miércoles, 30 de diciembre de 2009

Y LA UVA SE HIZO ALBÓNDIGA

Mi querida Big-Bang:


Ensayo general de las uvas con albóndigas. Si logro engullir las doce sin llamar al Samur, seré coronada miss garganta profunda y podré reciclarme al porno casero cuando vengan mal dadas, si es que aún conservo mi público.

La segunda bola de carne me trae de vuelta una buena frase de un mal libro: "No hay casas de empeño para el corazón. No se le puede llevar allí, dejarlo envuelto en un trapo limpio y rescatarlo cuando vengan tiempos mejores". (La pasión, Jeanette Winterson). (¡Vaya si se puede, querida!). La cuarta, casi en asfixia, otra sentencia, pero de mi abuela al camarero del Ritz: "Oiga usted, el roast beef está más seco que el ojo de un tuerto".

De grandilocuencias chungas están llenas las tumbas. A la Puerta del Sol nunca fui, porque hace frío y se llena de tipejillos desalmados y borrachos de marca blanca. Y mientras los mantenga a raya no veré que soy una de ellos, colgada de las agujas del reloj, ojerosa y febril. Un puro tango con tropezones, carreras en las medias y pelucón rojiazul.

Mi gurú Walter Mercado me ordena desde su horóscopo que haga limpieza. Como mi voluntad de Aries es toda suya, he arrancado la mañana con el mocho por aquí y por allá, canturreando una de Rihanna, el temazo con el que las chukis y yo asombraremos mañana "a propios y extraños". Cada año una performance familiar nos hace "brillar con luz propia" que diría el Hola, ese pozo de lugares comunes y frases hechas cremosas como el chantilly e inconsistentes como una mousse de espárrago.

Claro que mi diablesa adolescente es más de potaje y me advierte con tonillo mafioso: "mamá, espero que esta vez seas capaz de seguir los pasos de mi coreografía". ¡Ni que fuera Rafaella Carrá! Seguro que a su hermana no le advierte que llevarse la mano al paquete está feo si no te llamas Michael y te metes picos de anestesia.

Los que crecimos con el ballet Zoom de Giorgio Aresu sabemos que lo importante es mirar fijamente a cámara, ponerse unas mallas estilo Leroy Johnson y enseñar dientes como la Pantoja. Lo demás sobrevendrá, digo yo. Y si no, siempre puedo desenfundar un "Reloj, no marques las horas...", que ahí no hay fallo posible. Te abrazas a un hombre -hermano y calvo, salvo imprevisto- y te dejas caer en desmayo sostenido, a lo Ana Ozores en la catedral de Vetusta.

Ser tan intensa me mata, lo sé. Mira que siempre me adviertes que la anticipación tiene más contraindicaciones que las benzodiazepinas, pero ando tan excitada con las campanadas que no doy pie con bola. Seremos más de treinta, una docena de cuellicortos incluidos, y para celebrar una invasión que ríete de la de los vándalos, suevos y alanos, he de recoger alfombras, plegar y desplegar mesas y guardar la plata, que siempre hay alguno que afana aprovechando la confusión.

El corazón, por si las moscas, lo dejo ahí, en la casa de empeños. Dile al prestamista que si no me ahogo con la albóndiga correré a buscarlo. Este año toca amar apasionadamente. O algo.

martes, 29 de diciembre de 2009

NINA SIMONE, YO TE INVOCO

Querida Big-Bang:


Mira que me juré no volver a Nina Simone hasta hacerme la manicura exprés, pero no he podido resistirme. Con quince regalos por envolver y la contractura en pie de guerra necesitaba meterme una dosis de jazzsoulblues rasgada, jadeante y arenosa. Esa mujer debió dejar exhaustos a sus amantes, me digo con el camión de Rayo Mc Queen en una mano -"incluye apisonadora y tres pistas. Necesita montaje"- y el cello en la otra.

A mí en este trance siempre me sobra papel o me falta cinta adhesiva. Las tijeras tienen vida propia y sólo Nina aplaca mi ansiedad. Su voz es ginebra seca sin hielo, en vaso ancho. Y nicotina. ¿Quién me manda no fumar?. Anoto en mi libreta de los deseos: "Comprar tabaco".

El kit de pelis de K.Hepburn es el viejo truco de madre jeta que regala lo que le gusta a ella. Cuando mi adolescente abra el paquete, de un cursilíneo tono lila, le diré: "Hepburn es la Hanna Montana de ayer, intelectualizada y pasada por Casablanca, chitina". Y a correr.

Si el año no lo remedia acabará pasado mañana, y la bruja me augura un porvenir de aguas procelosas. "Éxtasis y tormento". Sea. Le pregunto a mi querida D. qué pide a 2010. Responde ipso facto por escrito:"al hombre de tu vida". Con amigas así, un buen peeling corporal al caviar de La Praerie y "My Way" by Nina a todo volumen, el cielo puede esperar.

Los finales me alteran, cierto. Me cuesta más rematar que arrancar, sean bordados, novelas, años bisiestos o amores. De ahí mi gusto por los cadáveres exquisitos, siempre que yo no sea el postre. Aguerrida, la que más. Metepatas, of course. Pero la cautela es de los cobardes y si algo me ha quedado pienso quemarla en la pira de 2009. De paso quemaré los tiempos muertos, las zapatillas de andar por casa y el kit de gimnasia pasiva. ¡Alea jacta est!

(Los paquetes, en círculo, me rodean. Akelarre doméstico. Diógenes navideño. Parece que los hubiera envuelto el increíble Hulk en pleno proceso de transformación. Anoto en mi libreta: contratar empaquetador guapo y dispuesto")

lunes, 28 de diciembre de 2009

LA TRIBU DE RAYUELA

Mi querida Big-Bang:


Anoche tuve una revelación. Entendí que una de mis taras para las que no hay medicación me viene de no haber formado nunca parte de una tribu urbana. Crecer sin identidad de grupo es un agujero negro infinito que no se llena por mucho que una coquetee con los abrigos largos de los moods, el cuero negro de los punkies, las túnicas góticas o los corsés de Madonna by Jean Paul Gaultier.

Empezaré por el principio. Yo tenía una amiga en el cole de esas que no gustan a las monjas. Un patrón distinto, artista y con boina francesa ladeada, con la que iba a museos, tomaba el té y leía Rayuela. Dicho así suena ñoño y cargante, pero en la tribu chunga que éramos las niñas de la Inmaculata, todas de uniforme príncipe de Gales, siempre con la guitarra lista para cantar "Una espiga doradaaaa por el sol" y rezar tres aves marías, aquello era rebeldía pura y ella un elemento sospechoso y exótico que iluminó mi adolescencia.

Añadiré que mi amiga A era unos años mayor que yo, que tenía una gata que me atacaba con saña y que un día se enfadó conmigo para siempre jamás. Nunca supe por qué, pero sí que ese día le puse los cuernos a Cortázar y se me hizo un roto en los riñones que no ha dejado de sangrar.

Años después la vida me trajo a otra A-2. Tenía su misma estatura, escribía cine, la misma edad y complexión que mi otra A. También una gata furiosa que debía esconder en el calabozo cuando yo llegaba. Con A-2 inventaba historias disparatadas y veía películas. También compartimos brujas, desatinos amorosos, lexatines de contrabando, spas vaporizados, litros de gin tonic y otros quebrantos.

Veinticinco años después la tribu de Internet me ha devuelto a Rayuela. Naturalmente, no recuerda por qué me plantó. Sigue siendo artista, tiene dos hijos, un divorcio y aún coquetea con la melancolía, como entonces. Como mi A-2. Ignoro si frecuenta a nuestras brujas. Su cicatriz sigue abierta, como la mía. Nos reencontramos, nos reconocimos. Pegué un salto en el diván y dije bye a mi terapia.

Anoche las junté a ambas. Fuimos al cine. Una a cada lado, las observaba con el rabillo del ojo. Simétricas en sus reacciones, idénticos anillos en el dedo. Se gustaron, claro. Brindamos con margaritas, hablamos de hombres, hermanamientos astrales en los que no creemos y trasplantes de órganos sin anestesia. También de tatuajes mal borrados. Terminamos en un bar con humo de jazz donde todo eran negros antillanos o psicobolches con perilla, melena y gafapasta. Desubicadas. Y tan contentas.

Anoche dormí sin tus pastillacas, nena. Un círculo que se cierra es mejor que el Orfidal, y la Gran Vía de madrugada la posibilidad de un paseo del brazo de mi tribu urbana recuperada. Tranquila, no pienso volver a Cortázar, que la nostalgia es un accesorio tan absurdo como los calentadores de leopardo sintético. No sé que pensará de todo esto el sr Rocamador...

domingo, 27 de diciembre de 2009

SE ACABÓ MICHAEL JACKSON, SE ACABARON LOS DISCOS

Mi querida Big-Bang:



La gente sin infancia me da repelús. Son esos viejunos que nacieron planchados y almidonados, que nunca hicieron chuletas ni se bañaron en el río, que no huyeron de la mano negra ni se enamoraron a los 12 años. Que no montaban en bici ni leían revistas prohibidas a escondidas. Que se chivaban todo el rato y solían llevar mocos asomando por la nariz.

Sí, son facilmente reconocibles. No han cambiado de peinado desde la EGB, no saben reír a carcajadas y huelen a naftalina. Te advierten de algún peligro de los que acechan en la jungla de una vida que nunca es la suya. Bastante tienen con haber crecido sin heridas sangrantes en las rodillas.

No sé a qué viene esto. Cada vez que salgo a cenar con mis amigas serie oro se me activa un click que abre el baúl de los recuerdos, o la caja de Pandora, y me da por recordar el primer polvo, las primeras pellas o aquel top less que nos mantuvo boca abajo en la playa levantando el cuello como bóas constrictor cuando aquel cañón del Colorado con melena hasta el culo se nos sentó justo enfrente para darnos palique... En mi espalda podría haberse frito un huevo de la insolación, pero virtud y pechos quedaron a salvo de miradas libidinosas y las monjas, desde el más allá, debieron sonreír con gesto de sagrada aprobación.

Me gusta tener un pasado, pero no entiendo con qué criterio de selección se apretujan los recuerdos después de una noche de whisky cheli. Sí, me he pasado a la malta, pero por poco tiempo, descuida, ya sabes que la fidelidad no es lo mío. Tengo cinco perfumes abiertos en la mesilla y elijo según el primer impulso mañanero. Jamás repito look ni trayecto de camino al trabajo. El tinte de mis mechas nunca es el mismo y muevo los objetos domésticos según un criterio matemático: variaciones de cien elementos tomadas de seis en seis, permutaciones de cuatro o combinaciones diversas. Si no hago lo mismo con integrales y derivadas es porque nunca las entendí.

Sólo he sido absolutamente fiel en el amor, y así me va. Unos cuernos a tiempo me habrían dado una pátina libertina y una prestancia que pa qué, pero a estas alturas de la película es tarde. "Se acabó Michael Jackson, se acabaron los discos". Y la frase no es mía, ya quisiera, sino de una rica especialista en pillar millonarios y dejarlos con las cuentas bancarias retemblonas y una pensión de alimentos de luxe.

Al año le queda un suspiro, y aquí me tienes, metiéndole una bomba de oxígeno para que respire. Ando más de noche que de día y desconecto los teléfonos para que mi madre no me llame a las nueve fingiendo que se ha equivocado de número.

Yo tenía un novio en la guardería con el que compartía chicles rescatados de las papeleras. Se llamaba Salvitas -Salvador- y masticando éramos uno. No ha habido nada más guarro y más sublime en mi biografía, así que a 2010 le pido que me brinde un momentazo así. Un destello de trasgresión de la buena. Da gusto caerse de la bici y llevar costras hasta en el hígado. Bye, bye 2009 con toda su carga letal. Vengan a mí los vientos y las tempestades.

"He cruzado océanos de tiempo por ti...", fue una frase de anoche, quizás la culpable de todo esto. Bendito conde Drácula y bendito Bram Stoker. Creo que hoy saldré a comprárselo a mi hija...

viernes, 25 de diciembre de 2009

LA FAMILIA BIEN, GRACIAS

Mi querida Big-Bang:


Tanto amor concentrado en torno al pavo me ha dejado exhausta. La familia es como la droga: en dosis pequeñitas te pone, pero si se te va la mano terminas en urgencias con los ojos fuera de las órbitas y espumarajos en la boca, víctima de un chungo sin retorno. Tal es mi caso, así que aquí me tienes en bata boatiné dispuesta a pegarme un atracón de sofá y pelis caspa, mientas reflexiono sobre esta sagrada institución y sus efectos colaterales:

1. Tu familia siempre es la "normal", la de los demás es "rarita". O sea, que tus hermanos no escuchen a tus nuevos novios y se centren en sus conversaciones absurdas en clave no es mala educación, sino exotismo doméstico. Que tu padre se resista a quitarse el chándal no es una horterada, sino una excentricidad. Que cada copa en la mesa sea diferente no es cutre, sino arte povere...

2. Las madres de familia numerosa siempre tienen un hijo favorito y siempre lo niegan, pero el día de Navidad se les ve el plumero más que nunca. La mejor nécora es para el nene, el muslo jugoso, ídem, y el turrón de chocolate del bueno se acaba para todos...pero misteriosamente siempre hay un trozo extra para el ungido.

3.Las cuñadas son guays, pero ¡ay de ellas como se les ocurra poner una mala cara a tu hermano!. Serán nominadas ipso facto y en adelante uno se referirá a ellas como "la novia de Chuki" o "la tipejilla ésa".

4.Una discusión política en familia es una bomba nuclear con doce detonadores activados. Sabes que va a estallar, sabes que digas lo que digas te harás un enemigo, sabes que te juegas la calidad de tu regalo del amigo invisible, pero no puedes resistirte porque de algo hay que hablar una vez que has despellejado a los que no están.

5.Hay sobrinos a los que puedes pegar una bofetada y luego están los intocables. Esos a los que sus madres -cuñadas, habitualmente- defienden como perras en celo cuando te acercas a regañarlos por cantar a gritos los insufribles villancicos del cole.

6.Las familias perdonan, pero no olvidan. Llevan un registro exhaustivo de tus grandes hazañas, lo que se viene llamando la memoria histórica selectiva: el pedo que te pillaste la Nochevieja del 91, de la pillada que te hizo tu padre dándote el lote con uno de COU en el coche, justo delante del portal...

Recuerdan con memoria de tísico que aprobaste el carnet de conducir a la sexta, que tu traje de novia era acrílico, que a los cuatro años pegaste una patada a la profesora...Y en Navidad, como hay mucho tiempo, todos los chascarrillos e inmundicias de tu biografía afloran de nuevo y tienes que fingir que te hacen gracia. Ja, ja, ja.

7.En Navidad, las familias se ponen hiperactivas y les da por hacer planes en familia. Esto, si son muchos, es un fiasco organizativo del que una sale como el capitán Araña, abandonando el barco con disimulo, de modo que cuando se quieren dar cuenta están ya en Navacerrada.

8. ...Pero que nadie toque a mi familia, eh! Es lo único cierto en tiempos de zozobra, como lo es que una siempre vuelve a casa por Navidad con el rabillo entre las piernas y la certeza de que le harán un hueco a la mesa, de que siempre fingirán que no ven cómo le das a la frasca, de que escucharán tus borderías como el que oye llover.

Así que, a falta de iglesia y sindicato que llevarme a la boca, brindo hoy por mi familia. Extensa, gritona, apabullante, hiperbólica,excéntrica, divertida, hiperactiva y militante acérrima de la Navidad. Droga dura.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

EL SEXO ¿PUEDE ESPERAR?

Mi querida Big-Bang:


¿Se puede ser glamourosa con las fauces abiertas ante un cocido completo? ¿He vendido mi alma por un puñado de garbanzos? Con este pensamiento aniquilándome las meninges no he pegado ojo. Asumo que seré tachada de muchas agendas VIP después del platazo que me enjareté ayer, entre amigas modelo "Sexo en Nueva York" que picoteaban con desgana sus respectivas ensaladas mientras hablábamos de hombres que les partieron el corazón, de chic-lit y de retoques estéticos que siempre se hacen las otras. Todo en el mismo saco.

Añadiré que sólo una se hermanó conmigo en la grasa saturada, pero cuando estás fuera de cuentas con una tripa de diseño, como es su caso, te lo puedes permitir todo. Incluidos el chorizo, la morcilla y una panceta más propia del clan de los Albóndigas que de Carrie Bradshaw & company.

"Tuve un novio que me plantó después de un partido de fútbol del Valladolid", abrió el turno de confesiones mi cuñada M. Lo peor no fue que el equipo fuera de tercera división -mon dieu!-, sino que ese novio...era hermano del ex novio de J, también a la mesa, también despechada. Ambas argentinas, ambas brillantes, perfectamente desconocidas la una para la otra hasta ayer ...y esos dos sátiros en algún lugar del planeta, ajenos a nuestro despelleje. Woody Allen se habría frotado las manos y habría llegado al paroxismo cuando sentenciaron que el problema era "un Edipo no resuelto".

Las mujeres tenemos esa propensión a citar a Freud cuando nos van mal dadas. Con lo fácil que sería acordarse de Corín Tellado, un producto nacional que no necesitó del diván para darse cuenta de que hay hombres muy malos y lascivos, apasionados lobos con piel de cordero que te chupan la sangre justo después de cantar un gol. Tipejillos de tercera división regional que eligen Valladolid para destrozar mujeres de ultramar. Desubicados y capullos.

No es resentimiento, son los efectos de la digestión del cocido completo. En adelante prometo ceñirme al protocolo de la rúcola y fingir que no me gusta el panettone. Hoy es Nueva York y el sexo puede esperar...












lunes, 21 de diciembre de 2009

Y EL BLANCO SE ROMPIÓ

Mi querida Big-Bang:


Imagina que quieres redecorar tu vida en blanco roto. Fácil, ¿no? Hasta que llegas a la tienda y te preguntan qué tipo de roto quieres: ¿blanco almendra, blanco hielo, blanco sal marina, blanco seda...? Y ahí yo, tan listilla, pierdo los papeles. Tanta terminología cromática me aturde, me desorienta. Puedo pasar, como pasé, cuarenta minutos frente a una estantería mirando el pantone como Champollion debió mirar los jeroglíficos egipcios. Desazonada, confusa, con un hormiguillo tal que sólo me faltó abrir los botes, meter el dedo y chuparlo para salir de dudas.

Desde que el blanco no es blanco la vida se nos ha complicado mazo. La culpa es de una infancia azul marino en la que el rojo era rojo, y del amarillo limón al amarillo huevo mediaba un trecho que impedía confusión alguna.

Hasta que mi hermana acuñó el término "rojo sangre de pinchón" y algún esnob acuñó el azul petróleo, y mi abuela dijo que me había comprado un abrigo "cola de rata", y el verde quirófano de toda la vida pasó a ser "verde menta", para mi perplejidad, porque las hojas de esa planta aromática eran como el resto de las hojas. O sea, verde hoja. Y ya entradita en años supe de la existencia del azul Klein, ése que siempre habíamos llamado azulón o azul Marruecos. Y al gris marengo se le sumó el gris plomo, y el fucsia fue magenta...

¿Que a qué viene tanto preámbulo? Pues a que me he pasado el fin de semana subida a una escalera, con un pañuelo atado a la cabeza y dos aprendices sin vocación dando por saco con los rodillos. Sí, el planazo era pintar mi cuarto en blanco roto, y lo primero que se nos rompió fue la ilusión al abrir el bote. "Mami este blanco es amarillo de toda la vida", dijo una. "Yo lo veo vainilla como sucio", apostilló la otra. "Este es un genuíno blanco roto y la primera que abra el pico tendrá que escribir cien veces lo que se me ocurra, algo muy largo y con muchas diéresis..." amenacé con desmayada convicción.

Sí, el contenido del bote era el típico color crema de cuarto de monja. Un tono inofensivo, virginal y...horroroso. Lo digo aquí, pero no pienso reconocérselo a esas dos enanas que me ayudaron a convertir un picadero de pasión y desenfreno en un cuartito de solterona que hoy me pide a gritos que cuelgue un petit point de perros de caza en una pared y el crucifijo en el cabecero.

¿Qué será de mi vida vainilla a partir de hoy? De momento, esta noche he dormido con mi hija. Porque el el tono de la pared me impulsa al amor materno. Es más, cuando ayer volvía a poner los botes de cosméticos y perfume en su sitio sentí que estaba profanando una iglesia. Un lugar de recogimiento como mi nuevo cuarto no casa con afeites, ni siquiera con anticelulíticos.

La mujer blanco roto que soy está muy bien definida: lee Telva, viste en discretos tonos marrones y con pantalon de pinzas bien subido a la cintura. Es adicta a la media melena de mecha estilo PP, toma el aperitivo después de salir de misa, viste a las chukis a conjunto y, lo más importante, tiene un marido al que llama cariño o cari mientras le oculta las compras de su último asalto a El Corte Inglés.

Así que sólo tengo dos opciones: Adaptarme a mi nueva pared o engañar a mis aprendices con frases del tipo "En trabajo os hará libres" y salir a por el único color que no admite matices: el negro zaíno. Digo yo que un dormitorio así como mucho me hará gótica, siniestra o asesina en serie. Mucho más atractiva y sexy que la mujer vainilla. Dónde va a parar!!!!

sábado, 19 de diciembre de 2009

INTRÉPIDO FRENESÍ

Mi querida Big-Bang:


Hace días que mi amiga C y yo nos lanzamos voraces a la noche portuguesa, a la caza de bares trendy, hombres sin escrúpulos y taxis libres. Lo bueno de ser adulta madura y experimentada es que no necesitas dotar de coartadas tramposas al objetivo. Vas a lo que vas, subida en tus tacones, embutida en tus jeans y con el bolso lleno de ilusión y Tout Eclat antiojeras.

Claro que, como decía Benedetti, "el desvelo social condujo a la cultura...", y antes del drinking nos dejamos caer por un prometedor concierto de jazz que la ciudad de Oporto esperaba con ansia, como mis chukis esperan cada año al circo americano de tipejillos en mallas que drogan a elefantes, fieras y acomodadores.

La cantante, una mujer pelín estrambótica a mitad de camino entre Yoko Ono y la Terremoto de Alcorcón, salió a escena embutida en una nube de tul rojo y se arrancó a actuar con un histrión que ya lo querría para sí Tina Turner. Venga gorgoritos, venga calambres en manos y piernas, venga magreos al pianista...

Seguirla con la vista era un suplicio, así que cerré los ojos para concentrarme en la melodía. Lo siguiente fue el codazo de mi amiga, un "estás roncando, jodía" y un poner pies en polvorosa hacia la salida, no sin antes tropezar dos o tres veces con las piernas del respetable, que seguía en trance las evoluciones de la artista.

Dirás que no tengo vergüenza. Son los desinhibidores del Prozac, sin duda. Que me miren mal no me altera ni un poquito. Al revés, me envalentona, y con las miradas asesinas del público clavadas en la nuca nos lanzamos a nuestro siguiente objetivo: un garito llamado "Maus Habitos". Justo lo que necesitábamos. El taxi nos llevó volando y se detuvo frente a un portal de okupas. "Aquí es, buena suerte". El vestíbulo estaba lleno de graffitis siniestros y las luces del ascensor se apagaban y encendían. Sólo faltaba el ama de llaves de Rebeca para rematar el cuadro.

"Esto es una snuff movie y nosotras somos el plato fuerte, nena", musitó C, justo antes de que la puerta de "Maus Habitos" se abriera y un tipo con una barra de hierro nos invitara a pasar. Lo que siguió después es secreto de sumario y sólo lo contaré bajo tortura de picana o si me encierran en un cuarto con la Yoko Turner del jazz.

Sí, dirás que no retengo más que los sucedidos truculentos, pero convendrás que si centro mi relato viajero en las decenas de iglesias barroco-rococó que recorrimos perdería toneladas de sex-appeal del caro, carísimo. A estas alturas de la vida soy más Burrows o Bukowsky que Austen o Bronte, sí. Aunque si rascan un poquito se me ve el plumero y asoma la Mary Poppins con mechas que llevo dentro. Maus hábitos que tiene una, digo yo.

martes, 15 de diciembre de 2009

EL DON DE LA INVISIBILIDAD

Mi querida Big-Bang:


Mi amigo invisible es tan discreto que a estas alturas me consta que ha ejecutado mi regalo con ilusión y alborozo. Miedo me da. Quizás no haya leído el mail que mandé urbi et orbe advirtiendo de que odio los marcos de fotos, los bolsos con logo falso, los corsés estilo Courtney Love, los libros de autoparanoia, los packs de pelis de Bergman o Akira Kurosawa, los pijamas de ositos, pingüinos o cualquier otro motivo näif de la fauna intercontinental, los gadgets tecnopijos y los consejos que no pido.

No, no soy exigente, qué va. A mí me regalan una invitación a un concierto de Raphael o El Puma a conjunto con una cena romántica en un asador hipercalórico y me pongo toda loca. Soy muy de gustos sencillos envueltos en Ferrero Rocher.

Tampoco hago ascos a un bono masaje con final feliz perpetrado por alguno de los mitos porno de mi ya larga biografía: un Harvey Keitel cosecha "El Piano", un Jeremy Irons revisitando Brideshead, un Edward Norton en "El club de la lucha" o donde le dé la real gana o aquel Johnny Deep de "¿A quién ama Gilbert Grape?", cuando aún no era un pirata posturitas, por tocar todos los palos.

Agradecida, la que más. Y falsa, ni te cuento. Dos atributos necesarios para encarar las Navidadades. Sólo con amplias dotes de interpretación se puede hacer fiestas a un libro llamado "Pollyana y las flores de azahar", protagonizado por una ñoña cursi con botines y tirabuzones, cuando a tus hermanos les acaban de regalar el tanque, el equipo de camuflaje, la metralleta y todos los accesorios de Geyper-man. Eso duele. Y va acumulando una ponzoña silenciosa que explota el día menos pensado, cuando te regalan un anillo de pedida con pedrusco ad hoc o un apartamento en Torrevieja (Alicante).

En realidad, lo que más agradezco son los regalos gratis. Porque falsa y cínica, sí, pero sentimental, la que más. Esos dibujos de mis niñas hechos con rotu, ceras y plastelina con la leyenda "madre no hay más que una", esos poemas de Pedro Salinas que el noviete de BUP se esforzó en copiar sin faltas de ortografía -"Te me mueres de casta y de sencilla" (nos ha fastidiado! Y sí, casi muero)-, ese álbum de fotos que a mis cuarenta me regalaron mis amigas del alma, con instantáneas que en su día retiré de la circulación por razones obvias...todos me han hecho llorar y ablandar a la fiera que me habita.

Mi querido amigo invisible: Si has caído en algún pecado antes referido te aconsejo mantener tu invisibilidad. No salgas del armario ja te maten. Envuelve el artefacto en seda con lazos rojos y escríbeme una poesía de rima asonante, a ser posible, donde no haya gerundios, cacofonías ni el adjetivo "emblemático". Yo me entusiasmaré cual Estrellita Verdiales en su actuación más estelar y tal día hará un año. Tuya afectísima.

jueves, 10 de diciembre de 2009

LA VIDA EN LOW-COST

Querida Big-Bang:


A riesgo de decepcionar a mis fans más selectos he de admitir que me dispongo a viajar en low-cost. Prácticamente me cuesta menos irme que quedarme con la Visa inquieta y los escaparates llamándome a gritos como Drácula a la joven Mina.

He decidido someterme a la dictadura de una línea aérea que me amenaza con mayúsculas: NO PUEDE LLEVAR MÁS QUE UN BULTO DENTRO DEL AVIÓN QUE NO SUPERE LOS 10 KILOS O SE QUEDARÁ EN TIERRA. Se acabaron las sutilezas, nena, asume que eres una mujer low-cost y que la mano negra de la aviación se dispone a fastidiarte por barata y vulgar.

Asumo, claro, que tendré que hacer cola infinita como una turista mochilera, que me pelearé con alguna rabiosa chunga que también quiera fila 3, pasillo, que no me darán ni agua y que daré gracias al cielo si la azafata no me regaña por sacar el pie de mi cubículo o me pega un codazo justo antes del aterrizaje. Pero el billete es tan barato que pienso hacer la vista gorda.

Los mandamientos del bajo coste dejan muy clarito que desde que pones un pie en el avión debes abandonar cualquier susceptibilidad, orgullo, dignidad y maquillaje de Chanel
.

Lo barato sale caro, qué gran verdad. Y mi reto es concentrar todo mi glamour en 10 kilos. Bye, bye a mis zapatos Jimmy Choo, que sólo las plataformas superan los 800 gramos. Mi vestido rojo palabra de honor es tan inútil que ya lo he metido en la maleta. Total, por 200 gramillos podré epatar a los locales. Las bragüelas ya las compraré en el destino y el pijama de satén me sobra, porque a los low cost no llevas pareja, que el amor pesa lo suyo.

Eso sí, dentro mis tres cajas de Biodramina, mis cuatro de Dormidina, tapones y antifaz, colirios para lo mío de la vista, analgésicos, antipiréticos y antiinflamatorios. Si me detienen por dopaje improvisaré alguna excusa peliculera o me lo tragaré todo junto y saldré en el Telediario de la noche. Los periodistas del corazón suelen merodear por los aeropuertos y los famosos de hoy en día también son low-cost. O más bien down-cost. Como yo.

Espero que este pecadillo me sea perdonado. La vida en low-cost tiene mucho de aventura y como Callleja aún no me ha invitado al Himalaya debo cubrir mi cupo de emociones fuertes a lo Ryanair. A mi regreso prometo hacer la penitencia que me sea impuesta y hasta hablar con desdén de otros viajes que no sean en el buque-palacio de Hermés. Porque soy una señora, y lo del low cost un pecadillo de juventud que digo yo se puede enjugar con servuicios a la comunidad. Si Naomi Campbell pagó fregando las aceras de New York, yo puedo recoger escombros de Gallardón en la calle Serrano. Volareeeeeeeee!!!!

lunes, 7 de diciembre de 2009

TUTTI FRUTTI NAVIDEÑO

Mi querida Big-Bang:

He sido vista en el mercadillo de la Plaza Mayor y, antes de que me hagan chantaje con contarlo en algún plató de televisión, confesaré yo solita: Sí, era yo, la "moderna". ¿Debo despedirme del título ganado con sudor y glamourazo de plexiglás por este insignificante desliz?.

Vale, igual se me fue la mano con los cuernos de reno, pero al menos iban a conjunto con la pellica de la abuela y la pandereta de los chinos. Y sí, regateé con el gitano por el árbol como una cutre más de clase media
. Una es guay, pero no tonta. Y si alguien tiene que darme el sablazo o lo que sea, mejor un Robert Pattinson vampírico, mi último icono sexual, no un jincho con fragoneta.

¿Qué podría alegar en mi defensa? La ex modernilla que soy colgó ayer los adornos bajo los acordes de su banda sonora preferida: "dale a la zambomba, dale al almirez, y dale a tu suegraaaaa un tiro en la sien". Me chifla este villancico prohibido porque los progres lo sometieron a escarnio. Desde que la corrección política es una religión intolerante y sin Vaticano del que chulearse, me he hecho apóstata radical. Así que anoche nos desgañitamos con lo del asesinato de la suegra a tres voces. Y a mi hija pequeña le entró un ardor terrorista tal que tuve que atarla por si venían visitas.

La ventaja de tener estas hijas es que sólo puedes invitar a gente de confianza. La una mira perdonándote la vida -cosa de las hormonas-y la otra finge ser un perro con tal realismo que sólo le falta rematar miccionando en las piernas del visitante. De manera que con un ojo vigilo la impertinencia y con otro el desatino. Ahora entrenderás lo de mis brotes esquizoides.

Volviendo a la navidad aviso de que renovaremos nuestros votos de amor y tal, nos tragaremos el discurso del Rey sin pestañear y empezaremos a comer sin esperar a todos a la mesa, como buena familia numerosa. Mi cuñada la enfermera del amor me regalará una de sus sentencias: "¿ya has roto con el novio?, ¡pues que pase el siguiente, nena!", mi hermano pequeño me pelará las uvas, mi madre me cambiará las plantas de sitio y mi sobrina me afanará el fondo de armario.

Yo, siguiendo la tradición, le pegaré a la frasca a escondidas para entonarme y asumir que tengo un año más, bordaré mi actuación de Raphael (un hit parade), pintaré a las niñas cual putones verbeneros para escándalo de sus padres y abuela y contaré el chiste del perro Mistetas.

Sí, lo que más me rechifla en esta vida es la Navidad. Fin de la confesión. A mí los modernos y sus tonterías. Viva Santa Claus, el roscón y las campanadas de Belén Esteban!
¡Ropopompommmmmmmmm!

sábado, 5 de diciembre de 2009

POR LA CÁNDIDA ADOLESCENCIA

Mi querida Big-Bang:


La melancolía me corroe. Anoche volví a ver "Memorias de África" y me pegué una tupitaina de llorar tal que creo haber drenado las penas de toda mi generación. No sé si fue el brindis "por la cándida adolescencia" de un Robert Redford aún macizo, que mis amigas y yo adoptamos ipso facto y que perpetuamos, abrazando una candidez que sabíamos volátil. No sé si esa secuencia altamente erótica en la que él le lava la cabeza en el río a ella, una Meryl Streep heroica aunque sus caderas no entraran en los estándares del momento, marcados por la dictatorial Madonna.

Igual es el efecto "tempus fugit", la impresión de comprobar que la peli es de 1985, y que ya entonces teníamos cierta biografía a nuestras espaldas, como Britney Spears pero sin sustancias chungas en el bolso ni sátiros en la cama.

La nostalgia siempre me ha parecido un equipaje tan absurdo y prescindible como las vajillas de porcelana de Limoges en un safari africano. En eso disiento de Isaak Dinesen. Aunque comprendo que un brindis con Robert bien merece unas copas brillantes de cristal del bueno y el gramófono a tope en medio de la selva.

Nunca fui de ensoñaciones románticas, y me temo que me hubiera pasado la secuencia planeando la manera de clavarle el cristal de la copa a un presunto león que rondara la tienda de campaña esa tan práctica donde me aguardaba el revolcón seguro.

Big-Bang, colega, creo que necesito algo contra el vértigo de la pérdida. Una pastillaca de presente continuo. Un elixir contra las películas presuntamente inocentes que te patalean el hígado un viernes noche. Envíamelas contra reembolso, plis, mientras yo veo qué hago con toda esta ponzoña nostálgica sin un Robert que me lave la cabeza, que me saque a bailar sobre la hierba y que me lleve en avioneta a contemplar manadas de ñus en estampida.

Yo (también) tenía una granja en África...

jueves, 3 de diciembre de 2009

RELATOS Y FÁBULAS

Mi querida Big-Bang:


En noches como esta, una ve pasar toda su vida por delante. Y hasta da tiempo a rebobinar varias veces. Sufro picos de existencialismo del más lúgubre, sí, pero al final me sale la vena Marisol y la vida es una tómbola.

A lo que te iba: mis hermanos los calvos -o sea, todos- están muy preocupados por las intimidades que vuelco en estas líneas. Dicen que ya está bien de airear los trapos sucios de una familia con taras, sí, pero sólida como la copa de un pino. Yo les digo que lo del pino no viene a cuento, que ese chascarrillo no se adapta bien a la estructura familiar, pero ellos erre que erre y, que ya que hablo en plan general de sus alopecias, ponga nombres y apellido. Vamos, que quieren su cuota de fama, sus quince minutos warholianos, aunque sea a costa de hacer sangre, befa y mofa.

Tengo un ex novio del pleistoceno superior, el único en su categoría que ha pasado a ser amigo, preocupado por mi ácido pesimismo radical y por si estos desvaríos me llevan demasiado lejos. Yo intuyo que me imagina como a la Wolf, con una enorme piedra atada al zapato y en el Volga, un suponer, porque ríos con opción a suicidio no hay demasiados por estos lares, si no contamos las zanjas húmedas de Gallardón.

Bien, debo decirle a mi amigo que de suceder algo tan funesto -Karl Lagerfeld no lo quiera-elegiré un reality show, porque ante todo una es contemporánea, y además los ríos me dan frío y las búsquedas fluviales de cadáveres son muy enrevesadas.

Mi hija mayor, sin embargo, me anima a caricaturizarla con saña: "sí, mami, invéntate que soy gótica y eructo en el patio porque mi adolescencia me hizo así". Digna hija de su madre, ha incorporado la fantasía truculenta a su ADN con tanta naturalidad que da miedo. Incluso a mí. Pero cría cuervos y tendrás muchos...

Mis amigas de más de veinte años ni rechistan, las pobres. Saben que en el pack de la amistad eterna entran estas pequeñas veleidades mías y que a veces me paso tres pueblos detallando sus miserias. Pero ya les digo yo: chicas, peor sería que os castigara con el látigo de mi indiferencia desde el balcón del desdén, ¿o no?

Bien, me dispongo a atacar otro día insomne con pocas garantías de éxito pero toneladas de ilusión, como una Marisol talludita encaramada al tiovivo. Amado hermano mío, seguirás inmerso en la desazón de no saber si relato o fabulo, pero no me negarás que hay que darle un chute de imaginación a la cosa, o moriremos ahogados en rutina o gin tonic. O ambos, un maridaje explosivo. Ándate con cuidado que, como coja carrerilla, contaré la verdadera historia de tus dientes rotos y a ver cómo se lo explicas a papá.

Jejeje, qué poderío dan el espacio en blanco y mis dedos frenéticos de escritora maldita. Que lluevan los marrones, que estoy preparada. Las ojeras me cuelgan hasta la cintura, pero bien mirado eso me da un aire mucho más Wolf e interesante. Y yo también tengo mi habitación propia...

martes, 1 de diciembre de 2009

MARCOS ESTRECHOS

Mi querida Big-Bang:


Tu antecesora en el cargo me dejó la Visa tiritando, las reservas de kléenex esquilmadas y una sentencia magistral: "A ti ese marco te venía estrecho". Yo, en el momento, dije que sí poco convencida porque a las terapeutas no se os puede rechistar u os sacáis un nuevo delirio de la manga. Pero con el paso de los meses y la regurgitación intelectual, me he dado cuenta de cuán sabia era, la jodía, y de que los brillantes de Tiffany que se debió comprar con mis pagos bien se los ha ganado.

En realidad, llevo toda la vida metiéndome en marcos estrechos, y no descarto que la escoliosis de mi adolescencia tuviera que ver con aquel noviete que me enmarcó en un bastidor de pvc venenoso sin paspartú ni nada, obligándome al contorsionismo.

Yo, como "primero hago lo que tengo que hacer, para luego hacer lo que me da la real gana" (segunda perla de la de los brillantes), hice de chica buena, le acompañé a los conciertos de tipejillos que vomitaban sobre el público en plan bautismo iniciático y no puse cara de asco cuando mi transgresor en ciernes empezó a coquetear con el punk. Hasta que me tendió un imperdible tamaño XXXL para que perforara mi oreja o algo. Entonces estallé y rompí el marco con tal ímpetu que, aún hoy, cada vez que me cruzo con un punk trasnochado le miro con cara de óleo revenido en dilatación tóxica.

Durante años, mi hermana estuvo regalándome preciosos marcos de plata, ébano, hueso y aleaciones varias sin sospechar que los odiaba tanto como a los peluches. Hasta que un día me dio el arrebato y agarré los marcos con sus respectivas fotos para condenarlos al ostracismo de un cajón bien alto y bien oscuro, a prueba de niñas fisgonas, con una nota: "abrir sólo cuando me haya muerto y mutado a estado gaseoso".

Esto mío con los marcos puede que tenga que ver con que mi madre nunca me enmarcó ningún dibujo, diploma o fotografía de fin de curso. Tanta escasez de ringorrango y reconocimiento en mi infancia me convirtió en un ser salvaje que iba dejando notas siniestras por la cocina "a quien pudiera interesarle", del tipo: "alguien ha ganado un concurso de pintura con un paisaje muy bonito de unos pinos" (juro que tengo la nota guardada), o "colgar en lugar bien visible o tendrás un susto de los buenos" (en adelante, prueba número 2).

Así que me propongo huír de todo hombre que llegue armado con herramientas de bricolaje doméstico, por si las moscas. Tampoco me sirven los artistas ni biseladores, si es que este gremio existe, que lo dudo. Cualquier rifirrafe profesional a cuatro bandas/esquinas será para mí como una ristra de ajos para los vampiros, y si mi hija sigue empeñada en rezar "cuatro esquinitas tiene mi cama" pienso romperle una para boicotearle el poema.

Y aún más. Declaro la guerra al número 4, a los jinetes del Apocalipsis, a las estaciones, a los colores primarios, a los cuadriláteros y a todo lo que me enmarque, me limite, me condene a la escoliosis del cuerpo o el espíritu. Reclamo el estado gaseoso y etéreo. Sin estrechuras. Y para celebrarlo acabo de colgar a pelo mi dibujo de los pinos, bien visible. Y pobre del que se atreva a opinar al respecto en voz alta. Será enmarcado/a ipso facto.