sábado, 20 de febrero de 2010

¿SECTA O CAFÉ?

Mi querida Big-Bang:



El señor Rubidio opina que si hago una observación inteligente al día me dejará en libertad condicional para que campe por mis respetos y hasta me revuelque por el prado de la frivolité el resto de la jornada. Me parece un trato justo.

Ayer, y dado que mi agenda de citas estaba llena de telarañas, fui a reponer mis cargas de Nespresso in person. La boutique de los Clooney boys era de una pompa que ríete de la de Chanel en la 31 rue Cambon de París. Todo maderas nobles, oscuras, y siluetas de uniforme que custiodiaban el "tesoro": esos tubos de colores con nombres y apellidos que nunca retengo y que sin duda escondían la promesa de algo muy exótico, exclusivo y oscuro. Casi prohibido.

-¿Ya es usted miembro de nuestro selecto club, señora (o señorita)? , me preguntó un dependiente venido a más, atildado y con bigotillo estilo "Amor en tiempos revueltos" y una solemnidad postiza y sobreactuada.
-¿Qué club? (me faltó añadir "ni qué niño muerto"). Yo sólo quiero café.

Acto seguido me hizo una performance para convencerme de que yo era una de las elegidas y que como tal debía comportarme. El tipo parecía un charlatán de feria y mi paciencia menguante amenazaba con estallar. Pero a mi alrededor el personal parecía encantado de meterse ese chute de distinción y glamour antes de volver a la grisura de sus vidas sin teca ni fantasías en tecnicolor.

Mi pensamiento fue -atención, Mr Rubidio-: "Esto del café pijo es la tapadera de una secta que ríete de la de Charles Manson".
Esta gente mataría por seguir chuleándose de club, porque seguramente hasta la fecha sólo han pertenecido al club de los corazones solitarios, al club Carrefour o al club de fans de Isabel Pantoja, a mucho tirar.

A mí los clubs me dan por saco, y los gurús que los guían mucho más. Lo más gregario que he hecho en mi vida ha sido la catequesis del colegio, y eso porque nos daban de merendar. En los grupos con gurú siempre me parece reconocer a mucho friki tratando de ocultar sus taras entre la masa. Y en el gurú un tipo de egolatría enfermiza que se alimenta de la adoración de los tarados, a los que les regala caramelillos de atención de cuando en cuando, trufados de citas pseudoliterarias.

"Madre mía, hoy no te has tomado la medicación, nena", te estoy oyendo decir. No, es que necesito alertar al mundo contra los clubs encubiertos de intenciones aviesas, porque empiezas coleccionando café de colorines y acabas militando en las SS. Y si no, que se lo pregunten a Gunter Grass.

Yo, de pertenecer a un club, querría que fuera el de las macizas sin conciencia. O sea, de las mujeres que están buenas y no necesitan demostrar que son listas. Pero para eso tendría que ser un cañón, así que lo tacho de mi lista. También me atraen el club de las rubias de bote, el del amor cortés, el club de los pinchos de tortilla light o el de los tacones de más de 15 centímetros. Por no hablar del club de las insomnes desorientadas, de las catetas que citan a Lipovezsky o de las que se desnudarían delante de Harvey Keitel sin romper ningún piano.

De momento y mientras maduro mi objetivo plural voy a ser mi propio club, y me erijo en presidenta, gurú y tesorera. Hoy nos -nótese el mayestático- pasaremos la mañana empapándonos del Vogue colecciones (primavera-verano 2010). Un antídoto perfecto para desafiar a un invierno que no acaba y nos condena a refugiarnos en una tienda catedral con pretensiones donde entras buscando a George Clooney y sales con una bolsa llena de café. La Iglesia debería tomar buena nota.