tema de conversación fue muy bien traído: Las tres somos mandonas. O sea, que nadie se achanta por edad, condición ni galones. Tres gallinas sin gallo que a ratos se alborotan y pactan por cansancio, mayormente. "Mamá, deberíamos hacernos un tatuaje familiar", expresó ex-Minichuki el otro día". Me pareció razonable, aunque sugerí rebajar el rango jerárquico de tinta a henna, por razones de jerarquía de huella. ¿Te gustaría nuestras iniciales, chitina?, le propuse. "No, eso es muy fñacil. Mejor letras que nadie pueda adivinar: ANENQ" (Aunque Nos Enfademos, Nos Queremos, ese mantra tan Mary Poppins de cuando eran pequeñas aún vigente que les dio tranquilidad y a mí barra libre para ejercer mi liderazgo de antipatía chunga cuando tocaba liarla parda con el asunto de la autoridad).

No soy bienmandada salvo que me manden bien. Entonces me convierto en un corderito trotón y diligente. Obedecí con rabia en mi tierna infancia, y eso es una bomba de relojería que no se ha desactivado con el paso de las décadas. Puestos a elegir estilo de liderazgo, prefiero el horizontal por niveles. Pero soy consciente de que me sale la raspa marimandona a poco que me frotan como el genio de la lámpara, y que la rebelde que no pudo eclosionar en su momento sigue viva y clama venganza como la loca Rochester del torreón de Jane Eyre (esa musa tan incomprendida. A ver quién soporta que una mindundi institutriz se lo monte con tu marido con traje de novia y votos mientras tú te arrancas mechones del cabello en una celda fría y húmedad de Thornfield Hall)

Lo que me recuerda que mi heroína Jane fue también víctima de la jerarquía. Esposa por encima de prometida. Torre frente a alfil.  Y tuvo que ocurrir un gran incendio, una catástrofe y muchas lágrimas al viento para que el sistema se ordenase y se impusiera el happy end de novela romántica del XIX.  Ese sueño global contemporáneo que apenas alcanzamos por instantes y que posee el encanto de lo que podría evaporarse en un segundo. De lo intatuable y lo perecedero, mande quien mandea.

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