miércoles, 31 de marzo de 2010

SEDUCCIÓN O MENTIRA

Mi querida Big-Bang:


Me escribe un escritor de culto para una cita a ciegas. Le digo, "no tan a ciegas, que te he leído y me sé todos tus trucos". Responde: "también yo a ti y prefiero adivinar en vivo cuánto mientes". Ya estamos con el poder seductor de la mentira. Le respondo: "Me temo que soy demasiado explícita, y al relato, como sabes bien, lo alimentan las sombras".

Coquetear por carta es un divertimento cómodo y limpio. Anda que no hay literatura basada en la correspondencia calentorra, el sí es no es, el amago juguetón y el suspiro que no se oye. Las palabras no son inocentes, desde luego, y las imágenes que proyectan podrían volver loco al destinatario, presa del poder seductor del Cyrano de turno.

Una amiga era un crack ligando por mail: "sé lo que tengo que decir para que me pidan una cita de inmediato". Ya, bonita, ¿y a la cita llegas con la lira, como la poetisa del amor?. Ahí se calla, la jodía. Porque en el cuerpo a cuerpo no cuenta con la defensa de un puñado de palabras en rima asonante. Allí la pobre se trastabilla, pierde los papeles, tira compulsivamente de las mangas y le sale un tic en el párpado. Su cita, por lo general, interpreta que es una rarita y apura el café o la caña para salir pitando con alguna excusa vana, del tipo: "olvidé poner la comida a mi iguana". ¿Eres más tú cuando escribes o cuando te da el tic? le pregunto. "Uff, no sé quién soy, pero sí con quién querría salir a cenar de las dos".

El escritor es mentiroso, pues. Urdir una trama requiere de una mente hábil y retorcida. La mentira ha estado casi siempre mal vista, pero es un arte que habría que reivindicar. Y no hablo sólo de la mentira piadosa; también de la mentira funcional, la que ahorra una vericueto de explicaciones; o de la mentira estética, esa que convierte un relato frágil en un poema vibrante. Mentir es interpretar y a algunos les dan un Oscar por hacerlo. Mintamos pues, con la condición de que la mentira sea bella y decorada como la escayola de las mezquitas.

Dicho ésto, le escribo a mi escritor una sarta de trolas que ríete de las de Clinton en el affaire Lewinsky. "Te advierto, añado en la postdata, que hecho el texto, hecha la trampa". Responde un "mejor así, me dispongo a adivinarte". Y con las mismas me devuelve unas líneas que me golpean, que me atrapan, que me dejan muda y con ganas de cruzar el océano a nado. Seducción o muerte, es la consigna. Y ando escogiendo palabras en el museo del amor cortés para mandarlas cabalgando al caballero, que me enviará un ramo de ellas atadas con un lazo bien en prosa, bien en verso, de vuelta.