martes, 19 de julio de 2016

UN BEST SELLER PERFECTO PARA LA PLAYA

 

 En la playa, leo un libro del que no subrayo una sola frase, y sin embargo, lo leo. Esa es la definición de un best seller para mí desde ahora mismo. Se llama “En manos de las furias” (Lumen) y es de la exitosa Lauren Groff. Entre sus credenciales, haber enganchado a Obama (así reza en la faja azul turquesa que lo atraviesa -toma pareado). Si en lugar de a Obama hubiera enganchado a Donald Trump, no lo habría empezado. Si en lugar de a Trump hubiera enganchado a la nueva primera ministra británica, le habría dado un tiento. Si en lugar de a todos ellos hubiera enganchado a Rihanna, un suponer, la habría leído su padre (el de Rihanna).


La cuestión es que este año y pese al fiasco de “El Jilguero” -ese ladrillo aclamado y ostentoso, largo como la noche de un ciego, que traté de acometer hasta el final el verano pasado- volví a insinuarme con una novela que no me hiciera sufrir si se llenaba de arena o se mojaba (ambas cosas sucedieron anteayer, cuando una ola gigante nos tragó con sombrillas, mochilas y toda la parafernalia playera). Un libro simple como mi cerebro en estos cortos días de vacaciones. Pero con una buena trama. Una historia devoradora, más dirigida al estómago que al cerebro, para entendernos. Pero sin ofender al órgano rey, válgame dios. Y Lauren Groff, treintañera y solvente, multipremiada y bendecida por The New Yorker, entre otras publicaciones de prestigio, salió a mi encuentro y me hizo suya al cumplir sobradamente con todas las credenciales exigidas.
Lotto y Mathilda son dos veinteañeros que se casan en un rapto de inconsciencia propio de la edad. Y su historia es la de un matrimonio de pijos pobres (la madre de él, millonaria, deja de pasarle dinero por el disgusto de la boda) que tratan de sobrevivir entre borracheras de bourbon, sexo y amigos gorrones que hacen apuestas sobre cuándo sobrevendrá el divorcio de la pareja protagonista.


Lo interesante de la historia es que la relación se sustancia en que uno busca su identidad y la otra se entrega a él anulándose a sí misma. O sea, la historia de un matrimonio. De algunos matrimonios. De ciertas parejas donde para que uno gane el otro debe perder, o perderse. Pero se aman, indudablemente se aman. Y el protagnista, Lotto, te cae fatal porque es un vanidoso incorregible. Un narcisista nato que se hará famoso como dramaturgo gracias a ella, que lo alienta, lo corrige, le permite vaguear y ausentarse y se lo folla, con perdón, cuando es menester. Un tipo convencido de que es un dios que ha encontrado a su vestal perfecta para mantener el fuego encendido en el altar de su gloria.

Hay en el camino algunos personajes interesantes -como Leo, el compositor con el que Lotto intenta hacer una ópera- o la tía Sally y la hermana lesbiana del joven (que en un momento dado coquetea con la heterosexualidad, pero poco rato). Hay un esfuerzo de construcción de situaciones y de desenlaces. Hay -claro, es un best seller- una dominación absoluta de las frases cortas y sin grandes subordinaciones. Simpleza limpia de virus, podría decirse. Así que lees diez páginas, levantas la mirada y se te va detrás de dos alemanas rubias, casi exactas, cuyos cuerpos fueron delgados y han ido ensanchando al unísono, y al unísono entran en el mar, risueñas y despreocupadas. Y otras veinte páginas y tu hermana saca unas latas heladas de su neverita portátil: ¿Una cerve? “Trae acá pacá” (chascarrillo familiar al uso). Y lees otras dos, sin preocuparte de las interrupciones, y la Artista antes llamada Minichuki se te acerca con una pregunta que no viene a cuento: “Mamá, ¿como es crecer en una casa con una padre y una madre que no estén separados?”-

Y entonces cierras el libro, porque la cuestión lo merece. Y miras a tu Artista y respondes con una pregunta, eso tan odioso y tan cobarde: “¿Chitina, tú has vivido mal hasta ahora con dos padres separados?”. Y ella: “No, pero tengo curiosidad... ¿Te molesta que te interrumpa mientras lees?.

Y el libro queda sepultado en la bolsa de la playa, entre bronceadores, peine, periódicos de ayer, nueces y bikinis de recambio. Sin trauma porque sabes que no te deja huella el abandono, es un snack literario salado que engaña al hambre pero no pretende más. Y las dos alemanas salen del agua, excitadas por las olas y la sal, y es un día perfecto de verano.

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