martes, 18 de julio de 2017

NI IDOS, NI IROS (VARIACIONES EN TORNO A UNA SENTENCIA DE LA RAE)



Glenn Gould
“Bueno, no me gustan las etiquetas y las listas, y ésta, como la mayoría, está llena de agujeros, jorobas y medias verdades. (El lector está invitado a presentar la suya; no envíen etiquetas, todas las propuestas serán juzgadas por la pulcritud, caligrafía y universalidad de su aspecto)”
Quien sentencia es Glenn Gould en sus ”Escritos críticos” (de.Turner) y por su lista menudean Prokofiev, Brecht, Strauss o Bartók. El mejor intérprete de las Variaciones Goldberg de Bach; el excéntrico intérprete de piano que inspiró “ElMalogrado” deThomas Bernhart (Alfaguara), uno de los libros que pediré a mis hijas que quemen conmigo cuando se me olvide respirar. El volumen de Gould no es mío, pero me guarda el aire hace unas semanas y siento su aliento sobresaltado sobre mi frente. Sus Variaciones me han acompañado muchos años, a veces machaconamente, con esa obstinación que es fruto del asombro del hallazgo. 

 “La actitud multiplica”, me recuerda mi amiga N desde el wasap, ese invento diabólico del que otra amiga, B, ha decidido borrarse porque está harta de comunicarse como un robot: “Quien quiera hablar conmigo que me llame por teléfono”. Tiene toda la razón, y seguro que comulga con Elon Musk, el cerebro detrás de Tesla que augura un tenebroso futuro para la humanidad dominado por las inteligencias artificiales (en adelante A.I).

La ira de Blanca, desvelaré su nombre, nada tiene que ver con el tema del día: idos o iros. A mí que la RAE sea noticia y puede que trending topic me dispara las pulsaciones. ¡Aún hay futuro para la civilización, mientras llegan y no llegan las A.I.! Cuando yo era pequeña teníamos unos vecinos de urbanización que no eran ni de iros ni de idos. “Veros de aquí”, gritaban a sus hijos, y a mis hermanos y a mí nos entraba la risa floja. Ya de mayor, la ira me asalta tantas veces como el delirio, pero mi sueño es pasarme de ida (ese estado contemplativo que en mi familia siempre ha estado sospechosamente cercano a la vagancia, y que también significa mi rebeldía a estar de vuelta, mal atávico que no entiende de edad).


Imagino perfectamente a Glenn Gould gritando “veros de aquí” a esos groupies que lloraron su retirada de los recitales y tuvieron que conformarse con sus grabaciones. Adiós al hombre contrahecho del taburete  que tarareaba sus melodías mientras las desgranaba a ritmo vertiginoso sobre su Steinway. El misterio enalteció su leyenda: irse para no irse. ¿Qué dirían la RAE y Pérez-Reverteal respecto? ¿Cómo describir con un término preciso la determinación extrema, bordando la locura, de un genio que no se retira con Dios a un monasterio o a una cabaña de anacoreta, sino con la Música, esa mujer desnuda que en cada movimiento le subyuga y seduce con su cimbreo inquieto y armonioso?

Estoy tan ida y tan radicalmente asida a la tierra fecunda de las teclas que siento un ir y venir de notas vivaces, juguetonas, en la boca del estómago. Llámalo planes. Euforia contenida y placentera que burla la letra del fracaso que no es. Ahí afuera hay un Mundo, admirado Elon Musk, y no sólo la amenaza de esos robots que temes y que, siento decírtelo, ya contemplaba Glenn Gould y cita en su libro, donde también responde a la pregunta de un periodista sobre su opinión acerca de los intérpretes de piano del momento:

Creo que Alfred Brendel toca los conciertos tan bien como nadie al que haya oído nunca. Realmente no puedo imaginar una mezcla mejor de brío y afecto”.

Brío y afecto. Eso persigo yo, estando ida y sin ira. Y siendo martes...



 

miércoles, 12 de julio de 2017

MI CORAZÓN ESTÁ LIBRE DE CARGAS

 
Uno no puede moverse ni un palmo respecto al lugar donde está su corazón”, dice Leonard en "Clarissa" (Editorial Acantilado), la última novela de Stefan Zweig, y apenas unas líneas antes sentencia que “los cargos importantes son peligrosos para los hombres mediocres, les cambian el carácter cuando deben sobrepasar sus propios límites”. 

Ay, Clarissa, cómo entiendo que te estés enamorando de este hombre, sea cual sea vuestro destino. Te leo junto al mar, que bate cantábrico y falsamente calmo unos metros más abajo, superada la franja de helechos y hierba primorosamente segada por unas manos que no ves. Apoyada en una mesa de madera tosca, la brisa lateral despeinando la crin que es mi pelo cuando coquetea con la sal húmeda que aquí no huele a nada. Graznidos de gaviotas discretas, que no se posan cerca por no inquietar tu lectura. La vida por delante.

Me inquieta no estar inquieta, lo digo y se me recrimina dulcemente: “Tu cabeza es una turbina, no descansa un instante”. Si no apunto y cazo al vuelo pensamientos no soy, así que arrastro mi cuaderno verde allá donde me empujan mis pasos, ansiosa de captar un síntoma que anuncie quizás que me he puesto una venda al miedo como los mozos se ajustan la faja antes de vomitarse en la cuesta de Santo Domingo cada mañana: “¡A San Fermín venimos, por ser nuestro patroooooón...”. Rituales que nos construyen, refuerzan los goznes de nuestras bisagras y nos dan metros de vuelo.

Mi corazón, diría, está libre de cargas, como los buenos pisos. No albergo rencor ni mala baba contra quien me apartó de su reino. No puede tocarme, ni siquiera rozarme con sus balas. Compruebo satisfecha que nunca he sido lo que rezaba el membrete del sobre que me anuncia. Sobrepasar los límites es no tener límites, no sentirlos y ya está. Ahí afuera hay un ejército de sirenas cantarinas y he decidido darles audiencia a todas ellas, por turnos algo laxos y con parada obligatoria para dormir la siesta.

Caigo a plomo, despierto como en un ataúd y pido línea conmigo misma. Paseo en compañía, a ratos en silencio, admirada de lo que la naturaleza es capaz de construir si se la deja libre y tranquila. Así como me siento, calzada con mis botas de siempre, tantos años guiando unos pasos que repiten el hilo de vibrantes pensamientos a ratos inconexos. Y sin embargo okupan una página, y otra, obstinadamente, y se les deja estar aunque divaguen. Las grandes ideas nacen deshilachadas, eso pienso.

Y entretanto aprendo de Stefan Zweig, de su prosa fecunda y elegante, sin malabares de brillo y purpurina, y me asombran sus descripciones meticulosas, precisas, de personaje, y las subrayo para intentar apoderarme del secreto de esa técnica aparentemente sencilla que encierra un tesoro ilusionante como los de los viejos cofres que encuentras en la orilla del mar.

Y es tan verano que estoy hiperactiva, y de tantos proyectos casi vuelo, y no albergo una micra de desaliento. Nunca fui mis tacones, sólo me elevaron del suelo como un trampolín en la piscina olímpica. Estoy, así lo siento, donde mi corazón, querido Leonard. Mi cerebro excitado, los pies en línea de salida a punto de escuchar el disparo que anuncia otra carrera. Poderosa y febril, humildemente vuestra.

viernes, 23 de junio de 2017

TENGO UNA BECARIA QUE ES COMO OLIVIA NEWTON-JOHN

Confieso a mi pesar que nunca he sido mitómana; ni mucho menos mitomaníaca. No he peregrinado detrás de una estrella del rock ni he buscado hacerme fotos con famosos, aunque por motivos profesionales he tratado con muchos. Luché, que yo recuerde, por ver Grease cuando era pequeña y a mis padres les debía parecer una película "poco edificante", pero se  había convertido en un fenómeno social, de manera que  yo no podía mantener una conversación solvente sin quedar como la pringada de la clase. Luego, conseguido el reto, mi hermana y yo ensayamos una coreografía en la que a ella le tocó ser Travolta. Por entonces yo no era rubia, ni falta que me hacía. Un maillot de gimnasia del colegio y unos leggings negros te convertían en Olivia  ipso facto. Además ambas éramos monjiles y con ese aura de vírgenes que tardaría tanto en caer.

El párrafo anterior hará que me quemen en hoguera los jovernícolas por caduca. Me importa tres. Tengo 50 años y me siento efervescente, pero poco tolerante a la bobada. Hoy la mitomanía se da por supuesta. Cualquier mamarracha es Olivia Newton John sin haberse marcado un baile mítico ni perdido la cursi inocencia en un college norteamericano. Basta con que posea el certificado de Influencer. Un título que te dan sin estudiar, sólo por conseguir que muchos aplaudan cuando bostezas, pegas un golpe de melena o dices Pablito clavó un clavito, qué clavito clavó Pablito.

Entre tanto aburrimiento nada me excita más que cruzarme con jóvenes sorprendentes. Como una becaria que cada mañana viene como un ratón silencioso a mi mesa y me sobresalta: "¿Hola, qué hago hoy?" Es una de esas personas que enseguida ves que van por libre. Parece insensible a las modas, sabe mucho de novela negra y le brillan los ojillos bajo sus gafas. Cuando llega se me escapa una sonrisa, la encuentro tan fresca y con tan poco postureo, tan ansiosa de aprender y tan atenta, tan lista en la ejecución de lo que le encargamos, que ayer le dije: "Cuando sea mayor pienso contratarte en el negocio que monte". Ella puso ojos bailones y confesó: "En mi grupo de clase estamos montado un negocio, una aplicación para...". La idea era brillante, así que no la destriparé aquí. Le alabé el ingenio, ella siguió: "Hay un profesor que se quiere unir al proyecto". Se me escapó un consejo: "Ni se os ocurra meter al profesor si no es imprescindible. Se quiere sumar al carro del éxito". Ella asintió con la cabeza. Luego pensé que mi consejo era un poco destroyer. Un poco maternal. Pero creo que útil.

Todas las generaciones tienen cerebros esponjosos como el suyo. El hecho diferencial es que los listos ganan mucho si además no son arrogantes. La humildad, he descubierto con los años, es un valor si no deviene exceso de modestia. La visibilidad es necesaria. Me irrita sobremanera relacionarme con quien se adorna todo el rato y multiplica por diez sus méritos, no sea que no nos hayamos enterado. Desde que soy apóstol del silencio resulto mucho más antipática, pero es que el ruido y las voces altas me impiden concentrarme en lo esencial.  Tengo una libreta con nombres de personas con las que iría a la guerra (llámese emprendimiento). Un dream-team ecléctico y cargado de talentos. Ayer apunté a esa becaria, puse Olivia Newton-John, no sé por qué. Hoy he anotado otro nombre, y se lo he hecho saber al interesado, que madruga como yo.

¿Y John Travolta?, pensaréis. Pues la verdad es que para mí sólo ha quedado como el tipo que sabía agitar la pelvis al servicio de una diosa. Luego se puso implantes en el pelo y se hizo cienciólogo. Es lo que tienen los vainas entretenidos en darse brillantina en el tupé, qué le vamos a hacer.

PD. hace unos días Olivia Newton-John canceló su gira porque vuelve a tener cáncer. Me dio mucha pena. ¿Será mitomanía?


miércoles, 21 de junio de 2017

ENTRE MAGRITTE, SJ PERELMAN Y PULP FICTION. MI EXPERIENCIA APOCALÍPTICA

Y entonces el editor de editores, a quien yo había pedido una recomendación de libros para este verano, me envió ayer un cómic: "Casi todo Baxter. Nuevas y escogidas ocurrencias", de Glen Baxter (Anagrama). "Una especie de mezcla loca de Magritte, SJ Perelman y Pulp Fiction". Irresistible, pensé yo anoche, abatida por los acontecimientos y con la coraza del sudor pegado a mi piel. No, no era un cómic, era un libro de pensamientos a caballo entre el absurdo y el ingenio, en formato dibujo. Un Roto sin sordidez. Cosquillas bailonas frente a pellizco de torturador.

Para mí, que tengo a El Roto como grande entre los grandes (un pelín menos desde Feininger, maestro entre los maestros), el género cómic es como los espaguetti o el color rosa: me gusta, pero no me encanta. Si puedo elegir tiro para el negro o la paella mar y montaña. Pero admiro al dibujante que convierte una reflexión en ironía con formas y colores. Desgastar las palabras es como dejar un grifo abierto o la luz encendida en la cocina (eso que en mi casa se estilaba hasta que empecé a penalizar con multas de paga).

Hablando de multas, ayer fui multada en la carretera por unos agentes muy serios que me obligaron a hacer maniobras peligrosas en el tráfico de entrada a la ciudad hasta colocarme sobre un trazado en forma de raqueta en medio de la calzada (ahora entiendo al fin para qué sirve). Yo regresaba contenta de una entrevista con un señor talentoso y apacible que vive rodeado de pinturas, perros y gatos, y éstos no me habían atacado. El señor y yo disertamos, entre otros asuntos, sobre el verdadero significado de "extravagancia" y entonces se desató una tormenta. La penumbra de la sala la hacía confesionario. Olía a aguja de pino, a lavanda y a tierra mojada por las primeras gotas de lluvia. Le dije al señor que a mí el presente me huele a apocalipsis. Se mostró completamente de acuerdo conmigo y me confesó que él teme decirlo en público porque le llaman agorero.
El recreo del lñider que lanza bombas al sol

"Cierto", respondí. Pero ahí afuera están pasando cosas. Hay un país que se ha retirado de un acuerdo internacional de protección del medio ambiente y nos va a atufar sin mala conciencia. Otro que se divierte lanzando pepinazos nucleares (de ensayo, pero pepinazos) cada poco para amedrentar y reírse mucho con cara de idiota. Hay unos pirados que se ponen cinturones explosivos y se suben a una furgoneta para estamparse contra gente de bien que transita las ciudades. Hay un narcisismo agudo que nos está convirtiendo en niños mimados en busca del aplauso de todos, y en frustados con rabieta cuando no lo conseguimos. Hay líderes mediocres que se llenan la boca de palabrería sin fuste. Hay trepas que preparan su asalto en las cocinas haciendo ruido con los cacharros. Hay Telediarios que desperdician dos preciosos minutos hablando del lenguaje del abanico, esa chorrada decimonónica. Hay futbolistas multimillonarios sospechosos que tangar al fisco que además se ponen chulos y amenazan con irse del club porque se sienten maltratados.

Hay gente buena, y noble, y lista, que no se adorna y pedalea. Y hay una cosa muy útil y gratis que es el silencio. El vacío para poner cada ruido en su sitio y buscar la esencia de lo que para cada uno es importante. Y que te pongan una multa no es tan importante como para llenarte de ira en una tarde en la que volviste a casa sintiendo aún el calor en la piel de una conversación nutritiva. En un cuarto con vistas a un pinar que olía a bendición del cielo. Y el señor lo ha hecho todo, y ha recibido premios. Y es de una humildad apabullante. Tanto como la ternura del gesto con el que me despidió en la puerta: "Vuelve cuando quieras". Ojalá.

miércoles, 31 de mayo de 2017

¿EL ORDEN DE LOS APELLIDOS ALTERA EL PRODUCTO? (Cómo elegí el de mi madre hace 30 años)

Los Fernández Galvín, en la era del Cuéntame
Hace casi 30 años que uso el apellido de mi madre. No es que tenga nada contra mi padre, es que un día, en mis albores profesionales, alguien pensó que era mucho mejor dar prioridad al menos vulgar de los dos. Una especie de pasaporte al honor y la gloria. O a la catástrofe, que también podía haber sido.

Según la herramienta mágica del INE, en España hay 917.924 que llevan Fernández por su padre, frente a 855 Galvines. Imbatible marcador.

Confieso que anoche me alegró la noticia de la reforma del Registro Civil que permite a partir del 30 de junio que los padres y madres elijan el orden de apellidos de sus hijos. Es lo que yo hice por las bravas, para disgusto de mi progenitor, a quien a día de hoy aún debo explicarle que no es nada personal.

Mi madre, sin embargo, no se siente especialmente orgullosa de que usurpe el suyo. O al menos no lo manifiesta abiertamente. De mis cuatro hermanos, sólo el pequeño y yo somos requeridos al grito de Galvín. Pero es mi caso es además mi firma, la rúbrica indeleble. O sea, que lo en J sería pecado venial  en mí caso es de los de penitencia con muchos padrenuestros y muchas avemarías. 

A mí me llaman Fernández los de mi sucursal bancaria, Hacienda, los teleoperadores pesados  que telefonean a las 21 horas esperando pillarte con la guardia baja para venderte una oferta tramposa, los médicos y la policía las pocas veces que he ido a poner una denuncia. O sea, que soy Fernández para los marrones. 

Para la simulación, la creatividad, la firma de mi libro, los delirios de grandeza o los piropos callejeros (no muchos, no me haré la chula) soy Galvín. A veces, Galvin sin acento. O Miss Galvin para amigos vacilones en momentos de refinamiento fortuito. 

Mi segundo apellido es breve y cantarín, además de contundente. El primero invita al sueño, a ser masa sin rebelión. A que tras un viaje con escalas más largo que la noche de un ciego llegues a un hotel de Nueva York con tu hermano y os den una habitación con cama de matrimonio...
La prueba del delito


A veces, para tocarme las narices, algunos me llaman Fernández como quien dispara con perdigón y yo me hago la loca. Espero, papá, que sabrás perdonarme. Al fin y al cabo, el apellido es más contingente de lo que creemos, tú bien lo sabes.

Si eres serial killer y te apellidas Galvín, tendrás muchas más papeletas de que te recuerden por generaciones. Fernández, sin embargo, irá palideciando y al final lo confundirán con Rodríguez, con López o con Pérez, y tu fama tenebrosa se la tragarán los gusanos, como las cuencas de tus ojos. 

Mis hijas, eso sí, lucen esplendorosas el apellido de sus padre, bello y nada vulgar. Si lo tecleas en la citada herramienta INE, te devuelve: "No existen habitantes con el nombre consultado o su frecuencia es inferior a 20 para el total nacional (ó 5 por provincia)". A mí, a nivel madre, me trae al pairo ser anónima y ceder todo el protagonismo. Eso sí, también ellas pagan el peaje de ser tan raras avis: como casi siempre se lo escriben mal, no hay manera de encontrar sus fichas a la primera cuando vas a la revisión médica o a cualquier instancia administrativa.  

"Tiene sus ventajas, chicas, aunque ahora no las veáis. El día que cometáis una estafa piramidal, o algo, podéis borrar vuestras huellas con más facilidad porque fijo que el inspector de policía lo ha escrito separado y acabado en g". 

Mi padre -ahora sí- estaría orgulloso de mi perspicacia. Es muy de los Fernández.

PD: Mi grupo de Wasap se llama Galvines. No aceptamos a mi madre. :))






martes, 30 de mayo de 2017

FANTASÍA ESCAPISTA DE URBANITA MISÁNTROPA

Cada semana me escapo en bicicleta a comer al parque de El Retiro, a apenas diez minutos pedaleando desde el trabajo. La sola visión de la cancela majestuosa de su entrada por la Puerta de Alcalá me produce una euforia infantil. Llevo la mochila a la espalda, con un picnic a menudo improvisado, y me divierte el reto de buscar una sombra que me cobije lo más lejos posible del cualquier presencia humana. El Retiro a veces es Hyde Park según la mirada aguda y compasiva de Stefan Zweig:

"Porque las calles londinenses están reservadas para los negocios, no hay aquí espacio para la puesta en escena de los flàneurs, para su ociosidad extravagante, su sosiego presuntuoso. De ahí que quien busca el placer y el disfrute, ya sea como espectador o como protagonista, se refugie en este parque que extiende sus brazos verdes para acoger a todos". (De Viaje. Bélgica e Inglaterra. Ed Sequitur).

Como buena flaneur, cada mediodía en el Retiro me asalta una fuerza poderosa de no volver a ningún apremio, locura imprescindible. Quedarme enraizada bajo un castaño y ver pasar las horas muertas, los saltitos del mirlo o a esas ardillas fugitivas que en España -no en Londres- son casi un exotismo.

Una fuga de pensamiento es más potente que la de Alcatraz, si se sabe administrar y mantener en secreto. De lo contrario mis hijas habrían mandado a la policía a rescatarme más de una vez y más de dos. 

A veces me tumbo en la hierba y miro las ramas y soy otra más libre y no me pesan las rodillas. El Retiro amortigua para mí las voces impertinentes de algunos grupos que han llegado allí a correr en la bochornera -cuántos infartos silenciosos, me pregunto- a darse el lote sobre una manta o a escuchar el transistor (juro que lo sufrí, hará apenas unos días). Esa desconexión que tanto anhela el urbanita está en pleno centro, pero muchos prefieren desearlo como argucia social para fingirse humano en las conversaciones, y dedicar sus mediodías a cabalgar a lomos de esa rueda de hámster que son los ritos de oficina.

A veces, solo a ratos, me siento tan misántropa que doy miedo. Me pican los brazos de la desafección, me espanta la cobardía y tanta banalidad sin rastro de decoro, inteligencia o bondad. Y entonces corro al Retiro, o a la Mapfre o a cualquier cobijo donde alguien puso algo que me produce placer, admiración o ese sosiego presuntuoso que apunta Stefan Zweig. Y entiendo más que nunca, ojos semicerrados, que somos mortales y altamente prescindibles. No como ese castaño, que me sobrevivirá y que calma el castigo imperioso del sol del mediodía.
Hyde Park

Y miro el reloj, y calculo que me quedan apenas quince minutos. Y los saboreo como un helado o un algodón dulce que termina, y pienso que en cualquier momento mi madre se asomará por la ventana y me llamará para que suba, que ya es hora de recogerse. Y me cuesta recoger los restos de ese picnic tan Hyde Park, y subirme a la bici, millonaria de planes fugitivos.

Y de tanto escapar he dejado una sábana anundada a mi ventana. Y apenas me concentro ya estoy descolgándome al vacío. Y tengo siete años, puede que ocho.


miércoles, 24 de mayo de 2017

SI VUELVO CONTIGO TIENE QUE SER FOR EVER

Hojeo y ojeo "La broma Infinita", de David Foster Wallace, y me angustia su densidad óxida. Ese mandato implícito de: "o te sientas y me dedicas dos horas o no merece la pena que te enrolles conmigo, bonita". Veo a un suicida haciendo malabares con el suicidio de otro, un personaje que fantasea frente a su terapeuta, y me pregunto si se acordaría de él antes de ahorcarse en el garaje.

Recuerdo entonces que hace ya una semana que fui a ver la película sobre Stefan Zweig, "Adiós a Europa", y me decepcionó profundamente, pero no lo conté aquí porque andaba en otros aleros matutinos. Luego leí algunas críticas y ceo que pensé que esos próceres de la opinión no debían haber leído a Zweig cuando alababan las ¿virtudes? de una cinta rebosante de palabras inútiles, de ese pecado de la literalidad  urdida en detalles banales que seguro el escritor suicida habría denostado. Y me acordé de que mi amiga L. el día de autos me dijo que había visto la película y que no estaba mal, era lenta, pero como a ella "le gusta tanto el escritor...".

Pues a mí me sucede lo contrario. Soy tan devota que no perdono una mala historia a su costa.

Otro día, de vuelta deshilachada del trabajo, J y yo entramos en la exposición de Lyonel Feininger y comprobamos de dónde bebe El Roto. Esos trazos con hacha de luto radical, en contraste con las marinas. Una belleza tan intelectualizada que intuyes que cada línea emboza un pensamiento proteínico, sin conservantes ni colorantes. Y a veces el fondo es de un inocente tono pastel.

La cultura frente a la barbarie. Como una venda que enjuga tanta mugre. El atentado de Manchester, la enésima detención por blanqueo de dinero, las luchas de poder entre líderes enclenques. La madre explicando que su angelical niña ya era youtuber a los ocho años, qué mona, qué lista la jodía niña. La muerte, la devastación. El Mundo de Hoy, querido Stefan Zweig, no sé qué te habría parecido. A mí todo el rato me dan ganas de salir pitando a mi patio y plantar un árbol. El otro día sucedió. Se tarda mucho en hacer el agujero, lucha contra la tierra apelmazada. Y hay que medir los palmos del sepulcro que es la maceta de plástico del malo donde te entregan la mercancía.

Recuerdo que pensé que cavar para enterrar un muerto, como hacen en las películas, debe llevarte horas.  La tierra es terca como una mula. Y que Foster Wallace debió esbozar una sonrisa torcida, al imaginar el trabajo que sería bajarle de su horca y componer ese cuerpo y fijar la bandana costrosa a su frente enloquecida.

Y luego, o antes, nuestro olivo descansaba en su nicho, y también el madroño, ese arbusto fecundo y optimista que parece tan easygoing, como quien dice, que dan ganas de dejarlo a su suerte. Y un jazmín que no se congela en invierno, nos prometió el tipo del vivero. Y dos lavandas que crecen como bolas de dragón tras una indigestión pesada de elefantes.

Y también he recordado un encuentro balsámico con una mujer delgada y culta en su casa de techos empinados, armonía de cuerpos y de luces, confesándome que con su amor de varias décadas hubo una parada de un año. Y que luego él la llamó, con una propuesta firme: ¿y si volvemos? . "Yo le dije de acuerdo, pero si volvemos tiene que ser for ever. Dije for ever porque en español sonaba muy solemne y me daba miedo". Y admiré a esa mujer, y me hubiera quedado en esa mesa con flamígeros candelabros convivientes  con acertados lienzos contemporáneos. ¿Habría un Feininger, tal vez? No pregunté.

La Bauhaus es un vientre que aún sigue pariendo, no se agota. Anoche, en un desmayo de chill out miraba las bandadas de ¿vencejos? (por el ruido que hacen así los llamaría, espero me perdonen los ornitólogos). Y también que de todos los estilos el nórdico años 50 es el más conveniente a mi carácter. Quizás por eso en los aeropuertos, muchas veces, me hablan en otro idioma y yo me dejo hacer. Hay un carácter que nunca está en tu cuna. Ser Bauhaus es una religión. Ser imbécil, un mandato de los que siguen la última propuesta también llamada moda. El "insufrible presentismo"de Graciela Speranza, artículo que ayer me pasó él y ahora leo. Y esa frase brillante que es un bucle: “Si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado”.

Yo quiero que sea "for ever", lo presiento. Como el olivo en el patio que busco hasta en sueños. Y pasar de puntillas por los nidos de desolación.

El día de la Fundación Juan March sólo llevaba 5 euros en la cartera: ¿postales de Feininger o dos cañas?, era el dilema. Elegí y tuve premio. Forever se ocupó de las cervezas.






martes, 16 de mayo de 2017

LA ALCARRIA ES ESE PASTOR ADUSTO QUE ABRE LA BOCA Y SUENA A MONTAIGNE

"No tengo mis recursos predispuestos y ordenados, y sólo aprendo después de la acción, con tantas dudas sobre mi esfuerzo como sobre otra fuerza. De ahí que, si tengo éxito en una tarea, lo atribuya más a mi fortuna que a mi habilidad, pues me las planteo todas al azar y con temor". Michel de Montaigne. Los Ensayos.

1.La Alcarria es un hallazgo necesario sin necesidad de un Cela que la aliente. El fin de semana de trote por algunos de sus pueblos -Horche, Lupiana, Auñón- sigue susurrándome la importancia de la Tierra y la armonía del paisaje austero frente a la exhuberancia de lo obvio. Monte bajo, trepadoras y celindas aromáticas, concierto de nubes en el cielo y una plaza con unas escaleras que anuncia un lavadero donde mi familia y yo nos enredamos en la charla&gin tonic y torreznos mientras unas mujeres árabes, a pocos metros, ordenaban a sus hijos sin sentir que lo nuestro era una provocación. Las plazas rezuman tolerancia; las palabras, relleno de tiempos muertos a esa temperatura perfecta que no alumbra un titular, pero te acaricia el pelo.
Monasterio de Lupiana

2.La ruina es bella y alguien debería escribir ya una guía turística de ruinas. Mejor si no se pueden visitar. El Poblado de Villaflores, cerca de Guadalajara, fue diseñado por Ricardo Velázquez Bosco, el mismo arquitecto del Palacio de Velázquez, la Escuela de Minas o y el Palacio de Cristal de El Retiro (Madrid), pero nunca lo hubiera sabido de no ser por R. Para llegar hay que atravesar vallas de obra y paredes con graffiti que lejos de afear el conjunto lo convierten en instalación (aunque hay un punto en el que parece que desembocarás en un poblado de droga). La Bienale de Venecia afilaría sus colmillos ante la visión de ese columbario que taladra el AVE cada poco rato, como flecha de fuego mientras el sol se oculta entre el misterio de una colonia agrícola del siglo XIX que se cae a trozos pese a ser Bien de Interés Cultural, ese reconocimiento que sirve a veces tanto como ser Miss Cuenca en Senegal.

3.En familia jugamos a "Yo fui a la EGB", un juego mal diseñado que pone a prueba la memoria de los que pertenecimos a esas generaciones con las que algunos se han forrado a base de libros sobre el tema (los chicles bazooka, el coche sin cinturón de seguridad, las pastillas calientaburras...etc). Asumiento que los de mi estirpe somos incapaces de leer manuales de instrucciones, aquellas eran un dislate, así que terminamos por coger la tarjetita del montón que mejor nos venía, muertos de risa, y dimos un recital de amnesia generalizada frente a la chimenea con la que nuestros hijos fliparon.

Poblado de Villaflores
4.Menosprecio de name-dropping, alabanza de aldea. Este es mi tópico y de ahí no me saca nadie. No encuentro nada más cierto que montar unos muebles de cocina de IKEA mientras pasan las horas y el campo vomita un silencio oficioso desde donde trenzar sueños de patio. Lo más crucial en este momento es comprobar si las enredaderas han prendido, ese milagro cotidiano. Lo demás, farfulla modernícola sin fuste.

5.La Alcarria es ese pastor adusto que abre la boca y suena a Montaigne. Ya lo he entendido.

domingo, 7 de mayo de 2017

LA IMPORTANCIA DEL VISILLO PARA LAS MADRES


Al final me di cuenta de que mi madre tiene razón. Poner visillos a una casa es crucial. Varias semanas después, el boquete enorme de la ventana ha dejado de devorarnos con su lengua negra que cada noche te sumerge en la Alcarria más adusta y voraz. Una simple tela liviana y de sencillo algodón es un escudo contra el abandono, una manta cálida que huele a suavizante y a buenas intenciones.

Y entonces el azar te hace un corte de mangas y vuelves al tanatorio. Y te encuentras con tus tías, tus primos, y hay un aire festivo y nada culpable en el reencuentro que es casi un homenaje al que se ha ido.

Que dios me perdone -es una frase hecha- pero cada vez que contemplo un cuerpo sin vida tras un cristal en un velatorio estoy convencida de que va a abrir los ojos de golpe. Que esas 24 horas de obscena exposición son la moratoria de la parca. Que aún se le puede ganar la partida, que es un mal sueño y te han colocado ahí, en una cama estrecha, rodeado de velas de mentira y de flores con frases prefabricadas: "Tus hijos no te olvidan".

¿Cómo te van a olvidar si te acabas de morir? (Si fuera dibujante de cómic pintaría un bocadillo en la boca del muerto que dijera "pa chasco", eso tan de mi abuela).

Las cortinas en un velatorio son el final. Como en el teatro y en la ópera. La última ocasión de contemplar un rostro con cierta tersura que se hace llamar rigor mortis. Pero yo a mi tío prefiero recordarlo hace apenas unas semanas, saliendo de la misa funeral de su esposa, y con esas carcajadas que siempre se gastaba y que son tan de mi familia. O la pasada Nochebuena, cuando cenó en mi casa, ataviado con pajarita como un premiado de los Oscar, elegante y contento.
La dignidad del visillo

Los de su sangre, que es la mía, aliviamos el dolor mostrando dientes. Y ayer los hermanos nos juramentamos para no ser expuestos cuando toque cruzar el Hades detrás de un vidrio feo. No gastaremos en horribles coronas con frases de tebeo; haremos una fiesta y brindaremos por el que se ha ido. Y en lugar de cadáver podría implementarse un holograma o una proyección de fotos con los instantes más felices. Por ejemplo, yo en mi casa de pueblo ayer por la mañana, sentada contemplando los visillos, hipnótica perdida,  mientras J. colgaba unos pisos más arriba la estantería que compramos en Oviedo, y el rollo de papel pintado se quedaba esperando otro fin de semana, otro jubiloso desafío.

Hoy es el día de la Madre y estaremos con la mía en el cementerio, despidiendo a su hermano. Y no es un mal  plan, porque seremos todos. Y a la señora Muerte que le den; es tan previsible en su guión que no merece más que unas cortinas de raso acrílico que te dejan temblando, como nieve.






jueves, 27 de abril de 2017

EL TÍO QUE VA DANDO BRINCOS COMO UNA PUTA GACELA

"En ocasiones me da miedo pensar que lo más seguro es que me pase el resto de mis días deseando haberle reventado las tripas a un conejo delante del huerto de Harry Frey cuando tenía seis años".

Hoy me he despertado repentina y he tirado de Donald Ray Pollock ("Knockemstiff", Randon House Mondadori). Un viaje a la pesadilla rural de donde nadie escapa, una sucesión de historias pegajosas y sucias como un bote de mermelada arrojado en medio de un camino de polvo que conduce a un aserradero desierto donde sopla el aliento seco y ardiente del diablo.

Entonces he recordado que ayer mi fisio me confesó que desde que se había divorciado lee menos, y con impaciencia. "Prefiero libros de relatos, así no tengo sensación de culpa si sólo avanzo unas páginas" (decía mientras presionaba mi trapecio con saña de acero caliente). Mi impulso curioso estuvo tentado de indagar sobre la relación entre divorcio, culpa y desidia lectora, pero la camilla no es lugar para charlas de entomología social. Eres cuerpo a plomo y así debe ser. La turbina del pensamiento no para, sin embargo. Y se queda enganchada en esos detalles pequeños, pero elocuentes, que delatan acciones de una bajeza moral que ríete de las de Knockemstiff (Ohio) de Pollock.

Mi problema -le hubiera confesado a mi afanosa fisio de haber querido pegar la hebra- es la ausencia total de mitomanía. Que suelo ver al emperador en pelotas por más que lo cool sea elogiar su fastuoso manto de armiño. Admiro desde luego al virtuoso capaz de tramar una historia que trasciende las letras que la abrigan. También al noble inteligente, al íntegro sin trabas, al portador de un sentido del humor que jamás coquetea con el sarcasmo. Y creo que uno debe detectar lo antes posible eso que ni un huracán puede arrebatarle. Su esencia nuclear, que imagino una bola brillante y giratoria. Y sería reconfortante bautizarla, igual que algunos bobos bautizan a su miembro viril con muchos menos méritos de guerra en la mochila.
El traje nuevo del emperador

Y de madrugada, en una soledad atroz y necesaria,  leo y celebro:

"Lo ha visto todo el mundo, ese anuncio donde un viajo va corriendo por la playa iluminada por la luna junto a una hermosa starlet con el pelo rosa y un tanga plateado; el que dice que nunca es tarde para empezar desde cero. El tío va dando brincos como una puta gacela, apenas toca con los pies en la arena y tiene un bulto del tamaño de un mazo dando tumbos dentro del bañador a cuadros".

Me hago cargo, hombre llamado Pollock. Tu apellido es un chaparrón del piedras del tamaño de un meteorito de película mala de domingo a la hora de la siesta. En ocasiones no es que quieras reventarle las tripas a un conejo, es que ves conejos saltando por doquier, o trepando por las enredaderas en busca de un atajo feliz. Y es un relato. Y debes celebrarlo porque excita tus dedos al teclado que alimenta ese yo inmortal,  irreductible.

Y caigan meteoritos a destajo. Y se queden las moscas pegadas en los restos de mermelada de ese bote, batiendo sus alitas en agonía lenta mientras llega y no llega un cineasta cruel y lo hace dogma.

Y es todo tan vulgar, tan cotidiano, que sucede en ese Ohio que son los reductos pequeños donde el tuerto es el rey y tirita de miedo bajo su nada.