martes, 23 de agosto de 2016

LA TECLA DE LA AMNESIA EN FACEBOOK

 Romper con tu pareja en la era de la hiperconexión no es tarea fácil. Internet no entiende de sangrados coronarios, es insensible al olvido y se empeña en reaparecer a los cadáveres -frescos o en avanzado estado de putrefacción- cuando menos falta hace.

Mi amiga M. anda por aquí curando su mal de amores. Ella querría, como todos, pulsar un botón que le lavara todo rastro de lo que fue, quince años de relación con vaivenes -como casi todas- y un final abrupto como un precipicio con bufones de mar Cantábrico virulentos y furiosos. Así que le dije: “Vente a ver prados y vacas y verás cómo se te afloja la negrura”. Aquí hemos curado todo tipo de avatares sentimentales con alto porcentaje de éxitos y sin demasiada química (salvo que se considere tal a las verdinas con marisco o al cabrales).

Y dicho y hecho. Pero además de su pesar, M. se trajo su ordenador y su teléfono con 30 megas de oferta de verano. Vamos, con datos como para conectarse con la NASA y tener un chat con alguna estación espacial sita en Saturno.

Cada vez que mi amiga se conecta a Facebook, el “sistema” le envía un recordatorio del tipo: “Tus fotos de hace tres años”. Y allí están ellos, tan felices, triscando por los montes o soplando las velas de una tarta, en esa simulación de felicidad que somos todos cuando nos congelan un nanosegundo de posado/robado veraniego. Y mi amiga resiste como puede la tentación de mirar, pero mira. Y se estremece y recuerda. Y sufre como una condenada.

Porque ese genio asperger llamado Zuckerberg ha dispuesto sistemas de bloqueo, pero si fuera listo de verdad generaría la tecla de la amnesia junto a las de like y sus emoticonos, tan sosas y manidas. Y así, tú pulsarías debajo de una foto y se te olvidaría instantáneamente el nombre de los que aparecen -exnovios, examigos y hasta tus hijos en momentos pico de desesperación-. Y podrías curarte desamores, desalientos, frustraciones, decepciones y toda la munición pesada del fastidio con un clic. Magia potagia.

El derecho al olvido tiene que ser eso, y no una proclama asociada a una ley de la Memoria. La verdadera desmemoria es esa que te permite seguir con tu vida sin moscardones zumbando delante de tu cara. Cierto que, direís, el duelo es necesario y blablablá, pero a veces sólo sirve para mortificarse pensando qué demonios hacías con ese tipo loco o con esa mujer tan sádica. Y las heridas de autoestima son como esos cortes en las yemas de los dedos. A poco que las roces, vuelven a sangrar y a escocer.

Lo dejo ya, debo escribir a los de Tuitter, Facebook, Linkedin, Whatsapp y demás sistemas perversos de recuerdo involuntario. Quiero olvidar, ¿me han entendido? Y hacer que mis amigos olviden a su antojo, y disfruten de este agosto que se escapa sigiloso como un ladrón de posada de caminos del que en breve sólo quedarán esas fotos que saltarán un día de invierno, en la pantalla del ordenador, la tablet o el móvil, cuando ya no seamos los que fuimos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada