miércoles, 31 de marzo de 2010

SEDUCCIÓN O MENTIRA

Mi querida Big-Bang:


Me escribe un escritor de culto para una cita a ciegas. Le digo, "no tan a ciegas, que te he leído y me sé todos tus trucos". Responde: "también yo a ti y prefiero adivinar en vivo cuánto mientes". Ya estamos con el poder seductor de la mentira. Le respondo: "Me temo que soy demasiado explícita, y al relato, como sabes bien, lo alimentan las sombras".

Coquetear por carta es un divertimento cómodo y limpio. Anda que no hay literatura basada en la correspondencia calentorra, el sí es no es, el amago juguetón y el suspiro que no se oye. Las palabras no son inocentes, desde luego, y las imágenes que proyectan podrían volver loco al destinatario, presa del poder seductor del Cyrano de turno.

Una amiga era un crack ligando por mail: "sé lo que tengo que decir para que me pidan una cita de inmediato". Ya, bonita, ¿y a la cita llegas con la lira, como la poetisa del amor?. Ahí se calla, la jodía. Porque en el cuerpo a cuerpo no cuenta con la defensa de un puñado de palabras en rima asonante. Allí la pobre se trastabilla, pierde los papeles, tira compulsivamente de las mangas y le sale un tic en el párpado. Su cita, por lo general, interpreta que es una rarita y apura el café o la caña para salir pitando con alguna excusa vana, del tipo: "olvidé poner la comida a mi iguana". ¿Eres más tú cuando escribes o cuando te da el tic? le pregunto. "Uff, no sé quién soy, pero sí con quién querría salir a cenar de las dos".

El escritor es mentiroso, pues. Urdir una trama requiere de una mente hábil y retorcida. La mentira ha estado casi siempre mal vista, pero es un arte que habría que reivindicar. Y no hablo sólo de la mentira piadosa; también de la mentira funcional, la que ahorra una vericueto de explicaciones; o de la mentira estética, esa que convierte un relato frágil en un poema vibrante. Mentir es interpretar y a algunos les dan un Oscar por hacerlo. Mintamos pues, con la condición de que la mentira sea bella y decorada como la escayola de las mezquitas.

Dicho ésto, le escribo a mi escritor una sarta de trolas que ríete de las de Clinton en el affaire Lewinsky. "Te advierto, añado en la postdata, que hecho el texto, hecha la trampa". Responde un "mejor así, me dispongo a adivinarte". Y con las mismas me devuelve unas líneas que me golpean, que me atrapan, que me dejan muda y con ganas de cruzar el océano a nado. Seducción o muerte, es la consigna. Y ando escogiendo palabras en el museo del amor cortés para mandarlas cabalgando al caballero, que me enviará un ramo de ellas atadas con un lazo bien en prosa, bien en verso, de vuelta.

martes, 30 de marzo de 2010

EMBOZADOS Y CAPIROTES

Mi querida Big-Bang:


A mí los nazarenos de la Semana Santa me dan pánico. Esos capirotes que te miran con cara de "Hola, soy anónimo Mendoza: tú mataste a mi gato, prepárate a morir", son la esencia de lo inquietante. A un malo le pones una de esas capuchas y un cirio en la mano y se convierte en un súper hombre por la gracia de dios. Luego les da por matar beatas y tal día hizo un año.

Los encapuchados han dado muchos sustos en la historia. Ahí están los del Ku klux Klan, de lo malo lo peor, o el mago Merlín, que se lo ponía por encima de la frente pero nadie recuerda su cara. Scary movie también se nutrió del embozado, y no habríamos tenido que estudiar el motín de Aranjuez de no ser por la cosa de las capas. Eso sí que eran motines, y no lo de ahora. Tienes cuatro millones y medio de parados y sólo unos miles se tiran a la calle. Tan a lo suyo que ni siquiera se tapan la cara.

Luego está la fantasía de la invisibilidad. Un paso más allá de taparse es desaparecerse. Y ahí me pongo toda loca, porque nada me gustaría más que espiar sin ser vista. Ahora mismo bordo el viejo truco de hacer como que voy leyendo en el autobús cuando en realidad sigo la conversación de los de al lado. Pero si pudiera cubrirme con una de esas capas mágicas, tocaría el cielo con las manos. Un suponer, me enteraría por fin de cómo satán posee a mi vecina la adolescente furibunda, o qué fue de su padre, el hombre misterioso que tendía cada sábado sus cinco pares de calcetines, calzoncillos azul celeste tipo Hommer Simpson, pantalones y camisas. Siempre con gesto cansino, siempre en silencio. Normal, si tu hija está endemoniada y tu mujer lleva bragas marrón clarito y cocina con aceites malolientes.

Bien mirado, tampoco hay tantos misterior por resolver. Somos nosotros mismos pasados por el filtro del disimulo y la apariencia cortés, pero a poco que nos froten con el reverso del capirote nos ponen patas arriba y confesamos hasta quién mató a la petarda de Laura, la muerta de Twin Peaks. Las series de misterio, tipo Expediente X, han ido dando paso a las de vampiros. Mucho más explícitas. Es tiempo de colmillos, no de capas misteriosas. La sangre de cristo, la sangre de Vlad. Empalados y nazarenos que se arrastran con el ruido de las cadenas como banda sonora. Amén.

Me dispongo a encarar la Semana Santa con planes trepidantes: Cine/cenas a tutiplén, bicicleta urbana a ritmo de El Mesías de Haendel, uno de mis hit parade. Sillón ball con homilía televisada y todos los misterios del vía crucis de San Ginés, con chocolate con churros de premio. A mí a espiritual no me gana nadie. Y si se tercia ayunaré el viernes santo como está mandado. Ahora que el domngo pienso resucitar con toda mi artillería pesada y me pondré ciega de placeres. El jardín del Bosco va a parecer un kinder garden, sí señor!

jueves, 25 de marzo de 2010

ENTRE MUJERES

Mi querida Big-Bang:


Ella y yo apenas habíamos cruzado tres conversaciones, algunas de ascensor, siempre corriendo. Después, los destinos profesionales nos separaron, pero siempre hubo una llamada, un mensaje telefónico y, ayer, por fin, quedamos a comer. Llegó con sus taconazos, su look de ejecutiva y la melena perfecta. Bolso y gafas a juego. Impecable. "Pidamos un micuit y alcachofas de primero, ¿te parece?"

Me gustan las mujeres que comen sin culpa. Me gustan las que piden micuit o cualquier forma de foie, grasa pura y selecta. Me gusta que I. desmonte sola la imagen de ejecutiva fría que exporta. Creo mucho en los flechazos entre mujeres. Y como no soy bollo ni tendría problemas en serlo, si lo fuera, me dejo arrastrar por la fascinación de un hallazgo como I. entregada y sin prejuicios. Agua con gas y limón, ¿o la ocasión merece un vino?.

Hablamos de trabajo, del glamour, el champán y las finanzas. Me enseña una sms de su hija: "Qué bien lo pasé ayer contigo". Mezclamos los afectos, las críticas, el cotilleo, los chismes. En un momento dado I. se dispone a contarme algo. "Esto no lo sabe nadie". Casi le tiembla la voz. Le toco el brazo. Comparte su secreto. Dejo de zampar pulpo, arrastrada por su historia. I. ya no es una casi desconocida. Estoy tan cerca de ella que podría adivinar el número de cuerpos de su armario, el contenido de su mesilla de noche o porqué ayer no pudo pegar ojo.

A veces, las mujeres levantamos la barrera y servimos barra libre para todas. Da gusto cepillarse los prejuicios de un plumazo, añadir a la lista de contactos un nombre nuevo. Quedar para contarnos su viaje tras la Semana Santa, con la promesa de un gin-tonic. Salir a la calle tronchadas de risa y sin ganas de parar un taxi.

Me gustan las mujeres. Sí, aunque amo a los hombres. Pero donde esté un viaje con amigas que se quiten el fútbol y los toros.

Vuelve el camarero: ¿Tomarán postres?. Es la prueba de fuego. I.me mira y propone: "pidamos un helado que es como una nube, está delicioso".

Adoro a las mujeres que piden postre.

miércoles, 24 de marzo de 2010

ENFAJADAS

Mi querida Big-Bang:


Hoy tengo una scoop y, como diría cierto jefazo de cierto periódico de derechas, "se te van a caer las bragas". O no, porque ahí te va el titular: vuelve la faja.

Mi amiga I, que es una moderna clásica y sin prejuicios, me confesó hace ya tiempo su secreto mejor guardado: "yo me pongo fajas con los vestidos pegados, así no salen lorzas y te sientes como una sílfide". Yo no daba crédito. En mi imaginario infantil, la faja era una cosa marrón clarito horrenda que llevaba mi abuela para sujetarse el centrifugado de sus carnes desbordonas. Tú salías con ella y si la agarrabas por la cintura aquello parecía un maniquí de PVC. "Abuela, ¿cómo puedes llevar esta armadura? "Hija, no sabes las ganas que tengo de llegar a casa y quitarme la faja". Con el tiempo, mi hermana incorporó esta coletilla a su argot: "Vamos a casa que estoy deseando quitarme..." y ahí nos partíamos de risa.

Claro, que bien mirado Madonna ya lució un conato de faja con ayuda de su cómplice Gaultier, y como la diva siempre se ha adelantado una década a las tendencias, ahora lo entiendo todo. Aún así, dado que una es incrédula y necesita acudir a las fuentes más autorizadas, le hago la pregunta a Y., directora de mi biblia Vogue y una tendencia con cuerpazo en sí misma: "Oye, Y., me llegan rumores de que vuelve la faja, dime que no es cierto, mon dieu".

-Querida, así es. Y hay unas monísimas de Dolce Gabbana que cuando las veas no podrás vivir sin tener una.

Acto seguido se explaya y me marca sobre su cuerpo de espíritu macizo los lindes de las fajas fetén, y me adelanta los colores tendencia: "negro y piel"

-¿Piellllll? ¿lo que toda la vida hemos llamado color carne? Ni hablar, eso sí que no. Con lo que me he burlado del tendedero de mi vecina la madre de la poseída por satán: esa mujer asexuada que tiende bragas y fajas color carne tan disuasorias que ningún hombre se atrevería a acercarse en un radio de 500 metros!
-Sí, chatina. si quieres ser moderna ya puedes ir haciéndote con una.

En este punto me paralizo y pierdo mi escasa personalidad. Ya dije que jamás volvería a llevar hombreras y alguna ha caído esta temporada. Ya dije que mis tacones no superarían los 14 centímetros y cada vez que mi madre viene a casa me apresuro a esconder algunos zapatos que le pondrían los pelos como escarpias. Pero una faja me supera. Con una faja mis vísceras no podrán nadar ni expandirse. Con una faja no podré comerme un cocido sin consecuencias funestas. Por no decir que si -dios lo quiera- me sobreviene un revolcón con posibilidades, lo mismo el tipo se enfría cuando palpe la faja y me deja compuesta y con mi Dolce Gabbana.

Por no mencionar las consecuencias que debe tener la presión fajil en el riego sanguineo. Fijo que con la presión de la Lycra el cerebro entra en un estado de embotamiento permanente que no le permite destilar ni media idea: En lugar de ¿estudias o trabajas", a partir de ahora nos preguntarán:¿Piensas o llevas faja?

Yo voy a dedicar una jornada de reflexión al asunto para no precipitarme. Si está de dios, a eso de las siete de la tarde pondré pies en polvorosa y me haré con una buena faja para que mis amigas de Vogue sigan considerándome. Total, toda la vida he estado metiendo tripa con ciertos vestidos y quizás toque relajarse en un corsé de cuerpo entero. Como mi abuela, que en paz descanse.

martes, 23 de marzo de 2010

POR LOS PELOS

Mi querida Big-Bang:


Lo primero que hice en mi viaje de novios fue entrar en una peluquería de pueblo y cortarme el pelo a lo garçon. Conseguir la clásica melena de virgen lista para el sacrificio en el altar me había costado meses. Yo llegaba a la peluquería de turno, cada vez una distinta, miraba fijamente a la peluquera de turno -unas más chonis que otras- y le decía: "No puedo más. Esta no soy yo. Corta". Y la peluquera de turno respondía: "Mujer, que las novias con el pelo corto desmerecen un rato". Y salía con el rabo entre las piernas...

Mi álbum de fotos de boda está tan escondido como los expedientes X de avistamientos de ovnis en los años setenta. No se lo enseño a nadie que no me haya visto en pelotas. O sea, amigas muy íntimas, novios sin prejuicios y freaks coleccionistas de imágenes kitsch. Esa no era yo. Dentro de mí habitaba otra, rebelde, divorciada y sin tul ilusión, que sólo podía llevar el pelo cual Jean Seberg versión cañí. Pero por entonces aún escuchaba a mi madre y por entonces mis íntimas no tuvieron huevos de decirme: "estás horrorosa, chitina" (ahora sí, a toro pasado, qué jodías).

Tengo para mí que los cambios radicales de look esconden mucho más que un giro de estilo. Son verdaderos gritos, una señal de que algo se regurgita o se agita. Un impulso hacia alguna parte. Sospecho de las personas que llevan 25 años fieles a un corte de pelo y a unos pendientes de perlas; adivino la desazón permanente en las que se cambian de corte y color cada vez, pero me gustan. Ser un experimento de sí mismo es de valientes, de pirados, de gente que no deja que el agua se encharque y huela a podrido.

En el capítulo hombres siempre me gustaron los melenudos, pero me daban miedo. Superado el reto de enamorarme de uno, empecé a fijarme en los calvos, que me daban cierta confianza, por aquello de que en mi familia abundan. También sigo con la mirada las cabelleras tupidas, siempre que se despeinen. Un pelo que no se mueve, que no viola la frontera de la raya hecha por la mañana, esconde una personalidad rígida y puede que intolerante.

Entenderás que mi teoría sobre los pelos no es demasiado científica, ni falta que le hace. Y que para mí ir a la peluquería se parece mucho a ir a la batalla. Me entra un ardor guerrero que es ver las tijeras y ponerme cachondísima. Es cierto que a veces me hacen verdaderos escarnios, pero el que no arriesga no gana. Y, total, el pelo crece, las intenciones, cambian; los tintes se renuevan. Y no hay mejor lugar para leerse las revistas del corazón que una peluquería de barrio, al calor de sus secadores del "Cuéntame" y aturdida por ese olor a chamusquina de la permanente y el brushing.

lunes, 22 de marzo de 2010

SINGERMORNINGS Y PASAREUNIONES

Mi querida Big-Bang:


Puede que te preguntes qué hace una chica como yo en un lunes como éste. Pues comerme las uñas. Eso, después de haberme zampado una de churros con café en el típico bar chungo donde sé de antemano que el líquido marrón está tan ácido que tendré que meterme una sobredosis de Almax en vena para contrarrestar sus efectos.

Sí, me gusta arrancar la semana con una ración extra de harina y fritanga, porque una no sabe lo que le deparará el destino. Lo mismo termino comiendo con una ejecutiva cool de esas que sólo piden lechuga y tuercen el rictus cuando me escuchan pedir, con todas las letras, "un platazo de rabo de toro, con sus patatas a conjunto".

Miro la agenda con distancia (presbicia obliga) y a las 10h arranca la primera reunión del día. Mi amigo P, casado con mi jefa L, diría que si me da pereza me ponga el disfraz de "pasareuniones". Lo que viene siendo estar de cuerpo presente sin aportar ni mucho ni nada. Conozco a una pasareuniones que solía rematar las propuestas ajenas con un "ésooooo", tan enfático que bien podría parecer que ella era la autora del hallazgo. Llegó un momento en que a L y a mí nos daba la risa floja cuando la mujer intervenía. El señor la tenga en su gloria.

También destaca en el animalario de oficina el "revientareuniones". Aportar, lo que se dice aportar, tampoco aporta mucho. Más bien se dedica a ponerle pegas a todo lo que los demás proponen. De ahí que se los conozca con el sobrenombre de "tocapelotas" o "porculeros". Conviene detectarlos a tiempo para responder a su ataque con un buen directo: "Tienes razón, he dicho una chorrada. ¿Qué dirías tú, tronko?. Y en ese momento tocapelotas suele pirarse a sus palacios de invierno.

Luego tenemos al "singermornings" o cantamañanas. Este sí que se explaya, y si domina la retórica, échate a temblar. Los japoneses, que son muy suyos, suelen dormirse sin disimulo cuando interviene un singer, pero a los latinos nos da como corte y terminamos cantando en voz baja La abeja Maya o haciendo la lista del súper
mientras miramos con expresión de sumo interés. Singer llega, se explaya y cuando abandona la sala no hay ni media idea suya que echarse al coleto.

A mí lo que más me gusta de reunirme es la cosa social. El chascarrillo, el despelleje, adivinar qué va a decir quién y rematar las frases ajenas. Esto lo bordo, y por ello pagaré mi penitencia. O sea, que no me callo ni debajo del agua. A veces L., que me conoce como si me hubiera parido, me mira con cara de; "ni se te ocurra decir lo que vas a decir", y yo, que lo de la autocensura no lo trabajo, me hago la longuis y suelto lo que proceda. Y, si estoy muy inspirada, remato con una máxima sufí o un proverbio árabe.

Así que quí me tienes, crecidita por efecto de los churros y lista para una maratón de reuniones con tocapelotas, singermornings y pasareuniones. Cómo mola arrancar la semana con plenitud de expectativas y la energía intacta. Espero que en el menú de Embassy haya rabo de toro.

sábado, 20 de marzo de 2010

DE CABRAS E HIPNOSIS

Mi querida Big-Bang:



Ahora que mi George (Clooney, ¿quién si no?) tiene el poder de cepillarse a las cabras mirándolas fijamente a los ojos, yo ando ensayando cómo atravesar las paredes. Ayer mis amigas A y A-2 y yo salimos del cine convencidas de que si ellos podían, nosotras también. Un poco de LSD por aquí, unos tragos de alta concentración etílica por allá, y no hay imposibles para la especie humana. Nos reímos con este disparate sobre el peace&love, sobre el absurdo de la guerra de Irak, sobre la necesidad de tener un objetivo en la vida para levantarse. Y auspiciamos la vuelta del ácido lisérgico y de Hoffman como en su día volvieron la pata de elefante y los estampados vichy.

Así que fue terminar los títulos de créditos y salir disparadas a lo nuestro, un plan muy español: cervecitas bien tiradas con su tapa ad hoc y, sin más dilaciones, al dancing latino. Por el camino, eso sí, nos entretuvimos haciendo prácticas de hipnosis a los chuchos y a sus dueños, con éxito relativo. También comentamos cosas de interés general, como que el objetivo de los congresos médicos es que éstos puedan echar una cana al aire bajo los auspicios de Hipócrates, y volver a casa con la saca llena de prospectos de medicamentos milagro sin leer para lo de la próstata.

Hago recuento de toda la jornada porque me entreno para ser una guerrera Jedi, como los chicos de la peli "Los hombres que miraban fijamente a las cabras". O sea, un arma de destrucción masiva con la mente, capaz de adivinar el interior de los cajones ajenos; capaz de hacer una llave ochi-tagari (o como se llame) y seguir tragando la pócima amarga del Starbucks. Capaz de bailar un tango arrastraÓ con toda la carga erótica y el giro de cadera, mientras con el otro ojo veo Tele-5.

La noche nos confundió y, enredadas con nuestros superpoderes recién descubiertos, dimos una vuelta del carajo para terminar en unos sótanos no aptos para señoritas: "ya os avisé de que esto parece un reducto de tipejillos con nuchakus", dijo A-1 muy chulita, como si le hubiéramos encargado que nos guiase a la cueva de Ali-Babá. "Vámonos de aquí, que no saldremos vivas", opinó A-2, que también es madre y eso. Y así, bien contentas, terminamos en mi local latino favorito, donde sonaba....Joaquín Sabina.

-"A ver, ¿esto no era un local de baile calentorro?, pregunté a la pava de la taquilla, que me miró cansina.
-"Este es uno de los ritmos con los que se ensaya un baile de salón (so lerda)"
-¿Pero exactamente...qué tipo de baile", insistí mirándola fijamente a los ojos.
-¿Queréis entradas o no, que no estoy para dar palique?" , dijo ajena a mi poder hipnótico.

Ya dentro, dimos el típico vistazo de reconocimiento, lo que viene siendo una rueda de miradas Jedi para detectar posibles objetivos.

-Madre mía, si aquel de allí es clavadito a mi suegro! Qué mal rollo!
-¿Te imaginas que llegas y te encuentras con tu padre arrimando la cebolleta con una tronka latina?
-Joderrrrr. Más vale que nadie sepa que venimos. Chicas, si veis una cara conocida o que os suene remotamente ponemos pies en polvosora.
-Hecho, dijimos al unísono, un grito muy de guerreros Jedi...

Acodadas en la barra como profesionales empinamos el codo y nos pusimos a criticar a las parejas. Lo que los Jedi llamamos "investigación del apareamiento y sus motivos". La pareja más sospechosa la formaban una cincuentona con vestido volandero y un joven espigado con look perroflaútico que parecía haber salido de una ONG en defensa del lirón careto, o similar. No se separaban después de cada baile, pero él apenas le dedicaba una mirada de cuando en cuando, con ese desdén inherente al macho en el baile latino (que te calienta mazo, pero luego se pone a mirar a Pamplona para que no te emociones demasiado).

-"Fijo que ella le ha pagado", dije yo
-"Fijo que él es el profesor de conocimiento del medio de su hijo", dijo A-1
-¿Os habéis fijado qué alta lleva la cinturilla del pantalón, si le llega hasta el sobaco!, observó A-2, que como es artista prefiere lo visual al análisis sociológico.

Y sí, el denominadoer común de todos los machos de la sala era el pantalón bien alto, reventando la entrepierna, y los pelos repeinaós. La media de edad, unos 50 -año más, año menos- y nosotras tres sosas que no movíamos ficha pese a que tuvimos nuestro público
-¿Bailas?
-No
-¿Y eso
-Eso es mi amiga y tampoco baila.

(¡Las ganas que tenía yo de meter este chiste que me rechifla en una de mis crónicas. Por fin lo he conseguidoooooo! Y esto, sin duda, se lo debo a mis habilidades Jedi)

Lo que sigue son: un latino patilargo con el pelo graso: "No, aún no bailo que tengo un callo y un juanete presionando". 2.Un señor que podría ser mi padre con mirada de padre. "No, no bailo que estoy de luto por la cabra que ha matado el Clooney. Y 3. Un morenazo recortadillo y desdeñoso que se tomó fatal mi negativa. "Ya veo, y supongo que tus amigas tampoco bailan, porque las mujeres en grupo asumen respuestas en bloque". Pues eso.

Embriagadas de tan clamoroso éxito emprendimos la huida a la salida, pero yo, que soy un lince me metí sin querer en la taquilla, con la tronka que nos había vendido las entradas. ¿Y ahora qué quieres?, me dijo mascullando y sin quitarse el piti de la boca. "Quiero que me mires fijamente a los ojos y te dejes llevar, so chunga".

A esas alturas de la noche las tres entendimos que el pescado estaba vendido y que había que volver a casa con la satisfación del deber cumplido. "Muy mal se nos tiene que dar para no hipnotizar mañana a algún despistado, o algo"

jueves, 18 de marzo de 2010

LETRAS SIN HUELLA

Mi querida Big-Bang:


Me dice Mr Rubidio que deje de escribir, que el interés de lo que cuento es "entre poco y ninguno". O sea, que este rollo costumbrista que casco cada mañana, con una mano en las teclas y la otra en el café con legañas, es la prueba de que el hombre es una pasión inútil, y que lo mismo podría dedicarme al bricolaje doméstico y tal, y entonces sí que sería realmente productiva. Que además los padres de las letras deben estar revolviéndose en sus tumbas por las patadas que le meto al diccionario. Y que si quiero un speaker´s corner de andar por casa, pues que me vaya al mismo Londres y monte el pollo en la esquina ésa.

Ya, sí, lo comprendo. El renegao este tiene su razón, el hombre, pero no entiende que si no estuviera entretenida perpetraría acciones peores. Que gracias a nuestra correspondencia puntual no me echo al fango de la delincuencia social. Que cuando escribo no siento, y que ese anestésico, ahora que ya no me surtes de pastillacas, me viene al pelo y protege a mi entorno más cercano.

La escritura como coartada y antídoto de amplio espectro. Mira Kafka, el jodío, no quiero ni imaginar qué hubiera sido de él si en lugar de imaginar escarabajos se dedica a pegar sustos a las viejas. Un retorcido, un serial killer en potencia... O Dostoievski, o Capote...Y qué sería de las autoras de novela romántica, las Victorias Holt de la pluma rosa y el corazón ligero, si en lugar de plasmar sus fantasías en technicolor hubieran ido seduciendo jovencitos con la intensidad calentorra de sus tramas. El mundo entero se hubiera colapsado de tanto amor y tanto perfume barato...

O sea, que soy inofensiva a golpe de madrugones y desparrames oníricos. La letra con sangre entra. Pero en mi levedad intelectual me puedo cambiar de acera y maldecir la mala literatura. Cuántos árboles talados para imprimir obras de chichinabo con pretensiones de altos vuelos que terminan en las estanterías de ofertas del Vips, junto con magníficos volúmenes de arquitectura o fotografía, un suponer, que nadie compra y que al menos quedan monisimos en las boisseries de los que no leen.

Cierto día me senté delante de mi librería y establecí un criterio darwiniano de selección: eliminaría todos aquellos libros que no me hubieran dejado huella alguna. Sólo si recordaba algún detalle único, una sensación, el destello o el arrebato que me llevó a terminarlos con voracidad serían indultados. Paré cuando llevaba 150. Algunos de autores "consagrados". Con nocturnidad y alevosía los dejé en el portal de casa. Al día siguiente habían desaparecido. ¿Así que inventaste el book crossing? te preguntarás. En realidad inventé el holocausto de las letras. La eliminación sin complejos. El menos es más. No necesito que las visitas se sobracojan ante la majestad aplastante de mis estanterías. Los que tengo, son. Y además colecciono revistas de moda y decoración, que lo sepa todo el mundo!!!

Pues ya que me he justificado un rato, voy a dejar que Mr Rubidio se relaje y siga leyendo esos tostones presuntamente elevados. Yo, por mi parte, haré una limpia de jueves y como me dé por odiar a Vila Matas asumiré el menosprecio de los fans de autores de culto para la eternidad. Mientras no me dé por Shakespeare o Cervantes...

miércoles, 17 de marzo de 2010

ARDAN EN EL INFIERNO

Mi querida Big-Bang:


Por algún motivo que se me escapa, uno nunca sospecharía de una embarazada que entra a robar a unos grandes almacenes. La tripa concede un estatus de inocencia absurdo, porque bien mirado un cuerpo preñado tiene muchos más recovecos donde esconder la mercancía.

Tampoco, hasta hace unos años, la figura de un cura con un niño de la mano levantaría suspicacias. Una sotana más unos calcetines blancos igual al coro del colegio. O no. Porque con tanto pedófilo suelto entre el clero la visión cuasicelestial se ha teñido de sospecha. Dejad que los niños se acerquen a mí. Ni de broma, señor cura.

Vale, no todos son así. Si me supo al andén de los argumentos convencionales contaré que he conocido curas entregados, fieles a los mandatos de la Iglesia, generosos y sacrificados. Amigos de los niños que no abusan de los niños. Por supuesto. Pero también los he conocido con fama de puteros, borrachines, glotones y perezosos. O sea, un cura no es mejor que nadie por escuhar los pecados ajenos. ¿Tampoco peor? Depende.

El dichoso celibato. La represión de los deseos que algunos prefieren llamar sublimación. Las miradas por debajo de la falda. El oremus. La sacristía como refugio de almas atormentadas, inadaptados sociales que encuentran en el grupo un lugar de esparcimiento y desahogo. Los parroquianos que despellejan a los que se divorcian mientras ponen los cuernos a sus mujeres. Las monjas malas que pegaban pellizcos por debajo del uniforme y nos hacían dudar. ¿Puede ser una monja perversa? pensaba en mi inocencia con estupor. No, una mujer con toca y zapatos horribles no puede joder a una niña pequeña. Como una embarazada no puede robar sortijas en los grandes almacenes. ¿O sí?

En nombre de dios habéis destrozado a muchos niños y a mí no me sirve que el señor papa musite un perdón liliputiense mientras con la otra mano ventila una encíclica contra el mal de los tiempos, como si con él no fuera la cosa. Si los que hacen el inventario de los pecados pecan y maltratan niños, habrá que abolir su autoridad a base de abandono, de outing, de prisión, de desdén y de furia.

Ahí fuera hay una generación de niños que se fiaron de vosotros, que pasaron miedo, que hicieron las repugnancias que les pedisteis. Que han estado llorando sin parar, pero ya adultos les ha dado vergüenza contarlo. Que se han sentido culpables, que no han podido tener relaciones sexuales sanas, que no se han atrevido a amar. Qué dolor. Qué hipocresía.

Espero que ardáis en ese infierno que pretendéis que temamos.

Y, por cierto, conocía a una embarazada que se ponía las botas a robar.

martes, 16 de marzo de 2010

LAS EDADES DE LA VIDA

Mi querida Big-Bang:


Vaya por delante que no soy rencorosa, pero que presumo de tener memoria de tísica. El registro del dolor que me hicieron añade una anilla más a mi tronco centenario y, aunque hace años que dejé de cumplir años, aún recuento los desmanes, los desplantes y los quebrantos. Mayormente porque me quitan el apetito y consiguen que me acueste tan ligera que los sueños chungos me poseen y, sobresaltada, termino velando al ficus del salón, que me escucha paciente insultar a los malos.

También es verdad que ya no como rabos de pasas y algunos agravios se me olvidan. Eso que me llevo. Es mucho mejor borrar las heridas que cauterizarlas. Lo primero no deja cicatriz, con lo segundo pegas un aullido que ríete del del hombre Lobo. Gritar es un signo de poca distinción y un desgaste energético bastante absurdo, convendrás. Si gritas, no corres, y en esos preciosos segundos te engulle mismamente un tigre keniata.

Mejor cumplir años, digo yo. Y lo digo porque estoy a punto de soplar las velas y me preocupan algunos indicios de madurez que he ido anotando cuidadosamente en mi libreta, a saber:

1. Los pelos crecen más despacio. Importante detalle porque eres más viejuna, sí, pero tienes la piel lista para un revolcón 24 horas, como la funeraria.

2.El café a partir de cierta hora es un pasaporte seguro hacie el insomnio. Así que en las reuniones sociales miras de reojo el reloj antes de decantarte por el veneno negro, y terminas en el fascinante mundo de las infusiones.

3.Lo importante es la belleza interior. ¡Que te lo has creído, ésto era un porsicuela!

4. Ya tienes tus coletillas y ripios consolidados, de manera que puedes abstraerte de las conversaciones y soltar de cuando en cuando, con naturalidad, un "donde las dan, las toman" o un "pa chasco" sin que desentone demasiado, y volver a la desconexión cotidiana.

5.Lees sin complejos y opinas sin complejos sobre los libros. ¡Y lo que libera decir que el último de algún pope de las letras es un truño y quedarte tan campante! Bueno, igual lo decía también antes, pero entonces me arrugaba con las miradas de censura que rebajaban mi presunta intelectualidad. Ahora, si me brota, digo que he vuelto a "Puck colegiala" y queda como una extravagancia propia de la edad.

6.Quedarte un sábado en casa es un planazo. Ese sofá, esa manta y esa bandeja con su fast food y su Vichy Catalán con hielo y limón se te antojan mejor que el servicio de habitaciones del Hilton. Aunque también es verdad que si me llaman con una propuesta tentadora pego un bote y le pongo los cuernos al documental de la 2 en un santiamén.

7.Si te gusta un hombre, se lo dices. Así, de frente. Qué necesidad hay de miraditas coquetas, si quiero pero no o el lenguaje del abanico. La energía es limitada y no hay que desperdiciar recursos. Pura ecología sentimental.

Anotación final: ¡Lo que mola cumplir años y que un desconocido te siga por la calle, como ayer, y te diga que no ha podido evitarlo y que está seguro de que tienes los pies bonitos! Y te suplique que le des tu nombre, un teléfono, una pista...Y la novelera que es una se plante y le conteste con dulzura: "chato, eso es lo que le dicen a las macizas de 16 para llevárselas a la trata de blancas. Conmigo llegas tarde, pero que muy tarde"

lunes, 15 de marzo de 2010

DECIDIR O MORIR

Mi querida Big-Bang:


Las grandes decisiones se toman en fracciones de segundos. Creo que la regurgitación previa y el vómito subsiguiente en realidad son vanos efectos especiales, como los de los trailers que destripan las películas, pero el quid de la cuestión, el chispazo que empuja a la determinación, es como tú: un big-bang explosivo que convierte la intuición en certeza. Yo decido. Y en el estallido uno está solo. Y nadie tiene el derecho a interferir. Ni amigos, ni médicos, ni Oprah Wimphrey, ni la santa iglesia católica. ¿Sin velas no hay entierros? Ja!

Salió el sol, y salimos más airosos a la calle. O sea, hoy nos darán por saco lo mismo que ayer, pero con luz el porculeo es más llevadero, lleva vaselina included. Te da un subidón tal que podrías hacer puenting en la M-30 o volver al gimnasio, o cambiarte el color del pelo o pagar tres o cuatro multas. Decisiones.

Yo que tiendo a la desmesura me pongo hiperactiva con el sol. "Cuando te pase espera un rato a que se te pase y reflexiona", me dirías. No pienso hacerte caso: lo que sucede conviene, como dice mi amiga S. Una mujer valiente que cada dos por tres tiene que decidir entrar a un quirófano para mantener a raya su enfermedad. La admiro tanto por eso que no podría reprocharle jamás nada. Quien decide gana.

Creo que el común denominador de mis amigas es el coraje. Nunca lo había pensado, pero lo que me atrapa de los demás es la determinación. Huyo de la gente que dilata sus decisiones, que se entretiene funambuleando en las cuerdas del patio, que marea la perdiz y no remata. Sin embargo, ponme un hombre de acción delante y seré suya. Ponme una mujer, y también. Y ahí está M., valiente y decidida, merendando su decisión amarga. Y ahí está A-2, decidida a viajar con la certeza de que el viaje de vuelta será desazonante. Pero decidida.

Así que arranquemos la semana decidiendo. Total, hace sol, y si nos estrellamos siempre tendremos el consuelo de la luz y la palabra.

sábado, 13 de marzo de 2010

LA VIDA ABISAL

Mi querida Big-Bang:


Hay días que uno despierta abisal, hundido a cientos de metros de la superficie y arrastrándose por la superficie de un fondo negro. Solía temer a esos peces con dientes terribles y colores arco iris que pueblan ese submundo húmedo, sin entender demasiado de qué tienen que defenderse. A esa profundidad extrema, donde sobreviven los fuertes, ¿quién va a bajar con las espadas?. Sería lo mismo que planear un ataque en la Antártida con tropas en bañador. ¿De qué se defiende un esquimal?

En realidad, mi yo abisal vaga por por un arenal de proyectos que no remato y que enturbian el agua cada vez que pego una patada. Lo bueno es que, allá arriba, casi nadie se entera porque los abisales tenemos la ventaja de que la onda de los remolinos que provocamos no llega a la superficie. Así que arriba se nos percibe como lindos peces con dentaduras chungas sin otro oficio que rastrear los suelos de los sótanos ajenos.

Entre peces anda el juego, reflexiono. Y recerdo ese anuncio de un pez naranja que trata de encontrar sin éxito la salida en la pecera. Una vuelta, dos vueltas, tres...¿Estará por aquí?, ¿estará por allá?. El agua ha debido calentarse de tanto trasiego, digo yo. Y entiendo que tanto remolino termine con el lustre de las escamas. Esto es vivir. Al menos cuando se impone el sentimiento abisal y trágico de la vida.

Los filósofos deberían hacer como Cousteau, ponerse el traje de hombre rana marcapaquete y echarse a los fondos marinos. Hablar poco, respirar lo justo, observar a través de una escafandra que oprime y sólo deja pasar tres o cuatro ideas venidas de la observación concentrada y con el oxígeno justo. Los lores de la Cámara baja británica suelen asfixiarse con una bolsa de plástico en la cabeza para correrse mejor. Digo yo que si un chispazo les compensa una larga vida de leyes con pelucón, por algo será. Ese momento del orgasmo abisal debe ser las hostia, me planteo. La mala noticia es que se entera hasta el Tato. Pero para entonces uno ya es fiambre despelucado y flota frágil por la superficie del mar.

El muerto al hoyo y el vivo a flote, digamos. Que los paquetes de tabaco cambien sus mensajes por:"bucear perjudica seriamente la salud". Revisemos el traje y la bombona de oxígeno antes de hundirnos en el magma del azar y del deseo. Arriba las cosas son menos intensas, sí, pero luminosas y secas. Como un buen trago. Como un sábado eterno.

viernes, 12 de marzo de 2010

Vivan los novios!!!!

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NOS VAMOS DE BODA

Mi querida Big-Bang:


Mañana de resaca, otra fiesta para la saca! Creo que en otra vida fui cabaretera o cupletista. Me ponen música y salta un resorte interior que me obliga a quemar el tacón con la avidez de una fiebre del sábado noche libre de laca. O sea, que soy una perdida, sí, pero ecológica. En un momento dado me tendrán que implantar caderas de platino/titanio, pero la capa de ozono no va a engordar por mi culpa.

Hago moviola y nos veo a la family en plena Plaza Mayor, vestidos de boda costumbrista y rodeados por tipejillos guiris en camiseta de churrero que piensan que somos los extras de una película. Desenfundo la cámara de fotos cual belga advenediza: Venga, ponéos debajo de los testis del caballo para la foto, chicos. "Mamá, por dios, estás haciendo el ridículo, parecemos catetos de viaje cultural por Madrid", me dice la jodía adolescente. No sabe esta listilla que yo, si me pongo, me pongo. En mi haber tengo la típica imagen agarrando la torre Eiffel y otra de gondolieri por Venecia. Y el día que toque poner la gitana y el mantelillo de croché sobre la tele lo haré a lo grande y Almodóvar dejará de mirarme con esa displicencia manchega tan suya.

Artículo 65: el matrimonio es para siempre mientras dure. Artículo 66: el divorcio es fácil, conciso y aséptico. El súbdito de Gallardón destila el Código Civil con el mismo entusiasmo mecánico que las viejas el credo en misa. Vamos, que lo mismo le da mil que mil doscientos. Lleva diez casorios de una tacada y así no hay quien le ponga sentimiento. Escolto a la pareja, en calidad de testigo, y los miro tratar de emocionarse con desesperación, pero no hay tutía. Claro que yo me he propuesto que lloren y se van a cagar, con perdón.

"¿Han preparado alguna lectura?, dice el desmotivado, blandiendo el bastón disuasorio sobre la mesa-altar de mantelillo azul. "Nos ha molao", respondo. ¿Lo hará usted, señora? Ya empezamos. "Señora, su madre. Yo estoy aquí en calidad de testigo y di-vor-cia-da. El estado civil más completo, que implica que has hecho el proceso de la A a la Z. O sea, que seré viejuna, pero señorita, no te jode". Vale, no digo lo último, pero lo doy a entender con tal elocuencia que Flora Davies me hubiera hecho la ola.

Tiendo el texto a mis hermanos, para que hagan la performance. Lo hacen, y en lugar de llorar los novios, me arranco yo, a moco tendido. Cómo puedo ser tan sentimental, mon dieu! El funcionario me mira raro y concluido el rapto literario nos dice que firmemos y a otra cosa.

Desalojar a la familia de la sala cuesta lo suyo, porque nosotros somos muy de tertulia donde nos pille
, y afuera hace tanto frío que la sala rococó con sillas de plexiglás nos parece un refugio ideal. Así lo entienden los cuellicortos de los niños, que toman las sillas al asalto. "O salen, o anulamos este matrimonio", dice por primera ver con sentimiento el funcionario impasible. Obedecemos.

La secuencia que sigue es sabida: Hay que hacer tiempo hasta la cena, hace un grado bajo cero y la solución está en darle a la frasca. Y así, vino va, gin tonic viene, llegamos caldeados y felices al papeo. Que es cuando los míos callan por fin, porque también somos muy fans del "oveja que bala, bocado que pierde", y como buena familia numerosa hemos ensayado frente al plato de croquetas de mi madre toda la vida. Si te ibas al baño, el botín desaparecía. Si hacías un receso para despellejar a alguien, tu croqueta diana era teletransportada por otras manos. Lo de comer en silencio ya lo inventaron los monjes en los refectorios, y no por fe ni recogimiento, sino por puritita voracidad.

La última etapa del tour de amor tiene lugar en "Las mil y una noches". Un local árabe donde se bebe alcohol a saco y una hurí sale a contonear sus caderas en hipnótica danza del vientre. Los hombres del clan babean, miran tetas, miran culo, miran plano general, y ya podría caer una bomba en la sala que ni se enterarían. Desde luego, qué simples son, pensamos las chicas, tiñosas porque la tronka bailarina está muy buena y no tiene adipocitos donde nosotras. Así que cuando pasa a mi lado le hago la zancadilla y se aleja cojeando. Todas me guiñan el ojo: los machos dominantes vuelven a ser nuestros.

Ya de madrugada pido taxi y tiro dentro a las chukis, baldadas de tanto frenesí. Pienso en lo bonito que es el amor con coartada, y con mi último destello de ludidez apunto: "Chivarme al alcalde de que sus chicos casan fatal y rapidillo. Así no hay quien defienda el santo matrimonio".

miércoles, 10 de marzo de 2010

LOS SEIS GRADOS

Mi querida Big-Bang:


¿Existen las casualidades? Desde luego que sí! A diferencia de Paul Auster, prefiero no analizarlas demasiado ni elevarlas a categoría de trama o fatal destino. Son, llegan, te sacuden, se van. Como un buen arroz con bogavante. Hace unos meses vi una película argentina bastante floja en la que la protagonista, una mujer malhumorada, decía odiar a a gente que anda a la caza de casualidades para entablar conversaciones chungas: el mismo horóscopo, la misma aversión a volar, el mismo proctólogo, idénticas manías a la hora del sexo...

Luego está la famosa teoría de los seis grados, un recurso manido y más sofisticado que la ley de Murphy cuando se trata de epatar en una mesa y hacerse la enteradilla (mi caso). En realidad, los únicos grados que me interesan son los de las cuestas cuando me precipito por ellas subida en los patines, con más entusiasmo que vocación o destreza. O los grados de la botella de ron, como la pirata con mechas que pretendo ser.

A seis grados de mi vida está, ya cerca, una boda con expectativas. En mi familia somos muy de bodas, bautizos y comuniones. Todo lo que tenga un rito prefabricado, una mesa con comida y la oportunidad de interrumpir a los demás cuando están hablando nos pone cachondísimos. Interrumpir es un deporte casi tan olímpico como casarse, pero más de mayorías. Los que se casan mañana son dos gladiadores del amor, y el circo entero se dispone a aclamarlos con el pulgar apuntando hacia el cielo.

Entretanto, yo ando por la calle enganchada a Van Morrison, convertida en una brown eyed girl cualquiera que engulle casualidades como el que caza gamusinos. Y conste que iba advertida por partida doble, a saber: Walter Mercado y Susan Miller, mis dos gurús del devenir. Esos que diseñan mi horóscopo para asegurarse de que forzaré la teoría de los seis grados para que todo suceda y siga creyendo en las brujas.

Vale, creo. Dejad de enviarme señales. No pienso resistirme al influjo de los astros, me entrego silente y revenida. Mañana toca boda y pasado dios dirá. Ahora te dejo, que debo preparar una tanda de lugares comunes por si me sientan a una mesa donde cada comensal me ametralle con una ristra de casualidades pret a porter. Mi cuerpo es ya de viernes, mi cansancio, de domingo. Y ahora mismo me liaría con cualquiera que me prometiese un arroz con bogavante o un baile al son de Morrison. Have I told you lately....?

martes, 9 de marzo de 2010

DE REPENTE, UN BESO


Mi querida Big-Bang:



Sueño con que me dan un Oscar y un hombre guapo y dulce me besa detrás de unas cortinas rojas. Después, salimos pero querríamos seguir dentro, así que regresamos al refugio de terciopelo. Fuera esperan los flashes de las cámaras, impacientes. Venga, rubia, sal de ahí ya, que está a punto de sonar la Gaynor y si no mueves tus caderas al son estarás traicionando un pacto de hermanas de alcohol y furia! No, espera un poco, que tengo que seguir besando o el príncipe se transformará en calabaza y mi modelazo de Azzaro en harapos.

Es la maldición de las Cenicientas que, como yo, se disfrazan una noche al mes para darlo todo por las pistas. ¿Te vienes conmigo, en calidad de pareja?, le suplico a A. "Pssss, no sé, a mí esos saraós no me gustan nada, me pongo borde y verde y te dejo mal. Anda, sí, chitina, que habrá gin tonic del que te gusta y sillas para sentarte y poner cara de asco a los advenedizos", la soborno. "Vale".

Mi amiga A. se hace la dura pero es un crack generoso y divino. Para la ocasión se ha puesto un vestido con destellos que le ilumina el pelo de duendecillo loco, y un bolso retro enorme donde le caben las mejores intenciones. Juntas subimos al taxi limusina y juntas brindamos al sol de los focos por lo que vendrá. Salir de fiesta con A. es la garantía de un regreso feliz, la carcajada, la borrachera confidencial. El inicio de una crónica que saborearemos mañana, pasado y al otro.

¿Pero le besaste tú o te besó él primero?, pregunta, la jodía. "Diría que nos buscamos". Ya, pero siempre hay uno que inicia la jugada y otro que remata!. Bueno, guapa, a ver si odiabas el fútbol y ahora me vas a dar una lección de "Carrusel deportivo"... Un beso es un beso. Un tiro desde el centro del campo, con toda la carga de profundidad. ¿Pero con o sin penalty? Y dale!

Big-Bang, hace meses que no beso por luto y por desgana. Dirás que ya era hora de romper la urna de cristal. "Si te descuidas, vuelves a ser virgen y todo, bonita". Cerré el cajón de los besos un día como el que cierra la caja acorazada del banco de España, pero este Oscar a la mejor cortina ha despertado a la fiera. Se acabó el oscuro realismo italiano, llega Hollywood con sus destellos dorados y su frenesí festivalero. Besos a mí. Fugaces y a tornillo, que la vida es corta y la lengua atropellada.

Y a ti, hombre que no existió y que sin embargo fuiste, te mando un beso escondido por si una noche te asalta la inquietante visión del terciopelo rojo...

domingo, 7 de marzo de 2010

A CUATRO MANOS

Mi querida Big-Bang:


Con el paso de los años me he vuelto altamente promiscua. Leo tres libros a la vez y no siento ni media culpa si no termino ninguno, en un coitus interruptus perpetuo. ¡Que se lo curren ellos! Aquí andan a mi alrededor, al retortero, y se me ha ocurrido el ejercicio absurdo de coger una frase de cada y empalmarlas, con el siguiente resultado:

Obligatorio, lo que se dice obligatorio, nada es obligatorio, aparte de las cosas obligatorias. Pero si uno viene a la playa, no se baña y no se pone moreno, ¿Para qué viene a la playa?// Hay que deliberar tres veces antes de actuar; y luego tres días después//Aquella noche fue la primera que Clara pasó con Jose. Yo escribí: "Nuestras mujeres, hasta los huevos, penetrando"//

Mola, ¿eh? Visto el resultado, creo que Tabucchi, los del Yi King y Guillermo Aguirre son altamente compatibles. Deberían sentarse a escribir a varias manos una suerte de cadáver exquisito cocinado a fuego lento y sin mantequilla. La grasa ha hecho tanto mal a la literatura como a mis muslos, y en argentino, ser un grasa es ser un hortera. Esos sí que saben!

Veamos, mi gran preocupación del día es ponerme un modelazo con destellos por la noche, subirme a unos tacones-lanzadera y tratar de maquillarme un ojo igual que el otro, en perfecta simetría. De ahí que ande con los libros, para contrarrestar tanta frivolité, que luego va Mr.Rubidio y me da por saco en la menor. También debería remolonear entre Pinto y Valdemoro, dejar la cama sin hacer y quedarme en pijama hasta las diez post meridiam.

Esta dejadez extrema y El coro de los esclavos con volumen a tutiplén me predisponen a la catarsis, pero también a la desazón y a la diletancia. ¿Cómo conseguir los periódicos sin salir de casa? Hago la lista de posibles voluntarios forzosos y no me sale ni Blas. Nena, o mueves tu cochino culo, que diría My Fair Lady, o tendrás que leer los tres libros sin excusas ni pretextos.

Luego está lo de comer. Porque digo yo que a una hora concreta tendré que alimentarme y lo de la lata de mejillones me parece un desatino demasiado naranja. Podría apretarme la "Electrónica para Clara", pero aunque lo aderece convenientemente con "El tiempo envejece deprisa", sabrá a rayos y tendré la boca seca para la eternidad. Anda que no me habré tragado papelitos en el colegio para que no me los pillaran las monjas, pero esos eran otros tiempos y mi estómago digería como el de Horca, la ballena asesina. Ahora me paso con el vinagre y necesito zamparme un saco de antiácidos.

Decido dejarme llevar, que el domingo se haga fuerte por méritos propios y tragarme alguna serie sesuda, tipo El coche fantástico, para ir abriendo boca. Es lo que tienen los domingos, que la exigencia es nimia y la pereza mayestática. Pies quietos, pasen las horas. Ahí, colgado en una percha, sólo contemplan mi ruina un vestido y sus destellos.

sábado, 6 de marzo de 2010

M-30 O EL ORGASMO

Mi querida Big-Bang:


Camino de mi casa está el follódromo. Un lugar sórdido, que diría mi madre, pegado a la plaza de Toros, donde los solitarios transitan con sus coches, se miran entre vahos y se aparean sin solución de continuidad. Luego arrancan los motores, encienden las luces y aquí no ha pasado nada.

El citado lupanar lleva el gratis total como luz de neón, y tiene espectaculares luces a la M-30. O sea, que uno tiene dos opciones. Orgasmar mirando al tendido 7 o hacerlo con vistas al Tanatorio: Polvo eres y echando un polvo te convertirás. "Quien eligió este lugar para llamar al revolcón exprés sabía lo que se hacía", pienso mientras un taxi me devuelve noche sí, noche también a casa, siempre pasando por delante de este parque temático del sudor y la tiniebla.

Vale, sí, quisiera mirar un poco lo que pasa ahí dentro, pero no hay huevos de decirle al taxista que pare a la derecha apenas un minuto, que me estoy mareando y necesito tomar el aire. Así que me resta imaginar las caras de los que allí se dan cita sin hora. Caras sin cara, porque fijo que no se miran a los ojos. O lo mismo sí. Tocar un cuerpo extraño debe ser excitante y esquivo. Pon las manos en una camiseta verde limón, levántala y palpa lo que hay ahí dentro. Un olor nuevo, raro, una geografía que no has estudiado en los libros porque este lugar en realidad no existe. El que estuvo no lo cuenta; va, toma lo que desea y se marcha sin dejar propina.

Sexo+palanca de cambios clavada en el esternón=contractura matutina. Una de las leyes que Newton no escribió por dejadez o porque no había Simcas 1000 en su época. Un follódromo como es debido debería tener una roulotte desvencijada con colchón included, digo yo. Porque la clientela allí pasa de los cuarenta -leo con avidez en el periódico- y a esas edades uno no está para mucho contorsionismo, aunque sea rapidillo. Eso sí, tiempo ha tenido de perder la vergüenza si la tuvo y acercarse al tipo del coche de al lado para pedirle con todas las palabras lo que viene siendo un rato de gloria efímera, de bastardo acoplamiento.

Me atraen los lugares prohibidos tanto como los temo. Imagino este jardín bosconiano del edén lleno de condones usados y pantalones a medio abrochar/desabrochar y le pido a mi amiga A.que escriba una historia: "anda, así vamos las dos a hacer trabajo de campo y con la excusa vemos qué pasa realmente". Sí hombre, bonita, y no salimos vivas ni secas de esa encrucijada. La curiosidad mató al gato. Ya, pero ¿también a la gata?

Noche de vuelta a casa. ¿Por dónde quiere que la lleve señorita? Coja la calle Alcalá y bordee la plaza de Toros. Pare justo a este lado, será sólo un momento. Claro,que sí, ¿se encuentra bien? Depende... Uf,Casi vamos a dejarlo. Arranque rápido, que ahí fuera se la están jugando...

viernes, 5 de marzo de 2010

SERES CURVOS


Mi querida Big-Bang:


El eje de la tierra de ha desplazado ocho centímetros y el de mi corazón un metro y medio. Lo primero, por efecto de un terremoto. Lo segundo también. Me gusta que me saquen de mi eje, ser móvil y hasta reversible. Me asustan los pilares de hormigón armado, el nonosmoverán, la frase rotunda y el verso concentrado. Un eje móvil es un alarde de flexibilidad, y las rígidas de carácter adoramos que el viento nos vuelva juncos por un día, plegables como mi bicicleta, seres curvos. Caber en distintos maleteros, ser incluidas en los planes familiares, en los planes idílicos y hasta en los planes de pensiones.


Yo nací sin cintura y de ahí mi rigidez. "La complexión atlética es lo que tiene, bonita". Cierto, pero miraba a Audry con esos vestidazos ceñidos de Balenciaga y se me ponían los dientes largos. Yo quería una cintura estrecha, aunque el pack viniera acompañado de unas buenas caderas y celulitis en los muslos. Una mujer sin cintura no puede plegarse a los deseos de nadie, ese es el quid de la cuestión. Una mujer sin cintura discute en un único plano y avanza por él con la seguridad de que no hay vanos que puedan romperlo en dos. Una cintura es una bisagra voluptuosa, un quiebro de debilidad tan grácil que bien vale una misa y hasta arder en el infierno.

Yo quería una cintura para partirme, sí, pero también para bailar la danza de los siete velos. Convengamos que sin talle no hay paraíso, y lo sé porque nada me parece más eterno que una mujer que avanza con una gabardina ceñida apenas y el bolso atravesado. Sin cintura soy más bien la caballería rusticana tomando la ciudad, un monovolumen acelerado que abraza la desestructuración como modelo de supervivencia estética. Yo me deconstruyo, tú te deconstruyes...

Pero descuida, que este trauma lo tengo superado. El eje del mundo, al desplazarse, ha desencadenado un movimiento sísmico tal en mi anatomía que juraría haber amanecido desplazada y curvilínea. Las sacudidas en la escala Richter son así, brutales e inesperadas, y hoy mido a palmos mi contorno y me sobra casi uno. Milagro, milagro!!!, grito por el salón, mientras me dirijo a escoger, por fin, un cinturón que me contenga y me vuelva violoncello, guitarra o violín. Arranca la orquesta, saludo al director, el concierto de mi vida-junco acaba de comenzar. Apaguen sus teléfonos móviles.

jueves, 4 de marzo de 2010

MUGRE Y PONZOÑA

Mi querida Big-Bang:


Algunos resucitan al tercer día y otros morimos a diario. El ciclo de la vida es fotosintético y cruel, como el del ficus benjamina. Arte efímero. Un día te levantas pletórico, saltas de la cama con cuidado de posar el pie derecho en el parquet y tres horas más tarde estás mustio y hecho fosfatina porque alguien ahí fuera te ha metido una transfusión de mugre y ponzoña del carajo.

Clasifico al ser humano en luminoso y contaminante, como clasifico los libros en brillantes, prometedores y tostonazos. Conviene no establecer demasiadas categorías, con la venia de Kant, que para eso ya están los ornitólogos y los nombradores de estrellas. Y además yo con lo mucho me lío. Me pones un test con tres casillas y me lanzo a elegir a propulsión, pero si son diez las meninges entran en shock y emborrono el papel. Suspenso seguro.

Los oscuros transitan por las tinieblas sin antifaz, pero de día disimulan con trench de diseño y perfumes caros. Se las ingenian para dotar de un toque de perversión todo lo que tocan. Dicen una cosa, pero están diciendo otra, y despliegan un laberinto dialéctico como la viuda negra despliega su red venenosa. Si entras, estás perdido.

Pero mira que he ido veces a la droguería a por un antídoto infernal en polvo o en spray y al final siempre regreso con bombillas ecológicas, candados para taquillas imaginarias, aguaplast que tapa agujeros sentimentales y lija de grano gordo para alisar las cicatrices que dejan los malos. "Pues vaya pan que haces con esas hostias", dirás. Pues sí, es lo que tenemos las que vamos a la compra sin lista de la compra, y a los exámenes con chuletas mal escritas. Un sindiós.

Hoy me propongo dar esquinazo a los tóxicos que se asomen por el cristal. Seré sorda, ciega y muda. Puede que hasta bizca. Pienso recibir con taras a los tarados y con vodka a los forajidos que entran en las tabernas pidiendo zarzaparrilla. Os tengo calaos, que lo sepáis, y si me concentro mucho puedo mover jarrones con mi mente o aplastaros el brushing de un soplido, como Supermán. Bye bye, damas y caballeros de las tinieblas, huele a primavera y nadie os ha dado una vela en este entierro luminoso y febril.

miércoles, 3 de marzo de 2010

LAS NORMAS DEL TERROR

Mi querida Big-Bang:


Una vez entré en el pasaje del terror del Parque de Atracciones. En la puerta, un señor vestido de profesional del miedo nos leyó con solemnidad las normas, advirtiendo que habría susto, pero no muerte:"y los actores nunca les tocarán". Cagada de miedo entré con mis amigas, y al poco sentí la zarpa un hombre Lobo de plexiglás muy sobrectuado, que sin embargo me dio un susto de muerte. "Me han tocado, me han tocadooooo", grité. Y el lobo, abandonando su pose licántropa, respondió alto y claro: "Eso siempre lo dicen las más feas".

Aquella humillación marcó mi vida en adelante. Tan a fuego, que ahora dudo de si no habré dejado que me metieran mano en el metro o en el ascensor, por miedo a tener otro momento gusiluz donde mi cara cambia a rojo carmesí sin estadíos intermedios.

Es lo que tenemos las feas pudorosas. Que sí, al natural somos chulitas y desenvueltas, pero nos ponen en evidencia y menguamos como el blandi-blubb por efecto del manoseo.

La primera película que invadió mis sueños de pesadillas fue "Tom Sawyer". Recuerdo que en una secuencia el indio Joe persigue a Tom por una cueva, con el machete en la mano. Noche tras noche sentí la presencia de Joe rondando mi cuerto, y con el paso del tiempo deduje que las historias aparentemente bucólicas tienen siempre recámara oculta. Igual que los cuentos de Andersen son pura dinamita, algo muy de esperar de un tipo que además le daba al erotismo literario.

Ya en mi adolescencia hubo dos hits del terror: "El final de la escalera", una peliculita que no ha pasado a los anales del gran cine, donde un tipo oía la voz ahogada de un niño muerto: "Michael, mi medalla, mi medalla...", y, por supuesto, "El Resplandor". Un trauma en sensarround que me hizo alérgica a las motosierras, a los triciclos y a los pasillos largos y estrechos.

Con tan sólida preparación para el sobresalto salí al mundo un buen día, pero en adelante los sustos me los darían el banco, la vecina poseída por Satán o la prueba del bikini cada mes de junio. El miedo, a fin de cuentas, es un estado mental accesorio, y más si puede atajarse con unas balas de plata o una simple ristra de ajos. Así que esta noche toca akelarre de pelis Disney y, de postre, chute de pelis clasificadas X, que esas sí que no tienen doble lectura.

martes, 2 de marzo de 2010

CON GE O CON JOTA

Mi querida Big-Bang:


Cuando el escapismo entra por tu puerta el amor sale por la ventana. Siempre he preferido el término escapista a escaqueador, es más profesional, tiene más charme y le da al sujeto una pincelada de David Copperfield que pa qué. El universo está lleno de escapistas que corren como la nave de Darth Vader y no paran ni para repostar. A ti se te queda cara de idiota y terminas haciendo sus funciones. Con lo que pasas a la categoría de pringada, un término mucho menos sexy que escapista, convendrás conmigo.

No sé a qué viene esto, me temo que he centrifugado un sueño o se me fue la mano con el jengibre anoche. "Chica, mejor jengibre que ginebra, aunque suene parecido". Cierto. Mejor el mundo de las hierbas y raíces que el del delirium tremens. Las palabras con jota o con ge nunca dejan indiferentes, y los guiris se ponen todos locos. Verbigracia: Gilipollas. Tan contundente, tan recurrente, tan rotunda... Y esa sí que se la aprenden pronto los jodíos.

En casa no se oía un taco, ni siquiera "mierda". "Como digas eso, te voy a lavar la boca con lejía", amenazaba mi madre, y era tan su efecto disuasorio que mis hermanos y yo teníamos "idiota" como la madre de todos los insultos. Aunque a mí siempre me gustó otra que ha caído en desuso: "eres un aborto". Aquello era lo peor, incontestable. Hasta que fui por primera vez a Londres y lo vi convertido en un anuncio en el metro. "Abortion is solution". Aquello no encajaba en nuestras coordenadas educativas, y fue la tecla definitiva que nos hizo cuestionarnos a mi madre.

Luego vendría la abolición del mantra familiar: "en esta casa no quiero vagos". No, vagos no salimos, pero ansiosos e hiperactivos, lo que más. Tú vas de cañas con mis hermanos y antes de terminar la tuya ellos se están poniendo los abrigos para salir. Tú te enrollas conmigo y a las seis de la mañana ya estoy dando por saco con los planes del día. Un defecto de fábrica que me ha condenado a transitar los salones ajenos como un alma en pena, y a leer revistas de moda y decoración a horas intempestivas hasta que mis novios tienen a bien saltar de la cama: "en esta relación no quiero vagos", es mi mantra.

Verás que soy mazo de romántica, sí, pero tengo la ventaja de no practicar el escapismo. Una cosa por otra. Cuando me enamoro, pringo como la que más. Hago planes, amo a destajo y si me llevan el café a la cama monto la gran performance de la felicidad. Además, cuando insulto lo hago en términos RAE, no soy vulgar ni arrabalera.

Y nunca, nunca, te llamaré gilipollas. Aunque suene a gloria...

lunes, 1 de marzo de 2010

LUNES AL SOL

Mi querida Big-Bang:


Mi mundo era un libro sin terminar, una tumbona al sol y un macizo dándome aire con las pestañas. Podía pesar unos 53 kilos, yo, y abierta en canal medía 1.65 si estiraba bien el cuello. Eso y un bloody Mary eran la gloria bendita. Las simples es lo que tenemos, que si la primera del periódico no lo impide transitamos felices por el tranquilo secarral de nuestras vidas.

Mi mundo era mi lorza, a veces a raya, a veces no, y un sinfín de foulares de colores que hacían banderas en el armario, a veces nacionalistas, a veces no. Una puede vivir en su desorden desconcertado sin que nadie le toque las narices, digo yo, y ponerse para estar en casa un Armani mal planchado o ir en bragas, que también.

El frágil equilibrio de mi mundo lo rompe un tropezón con mis tacones o el pirado del vecino cienciólogo, que me echa los trastos con tufillo a secta y petardeo. Pero bien, un lunes no es lunes sin un desencuentro a tiempo, justo después del primer café y antes del quinto. ¿Le compro el libro ése y quedo en paz con Tom Cruise o le pego una patada en la espinilla y pongo pies en polvorosa?

Arde Chile, y aquí estrenamos sol con la venia del cielo y un pan con aceite y tomate. El mundo no se acaba con un terremoto, con una alerta de ultramar, con inundaciones por doquier. "Es el apocalipsis", musita Mr. Rubidio, que es de sentencia breve y concentrada. El fin de los días, la hecatombe, pero aquí, en el autobús, las vecinas suspiran por una playa, un libro y un macizo.

Welcome, lunes. Hazte fuerte por las calles y regala papeletas de la suerte!. Una semana por delante, siete días impíos y las galletas chinas con presagios por abrir. Hoy es playa y abanico. Mañana, dios dirá.