jueves, 29 de octubre de 2009

CUANDO UN DESCONOCIDO TE REGALA FLORES

Mi querida Big-Bang:


A la zorrita, por quitarle años, de mi jefa, no hacen más que llegarle flores al trabajo. Que si un bouquet cursi de rosas poco frescas a conjunto con el jarrón, que si unos crisantemos blancos lujuriosos, que si unas lilas mustias divididas en tres vasos comunicantes... Y yo, desde el despacho de al lado, intento sofocar la envidia con frasecillas del tipo: "hija, ni que te hubieras muerto y esto fuera el tanatorio". O "si al menos te las mandara un hombre". O..."ya podían regalarte un bolso, mona". Ser tan tiñosa me pone fatal el cutis, lo reconozco, pero es que la última vez que alguien me regaló flores fue el día de la madre y eran de plastilina. Vamos: que necesito urgentemente un ramo en mi vida o mi autoestima la recogerá el portero al fondo del patinillo!!!

Es el síndrome de Cenicienta, lo sé, y ayer fui a la farmacia a ver si tenían algo para lo mío. La farmaceútica me miró y llamó al encargado, que a su vez se puso a consultar el ordenador: "¿Dice usted síndrome de Blancanieves?". "De Cruella de Ville, no te jode", murmuré, a punto de montar un Puerto Hurraco allí mismo, entre la estantería del Hemoal y la de los condones de fresa. Huelga decir que salí de allí sin solución y dispuesta a contratar a cualquiera para que me mande un ramo tipo Miss Cuenca a la voz de ya.

No, si yo no soy envidiosa, qué va. Lo que pasa es que arrastro un trauma desde mi nacimiento, por ser la segunda. Nunca, y cuando digo nunca quiero decir jamás, he estrenado un solo libro de texto. Cuando llegaban a mis manos estaban sobados, subrayados y hasta tenían alguna que otra mancha de chorizo. "No te quejes, que el forro es nuevo", sentenciaba mi madre. Pero es que tampoco estrené el uniforme del colegio. Cuando esa otra zorrita que es mi hermana pegaba el estirón ya se había revolcado con él por el patio y la tela perdido su apresto a base de lavadoras y remiendos. Entonces se procedía a la herencia.Yo, Cenicienta, me lo ponía bien cabreada, y mi madre como premio de consolación me dejaba estrenar calcetines o un polo a mucho tirar.

Entenderás el resquemor con el que me he levantado hoy. Y por si ningún hombre reacciona y me manda flores -que ya sería un milagro- pienso apostarme a la puerta de la oficina de incógnito, con un antifaz como el de los golfos apandadores, e interceptar todo ramo, jarrón o bulto sospechoso que vaya dirigido a mi vecina de despacho. Total, las flores se pudren rapidito y la envidia tiñosa es de hoja perenne, como los pinos.

lunes, 26 de octubre de 2009

QUERIDAS PELUQUERAS

Mi querida Big-Bang:


Reconozco que envidio mazo a las peluqueras. Tan pizpiretas, tan despreocupadas, con la mecha siempre en su sitio, el wonder bra de serie y el culo respingón. El otro día tuve la ocasión de verlas a cientos en el salón internacional de la belleza, a donde fui a pillar un corte de pelo gratis y a afanar muestras de cremas milagrosas para lo mío con el paso del tiempo. Y allí estaban ellas. Todas rubias, todas vivarachas, guardesas de los secretos más íntimos de las clientas. Un poderío que le quita varios quilates de drama a su mileurismo crónico.

"Ay, Mary, ven a probar esta máquina vibradora", me dijo una. Y allá que fui, trotona. Un comercial con traje y corbata brillante de boda gitana dio al botón y aquello empezó a moverse como el suelo de las pelis sobre catástrofes que alimentaron mi infancia. Cuanto más vibraba, más fuerte me aferraba yo al manillar y más consciente era de mis grasas, que la fuerza centrífuga proyectaba sin pudor. Aquello me pareció pornografía barata, por no decir casquería de Lavapiés, así que me solté y lo siguiente que recuerdo es a una Mary metiéndome el wonder bra prácticamente por la boca mientras decía: "se conoce que la mujer se ha mareao de la impresión vibrátil. Traiga un vaso de agua, pasmao".

Sí, pocos gremios son tan resolutivos como el de las peluqueras. Sin ir más lejos, el otro día mi amiga C. llegó a una cena con un corte de pelo hecho con hacha. Por si me lee, que ya sería mala pata, aclararé que ella está tan buena que luce aunque se coloque una lechuga a modo de sombrero, así que ya puedo decir que llegó hecha un Ecce Homo. Al parecer le había dado un arrebato a las nueve de la mañana. Necesitaba cortarse el pelo YA, y se personó en la primera peluquería del barrio que vio abierta. "Dentro había una chica limpiando con la fregona -relata C. Le dije: quiero cortarme el pelo. Respondió: genial. ¿Quién te lo corta? . Le dije: Me da igual. ¡Pues entonces yo misma! casi gritó ella soltando la fregona". Lo que sigue es historia.

Sólo añadiré que mi biografía podría contarse a partir de los desastres que he perpretrado en una peluquería. El primero y más notorio sucedió en mi luna de miel, a la que llegué con la clásica melena de ingenua tul ilusión. Pues bien, fue visitar el primer pueblecito de menos de cien habitantes y entrarme el hormiguillo. El siguiente plano secuencia soy yo con el pelo corto a cepillo, y mi rutilante esposo con la boca más abierta que la trucha que acababa de pescar. "¿Qué cooooooooño has hecho, cariño?". Cuando un hombre combina en la misma frase coño y cariño date por perdida. Sí, sin duda aquello fue la antesala de mi divorcio.

Bien, no dirás que no te doy material para el diagnóstico. Te dejo, que tengo cita en la peluquería. He pedido que me pongan extensiones rojo sangre de pichón, a ver si me animo. Total, Halloween está a la vuelta de la esquina...

sábado, 24 de octubre de 2009

CONFESIONES DE AYER Y HOY

Querida Big-Bang:


El otro día me porté como una vulgar gruppie con cierto ministro. Te lo digo por si lo acabas leyendo en el BOE o de repente te topas en Internet con una foto en la que el hombre y su corpulencia vasca sonríen al lado de una pava con mechas, arrobada, con cara de estar junto a Mick Jagger en mallas.

Dicho queda, ahora no me vengas con que te oculto mis perversiones de alcantarilla. Sí, hoy me he levantado con ganas de confesarlo todo, como Tita Thyssen en el Hola, y ahí te van algunas de mis hazañas por si te quedaste corta en el diagnóstico y crees que debo tomar alguna otra pastillaca:

1-Una noche tuve un sueño subidito de tono con Rajoy. La cosa es que nos montábamos un trío él, Camps y yo misma, un poco cohibida hasta que mi amiga C. se me aparecía diciendo su frase de cabecera: "A esta edad, los polvos están contaos. Y da gracias porque no se os ha unido la Cospedal, nena".

2-Durante años mis amigas y yo nos perfumamos de gratis en el Corte Inglés de Princesa. La operación consistía en entrar con cara de disimulo, dirigirnos al estand de Lou-Lou y al grito de "Oui, c´est moi" vaporizarnos de arriba abajo y salir corriendo. La peste dulzona duraba sus buenos tres o cuatro días si te duchabas entre poco y nada.

3-Estuve suscrita al Súper-Pop tres temporadas. Al mismo tiempo que me chuleaba de leer a Albert Camus me ponía hasta las trancas de consejos sobre cómo ser tan arrebatadora como Rafaella Carrá o:"los leggins, modo de empleo".

4-Hace un lustro que no entro en la talla 36. Y en la 38 tampoco después de un cocido. Pero cuando una trabaja en un sitio elegante donde por contrato no se pueden rebasar esos dos dígitos hace de todo, incluido coser etiquetas falsas extraídas de la ropa de su hija cañón y adolescente (la jodía).

5-Llevo dos implantes dentales. Siempre he sido famosa por la blancura de mis incisivos y estoy dispuesta a todo, incluyendo el enjuague con sosa caústica, para perpetuar mis galones. A mí la broma del implante me costó 3000 euros y tres noches en blanco. Parecía que me los hubieran atornillado al páncreas. Pero vaya si valió la pena...

Hala, vamos a dejarlo por hoy que cuando cojo carretilla no tengo regreso. La última vez que me dio por contarlo todo me metí en líos y creo que los escoltas del Sr ministro andan siguiéndome para borrar las pruebas del delito. No saben que soy una tumba.

jueves, 22 de octubre de 2009

SER O NO SER SEÑORA

Mi querida Big-Bang:


Un día ya lejano un niño con calcetines de perlé y las rodillas llenas de mugre me llamó "señora" y no pasó nada. De verdad que ni me alteré. Sólo le dije que era un guarro, que esos calcetines de perlé estilo Shirley Temple fijo que olían a naftalina y que si su madre le había vestido inspirándose en los repelentes niños tiroleses de "Sonrisas y lágrimas". El angelito y su roña salieron corriendo.

Otro día fue un adolescente piojoso el que osó decir la palabra en el autobús -"tronka, quítate de ahí que molestas a la señora"-y, tras comprobar que la señora sólo podía ser yo, aproveché un bache y la subsiguiente confusión para pegarle un pellizco en el pircing del que aún debe estarse recuperando en la sección grunge-infecciosos del hospital Carlos III.

Manolo el frutero lleva llamándome así desde hace la intemerata, pero a ése se lo perdono, convencida de que en su boca siempre llena de pepitas de kiwis señora es más un título nobiliario que una condición asociada a la edad y las lorzas.

¡Pero que un joven de más de 30 me llame señora es mucho más de lo que mi ego puede soportar! Sucedió ayer, en el puesto de Lotería donde cada semana relleno con ilusión la Primitiva que me convertirá en una señora rica, ahí sí, llena de joyas y pieles de visón del bueno. Mi abuela, una señora oronda y millonaria, las llamaba despectivamente "las pellicas", como a sus bragas luxury, siempre de Christian Dior, las llamaba coloquialmente "las Christian". Cuando eres rica y gorda como ella te ganas el derecho a rebajar el oropel y el boato de tu artillería luxury-pesada.

A lo que iba. Estaba yo rellenando la Primitiva con mi método infalible tradicional. Como ya sabes, yo me tomo la operación muy en serio, porque al azar no le gustan las chapuzas. Así, cada cifra escogida tiene que ver con un evento cúlmen de mi biografía, a saber: 8, por los años que pasaron desde que mis amigas fueron besadas con lengua hasta que me sucedió a mí. 30, por las vueltas que di en el coche de novia hasta que mi primo me avisó por walkie talkie de que el novio se había decidido a llegar al altar: "el gato está en la gatera, chata", era la frase convenida. 15, por las verrugas que, a modo de sarpullido, me salieron el día que por fin logré arrancarle una cita a Mr.Macizo, el macizo de la facultad. 6, por las cajas de kleenex que gasté llorando a la vuelta de aquella cita...

Yo recordaba cada evento y marcaba el número correspondiente en la casilla, con la satisfacción del trabajo bien hecho, cuando oí una voz en mi retaguardia que decía: "Vámonos, hija, que esta señora parece va a tardar en terminar su examen de Inspector de hacienda". ¿Había oído bien? Sí, el impertinente habló tan alto y tan claro que me di la vuelta -yo que sólo me vuelvo cuando escucho piropos procaces- y le dije altiva y distante: "la señora va a estar el tiempo necesario, treintañero de mierda, y la próxima vez que veas a la señora será en "El diario de Patricia" relatando lo que piensa hacer con los 10.000 millones de eurazos que le van a caer. Y la señora no tendrá ni media duda en dedicar una derrama a la contratación de matones que rompan piernas a todo aquel mayor de 12 meses que se atreva a llamarla señora". Dicho lo cual me giré y seguí rellenando mis apuestas. Altiva y displicente, como una señora.

martes, 20 de octubre de 2009

ORDEN Y DESCONCIERTO

Mi querida Big-Bang:


El otro día desayuné con una mujer inquieta,pizpireta y parlanchina que aseguraba tener su armario estrictamente ordenado y dispuesto por colores. "Tanto, que las puertas son transparentes", fardaba con el orgullo propio de una folclórica con buenas tetas y mejor canalillo. Yo la miraba rarito, porque siempre he sido muy de madrigueras con blindaje opaco como el del Banco de España, perfectas para esconder mi desorden patológico y revolver dentro los montones de género como en el mercadillo de los gitanos. El sistema tiene la ventaja de que en el totum revolutum emerge de pronto el vestido ochentero que ya es vintage tras pasar dos décadas sepultado bajo los zapatos de plataforma con aplicaciones de strass.

La cosa es que mientras yo atacaba mis huevos revueltos con beicon ella insistía en ofrecerme pruebas sólidas de su desviación hasta el paroxismo: "Una vez -dijo, mientras mordisqueaba un cruasán- entré en el baño de un hombre que tenía las cremas ordenadas por tamaños y objetivos. Pensé: este tipo tiene un polvo". Ahí se me atragantó el borde del beicon y casi llaman al 112 porque me empecé a poner morada como la estantería 3-D de mi amiga. ¿Un polvo o una lista de aberraciones de la A a la Z, con la A de asesino en serie?

Porque estaremos de acuerdo en que un hombre que ordena las cremas es un hombre que oculta una guadaña bajo el somier y una colección de cabezas descuartizadas en botes colocados por estricto orden alfabético de las víctimas. Un hombre que se afeita dos veces al día y que sufre palpitaciones si encuentra un sujetador tuyo olvidado en el respaldo de la silla. Un ser que directamente entra en coma anafiláctico si en vez de un sujetador son unas bragüelas...

A mí la gente ordenada me pone verde de envidia, lo reconozco. Nunca seré de los suyos como nunca llevaré el pelo en su sitio, las medias sin retorcer y la ropa interior a juego. Es mi tendencia a la entropía, al desorden cósmico que tan nefastos resultados me ha deparado. Y mira que lo intento, pero siempre termino atraída por hombres que lanzan los calcetines con catapulta, andan por casa con camiseta de churrero y dejan la ceniza aquí y allá, como en el cuento de Pulgarcito.

Bien pensado, debe ser una tara de la infancia. Y bien pensado, no voy a renunciar a mi ración diaria de desconcierto. Total, los armarios ordenados sin suegra fisgona no tienen razón de ser, y los hombres rectos jamás te ofrecerán sorpresas bajo las sábanas, sino rectas lecciones teóricas acerca del placer fractal. Un tipo de éxtasis que se me escapa y que debe estar muy próximo al tantra ése del que todos hablan y nadie ha experimentado. ¿O sí?

lunes, 12 de octubre de 2009

FE CON PANCETA

Mi querida Big-Bang:


La familia que hace una barbacoa unida, permanece unida. Es lo que tiene la fritanga choricera, además de colesterol XXL y una pesturrina delatora que recorre la urbanización urbi et orbi. Es más, si el Papa Ratzinger fuera listo, en vez de asomarse al balcón y mover las manos despacito como un Play Mobil encendería las chascuas y pondría bien de panceta. Se le iba a llenar la plaza de San Pedro en un santiamén de estómagos agradecidos. Mucho más fieles que las almas, dónde va a parar.

Ayer mis hermanos y yo misma reunimos a nuestras hordas y la emprendimos con el fuego. Yo, que soy tan fina, para estos menesteres me visto de incógnito y les digo a todos que me llamen por mi pseudónimo. Perder la reputación es mucho peor que perder el trozo de pollo que acabas de trinchar entre el carbón con mucho esfuerzo. Lo bueno de la barbacoa es que para cuando está lista se te ha pasado el hambre a base de picar pan y beber cerveza. O sea, que adelgaza mogollón.

Mientras mis hermanos se las veían con los pinchos morunos, los vecinos de al lado podaban con mimo sus plantas de marihuana y nos miraban fatal por lo del chorizo. Debe ser que a la maría le sienta mal el pestucio, o los gritos penetrantes de 12 menores de edad con los jugos gástricos disparados porque a las tres de la tarde no han tenido nada que llevarse a la boca. Otro de los efectos colaterales de la barbacoa.

Debo decir en este punto que mis hermanos son, sin duda, mis héroes de real life. En las situaciones más críticas se crecen y sacan toda su bravura de esas calvas brillantes que les ha dado el maligno en forma de herencia hormonal. La cosa es que cuando a media tarde los niños andaban adormilados por el bajón de glucosa consecuencia lógica de la inanición y nosotros andábamos borrachos, consecuencia lógica de no haber parado de beber ni de inhalar los vapores de maría que llegaban de la casa del vecino, el fuego se hizo incendio en el jardín y los tres reaccionaron al unísono tirándose a la piscina al grito de "marica el último". El resto de la familia los seguimos, empujados por el hedor a carne poco magra calcinada.

Hoy, repuesta del shock, reflexiono acerca de Ratzinger y el fuego eterno. ¿Pensará en la panceta cuando amenaza a su clientela con el infierno? Al menos podría edulcorar la visión apocalíptica diciendo que Satán organiza unas barbacoas que no se las salta un gitano pecador. Y puede añadir que más de una familia numerosa ha decidido optar por el mal con grasas saturadas que vivir en la incertidumbre de un cielo light que no ofrece más pistas que el anuncio ése del queso Philadelphia con angelotes inconsistentes y etéreos. ¡Hay que ver qué mal se lo montan los del marketing divino, oye!

viernes, 9 de octubre de 2009

PASIÓN DE MADRE

Mi querida Big-Bang:


Últimamente mi hábitat cotidiano son los bares de luxury hoteles con mucho dorado, mucho ramalazo Phillipe Stark, mucho camarero design vestido de Armani y, sobre todo, mucho ejecutivo arrogante y pasado de perfume caro. Yo no voy a pillar cacho, conste, sino de ojeadora social y, de paso, a perpetrar un bloody Mary con coartada.

Allí me mimetizo con el entorno y, como Mortadelo, escucho las conversaciones de esos machos con exceso de testosterona. El de ayer, canoso, impecable y con gestos de director general aspirante a consejero delegado, soltó engolado: "mis hijos están en el top-five de sus respectivas clases". Yo, que espontánea soy un rato, abandoné mi presencia incógnita para meterme en la conversación: "Pues las mías están en el top-ten de canción ligera, en el top-six del parte de expulsión y en el top-one del porculismo doméstico".

Chulearse de los hijos es el típico recurso de perdedores e inconsistentes. Reírse a su costa es mucho más inspirador. Un ejemplo. Mi amiga I. contó el otro día que su hijo, tras volver de una exposición, aseguró haber visto el "Guernika de Pikachu". Nadie corrigió su error. Mola mucho más que tu hijo vaya al quiosco a pedir "El País con suplimento", una "hambunguesa" en el Mugre-King o un baño con burbujas en "el jacursing" y tú te tronches de risa una y otra vez. Dónde va a parar.

Al fin y al cabo, esos desagradecidos que nos chupan la sangre terminarán aparcándonos en un lugar mucho más sórdido que el lobby de un hotel -los hay, pocos pero los hay- y se permitirán llamarnos al orden por habernos dejado la dentadura postiza en la vitrocerámica. De ahí que debamos tomarnos la revancha anticipada.

Sin ir más lejos, mi amiga M. ha dado a la tecla "ignorar" al recibir una invitación de su hijo de 13 años para ser su amigo en facebook. "¿Amigos? ¿qué te has creído, majete?", le contestó, y él le ha retirado el saludo. Bien, así se derrumban las murallas del falso buenrollismo familiar, reflexiono hoy, en el mueble bar de mi casa, con un buen Bloody Mary entre mis manos y mis niñas copiando mil veces: "No se juega con la "Anintendo" sin permiso de mamá".

jueves, 8 de octubre de 2009

Mi querida Big-Bang,


Ayer me dilataron las pupilas y salí a la calle como el conde Drácula, con los ojos negros como dos cucarachillas... La vida en dilatación está llena de nubarrones y elipsis, como un viaje a lo Janis Joplin. Bien pensado, lo mismo la gente me miraba tanto por si me había metido al cuerpo un Everest de cocaína.

Las que venimos de donde venimos desconocemos el mundo de las drogas tanto como el de los fresadores o el lanzamiento de martillo. Lo más yonky que he hecho en mi vida fue sujetarle el porro a un tipo que entrevisté y que estaba tan colocado que en sus aspavientos amenazaba con quemarme mi jersey de cashemere del bueno. Y no, una puede hacerse la modernita porrera hasta que entra en choque con la fashionista alocada que llevo dentro. El colgao, dándose cuenta por mis trazas de que no había fumado un peta en mi vida, decidió echarse a dormir y no brindarme la ansiada exclusiva. Yo, por mi parte, decidí con idéntica determinación que igual que la tierra es para quien se la trabaja (Carlos Marx, o no?), los porros babeados, para quien se los fuma.

Cuando llegas tarde al mundo de los vicios, estás echado a perder. Te falta naturalidad y destilas sobreactuación. Excepto si se trata de vicios menores, como los zapatos de tacón vertiginoso, los bolsos megacaros o el Vega Sicilia. Pero que nadie piense que no he tenido experiencias duras que podrían ser pasto de una película de El Vaquilla. Aquí donde me ven, tan ingenua, tan Candy Candy, me las he tenido que ver con hombres de mala catadura que me ofrecían mercancías chungas en locales con poca luz y demasiado humo. Yo, por si acaso, decía que no, como me enseñó mi madre, pero lo cierto es que no entendía una palabra de los que los tipos me estaban ofreciendo. Y como por entonces llevaba lentillas que con la sequedad ambiental se convertían en ventosas opacas, tampoco atisbaba a distinguir el contenido de aquellas bolsitas tan cucas. Pero juraría que eran pastillacas.

Y sí, el mundo de las pastillacas llegaría a mí, la ingenua, pero no en un antro de perdición sino por prescripción facultativa. Un pequeño matiz que te confiere el estatus de colgada con empaque. Una más entre todas esas mujeres con abrigazo de garras de astracán y bolso de cocodrilo viudo que esperaban en la consulta de la Seguridad Social hojeando el TELVA y con evidentes signos de mono. Toxicómanas con licencia para consumir que tampoco han visto un porro en su vida y creen que la generación beat son los Beatles y su "She loves you yehhh, yehhh, yehhh". No como yo que, bien mirado, empiezo a encontrarle el punto a esto de la dilatación pupilar. Creo que es el momento de entrevistar a los Rolling Stones. Fijo que con este look de cuelgue me sueltan la exclusiva de su vida, convencidos de que llevo a un Curt Cobain dentro.

domingo, 4 de octubre de 2009

¿BAILAMOS?

Mi querida Big-Bang:


Mi primer novio confesaba sin rodeos que prefería bailar con mi hermana que conmigo, porque yo no me dejaba llevar. Era tomarme por la cintura y ya sentía como un calambre, sus piernas me invitaban a ir a babor y yo tiraba a estribor, muy tiesa. "La mula Francis" era mi nombre de guerra. Y mira que intentamos aprovechar la rigidez de las circunstancias para darle al pasodoble, baile para tiesos de derechas. Pero ni "España cañí", ni "Suspiros de España" obraron el milagro de que la fiera de movimientos discordantes que yo era humillara ante aquel español bien dispuesto, que cada vez apretaba más fuerte en su desesperación por doblegarme.

Cuando mi hermana se hartó del pasodoble disolvimos el trío y me lancé al merengue, convencida de que el baile latino se adaptaría a mis limitaciones acoplativas y de paso conocería mulatos. Y le eché voluntad, pero en los locales al uso las jacas caribeñas me ganaban por goleada con sus culos y su desbordante sensualidad, y yo no pasaba de sacudir mis tristes caderas europeas como un cyborg recitando de cabeza el son para no perder comba. El resultado fue una lesión en lo que viene siendo la pelvis que aún hoy me impide expresar todo la sabrosura que llevo dentro.

¿Que a dónde quiero ir a parar? A que anoche me las tuve que ver de nuevo con el baile. Era la feria de Úbeda y yo me había dejado los faraláes en casa. Las luces de la entrada al recinto no desmerecían de las de Sevilla, yo me sentía la protagonista de "Lluvia de estrellas" y con un rebujito en el cuerpo (uno tras otro, verás) me lancé a lo que en su día juré cual Escarlata que nunca haría: bailar las sevillanas. Sin gracia, sin vocación, sin genes y sin Bertín Osborne a mi vera. Aquello fue una catástrofe, porque al encarar el primer giro de la primera resbalé y me di de bruces con un suelo pulido y lleno de restos de cubatas. Levantarme y salir pitando fue todo uno, y en un acto de rebeldía repudié el rebujito ése y pedí lo que tú y yo sabemos, en concentración etílica de campeones.

Hoy me he levantado dispuesta a encontrar mi ritmo natural. Si Gallardón supera las cornadas de Madrid 2016, yo superaré lo mío con el baile. Mañana mismo me apunto a danza del vientre, que dice el anuncio que saca de una la sensualidad perdida. Ya me veo ataviada con velos y monedillas plateadas a conjunto con esos sutis que llevan las aspirantes a huríes, rígidos y dos tallas por encima de lo de una. ¡Veremos si se me arriman los jeques! Y si no, juro que nunca, pero nunca, volveré a poner un pie en otra pista que no sea la de hockey sobre hierba. Hala!

jueves, 1 de octubre de 2009

DESAPEGO Y CATARSIS

Mi querida Big-Bang:


A estas alturas de la vida me la refanfinfla parecer la intelectual que no soy. He llegado a ese punto en el que no escondo el PRONTO debajo del periódico, como solía hacer para que nadie pensara que consumo bazofia de maruja revenía. Asumo que soy una mari con mechas, que yo también despellejo el look gótico de las niñas de Zapatero y que el día que las mías se pongan tipo punk, heavy metal o incluso chepudas y gordas les voy a quitar las ínfulas de tribu urbana de una sonora bofetada.

Sí, estos son los efectos de escuchar la emisora de don Federico Jiménez Losantos. Antaño, cuando era progresista y de la SER, solía discutir con mi madre a cara de perro (ella). Ahora estamos hermanadas en la ira y en las ondas, y sólo nos peleamos por el punto de las lentejas o por mi estilo al volante. Eso sí, hemos tenido que poner la etiqueta "tabú" a una serie de temas que incluyen la pedofilia de los curas, Mariano Rajoy:tinte sí, tinte no o la ubicación ambulante de las plantas y cuadros de mi casa.

Debo precisar que el movimiento de muebles y enseres domésticos en mi infancia era tendencia temporada sí, temporada también. Tú llegabas del colegio y el sofá había cambiado de habitación, tu cama se la había llevado volando David Copperfield y la cómoda donde escondías el tabaco era ya propiedad inalienable de los Traperos de Emaus. Unos tipejillos que se hacían rogar mucho antes de dejarse caer por el salón rococó a pillar cacho. Con esa desazón crecimos mis hermanos y yo, siempre acojonados por si a mi madre le había dado un repente y en su arrebato trilero nos había desaparecido, además del mueble en cuestión, su interior (léanse bragüelas y calcetines, algún libro de texto o las ganas de vivir).

De aquello sacamos dos aprendizajes básicos para la existencia: a:pon cadenas y candados a todo aquello que te importe un poquito, y b:no te encariñes con nada que a los Traperos ésos les quepa en un furgón. Eso explica mi desapego patológico, que la lince de la terapeuta que eres aún no ha diagnosticado. De continuar así, no me va a quedar otra que prescindir de tus servicios y echarme definitivamente en brazos de don Federico, don César Vidal y todo el fascio de las ondas. Total, con ellos hago mi catarsis a grito pelado, mi madre me hace la ola por una vez en la vida y con el dinero que me ahorro podré cambiar los muebles de casa dos o tres veces al año. Un chollo.