lunes, 4 de abril de 2016

COSAS QUE HAY QUE HACER A LOS CUARENTA Y TODOS

"Queremos glorificar la guerra -única higiene del mundo- el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio a la feminidad".

Llevo días rumiendo el Manifiesto Futurista de Marinetti, a cuyas proclamas dedica la Fundación Mapfre un espacio de su exposición "Del Divisionismo al Futurismo". Cuando la provocación se convierte en el motum sin fuste -no digo que sea el caso- resulta pueril y tan insistente como un niño dando por saco en un vagón del AVE rumbo al Sur. A mí los niños porculeros me han caído siempre fatal, pero mi inquina es aún mayor contra sus padres. En momentos de arrebato marinettista he glosado terroríficas soflamas contra la paternidad del monstruo y he deseado ardientemente que les retiraran el carnet. Destrucción o nada. Fin de la raza, exterminio. Guerra a la Familia como estandarte del miedo a la identidad propia. Morfina o cicuta. Sangre derramada. Holocausto caníbal.

No digo yo que los futuristas de principios del siglo XX, que exaltaron "el insomnio febril, la carrera, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo" no me complazcan especialmente cuando no me he tomado la medicación. Su cubismo anfetamínico -asi lo llamaWill Gompertz- alumbró prodigios más allá de la simple reacción sobrecogida, y el otro día, en uno de mis mediodías a dieta de cuadros, disfruté de una muestra desigual en ese palacete de la Castellana donde suelo ser feliz a menos que haya un grupo de señoras (y algún señor, pocos) explicándome lo mismo que estoy viendo.  Boccioni, Carrà, Balla, Severini... se subieron a lomos del caballo y dieron consistencia artística al rapsoda arrebatado e incendiario que utilizó Mussolini para apuntalar el fascismo. E hicieron cosas chulas, vive dios. Incendios sin olor a chamusquina que aún hoy resultan modernos pero ya no provocan ni sacuden, como esa Vivianne Westwood prodigiosa tras aquel arrebato punk que vomitó a las damas y a sus buenos modales a la cara. Hedor a bilis.

Mi yo más intolerante se altera cuando huele la proclama. Sobre todo si esta es poco original y consonante. Más aún si está mal construida y burla las leyes de la sintaxis o la semántica. El arte con carga política trato de digerirlo sin texto ni contexto, y compruebo que a veces pierde brillo y consistencia, pero otras enseñorea vida propia, enarbola su sentido y mata al padre. Eso tan saludable, tan justo y necesario.

A los casi cincuenta uno debe pasarse a la rebeldía intrínseca, desmarinettizada, pensaba ayer. Al biopensamiento, a la rabiosa introspección. A destruir sin público, solo para crear algo que no se exhiba jamás en un museo, que no aplauda la cla. No haber quemado los pasquines, corrido delante de los grises ni ser de la generación de la Movida es un estigma que nos dejó a los casicincuentones en terreno de nadie. Tan desideologizados, tan sin protagonismo que hoy vamos dando tumbos y abrazamos el arte, las manzanas verdes, el estilo grotesco, el desenfado,  como prueba y error. Tan fuera del pesebre, de un pesebre cualquiera, que el santo escepticismo nos invade y confundimos vehemencia con violencia, amor con desacato. Y galgos con podencos.


 —¡Vamos!—dije a mis amigos—¡Partamos! Al fin la Mitología y el Ideal místico han sido sobrepujados. Vamos a asistir al nacimiento del Centauro y veremos volar los primeros Ángeles.
¡Es necesario abatir forzadamente las puertas de la vida para probar sus goznes y sus cerrojos! ¡Partamos! He aqui el primer sol elevándose sobre la tierra... Nada iguala el esplendor de su roja espada, esgrimida por primera vez en nuestras tinieblas milenarias. Nos acercamos a las tres máquinas jadeantes
para persuadir su corazón.
Yo me alargué sobre la mía como un cadáver en su ataúd, pero resucité en seguida bajo el volante—cuchilla de guillotina—que amenazaba mi estómago.
La gran escoba de la locura nos arrancó a nosotros mismos lanzándonos a través de las avenidas más escarpadas y profundas como torrentes deshechos. (El Futurismo)

A mis casi cincuenta encuentro y reconozco  la belleza en Marinetti, el ácido sulfúrico de esa noche que todo lo incendió...Y hoy aún resplandece si se mira despacio.





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