domingo, 17 de julio de 2016

MAMÁ, NO QUIERO QUE SE ACABE NUNCA ESTE LIBRO

La artista antes llamada Minichuki
 Y entonces mi hija -la artista antes llamada Minichuki- se ha enganchado a un libro como podía haberse enganchado a un grupo pop o a un buda de provincias. Con desesperación, con hambre, con obcecada militancia. Y es en la estación de tren, y es en el AVE, y luego en la grisura ruidosa del andén del cercanías, y es en la terraza de su abuela, -que la alojará dos semanas, como cada verano- y en la pared irregular y tortuosa de nuestra primera playa del Sur. Y es en el chiringuito de estío donde mi hermana, mi cuñado y yo nos apretamos el primer cubo de botellines -gozoso, todos nuestros dientes al descubierto, como un bautismo iniciático de lo que vendrá. Y ella, que se ha pedido un Nestea, nos dice que allí “hace mucho ruido”, se coge una silla plegable y se aleja hasta la orilla, donde se clavará en la lectura hasta que nosotros apuremos la cerveza. Y seguirá después, avariciosa. Y no podría sentirme más feliz, y a hurtadillas le hago fotos de sus momentazos lectores.

Todo llega cuando toca, podría decirse. Y es inútil jalear las prisas, y pretender que las ciruelas caigan del árbol meneando violentamente las ramas. Yo misma he necesitado seis años para asesinar al doktor Menguele. Atrapada en sus manos, he dejado que el miedo domesticara mi carácter hasta convertirme en una abuelita dócil sin capacidad de plantar cara y exigir respuestas, eso tan fácil con lo que encima me gano la vida. Menguele y mis ojos agotados, invadidos de carcoma amenazante. Menguele y su cara de temor clavándose en la mía. Menguele y su silencio. Menguele y su láser del demonio. Los picotazos de gallina en mis córneas asustadas. El olor pestilente de su aliento, sus hombros encogidos ante mi interrogante. Su cobardía cerval, mi miedo con censura.
Reencuentro fugar con Lord Byron

Todo llega cuando llega, a veces a empellones, como los toros de esos San Fermines cuyos encierros seguí día a día, en un nuevo ritual electrizante de verano perezoso y cargado de certezas inesperadas. Se acabó el desasosiego. Tiempo de cosecha y genuflexiones al viento. Escapada terapéutica a mi Asturias, dormida enredadera bajo un edredón, como dios manda. Playas frías con misteriosos conciliábulos de gaviotas. Chiringuitos sin gente. Verdinas con marisco. Reencuentro con amigos. La tregua que te trae el oleaje de una playa, cualquier playa, que te limpia el óxido de todas tus arterias. Saberte acompañada, sostenida, en un vaivén que no es un equilibrio precario, no lo es. Porque todo llega cuando toca, en el preciso instante en que uno puede recibirlo y peinarle el pelo, acomodarse a su paso largo, elegante y flexible. Abrillantar las suelas, exterderle la crema por la espalda. Que no lo asfixie el Sol, que no se agriete. Sentirse tan Norte hasta en el Sur. Saturarse de luz para la vuelta al flexo y a la mesa, a la rutina y su arterosclerosis galopante.

En la mesa de mi madre ya encontré mi esquina, el lugar que me acoge. Lo que es la Vuelta. Sus rosquillas caseras en el armario, las reñidas partidas de Scrabble en la terraza. El paseo a la cala con mi hermana, poniéndonos al día. Y el libro de mi hija en el sofá, dormitando la tregua necesaria, en el mismo lugar donde anoche las tres generaciones nos tragamos una comedia muy boba y muy romántica. Y a la cama bien juntas, la Artista antes llamada Minichuki y yo.

-Mamá, no quiero que se acabe nunca este libro.
-¿Te imaginas que le fueran creciendo páginas según tu avanzaras?
-¡Sería genial!
-La historia interminable. Esa que se ha contado.
-Buenas noches, mamá. Vente más cerca.
-Hasta mañana, chitina. No me cogas el pie, que no me duermo.

(Hoy siguen los rituales. Escritura y carrera con baño por la playa. Paseo con hermana, lectura concentrada de mi libro, yo también enganchada...A su debido tiempo, como todo en verano y en invierno)



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