domingo, 7 de febrero de 2010

EL HOMBRE PINGÜINO

Mi querida Big-Bang:


El señor Manolo tiene una cabeza muy pequeña y un culo muy grande, respingón y redondo, de mujer. Ojos azul petróleo que echan chispas y un bigotillo de microcerdas fuertes como un cepillo de carpintero que no se atusa porque sus brazos, también cortos, siempre están cruzados por encima del pecho o penduleando a la altura de su no cintura cuando camina, con los pies para afuera y la espalda llena de sudor. Bien mirado, el señor Manolo es un hombre pingüino.

-Y usted, señor Manolo, ¿cuántos habitantes diría que viven en la isla?.
-No sé, hija, no los he contado.

Vamos en furgoneta y el señor Manolo se crece con su acento andaluz cuando nos explica lo que él considera pertinente para los forasteros que somos:

-Aquí viven los que tienen mucho de ésto (hace el gesto del money money con los dedos). Son casas bien majas, digo yo.
-Manolo, ¿y qué es aquella cúpula blanca, ahí arriba?
-Ni idea hija, algo de los militares para controlar las ondas secretas o las antenas parabólicas, digo yo.

Cuando tu chófer local es como él, se le sienta a la mesa con alegría. Hablamos en inglés, por exigencias de la compañía, pero el señor Manolo, que no entiende una palabra, ni se inmuta ni se incomoda. Agarra su vaso de café con leche y, con mirada de ensoñación, te suelta dos o tres sentencias de no te menees y echa un sorbo.

-Yo no tomo ni gota de alcohol -pausa- que ya me lo bebí todo.

El fotógrafo, irlandés, mataría por entender al señor Manolo. What is he saying?

-Que el colega fue alcohólico y no huele una gota de gin o se pone too loco, como los gremmlis malos con el agua.

Saca Manolo, ya animado por su éxito, el móvil con la foto de su nieta. "Esta sí que es mi joya. La hemos criado, hasta que mi hijo se separó de la nuera y se la llevaron".

-¿Qué hace su hijo, Manolo?
-El zángano, qué va a hacer el hombre, si no encuentra trabajo de lo suyo! Está la cosa muy mala.

El fotógrafo invita al hombre pingüino a posar para él en la charca que es el trozo de mar que invade la taberna donde estamos. Hay patos, maderas desportilladas y el señor Manolo, calcetines blancos y sandalias de cuero de antes de Jesucristo, no se lo piensa dos veces y entra en el agua sin descalzarse ni remangarse siquiera el pantalón. Feliz, mira a cámara y enseña unos dientes blanquísimos.

-¿Ya está? Pues hala, ya lo hemos hemos hecho. A otra cosa.

Y chorreando nos abre las puertas de la furgoneta.