sábado, 28 de noviembre de 2009

EXTIRPACIÓN RADICAL

Mi querida Big-Bang;

He vuelto. Veo mejor, sí, pero oigo menos, y juraría que he perdido paladar porque el luxury foie de ayer sabía a paté de marca blanca. Pero en el impreso de los efectos secundarios del láser no pone nada sobre daños sensoriales colaterales. Si de repente me empiezan a gustar el color rosa, las hombreras, los hombres con nariz chata , las esdrújulas o los entresijos y gallinejas de el Rastro iré a rellenar el impreso de reclamaciones.

Claro que mi amiga A no se ha operado y me manda un sms desesperado. El tipo al que ni se acercaba pensando que tenía 30 años, en realidad era de 50. "Eso es falta de agudeza visual y lo demás son tonterías", le respondo. Creo que deberían operar de discapacidades abstractas que hacen rotos a tu biografía. Con láser, sí, en una sala aséptica con muebles de diseño danés como la mía, donde la enfermera se llamaba Estrella Polar (o algo así creí leer en el informe postoperatorio) y el médico hablaba de su hándicap golfista (de golfo?). Despreocupados, porque el láser lo hacía todo solito menos tranquilizar a la pobre -yo-que yacía con dos pinzas en los ojos que impedían cerrarlos, a lo Kubrick. Ciencia ficción. Sadismo refinado.

Imaginemos que el negocio que propongo es viable. Doctor Hándicap apretaría la tecla de la "decepción vital" y un haz de luz la arrancaría de tu cerebro a cuajo. La del "desengaño pertinaz" te haría confiar de nuevo en las arpías y en los hombres que pasaron como Atila sobre tu corazón; la de la desazón terminaría con las tardes de domingo y desesperanza... "Opérese de sí mismo" sería la oferta estrella, y el pack dos por uno podría aplicarse a las patas de gallo y a la envidia tiñosa al mismo tiempo.

Contra la desesperación, extirpación. Ya tenemos leit motiv. Que alguien -amigo A.V que estás en los feisbuks- empiece a montar la campaña. Nos vamos a forrar. ¿Qué le sobra a tu vida? sería uno de los publi reclamos. Ya veo carteles enormes con rotuladores colgando para que cada uno rellerara: "mi marido, mi perro y mis hijos", "tres tallas", "los números rojos", "abstemia sexual", "diletancia", "aburrimiento cósmico", "colesterol LDL","indeterminación"...y así.

Como verás, no cierro la comisaría ni convaleciente. Voy a dejarlo ya que tengo que salir a contemplar todo lo que me he perdido en mi ceguera. Miedo me llevarme un chasco, así que con tu permiso saldré a la calle con el botiquín en el bolso por si entro en shock y Dr.Hándicap no está cerca para auxiliarme con su láser. Como Luke Skywalker antes de pasarse al lado oscuro...

jueves, 26 de noviembre de 2009

HÁGASE LA LUZ

Mi querida Big-Bang:


Aviso a los conductores y policías habituales de la M-30: Desactivad vuestros radares. En breve dejaré de ser ese familiar peligro al volante que decide de un volantazo a qué carril se incorpora, justo cuando el carril expira. A lo James Bond.

Aviso a mis amigas: ya podéis concentraros en maquillaje y estilismo, no se me van a pasar por alto ni una arruga, si un michelín, ni una mancha propia de vuestra edad. Aviso a los hombres: os voy a ver venir desde lejos. Se acabaron los errores de enfoque, calibrado y apreciación. Aviso a la humanidad en general: esa rubia tan maja y sociable que os saludaba lo hacía porque pensaba que érais otro. A partir de hoy pienso ser más selectiva.

En un rato me rebanan la córnea y cualquier milagro bíblico parecerá de aficionados, incluyendo la resurrección de Lázaro, de la que siempre tuve serias dudas. Como es la segunda vez, estoy muy chulita. Seré la típica sobrada que se sienta en la sala de espera tranquilizando a los pobres novatos convencidos que de allí salen sin ojos o con alguna tara irreparable. Negativo.

Bueno, algo de eso hay. Si eliges cargarte la miopía, da la bienvenida a la presbicia. Así me lo dijo mi médico, que debe ser medio guapo o eso creo yo, en mi falta de agudeza visual. Yo pensé: mejor la presbi, que se resuelve con unas gafas fashion rojas a mano para situaciones muy concretas (pocas, nunca leo la letra pequeña de nada, así me va).

El reino de las tinieblas en el que vivo toca su fin. Volveré a encontrar la sombrilla en la playa, no como ahora, que hago kilómetros hasta que alguna de mis hijas alerta al socorrista de turno de que a su madre se la ha debido tragar una ola. Volveré a la fila de los mancos del cine aunque, bien pensado, no tengo con quién hacer manitas (eso ya lo resolveremos). Volveré a distinguir especies animales amenazantes, jabalíes y tal, si es que vuelvo a la montaña. Claro que en Asturias hay más vaca que jabalí...

O sea, que igual esto de ver nítido no tiene tanta gracia. Lo mismo el láser me arranca esa vida interior fruto de mi falta de perspectivas circundantes. Es posible que por mirar el mundo como es descuide el cultivo de mi intelectualidad y esa veta espiritual que me labraron las monjas. Mi abuela, que ya sabes que era un crack, solía decirme éso de "para lo que hay que ver...". Y mira que si tenía razón!

Bueno, la suerte está echada. Drácula sale a la luz, se acabó el glamor de la capa, los colmillos y esas camisas con chorreras. El láser va a matar a la poetisa maldita que me habita. Se acabaron la absenta y el alcohol del mundo de la noche. Seré luz, tomaré zumo de pomelo, cantaré canciones blancas, estilo Mary Poppins. Adios, Tim Burton. Adiós, pintores tenebristas. Tocan tiempos naif, música folk, cojines fosforito de Ikea. Voy a redecorar mi vida. Espero reponerme del shock de contemplar el mundo como es. El hiperrealismo siempre estuvo sobrevalorado. Ay, madre, por qué me meto en estos líos.... By bye, nos vemos ahí fuera

lunes, 23 de noviembre de 2009

TERROR EN EL MUSEO

Big-Bang, tronka:



Mira que lo intento. Cada domingo engancho a las niñas y me las llevo de chute cultural, para contrarrestar nuestra frivolidad dominante de la semana. A cambio ellas me piden el impuesto revolucionario, léase un aperitivo "con refresco y todo", la revista Bravo (para adolescentes sin ambición en la vida) o un buen kit de chuches. Como ya he agotado mi capacidad de negociación, termino diciendo que sí a todo y las monto en el autobús, no sin antes rogarles que hablen bajito y cedan sus asientos a las viejunas.

Así arrancó mi domingo, subidas las tres en un bus repleto de señoras de barrio pijo que miraban a mis Chukis y me sonreían con expresión beatífica de "qué majas las tres, y qué educaditas". En esto que a la adolescente le entra un brote de los suyos y saca de golpe su lado oscuro, entre Alcalá y la Gran Vía: ¿Y por qué tenemos que ir a la cultura? La cultura es una basura". Y la enana, fascinada con el pareado, se sube al carro: "La cultura es una basura, la cultura es una basura". Yo me pongo tensa y las viejas cambian su mirada complaciente por la juzgadora:¿Esta madre de diseño no es capaz de controlar a sus fieras?.

Tengo dos opciones: Hacer como que no son hijas mías, mirando insistente por la ventanilla las evoluciones del camión de la basura, o enganchar a la mayor y darle un pellizco a escondidas estilo monja falsa de colegio. Hago la opción A, sin resultado, paso a la B. La insurgente chilla al retorcerle al muslo con las uñas. Yo sonrío en plan hiena. La enana acusa:"ha sido mi madre, y ahora nos obliga a ir a una exposición". El autobús en pleno parece el juicio de Nuremberg. Yo aprovecho que se abren las puertas para bajarme pitando. Ellas me siguen.

En estos casos dice el manual que lo que funciona es la guerra fría. Al enemigo, ni agua. Ni las hablo, ni las miro. Entramos en la exposición y sí, a la adolescente aún le quedan fuerzas para dar por saco: ¿Y este Oscar Niemeyer sigue haciendo casas?, ¡pero si es más viejo que el abu! La enana ya se ha apostado frente a la maqueta del museo de Brasilia y ha enganchado uno de los cochecitos a escala para hacer su particular recorrido. La vigilante de seguridad ataca: "Niño, eso no se toca". La adolescente insolente: "No es un niño, es una niña marimacho". Y la enana:"Y tú una cursi con tirabuzones".Y yo: "el kit de chuches queda eliminado del acuerdo por decreto ley".

Lo hemos conseguido, la sala entera llena de culturetas y familias normales sabe que estamos allí y que que somos peligrosas. Yo en esos casos busco la salida de emergencia para tenerla bien localizada en caso necesario. La marimacho se hace la buena y consigue colocarse en el ángulo muerto de visión de la vigilante de cada maqueta. Viéndola parecería que va a planear un golpe al edificio de turno. Lo rodea, se asegura de llegar a cada recoveco, y...horror ¡roba un coche a escala!.

Lo siguiente es que empieza a sonar una sirena y que alguien grita: "Incendio, incendio". Yo engancho a la delincuente juvenil y a la otra y corro hacia la salida. Una vez fuera aplico el método Rodríguez de la pedagogía moderna: una buena torta a cada una, de las que dejan marca en los carrillos. Les leo sus derechos: "Tenéis derecho a guardar silencio, a no hablar si no es en presencia de vuestro abogado...¿Al, que no tenéis? ¡Pues eso que nos ahorramos!. Y pasamos el resto del día confinadas en casa, en régimen de reclusión total, cada una en su cuarto haciendo una redacción de seis folios sobre Oscar Niemeyer y la versatilidad del hormigón. ¡Así da gusto educar, oyes!

sábado, 21 de noviembre de 2009

FRENÉTICAMENTE TUYA

Mi querida Big-Bang:


Últimamente tengo la mala costumbre de terminar las frases ajenas. Con los años, la lentitud se ha convertido en un defecto mucho peor que la mezquindad, la envidia porculera o la avaricia que rompe el saco. Ser rapidilla, precipitada, atolondrada e impaciente tiene no pocas ventajas. Por ejemplo, que recitas del tirón los menús de doce adolescentes ansiosas en la cola del Mugre King, para admiración de la concurrencia ahíta de grasas trans, o que si quisieras harías un papelón histórico en "Pasapalabra" o "Cifras y Letras", nichos donde está la gente que mejor me cae. Frenética, nerviosa e inconsistente.

Eso sí, la rapidez es incompatible con la reflexión, y me ha deparado algún que otro traspiés vital, como cuando elegí el traje de novia a matacaballo, sin reparar en que por detrás era todavía más horrible que por delante. Aquella cascada barroca de encaje sólo la he visto en casas de folclóricas de medio pelo, las mismas que tienen tapetes de ganchillo en los brazos del sofá y figuritas Lladró sobre el televisor.

Conste que a mí el kitsch me parece una de las bellas artes. Donde esté una muñeca andaluza con faraláes y melena azabache que se quiten los Damian Hirst o los Murakami. Típicos artistas de los que hablan los esnobs que carecen de cultura pero quieren epatar socialmente en esos cócteles que frecuento. Gente que habla despacio, se mueve con pasmosa lentitud y finge que no me oye cuando aporto al debate del arte alguna de mis frases de cabecera: "Creo que en la coyuntura actual hay que apostar por consagrados de la pintura naif, como Lolita o Manolo Escobar". Es soltar yo la perla y salir ellos por patas. Rapidillo, como a mí me gusta.

Esta peculiaridad me ha condenado a terminar hermanada con los camareros. Seres estresados de serie que sirven copas a la velocidad del sonido mientras escuchan tus batallitas, asienten con la cabeza y te sirven otra de lo mismo on the rocks. Claro que también he probado con el gremio de los bomberos, pero cuando estábamos en lo mejor del flirteo sonaba la sirena ésa y salían pitando hacia la barra de strip-tease dejándome con la palabra en la boca y la ilusión chamuscada.

Luego están los del Samur, que corren lo suyo. Sobre el papel, los hombres perfectos. Héroes de real life que actúan sin pensar, como yo, y de frases andan justitos. El problema es que la primera vez que los acompañé recogimos tanto órgano ensangrentado que volví revuelta a casa. Así que los taché de mi agenda y me decanté por los conductores del Metro de Madrid. Esos que vuelan, túnel arriba, túnel abajo. Y una es simplona, sí, pero ocho horas después de oír hablar de trasbordos, estaciones en curva y antes de entrar, dejen salir, abandoné el mundo underground necesitada de cierta intelectualidad. Un barniz, no más, de una sola capa rapidita.

Y en esas estoy. Tratando de hacer compatible mi hormiguillo basal con la lenta humanidad circundante. Una tarea a la que pienso dedicar buen rato, lo que vienen siendo diez minutos de sofá acompañada de una adolescente con el pavo subido y una enana hiperactiva sin medicación. Dos tipejillas adiestradas por mí en el arte de la rapidez que cuando dan por saco lo hacen a buen ritmo. Hogar, dulce y apacible hogar.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

CUANDO FUI AVA

Mi querida Big-Bang:


Hace unas semanas tuve mi momento Ava Gardner, pero mi claúsula de confidencialidad me impedía contarlo. Callada como una tumba he estado, o casi, porque es malo para la glotis tanta contención. O sea, que a las amigas y a las enemigas más íntimas se lo he ido contando bajito, con cierto regodeo y un sinfín de detalles que crecían en cada relato, de manera que es posible que quedara pelín barroco, pero yo me debo en cuerpo y alma a la literatura, como sabes. Y los desvaríos campan por otros derroteros.

Bien, pues la cosa es que fui tras los pasos del torero más guapo de España con mi libretilla y mi lápiz de IKEA y me vio con tal cara de ilusión que encargó a su amigo íntimo que me cuidara. En este punto mis queridas amigas apostillan:"Normal, estaba aterrado con la posibilidad de que te lanzaras en plancha en pleno paseíllo". Lo dicen sin envidia tiñosa (jeje), y yo simplemente sonrío enigmática y prosigo mi relato.

La plaza abarrotada esperaba al héroe y mi celador me condujo por el callejón a una barrera: "No te muevas de ahí ja te maten". No pensaba, porque según mis cálculos el bicho podía llegar de un salto y troncharme las mechas, que apenas asomaban por arriba para decir un oleeeee! desmayado y escribir mi crónica apresurada, en plan tesis de Nancy pero sin acento yanqui. Busqué instintivamente mi cámara con la mirada y mostré mi mejor perfil, porque si algo he aprendido con los años es que hasta en las situaciones más comprometidas una debe dejar el pabellón alto. El cámara me miraba raro, sobre todo cuando saqué mi catalejo y me puse a mirarle descaradamente, saludándole con la otra mano.

Olía a puro, sonaba un pasodoble y yo me sentía más española que la Piquer. El torero, valiente, empezó a marear al toro con el capote y a hipnotizarlo con unos ruidos guturales que daban tanto miedo como los del bicho. Su amigo, que captó al vuelo de mi sólida cultura taurina, me explicaba cada lance con todo lujo de detalles, asegurándose de que no confundiera un natural con una revolera. A mí me gusta tanto el argot que suelo incorporarlo en las reuniones, para fardar y eso: que si el toro bragado, que si a puerta gayola...Y mi jefa me pone ojillos de "para ya, bonita, o pide que te contraten en "Tendido Cero" o como comparsa de Manolo Molés en San Isidro".

Ay, cuánto mal ha hecho la envidia a la humanidad! Bien, cuando mi torero fulminó al bicho la banda atacó de nuevo el pasodoble y mi héroe dio la vuelta al ruedo con dos orejas de cartílago ensangrentado, como un gadiador carnicero, mientras la muchedumbre lo aclamaba y las mujeres le lanzaban abanicos y claveles. Al llegar a mí yo le lancé mi lápiz de IKEA, que era lo único que tenía a mano. Él se acercó, me dio un abrazo y comentó el momento. Y entonces sucedió:

"¿Quién es esa rubiaaaaaaaa? Yo quiero que me des dos besos como a ellaaaaa". Ella era yo, of course, pero con espíritu y sex appeal de Ava Gardner. Henchida de orgullo torero, transportada al olimpo de las diosas de busto generoso y glamourazo postinero. Y debo decir que aún hoy me dura el efecto subidón, y que pienso sacarme un abono en la feria de San Isidro para renovar el momentazo una y otra vez. Ay, Heminway, lo que te perdiste!

lunes, 16 de noviembre de 2009

SPA O TITANIC

Mi querida Big-Bang:


Ayer fui centrifugada con tal fuerza que aún me duelen músculos que ignoraba que existían. Lo que tiene el spa es que me doblega hasta el carácter con esos chorros que ni la presa de las Tres Gargantas de China. Yo llego al Salus Per Acqua indómita y salgo humillada, envuelta en ese albornoz blanco que me hermana con el ancianillo del Imserso del chorro de al lado. Eso sí, mis zapatillas siempre son más fashion. Lo peor el es tufillo a lejía que neutraliza mi Dolce Gabbana, pero a la alta gama tampoco le va mal un baño de blanqueo y humildad.

Pues allá que fuimos mi amiga y yo después de leer la prensa en un café para guiris, ahítas de actualidad y vagas de espíritu. Y la cosa es que tú llegas al vestuario e indefectiblemente encuentras a alguna mujer en pelotas. Tú no quieres verla, pero la miras. Tú no quieres comparar su lorza con la tuya, pero lo haces. Y de ese momento que transcurre en segundos dependerá que entres chulita y crecida a la piscina o estirando el albornoz con la esperanza de que crezca y tape más carne.

Las comparaciones son odiosas, ya, pero las inseguras somos así. Hasta que entras en el jacuzzi y ya sólo te preocupas por no salir ahogada del revuelo de burbujas. Yo me agarré fuerte a las barras y dejé que la marea me llevara, haciendo aspavientos con las piernas y mucha fuerza con el culo para tratar de sentarme como dios manda. Imposible, el diseñador del sistema debía ser el mismo que hizo los efectos especiales de Titanic, y al final de la película me remito. Aquello parecía un remolino y yo una Kate Winslet sin Leo di Caprio que llevarse al coleto.

Lo bueno del spa es que cuando superas lo del jacuzzi tienes como premio el baño turco, con sus 80 grados de temperatura húmeda y eucalíptica. Y allá que nos lanzamos A y yo, empeñadas en desatascar los poros de piel y cerebro. Ya en la cámara "A" ella se puso a taparse una y otra entradas de la nariz, como una yogui profesional, mientras yo hacía lo propio más estilo cocainómana en su primer día de desfase. Aclimatadas a la cámara A, aceptamos el desafío: la cámara "B", que es el mismo infierno sin llamas pero con un demonio que curra a destajo fabricando vapor de central térmica. Si no eran 120 grados lo parecían. Y a la yogui profesional le dio un jamacuco tal que salimos de los dominios de Satán a toda prisa, para que ella se desmayara como una señora en la cámara A, mientras nuestro público, casi en pelotas, opinaba:

-Se conoce que le ha dado un bajón de tensión. Que ponga las piernas en alto.
-Nooo, lo que tiene que hacer es bajar la cabeza.
-Yo diría (una ciudadana del Este, que de saunas saben mogollón) que debería respirar despacio y salir a tirarse al agua fría.

Fue escuchar la palabra fría y levantarse A como un resorte rumbo a cualquier chorro donde no hubiera listillas parlanchinas. Yo la seguí como pude, porque la amistad hay que demostrarla en estos lances, y casi me mato del resbalón que me di en el charco que había al salir. El monitor nos miraba con sorna, en plan "mira las fashion éstas qué mal se lo montan", y como todo el mundo parecía estar pendiente no vi otra salida que tirarme a la primera pileta libre que vi. La del hielo, también diseñada por el ingeniero sádico de la peli citada.

Juro que en la inmersión vi pasar toda mi vida. Juro que sufrí tal encogimiento muscular que a la salida me sobraba una talla. Juro que mi amiga y yo no pudimos articular palabra petrificadas como íbamos camino de las duchas. Hoy aún siento los efectos del Spa y creo que en adelante tomaré baños termales en la bañera de casa, bien tranquila y sin tipejillos en bañador que entorpezcan mis evoluciones. La banda sonora, por supuesto, será cortesía de Mr Cameron. Y si a Leo le apetece dejarse caer, lo mismo no le hago ascos...

sábado, 14 de noviembre de 2009

SE BUSCA HOMBRE BALAY

Mi querida Big-Bang:


Aviso: no pienso quitarme el pijama hasta después de la siesta. Ni ducharme. Ni abrir la puerta a nadie, GEOS incluidos. Tampoco contestaré al teléfono. Hoy tengo el día Pete Doherty, y eso que no me he metido nada turbio en vena. Por dios bendito que alguien amordaze al tapicero ese que anda tronando ahí fuera con su megáfono de los años 50, erre que erre con que se tapizan "descalzadoras".

Nunca en mi vida he tenido una pero anoche, cuando llegué de mi fiesta Chivas de lujo, whisky y cojoglamour, hubiera pagado porque una descalzadora me arrancara los botines de tacón-12, me desvistiera, desmaquillara, diera una repasadilla rápida a los dientes y me cantara la canción de los Lunnies. Imagino que eso sólo te lo hace una descalzadora dada de alta en la Seguridad Social o, en su defecto, un hombre Balay bien tapizado.

El último hombre Balay que pasó por mi vida me hizo la vida más fácil, sí, pero no le gustaba nada lo del pijama y las legañas de resaca, porque no estaban especificadas en su libro de instrucciones.
"Bueno, majo, pues échate a la calle y vuelve en seis horas, que estaré reconstruida". Así no hay amor que resista ni tapicería sentimental que no se deshilache. Hoy es un no-día y lo he marcado en el calendario chino de la cocina con un círculo rojo. Porque un no-día es por definición vampírico y catastrófico. Lleno de "poyaques", a saber: Poyaque no me quito el pijama, no hago la cama, y poyaque no recojo los periódicos pasados, no quito la ropa del tendedero...y así hasta el infinito. Diógenes me ronda con su síndrome, pero mi alma es un Sísifo cargado con una piedra de cinco toneladas y en deshabillé.

Sexy, ¿eh?
Llámalo terapia de dexintoxicación. Y bien mirado, a lo mejor lo que necesito es un hombre Detox, que me prepare un zumo vitaminado con Alka Seltzer mientras hace como que no ve el pijama ni mi estado de ruina general. ¿Será eso lo que sienten los novios de Courtney? ¿Tendrá ella una descalzadora de cerebros embotados? Fijo que se anuncian en la teletienda hollywoodiense y aquí no han llegado todavía. ¡Qué malestar general, mon dieu...!

Como para lo mío no hay solución, he urdido un plan: levantarme del sofá en tres tiempos, a lo Eva Nasarre, y dirigirme a la cocina a quemar unas lentejas. Después me pondré un capítulo de una serie casposa tipo "Los Vigilantes de la Playa" y a continuación abriré la carta de la tasa de basuras de Gallardón. Llámalo autoboicot, una terapia de choque de la que sólo puedo salir reforzada o en camilla. Y a la noche llamaré a mi descalzadora para que recoja y recomponga mi espíritu desmoronado. O esperaré que un Mr.Balay me mime y me hable con amor mientras la Kate Moss lánguida que llevo dentro cambia el pijama por unos jeans deluxe y un chaleco de lentejuelas.

viernes, 13 de noviembre de 2009

PREGUNTE A BARBIE

Mi querida Big-Bang:


¿Por qué los jueces estrella entran y salen corriendo de la Audiencia Nacional como si los enchironandos fueran ellos? ¿Por qué Barbie ha celebrado ya tres o cuatro veces su 25 aniversario sin que nadie lo denuncie públicamente? ¿Por qué voy esta noche a una fiesta de elogio y refutación del whisky si lo mío es la ginebra, ehhh? ¿Qué he hecho yo para llevar despierta desde las 5 de la mañana si no he rellenado aún la instancia para entrar en el convento de las descalzas insomnes?

Entenderás que tanta desazón pueda conmigo. Las grandes preguntas de la humanidad no tienen que ver con los cohechos del PP, el fantasma de Raimunda o la morrallita de Jiménez del Oso, sino con la cotidianidad más prosaica. Una vive en un mundo real life donde el sobresalto es continuo y los de alrededor parecen no darse cuenta. O disimulan para hacerme luz de gas y así alimentar los divanes que frecuento, donde me hacen más preguntas absurdas que acrecientan el bucle en el que me encuentro. Soy una mujer hámster, que diría mi querida A, y como siga dando vueltas a la rueda los que volaron sobre el nido del cuco van a parecer aficionados a mi lado. ¡¡Ay Jack, cómo te entiendo!!!

Vale, sí, es viernes. Carpe Diem. Gaudeamus Ïgitur. Totum revolutum.Pero con el cuerpo hecho fosfatina no puedo echarme a la calle y fingir que soy una Barbie de 25 años, recauchutada y tetuda. No, esto no hay Prozac que lo enderece, así que voy a dejar el botiquín tranquilo y a tratar de hacerme invisible. No soy, no estoy, beberé whisky, comentaré el chascarrillo del conductor del autobús y les seguiré el rollo a mis hijas sin vigilar el bol de los corn flakes. Como una replicante peligrosa.

Por si las moscas, acabo de esconder la máquina de escribir y la motosierra. Vaya a ser que termine delante del juez estrella corriendo como una loca hacia el banquillo. Como la dulce Neus, pero con mejor corte de pelo y mejor bolso. Ay, Nicholson, cómo te extraño!!!!

miércoles, 11 de noviembre de 2009

TOFU Y REENCARNACIÓN

Mi querida Big-Bang:


Imagina que estás en tu cuarta reencarnación. Que antes que falsa rubia fuiste un cetáceo desorientado, antes un renacuajo de charca y aún antes una concubina de las de Pear S.Buck. ¿Cuánto de cada existencia arrastras en la presente? Pues esto estaba soñando cuando mi vecina la poseída ha abierto el grifo de la ducha a mala leche y me ha interrumpido en mis cavilaciones oníricas.

Vamos, que he tenido un mal despertar y eso lo van a pagar algunos. Porque aunque no esté contemplado en la declaración de derechos del hombre, tener un sueño completo, de la A a la Z, como un buen psicoanálisis, es el mínimo al que puede aspirar una insomne que se mete en la cama con tapones, antifaz y unas gotas de Chanel nº5, como aquella otra rubia. Que quizás no se tragó el bote de pastis por desesperación vital, sino porque tenía, igual que yo, una vecina poseída por el diablo.

Estas son las consecuencias de una mala noche. Mi amiga Sol sostiene que lo bueno de las pesadillas es que todo va mejor cuando despiertas. Sí, pero, Solete, ¿qué pasa cuando te arrancan de un sueño crucial, en el que estás a punto de conocer quién has sido hace trescientos años, eh? Pues que te cortan toda posibilidad de reconciliarte con tus taras, de encontrarle sentido a tus neurosis, incluso de tener conversaciones astrales con Pablo Coelho, ese tipo hierbas que fijo que sigue la dieta del tofu, camina descalzo y hasta levita, como Santa Teresa en sus orgasmos.

A mí los que comen tofu me producen desconfianza. Tengo que confesar que cada vez que un hombre me invita a su guarida lo primero que hago es abrir su nevera. Si hay verduras y hortalizas frescas, más un buen filete y lácteos sin caducar, respiro tranquila. Si huele a podrido, salgo pitando a por tabaco. Pero si encuentro un paquete con tofu, y esos otros comistrajos que parecen gusanos, directamente llamo a la policía. Que una haya sido renacuajo de charca no la hace más tolerante a la fauna de nevera, no señor.

Es más, si el que cena conmigo abre los codos cuando la emprende con cuchillo y tenedor, ya me entra el hormiguillo. Sin embargo me gustan los que mojan pan en la salsilla de la ensalada. Será porque me recuerdan a mi padre, que además de salsero siempre nos dejó mojar en sus huevos fritos. También me gusta la gente que come pan y desconfío de los que se enfrentan a la comida como a un puzzle al que le sobran piezas, las más hipercalóricas, que van abandonando en los bordes del plato.

Anda, mira, igual está asomando la concubina que hay en mí! Fina y ceremoniosa, pero poco contenida, me temo. Seguro que cuando iban a vendarme los pies la emprendía a patadas, porque digo yo que la rebeldía se transfiere de vida en vida, ¿no? Y estando tan arraigada como está, tiene que proceder de hace cientos de años, como mi afección por los tacones altos o al cocido completo. Así que las patadas me condenaron a la charca y por buen comportamiento pasé a cetáceo, y como nadie sabe que me tragué a Jonás, fui ascendida a reina del cuché. Y en esas estoy, hasta el día que perpetre el asesinato de mi vecina la satánica y me veáis en Madrid Directo, esposada y arrastrando la peor condena posible. Una dieta a base de tofu.

lunes, 9 de noviembre de 2009

ASTEROIDES EN CAÍDA LIBRE

Mi querida Big-Bang:


Cada vez que leo una frase en un libro que refuerza mi imaginario acerca de un tema me pongo toda loca. Es como cuando Boyero, ese tipo avinagrado y cachondo que cae fatal a todos los culturetas, hace una crítica que coincide exactamente con lo que he pensado yo viendo una peli. Sus vísceras a veces son mis vísceras, sí señor, y es reconfortante ser un poco canalla a la salud de ese señor picado de viruelas que escribe a mamporrazos de pura pasión. Sí, la pasión me pierde y los apasionados también, aunque se echen a perder. Además ando justita de personalidad y criterio propio, así que me mola mimetizarme, aunque sea en la sección casquería del mercado de las ideas ajenas.

Leo en "Historia de un matrimonio", de Andrew Sean Greer (un tipo al que no tenía el gusto de conocer, pero que colocaré en la estantería de mi corazón junto a Boyero): "Será, quizás, que un matrimonio no puede verse. Que es como esos grandes cuerpos celestes, invisibles al ojo humano y que sólo se localizan por la gravedad.." Si ya lo decía yo, que lo del matrimonio es un visto y no visto. Una atracción del parque de ésas en las que te ponen unos ganchos para que no te puedas escapar, que te producen vértigo y vómito y que cuando llegas abajo te preguntas: "¿en qué estaba yo pensando cuando saqué los tickets?"

Claro que cuando los que se quedaron abajo te preguntan ¿qué taaaal?, tu te tragas el mareo, la decepción y hasta el vómito y dices: "Geniaaaaaaaaal". Y así van picando todos. Da igual que los que dicen genial tengan el rictus descompuesto y marcas de los grilletes en las muñecas; nadie sospecha y todos suben con la ilusión de ir a pasarlo pirata en un viaje de cuerpos celestes, que diría Andrew.

¿Te he dejado patidifusa, verdad? Es lo que tengo los festivos, que me leo tres frasecillas de aquí y de allá y las reciclo en verdades como puños de las de don César Vidal and cía. El ocio con medicación es muy productivo, y más si en el ínterin tu amiga te invita a una taza de chocolate con picatostes y te habla del potencial hombre de su vida: "¿Elijo al cultureta con cara de estreñido o al golfo vividor que un día se pasó a todas por la piedra? "Pues chica, el primero al menos te completará las frases cuando te quedas in albis...". El chocolate es como los callos, una víscera para merendar que te coloca en caída libre, como las atracciones del parque. Como una buena columna de Boyero.

Te dejo, que empieza una de esas pelis que nos gustan a él y a mí. Ya tengo delante un cuenco de palomitas de las que hacen mucho ruido cuando te las comes a puñados, como hago yo. El sofá es sólo mío, el mando de la tele, ídem. Y cuando me dé por ahí viajaré a la cocina para recenar como dios manda, sin que ningún asteroide me altere el plan con su pesada gravedad. A veces soy tan romántica...

sábado, 7 de noviembre de 2009

LA NOCHE DE LOS CALVOS

Mi querida Big-Bang:


La otra noche acudí trotona al estreno de una peli guay, Celda 211. El taxista que me llevó era calvo y escuchaba una ópera finlandesa a todo trapo. "Yo soy taxista, pero no me gustan los taxistas", me dijo a modo de presentación, y el hombre me cayó fenomenal. Cuando un taxista lleva la cabeza rapada sin ser un skin head y escucha ópera de autor nordico sólo te puede conducir a un congreso de limpiacristales o a una sauna alopécica, me dije. Si además el taxi huele a ambientador del caro, no a esos de manzana que regalan en el Aurgi, el efecto confianza se multiplica.

"Discúlpeme, señorita, ¿pero puedo preguntarle, en mi atrevimiento, a dónde va tan elegante?". Nótese que no me llamó señora, y nótese que tenía un deje a lo Siglo de Oro que fue definitivo. Empecé a largar en prosa y en verso mis planes con tal detalle que si el tipo hubiera sido el violador del chándal en versión calvo y bien ambientado, me habría hecho suya allí mismo. Pero no, el tipo sólo era calvo, como Mr Proper, como mis hermanos. Y para mí la calva es como una garantía ISO de esas del Ministerio de Industria (Gobierno de España)

Ya en el cine, mi amiga A y yo nos concentramos en atravesar la turbamulta y, tras equivocarnos de fila y butacas, algo que nos sucede a menudo y debemos hacernos mirar, saludamos a dos amigos calvos de ella, bien majos, y nos hicimos las longuis cuando pasaron otros dos bien provistos de pelo. Pero cuando tras una espera en la que nos dio tiempo a contarnos las confidencias de la semana, nuestras aportaciones a la humanidad y hasta cómo está el servicio, hicieron entrada los actores, comprobamos que la mayoría tenían las cabezas bruñidas. Como somos dos linces nos dimos los titulares: "Esta es la noche de los calvos". "Woodstock ha muerto", "Bye, bye, laca y gomina"...y así hasta que empezaron los créditos. Porque a A y a mí nos dan un leit motiv y nos ponemos locas a crear en plan conejillo de Duracell con pilas de bajo consumo.

Lo siguiente es que me enamoré de ese calvo llamado Luis Tosar. Esa primera secuencia del preso caminando por el patio laberinto destinado a los peligrosos, con ese cuello tallado y esa calva majestuosa me dejaron sin habla (algo que sin duda agradeció mi amiga). Y no, no era el sex appeal del fauno encerrado en el chabolo o la camiseta de churrero lo que excitaron mis hormonas, que también, sino el poderío de una cabeza desprovista de protección, desafiante y desnuda. Tosar estaba en pelotas. Y un hombre en pelotas no engaña. Si acaso, decepciona.

Del cine salí con dos conclusiones: una, si te gustan los calvos, nena, tienes muchas más posibilidades de ligar que nunca, pura estadística. Y dos: ya no podré hacerme la listilla con frases aprendidas del tipo: "claro, es cine español, ¿qué esperabas?". Lo que vino después sólo lo saben Chicote, mi amiga y el gin-tónic que nos echamos al coleto mientras rivalizábamos con quién sabía más nombres de calvorotas sexys: Un dos tres, responda otra vez: Yul Bryner!!!

jueves, 5 de noviembre de 2009

EL PECADO ESCARLATA

Querida Big-Bang:


Anoche me dio el repente y me compré un vestido rojo con escote "palabra de honor". ¿Es una señal?. Pasado el impulso pienso que lo hice porque nunca he llevado ese escote de nombre tan cursi que te obliga a subírtelo en un gesto tan vulgar, casi chabacano. O sea, que compré mi equivalente en vestido, la contradicción en seda y satén. Un golpe de escote palabra de honor es un grito de guerra estilo indio cherokee dos minutos antes de ser derribado por el caballo.

Asumamos que he desenterrado el hacha y que me dispongo a salir a cortar cabezas, pero...¿y el rojo? El rojo es el alarido, directamente. Es ese color que una se compra cuando se siente chulita y sobradilla y el que deja morir en el armario cuando la chulería se desploma en caída libre, como el escote. La última vez que me puse de rojo sentí que todos me miraban, ellos con lascivia contenida -o con misericordia, a saber-, ellas con odio indisimulado. Pero eso lo digo bajo los efectos del vestido, que he colgado esta noche para verlo desde la cama, acunada por la voz de Roberto, el hombre de mi vida y de la de los miles de colgados que escuchamos "Si amanece nos vamos", en la SER.

¿Insomne yo? Nooo, es que el rojo es un chute de cafeína en vena. Y aunque lo compré en apenas diez minutos para no dar pie al arrepentimiento, la droga hizo su efecto. Subida en el taxi abría de vez en cuando la bolsa para contemplar el cuerpo del delito. "Dame la más pequeña que tengas", le imploré a la dependienta, que me miró con la cara de "esta es la típica maruja gastona que no quiere que su marido sepa que ha vuelto a recaer". Cómplice, me tendió una bolsa del tamaño de un kléenex y entre las dos nos las apañamos para meter a presión el pecado escarlata.

Hay colores de filias y fobias. Y colores tibios, como los grises, negros y los beiges que atiborran mi ropero y que son disfraces de mis verdaderas (y aviesas) intenciones. Un suponer, ¿que voy a ver a un tiburón de las finanzas con corbata de Hermés y perfume Farenheit? Tiro de negro cucaracha con un toque de sexy discreto que lo mismo vale para un "soy tan tiburona como tú, nos vemos en el acuarium" que para un "mi marido acaba de fallecer:trátame con conmiseración". ¿Que él es ella, milita en el PP y no se baja de sus zapatos de salón? Desempolvo el beige, me atuso las mechas y me bajo de mis andamios habituales para entregarme al insulso medio tacón.

Pero hoy la ruleta de mi vida marca el rojo. Rojo sangre, rojo delito. Aviso que me lo voy a poner caiga quien caiga. Aviso que puede tener efectos secundarios, como mis pastillacas. Aviso que la cherokee que hay en mí se ha puesto las plumas en la cabeza y lleva horas al galope y a grito pelado. ¡Avisados estáis, vaqueros!

domingo, 1 de noviembre de 2009

LA VENGANZA DE SHARON

Mi querida Big-Bang:


Una vez me crucé de piernas en un sitio sagrado y fui amonestada en nombre del altísimo. Desde entonces arrastro un tic Sharon Stone que me lleva a cruzarlas y descruzarlas compulsivamente, agobiada por si he olvidado la ropa interior con el frenesí de la mañana. Sí, por culpa de Charito Piedra hemos perdido la inocencia. Y gratis, porque al menos a ella le sirvió para beneficiarse a Michael Douglas justo antes de que la Zeta Jones -otra maciza que ignoramos si lleva bragas- se cruzara en su camino.


Yo con las piernas en paralelo pierdo mucho. Los muslos en caída libre son menos fotogénicos que aplastados uno encima de otro, en tensión sostenida. Cuántas horas no habré pasado yo en los probadores de H&M comprobando un look con todas las posiciones musleras imaginables, algunas extraídas del yoga. Ayer, sin ir más lejos, el dependiente llamó a la puerta por si había sufrido un desmayo, justo cuando bordaba la postura de la cobra. "Un momento, que estoy cruzándome de piernas para ver el efecto de los leggins, contesté".

¡Y todo por culpa de una bronca divina! ¿Acaso el de la cruz iba a ponerse nervioso por mis piernas?
Sí, es verdad que la que tuvo, retuvo, pero cuando tenía le dio un ataque de timidez adolescente que duraría dos o tres décadas y decidió ponerse el sayo, a lo hija de ZP. Así que, para entendernos, lo mío es como si hubiera abrazado el destape pasados los 40. Equivalente a que hoy la Cantudo posara en pelotas en la portada de Interviú. Dios no lo quiera.

Decía mi abuela que cada cosa en su momento, "y las carnes en adviento", respondía yo. Aún así he decidido enseñar mis talentos aunque me queme en el infierno, para alborozo de lascivos, castradores y taxistas. Pero claro, cuando te empeñas en cruzarte de piernas tan mayor te sale sobreactuado. Lo haces a cámara lenta, como Sharon, y eso desboca las fantasías del más pintado, aunque lleve 2.000 años muerto. Ahora entiendo la carga erótica que se respira en bodas, bautizos y funerales, con tanta señora dando rienda suelta a muslos y pantorrillas. Es una bomba nuclear y todas ellas deberían hacer cola en el confesionario por provocar al más allá.

Yo, como es domingo, voy a rendir un homenaje a mi musa del erotismo. La exposición Eros, del Thyssen, me espera. Brindaré por el goce de la carne, por las misas sin cortapisas y por los cruces de piernas, de razas caninas y de carreteras que llevan al cielo. Como la escalera de Led Zeppelin.