miércoles, 18 de octubre de 2017

ESE PRIMER DÍA DE ZAPATILLAS DE INVIERNO (AL FIN LLUVIA EN VERSO)

De por fin lluvia al trote dan ganas de sacar por la ventana el cuello telescópico y beber largos tragos
urgentes

Carcajadas

He limpiado la mesa con el dorso mojado de mis alas, como quien forra un libro que huele a tinta/ sangre y a pulpa de madera.
Y todo estaba en orden, el fuego  besa ya las  brasas que compondrán cenizas.
Atlánticas, azufre, necesarias.
Y dejarán un lodo que se llama memoria despiadada. O memoria histérica. O desmemoria

(La ira ajena de los teletipos  como neones rojos de triste puticlub a una media distancia,  esa que hiere menos)

El olor de café de cafetera abriga las esquinas de mi taco Myrga, compañero, 20 de octubre recita sotto voce
Los primeros rugidos del alba perforan las aceras de la calle, con gran delicadeza sin embargo

Antes de que lleguen los hombres locos con sus máquinas como perros rabiosos más allá de este techo

Proclamo la ley del folio en blanco y el olor a lavanda calada hasta los huesos
Los principios sin fin, el aire contenido en un estuche de cruel metacrilato
Que es más que una república, es mi reino de espadas invisibles

(Sin arrepentimiento por las sábanas tibias que dejé, hace ya algunos cuartos)


Postdata: Las zapatillas de invierno ya me acogen. Cómo amo recuperarlas cada Otoño. Cuánto habéis tardado en llegar, amigas mías.


domingo, 15 de octubre de 2017

CÓMO REPTAR BAJO EL SOFÁ CON UN CENICERO EN UNA MANO Y UN PITILLO EN LA OTRA (HOMENAJE A LUCÍA BERLÍN)

Mi sagutxo para leer a Lucía Berlín
Esperen. Déjemme explicar...

Una puede robar a libro armado un arranque de Lucía Berlín, como es el caso, y comprobar segundos después que lo último que buscó ayer en internet fue la receta del morcillo para olla exprés. Como mujer de la limpieza que también soy me siento legitimada para ése y otros muchos atracos -faltaría más-. Pero eso sí: juro que jamás usaré un plumero. Ese arma de dispersión masiva tan sexy que coge el polvo de un sitio y lo deposita en otro con toques invisibles de prestidigitador fino mientras tú te quedas convencido de que limpiaste (autoengaño para principiantes, diría).

Querida Lucía, yo no robo anfetas, somníferos, antidepresivos ni ansiolíticos, pero podría reptar con un cenicero en una mano y un pitillo prendido en la otra debajo de un sofá en busca de una diminuta pieza de puzzle de, pongamos, diez o doce mil porciones.Una esquirla de chopo que amarillea acá, un fragmento de tierra velada en gris,como ceniza. Fulgores de un paisaje alcarreño que se nos desveló ayer deslumbrante ante nuestros ojos de excursionista torpe por tierra aún pendiente de conquista y a punto de rendirse a un Otoño frustrado por el sol y los calores tan fuera de lugar.

Se llamaba Manuela y era la mujer de la limpieza que iba por mi casa de niña. Olía a  una mezcla de sudor agrio con amoniaco, tenía el pelo graso cogido por un moño, las piernas amoratadas y varicosas y cuando se subía  lenta como un mamut a la escalera mis hermanos y yo nos espantábamos ante la idea de que pudiera caer y aplastarnos. Y ese cuerpo tremendo de pechos rotundos y bailones como el Flanín vainilla, desparramado con todos sus líquidos mondongos, nos interpelaría desnucado por no haberle recogido con nuestras perversas manitas burguesas. Ojos en blanco. (Manuela pesaría, qué sé yo, más de noventa kilos en canal, pero mis hermanos y yo calculábamos en arrobas, sin saber si eran cien o doscientas, a ojo de buen cubero).
Brontë y yo

He encontrado en mi Casa con patio,te diré,Lucía Berlín, un lugar ex profeso para leer tus cuentos. Antaño fue un pajar, o un despensero a refugio de tantas humedades o de ese viento glacial que golpea estos páramos y te puede volver loca si no estás vacunada de la rabia. No loca del coño, como suele decirse vulgarmente. Loca reverencial, de las que cocinan morcillo en la olla sólo para olvidarse un rato de una pila de lecturas que compondrán dos libros que nadie en mi familia leerá.

El lugar, no me dispersaré, es un habitáculo abierto al recibidor por una barandilla tosca de leños, techo de vigas de madera y paredes y suelo irregulares, encaladas. La puerta conserva el gozne de madera de casi doscientos años. Los que nos vendieron la casa lo llamaban "el sagutxo", aunque mi madre no se acuerda y dice "el cuartucho". Está a una altura como para romperse la crisma si te caes un mal domingo, y cuando mi Brontë se asoma por la barandilla meneando la cola me angustio tanto que le tiro del rabo y le arrastro hasta mi regazo para que te lea si quiere, o dormite si no con una respiración tan señorial a ratos que casi parece humano.

En el suelo he dispuesto colchonetas. Dos, diferentes y recicladas de aquí y de allá, y una mesita baja con una luz de globo y un cenicero por si un día, repta que te repta, me diera por fumar. Abrigan sus paredes unas figuras orientales, de esas que te protegen aunque no sepas su nombre, y un estante viejo que pretendo llenar de lecturas diversas y revistas viejas, ya descatalogadas, de las que uno solo lee en los cuartos de baño ajeno o en la sala de espera del dentista.

(Podría ser un rincón muy Transpotting si no fuera porque soy tan antidrogas).
Alcarria
La mesa diminuta albergará gin tonics de Bombay o de Oxley, pecado recurrente y necesario (no cuenta como droga, es ambrosía lenta). Y si me sorprendiera el sueño entre la página 80 y la 90 estaría dispuesta a  estirarme y dormitar con mi perrillo cerca -respirando fatiga y adelantos- hasta que el pitorro de la olla exprés nos avise de que el morcillo está a punto de salir volando, y haya que bajar las escaleras angostas para reducir el gas a la llamita inquieta de un mechero, lo que es una luciérnaga. Y el olor potente de la carne estofada se apodere de todos y excite nuestros jugos, y tu libro se quede allí,esperando la vuelta,marcadas las esquinas como me gusta hacer,escrito por los bordes a bolígrafo o eyeliner Chanel, violación sin recato ni arrepentimiento.

“Se había mojado los pantalones; había un charco de pis en el suelo. Una pompa sangrienta aparecía y estallaba en un orificio de la nariz con cada respiración”. Lucía Berlín. “Manual para mujeres de la limpieza". Alfaguara.

PD. Cuando el otro día hablé con D. de Lucía Berlín, entre otras cosas, él me recomendó otro libro para desengrasar: "Adaptative markets: Financial Evolution at the Speed Thought". Lo leeré también en el sagutxo, algún día, con incienso encendido y un té roibos humeante, si te parece bien. Hay catedrales que apenas se recorren en dos pasos. Y siempre te dan ganas de hincarte de rodillas y rezar lo que surja.

jueves, 12 de octubre de 2017

HE DECIDIDO SER LA VIDA QUE ME ESPERA

Pertegaz. Canal de Isabel II
"No sé qué tiene una noche oscura y fría que hace que te sientas muy cerca de alguien con quien duermes. Cuando hablas con él es como si fuerais las únicas personas despiertas de toda la ciudad".

Arranco el día de los aviones por el cielo y los soldados a pie abriendo al azar a Carson McCullers y su primer relato publicado,"Sucker", en  "El Aliento del Cielo" (Seix Barral). Uno de los libros que sobrevivieron a las inundaciones de julio. En adelante, hablaré del "Verano de las Inundaciones" o incluso del "Año de las Inundaciones" como se habla en las guías de viajes de papel perfumado de un acontecimiento que se lleva por delante sombreros, planes y veredas.

En Burgos, por ejemplo, esa ciudad a la que vuelvo con la excusa redonda de mis viajes a Asturias, siempre me fijo en las marcas de piedra de su Plaza Mayor. Hasta aquí llegó el agua, seguido de una fecha, no recuerdo. Una placa o varias dan fe del cruel impacto líquido y uno piensa que el detalle enseñorea aún más a la city castellana de los torreznos crujientes en su punto y de la catedral mejor clavada en las tripas de piedra que haya visto nunca.

Yo he puesto marcas de los Estragos de este Año, con mayúsculas. Son fábulas con letras, por ejemplo: "El verano de la primera crecida me había comprado un absurdo vestido color azul celeste, con un volante terco y desalmado".  O "El verano del Agua" (así, para abreviar), unas manos de hierro me lanzaron tan zombie e indefensa sobre la Castellana, ese océano rojo si lo cruzas al sol- y me trastabillé como Alicia tontuela buscando el agujero donde estaría el Conejo. ("Deprisa, deprisa", habría de decir).
Mi refugio anti todo

No hay marcas a la vista en el asfalto de las paredes de mi casa. Un pintor animoso llamado Augusto como un emperador de la devastación  las tapó hace unos días, o puede que semanas, mientras abajo los albañiles de otra obra de calle ad eternum se ensañaban con la taladradora y arriba el Nefando Lupus -así ha bautizado J al jefe de la tribu que quitó las válvulas de todos los radiadores del séptimo para volcar el agua sobre nuestros armarios, nuestros libros, nuestro exiguo equilibrio mental- picaba piedras o algo cual si se hubiera chutado una docena de latas de Red Bull con las galletas María del desayuno.

El Año de las Inundaciones sólo se hablaba de Cataluña y mi amigo JMB, un mallorquín catalán -tan despejado siempre, tan noble relator, tan cariñoso- me invitó a comer a un restaurante japoperuanoastur  y me aguantó las lágrimas saladas sobre el pez mantequilla con  notable apostura. Le dije, y si no ahora se lo digo, que cuando te inundan varias veces seguidas se produce un fenómeno extraño que hace que el agua se cuele bajo tu piel, penetre en las entrañas y busque salida por los poros o por un conducto amable, llámalo lacrimales. No es tristeza, no vayas a creer, es un desbordamiento como el del Arlanzón, ese nombre de río victorioso que sugiere una cota de malla con su espada, caballero de agua  que se enreda en un barrio con casas de postín muy poco arrabalescas, a priori.

Han pasado los días y aún huele a humedad, si te concentras. La lluvia se ha llevado algunas fantasías que no fueron y esta trinchera a veces no parece tan sólida. Enumero la lista de estragos que murieron y no son para tanto. Entiendo eso tan feo del estrés postraumático y me abrazo a mi Brontë cuando entro en la cocina, demasiado temprano incluso para un perro que bosteza y se estira tan peludo tentando mis rodillas con su morro.


La lista de mis planes es un mapa arrugado que crece por los bordes y exhibe muchas cruces. Querría varias vidas para enredarme en todas, pero a falta de seres reencarnados  que presenten unas pruebas convincentes elijo invocar la serena alternancia de sucesos y charcos. He decidido ser la vida que me espera,  y me abrazo a las letras después de muchos días de sentir que el caudal de mis adentros iba subiendo terco y nervioso por los pies. Vomito lo que veo, el ruido de tantos acontecimientos de este Otoño caliente. Y ese distanciamiento necesario para evitar la víscera y la ira que nos rondan a poco que uno encienda una pantalla o una radio.

Diré por tanto.

El Año de las Inundaciones puse a cero el contador de mis uñas, que crecen sibilinas como el pelo o las manchas en la piel. Albergué algunas dudas, me enfadé con los míos y administré silencios como lunas.

Ahora sé que los ríos se desbordan para calzar leyendas que contarán abuelas a sus nietos camino de la Escuela.

"El año de mi desbordamiento, ese primer día, llevaba un vestido absurdo color azul celeste con un volante en globo y crucé la Castellana. Fue un día memorable, sin embargo; un día Arlanzón, puedes decir. El techo de mi casa aún lucía seco.  Recuerdo haber sentido un sordo alivio y una llama de determinación picante en mis zapatos... Augusto se llamaba el fixer que llegó, días después. Temblaba mi país, que no mi patria que está en mi corazón, bien a resguardo. Y escribía por dentro con esta tinta roja que ahora sale por fin, borbotones de río desbocado. Alegría temprana, gasolina sin aire ni restos de carbón de esos que te hacen toser y torcer la nariz al paso de la Peste ".

Y Carson McCullers a esa distancia prudente y leal que tienen los amigos cuando toca: "No soy capaz de precisar los momentos y decir que eso sucedió un día y aquello otro al día siguiente"...




jueves, 5 de octubre de 2017

Y SI ME SALE CRESTA, ELIJO A IGGY POP (¿LA EMOCIÓN ES EL NUEVO PUNK?)

Dice Guillermo del Toro que la emoción es el nuevo Punk. Yo veo que se ha hecho la reina de la casa mientras hacíamos sudokus simulando pensar. El sudoku es la congelación del magín concentrado. Las concentraciones de gente empiezan con una proclama y terminan columpiándose a lo loco en la emoción.
Diría que la emoción es como el colesterol. La hay de la buena y de la mala.  Como el punk en esos años en los que era demasiado pequeña y asistía fascinada al espectáculo de crestas y labios negros como Sabrina en el árbol, demasiado pequeña para ser invitada a la fiesta. A cualquier fiesta.

Ahora tengo miedo de cómo la llamada a la bilis está haciéndose con los titulares del mundo. Y prende como la mecha boba de los petardos de los comics. El vómito está servido porque andamos subidos a una montaña rusa de delirio y abajo las fregonas de la razón no dan abasto. La música suena y tú te ahogas de tantos decibelios. Hay un ánimo de vuelta a las barricadas. Gente que está dispuesta a enrolarse en una gesta, cualquier gesta, y preguntar tal vez, cuando ya sea tarde, de qué iba ese gesta.

Hay una guerra seca de golpes en el techo de mi casa, que empezó cuando el sol aún no se sabía verano. Y otra guerra con sacos de trinchera en la calle que me guarda el cuello sosegado y sin escudo cuando escribo.

Y luego está esa otra, la de las potas agrias y el pus en las gargantas.

Y Brontë, el pobrecillo, pelea con la rabia, que ayer lo vacunamos. Y cuando sale a la calle no mira las banderas que algunos  colgaron en sus balcones, pendones de la rabia o desaliento. Del sentimiento patrio, sea esto lo que sea. Mi perro va a lo suyo y busca  chicles de menta masticados -su manjar prohibido- o una fruta mordida que alguien tiró a la acera o cualquier celulosa con mocos o sin mocos.

No sé qué significa una bandera colgada en un balcón. Imagino un documental en el que se pregunta a diez personas qué sentimiento albergan al colgar la bandera nacional o una estelada. Puede que nos sorprendiéramos todos al oír sus palabras. El mismo son, distinta rima o verso. La guerra de los símbolos es una mala guerra si no entiende de letras, de cimientos trabados con cenizas de hielo, el poso que es el tiempo; las voces de los sabios que susurran y no humillan a nadie.

No escupo a la bandera, a ninguna bandera. Respeto que se muestre como al Niño Jesús en Navidad o el crespón de los lutos. No saldría colgada de un fusil a matar por otra insignia que no fuera la de mi conciencia, mis hijas o el amor, ese bien tan preciado. No por la desesperación ni el desaliento (en este último caso enjugaría con ella mis heridas de lágrimas tan ácidas que horadan la piel y alumbran quemaduras)

Bronte y su peluche
Soy pacifista o puede que cobarde porque no metabolizo las llamadas a romperme las tripas. Escucho a nuestros líderes, tan pollos sin cabeza, y aprecio como nunca la fina inteligencia que separa la letra de la música de aquella sinfonía de tambores, platillos y cornetas. Recuerdo las primeras planas que hace no tantas décadas saludaron conflictos carniceros con una euforia sórdida más de celebración o alivio que de luto. A veces las personas necesitamos sangre como los romanos del Foro mejestuoso que pateé hace días en una Roma mucho menos desquiciada que la tierra -llámalo patria si prefieres- que había dejado atrás.

Y no miro todo esto desde ningún balcón, de arriba abajo. Yo misma soy un loco laboratorio de iras, convulsiones, tristezas y euforias a menudo. Y si me sale cresta, y noto que mis labios se amoratan y quisiera vomitar sobre el público, elijo a los Stooges con Iggy Pop, no al rey del pollo frito, con la venia.

Ojalá vuelva el río a vibrar transparente, cristalina emoción HDL. Y apaciguados todos pensemos de verdad, sin vendas y sin sogas, hacia dónde queremos construir. Y ojalá que nos guíen seres menos mediocres, menos interesados, más dispuestos a inmolar su ambición y a hacer servicio público, eso tan poco sexy pero tan necesario.

Y mi Bront¨ que asiente con su boca tentándome las uñas de los pies, desrabietado. Y en breve marcharemos los dos a buscar chicles con babas, ambrosía, y estará todo bien, al menos por un rato.




domingo, 10 de septiembre de 2017

NOCHE DE ESPANTO Y DESASOSIEGO (MIEDOS DE UNA MADRE DE HOY)

 
Anoche una orquesta de pueblo destrozaba mis tímpanos y Brontë, nervioso por tanto decibelio, terminó en mi cuarto contraviniendo mis estrictas leyes perrunas y se hizo de todo y por su orden en la alfombra. Pero no se me alteró una ceja porque tenía cuerpo de escombro y porque las catástrofes domésticas se han convertido en tendencia en esta familia este verano y no sé si vivo en un estado permanente de superación o de hundimiento. Pero respiro y parece que entra aire.Y huele a olivo y a lavanda regada de rocío.

Las fiestas de pueblo, esa evocación bucólica de nuestra infancia y juventud, eran el pasodoble de las señoras enlazadas, escote contra escote, los chistes picantes de los cantantes para incendiar la pista y un cubata furtivo y fugitivo de las miradas de tus padres. También algún beso robado, que podía devenir lote deluxe o incluso magreo de baja intensidad, hasta sexo vainilla para los más lanzados. Eran tan pocos los días en los que se nos daba barra libre para salir, que estrenábamos la noche como toros recién salidos a la calle Estafeta. También había porros y seguro que otras drogas más contundentes, pero ya he dicho que salí inmaculada de mi etapa teenager y si hubo y pasó cerca mis ojos no vieron. O no quisieron enterarse y a otra cosa.

Ayer un buen hombre de este pueblo me contaba que había visto de todo la noche anterior, que también hubo jarana, a una chica sin bragas -”desnuda de cintura para arriba”, dijo textualmente- tirada por la calle mientras un chico a su lado se abrochaba los pantalones. Aquí hay mucho mal, beben alcohol a saco, toman cocaína y se desmandan, me relataba mientras los dos contemplábamos los estragos de la fiesta en forma de orines, restos de chistorra y mendrugos de pan, vasos tirados y todo tipo de inmundicias que hoy alguien tendrá que recoger.
Más civilizado que muchos hombres/mujeres

No creo ser una rancia que se altere por cualquier cosa, pero me siento abochornada de mi especie. Brontë se alivia a veces donde no debe porque aún es un bebé. Estos chicos -y algunos rondan los 50 años- se rebajan hasta extremos bochornosos sin recato.Y no lo hacen un día, porque a ellos los dejan salir cuando les da la gana y hasta la hora que quieran. Da igual si son de pueblo o de ciudad, los tópicos de ayer se los ha tragado la globalización con sus contenidos uniformes y los camellos con sus todoterrenos. Y sí, estoy escandalizada, y no me importa reconocerlo. Me produce una enorme tristeza pensar en que nos estamos autodestruyendo. La reflexión no tiene fuerza y las voces de los que piensan se ven amordazadas por las de los descerebrados que reinan en esos foros donde la chorrada más vil se erige en un prodigio que se aplaude y se jalea. 

Mi generación, la de finales de los sesenta,  era ingenua y boba. Llegamos a la edad adulta con taras provocadas por la enorme pisada de la autoridad más plural,  zafia y demoledora -la política, la de tus padres, la del cole de las monjas-. Nuestra educación sexual fue un desastre lleno de silencios, tabúes y complejos. Nos buscamos la vida, nos habían dicho que si nos esforzábamos, alcanzaríamos la gloria profesional. Y muchos la alcanzamos, y trabajamos duro. Más tarde fuimos padres y quisimos enmendar los errores de nuestra educación con nuestros hijos. Hablamos con franqueza y libertad de todo lo que ayer nos habían ocultado. Dialogamos, no levantamos la mano en son de furia. Pensamos que teníamos las claves para orientar a nuestros hijos a partir de nuestra historia de prueba y error.

Y la realidad es que nuestros retos no son sus retos, ni nuestras zanjas profundas son sus zanjas. Eso pensaba anoche mientras una orquesta de pueblo se desgañitaba con temas que eran mis temas hace años. Estos hijos que hemos mimado y protegido se enfrentan a la dictadura de la masa más que nunca. Tienen la mayor libertad formal y la mayor esclavitud de fondo.Nadan en un océano de banalidad y necesitan pruebas de que hay algo sólido en la otra orilla.

“Qué hace una chica como tú en un sitio como éste”, escuchaba cuando el reloj de la madrugaba coqueteaba con las cinco. Afuera brillaban las estrellas y mis hijas y sus amigas se lo pasaban bien porque así estaba escrito. “Ya estamos en casa”, leí en mi wasap. Las 5,18. Y pensé que la madre preocupona había abducido a la mujer esperanzada y optimista que soy. Que mis chicas están preparadas para sacar sus propias conclusiones. Que el mundo siempre ha estado plagado de minas explosivas. Que a veces tengo miedo, y hace frío. Que no dormir agudiza la pesadumbre e invoca a los fantasmas. Que las series de zombies son hiperrealistas, resuelven nuestro tiempo.

Que me gusta este pueblo y la casa que me cobija. Y que cada quien se desnude como quiera, y ojalá que algún día descubra el valor de eso tan exclusivo y tan eterno que se llama intimidad, hoy tan en retroceso.  Porque queriendo o sin querer nos hemos convertido en un ejército social de exhibicionistas, donde si no lo cuentas parece que no es ni ha existido. Esta es mi reflexión, y hoy es domingo. Mi perro duerme a mis pies, lo acuna el traqueteo de las teclas. La alfombra ya está limpia, espanto poco a poco este mortal desasosiego.  Y sin embargo...






lunes, 28 de agosto de 2017

RAZONES PARA IR A MÁLAGA (ADEMÁS DE LOS ESPETOS DE EL PALO)

 
Museo Pompidou Málaga
1.Francamente, me da igual lo que haya pasado en “Juego de Tronos” en su última temporada y también la que ha liado el tal Manuel Bartual con su poco imaginativo delirio del doble en Tuitter. Me parece mucho más relevante lo que ha sucedido en Málaga mientras dormía.Unos años en los que tiraba para la costa directa desde la estación de María Zambrano, sin mirar atrás y convencida de que no era una ciudad para más ensoñación que la de los espetos de los bares del Palo.

Esta vez paré, abracé a mis amigos y los arrastré al Museo Ruso San Petersburgo y al Pompidou, del tirón. Caí a los pies de los Romanov, balbuceé de admiración delante del cuadro del Palacio de Hielo, temblé bajo la mirada de Pedro I y me hubiera arrodillado delante de un formidable Invierno en la exposición temporal de los Jawlenski y sus coetáneos. Del Cubo de colores me quedo con las videoinstalaciones de Tony Oursler, el hulahop de SigalitLandau, los Giacometti (soy fan rendida) o el John Currin, entre otros. Diría que es una muestra lúdica, como ir al parque de atracciones y atiborrarte de algodón dulce pero sin vomitar en la noria. El paseo por un centro recuperado para el peatón entre tabernas vetustas y plazas alborotadas fue el remate de un plan 10. El puerto resucitado invita a divagar entre esculturas de bronce, bistros design y escaparates. La globalización de los puertos es un hecho y sanea los suburbios. También hace que las ciudades con mar se parezcan cada vez más. Como vestir de Zara

2.Mucho antes,cuando el calendario estrenaba verano, fui al Centro Botín de Santander, aplaudí a Renzo Piano en su propuesta de naves espaciales amerizando el Cantábrico y, tras regodearme un rato con los inventos de Carsten Holler me sumergí a conciencia en los dibujos de Goya, un poco desconcertada con la ubicación. “Sueño de brujas consumadas”, “Buena mujer, parece”, “Ni por esas, qué tiranía” son tres de los títulos que me hicieron sonreír. Enseguida apunté los beneficios de la descontextualización: en el museo del Prado apenas me había detenido en esas obras, ensombrecidas por el poderío de los must del pintor aragonés. A veces hay que desenfocar para enfocar.

3.”La Seducción”, de Sofia Coppola, es una película palomitera con pretensión de cine de altos vuelos. Tiene algo de Maria Antonieta y algo de las Vírgenes Suicidas, pero creo que saca poco partido al soberbio planteamiento central (eso que ocurre si en un lugar cerrado donde sólo viven mujeres durante años aparece un hombre)y demasiado al cliché . A cambio vi en video “Primavera precoz” de Yasujiro Ozu y la sentí perfecta. Cuando lo cotidiano es arte. Como el espeto de sardinas de la barriada de El Palo, con el sabor de siempre pero en esa Málaga remozada a la que pienso volver siempre que pueda.

jueves, 17 de agosto de 2017

POR ABREVIAR SU AZOTE Y SU ALEGRÍA (10 SÍNTOMAS DE AGOSTO QUE SON PURO SEPTIEMBRE)


Paisaje tras la inundación
Este agosto me huele ya a septiembre y Brontë aún no ha entendido que no hay barra libre para aliviarse por los pasillos de casa. Desconozco si a la Artista antes llamada Minichuki le vale el uniforme del colegio, me resisto a dar a la tecla de compra de libros de texto en esa web que detesta Donald Trump y sobre mi cabeza los techos escupen los desnudos desconchones de la inundación que sufrimos el 31 de julio, cuando aún pensaba que el Verano era eterno y la entropía estival un gozoso espejismo.

No es un duelo precoz, es advertencia. Ayer ya pasé por la chapa y pintura de mi peluquera María, siempre cariñosa y saltimbanqui, y rematé con una pedicura impecable que me hizo sentir civilizada ipso facto tras unos días de asilvestramiento de pueblo y casa de campo de anuncio Tarradellas. Confieso que hace un rato, en un calentón muy compulsivo, casi reservo vuelos a Oporto para Otoño a un precio ridículo, pero las palpitaciones me avisaron como le avisa al ludópata en terapia el tintineo de las tragaperras. Mi cuerpo me pide acción y desacato y mi cabeza serena contención. Ardo en planes, he llenado mi libreta verde Montblanc de ideas disparadas que quieren ser proyectos y creo que al fin leeré el "Manual para mujeres de la limpieza", ahora que ya no está de moda. (El "it libro" es como la "it girl". Un ardor  con muchas papeletas para la decepción. me pasó con "El Jilguero", recordad. Y hay una larga lista de suspiros y abandonos).

De este verano me declaro turbina y resiliente, valga la dislocada adjetivación. Una RAE que le quita la tilde al "sólo" no merece tanto respeto, al fin y al cabo. He acabado cansada de contar ahogados e incendios en los telediarios, y he seguido el serial de la madre huida con los hijos sin llegar a una conclusión clara sobre quién es ella ni qué haría yo. También he considerado entre bostezos que Mónica la del Tiempo me resulta cargante sin negar su eficiencia y que es muy larga la espera para saber si mañana habrá nubes o el cielo nos aplastará con su acero de sol, algo menos mortal cuando agosto celebra su paso de ecuador.

No he querido saber, pero he sabido. Y lo mejor de este instante es que aún nos queda tregua. Unos días de mar, un salto de capítulo. Y después, esa bendita vuelta a una rutina que este año no es. Y  que lo que ha urdido el azar no lo separen la burocracia ni las listas de la compra. Eso que llamamos septiembre, por abreviar su azote y su alegría.



viernes, 11 de agosto de 2017

COGER MORAS ES COMO VOLVER A LOS SIETE AÑOS

 


Infancia
En el atardecer de ayer jueves tuve uno de esos instantes para congelar en la memoria. El patio de mi casa olía a lavanda, Brontë se había ovillado a mi costado, calentándome peludo y apacible para disimular los mordiscos de alfiler que me había propinado minutos antes, y yo bebía pequeños sorbos de gin tonic con torreznos mientras devoraba el final de una novela que no había conseguido arrebatarme y que ya tenía etiquetada como “lectura de playa” por su ligereza sin sobresaltos. Una novela mousse, para entendernos, en cuya contra se glosaban con la pompa habitual comentarios de sesudas voces afinadas en un discreto botafumeiro.

Entonces llegó lo bueno, en las últimas ¿50 páginas?, y me entregué sin reservas al desenlace de este thriller de la francesa Delphine de Vigan llamado “Basada en hechos reales “ (Anagrama), mientras el sol mostaza se desgranaba tierno sobre la enorme vasija de barro que antaño contuvo aceite y ahora es devorada por un manto la hiedra a una velocidad apabullante.

Pensé que el final de la trama era como esa trepadora, que de pronto te asfixia sin hacer ruido, con una economía de medios y una táctica de navajero avezado (corte limpio, sangre a chorro). Pensé: “Este es uno de los mejores veranos de mi vida”. Pensé: “No cambiaría ni una molécula de lo que me rodea en este instante”. Y que si tuviera un mando para detener el tiempo lo pulsaría a fondo, hasta con los pies fríos de ese atardecer de campo que se cuela en los huesos fingiéndose inocente.

En estos días atesoro diamantes, para cuando no haya. Ando con las antenas tiesas, paseo entre campos de colza anaranjados y recojo moras negras de zarza que no como sólo porque me llevan a mi infancia, cuando con mis hermanos salíamos al atardecer en busca del botín con el que mi madre haría mermelada (que tampoco comía, pero en fin): “¡Canicones, mirad qué canicones!”, gritábamos los cinco si de pronto avistábamos frutos enormes, y era fiesta.
Delphine de Vigan

La otra noche vimos justamente el documental sobre el gran recolector de azares, llamado Antonio Pérez. “Un objeto encontrado”, se titula. De Antonio he hablado a veces, de su museo en Cuenca, lo más parecido a un parque de atracciones donde subo a montañas rusas y nunca me mareo. El hombre tiene un perfil como el tajo de la ciudad donde se estableció tras volver del exilio en París, y una voz hacia dentro que a veces no te enteras muy bien de lo que dice, pero que te imaginas. El documental lo salva solo él, y a ratos sus amigos. Luis Gordillo, Miquel Barceló o Andrés Trapiello, cuya voz y palabra lo hacen flautista en mi Hamelín, si lo hubiera. La magia de recoger cosas que en sí mismas, en el lugar perdido, no tienen trascendencia, salvo para quien mira y mira bien, que se lleva a su casa, limpia y transforma. Y coloca en un contexto que de pronto enaltece y da sentido o sinsentido al objeto. Y es bello, procaz, hilarante o lúdico. O todo al mismo tiempo.
Antonio Pérez

Otra noche, mismo sitio, misma sensación apacible, le tocó el turno a “El Sol del Membrillo”, de Víctor Erice, sobre el proceso de creación de Antonio López. Otro de mis gurús sin él saberlo. El Antonio de la pantalla era aún un hombre vigoroso, imponente de hechuras craneales y con esa mirada de águila que se ha agudizado con los años. Hablamos J. y yo de que hoy sería impensable que esa película se hiciera y se estrenara, y estuviera meses en los cines como ocurrió entonces, en1992.

Disfruto en este ir yvenir delosdías que no entienden de modas ni quebrantos.Ydebo detenerme ya pues micursor sehapuesto enrebeldía y seniega a separarme las palabras.Quelosdiosesdelviernes o un técnico  piadoso acudan en miauxilio.

PD.La música de Carlos do Carmo es la que escuchaba ayer en la ducha. Ese fadista regio.
PD2.Dedicado a R,que recoge moras para volver a Nunca Jamás.


martes, 8 de agosto de 2017

MI INFANCIA ERA INMORTAL, EL PUEBLO OLÍA A VACAS

 El pueblo olía a estiércol y la casa a un potente matamosquitos que no entendía de perfumes florales. Anoche, bajando las escaleras angostas, me invadieron de pronto ambos aromas que ha amordazado el tiempo, aunque queda un remedo que estalló  sin preaviso en el recodo de los peldaños de la casa que fue de mis bisabuelos, Casa Marco, porque aquí los hogares llevan nombres raros que nada tienen que ver con los apellidos familiares.

Así, mi abuela era Merceditas “de casa Marco”. Su lápida blanca en el cementerio, a donde fuimos a las pocas horas de llegar al pueblo, reza solamente "Mercedes", y arriba, en una esquina, “Casa Marco”, por deseo expreso de mi padre, que también lo ha hecho bordar en las toallas a un tamaño descomunal. Un detalle insólito que más parece su empeño en resucitar obstinado el peso de sus raíces que una coquetería doméstica.

Porque mi padre siempre ha sido “un Adán”. Eso que decían antes para referirse al desaliño indumentario. Pero desde que descubrió Amazon y los tentáculos al mundo de Internet tiene más camisas que yo zapatos.

El pueblo donde me perdía de pequeña en aquellos veranos lentos donde me sentía inmortal no tiene pérdida. Las casas de piedra o enfoscadas siguen ahí, y el adoquinado de las calles es nuevo y muy civilizado. Apenas he visto perros, esos que me atemorizaban entonces, ni tampoco esos enormes excrementos de vaca que había que sortear hace cuarenta años para recoger en casa el bocadillo de pan con mantequilla y azúcar de merienda.

He vuelto brevemente a un lugar que no es extraño y sin embargo siempre ha sido de paso. De paso entre veraneo y veraneo, de vuelta antes de casarme, casi inexistente mientras pasaban los años y nacían y crecían mis hijas. Y desaparecido como un hiato largo cuando los lazos se rompieron y el corazón se hizo añicos, condenando al pueblo al olvido, y con él a toda la región montañosa y adusta que es el Pirineo.
 
Hoy, el río sigue ahí, pero el agua parece haberse domesticado y ya no es el acerico  de agujas de hielo de entonces. O lo mismo soy yo, más protegida por la carne que entonces era puro hueso con fibra. Y en dos días me he pegado largos baños, y he buscado a esos tábanos que acribillaban la misma piel que la crema Nivea lata azul desprotegía y exponía a quemaduras que nos impedían dormir y que mi madre atemperaba con vinagre. Pero en esos años nadie hablaba de cáncer y despellejarse era casi un ritual iniciático de las vacaciones. Si no ardías, no eras nadie.

El pueblo de mi niñez era la plaza llamada “El Plano” y un helado mini Apolo que se anunciaba en la tele y cuya letra y música aún recuerdo. Mis padres nos lo compraban algunas noches, después de cenar, y nos parecía un detalle muy excepcional. Salir a la calle a esas horas era la libertad tras el férreo régimen familiar del curso y sus rutinas escolares. El reloj de la iglesia marcaba el tiempo de la ausencia de prisas, subido en bicicleta. Y también llamaba a la misa del domingo donde mujeres y niños nos sentábamos frente al cura y los hombres atrás, como para salir huyendo de dios en un descuido.

A mi padre, un día, le dio por volver al pueblo y asentarse, y ahora es uno más. Como la Peña Montañesa que reina, sacerdotisa regia. Como los jabalíes o la longaniza del aperitivo con esas deliciosas cañas de Casa Sidora que nos han hecho felices a mis hermanos y a mí. Y entiendo que hay un día en que la ciudad te desposee, y mi padre lo vio e hizo el petate. Y asumo que para él volver a vernos es un éxodo duro, y que a partir de ahora nos tocará venir, y podrá ser gozoso.

No recordaba el sol, despiadado. El Norte de aquí es un Norte hostil cuando le da por calentarse, no como mi Norte astur. Ayer de caminata el cuero de la piel se acartonaba y un cadáver equino nos recordó que en estos parajes no se andan con tonterías. Y que sólo las cabras se sienten como en casa.

Y justo antes de volver busqué en las esquinas del viento a mi abuela, la Yaya. Que subía cargada de café para la parentela, cuando el café era un lujo, hace ya tanto... Y espero que nos vea desde la Peña Montañesa hoy sembrada de nubes contemplando los muros de esa Casa que ha resistido el paso de los años sin perder el olor a chimenea de ayer. Y a donde habrá que volver a encontrar a mi padre, a besar esa infancia fugitiva.


domingo, 30 de julio de 2017

MI VIDA CON BRONTË (#YONOQUERÍAPERRO)



Brontë
 Naturalmente, yo no quería un perro. Y tenía poderosos argumentos, bastante convencionales y aburridos:

-Es una esclavitud.
-Las casas con perro huelen a perro y están llenas de pelos de perro.
-Tus hijas te jurarán por sus vidas que lo sacarán todos los días, que tú jamás recogerás una caca con tus manos, que si ladra se lo llevarán para que puedas escribir... Y tú acabarás madrugando, renunciando a la siesta y trasnochando para sacarle a la calle. Haga frío, calor, tiemble el suelo o el viento sacuda tus hombros y se arremoline en tus botas.

-Cuando el perro se muera sufrirás un dolor muy seco y ardiente. Como un aullido en el tímpano que no se apaga, que va mitigándose con el paso de los días y el calor de las lágrimas. Cuando éstas dejen de saber a sal, será que el duelo ha terminado. O eso dicen.

-Y entonces buscarás otro perro aunque juraste que nunca más, pero todo el mundo te dirá que un clavo saca a otro clavo -no en el amor de novios pero sí en el amor perruno- y claudicarás y volverás a enamorarte y a entregar tu corazón de terciopelo añejo a otro bicho peludo que trotará a tu alrededor y te chupará sin usura cada centímetro de tu cara, de tus pies, de tus orejas.

Y te oirás decir todo eso que te decían "esos frikis con perro":

Que es incondicional. Más que cualquier amante, más que tu mejor jersey de bolas.

Que te mira con una mirada profundamente humana. Compasiva, interrogante. De una comprensión tan sobrecogedora que te preguntas si no será una reencarnación de alguien que te quiso mucho y quiere decirte algo.

Y han pasado cinco, diez, quince, años desde que tu hija mayor empezó a pedirte un perro, como hacen todos los hijos según guión preestablecido. Y no menos de diez desde que a su letanía se unió su insistente hermana -la Artista Antes llamada Minichuki-. Y astutamente llegaron a proponerte un trato que nadie puede rechazar : “Si no piensas darnos un hermano, al menos danos un perro, por favooooooooor”.


Y un día, no sabes muy bien por qué, tu NO rotundo se transforma en un “¿Y si?”

Porque miras tu vida y entiendes lo mucho que se ha movido tu paisaje. Una vorágine de cambios que empiezan con un sentimiento poderoso y perdurable, siguen con un sueño cumplido -casa con patio en un pueblo- y acaban con tiempo -segundos, minutos, horas...- despoblado de telarañas en la cabeza.

Y empiezas a considerar que es el momento. Que lo mismo lo que ese animal va a darte es mucho más de lo que nunca te pedirá.

Y tus hijas atisban esa grieta, llámalo titubeo, y se cuelan por ella como agua de lluvia furiosa por un tejado roto. Y te muestran una, dos, decenas de fotos de perritos adorables y perfectos, chuchos canallas o aristócratas, al grito de “se adopta”. Y les adviertes, como si tu voz no fuera tuya: “De acuerdo, pero yo tengo el voto veto, la acción de oro. Y el cachorro no podrá ser un adulto más alto que el sofá de casa. Ni una rata enana”.

Y empieza un casting que termina con Brontë en nuestros brazos. Negro azabache, de elegantes orejas largas y una mancha blanca en el pecho que muestra para que le rasques mientras te clava sin saña sus dientes de leche. Trotón, torpe y tembloroso el primer día.

Cocker Spaniel. Cazador, nervioso, dependiente (según rezan los tratados perrunos) 

Y han pasado menos de dos semanas y ya es uno más en la familia, ese lugar común. Con algunas destacadas ventajas sobre tus hijas, como que siempre te saluda como si fuera el día de tu cumpleaños y se deja mimar a todas horas.  Y ya sube escaleras, y no tiembla, y entiende antes que tú los crujidos, las sombras, los olores..

Naturalmente, no he cumplido mis juramentos. Limpio pises y cacas. Le dejo morder mis zapatillas y si gime porque intentamos que se acostumbre a estar solo algún tiempo se me rompe el corazón.

Y sí, se llama Brontë aunque sea macho, porque nos gustó mucho y total es un apellido insigne que nada malo puede presagiar. Pero a veces se me escapa y me dirijo a “ella” y es posible que termine causándole un trastorno de confusión de género. 

Pero quién dijo miedo.

Y no sé cómo explicar la sensación de escribir con el monte a un lado, en esos tonos ocres del verano y mi perro, nuestro perro, a mis pies. Apoyando siempre su cabeza para sentirme. Defensor y leal. Aun tan pequeño.

"Llegaste en el Momento", le diré cuando sea mayor y siga cerca. Y le deberé tanto que creo que debo ya a empezar a devolvérselo.