sábado, 9 de diciembre de 2017

PORQUE NUNCA MÁS SERÁ HOY



Hoy es un día Boris Vian, y la niebla nos envuelve con su manto espeso y contingente. Un día para quedarse frente a la chimenea y dejarlo pasar tal y como nos venga y a su ritmo. 3 grados ahí afuera, arde mi corazón.

Me siento más diciembre que nunca,  un destello voraz, impertinente, que deslumbra igual que esas luces largas de un conductor novato en una noche de invierno con curvas y revueltas.

(“El invierno se acerca”, repetía esa serie que abandoné deprisa hace un siglo)

Yo, lo confieso, soy de las que miran de refilón, me interesa más lo que vendrá después. Pero hay años que te dejan como si te apearas de una montaña rusa ingobernable. Agitada, aturdida y con un charco de bilis desparramado por el suelo. Son años en los que la rutina más elemental se hace pedazos, y sientes una inyección de adrenalina clavada en la piel nívea del esternón, igual que la de John Travolta a Uma Thurman, salvaje Tarantino.

Podría decirse, en suma, que 2017 fue un circuito asesino y excitante, sobre todo para alguien que vomita hasta en las barcas del Retiro. Volvió la urticaria brevemente, volvió el velo maldito de los ojos. Volvió Oviedo como paraíso gastroterapeútico y ciudad amada, sin embargo. Entró Brontë en nuestra casa y la hizo suya. Nos hizo suys, en realidad, y ya no imagino la existencia sin su pelo negro y sus dientes blancos. Sin esa lealtad que te calienta el costado y las tardes de viento del demonio.

Me recluí frente al teclado con un encargo duro y comprobé hasta qué punto puede llevarme la obsesión por el deber cumplido. Nadé contra corriente. Vi poco a mis amigos, tenía que mirar mucho más dentro. Creo que me perdonaron, prometo compensaros. Me inundaron la casa varias veces, y aún espero (y desespero) una nota apresurada de disculpa o un ramo de flores o un pastel de manzana en su defecto a pie de descansillo.

Sobreviví a tanto ruido, a ese olor ácido a escombro y sudor, al caos y a los ataques de euforia. Al paso forajido de los días desde mi taco Myrga y sus sentencias a las que poco caso hago, y sin embargo…

(La de hoy, me la sirve Gil de Biedma, oh milagro: “Ha pasado el tiempo/y la verdad desagradable asoma:/envejecer, morir;/ es el único argumento de la obra”).

El único argumento de la obra es que siempre hay después, hasta que se te olvida respirar, que decía mi abuela, y después es la nada. Soy una centrifugadora de planes, me da pánico el estanque con sus pútridas aguas y esos renacuajos saltimbanquis que no se dejan coger cuando eres niño. 

Y, sin embargo. 


Quiero cerrar el día sabiendo que nunca más será hoy. Intensamente.

Y miro los periódicos y compruebo que 2017 fue el año en el que el pato Donald Trump buscó su guerra para pasar a la historia a falta de otros méritos probados. El año en que las mujeres dijeron “se acabó” #MeToo a sus acosadores y algunos hombres aprendieron que no somos un buffet libre para meter las manos voraces y servirse. Fue el año de la furia en Cataluña, el año en que los british nos dijeron bye, bye. El año en que gracias a un trabajo inesperado aprendí muchas guerras de África de las que no hablan los telediarios, ocupados en contar un desfile de mujeres en bragas con alitas como gran acontecimiento, con mayúsculas.

Es curioso que aún no se ha marchado, pero ya parece que fue. Y hoy pintaré una puerta de azul plomo, ese azul que resulta de meter cucharadas de niebla en un bote de pintura que elegiste aquel día en el que se cumplió el deseo del año, diría que del lustro: una casa con patio. Y con tinaja, con hiedra poderosa, con vistas a un monte que cambia cada día y te recuerda que nunca más será hoy, así que debes mirarlo a todas horas. Que es como mirarte a ti misma mientras limpias tus restos debajo de tus pies. Y el tiempo vuela y se escapa en cenizas de ayer por esa chimenea...

jueves, 30 de noviembre de 2017

DESEO TU DESEO. ¿ME LO VENDES?

Un vómito de letras sin príncipe debajo del balcón. By Alicia Martín

La primera vez que vi un muerto de verdad no tenía nada que ver conmigo. Lo recordé ayer de golpe, un fogonazo mientras Brontë me paseaba con hambre de otros chuchos por el tanatorio de la M-30. Ese lugar donde he llorado muertos y he pasado ratos de ardiente calor humano y alegría de estar vivos con mis vivos.

También hambre. Un hambre insaciable como una reacción alérgica de extraña virulencia dadas las circunstancias.

Aquel muerto era, creo recordar, el hermano de una compañera de trabajo con la que nunca intimé demasiado y en la que no había vuelto a pensar. Una mujer dulce con voz de clarinete resignado. El tanatorio , uno al sur de Madrid, fabril de hechuras y gris marengo como la muerte chamuscada. El cuerpo, dentro de una sala dentro de otra sala -laberinto de Escher- lucía cerúleo y de rictus severo. Como el de alguien que no se lo ha pasado pirata en vida o todo lo contrario. Alguien a quien la parca le ha llamado a filas por error cuando estaba celebrando una fiesta. La de sus ¿30? años.
Esa cara que poníamos cuando empezábamos a salir de noche.
Mi primera Nochevieja, querido Bronticelli (así te llamo últimamente, ya sabes que suelo virar los nombres a los que quiero), me dejaron salir hasta las dos de la mañana. Ahora diría "pues para eso no me arreglo". Entonces deglutí las uvas a la velocidad de unas campanadas no intervenidas, como las de hoy, y salí por piernas con mi hermana a estrenar una fiesta en la que había que pasárselo bien desde el minuto uno, fugaz y avaricioso. 

Lo que me lleva a pensar.

(Si la muerte te pilla maquillada como una puerta, ¿deben limpiarte con una de esas toallitas que se secan antes de que termines el paquete?) Ya respondo yo: "Ni se os ocurra". No hay mayor baile de máscaras que el de los tanatorios. Por eso la gente se pone hasta las trancas de alcohol en la cafetería y ese día las madres no regañan a sus adolescentes si sobreviene un cubata en un break de velatorio. "Mi hijo no bebe nunca, no vayas a creer, pero hoy está impresionado", dirán ellas.

Su hijo tiene un pedo de colores, el mismo que se pilla los martes por la tarde cuando te dice que va a estudiar a la biblioteca y las integrales cobran vida ante sus ojos turbios.

(¿Las madres estamos diseñadas para que nos engañen, nos mientan, nos hurguen a escondidas en el monedero?) 
Me pregunto...
Museo Thyssen. Lección de Arte


Pero yo no quería hablar de tanatorios, sino de algunas frases de artista que descubrí en un tour de blogueros al que me invitan en el Thyssen cada estreno de expo. En este caso se trataba de la muestra "Lección de Arte",  rareza de contemporáneo para un museo que no va de eso, y que exuda a gritos su condición de outsider no apta para patronos ni narices elevadas.

La obra es una sucesión de cien sentencias/deseos, negro sobre blanco. Algunos tan excéntricos que sólo pueden ser reales: Moverse en sentido inverso para rejuvenecer, averiguar las veces que alguien ha llorado, compartir alucinaciones, decidir los propios sueños, cohabitar con un fantasma, sudar oro, tocar el tiempo, estar detrás y delante de una puerta, invertir las jerarquías, vivir al otro lado...

También había un muro con cintas del colores de una coetánea brasileira llamada Rivane Neuenschwander . "Deseo tu deseo", proponía, así que obedecí y a cambio me llevé una cinta fucsia con un deseo ajeno y  en inglés: "Ser capaz de transformar algo". (Un algo de pequeña magnitud, algo liliputiense que  sin embargo desate un terremoto y empieces tú de cero).

EMPEZAR BIEN DE CERO. Sísifo con room service y una cama king size al llegar a la cumbre. Un vómito de letras sin príncipe debajo del balcón. Eso deseo.

Pero podía haber deseado cualquier otra cosa, como no estar expuesta en un escaparate con luz blanca (mortecina) en un bonito tanatorio con césped y con pinos. O se-re-ni-dad. O confianza en chequera con millones de fantasmales bitcoins en una  cuenta. O también conocer lo que viene después. Eso es lo más cierto que pueda desear y pienso escribirlo un día en una cinta verde y colgarla en el museo más rancio y polvoriento de toda la ciudad. O el culo de un Cristo, con perdón, ahora que está de moda.

(Aunque adelantarse al futuro, bien mirado, es un deseo eterno y poco original. Se llama ciencia ficción y se ha quedado old fashioned,  quizás porque el delirio es tan real que sólo deberíamos desear un poco de cordura. Un adelanto en tiza. Una tormenta de libros que no se enchufen y echen chispas, como los de la artista Alicia Martín, también en el museo. Un tierno desacato a cada esquina....

viernes, 17 de noviembre de 2017

LO QUE DIRÍA DARTH VADER SI MILITARA EN LA CUP

1.La revelación. Últimamente solo elijo militar en lo que no me engancha. Series "vainilla" como "The Crown" que si abandono una semana me da igual, o "Suits", una de abogados posturitas menos adictiva que una piruleta de jengibre. El vino (lento) en lugar de la cerveza (ansiosa).  El fiambre de pollo con queso blanco (tofu para no creyentes). Los pijamas de invierno calentitos y sin botones, esa claudicación estética. El relato breve frente al ensayo denso o el novelón.

2.La frase lapidaria: "Ahora lo entiendo. Tú no vas a una bruja ni lees el horóscopo porque creas lo que te cuentan. Vas porque eres tan impaciente que necesitas anticiparte a tu vida, aunque sea de mentira". (MJ)

3.La cruda realidad: Hay una edad en la que pasas de preocuparte de los problemas de tus hijos a hacerlo por los problemas de tus padres. Entretanto, en tus ratos libres vas campeando con los tuyos propios, a salto de mata porque estás muy distraído con los ya mencionados. (Conclusión de ayer en encuentro de amigas de adorable mediana edad).

4.El bucle: Encontrar fecha para las cenas de Navidad a estas alturas parece ya un imposible. Las agendas de muchos están comprometidas anticipadamente. Vivimos proyectados al futuro y nos lo recuerdan los pitidos del móvil. ¿LLegará un momento en que el futuro y el pasado se encuentren en un bucle y se produzca el estallido de todos los gadgets tecnológicos? Una parte de mí sueña con ese día. La otra, se plantea seriamente practicar mindfulness.

5.La sobremesa: La Artista antes llamada Minichuki empieza a exhibir respuestas macarras de cierto nivel. "¿Por qué no me lo cuentas, hija? Soy tu madre", dije yo como poseída por el espíritu de mis ancestros. "Ya, y tu madre es mi abuela. Si quieres repasamos todo el árbol genealógico". (La culpa es mía por esgrimir un argumento de tanto peso. "Soy tu madre" sólo se lo podría permitir Darth Vader si militara en la CUP).

6.Asignatura pendiente. Conocí a una mujer hace días muy solvente y con un currículum sólido que se empeñó en quitarse méritos en favor de algunos de sus colegas hombres. No pude evitar hacérselo notar, pese a que se trataba de nuestro primer encuentro profesional. ¿Qué tiene que pasar para que las mujeres brillantes saquen la gamuza y se den brillo? (sin caer en la arrogancia, por descontado).

7.Nuevos piropos. Wallapop es una red social disfrazada de red comercial de bajos vuelos. Tú vendes un aparato de ejercicios de suelo pélvico que no sabes muy bien cómo llegó a tu casa y el comprador te besa y te sonríe y te cuenta que es vigilante jurado y que trabaja de 22h a 10 am, y que el aparato es "para su mujer" y blablabla. Luego, si es majo, te pone cinco estrellas en la valoración, el equivalente a un piropazo deluxe.






martes, 14 de noviembre de 2017

LA MUJER CALAMAR QUE BUSCABA AL HOMBRE BARRICADA

Autorretrato
¿Qué hay de mí en mí?
¿Cómo puedo decir "soy yo" y quedarme tan ancha?
¿Hay alguien ahí? ¿En mí?

Marina Saura. "Sin permiso". Ed Elba.

Tiene gracia que este libro me llegara dos veces. Como esas visitas impacientes que si no abres en 30 segundos aporrean la puerta de tu casa. Como yo cuando soy visita y hay mucha confianza o ninguna.

Marina Saura me ha llamado en dos ocasiones. La primera, cuando yo era otra según mi elegante tarjeta profesional. La segunda, cuando yo buscaba a todas las Otras que me habitan. Esas que luchan por sus quince minutos cada noche, demasiadas madrugadas.

Y entonces Marina se hizo en mí calamar. La entendí, la abracé, se me escurría. Tuve ganas de consolar su valentía. O de tomarnos un café una tarde de tormenta, dos clones con boina calada y manos heladas.

No la conozco, puede que no nos crucemos nunca. Es actriz, es escritora, es Mujer. Es la hija de, pero eso me parece irrelevante. Habla de una infidelidad, de la muerte de un hijo, de que nunca desayuna sentada ni fuma de pie. O puede que sea al revés.

Creo que Marina sabe bien de lo que hablo aunque no sabe que existo. Ella habla de lo que muchas callan. Abruptamente, pero con un poso de irónica dulzura. ¿Se indulta? ¿No se indulta?

¿Soy la matriz de mi placenta? ¿Mi propio líquido amniótico? ¿El cordón con el que pienso descolgarme al volver a nacer?


Yo abomino placenta, perdóname Marina. La palabra, quiero decir. Ese-término charco rojo con trocitos, como un filete de hígado que un loco cirujano cortara con tijeras de escolar. (También evito "pujo", "hormona" y "amenorrea", por ejemplo)


Hay palabras que huelen a caldo de gallina pasado de fecha mezclado con orín de perro anciano. Son perfectas para un poema maldito. O para envolver castañas asadas y dárselas a tu peor enemigo, se me ocurre.

Marina calamar. La mujer que buscaba al "hombre barricada". Tantas otras.

Mujeres que buscan. Busco a mujeres que buscan. Instintivamente. Estoy envuelta en ellas. Me rodean.  Son yo cuando sueño -y van ya varias noches- que la máquina no reconoce mi identidad. La clave secreta. Un mail que no es mío. Tengo calor, tengo frío. Y una cita médica pegada a la nevera que me recuerda lo que no voy a comer ni a beber de ahora en un mes. Prohibido. Una mujer renuncia con cita para el dentista que aporrea los timbres antes de que se escuchen los pasos al otro lado de la puerta. Respiración lenta, y luego entrecortada. Como hacer cien abdominales recién comida.

Marina Saura, mis tacones de doce también están encerrados en una celda de castigo. Prisión preventiva. No me sirven para podar las hojas trepadoras de mi hiedra.  Sólo por el momento.

Soy mi lavadora a dos mil revoluciones despeñándose desde una altura de 30 cm. Yo también, como tú, pongo a prueba la resistencia de una idea. Son tercas, saltan a la que pueden. Se enredan y con un poco de paciencia, luego se desenredan.

Gracias por insistir, las dos nos merecíamos este encuentro. 


 ¿Soy una mujer calamar?, pregunta ella.  Mucho mejor que una mujer víscera que llega tarde siempre a la lavandería. O demasiado pronto, que viene a ser lo mismo. Y destroza la puerta con sus nudillos afilados.
Mientras los primeros rayos del día le hacen la raya del pelo, dulcemente.

(Y respecto al hombre barricada, algo me dice que has dejado de buscarlo, mujer trinchera).






viernes, 10 de noviembre de 2017

UNA GRAFÓLOGA ME DELATÓ LA OTRA NOCHE

 “Si eres capaz de descubrir cómo eres, si eres capaz de descubrir qué es lo que crees realmente respecto de la mayoría de los grandes asuntos de la existencia, serás capaz de escribir una historia que sea honesta y original y única”.

De cuando en cuando, vuelvo a apoyar mi cabeza en el hombro de Dorothea Brande. No es mi última opción, eso que en los concursos tristes de la tele se llama el comodín del público, es la opción de un viernes con bostezos de frío y un cielo tejido por una telaraña desnortada y poco diligente, con pegotes de nube aquí y allá. Gris marengo en contraste con mi taza naranja brillante del café (esa que me permite mantener la coartada de que tomo sólo uno al día, pero que dado su volumen debe equivaler a dos y medio).

Descubrir quién eres. O que te descubran, que es mucho más inquietante. La otra noche asistí a una cena de amigas con una invitada estrella. Una grafóloga profesional, lista como un rayo y con despistante  apariencia de ratilla vivaz de biblioteca, que sólo necesitó medio folio de mi escritura frenética y deshilachada para pillar al vuelo mi fuerte carácter -”pese a esa carita angelical con ojos azules”- mi impaciencia patológica, mi intolerancia a los nichos de aburrimiento y mi vis cuestionadora de todo, entre otras grandes “cualidades”. La mujer, aguda y solvente detrás de sus gafas, iba desgranando en un tono neutro, cuidadoso, mis emes y mis bucles, mientras mis amigas y yo engullíamos deliciosos buñuelos de nata y bebíamos vino de esa gran anfitriona que es M.

¿Mamá, todo lo que te han dicho es malo? Quiso saber mi hija mayor, al día siguiente. “Bueno... también dijo que soy imaginativa, muy buena comunicadora, que tengo miles de metas por cumplir y no me adoceno, que necesito mucho que me quieran...”.

La fragilidad de los fuertes. ¿De eso podría hablar, querida Dorothea?. De cómo la fortaleza se alimenta del re-conocimiento de nuestras debilidades. De que una intemperie a tiempo vale más que un paseo con ese chaquetón heredado de mi abuela -”la pellica”- que huele a naftalina y se pudre por dentro en la penumbra del armario, mientras languidece el lustre de los lomos de visón que ayer mordían dedos de cuidador de granja en Rusia.

No, no debo despistarme tanto. Rusia está muy lejos y hace más frío que aquí (lo que no impide que sus informáticos con sabañones hayan intervenido al parecer en el asunto catalán). Yo hablaba de Dorothea Brande y de ese libro de cabecera que se llama “Pa-ra-ser-es-cri-tor” (Editorial Círculo de Tiza, que es también mi editorial). Y en ningún momento dice la gran editora que ser dulce en apariencia y bestia de fondo sea un mal punto de partida para lanzarse a escribir. La dualidad, como el malditismo o la serendipia, han sido tradicionales atributos del autor.  Ser explosiva debe ser mejor que ser alcohólica o tener tendencias suicidas, digo yo. Y sale más barato. Uno puede poner por ejemplo a su protagonista de ojos claros a arrancárselos frente al espejo con la misma parsimonia del replicante Roy a su creador en Blade Runner. Película -la original, me temo que la única-que volví a ver en casa de I. Otra anfitriona generosa que no nos pone a dieta a las rubias iracundas, ni siquiera a las morenas sumisas o a las pelirrojas irreverentes, sino que derrama tortilla de patatas, quiche lorraine y risa cascabelera mientras envía a su gata al dormitorio para que no incordie entrepiernas ajenas.
Ya me he vuelto a ir. Hablaba de que somos uno y trino. Y con esa pandilla nos ponemos el despertador cada noche para que los tres pilotos se desconecten seguros de que mañana será otro reto. Y hoy con mi taza naranja gigantesca en una mano he vuelto al mantra Dorothea: “Para ser escritor hay que aprender a mirarse desde fuera”. Y yo no veo, nunca he visto, a una rubita angelical de ojos claros. Sino a una fiera con las uñas al ras, domesticada a ratos, que escribe al aire sin pensar en cómo la delatan las emes o los puntos de las íes. Y quiere que la quieran, incluso con padrastros en los dedos.

María, mi amorosa peluquera que me ha tejido una colcha patchwork para que me proteja de los malos vientos, siempre lo tuvo claro: "Tú dulce por fuera, pero macarra en la escritura". 

(Una de esas mujeres que están convencidas de que los androides sueñan con ovejas eléctricas).

PD.Dedicado a Elisa.Con admiración y cariño.

domingo, 5 de noviembre de 2017

EL VACÍO QUE DEJAN LOS DOMINGOS

 
Recuerdo el vacío que dejaban los domingos de ayer. El domingo transcurría a cámara lenta y eso no le quitaba dramatismo, sino todo lo contrario. Si salías, porque de pronto estabas en la cama y el cartel de The End te espoleaba el insomnio. Si no, porque eras una pringada sin éxito social y abonada a las mallas de algodón color grisáceo y a la merienda triste con tus hermanos pequeños. El temor al lunes, me parece, es en verdad la angustia de domingo. El pobre lunes lleva toda la vida pagando el pato, por el famoso principio de la fama y la lana.

Últimamente en mi vida no hay domingos. Sólo séptimos días en los que no descanso como el Señor de la Biblia. Así que me engaño a mí misma haciendo lo que se supone que se hace un domingo: por ejemplo, desayunar churros con café hirviendo que te dejala lengua hecha un churrasco. El churro, como la paella, es fiesta. Un subterfugio de celebración que si cierras los ojos y masticas despacio, sintiendo la grasilla entre los dientes, se parece mucho a la felicidad.

A mí los domingos me sobrecogen desde que los habito en un pueblo que soñé hace tiempo. El ritual de recogida se ha convertido en una ceremonia morosa que incluye aspiradora, mullido de los sofás y ambientador en “on”. Albergo la fantasía de que si dejamos la casa como si acabáramos de entrar en ella es igual que si no nos hubiéramos marchado nunca. O sea, que la eternidad del domingo reside en la fregona con ese detergente de pétalos de rosa palo que parece de Chanel, o en estirar pulcramente el edredóny disponer los cojines en un tétrix perfecto que he aprendido contra mi naturaleza ligera y chapucillas.
Patio de domingo

Todo con un fin ulterior perverso: si el domingo no termina, no habrá lunes ni martes (la Artista antes llamada Minichuki, adolescente furibunda o no según sopla el viento, odia también los martes y ayer celebramos jubilosas que por fin estábamos de acuerdo en algo). Es decir, que limpiar la casa en domingo -a otros les da por planchar viendo una película horrorosa, con la mirada perdida- es como parar la rueda de la jaula de un hámster cocainómano. Congelar el minutero, crear una ficción redonda a partir de un churro, la versión cañí de la magdalena de Proust.

Si lo miras bien, a la tozuda realidad le importa tres que sea domingo. A los curas algo menos porque pasan el cepillo, aunque su clientela se ha reducido y no porque hagan el truqui de la fregona y el aspirador. A Puigdemont y a la juez Lamela, tres cuartos de lo mismo. Lasórdenesde búsqueda y captura no cierran por descanso dominical. A mi perrillo Brontë, ídem mientras su escudilla esté llena de pienso con sorpresa a las nueve O´clock de la mañana. Y no os diré al campo que contemplo desde donde escribo los domingos. Ese sigue desperezándose entre escarchas de Otoño y bosteza cada vez más pronto justo después de mi siesta, apremiándonos para que nos pongamos a recoger, que el lunes amenaza con sacar su impertinente sable de acero a la vuelta de la curva, justo después del desvío que en una hora nos llevará a los churros y al café. A esa eternidad sin tiempo que ha terminado siendo para mí cada domingo. 


sábado, 28 de octubre de 2017

COMO CRISTALES EN LOS OJOS, FANATISMO DE BOBOS, PODEROSO NICK CAVE

Nick Cave
"Entiendo que siempre habrá quien diga que intentar analizar el concepto de grandeza, tal y como yo he estado haciéndolo en estas líneas, es un acto bastante infructuoso". "Los restos del día". Kazuo Ishiguro.

Yo me referiré, si acaso, a la ausencia de grandeza. 

Creo que con los años uno espanta complejos e invoca temores como corsés de mármol o de cemento armado.  

A mí me da miedo quedarme sin ojos. Ya lo he dicho. Tendrán que raspármelos otra vez con Scotchbritte, y eso que puse mis consabidas velas de superstición en San Isidoro, antes de dar buena cuenta de los manjares de siempre en la Plaza de Fontán y en la de Trascorrales. Lo cortés no quita lo valiente, y quizás debería poner velas al dios de las zamburiñas o al de los boquerones en vinagre con salmorejo y dejarme de inciensos y de iglesias vetustas con imaginería del siglo tal o cual.

(¿No temes al anisakis? pensaréis con razón.  Pues no tanto como para meterme los dedos en la boca ni para abjurar del ajo con aceite de oliva virgen extra de primera prensada que acompaña el manjar).

También temo, es un miedo común, casi vulgar,  que mis hijas vayan solas de noche por la calle. O se pierdan. O se mueran. Ayer soñé que mi Artista antes llamada Minichuki caía a las vías del tren o era empujada, ya no sé. Yo gritaba a la conductora del tren, que no entendía mis gestos desesperados y tomaba un bocadillo de caballa con pimiento.

Las pesadillas tienen el buen gusto de irse deshilachando en segundos, minutos, horas. (Es decir que puede que el bocadillo fuera de lomo, o que no hubiera bocadillo). Luego te queda el barro, sabor a algas podridas en el velo del paladar, allá donde los gritos se estrangulan.

Me da miedo -pavor, diría- el Fanatismo. Ese caldo de azufre que atrae sin remedio a  los descerebrados (y descerebradas, paridad del desencanto) que se tiran a la calle enarbolando proclamas de odio como ladridos broncos de sabueso de los Basckerville.  Levantan puños, entonan cantos sin conocer la letra ni la música. Escupen a la cara a quien canta distinto. Huyen hacia delante, se lanzan diligentes al precipicio tras la orden de un tipo, de una tipa, que comerá caliente y dormirá a resguardo mientras ellos se inmolan por nada o casi nada a la intemperie gélida.

¿Será gente que lee, que acude a los museos y llora por un cuadro. Que frecuenta las salas de conciertos, que ama y es amado? Siempre me lo pregunto.

Creo poco en la humanidad, últimamente. La estupidez fue reina por un día que ya son unos años, y se hizo carne y acampó entre nosotros. Extraño el gobierno de los mejores. ¿Dónde está la grandeza, señor Kazuo Ishiguro -premio Nóbel- fiel mayordomo Stevens. ¿Qué fue de la cordura?

Estos días vi "20.000 días en la Tierra", el documental de Nick Cave, y aplaudí reflexiones que hago mías y no canto por falta de talento. La llamada del útero caliente que es la mesa y las teclas de una máquina. La lluvia zigzagueante al salir a la calle, como balas de fogueo con sangre. Los semáforos rotos, los perros vagabundos. Mi Brontë intoxicado esta mañana, los restos de su miseria dispersos por toda la cocina, que recojo sin asco,  cosa rara, invadida de un amor compasivo e inédito,  abundante papel de cocina y bolsitas de plástico que envuelven los despojos.

La voz de Nick Cave es una soga en la garganta con pegotes de tierra. Emoción de fogueo. Ceremonia frutal al borde del abismo que se llama escenario, contagiando a las masas, sacerdotal y bello. Lento como te levantas tras una mala noche, sonámbulo de velas y de frío. Y de pronto el diálogo en el diván con su psicoanalista. ¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de su padre? 

Yo os lo cuento, no temáis. El día que le leyó, con voz trémula, el capítulo uno de "Lolita" de Nabokov. Y lo vio muy distinto. Un padre heroico. Un Hombre. (Eso lo digo yo. Asumir a tu padre como a un hombre es plena madurez, ahora lo entiendo. ¿Habré asumido al mío?)

Creo en el poder salvador no de los padres, sino de la literatura, la música, el arte. La bondad inteligente. También la compasión, y el feliz discernimiento. Espero que un día de estos recuperemos todos la cordura, nos caigamos del guindo, apaguemos los móviles y lloremos sensatos los destrozos que hicimos a costa de banderas y desgarros, obedeciendo a tontos con tuitter y un bidón de gasolina.

El futuro es ahora. Cuidado con tirarlo a la basura. Allí donde descansan los restos de la noche doliente de mi Brontë. Descansen en paz, nauseabundos, como ese mal recuerdo de las vías de un tren.

Cristales en los ojos, pero será en semanas. Ya pensaré después.

PD. El veneno ha sido inoculado. Ayer yo misma me escuché insultar delante de la tele. Soez y desalmada. ¿Quién nos protegerá de tanta ira?






miércoles, 18 de octubre de 2017

ESE PRIMER DÍA DE ZAPATILLAS DE INVIERNO (AL FIN LLUVIA EN VERSO)

De por fin lluvia al trote dan ganas de sacar por la ventana el cuello telescópico y beber largos tragos
urgentes

Carcajadas

He limpiado la mesa con el dorso mojado de mis alas, como quien forra un libro que huele a tinta/ sangre y a pulpa de madera.
Y todo estaba en orden, el fuego  besa ya las  brasas que compondrán cenizas.
Atlánticas, azufre, necesarias.
Y dejarán un lodo que se llama memoria despiadada. O memoria histérica. O desmemoria

(La ira ajena de los teletipos  como neones rojos de triste puticlub a una media distancia,  esa que hiere menos)

El olor de café de cafetera abriga las esquinas de mi taco Myrga, compañero, 20 de octubre recita sotto voce
Los primeros rugidos del alba perforan las aceras de la calle, con gran delicadeza sin embargo

Antes de que lleguen los hombres locos con sus máquinas como perros rabiosos más allá de este techo

Proclamo la ley del folio en blanco y el olor a lavanda calada hasta los huesos
Los principios sin fin, el aire contenido en un estuche de cruel metacrilato
Que es más que una república, es mi reino de espadas invisibles

(Sin arrepentimiento por las sábanas tibias que dejé, hace ya algunos cuartos)


Postdata: Las zapatillas de invierno ya me acogen. Cómo amo recuperarlas cada Otoño. Cuánto habéis tardado en llegar, amigas mías.


domingo, 15 de octubre de 2017

CÓMO REPTAR BAJO EL SOFÁ CON UN CENICERO EN UNA MANO Y UN PITILLO EN LA OTRA (HOMENAJE A LUCÍA BERLÍN)

Mi sagutxo para leer a Lucía Berlín
Esperen. Déjemme explicar...

Una puede robar a libro armado un arranque de Lucía Berlín, como es el caso, y comprobar segundos después que lo último que buscó ayer en internet fue la receta del morcillo para olla exprés. Como mujer de la limpieza que también soy me siento legitimada para ése y otros muchos atracos -faltaría más-. Pero eso sí: juro que jamás usaré un plumero. Ese arma de dispersión masiva tan sexy que coge el polvo de un sitio y lo deposita en otro con toques invisibles de prestidigitador fino mientras tú te quedas convencido de que limpiaste (autoengaño para principiantes, diría).

Querida Lucía, yo no robo anfetas, somníferos, antidepresivos ni ansiolíticos, pero podría reptar con un cenicero en una mano y un pitillo prendido en la otra debajo de un sofá en busca de una diminuta pieza de puzzle de, pongamos, diez o doce mil porciones.Una esquirla de chopo que amarillea acá, un fragmento de tierra velada en gris,como ceniza. Fulgores de un paisaje alcarreño que se nos desveló ayer deslumbrante ante nuestros ojos de excursionista torpe por tierra aún pendiente de conquista y a punto de rendirse a un Otoño frustrado por el sol y los calores tan fuera de lugar.

Se llamaba Manuela y era la mujer de la limpieza que iba por mi casa de niña. Olía a  una mezcla de sudor agrio con amoniaco, tenía el pelo graso cogido por un moño, las piernas amoratadas y varicosas y cuando se subía  lenta como un mamut a la escalera mis hermanos y yo nos espantábamos ante la idea de que pudiera caer y aplastarnos. Y ese cuerpo tremendo de pechos rotundos y bailones como el Flanín vainilla, desparramado con todos sus líquidos mondongos, nos interpelaría desnucado por no haberle recogido con nuestras perversas manitas burguesas. Ojos en blanco. (Manuela pesaría, qué sé yo, más de noventa kilos en canal, pero mis hermanos y yo calculábamos en arrobas, sin saber si eran cien o doscientas, a ojo de buen cubero).
Brontë y yo

He encontrado en mi Casa con patio,te diré,Lucía Berlín, un lugar ex profeso para leer tus cuentos. Antaño fue un pajar, o un despensero a refugio de tantas humedades o de ese viento glacial que golpea estos páramos y te puede volver loca si no estás vacunada de la rabia. No loca del coño, como suele decirse vulgarmente. Loca reverencial, de las que cocinan morcillo en la olla sólo para olvidarse un rato de una pila de lecturas que compondrán dos libros que nadie en mi familia leerá.

El lugar, no me dispersaré, es un habitáculo abierto al recibidor por una barandilla tosca de leños, techo de vigas de madera y paredes y suelo irregulares, encaladas. La puerta conserva el gozne de madera de casi doscientos años. Los que nos vendieron la casa lo llamaban "el sagutxo", aunque mi madre no se acuerda y dice "el cuartucho". Está a una altura como para romperse la crisma si te caes un mal domingo, y cuando mi Brontë se asoma por la barandilla meneando la cola me angustio tanto que le tiro del rabo y le arrastro hasta mi regazo para que te lea si quiere, o dormite si no con una respiración tan señorial a ratos que casi parece humano.

En el suelo he dispuesto colchonetas. Dos, diferentes y recicladas de aquí y de allá, y una mesita baja con una luz de globo y un cenicero por si un día, repta que te repta, me diera por fumar. Abrigan sus paredes unas figuras orientales, de esas que te protegen aunque no sepas su nombre, y un estante viejo que pretendo llenar de lecturas diversas y revistas viejas, ya descatalogadas, de las que uno solo lee en los cuartos de baño ajeno o en la sala de espera del dentista.

(Podría ser un rincón muy Transpotting si no fuera porque soy tan antidrogas).
Alcarria
La mesa diminuta albergará gin tonics de Bombay o de Oxley, pecado recurrente y necesario (no cuenta como droga, es ambrosía lenta). Y si me sorprendiera el sueño entre la página 80 y la 90 estaría dispuesta a  estirarme y dormitar con mi perrillo cerca -respirando fatiga y adelantos- hasta que el pitorro de la olla exprés nos avise de que el morcillo está a punto de salir volando, y haya que bajar las escaleras angostas para reducir el gas a la llamita inquieta de un mechero, lo que es una luciérnaga. Y el olor potente de la carne estofada se apodere de todos y excite nuestros jugos, y tu libro se quede allí,esperando la vuelta,marcadas las esquinas como me gusta hacer,escrito por los bordes a bolígrafo o eyeliner Chanel, violación sin recato ni arrepentimiento.

“Se había mojado los pantalones; había un charco de pis en el suelo. Una pompa sangrienta aparecía y estallaba en un orificio de la nariz con cada respiración”. Lucía Berlín. “Manual para mujeres de la limpieza". Alfaguara.

PD. Cuando el otro día hablé con D. de Lucía Berlín, entre otras cosas, él me recomendó otro libro para desengrasar: "Adaptative markets: Financial Evolution at the Speed Thought". Lo leeré también en el sagutxo, algún día, con incienso encendido y un té roibos humeante, si te parece bien. Hay catedrales que apenas se recorren en dos pasos. Y siempre te dan ganas de hincarte de rodillas y rezar lo que surja.

jueves, 12 de octubre de 2017

HE DECIDIDO SER LA VIDA QUE ME ESPERA

Pertegaz. Canal de Isabel II
"No sé qué tiene una noche oscura y fría que hace que te sientas muy cerca de alguien con quien duermes. Cuando hablas con él es como si fuerais las únicas personas despiertas de toda la ciudad".

Arranco el día de los aviones por el cielo y los soldados a pie abriendo al azar a Carson McCullers y su primer relato publicado,"Sucker", en  "El Aliento del Cielo" (Seix Barral). Uno de los libros que sobrevivieron a las inundaciones de julio. En adelante, hablaré del "Verano de las Inundaciones" o incluso del "Año de las Inundaciones" como se habla en las guías de viajes de papel perfumado de un acontecimiento que se lleva por delante sombreros, planes y veredas.

En Burgos, por ejemplo, esa ciudad a la que vuelvo con la excusa redonda de mis viajes a Asturias, siempre me fijo en las marcas de piedra de su Plaza Mayor. Hasta aquí llegó el agua, seguido de una fecha, no recuerdo. Una placa o varias dan fe del cruel impacto líquido y uno piensa que el detalle enseñorea aún más a la city castellana de los torreznos crujientes en su punto y de la catedral mejor clavada en las tripas de piedra que haya visto nunca.

Yo he puesto marcas de los Estragos de este Año, con mayúsculas. Son fábulas con letras, por ejemplo: "El verano de la primera crecida me había comprado un absurdo vestido color azul celeste, con un volante terco y desalmado".  O "El verano del Agua" (así, para abreviar), unas manos de hierro me lanzaron tan zombie e indefensa sobre la Castellana, ese océano rojo si lo cruzas al sol- y me trastabillé como Alicia tontuela buscando el agujero donde estaría el Conejo. ("Deprisa, deprisa", habría de decir).
Mi refugio anti todo

No hay marcas a la vista en el asfalto de las paredes de mi casa. Un pintor animoso llamado Augusto como un emperador de la devastación  las tapó hace unos días, o puede que semanas, mientras abajo los albañiles de otra obra de calle ad eternum se ensañaban con la taladradora y arriba el Nefando Lupus -así ha bautizado J al jefe de la tribu que quitó las válvulas de todos los radiadores del séptimo para volcar el agua sobre nuestros armarios, nuestros libros, nuestro exiguo equilibrio mental- picaba piedras o algo cual si se hubiera chutado una docena de latas de Red Bull con las galletas María del desayuno.

El Año de las Inundaciones sólo se hablaba de Cataluña y mi amigo JMB, un mallorquín catalán -tan despejado siempre, tan noble relator, tan cariñoso- me invitó a comer a un restaurante japoperuanoastur  y me aguantó las lágrimas saladas sobre el pez mantequilla con  notable apostura. Le dije, y si no ahora se lo digo, que cuando te inundan varias veces seguidas se produce un fenómeno extraño que hace que el agua se cuele bajo tu piel, penetre en las entrañas y busque salida por los poros o por un conducto amable, llámalo lacrimales. No es tristeza, no vayas a creer, es un desbordamiento como el del Arlanzón, ese nombre de río victorioso que sugiere una cota de malla con su espada, caballero de agua  que se enreda en un barrio con casas de postín muy poco arrabalescas, a priori.

Han pasado los días y aún huele a humedad, si te concentras. La lluvia se ha llevado algunas fantasías que no fueron y esta trinchera a veces no parece tan sólida. Enumero la lista de estragos que murieron y no son para tanto. Entiendo eso tan feo del estrés postraumático y me abrazo a mi Brontë cuando entro en la cocina, demasiado temprano incluso para un perro que bosteza y se estira tan peludo tentando mis rodillas con su morro.


La lista de mis planes es un mapa arrugado que crece por los bordes y exhibe muchas cruces. Querría varias vidas para enredarme en todas, pero a falta de seres reencarnados  que presenten unas pruebas convincentes elijo invocar la serena alternancia de sucesos y charcos. He decidido ser la vida que me espera,  y me abrazo a las letras después de muchos días de sentir que el caudal de mis adentros iba subiendo terco y nervioso por los pies. Vomito lo que veo, el ruido de tantos acontecimientos de este Otoño caliente. Y ese distanciamiento necesario para evitar la víscera y la ira que nos rondan a poco que uno encienda una pantalla o una radio.

Diré por tanto.

El Año de las Inundaciones puse a cero el contador de mis uñas, que crecen sibilinas como el pelo o las manchas en la piel. Albergué algunas dudas, me enfadé con los míos y administré silencios como lunas.

Ahora sé que los ríos se desbordan para calzar leyendas que contarán abuelas a sus nietos camino de la Escuela.

"El año de mi desbordamiento, ese primer día, llevaba un vestido absurdo color azul celeste con un volante en globo y crucé la Castellana. Fue un día memorable, sin embargo; un día Arlanzón, puedes decir. El techo de mi casa aún lucía seco.  Recuerdo haber sentido un sordo alivio y una llama de determinación picante en mis zapatos... Augusto se llamaba el fixer que llegó, días después. Temblaba mi país, que no mi patria que está en mi corazón, bien a resguardo. Y escribía por dentro con esta tinta roja que ahora sale por fin, borbotones de río desbocado. Alegría temprana, gasolina sin aire ni restos de carbón de esos que te hacen toser y torcer la nariz al paso de la Peste ".

Y Carson McCullers a esa distancia prudente y leal que tienen los amigos cuando toca: "No soy capaz de precisar los momentos y decir que eso sucedió un día y aquello otro al día siguiente"...