domingo, 24 de julio de 2016

EL SCRABBLE SACA A LA FIERA QUE ME HABITA

La partida final
Ustedes dicen que el hombre es incapaz de entender por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, que todo dependen del medio, que el medio lo pierde. Pero yo pienso que todo depende del azar. Les voy a hablar de mí”.

Arranco “Después del baile”, una selección de tres cuentos de Tolstói que publica Acantilado, y aparece la vieja disquisición sobre el ser humano. Todos somos buenos mientras no se nos toque el punto de perdición, sea este punto o no azaroso. Les voy a hablar de mí (en adelante, hacerse un Tolstói).

A mí, concretamente, me pierde el Scrabble.

Una pareja bien avenida se sienta en una mesa de hierro bajo un porche rotundo y generoso. El toldo mece el aire con su leve chirrido, detalle que ella nota al sacar el tablero de su juego de mesa preferido. Dentro, un saco de letras. Que en su caída caprichosa al ser volcadas determinan -oh, azar- millones de posibles combinaciones. Cada letra atesora una puntuación. La lengua pegada al paladar. Reloj de arena y concursantes concentrados. A sus marcas.

A mí el Scrabble me sube la tensión. Noto como, delante de mi alineación caprichosa de siete letras, pierdo el oremus fácilmente. Son ellas o yo, la sangre bombeando por mis sienes. Atenas, me sale Atenas, pero no sirven los nombres propios. Y con cuatro podría hacer una palabra tan anodina como “seno”, pero el orgullo me frena con sus bridas de acero. Me importa tanto conseguir una palabra larga y poco común que se me olvida si le pongo a huevo una triple a mi rival.

-Pero mujer, ¿no ves que ahora yo haré una y multiplicaré por tres?
-Una mierda de palabra, por cierto. Estarás orgulloso.

Tolstoi, Después del baile
Y parece que el orgullo es lo de menos para algunos cuando se trata del Scrabble. Cifras cuentan. Y si hay que poner “perro” en lugar de “acerico”, se pone. (La doble erre es un chollo, como la equis, que siempre te lleva al sexo). Avanza la partida, y él me indica, caballeroso, que si tengo una “v” podré petarlo a nivel galáctico.

-Oye, que no somos equipo, que somos rivales. ¡No me des pistas! (le hago saber). Y utilizaré su valiosa indicación más adelante, cuando no sea tan evidente, y apretando los dientes cual tiburón de película de sobremesa.

El Scrabble produce bruxismo. Debería ponerlo en la caja. Y ardor de estómago. Y explosiones de ira maldisimulada. Y taquicardia. “Eres un tiñoso, vas con el camión de la basura aprovechando mis detritus para componer palabras de mierda”, susurro. Y él encaja mi rabia sin perder la compostura.

“Voy a hablarles de mí. Si mi vida tomó el curso que tomó, y no otro, no fue por el medio, sino por algo totalmente distinto” (Ivan Vasilievich dixit)

A mí las palabras me vuelven medio loca. Cuando una se me resiste es como una de esas espinas del pescado que se enganchan en el esófago. Y el sinónimo, que busco en mi desesperación, no es consuelo sino rendición con bandera a media asta. El Scrabble es Mordor. Un territorio oscuro y lleno de niebla que sólo se ilumina cuando atino y escupo el término preciso. Y el margen es esa leve recompensa, el resuello mientras mi rival, que no mi compañero, rebusca entre sus letras y se toma su tiempo.

-Espero que seas consciente de que vas a ganar, pero con una estrategia chunga (le digo, acumulando resentimiento R-E-S-E-N-T-I-M-I-E-N-T-O (que no puntúa mal, bendita R)
-Cifras cantan, guapita.
-Tu escaso talento sólo es proporcional a tu gigantesco zorrerío.
-Jajajá

Y llega la hora de salir a cenar, y no hemos acabado la partida. Y el tablero ha dormido en esa mesa, a la espera de los últimos movimientos, la batalla sangrienta. Y quiero que despierte de una vez, y que sigamos la partida. Y querría ganar, ya puestos a elegir, con una sucesión de palabras bellas, rebuscadas, gentiles y precisas. Y mientras leo a Tolstoi, y hablo de mi peor yo. Y soy más rival que en toda mi existencia. Y aprieto la mandíbula.


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