domingo, 28 de febrero de 2010

Noche loca, loca

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AMOR A MORDISCOS

Mi querida Big-Bang:


Mi amiga A-3 me pide que hable de la lactancia materna para que su hermana, pediatra, recite mis versos en un congreso médico. "Chitina, le digo, si tu hermana me parafrasea la echan del gremio ipso facto. Pocas cosas hay en mi vida más funestas que la lactancia terrorista ésa". Esa época sórdida en la que conviertes una de tus armas de sex appeal pesado en una vaquería abierta 24 horas. Sin duda, una venganza de la naturaleza.

Pero mi lealtad hacia las compañeras de pupitre es inquebrantable, así que allá va mi historia:

Yo tenía unas tetas irresistibles. Un día tuve una chuki y se agarró a ellas con la saña de un cocodrilo. "Dale, dale", insistía la enfermera, mientras yo luchaba por colocar aquella alimaña con mocos en el lugar exacto según los 22 manuales de la cosa que, como buena primeriza pánfila, había consultado. Yo era una mujer obediente con las tetas, con perdón, en su sitio y la convicción de que nada había tan natural como dar de mamar a tu bebé. Ja!

Había estudiado la materia a conciencia, insisto, pero la chuki venía, ya de serie, sin haber hecho los deberes (un continuum que se repitiría a lo largo de los años, hasta la fecha). Cada tres horas, cada dos, cada media, el bicho daba entender con gruñidos in crescendo hasta terminar en alaridos, que tenía más hambre que el perro Lucas. Yo me acercaba a la cuna con terror, como si allí dentro estuviera el bebé de Rose Mary en "La semilla del diablo", y agarraba a la depredadora con sumo cuidado. Me sentaba, sacaba la ubre nº 1, me encomendaba al altísimo y colocaba a la bestezuela en la diana.

Lo que venía después era gore duro. Forcejeo, alaridos (los míos, esta vez) y unos mordiscos que ya los hubiera querido para sí mi adorado conde Drácula. Aquella vampira había nacido con caninos, incisivos y hasta muelas, aunque sólo yo podía sentirlo. Yo me dejaba hacer por aquello de que la lactancia natural debía ser así, pero suspiraba por meterle un biberón con la tetina XXL, cerrarle las fauces y salir corriendo.

Lo que sigue son mis peregrinaciones a urgencias, mis fiebres por mastitis y otros sucedidos que ahorraré al respetable, porque son de mal gusto y ahuyentan a las madres jóvenes con buenos propósitos. Eso sí, cada semana pedía cita con el doctor Goizueta, un señor con labio leporino y tartaja que recibía al bicho con los brazos abiertos y a mis tetas con desdén:

-Doctor Goizueta, doctor Goizueta, por el amor de dios, ¿podría ya dejar de darle el pecho a mi bebé? (nótese que la llamaba bebé, como hacen las madres, para que no notara mi animadversión)

-La niña está pre-preciosa -decía sin vocalizar- es una pena que lo deje ahora, son sus defensas para toda la vida.
-¿Y qué me dice de mis defensas exhaustas? , refería yo, mostrándole mi escote.
-Eso se cura con una pomada, ya verá. Sobre todo no le dé el pecho con miedo, que la criatura se estresa.
-(No te fastidia, pensaba yo, ¿y mi estrés no le importa??) Y en realidad decía: "bueno, dr Leporino, intentaré darle una semana más y luego corto, ¿ehhhhhh?"

Así pasaron mis días, con el suti horroroso siempre a la remanguillé, mis pechos en carne viva y mi chuki engordando feliz, la jodía, ajena al Puerto Hurraco que montaba cada vez que le tocaba comer. Yo lloraba por las esquinas, me sacaba la leche con un aparato infernal, a todas horas, incluso de madrugada, mientras maldecía a la naturaleza y al dr Leporino, ese chungo que firmaba mi sentencia de muerte una vez a la semana.

Un buen día Leporino consideró que la calidad de mi producto era defectuosa y había que cambiar de estrategia. Welcome home, biberón! Hice una fiesta que ríete de las Fallas, y mis relaciones con el bicho mejoraron sensiblemente. Por no decir mi sex appeal.

¿Cómo termina esta historia? Veamos, creo que bien. Casi seis años después nació chuki-2 y también quería comer menú natural, la muy lista. Para entonces yo era una mujer hecha y derecha, con las tetas again en su sitio y la determinación de que si esta imitaba a su hermana comería filete con patatas desde el minuto uno.

Pero se obró el milagro y esta vez la enfermera que me aistió se tomó la molestia de enseñarle el protocolo del mordisco al bicho,
de manera que yo apenas sentía un tironcillo. Fuimos felices, ella y yo, en aquellos ratos de amor gastronómico que me reconciliaron con la madre naturaleza. Superé una fobia y dejaron de invitarme a los congresos internacionales del biberón, donde mi activismo y sobreactuación convencía a propios y extraños de las bondades de la leche en polvo.

Me llamo X y un día odié a una chuki por maltrato lactante. Hoy la niña devora tres platos y postre en 0,2 minutos. Tiene buen pelo, mejor color de piel y no se pone enferma ja la maten. Pero a veces, apenas unos segundos, sigo mirándola con prevención y ella a mí. Luego me la como a besos para compensar un viejo rencor.

¿Las tetas? Ah, eso....Bien, gracias.

sábado, 27 de febrero de 2010

VELOCIDAD TERMINAL


Mi querida Big-Bang:


¡Hoy estreno mi bicicleta!. La tengo delante de mí, azul y brillante, la promesa de una regresión a la infancia y a las costras en las rodillas. Yo era una cafre y solía soltar las manos del manillar para epatar a mis amigas, que venían diligentes a recoger mis pedazos cada vez que me dejaba los cuernos contra el asfalto.

"Una bicicleta es el pasaporte seguro a la UCI de cualquier hospital, nena", dirás. Sí, pero también la fantasía de ser una parisina ligera y très chic que avanza con el rimmel en su sitio comiéndose en zigzag los Campos Elíseos. Una bicicleta en mi vida es la libertad incondicional, la conquista, el desmelene. Un halo de Carla Bruni pasado por el vendaval Sarkozy.

Me pregunto en qué marmita me caí para que me gusten tanto las cosas que suceden sobre ruedas. La ligereza, la ingravidez o el vértigo de comerme las casillas de la Oca de cuatro en cuatro, de puente a puente y me lleva la corriente. Corro para no estar parada, porque los estanques apestan y los renacuajos no hay quien los agarre. Corro porque el equilibrio sobre ruedas exortiza cualquier desequilibrio, digo yo, y porque si llego antes no me pierdo los principios, que los finales ya me los leí.

Recuerdo las siestas de sofá con el Tour de nana de fondo. Esa placidez de no prestar atención a los ciclistas pero incorporarlos a un duermevela con banda sonora original. Y el pedaleo de los ñoños/niños de Verano Azul, sometidos a la tortura de ir calle arriba calle abajo sudando por los rincones, mientras que el Chanquete se preparaba unos megabocatas de chistorra bien grasientos en su barco de Pim y Pom.

La bici como emblema de clase social, la bici como recurso literario, como atrezzo indispensable en un loft de esos vacíos y desalmados que pueblan mis revistas y mis madrugadas.


La bici plegable...y sin manual de instrucciones. O sea, que abro la caja con ilusión y veo un amasijo de hierros contorsionados que debo desperezar para colocar cada cosa en su sitio con una paciencia que no tengo, sin vocación y sin caja de herramientas que me asista. Mc Gyver, ¿dónde estás? Manifiéstate porque de no ser porque sé que la cosa lleva dos pedales juraría que esta bici de tercera generación trae tres. Por no hablar de que el sillín no encaja en su agujero, y mira que llevo un rato congestionada por la fuerza bruta que aplico a mi objetivo.

Tengo una bici y no me rendiré: Bicicleta o muerte. Las ruedas, por cierto, vienen desinchadas, detalle superpráctico. Y sin bomba. O sea, que pretenden que las hinche a pulmón, para que salga reventada de casa por la asfixia y dure un suspiro al pedaleo. Así la bici estará nuevecita y las chukis heredarán. También puedo convertirla en una instalación de artista. Se trata de ponerla junto al sofá con un cartelillo que ponga, verbigracia, "velocidad terminal". Si Damian Hirst mete tiburones muertos en formol y se hace de oro, yo puedo customizar bicicletas y echarme a dormir. O algo.

Atentos todos a Madrid Directo que hoy puede ser mi día. Aviso que saldré vestida de astronauta, que ya estoy mayor para desangrarme los tobillos. Soy bicicleta y voy a la carrera. Frenética y divina. Traspuesta de velocidad y en pie de guerra.

viernes, 26 de febrero de 2010

TERAPIA DE PAREJA

Mi querida Big-Bang:


Uno de mis hobbys más desarrollados consiste en contemplar las evoluciones de las parejas. Mi objetivo final es el desarrollo de una sesuda y explosiva teoría sobre el amor que ríete de las polémicas del chungo de Bernard Henry Levy.

Mis estudios de campo tienen lugar en aeropuertos, grandes almacenes y restaurantes
, tres espacios malditos donde el amor se la juega a cara o cruz.

Ayer comí sola en Embassy, un centro moderno de esparcimiento y solaz de condesas con rellenos faciales, ejecutivos perfumados en exceso y advenedizas con mechas y mala orientación espacial (mi caso). Me senté en una mesa con su mantel de hilo, pedí una fabada (porque ahí no hago concesiones al buen gusto) y saqué mi libretilla a pasear. A mi izquierda, una mujer anodina de mediana edad esperaba a alguien sin asomo de ansiedad. Al poco entró el con su abrigo oscuro, su Blackberry en la mano y una corbata de Hermés de la temporada pasada, detalle crucial que apunté en mi libreta.

Se ¿besaron? brevemente, con un beso escorado hacia la oreja de fuerte condenido erótico... si fuera entre una monja y su obispo. Tomaron asiento, abrieron la carta y decidieron en silencio. Ella, tímidamente, comentó algo a lo que él respondió con un efusivo encogimiento de hombros. Ella reaccionó sacando su móvil para pasar a aprenderse de memoria los números de toda su agenda. Esto fue lo que deduje, con las fabes a medio camino entre plato y boca, de la concentración con la que se volcó en el aparato mientras él divagaba por el sendero de sus pensamientos. "Si ella hace ahora mismo un strip tease, fijo que él ni se entera", apunté.

Eran un matrimonio, desde luego. Una comida en absoluto silencio sólo la resisten la santa institución matrimonial o la Federación de sordomudos de España. La romántica que hay en mí siempre ha pensado que el silencio es una conquista de la intimidad, pero en este caso podía cortarse con cuchillo y tenedor. Esa pareja estaba en sus últimas. Él la desdeñaba como la marquesa a mi izquierda desdeñaba mi plato de fabada. Y ella, ojerosa y sin el brushing a punto, era la misma imagen de la derrota mezclada con un poso de venganza latente de los que abren los telediaros de Pepa Bueno, esa mujer que intenta fingir sin éxito que se ha desenganchado de su adicción al morbo sección sucesos.

Pasaban los minutos y él parecía petrificado sobre su plato, que agarraba de un lado como si un poltergeist se lo fuera a llevar volando. Ella menguaba, encogiéndose sobre su tripa y sin probar apenas bocado. Sonó un teléfono y él se lanzó a cogerlo como al salvavidas del Titanic. La voz al otro lado le hizo levantarse de la mesa y salir a la calle a hablar. "Tiene una amante, el muy capullo", apunté satisfecha de mis dotes de observación. Ella, mientras, aprovechó para zamparse el micuit de pato con ansias resucitadas.

Tanta desolación me había quitado el apetito. Apunté: 1.decirles a las chukis que no se casen nunca. 2.Decirles que desde luego no lo hagan con un tipo que lleva corbatas pasadas de Hermés. 3.Pedir unos callos cuando coma en pareja, que no se enfrían por la cazuelilla de barro. 4.Hacer una lista de posibles conversaciones para mi cita del sábado. 5.Hacerme la manicura en rojo sangre de pichón y llevar la lencería a conjunto, por si las moscas. 6.Poner en marcha un restaurante para matrimonios con muchas atracciones, un parque temático del tedio, de manera que no haya que hablar y sí muchos estímulos para entretenerse y pasar el trago rapidito.

Con toda esa trabajera rematada apuré el chorizo, que siempre dejo para el final, y me pedí un chupito de finas hierbas. Mirando al camarero fijamente a los ojos brindé por el amor y sus destellos, por la abolición del aburrimiento en pareja y por la fantasía de enamorarse a salto de mata y aguardar en un restaurante con el corazón desbocado a que llegue él, sin corbata, y desconecte de inmediato su Blackberry mientras me planta un beso a tornillo justo antes de enjaretarnos a medias un buen plato de arroz con bogavante.

jueves, 25 de febrero de 2010

YI KING O LA MUTACIÓN ETERNA

Mi querida Big-Bang:


El último oráculo de mi vida se llama "El libro de las mutaciones", lo que los chinos llaman coloquialmente "el Yi King". Con el criterio estricto y riguroso que me caracteriza, lo elegí tras verlo en una librería, con la portada tan mona de dragones entrelazados en sanguina y añil, y tener una revelación: "Voy a abrir el King este al azar y lo que diga va a misa".

Naturalmente, estaba escrito para mí:"Si con la paciencia y la constancia incluso el hombre vulgar consigue el éxito, ¿el hombre superior no podrá hacerlo?". Madre mía, los chinos también tuvieron su Nietzsche y qué calladito se lo tenían. Mi amiga A-2 me arrancó esa bomba de las manos y decidió regalármelo: "Está escrito para ti, que eres una mujer mutante".

La paciencia oriental no ha sido una de mis grandes virtudes. En el histórico de mi vida no recuerdo haber terminado jamás un tapete de petit-point. Yo era más de manualidades de bulto, dibujos abstractos que escupía en tres minutos paara ir corriendo a jugar a "churro va". De haber habido en esos días un defensor del menor y su virginidad, fijo que habría prohibido el "churro va". Porque se trataba de saltar con saña sobre una ristra de espaldas frágiles y una siempre caía sobre lo que viene siendo el chimichurri, con un dolor tan intenso que nos convenció a todas de que la rotura del himen sería insoportable, y que por tanto cuanto más tarde, mejor. Ahora entiendo que las monjas nos permitieran el churro va, qué jodías.

Yi King, página 188: "Menear las carnes al andar es una mala compostura". Si, tronko, sí, pero la edad no perdona y el centrifugado de las grasas es un principio de la física sobre el que los chinos no tenéis nada que decir. Vosotros a lo vuestro, la apertura de tiendas chungas en mi calle y al carnaval ése de los dragones, que una vez inventasteis la dinamita y la liasteis parda. Sigo pasando páginas: "Mover las mandíbulas y la lenguan significa hablar demasiado". Esto ya me irrita, directamente. El camino de perfección chino le dal mil vueltas a los de Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, para que luego andemos chuleándonos de místicos. Apuro el café de un sorbo y cierro el Ying, echando fuego por la boca.

La mutante que soy piensa declararle la guerra a los chinos, por imperialistas, dogmáticos y por ver en las tiendas esas películas tan cutres en blanco y negro. Yo, que veía "La frontera azul " en la tele, los tenía idealizados. Yo, que crecí bebiéndome las novelitas de Pear S.Buck, soñaba con que un chino me hiciese suya como en "Viento del Este, viento del Oeste". Pero luego vinieron la Yourcenar y compañía a desmontarme un poco el mito y dejé de frecuentar el China Town londinense. Tras el Ying, lo tengo claro. Lo más chino que voy a incorporar hoy a mi vida serán los rollitos de primavera. Y que Confucio me asista.

martes, 23 de febrero de 2010

TODAS SOMOS LADY GAGA,

Mi querida Big-Bang:


La lady Gaga que llevo dentro me ordena que dedique la mañana al caos y a los excesos. Hoy es martes, no tengo planes de boda ni barco esperándome atracado en ningún puerto, así que bien podría entregarme en brazos de un rapsoda que me recitase en verso las bondades de la absenta, un suponer. De no ser así, las vías del tren me parecen una buena opcion escapista y temeraria. Y si no, una depilación integral, vuelta y vuelta, con alaridos de amplio voltaje y fuerte olor a chamusquina.

Vale, sí, son las cinco de la mañana y aún no coordino. No me pidas que arranque con una tesis doctoral sesuda y epatante porque apenas alcanzo a quitarme la legaña. Es tiempo de perder el tiempo, y no se me ocurre ninguna buena idea, más allá de cambiar el sofá de ubicación o vaciar el cajón del arrepentimiento. Pero todo eso hace demasidado ruido y los polis que mandan las vecinas ya no están tan buenos.

Antes montabas un buen pollo y tenías a los YMCA en casa, de uniforme y contoneando las caderas. Tú salías en deshabillé rosa y el tranvía llamado deseo te hacía suya no sin antes extenderte una multa del carajo, que pagabas encantada. Los designios del amor son tortuosos. Debería escuchar a Wagner, El anillo de los Nibelungos, algo bien solemne que me desactive la imaginación desbocada y sin croissant con mantequilla at the moment.

Si el señor Rubidio estuviera aquí me pondría verde con su sutileza habitual: "nena, déjate de chungadas/chingadas y aterriza en real life". Pero un hombre que lleva husky verde caqui y jamás olvida el paraguas en casa no tiene predicamento con alguien que, como yo, se merienda las tapas de los zapatos y sigue saliendo con ellos a bailar, comidos por el bamboleo y el ansia de quemar millas a ritmo de rock.

Me gustan las mujeres imperfectas que llevan la raya del ojo corrida y los tirantes del sujetador siempre a la vista. "Ya, y que esnifan en la madrugada, como Kate Moss, no te jode". Las que no hemos esnifado más allá que pica pica en el patio del colegio, es lo que tenemos. Algo aspiracional con las malotas sin celulitis y en maltrecho equilibrio. Porque al fin y a la postre se llevan el diseño by Armani al agua, y encima hacen caja. "Mira cómo a María Ostiz, aquella pánfila virgen con guitarra y sin mácula no le echaron los tejos los Docce&Gabanna", me recuerda B. Cierto, pero qué mayor cuelgue que quedarse cantando "Un pueblo es, un pueblo es..." en la Transición, mientras otros seguían con la batallita de: "yo también corrí delante de los grises".

Aterriza, nena, que ya están poniendo las aceras y se ha pasado el tiempo de tu mascarilla. Desafía al martes febril y desalmado. Si el capitán Stubby viene a buscarme lo mismo me embarco y, ya de paso, me caso. Nada mejor que un pareado cacofónico para cerrar una noche larga y sin costuras. El sol, digo yo, debería estar a punto de llegar. Hágase la luz.

lunes, 22 de febrero de 2010

SAYONARA, BABY

Mi querida Big-Bang:


En un repentino ataque de dashielhamettismo pienso que los cadáveres mal enterrados siempre vuelven. Yo como enterradora he sido pelín chapucera. No sigo la norma sagrada de los dos metros bajo tierra. Me vale cualquier zanja para arrojar el muerto y echar un puñado de cal viva como el que arroja el arroz La Fallera en las bodas.

Como no remato, pasado un tiempo empiezo a detectar cierto tufillo, y entonces desenfundo algún perfume letal, dulzón y pesado para despistar a la Petra Delicado que llevo dentro. Sin éxito, naturalmente.

El muerto que ha resucitado invade mis noches de pasadillas. En una de ellas lo busco por los bares, mientras abandono a mis chukis en un hotel de aeropuerto, epítome de la desolación. Creo que el sueño tiene que ver con la película "Up in the air", que me dejó el alma a la intemperie el otro día. Yo pensé: voy a echarme un lingotazo de George, y salí con coma etílico. "Él, como tú, es un alérgico al compromiso, un ser que transita por las nubes con el pantalón planchado y sin nadie que lo espere en el vestíbulo del aeropuerto".

Mi amiga M. le montó un pollo de cuidado a su casi marido cuando el otro día, volviendo de un viaje, no fue a recogerla al aeropuerto. Lógico. No hay prueba de amor más radical que personarse en la T-4, allá donde cristo dio las tres voces, para recibir con los brazos abiertos al amor que llega descangallado y sudoroso. La última vez que lo hice yo, me pusieron mala cara, así que no he vuelto. Pero siempre que aterrizo, absurdamente, me invade cierto nerviosismo cuendo se abre la última puerta, como si ahí fuera hubiera alguien esperándome.

Como soy una mujer de acción, voy a poner en marcha un negocio brillante con la rentabilidad más asegurada que las Letras del Tesoro: Un servicio de esperadores profesionales para espíritus solitarios. Tú me cuentas tu plan de viaje y en qué aeropuerto del mundo aterrizarás, y allá te estará esperando, sonriente, el hombre o la mujer de tu vida. Te abrazará, te hará mil preguntas y cogerá tu equipaje mientras te rodea con mimo por los hombros, rumbo a la limusina.

Sólo de imaginarlo acabo de asesinar a mi desazón. Esta vez pienso taparla con siete capas de arena y una de cal. Y cerrarla con una losa de mármol de carrara con su epitafio y todo: "sayonara, baby"

sábado, 20 de febrero de 2010

¿SECTA O CAFÉ?

Mi querida Big-Bang:



El señor Rubidio opina que si hago una observación inteligente al día me dejará en libertad condicional para que campe por mis respetos y hasta me revuelque por el prado de la frivolité el resto de la jornada. Me parece un trato justo.

Ayer, y dado que mi agenda de citas estaba llena de telarañas, fui a reponer mis cargas de Nespresso in person. La boutique de los Clooney boys era de una pompa que ríete de la de Chanel en la 31 rue Cambon de París. Todo maderas nobles, oscuras, y siluetas de uniforme que custiodiaban el "tesoro": esos tubos de colores con nombres y apellidos que nunca retengo y que sin duda escondían la promesa de algo muy exótico, exclusivo y oscuro. Casi prohibido.

-¿Ya es usted miembro de nuestro selecto club, señora (o señorita)? , me preguntó un dependiente venido a más, atildado y con bigotillo estilo "Amor en tiempos revueltos" y una solemnidad postiza y sobreactuada.
-¿Qué club? (me faltó añadir "ni qué niño muerto"). Yo sólo quiero café.

Acto seguido me hizo una performance para convencerme de que yo era una de las elegidas y que como tal debía comportarme. El tipo parecía un charlatán de feria y mi paciencia menguante amenazaba con estallar. Pero a mi alrededor el personal parecía encantado de meterse ese chute de distinción y glamour antes de volver a la grisura de sus vidas sin teca ni fantasías en tecnicolor.

Mi pensamiento fue -atención, Mr Rubidio-: "Esto del café pijo es la tapadera de una secta que ríete de la de Charles Manson".
Esta gente mataría por seguir chuleándose de club, porque seguramente hasta la fecha sólo han pertenecido al club de los corazones solitarios, al club Carrefour o al club de fans de Isabel Pantoja, a mucho tirar.

A mí los clubs me dan por saco, y los gurús que los guían mucho más. Lo más gregario que he hecho en mi vida ha sido la catequesis del colegio, y eso porque nos daban de merendar. En los grupos con gurú siempre me parece reconocer a mucho friki tratando de ocultar sus taras entre la masa. Y en el gurú un tipo de egolatría enfermiza que se alimenta de la adoración de los tarados, a los que les regala caramelillos de atención de cuando en cuando, trufados de citas pseudoliterarias.

"Madre mía, hoy no te has tomado la medicación, nena", te estoy oyendo decir. No, es que necesito alertar al mundo contra los clubs encubiertos de intenciones aviesas, porque empiezas coleccionando café de colorines y acabas militando en las SS. Y si no, que se lo pregunten a Gunter Grass.

Yo, de pertenecer a un club, querría que fuera el de las macizas sin conciencia. O sea, de las mujeres que están buenas y no necesitan demostrar que son listas. Pero para eso tendría que ser un cañón, así que lo tacho de mi lista. También me atraen el club de las rubias de bote, el del amor cortés, el club de los pinchos de tortilla light o el de los tacones de más de 15 centímetros. Por no hablar del club de las insomnes desorientadas, de las catetas que citan a Lipovezsky o de las que se desnudarían delante de Harvey Keitel sin romper ningún piano.

De momento y mientras maduro mi objetivo plural voy a ser mi propio club, y me erijo en presidenta, gurú y tesorera. Hoy nos -nótese el mayestático- pasaremos la mañana empapándonos del Vogue colecciones (primavera-verano 2010). Un antídoto perfecto para desafiar a un invierno que no acaba y nos condena a refugiarnos en una tienda catedral con pretensiones donde entras buscando a George Clooney y sales con una bolsa llena de café. La Iglesia debería tomar buena nota.

viernes, 19 de febrero de 2010

MR. RUBIDIO O EL AMOR ANÓNIMO

Mi querida Big-Bang:


Los viernes me sale un espíritu de chacha en día de libranza tal que sólo me falta ponerme la cofia y bailar. La semana muere en buenas manos, me digo mientras echo un vistazo al armacio en busca del look más acorde con mi exultante revolución interior. Es viernes, y debería tener un planazo, una cita morbosa con Jack el Destripador o una sentada de pipas Facundo con gin tonic a conjunto con mi amiga A, pero no, tengo algo mucho mejor: Un anónimo.

"Mi querida X", arranca el autor en un alarde de pasmosa originalidad. "Creo que te escoras peligrosamente hacia la tara mental, y que te ríes hasta de la sombra de tus muertos, lo que te convierte en un elemento poco compatible con ninguno de los de la tabla periódica, y mira que son muchos y de nombres endiablados..."

El tipejillo -en adelante Mr Rubidio- cree conocerme mejor que mi madre, y no escatima en piropos en su párrafo subsiguiente, lleno de cacofonías y pequeños errores ortográficos que excitan a la fiera de la RAE que me habita. "Es una pena que desperdicies tu talento en urdir tramas de tercera regional aptas para pobres de espíritu anegados en el barro de la inconsistencia". ¡Toma jeroma pastillas de goma!

"Si ya te lo decía yo, que tantos años estudiando a Kierkegaard para terminar hablando de Lagerfeld iba a volverse en tu contra", me dice B. al otro lado del teléfono, mientras trato de aplicarme una hoja de aloe vera, con pinchos y todo, en la erupción que me ha provocado la lectura del anónimo.

-Ya, chitina, pero convendrás que una mujer sin anónimo es como un campo sin flores. Y que si me escribe es porque en el fondo me ama, como Calixto a Melibea, como Cyrano a la tronka lánguida aquella. El anónimo, por definición, es un género de corazones en vilo, de amores reventones, de pasiones exultantes...

-...Y de serial killers, bonita,¿ o ya no te acuerdas de los peliculones que hemos visto cagadas de miedo en el salón de tu casa?. Llega el sobre sin remite, lo abres y alguien ha recortado las letras del tetra brick de la leche: "hoy se te olvidará respirar".

Bueno, sí, lo mismo hay alguien ahí fuera que desea verme en el otro barrio, y todo por sacar mi frivolidad a pasear. El real life está lleno de intensos que creen que la ligereza es un acto de terrorismo cultural, y que una señorita cultivada como yo no debería rebozarse en el fango del pensamiento mousse, el equivalente al sexo vainilla. ¿Acaso no saben que para llegar a la poesía desnuda JRJ tuvo que pasar por un estadío chungo y muy, pero que muy intelectual, el hombre? ¡Qué poca mundología tiene el personal ahí fuera!, me defiendo escocida por el desdén y por el picor de mi urticaria somática.

Seguro que Mr Rubidio es un hombre bajito, contrahecho y cargado de hombros. Un inadaptado social que teledirige a las masas desde una tribuna invisible, como el Dani de Vitto de las alcantarillas en Batman 2. "Bueno, si eso es lo que quieres pensar...", replica mohína B., esa que se dice mi amiga y que sin que nadie le haya dado el papel se erige hoy en tocapelotas oficial.

Cuelgo y reflexiono brevemente, porque eso cansa. Abro el armario. Extraigo mi último hit parade: un mono estilo ABBA repretón que marca hasta las malas intenciones. Los labios, rojo sangre de pichón. La mecha, rubio Calleja. Me coloco el suti con gesto de putón de esquina, pongo a tope a mi Gloria Gaynor -que debe estar harta de que la sobreexponga- y me dispongo a salir a luchar contra un ejército de anónimos que me aman.

Como Elena de Troya, como Juana de Arco.

miércoles, 17 de febrero de 2010

CENTRIFUGARSE O DORMIR

Mi querida Big-Bang:


Mi vecina poseída tiene, además de a satán dentro, costumbres exóticas tales como poner la lavadora a las tres de la mañana. Una lavadora en el silencio de la noche es un tanque nazi invadiendo Polonia. Y lo sé porque anoche no pegué ojo, y pasé del estruendo de su satánica majestad del sexto al llanto de radio cuelgue. Ese programa a donde llaman los que no tienen fuerzas para sacar en casa la artillería pesada de su tristeza.

Era una mujer, diría que de cincuenta y tantos. Se confesaba anulada: "Todo empezó cuando nos casamos. Mi marido tomó las riendas de la casa, de la comida que entraba y salía, del tipo de aceite o de condimento para un guiso...". Yo pensaba: "pues no está tan mal, chitina, que elegir en el súper cada sábado es una trabajera. Y a mí también se me dice qué galletas, qué cereales y qué yogures de superhéroes debo comprar o la liamos parda". Pero debo confesar que se me saltaron las lágrimas, empática perdida, y que dejé de maldecir ipso facto a la loca del centrifugado.

Los apaleados se manifiestan de noche, llaman a la radio y vacían la mugre de sus vidas, o enchufan aparatos ruidosos para no escucharse. Mientras, las insomnes escudriñamos sin ser vistas, con la imaginación desbocada y la certeza de que no deberíamos estar ahí, en La Ventana, siguiendo con el catalejo el rastro de las miserias ajenas.

"Tú lo que eres es una cotilla del doce, nena, y como el día no es suficiente para saciar tu curiosidad, por la noche tampoco cierras la comisaría", dirás. Sí, ahora que recuerdo una vez mi hermana y yo hicimos un test para entrar en la Funeraria. Mi padre consideraba que ya era hora de dejor la sopa boba, aunque fuera a costa de la paz de los muertos. Así que allá fuimos las dos, de verde total look una y de rojo otra, como el dúo Baccara de los test psicológicos, y nos pasamos el examen tronchadas de risa y copiándonos las respuestas. El sueldazo en liza eran 400 pesetas de las de entonces. A cambio de ir un par de horas a resolver papeleos con las familias de los difuntos. Una bicoca.

"¿Y por qué quiere trabajar en este ambiente?" me preguntó un señor tras pasar sorprendentemente la primera criba. ¿A esto le llama usted ambiente? Porque yo sólo veo gente con el rímmel corrido, curas chungos y ramos de gladiolos a los que soy alérgica. ¿Suelen tener urbasón, por si me da un repente?. El hombre me miró rarito y me despidió sin más, no sin antes dirigirse a su secretaria: "Creo que esta señorita se toma la muerte a chufla. No es apta".

Después de semejante fracaso pude haber terminado poniendo lavadoras a las tres de la mañana, pero decidí llamar a radiocuelgue y contar mi caso, que es lo que vengo haciendo cuando me visita el insomnio, satán se pega una pasada por las cañerías del vecindario y la noche me confunde...

martes, 16 de febrero de 2010

LA MUJER MOSCA

Mi querida Big-Bang:


Tercer día sin agua caliente. Tercer día que avanzo en pelotas, abro el grifo con resolución y recibo una ducha de hielo, rayos y centellas. Entiendo que el baño gélido espanta las tentaciones libidinosas y hasta las ganas de vivir. Mismamente podía haberme sentado a esperar la muerte mientras mi cuerpo encogía tiritando a ritmo de samba. Media hora después de salir, hierática, y arrojarme al albornoz en estado de shock, sigo con la piel azul y las mandíbulas desencajadas. Si mañana me enamoro de un esquimal, seré virgen de nuevo. Ahora entiendo que se saluden con la nariz, porque para besar hay que tener líquido anticongelante en las venas.

Odio el frío, pero duermo con la ventana abierta todos los días del año. "Mamá, se van a colar los malos por tu ventana y a ver qué hacemos, porque la espada láser está en mi cuarto". Al final, accedí a dormir con el arma letal de la chuki menor a los pies de mi cama, y la primera noche, cuando se encendió sola, casi me da un infarto. "En adelante dejaremos que los malos entren y en lugar de tu espada de Skywalker pondremos un cubo de agua fría para que tropiecen y se rompan la crisma, ¿eh, chitina?", propuse con vehemencia de estratega bregada en la batalla de Waterloo.

Poner trampas es un ejercicio de estilo para la supervivencia que nunca aprendimos en el colegio. En mi entorno siempre ha estado mal visto tangar al mus, y aún más al póker, pero yo lo hago sin querer porque nunca retuve las reglas del juego. Me fascinan los trileros que con tres vasos y una bolita logran detener el tráfico de la Gran Vía mientras levantan los bolsillos de las señoras que se dirigen al bingo con sus pellicas y sus malas conciencias.

Los bingos están llenos de gente que se ducha con agua fría. Zombies que avanzan despacio, eligen sitio en la sala y, sin hablar con nadie, se juegan el alma a una progresión aritmética. Mi abuela iba al bingo a escondidas, proque sabía que a mis padres les parecía fatal. Luego, en su casa, nos ofrecía unos caramelitos de colores redondos que cogía a puñados de las mesas de juego y entonces mi madre saltaba: "Ya ha estado otra vez usted en el bingo". La Yaya, pillada por su propia trampa, ponía cara de mala leche y fijo que decía por lo bajini: ¡yo me gasto mi dinero en lo que me da la gana, no te jode!. Y mis hermanos y yo nos partíamos de risa y seguíamos zampando los caramelos del pecado.

El manual de los jóvenes castores explica que para ser buen cazador hay que ser antes trampero, igual que cocinero antes de fraile. Son estadíos sucesivos, como el gusano y la mariposa, que explican el quid de la existencia. Para librarte de las trampas del destino debiste entrenarte con Darth Vader, nena. Ser mala antes que Candy Candy. Pero algunas nos hemos quedado en la fase intermedia, como el hombre mosca que, víctima de una máquina mal diseñada, aparece con alas y antenas, desdentado y en un estado lamentable, el colega.

¿Cómo reprogramamos la máquina del tiempo y de la trampa?, me pregunto con los últimos espasmos de frío. "Rompiendo la caldera por siempre jamás". Un pasmo diario bajo la ducha y estaré en condiciones de timar al personal sin que se entere. En una rato levantaré a las chukis y juraré que el bocata de sardinas asquerosas en realidad es de nocilla. Son astutas, así que si cuela estaré lista para colarme en el autobús y, con un poco más de entrenamiento, salir en los telediarios asegurando que el país marcha de puta madre, mientras agarro un Goya por la cabeza y sonrío a los del cine, cual Zapatero ayer. Con esa sonrisa falsa que otorga un buen jarro de agua gélida con estadísticas cada mañana.

domingo, 14 de febrero de 2010

VOLANDO O VOLADA

Mi querida Big-Bang:


"Cuando no estoy volando, estoy volada". La frase resume un encuentro fortuito con una desconocida que me abordó la otra tarde en una cafetería de diseño mientras me disponía a meterme una dosis letal de cafeína. Nadie que me regale una sentencia así puede caer en el olvido, y más si dice reconocerme por las fotos que guarda su novio en el cajón del eterno retorno.

Una vez el Richard me dijo: "Si rompes tira su ropa, tira sus libros y , sobre todo, tira sus fotos". La carga radiactivosentimental de las fotos está bien documentada en revistas de amplia difusión científica, pero una es vaga y nunca termina de rematar la limpieza, de modo que de cuando en cuando salen a flote cadáveres en forma de pruebas gráficas del amor que fue, o de la amistad que se ha ido.

Conocí una mujer que sacaba de las fotos a los protagonistas que sus hijos habían dejado de amar. Cogía delicadamente la imagen con una mano, la tijera con otra y rebanaba cabezas como una Charles Henri Sanson aficionada y de alta precisión. "Esta tipejilla se acabó, no quiero verla más en la cómoda del abuelo", venía a decir. Aquello tenía la ventaja de exorcizar no sólo la imagen, sino el sentimiento, porque en esa casa dejaba de nombrarse al ausente para la eternidad, sin duelo mediante ni unas lagrimillas de reconocimiento póstumo.

En realidad, nos pasamos la vida celebrando funerales sin darnos cuenta. Matamos las modas, el fondo de las botellas de ginebra, las plantas mal regadas o el polvo que se amontona en los rincones. La modernidad nos ha dotado de artilugios infernales que nos ayudan a perpetuar crímenes cotidianos sin mala conciencia. Luego nos calzamos los zapatos, elegimos un bolso que no desentone o que chirríe decididamente y nos echamos a la calle.

Veamos, ¿qué puedo matar hoy? ¿El hormiguillo que me invade, la carrera incipiente de las medias, mis deberes cívicos o una tarde de lectura apasionante de periódicos con titulares chungos sobre el aire denso y enrarecido de los tiempos? ¿Mato el granito que amenaza romper la simetría de mi frente? ¿Mato dos o tres piojos made in el cole de las chukis? ¿mato el miedo a bailar con un desconocido, el miedo a enamorarme, el miedo a tener miedo?

En estas cavilaciones estreno un domingo de sol y frío, lista para encuentros con mujeres pizpiretas que me reconozcan y me aborden sin miedo. Ahí fuera hay ánimas del pasado con las que me echaría unas cañas con patatas bravas, si se tercia. Ellas son yo, y mato por ponerme al día de sus evoluciones en el más allá. Acá hace tiempo que paramos el reloj y nos dejamos arrastrar por el tubo de un aspirador gigantesto. Somos polvo y giramos vertiginosos en un saco donde, de cuando en cuando, alguien nos reconoce y saca la foto de la chistera. Entonces empieza todo.

viernes, 12 de febrero de 2010

PASADO, PRESENTE, ¿FUTURO?


Mi querida Big-Bang:


Nunca he sido corredora de fondo, las metas a las que no me alcanza la vista ni las miro. "Mi futuro son dos años, tres a lo sumo", me dijo alguien el otro día, y como a veces voy con retardo me quedé tres o cuatro segundos masticando la frase, y encontré la réplica: "Mi futuro es el lugar a donde me lleve el deseo en las próximas horas". En este momento de la vida puede que tenga tanto pasado como futuro, y eso me convierte en un ser simétrico, equidistante, ¿bipolar?.

Recuerdo cuando sólo era futuro. Esa despreocupación eterna de poder gastar de un fondo sin fondo aparente. De derrochar las horas, los días y los veranos haciendo planes, quemando oportunidades con la arrogancia que da la eternidad. Uno no puede creer en ningún dios cuando es un niño, porque él es su propio dios, me digo. El poderío que otorga la barra libre del devenir es tal, que el verdadero trauma de hacerse mayor es empezar a poner aspas en un calendario que cada vez se parece más a una cuenta bancaria en números rojos.

"Nena, tú lo que tienes es una crisis de los cuarenta que te cagas", sé que estás pensando. Pero las chulas no reconocemos las crisis, sólo saltamos sobre ellas como en su día saltamos a la cuerda en la plazoleta debajo de casa. Con ritmo y despreocupación. Mi ausencia de vida interior me impide cualquier tentación de malditismo, aunque sea más literaria que la comba. Tengo un pasado como el que tiene un tío en América. Sé que está ahí, pero no pienso ir a buscarlo porque la nostalgia es un equipaje absurdo y pesado.

Bien, seamos futuro, futuro perfecto. Hoy es mi último día, un suponer, y voy a prepararme el banquete del siglo como los reos del corredor de la muerte. Por mucho que me tiente, no pienso escribir los versos más tristes esta noche, pero sí parafrasear sin pudor a mis poetas, que total ya tuvieron su gloria, su voz y su palabra. Voy a vestirme de putón verbenero, una tentación muy de las de mi generación, y a salir a la calle tropezando con unas plataformas de seis pisos, y el pitillo en la mano. Mi futuro es ser un adefesio contoneante por la acera de un barrio de fachas. Y saludar con la mano a la vecina del quinto.

Declaro para mí el carnaval perpetuo, el deseo desbocado, la quema de almanaques. Mi futuro soy yo avanzando a zancadas por un bosque sin lindes ni fieras escondidas que me impidan echarme a dormir junto a un abeto, a la orilla del río.

jueves, 11 de febrero de 2010

UN TONTO, DOS TONTOS, TRES TONTOS

Mi querida Big-Bang:



Cuando la ira me ciega, me tomo un té de mandarina y hago omhhhhh. Siempre he creído que los tontos tienen más peligro que un bidé lleno de pirañas, pero las reglas sagradas de la corrección política insisten en compadecerlos. Ja!!! El tonto siempre termina llevándose el gato al agua y a ti se te queda cara de subnormal. La inteligencia, ese bien tan escaso como el puma africano, cotiza a la baja. Es tiempo de vadeadores de ríos profesionales, de nadar y guardar la ropa, de fingir que haces para que nada a tu alrededor se inmute. Del mamoneo a destajo. Del tonto espabilado.


Congreso de los diputados, ayer. Como la madre moderna y actual que soy, insisto en que mis chukis vean el telediario. Zapatero, desencajado y ojeroso, enfatiza que nuestra economía goza de salud y envidiable confianza ajena. Rajoy, con ese lustre viejuno del candidato eterno que no termina de cuajar, desenfunda sus pistolas de juguete y da una réplica de guiñol. Mis chukis, avispadas que son las jodías, sueltan: "mamá, los dos son un poco tontos, ¿no?". Dudo sobre cómo responder. ¿Si desacredito a la clase política de un plumazo estaré criando dos hoolingans en mi propia casa? ¿si hago una defensa enardecida de la democracia y sus mecanismos se me quedará cara de idiota? Al fin tiro por la tercera vía, ese invento toniblairesco tan socorrido y, señalando a Rubalcaba, murmuro: "ese de ahí sí que es listo".

Una vez tuve una profesora muy tonta de matemáticas. Se llamaba Mari Carmen, un nombre que en aquellos maravillosos años era tan popular como Vanessa hoy. Cuando le pedíamos explicaciones sobre los porqués de ciertas leyes inmutables ella respondía invariablemente: "por convenio". A mí lo del convenio me olía a chamusquina, pero como mi mente era bastante obtusa para integrales y derivadas, mayormente, me tragaba las dudas con patatas y prefería no ponerme en evidencia y pasar por tonta.

Años después comprobé que algunos tontos llegaban a jefes, y eso me sumió en una desazón cósmica. ¿Cómo era posible que nadie ahí fuera se percatara de aquéllo? Dar un cargo a un tonto, según mi criterio de arrogante jovencita con posibilidades, era lo mismo que darle una pistola a un subnormal. Pero mi teoría sobre la supervivencia de los lerdos seguía reforzándose, y cuando uno de ellos llegó a la Casa Blanca rocé el paroxismo.

¡Te crees muy listilla, verdad?, me estarás preguntando clavando tu pupila en mi pupila azul. "Pues más tonta eres tú". Sí, creo que podría escribir un tocho a lo Guerra y Paz con los sucedidos que evidencian mi estupidez. Fui crédula, soy crédula. Y confiada, aunque las vea venir. Así me he llevado unos chascos de tal calibre que alguno debe estar riéndose en un rincón de la estratosfera. Diría que no he perdido la inocencia, pero mola. En mi fuero interno considero que es mejor militar la ingenuidad que la estupidez. Los ingenuos, a la postre, no damos por saco al personal. Y aún nos sorprendemos de que a nuestro alrededor haya un ejércido de tontos preparados para comerse el mundo. Ese es, a mi juicio, el verdadero apocalipsis. Palabra de tonta.

miércoles, 10 de febrero de 2010

LA MOVIDA QUE NO FUE

Mi querida Big Bang:


Una de las espinas de mi biografía es no haber participado activamente de de ningún movimiento digno de mención, si exceptuamos las revueltas educactivas donde destacó aquel tipejillo llamado el Cojo Manteca que rompía farolas a pedradas. Uno no es nadie si no puede subirse a algún carro global, aunque sea la Santa Inquisición, los descamisados franceses, el Ku Klux Klan o la Sección Femenina. Vale, sí, algunos de esos eran muy malos, pero peor es no poder hacer causa común más que con tu vecina cuando prepara magdalenas o mete unos castigos a sus chukis de no te menées.

Anoche escuché en la radio a varios de los supervivientes de la Movida madrileña. Eso sí que moló. Desenfreno, drogas, pop y temazos que bailé como una loca con el uniforme del cole y las coletas bien tirantes y atadas con goma de huevera, esa tortura que nos im-ponía mi madre. De haber nacido unos años antes, podía haber entrado al Rock-Ola, ese antro negroide de perdición tan atractivo que se encontraba a sólo unos metros de mi colegio de curas y donde siempre había tres o cuatro putas tristes y un puñado de modernos con pantalón pitillo marcando vena. El colmo de la transgresión.

Aquel año de mi COU solía sentarme cerca de la ventana para vigilar la flora y fauna que poblaba el Rock-Ola y tarareaba aquella canción de Mamá que hicimos nuestra: "Yo la recordé con coletas y calcetines blancos, volviendo de su colegio, abrazo en el rincón, temblando de emoción, bájaba el andénnnnnnn y me la crucé, me reconoció, o tal vez no, hora punta en el metro".

Mientras nosotros estudiábamos latín y proyectábamos unos ejercicios espirituales que nos iban a dejar el alma blanco nuclear, ahí afuera estaba real life con sus tetas recauchitadas, sus pelos mal teñidos y siempre el pitillo en la comisura de los labios
. Esa gente vivía intensamente, me decía yo -"rosa-rosae"- y nosotros somos señoritos virtuales y adiestrados para el orden y concierto, cachorros de Aldous Huxley diseñados paara poblar un mundo feliz sin tentaciones que exigieran penitencia ni confesionario.

¿Y si me invento que yo también transité la Movida?, urdía mientras Álvaro Urquijo aseguraba en las ondas que su hermano no murió de drogas, sino de pena. Total, de tanto oírla me la sé de memoria y una vez entrevisté a Paquito Clavel. Y total, también somos lo que imaginamos que fuimos, aderezado con unas gotas de deseo y otras de nostalgia. A fantasiosa no me gana ni Antoñita, y si me dan pie puedo cantar todo el repertorio pop de los ochenta sin cambiar una sílaba.

Y "con mi pensamiento sigo el movimiento de los peces en el agua...."

lunes, 8 de febrero de 2010

VIVIR ERA UNA FIESTA

Posted by Picasa
Mi querida Big-Bang:


Me cuenta mi amigo M. la historia de su desamor: "Al final mi novio inglés se pasaba el día quejándose: que si no me gusta España, que si los graffitis...". He visto muchas clases de excusa para romper, pero la de los grafittis es absolutamente nueva para mí. Un tipo que rompe con su novio porque odia ver garabatos en las paredes de la ciudad merece una atención especial. No ha dicho aquello de "se nos rompió el amor de tanto usarlo·, tampoco lo de "no sos vos, soy yo", sino que indirectamente le está echando la culpa al alcalde Gallardón, y eso mola.

Las amistades fraguadas en un viaje suelen ser eternas. Las risas a bordo de un avión, inolvidables. M, ya repuesto de su ruptura, me sigue regalando perlas: "Al final, todos sacamos al pequeño fascista quue llevamos dentro" y, como el que no quiere la cosa, desenfunda la foto de su orla de peluquero. Tiene 15 años y un tupé que ríete del de Travolta en Grease. "Jomío, aquí te pareces al Camborio", le digo mientras devoramos un bocata de pavo con mucha lechuga y poca sustancia.

"A mí lo de los graffitis no me agrede demsadiado", prosigo con la boca llena, "pero si un novio me plantara con semejante argumento al menos le agradecería el esfuerzo de estrujarse la cabeza, no crees?" Asiente M y me sigue regalando sentencias que anoto con gran esfuerzo y a punto de vomitar. Estamos emparedados en el avión y debo doblarme para abrir el bolso y sacar la libretilla.

Sonríe M. y su picardía me indica que ya hay noviete en la recámara. Un clavo saca a otro clavo. "Pero por dios bendito no se te ocurra meterlo en tu casa, que luego no saldrá", le brindo mi consejo más romántico, de mujer resabiada que no abre la puerta ni al cobrador del frac. M. me mira fijamente como para calibrarme en calidad de consejera matrimonial y no responde de inmediato..."¿Tú crees?

Aterrizamos hermanados en la turbulencia y aún M. tiene el detalle de regalarme un antiojeras infalible, "para que tu piel luzca como la de un bebé."

Ay!, sí, y si no lo usaré para hacer un graffiti de bye bye love en el espejo del baño!

domingo, 7 de febrero de 2010

EL HOMBRE PINGÜINO

Mi querida Big-Bang:


El señor Manolo tiene una cabeza muy pequeña y un culo muy grande, respingón y redondo, de mujer. Ojos azul petróleo que echan chispas y un bigotillo de microcerdas fuertes como un cepillo de carpintero que no se atusa porque sus brazos, también cortos, siempre están cruzados por encima del pecho o penduleando a la altura de su no cintura cuando camina, con los pies para afuera y la espalda llena de sudor. Bien mirado, el señor Manolo es un hombre pingüino.

-Y usted, señor Manolo, ¿cuántos habitantes diría que viven en la isla?.
-No sé, hija, no los he contado.

Vamos en furgoneta y el señor Manolo se crece con su acento andaluz cuando nos explica lo que él considera pertinente para los forasteros que somos:

-Aquí viven los que tienen mucho de ésto (hace el gesto del money money con los dedos). Son casas bien majas, digo yo.
-Manolo, ¿y qué es aquella cúpula blanca, ahí arriba?
-Ni idea hija, algo de los militares para controlar las ondas secretas o las antenas parabólicas, digo yo.

Cuando tu chófer local es como él, se le sienta a la mesa con alegría. Hablamos en inglés, por exigencias de la compañía, pero el señor Manolo, que no entiende una palabra, ni se inmuta ni se incomoda. Agarra su vaso de café con leche y, con mirada de ensoñación, te suelta dos o tres sentencias de no te menees y echa un sorbo.

-Yo no tomo ni gota de alcohol -pausa- que ya me lo bebí todo.

El fotógrafo, irlandés, mataría por entender al señor Manolo. What is he saying?

-Que el colega fue alcohólico y no huele una gota de gin o se pone too loco, como los gremmlis malos con el agua.

Saca Manolo, ya animado por su éxito, el móvil con la foto de su nieta. "Esta sí que es mi joya. La hemos criado, hasta que mi hijo se separó de la nuera y se la llevaron".

-¿Qué hace su hijo, Manolo?
-El zángano, qué va a hacer el hombre, si no encuentra trabajo de lo suyo! Está la cosa muy mala.

El fotógrafo invita al hombre pingüino a posar para él en la charca que es el trozo de mar que invade la taberna donde estamos. Hay patos, maderas desportilladas y el señor Manolo, calcetines blancos y sandalias de cuero de antes de Jesucristo, no se lo piensa dos veces y entra en el agua sin descalzarse ni remangarse siquiera el pantalón. Feliz, mira a cámara y enseña unos dientes blanquísimos.

-¿Ya está? Pues hala, ya lo hemos hemos hecho. A otra cosa.

Y chorreando nos abre las puertas de la furgoneta.

viernes, 5 de febrero de 2010

BOLAS CHINAS ASESINAS

Mi querida Big-Bang:


¿Las bolas chinas se reciclan? Lo digo porque las mías están muertas de risa en el cajón y mi cuñada T. necesita unas para lo suyo del suelo pélvico. "Ya, eso dicen todas, tú lo que quieres es pasarlo pirata y sin gastar un euro", le dije. Pues no sé, nena, el placer hay que pagarlo. Como las multas y como la contribución de la basura.

-Ya...Y digo yo, ¿tú cuántas veces las usaste?, sigue abundando la presunta heredera.
-A ver, chati, yo me dejé embaucar porque hacían ruiditos zen y en la reunión tupper sex que organicé en casa todas compraban con frenesí, y yo no iba a ser menos, que luego todo se sabe y te ponen motes.
-Pero, ¿te las pones y te da gustito?, insiste la jodía indiscreta.
-Sólo te diré una cosa: te las pones y caminas como los Locomía, a saltos, con la sensación de que si sales con eso a la calle se te caerá entre el puesto de la fruta y el del pescado, y a ver qué explicación le das a las marujas.
-Ahh

El sucedido me lleva a hacerme grandes preguntas: ¿El placer es reciclable, transferible, prorrateable? ¿Pueden unas bolas chinas raspavaginales provocar algo más que un aullido de dolor? ¿Nos han vuelto a engañar las mentes perversas que urden el márketing del orgasmo? ¿Por qué las enrolladas me miran mal cuando les propongo convertir las bolas en nuchacos paralizantes?.

Un suponer, si las hubiere usado y hubiese terminado en la sala de urgencias del 12 de Octubre -que no es el caso- ¿con qué cara se lo hubiera explicado al enfermero?. Y, si voy a poner una denuncia en comisaría por daños y perjuicios, ¿qué argumentaré?: "Verá, mire que he he metido estos artefactos en lo que viene siendo el conducto vaginal o chimichurri y me han hecho una reacción del carajo la vela". La expresión del comisario iba a ser un poema. Por no hablar de las risitas de coña marinera de los polis de guardia, aburridos de toparse con señoras enloquecidas porque un caco les ha robado el colgante de osito de Tous.

"O sea, chitina", argumento a T., "que si te compras unas bolas olvídate de exigir derechos de consumidora. Más o menos es como si te compraras ántrax a granel, o un guepardo africano en peligro de extinción. Todo quedará bajo secreto de sumario".

-Ya, pero, ¿me las vas a dar o no?

En este punto cojo las bolas chungas "made in China" y las pongo a hervir diez minutos, para que suelten todos los microbios y esporas. "Si te quieres trepanar los bajos, tú misma". Y, como soy una clásica, saco "El amante de Lady Chatterley" y sueño e imagino. Lo que se ha hecho toda la vida, sí señor.

jueves, 4 de febrero de 2010

EL CLUB DE LOS INSOMNES TUERTOS

Querida Big-Bang:


Cuaderno de bitácora. Segunda noche en blanco.Una fuerte tormenta azota mis meninges. Rumbo norte-oeste. Atravieso el colchón con un golpe de muslo/viento que ya lo querría para sí la Chelito del cabaret. Engaño al edredón y fijo la vista en la lámpara, por si aparecen los malos. Me dejé una puerta del armario entreabierta y eso a las locas nos desestabiliza mazo. ¿Me levanto, no me levanto? Si vuelvo a mover media articulación el cerebro se pondrá en marcha, loco de excitación, ante el reto de meter la manga de una camisa dentro y cerrar como dios manda. No pienso darle el gustazo. "Marejada, marejadilla, fija la vista en la bombilla...". Duerme.

Cuatro de la madrugada. La bombilla es como la magdalena de aquél. LLevo tres historias imaginadas, a cual más retorcida. No estoy segura de si son sueño o elucubración. En una de ellas mi amiga N. llega a casa con mi ex novio, que ni me saluda. Se sientan, habla ella, él coge lentamente la taza de café y, como en estado catatónico, pronuncia: "Nuestro amor fue una taza de café y un periódico en un bar". Yo me encojo de hombros, incómoda. N. me mira y dice:"¿Y te parece poco?".

Recuerdo la paz de leer el periódico en pareja. Cada uno el suyo, cada uno su café. Cada uno su armario y su lucha con el sueño. O contra el sueño. Dormir poco me vuelve irritable, hiperestésica, pero ya dejé las pastillacas y la droga más dura que guardo en mi zulo se llama Dorminida. Con eso tan flojo y tan cursi no se me duermen ni los pies. Al menos si se llamara Dormidona...

Dormir en pareja es chocar con sus pies en el colchón.


Cinco de la mañana. Imagino lugares del globo donde ya ha salido el sol. Salto de la cama, hago un corte de mangas al armario, me encojo de frío y pongo la cafetera bien cargada. "Cuando te despiertes no hagas nada estimulante, ponte a limpiar zapatos", solía decirme el Richard. Va a limpiar zapatos tu puta madre, murmuro. Limpiar zapatos no entra entre mis actividades cotidianas. La verdad es que no sé si los llevo limpios, pero me llaman la atención los hombres que brillan por debajo. Un tipo que lustra el cuero de sus zapatos es un tipo detallista que te regalará bombones por San Valentín. Desestimo la idea por empalagosa y por improcedente.

Cinco y media. Tengo el cuerpo de corcho y los dedos frenéticos. Huele la madrugada a metal y mi cuerpo lucha en franca desventaja con mi cerebro. Ningún pensamiento digno de mención. La pared está mugrienta, el reloj adelanta, la planta pide a gritos un vaso de agua o, al menos, un escupitajo generoso. Levántate y anda.

Si me pongo a hacer planes, estoy perdida. Una mujer con planes es una bomba nuclear. Sobre todo si ejecuta. La última vez que hice planes a cascoporro y de madrugada las chukis sacaron sus pancartas reivindicativas y se pusieron en huelga: "¡No puedes poner la tele y sentarte, como hacen todas las madres?". A las chukis no les mola nada ser distintas. Quieren una madre que cocine un primero y un segundo, que se siente a hacer los deberes y deje de dar por saco con las palabras y su significado.

Seis de la mañana. Amo el silencio roto por el motor de la nevera. Afuera ya hay trasiego de autobuses y gente con legañas. Podría hacer grandes cosas por la humanidad: depilarme las cejas, subirme a los steps, quemar las tostadas o escuchar a Francino.Ah, no, que ahora está el matao del ayudante. Ese tipo con voz de viejo que no pasa de los 35. Pero cómo madruga, el tipejillo! Bien pensado, podría sugerirle tomar café con insomnio y azúcar. Sin hablar, naturalmente.

La acidez del café es como un clavo oxidado. ¿Y si fundo el club de los insomnes tuertos? Podría admitir incluso a bizcos y estrábicos, que a generosa no me gana nadie. "Con un ojo veo la Sexta, y con el otro Telecinco", dice el cachondo de Trueba. La vida estrábica te permite dormir con uno y desafiar la madrugada con el otro. Gran ventaja.

Apunto en mi cuaderno de bitácora: quiero tener la mirada de Kirchner. Y su cuenta corriente.

A la ducha, nena!!!

miércoles, 3 de febrero de 2010

LA REBELIÓN DEL PIENSO

Mi querida Big-Bang:


Hay noches que te dejan el estómago sucio, como lleno de borra de café. A mí lo del muesli siempre me ha parecido asqueroso, por mucho que lo anuncien mujeres cañón embutidas en camisetas blanco nuclear a conjunto con unos jeans que hay que ser Kate Moss para no te marquen lorzas. Pero diría que necesito un lingotazo de pienso de ése para ovejas humanas y un buen brushing, o no habrá quien me saque hoy de casa.

No temas, que las simples no somos depresivas. Si acaso, desaprensivas, pero nunca en un miércoles. Porque el miércoles es un día fronterizo entre los días chungos y los prometedores. Una ciudad sin ley. Un suspiro de nada que debería tener menos horas y más incentivos fiscales. "Jefa. un miércoles de estos me voy a hacer unas pellas que no se las salte un gitano", le digo a la susodicha con pose chulita para resultar muy convincente. "Vale, sí, lo que quieras, pero vamos a hacer los titulares, chitina".

Si estuviera bien loca, como otras, montaría una escenita sobreactuada y saldría dando un portazo del despacho, pero mis padres se gastaron un dineral en el colegio privado y no voy a desairarlos. Buscaré otras formas de rebelión más sutiles, como presentarme en una reunión vestida de blanco, comos las chicas Kellogs, con un enorme círculo rojo en la frente, por ejemplo. O tararear La Internacional cuando vengan nuestros dueños from América. ¡A performante no me gana nadie!

También puedo hacerme con un rosario tibetano y rezar de camino a la oficina, como las viejas justo antes de la misa de seis. O llamar al teléfono de la esperanza e inventarme una historia bien truculenta que los tenga en vilo toda la mañana. Eso, o fingir un desmayo, como aquella señora que una vez, en un autobús camino de Canillejas, empezó a gritar que le estaba dando "un colaso". A mí me dio la risa floja y me tuve que bajar del autobús.

Pongamos que hoy es miércoles y toca rebelión. La buena noticia es que mi amiga A. come conmigo y me trae el instrumento que me convertirá en una novelista de éxito: "A ver si dejas de decir que no escribes porque no tienes el Word, he visto excusas mejores", amenaza. Cuando la inspiración me arrebate, siempre en miércoles, escribiré compulsivamente sin ducharme ni comer y seré muy vulgar, una especie de Mozart del Word enferma y arrebatada, sinfonía va, sinfonía viene, hasta llegar al Réquiem: "Dies iraeeee".

Te dejo, que debo prepararme el tazón de cereales, esa mariconada de país desarrollado y satisfecho de sí mismo. Ahí fuera hay cuatro millones de parados. Y es miércoles. Barrunto una huelga general o algo. Y sueño con un jueves que me devuelva la paz y la esperanza.

martes, 2 de febrero de 2010

PRETTY WOMAN

Mi querida Big-Bang:


No te lo vas a creer: hace veinte años que se estrenó Pretty Woman! Veinte años que todas quisimos hacer la calle como Julia y conocer a un Richard macizo y canoso que dijera aquello de "hágale mucho la pelota" a la dependienta de Dior, mientras nosotras nos lo probábamos todo al ritmo de una banda sonora trepidante. Y lo malo es que hace veinte años ya teníamos veinte años!!! (y alguno). Es una revelación, una señal: a partir de ahora toca mentir en la edad, ponerse horribles botas de plástico por encima de la rodilla y usar el hilo dental a escondidas.

Las efemérides las carga el diablo. Cierta profesora de literatura solía decirnos que a partir de los 35 el tiempo te devoraba, y acto seguido la jodía nos hacía leer en voz alta las Coplas a la muerte de su padre by Jorge Manrique ("...avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se llega la muerte, tan callando") A mí el Manrique me parecía un tipo macabro, de esos que llevan siempre a mano una calavera bruñida. Así que leía los versos a todo correr y luego siempre había una compañera que enganchaba la guitarra y berreaba el "gracias a la viiiiiiiida", para alejar el yuyu. Al fin y al cabo, donde esté una Violeta Parra o incluso una Mercedes Sosa (ya reunidas con el agorero de Manrique, dios las tenga en su gloria) que se quiten los mortis profesionales.

¿Somos lo que perdemos o lo que recordamos? Porque yo recuerdo absurdeces como la letra con la que Sergio Dalma nos defendió en Eurovisión, la retahíala de países latinoamericanos por orden alfabético, qué ropa llevaba el día de mi primera cita con mi primer novio o cuál es la diferencia entre embalse y pantano, por poner unos ejemplos rapidillos. Si la memoria es selectiva, la mía además es vengativa. Con cada recuerdo me insinúa mi naturaleza dispersa y ligerilla. Pero también mi irresistible tendencia al disfrute universal.

Así que Manrique, vade retro. No pienso hacer odas a la muerte por más que hace dos décadas ya estuviera en edad de revolcón. Me quedaré anclada en la peluca rubia, como Julia. Bucearé en bañeras llenas de espuma y caminaré a zancadas ataviada como la buscona que no he sido. Si Richard puede esperar, la parca también, y el tremendismo. Dejemos que los muertos cumplan años y que los vivos celebren la vida al ritmo de una película mediocre que un día nos hizo soñar. Hay que ser muy listo y, sobre todo, muy hábil,para que toda una generación suspire por ser puta.