domingo, 23 de octubre de 2016

LA IMBECILIDAD DE LA INTELIGENCIA

1."Soy un pesimista apasionado". Francisco Jarauta -conocido como el filósofo de Podemos- citaba  ayer a otro filósofo, Jorge Santayana, en una entrevista en El Mundo. Como uno de mis vicios es leer la prensa en papel del sábado los domingos pero siempre antes de la salida del sol (vicio vampírico, pues), he corrido a la Wiki a empaparme de Santayana y en la ficha resumen pone: causa de la muerte: cáncer de estómago. Religión: Ateísmo. Alma máter: universidad de Harvard sin etiquetar. O sea, que nuestro pesimista apasionado se resume en tres pinceladas drásticas -enfermo, ateo y desetiquetado- y luego ya si quieres aprendes que sus desvelos le llevaron a perseguir la razón en el sentido común, eso tan apreciable por escaso. Me parece un logro conseguir pasar por la vida sin etiquetas. La etiqueta es algo que te ponen los demás, escapa a tu intención y a veces es un upgrade y a veces y fiasco. En todo caso, un tatuaje del que cuesta desprenderse por indeleble y tantas veces injusto, inapropiado, desmedido, grandilocuente o banal. Ahora bien, sin etiqueta corres el riesgo de ser invisible, como una lata de tomate sin precio en un hipermercado. Un suponer.

2.Otro filósofo, pero esta vez de ficción y rubricado por Juan Villoro, asombrará en breve en el Teatre Romea de Barcelona con sus sentencias que resumen la imbecilidad de la inteligencia (así lo expresa el brillante autor mexicano). Como si no lo digo exploto, esta obra ha llegado aquí años después de que dos amigos no menos brillantes -Patxi Larrañaga y Juan Moralli- cayeran en sus redes y el primero adaptara el texto original y el segundo la dirigiera en dos lecturas dramatizadas que vimos unos pocos y quedamos fascinados por la descarga eléctrica de diálogos cargados de crítica y de un humor más que inteligente, destroyer y culto. "El Filósofo declara" es un imprescindible para quienes deseen pensar y subirse a los bucles y a las piruetas dialécticas de la razón en lugar de tragar morralla hipster con pretensiones de ensayo. Si entonces escribí una crónica apasionada de la obra, ahora rescato este diálogo para haceros salivar y con el noble propósito de que vayáis a verla:
El filósofo Declara. Mario Gas&Rosa Renom


ESPOSA: "El filósofo murió de muerte literal" ¿Cuál es la muerte más digna para un filósofo? Si un cardiólogo debe morir de infarto, ¿de qué debe morir un filósofo?
PROFESOR: De un argumento.

3. Morir de un argumento no está tan mal. Al menos significa que lo tienes. Tener uno y que sea propio, a ser posible, y no cacarear los ajenos para salir airoso en bretes varios o en las redes sociales, ese pulpito donde se aparean churras con merinas. Me doy cuenta de que mi admiración se dirige instintivamente hacia las voces humildes con criterio. El criterio no te saca de pobre, pero mantiene intacto el orgullo del yo. Luego están los egocéntricos sin galones merecidos pero con más plumas que un indio apache. Contemplándolos uno se siente poseído por ese pesimismo santayanesco y tan apasionado y tan furioso. Hace unas noches, en una cena muy privada en casa de un cocinero con estrella Michelin, disfruté de manjares exquisitos, una conversación ligera sobre hombres con un hombre que prefiere a los hombres y me quedé con una frase que pronunció el chef, como si tal cosa: "A mí la nieve me da sueño".  Nadie le hizo ni caso, pero yo la atrapé en mi red y aspiro a ponerla en boca de un personaje nonato. Tal vez un filósofo, el tercero. Y lo que Jarauta ha unido que no lo separe un argumento enclenque...




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