viernes, 30 de abril de 2010

PERDEDORES

Mi querida Big-Bang:



En casa todos éramos de Atlético de Madrid. Todos, menos uno, mi hermano pequeño, que a temprana edad tuvo un ataque de lucidez oportunista, se pasó a caballo ganador merengue y fue etiquetado ipso facto de "traidor". La vitola de perdedor es un traje a medida para los rojiblancos tan bien cortado que, el día que ganan, como ayer, deben sentirse como cuando la fea del barrio es coronada miss España y pasa la ceremonia de su victoria temerosa de que el cielo se abra y una mano negra le arranque su cetro y su banda de raso, dejándola en bragüelas y suti marrón clarito de lycra.

Es lo que tiene la falta de expectativas. Una desazón permanente cuando cambian las tornas.
Un frenesí, un tirón muscular. El picor eterno, la duda.

Pero, bien mirado, ser perdedor de libro tiene sus ventajas. Nadie te va a llamar para pedirte una cita incómoda, jamás te envidiarán y, sin embargo, te mirarán con conmiseración como se mira a un cachorrillo que cae en la guarida de los lobos. El perdedor era ese tipo que en la facultad no se comía un rosco pero al que las chicas le abríamos nuestro corazón. Un ser asexuado, inofensivo y secretamente atormentado. Pero el único que atesoraba una información íntima de todas y a veces la vendía al por mayor a los machos populares. Luego, de mayor, se convertiría en Pagafantas y se forraría en la Bolsa gracias a tanta confidencia despreocupada.

Si eres perdedor y listo estás en ventajosa posición de salida. Como personaje literario y cinematográfico, no tienes precio, y siempre musitarás entre dientes aquello de "quien ríe el último". Te has tomado tu tiempo en observar desde los boxes las debilidades de los Fórmula-1 de la vida, y ensayas frente al espejo los gestos del triunfo, de tanto contemplarlos en rostro ajeno. Eres un Mr Ripley profesional. Sí, sabes que la cosa no va de cómo empieza, sino de cómo termina. Y puede terminar dándose un chapuzón de gloria en calzoncillos en la fuente de Neptuno.

Me gustan los perdedores que no se revienen. Los que no atesoran rencor. Los que no se rinden ni se enquistan. Aquellos que son capaces de saborear un instante de gloria sin ensombrecerse por lo tarde que llegará el siguiente. Me gusta la afición del Atleti, o al menos la que tengo en casa. Tan entusiasta, tan entregada, tan risueña...Tan convencida de que la vida son tres traspiés y una escalera al cielo. Mal apuntalada, eso sí.

jueves, 29 de abril de 2010

DIVINA DEBILIDAD

Mi querida Big-Bang:


¿A ti también te desquicia pisar descalza migas en la cocina, mojarte una sola mano, llevar un botón de la chaqueta colgando de un hilo, ponerte los calcetines desparejados o aguantar los ensayos de flauta del vecinito cada sábado a la hora de la siesta? Me temo que la lista de lo que me solivianta crece y se expande como el agujero de ozono, y si me diagnosticas una docena de fobias al menos tendré una coartada cuando me chisten con la boca en onomatopéyica amonestación y se me alteren los jugos gástricos.

Lo mío con las onomatopeyas merece un aparte. Las detesto casi tanto como a las coletillas del tipo "como digo yo" o "¿vale?". Odio el verbo "descambiar" y extinguiría del planeta a todos los que arrancan la frase con un "contra más", exceptuando a mi Jesús Calleja, que entra en la categoría de "debilidades" y le perdono hasta el tinte amarillo canario viudo. También me alteran los seres esdrújulos, y los subjuntivos enrevesados con traje y corbata.

Por seguir abriéndote mi corazón, me producen cierta taquicardia los lentos, ya sabes, y no puedo sino rematar sus frases aprovechando el momento en que paran para respirar. Los codos abiertos en la mesa, los pelos de perro en ropa ajena, los vasos opacos por la erosión del lavavajillas y el pescado congelado.

Antes de que Mr Rubidio proceda a mi linchamiento amparándose en el anonimato, procedo a la autocrítica para autoescarnio y como cura de humildad. Detesto mi propensión a la brusquedad y al juicio exprés. Tus recetas contra la furia y el ardor no han surtido efecto, me temo, y tampoco las enzimas devoradoras del orgullo y la indomabilidad. Hace unos días hice un curso sobre las pasiones y comprobé que con la nutrida lista de las que me devoran podría escribir un tomazo tipo "Guerra y Paz". La buena noticia es que ya no me confieso, porque de lo contrario el cura se estaría frotando las manos ante mi presencia arrodillada y silente.


¿Lo estoy haciendo bien? Dime que sí, anda, que aunque otro gran defecto sea encajar peor las lóas que las críticas, también necesito que alguien, incluso tú, me pase la manita por el lomo un jueves cualquiera, tipo hoy. Y me hable bajito. Sin onomatopeyas ni palíndromos mal traídos.

miércoles, 28 de abril de 2010

KIT DE EMERGENCIA

Mi querida Big-Bang:


Considero que en el fondo de armario de toda moderna debería haber una reivindicación absurda, una salida del tiesto o del armario, un detonador de bolsillo, un rouge epatante y un billete hacia el olvido. Estoy harta de esos reportajes de famosa que vuelca su bolsaco de Chanel para enseñar lo que lleva dentro. Y de que lo más transgresor sea el chupete del niño, una barrita light de espinacas o una caja de condones en una funda discreta (la funda de la funda, mira tú).

A mí me parece que guardar la obviedad es vulgar y muy siglo XX. Ocultar es trendy. Abrir la cremallera y que salgan de ahí dentro, por ejemplo, los planos del asalto vía butrón al banco de la esquina de tu barrio te confiere un barniz mucho más acorde con las exigencias de los tiempos. Sorprende y vencerás.

Retrocedamos. Yo solía ser explícita y nada misteriosa. Hasta que descubrí que las que se lo llevaban crudo eran esas del mohín levemente alterado, la mirada insinuante, el escote a media asta y las frases sin rematar. Claro, si uno se mueve en el vasto territorio de la ambigüedad, las posibilidades de encajar en los presupuestos de los otros son mayores. Pura matemática. Es como jugar 200 apuestas a la Bono Loto en lugar de las dos que me juego cada jueves, con alborozada fe y ningún resultado.

Ocultar funciona para la seducción, el coqueteo, el mus y para la playa. ¿Cuántas caras reguleras yacen bajo un golpe de melenaza bien cuidada? Y sí, antes de que se me echen las hienas encima reconoceré que hay algo de envidia tiñosa en mi desdén hacia las enguapecidas con pelazo Pantene. Nunca podré competir con vosotras, chitinas. Tendré que cultivar el misterio en mis tacones, mis teorías personales sobre la extinción del macho alfa o esa cadencia sexy al caminar que consiste en pisar sólo las balsosas desportilladas de Madrid, lo que me obliga a interesantes contorsiones sobre mis zapatos.

Propongo ocultar las incertidumbres, el regaliz rojo que te zampas en la oscuridad del cine, la presbicia y el desdoro, el casco de la bici, la burla y el desdén. La talla de más que pillaste en vacaciones, el plan B. Guardemos una dosis de veneno y la botella de gin, por si las moscas. Y esa levedad que otorga un bolso lleno de planes que no pesan, de expectativas volanderas, de gloria bendita y risas a granel. Ocultar es vivir, diría yo.

martes, 27 de abril de 2010

LADRONES DE IDEAS

Mi querida Big-Bang:



Es duro ser mediocre. Más aún apropiarte de una idea ajena y hacerla pasar como propia ante las cámaras y micrófonos. No sé cómo hacerlo para que mi amiga no se enfade, pero es justamente lo que le ha pasado y, como ha decidido no plantar batalla a la mediocre, me pongo yo la cota de malla y la lanza y a ver cómo se nos da.

Veamos, mi amiga imaginó una historia y nos dio la turra a sus fieles dos o tres años atrás. Como buena creadora tiene ese punto de obsesión compulsiva, pero se ha asegurado de topar con otras desequilibradas que no podemos decirle ni mu, so pena de que deje de prestarnos su cálido hombro y su palabra. Un día nos contaba un arranque de historia, otro una anécdota tronchante, al tercero se iba en plan Petra Delicado a investigar las raíces del asunto a un centro en la conchinchina, y así.

Su historia se iba haciendo grande, sus personajes adquirían perfiles, dejes y hasta un tinte del pelo concreto, y terminamos incorporándolas a nuestra vida. No comprábamos entrada de cine para ellas de milagro. Como cuando eres pequeña y haces hueco a tus muñecas en el comedor, aunque tu abuela se quede escorada en la esquina y con la pata de la mesa entre las piernas.

Un día mi amiga incorporó a su proyecto a otra persona, que lo llevaría al mundo de las imágenes. Trabajaron juntas, a veces revueltas. Mi amiga veía en la otra ramalazos de inconsistencia que no le gustaban, discutían, se amigaban, se miraban mutuamente de reojo...Al fin terminaron la obra y se dijeron bye bye.

Hace unos días el proyecto salió a la luz. A mi amiga ni la avisaron. No, ella no está orgullosa del resultado final, de modo que prefería no estar ahí. Pero el caso es que nadie la avisó. La otra recibió los aplausos. Y tuvo la desfachatez de hablar en primera persona ante la prensa, abrogándose el trabajo de las dos como propio. Yo-yo-yo (así la llamaremos en adelante) "había investigado duramente el tema", la jodía mentirosa. Y mi amiga no existía. Es como si a Mary Shelley le birlara la maternidad de Frankenstein el que le ha ayudado a enroscar las tuercas del bicho, un suponer.

Ser mediocre es chungo. Si lo eres, lo mejor que puedes hacer es reconocer la brillantez ajena. Juntarte con seres excepcionales implica entregar las armas y los disfraces, ser generoso y, sobre todo, no mentir. Mi amiga pinta historias como el que fríe patatas, con esa levedad silenciosa de los grandes. Ella imaginó esos personajes. Les puso ropa, los alimentó con mimo y permitió que le invadieran el sueño muchas noches. La mediocre se los ha follado, con perdón, y ahora quiere un pedazo que gloria que no le corresponde.


Espero que la gloria se te indigeste, chunga. Y, respecto a mi amiga, hace tiempo que imagina otras historias. Pero es de cicatrices prontas y ahora, gracias a yoyoyo, tiene una más por ahí dentro. Entre el esternón y el ombligo.

lunes, 26 de abril de 2010

DE LOCA A LOCA

Mi querida Big-Bang:


Me gusta cuando callas, porque estás como ausente...Sí, el trato era que yo te contaba las miserias de mi alcantarilla y tú me orientabas levemente, mientras me hacías un envío de pastillacas de colorines. Pero como un viejo matrimonio hemos empezado a tomarnos confianzas y ahora yo te hurto mis verdades y tú a mí la química. Moraleja: tú estás aburrida y yo desquiciada.

Vale, sí, la relación terapeuta-paciente pasa por etapas. El flechazo -morbazo- que es cuando yo te contaba unas trolas del siete para alarmarte y ser tu clienta favorita y tú me enviabas los paquetes envueltos en plata con lazo a conjunto ya pasó. Lo nuestro fue como un concubinato, pero sin sexo. Claro que de mi vida sexual lo sabes todo, y eso te confiere un poder que ríete del teléfono rojo en la guerra fría. Cualquier día me encuentro mi biografía no autorizada en las redes sociales y entonces vete despidiendo del diván y de tus seres queridos, chati.

Veamos, si yo loca, tú más. ¿O me vas a decir que de tanto escuchar truculencias no se te pega nada? Seguro que cada vez que terminas una sesión corres a mojarte la cara bajo el grifo, temblorosa, y hasta te santiguas. Me pregunto si tienes una vida propia, y cómo es él, y a qué dedica el tiempo libre. Y luego todo eso de en qué lugar se enamoró de ti. Aunque, claro, enamorarse de una psicoterapeuta con ínfulas no debe ser fácil. Imagino cómo los escrutarás, a los pobres, y que cada polvo debe ser un diagnóstico. Como una mantis del cerebro que te atrapa por el sexo. Puajjjj.

Y ahora a lo que vamos. No entiendo tu nota: "En breve terminará nuestra terapia. La veo muy suelta, desobediente y extralimitada. Entiendo que si no va a hacer caso a mis indicaciones, nuestra relación no tiene sentido". A ver, chunguita, que la que paga soy yo. ¿Qué es eso de "nuestra relación"? Puedo perdonar que me dejen, pero no que lo hagan con una prosa tan chusquera. Sólo te ha faltado añadir en el sobre lo de "corre, corre, cartero...". Aquí la que rompe soy yo, y con verbo florido, pardiez.

Bueno, tómate el lunes de reflexión. Tenemos que hablar. En esta pareja ha fallado la comunicación (teniendo en cuenta que yo escribo y tú pasas, era de esperar). Ahora mismo te mando un cheque en blanco y un billete para el volcán islandés, que ha quedado muy mono, tan renegrido. Ya verás qué felices vamos a ser, chitina. Pero háblame, por dios, o no respondo de mis actos!.

Con amor.

domingo, 25 de abril de 2010

TIEMPOS MUERTOS

Mi querida Big-Bang:


¿Has pensado en la cantidad de tiempos muertos que no reciben un responso? El tiempo debe ser enterrado como dios manda, digo yo. Es lo único cierto, o casi. Y nos pasamos la vida comiéndole terreno, vapuleándolo, haciéndole cortes de manga. Sin ignorar que es un bien escaso, como el petróleo, como el azafrán. Sin darle la dignidad, el tratamiento mayestático ni el valor de mercado que merece.

Perder el tiempo debería ser un delito tan grave como robarle a una niña su Barbie patinadora
, mear bajo el balcón de un convento de monjas o llevar colgantes con el oso de Tous. Mucho más grave, diría.

Uno pierde el tiempo ordenando la estantería de los CDs, saliendo con el hombre equivocado o comprándose una falda con volantes cuando odia los faraláes y cualquier manifestación que le recuerde a la feria sevillana. No por nada, por exclusión del folclor en su mapa genético, verás.

Razonar con un niño de tres años suele ser un dispendio, y confiar en el candidato un absurdo desmán. También leer un libro que no te conmueve en la página 70. Llamar a la puerta del vecino crápula para pedirle el salero es una pérdida de tiempo. Porque el crápula duerme a esas horas y porque no recuerda dónde puso la sal. Ni la cabeza.

"El tiempo, el implacable, el que pasó..." cantaba aquel en aquellos conciertos bajo la luna que frecuentábamos cuando el paso de las horas era gratis y la despreocupación un mantra de serie. Porque eso sí, a los trovadores la cosa del tiempo les da para extensos repertorios. Casi tantos como el desamor.

Hay un tiempo para escuchar a tu madre al otro lado del teléfono; otro para elegir la crema milagrosa; un tercero para bloquear el mando de la tele en un canal. O apagar el stop. Un tiempo para decidir si insultas o desdeñas, si te vas sola a la cama o amaneces con un extraño conocido, si dices sí a una oferta envenenada de trabajo, si le das otra oportunidad a unos zapatos imposibles, si te pones el casco y sales a invadir las aceras con tu bici y una metralleta.


Tanta reflexión sólo puede llevarme a adoptar una medida drástica. Hoy pienso concentrarme en el paso de cada segundo en mi cabeza. Dividiré mi tiempo en bloques de alto rendimiento. Evitaré las frases hechas, las regañinas de relleno, la sección deportes del periódico y la crema reafirmante. Apagaré el móvil, convocaré a las Chukis para explicarles el plan y estiraré un día sin excusas, rituales de pega ni lugares comunes.


Eso sí, muy mal se nos tiene que dar para que perdonemos la siesta y la paella del domingo. Las buenas costumbres están exentas de la tasa de rendimiento absoluto. Es lo que tiene inventarse las leyes, ¿no?

sábado, 24 de abril de 2010

FALSAS APARIENCIAS

Mi querida Big-Bang:


Admite que tú también eres una mujer inquieta, exacerbable y un punto histriónica. Admite que de cuando en cuando participas en conversaciones en las que no tienes nada que aportar, por el simple gusto de escuchar sandeces ajenas y clasificarlas en tu álbum de sandeces. Admite que una vez te caíste de bruces delante de las botas de un policía nacional macizo, y pegaste tal brinco para recuperar tu dignidad que el poli aún piensa que fue un suceso paranormal. Admite, en suma, que tus imperfecciones aumentan tus encantos, o te sumen en la miseria, depende del día y de los astros, y que en cualquier momento va a pasar algo que te desordene el puzzle para siempre. Y que eso mola. O igual no.

Admitir las lacras propias no es mi deporte favorito, verás. "¿Tú debes ser poco autocrítica, no? me soltó el otro día una chunga de cierta edad, borracha como una cuba, en un auditorio plural que me miró escrutante. "Y tú debes ser muy zorra, además de senil, verdad?", hubiera respondido de haber estado a su altura etílica. La cosa es que desde ese día me he vuelto humilde, como si me hubiera caído del caballo, y estoy por admitir que yo maté a Manolete o provoqué el crack del 29, si es menester.

Admite que somos lo que no decimos, lo que nos corroe por dentro, lo que imaginamos que querríamos ser. O sea, yo soy un poco Kate Moss y un poco Lorry Moore. Un poco Madame Curie -heroína de mi infancia- y un poco Mina. Claro que lo disimulo con un arte que más parezco Lina Morgan o Raffaela Carrá, según el día.

Admitamos que si hay un charco meteremos el pie dentro, que nos gustan los hombres de nariz prominente y cerebro ad hoc, que odiamos la lycra y los acrílicos en general, que no hemos quitado el gotelé por pereza y desasosiego, que la película de culto "El Gatopardo" es un coñazo, con perdón, que ir sin medias en invierno es tan cool como absurdo, que el mundo sin mechas sería una aberración estética, que el Réquiem de Mozart es mejor que el mejor concierto de rock, que una vez traicionamos a un amigo sin saberlo y que en casa llevamos leggings color panza de burro y comemos las palomitas a puñados, llenándonos la boca y el escote.

Tanta confesión de abruma. Si eso, sigue tú, que yo estoy muy liada en mi jornada de autocrítica. Hoy toca orear las vísceras como oreamos las sábanas, al sol y a golpes.

Confiesa que no me escuchas ni un poquito y que me estás sacando la pasta mientras con el otro ojo ves Sálvame de luxe. So chunga.

viernes, 23 de abril de 2010

¿TÚ TAMBIÉN, BRUTO?

Mi querida Big-Bang:


Una de las mayores desgracias que te pueden pasar en esta vida es que presentes tu primer libro el día de un Madrid-Barcelona en Madrid o en Barcelona. Pues esa temeridad se dispone a hacer mi amiga M., y ayer se atrevió a confesárnoslo a sus ¿amigas? mientras comíamos. El cebo era demasiado apetitoso como para poner nuestra lealtad por delante y nos lanzamos a por ella como pirañas en un bidé:

-¿Quieres decir que estaréis sólo tú y fulanito, ese escritor que se te quiere beneficiar desde el Paleolítico? Se estará frotando las manos por semejante conjunción astral!
-Bueno, también acudirá seguro ese otro escritor longevo y voluptuoso que te escribe en verso florido guarrerías propias de El Cantar de los Cantares...
-Chica, llama a Mónica Randall, que es moderna y actual y siempre le dará empaque al evento! Su resurrección te garantiza un titular...
-...O a Teresa Gimpera y tendrás a la gauche divine !!!

La pobre M. no daba crédito. Sus ¿amigas? se pasaron la ensalada y las albóndigas despachándose a gusto y rivalizando con quién decía la gracieta más cachonda mientras ella apenas probaba su trucha, tiesa y patidifusa en el fondo del plato. La confianza da asco. Sí señor. Y si no, que se lo digan a mi ¿amiga? O., que nos confesó sin tapujos:

-"Por cierto, cuando fuimos a entrevistar a fulanita nos dijeron que nosotras sí que habíamos hecho un buen trabajo. No como vosotras -a L y a mí- Yo hice como que no os conocía: "Ah, no sé cómo trabajarán ellas, lo ignoro, la verdad". La muy traidora nos negó, como Pedro a Jesucristo, tres veces. Y aún tuvo la desfachatez de contárnoslo sin media vergüenza, mientras se llenaba la boca con una albóndiga tan grande que me dieron ganas de meterle dos más a ver qué tal diversificaba esfuerzos.

Claro que de ahí no iba a irse nadie de rositas. Estábamos en racha, los cuchillos afilados y en nombre de una amistad a prueba de holocaustos, las balas iban y venían delante de M.S.J, la más bondadosa del grupo, que no daba crédito al espectáculo de circo romano que habíamos montado sin despeinarnos.

-¿Cuando vosotras lloráis, cómo reaccionan vuestras parejas. Porque el mío no empatiza en absoluto y se pira para no verme".
-Qué capullo!
-"Yo si lloro le contagio, porque lo pasamos tan mal hace cuatro años que se hos ha quedado algo enganchado y, como el perro de Paulov, llora uno y lloramos los dos. Imagínate el numerito en el cine!
-Qué pusilánime, no?
-Lo mío es más triste, que no tengo con quién llorar, así que lo hago rapidito y en silencio...
-Qué pringada!

Tras el fuego cruzado llegaron los postres y nos hermanamos con unas manzanas asadas, exhaustas y muertas de risa. Es lo que tienen las catarsis en confianza. Que o te matas para la eternidad o sales envuelto en un aurea de exaltación de la amistad que te permite sobrevivir a las heridas de real life.

M., por cierto, quiere que le presentemos su libro en Madrid. Si está de dios y toca fútbol allí estaremos todas, animándola y queriéndola. Pero yo que ella supervisaría nuestro guión. Avisada queda!

jueves, 22 de abril de 2010

GENTE TOFU

Mi querida Big-Bang:


Los senderos de la razón son irracionales. Este es mi primer pensamiento del día, para que veas que voy entrando en vereda. Nada como apuntarte a un curso con gente hierbas para que te dé por los aforismos, greguerías y chascarrillos de dudosa intelectualidad. Eso sí, el ser hierbas, justo antes de epatarte con una frase, respira despacito y contrae el diafragma. Esa es la señal de aviso. Si en ese momento no le metes una raíz gigante de gengibre en la boca, échate a temblar.

Después de contactar con muchos en sucesivos avistamientos cuasimarcianos, he llegado a la conclusión de que es el tofu. Esa consistencia de flan Dhul en blanco mantecoso que hacen pasar por pollo no puede ser bueno. Fijo que ablanda las meninges y hace del hierbas un blando por fuera y un inconsistente por dentro. Si además lo aderezan con gusanos, entran en una digestión tan pesada que ríete de las de Felipe II. Para desahogar tanta sustancia tóxica de su organismo, expelen una teoría endeble y se quedan tan anchos, en estado de atontamiento/levitación.

Luego está lo del ayuno, porque el hierbas tiene a gala depurar su cuerpo de cuando en cuando. Es lo que vengo llamando "la desestercolización". Tanto tofu y tanto gengibre por algún sitio tienen que salir. De ahí que estos individuos suelan estar semidelgados y aparenten carencia de vigor físico. Y mental, insisto. Cuando un hierbas divaga mirando al infinito no es Kung Fu con Pequeño Saltamontes, sino un tipo hambriento tras una pesada evacuación. Exhausto. En una especie de embriaguez de judías que produce en su organismo la necesidad de teorizar y convertirte para su causa. Es en estos momentos místicos cuando suelo enjaretarme un filete de buey en sus narices.

Pero la esencia del hierbas se manifiesta en la cama. Porque el hombre tofu no se contenta con un revolcón. De hecho, no se revuelca. Practica el tantrismo. Lo que puede definirse como "deja pasar las horas con cara de trance mientras por ahí abajo no sucede nada". Si hay orgasmo, no ha sido suficientemente bien documentado. Y, francamente, me parece un rollazo estar contorsionado encima de un ser que huele a tofu y a genjibre, con la de cosas que una tiene que hacer en esta vida.

Dicho lo cual, abandono la postura del loto y vuelvo a ser la material girl de cada día. Tan chisposa por efecto de la carne y la patata frita. Tan elocuente gracias a la ausencia de col y lechuga. Tan volcánica por los huevos fritos con chorizo. Pero, al mismo tiempo, tan espiritual por mis manolos y mi nuevo modelazo by Pucci...

miércoles, 21 de abril de 2010

DESDE RUSIA SIN AMOR

Mi querida Big-Bang;



La rusa era una mujer de naturaleza displicente y pelos como escarpias teñidos de un rojo que remataba en amarillo desvaído. Pelín contrahecha, no se quitó una americana de pana marrón clarito que sólo podía pertenecer a la momia de Lenin o a la fashion victim más victim del planeta. Las medias, negras, los zapatos, de tacón grueso y media altura. "Soy la directora de...". Como se trataba de una revista de moda, taché la opción B de mis pesquisas y me presenté yo como "Deputy editor of...". Ahhh!, respondió, sobrevolando mi anatomía de norte a sur con descaro ruso, y acto seguido se dio la vuelta.

Así arrancó un viaje en inglés con chinos, suizos, alemanes, italianos y la rusa. Ella siempre distante, siempre elevada por las cúpulas, siempre con sus referentes de alta cultura. Cuando uno da con una tipa así, tiene la sensación de llevar los cordones desatados, el tono de rouge equivocado y el verbo imperfecto. Oh, my good! Really? y Do you know what I mean? son mis tres frases de cabecera en esas lides. Un relleno que no falla y te permite no meter demasiado la pata en sociedad. Incluso en la rusa.

Pero, ¿qué pasa cuando alguien que a priori te menosprecia no se separa de ti un minuto? A: ¿Habré ligado? B.¿Querrá mangarme el bolso? C.¿El KGB ha sido reconstruido y soy sospechosa de consumismo compulsivo?

Tras chuparme una visita de alta cultura con la chunga, logré darle esquinazo y proseguir mis ínfulas culturetas en uno de mis templos favoritos: un outlet italiano de zapatos para morirse. Tú llegas, echas un 360 grados y te invade un frenesí tal que ríete de la cúpula del Duomo y otras maravilas que acabas de frecuentar. Cual cenicienta desatada yo me probaba uno tras otro, con un ardor guerrero tal que la dependienta vino en mi auxilio para recogerme todos los pares que iba apartando: Diez cm de tacón, 12 cm, 15 cm!!! Mamma mía, esto lo debe prohibir la sociedad de los columnistas vertebrales.


Con el botín en mis manos y la VISA tiritando abandoné el lugar y volví al hotel a maquearme. Iba a estrenar mis andamios. Los más escandalosos. Me eché un trago de vodka y enfilé el lobby para darme de bruces con la rusa. Dispuesta a regresar a nuestra entretenida charla sobre la evanescencia del arte moderno, el poder oculto de Miguel Angel y otras naderías. Embriagada de mi poderío de tafilete me sentía capaz de eso y mucho más. En inglés o en checo, si procedía.


Pero la rusa no estaba por la labor porque se había quedado clavada en mis pies. Oh my good!, exclamó. Y yo arranqué la típica frase de excusa: "Sí, son demasiado altos, pero en realidad han sido tan baratos que no pude evitarlo...lo mismo los devuelvo, mein rusa..". Son taaaaannnnn sexys!", remató la peliteñida. Para pasarse el resto de la noche alabando mi mercancía nueva, con tal deseo que sólo le faltó quitármelos y beberse el champán dentro.

Sí, ella era una eminencia del Renacimiento, pero yo tenía esos zapatos. Y una cosa más.

-¿Llevas mucho tiempo como the beauty editor?, preguntó con renacido interés.
-En realidad no, soy más bien deputy...
-ahhhh, Ya decía yo que no eras (tan) idiota. ¿Me darás la dirección de la tienda?
-Uff, me temo que he perdido la tarjeta... So sorryyyyy y recuerdos a Putin, hija de Putin.

martes, 20 de abril de 2010

ADOLESCENCIA CHUNGA

Mi querida Big-Bang:


Me llamo X y una vez robé un paquete de galletas rellenas de cereza en un supermercado. Ya está, ya lo he dicho. Las circunstancias: Yo atravesaba una adolescencia turbulenta ma non troppo y mis amigos de la panda de la urbanización afanaban para hacerse los chulitos, así que al fin me dejé llevar. Por supuesto, me pillaron. Tenía tal cara de delincuente cuando metí el paquete color plata debajo de mi camiseta de algodón verde que más parecía a Jack el Destripador con un despojo humano que una niñata con coletas ocultando unas migas. Pasé tal vergüenza que decidí que en adelante fingiría los delitos, para conseguir el doblete de ser aceptada por el grupo y no terminar en chirona.

Ser adolescente era una enfermedad que había que pasar, como la escarlatina en tiempos de Louise May Acott (Mujercitas?). Y el trago llevaba incluido todo tipo de peligrosos rituales iniciáticos, a saber: fumar (qué asco, casi me asfixio la primera vez), besar con lengua (eso lo postpuse gustosa), maquillarse a escondidas (mi madre era Ojo de Águila, así que "no way"), oler a choto (mi padre, el hombre, llegó un día a casa con un bote de desodorante de una fragancia floral tan insoportable, que me convertí en la reina de la ducha), bailar lento en las fiestas con el mayor número posible de chicos (prueba superada, con mis sabidos problemas de coordinación), amar y odiar con idéntica vehemencia a tus amigas, por turnos. Y, por supuesto, mentir.


La mentira era y es el equipamiento de serie en la adolescencia. Un arma de destrucción masiva que termina autodestruyendo al trolero, pero eso a los catorce no lo sabes. Inventas, fabulas, construyes y destruyes para que te quieran, y los que te quieren de verdad terminan por no soportarte. Es una de las paradojas de la vida, supongo.

Recuerdo una trola coral que metimos una noche a nuestros padres, de esas trolas de manual: "Hoy dormimos todos en casa de nosequién". "¿Están sus padres?" Claaaaaaaro. Pero Ojo de Águila y su ayudante, Sherlock Holmes (o sea, mis padres) no picaron ese anzuelo y mi hermana y yo juramos en ocho idiomas, indignadas por los puntos que íbamos a perder en el grupo.

Al día siguiente supimos que aquello había sido una versión vainilla de Sodoma y Gomorra y que la mitad de nuestra panda estaba en prisión doméstica sin fianza. Algo nos compensó, pero no demasiado. En la mafia no está bien visto el que se va de rositas. Y un pandilla de adolescentes es la mafia. Si todos disparan a los pringados, tú no puedes ser menos.

Luego vendrían los granos en la cara, los castigos frente a un cuaderno lleno de ecuaciones, las cartas de amor naif que guardé y leo de cuando en cuando. La sensación de odiar al mundo y todas sus manifestaciones de autoridad. El deseo de tener una sudadera verde menta, como todas. El deseo de estrenar unos tacones (y que tu madre te regale unos de monja, la jodía). Las broncas por llegar tarde a casa, los primeros deslices carnales, la culpa. La culpa.

Ser adolescente era, y es, descubrir el peso de la culpa. Convivir con una mosca cojonera que no aprendías a gestionar. Entrar en el bucle de mentira-culpa-mentira sin solución de continuidad. Irte de casa dando un portazo. Ser castigada cientos de veces. La virulencia y el desasosiego permanentes. Hasta que un día, sin saber muy bien porqué, la tormenta perfecta se había calmado y tUs hormonas te daban tregua. Bye bye, amigos chorizos. El beso con lengua te lo va a dar tu madre, majete, y eso de que todas se dejan meter mano menos yo no se lo cree nadie. Yo soy yo con mi desodorante floral incluido. Lo mismo vuelvo a suspender las matemáticas, pero soy tan feliz con mi sudadera verde menta que esta tarde sí que sí me quedo pegada en la mesa resolviendo las ecuaciones. Y la fiebre pasó, sin darnos cuenta.

sábado, 17 de abril de 2010

DISEÑO, MODO DE EMPLEO

Mi querida Big-Bang:


Por alguna razón que se me escapa, el diseño moderno requiere oscuridad. Para saber si un baño es suficientemente moderno, la primera pista es que no ves nada. Sí, hay espejo, pero en la penumbra da un poco lo mismo. Es "como Juan y Manuela", que diría mi abuela. Las paredes deben ser negras y, paradójicamente, suele haber una planta que no entendemos cómo sobrevive al ambiente tenebroso. Pero ahí está. Naturalmente, no hay dispensador de toallas de papel, sino un montoncito de minitoallas de felpa negra, of course, que se gasta rápido y que hay que tirar a un cesto tras el uso. Eso si aciertas a ver el cesto. Si no, lo mejor que puedes hacer es echártela al bolso.


Claro que para que uses la toalla has tenido que lavarte las manos, y ahí está la prueba de fuego, porque haber grifo haylo, pero encontrar el mecanismo que hace salir el chorro de agua requiere un master en absurdez cósmica. Tú entras y miras disimuladamente alrededor del grifo, mientras la sobradilla de al lado, siempre una mujer mucho más cool, trendy y maciza que tú, se seca las manos con ese gesto de "prueba superada" que detestas. En mi caso, y como tecnolerda que soy, suelo empezar por colocar las manos bajo el caño del grifo (que a veces es de un diseño tal que no es caño, sino escultura o instalación). Pasan uno, dos, cinco segundos y de ahí no cae nada, así que haces como que la cosa no va contigo mientras disimuladamente exploras los alrededores, el suelo y hasta el desagüe a la caza de un indicio que oculte el mecanismo del agua.

Si hay suerte, en ese momento entra otra cool-trendy y, sin despeinarse, aprieta con sus Jimmy Choo un exiguo botón situado en el suelo a mala leche, y el milagro del agua se evidencia. Entonces respiras hondo y miras de igual a igual a la maciza justo antes de comprobar que tu correspondiente mecanismo oculto no funciona. Así que terminas pateando el suelo y, desesperada, sales muy digna del baño, sin percibir que al darte el rimmel se te ha corrido todo. Porque la oscuridad no entiende de perfeccionismo.

Sí, llevas las manos sucias y la cara de puta tras cinco servicios con mecánicos fresadores. Pero te has pegado un repaso de alto diseño de no te menees, y eso es lo importante. Llegarás a la mesa, donde todos te esperan con cara de ¿qué habrá hecho ésta tanto tiempo en el baño? y, en un ejercicio de alto cinismo, dirás: ¿habéis visto el aseo? Es absolutamente ideal. Creo que la pileta es de Phillipe Stark, un prodigio".

El alto diseño no puede ser democrático, desde luego. Ha de ser, recopilando, oscuro, incómodo y absurdo. Pero las esnobs es lo que tenemos. Una extensión del "para presumir hay que sufrir" que para qué. Y esa impresión que te produce entrar en la habitación del hotel mega guay y no saber dónde está el mueble bar, el armario o el cable de Internet le da tensión al momento. Date con un canto en los dientes si reconoces la cama a la primera, y siéntete feliz si la tele no está oculta tras un panel empastado con la pared, muy del gusto de James Bond.

¿Mandos a distancia? Tres o cuatro. Y sólo uno enciende la tele. ¿Ventanas? Ni intentes abrirlas, porque estamos en un hotel de diseño. Alta tecnología. Aquí no hay ventilación posible, así que de nada sirve la súper maquina vibradora adelgazante. Si sudas como un cerdo, con perdón, se empañan los cristales y salta la alarma antihumo. Tan sensible y megaprecisa que se altera con dos de pipas. Y del aire acondicionado ni hablamos.

¿Moraleja? Da gusto volver a casa y encender los interruptores de la luz, uno tras otro, y abrir todos los grifos con despecho, jurando que la próxima vez que viajes pedirás una pensión de las de toda la vida. Trato cercano, luces de cien vatios y mesillas con cajones en su sitio.

miércoles, 14 de abril de 2010

DE HOTELES CON FOIE

Mi querida Big-Bang:


Mucho antes que Lost in Translation ya había descubierto yo el encanto del aislamiento en un hotel. A mí me pones un albornoz blanco almidonado, un hilo musical de El Puma y un servicio de habitaciones y me pongo toda loca. La cosa es que llegas, te registras ansiosa porque el de recepción te tienda la dichosa ficha para la pasma local o, en mi caso, la Interpol,y suelte la llave. Ojerosa por el vuelo y la necesidad de soledad, te lanzas al ascensor. Con un poco de suerte, lo compartes con unos chinos muy majos que se limitan a sonreír bajo sus mascarillas de chino temeroso de los virus. Avanzas por el pasillo, te pierdes por el pasillo (eso yo, no el público en general) y al fin alcanzas tu puerta como quien corona la cima de un ochomil. Sudas. Sacas la tarjeta y...se enciende el piloto rojo.

En este punto te cagas en sus muertos, con perdón. Si encima estás en la planta décimosexta tendrás que volver al ascensor y, con un poco de mala suerte y pese a que estás en Shangay, te tocará un grupo de españoles gritones. Pones cara de: soy rubia, sólo hablo sueco, y haces como que no escuchas sus chascarrillos de español que viaja en grupo o, lo que es peor, de español adicto al touroperador. La recepción está petada y tú con tu maleta debes hacer otra cola, cuando en el aeropuerto juraste que nunca más esperarías un nanosegundo para conseguir la tarjeta de embarque.

Aguantas, tienes sed, con un poco de mala suerte hay un espejo de esos sepia que te devuelve tu cara cetrina y tu desdeñoso agotamiento. ¿En qué pùedo atenderla (otra vez) señora?. "Esta vez, señor, en darme una (puta) llave que funcione" . Por supuesto. Recuperas el buenrollismo universal y, con el trofeo de plástico en la mano, subes tu ochomil alborozada: "Esta vez sí que sí". Se enciende el piloto verde. Entras en la habitación con el ímpetu de un GEO y te tiras en plancheta a la cama. Si es King size, la recorres a saltos y a revolcones. Si tienes el día tonto, te haces una foto y se la mandas a tus amigas, para ponerles los dientes largos. Si hay un macizo dentro, lo fotografías y cuelgas la prueba en todas las redes sociales (esto último aún no se ha dado, pero no pierdo la esperanza, a Scarlett le fue bien con Kevin Spacey).

Lo que sigue es conocido: inspección del mueble bar; inspección de la bañera; inspección de las amenities (ay, sí, que son de Bulgari, dios existe!!!!!), inspección de tus cejas en el espejo de cien mil aumentos que te devuelve pelos donde la genética no los plantó; inspección de los cajones, para comprobar que está la libretilla de hotel con su membrete y todo. Inspección de los armarios, por si una marquesa olvidó su collar de esmeraldas y...¡inspección del menú, ese momentazo". May I have a piece of foie, mineral water, fuit salad and a huge ice cream? balbuceas a la china del teléfono. Y, sí, quince minutos después llaman a tu puerta y entra un carrito con mantelillo blanco, manjares y flores!!!!!. A mí que el servicio de floristería esté incluido en el de habitaciones me hace llorar de ilusión. Aunque a veces sean de mentirijilla.

El remate de todo es el albornoz blanco con sus zapatillas a conjunto y el mando a distancia en tus manos, que nadie te arrebatará. Ahora sí, es tu momento. El tiempo se para. Enciendes la tele, te quedas frita de felicidad y agotamiento.

martes, 13 de abril de 2010

SEXO VIRTUAL

Mi querida Big-Bang:


Ya me estás diciendo qué significa tener un sueño de muchos decibelios con un tipo que, en real life, no te pone nada. Y qué cara se me va a poner cuando lo vea de cuerpo presente, después de lo bien que nos lo hemos pasado juntos. Es decir, ¿a un amante onírico se le dice "cómo estuviste, mi amor!!" o basta con echarle una miradita de soslayo, un sí es/no es libidinoso, para que se dé por enterado? En realidad, encuentro múltiples ventajas a la pasión virtual: no ocupa sitio en la cama, no ronca, no espera una ovación y vuelta al ruedo y no da pie a segundas partes de menor intensidad.


Ya, que la que no se consuela es porque no quiere, ¿verdad? Pues que sepas que a mi amiga C. un sueño erótico con Pau Gasol le dio para metros de mails calentorros. A mí, que me parecía un gigante de anuncio de lata de espárragos con cara de llegarle poco el riego al cerebro, llegó un momento en que lo vi hasta guapo. Y así nos pasó a todas las amigas. El fenómeno era parecido a la histeria de las groupies en un concierto de rock. El desgarbado armario de tres puertas nos metió una de tres puntos colectiva de la que aún nos estamos recuperando.

Hay fantasías generacionales que a Lacan le hubieran puesto cachondísimo.
Mi primer mito erótico fue Jeremy Irons, claro, con su personaje de Charles en "Retorno a Brideshead". Tan imperturbable y tan atormentado. Para cuando le quise ver el ramalazo gay se había beneficiado a Julia, la hermana de Sebastian, con lo que mi pasión alcanzó cotas estratosféricas. Jeremy no era el tipo que más molaba a las quinceañeras, así que en mi pandilla apenas encontré competencia y pude soñar a gusto. Hasta que años después vi "Herida" y lo odié. Hasta que años después me enteré de que se había querido beneficiar a Loles León y me di cuenta, desalentada, de que nunca sería su tipo.

Entonces me dije: soñemos con un tipo más feote. Burdo por fuera y delicado por dentro. Y Harvey Keitel entro en mi vida. Antes incluso de que se pusiera en pelotas delante de un piano, que ya son ganas. Harvey miraba y una historia completa se desataba por dentro, sin apenas mover un músculo. Es decir, mi erosueño con Harvey debía tener un fuerte componente vouyeurista, y mucho silencio. Así que yo me acostaba concentrándome en estos elementos, pero amanecía soñando con Dani de Vitto y un escarceo de puticlub de carretera con neones lilas.

Vale, sí, ya sé que no tienes pastillacas para programar mis noches, pero el día que alguien las invente seré una mujer feliz. Los lunes, Jeremy (por los buenos tiempos), los martes, George (por subir Up in the air), los miércoles, Robert Downey Jr (porque ya se desenganchó), los jueves, Paul Auster (por aunar creación y mirada), los viernes, un sorpresa. Y para el fin de semana, mejor un chute de realidad, no sea que de tanto soñar se me olvide el estremecimiento de la caricia.

domingo, 11 de abril de 2010

CERTEZAS

Mi querida Big-Bang:



Suena Richard Hawley y yo no pienso tirar mis rosas a la basura. Aquí, a mi izquierda, me mira una videocámara con la que quemaré los días con la venia de James Salter y de las patas de gallo. I, B y J tienen la culpa. No saben lo que han hecho. Mi querida mejor enemiga lleva dos días muda de gin y de contento. Con esas resacas descatalogadas que te dejan el espíritu ligerito y la manicura descascarillada. Podría jurar que anoche lloraba, la petarda. "Cuando siento no escribo", y por no hacer ni siquiera está para recalentar sobras, la perra vaga. A ver, bonita, que de amor de amigos no se alimenta ese cuerpo. O sí.

Certezas. Hay pocas. Lo demás son adornos, mariconadas que ponemos para que el cuadro quede bonito, como los tapetes de ganchillo que ponían las abuelas en los brazos de los sofás. Envidio a la gente que crea, que me dibuja sobre negro un pensamiento: "Verás que hay un animal", me advierte A., el artista. Lo veo, amigo, y ya tiene su sitio en la pared de mi casa. Con caseta y todo. Por cierto, dile a Berta que la bufanda que te regaló está a buen recaudo. Algo cierto. También que un hombre que apenas te conoce y te regala una blusa es un valiente: "Recordé que eras como mi hermana, pero más ancha de hombros. Busqué a una como tú en la tienda, le pedí que se probase la blusa. Aquí está".

Tragedias. Hay muchas. Mientras tú dormías la resaca se estrella un avión y mata a un país. Es macabro pensar la de chistes que se han hecho y que empiezan: "van en un avión el presidente de USA, el de Francia, el de Gran Bretaña....". Lástima que los malos no se monten todos juntos en aviones sin la ITV pasada o con el piloto borracho!

Cada vez que subo a un avión trato de mirar dentro de la cabina a ver qué pinta tiene el que nos llevará. "Señorita, haga el favor...", me dijo la última vez la aeromoza (gran palabra), al verme con medio cuello dentro de la zona de mandos. "Ya voy, bonita, pensé. Que a las camareras os ponen un uniforme mal cortado y os creéis mariscales de campo". He de decir que suelo entrar empastillada, así que en lugar de responder pongo mirada bovina y encaro el pasillo hacie mi asiento, rezando para que el de al lado esté libre o , en su defecto, sea mudo. Algo tengo que impulsa a mis vecinos a contarme su vida. Anoto: Llevar cámara de video a mi próximo vuelo y grabar a todo el que me hable. Fijo que la cámara intimida y se duermen.

Hala, a quemar otra semana, que muy mal se nos tiene que dar para que no haya algo que nos sobresalte, que nos sobrecoja, que nos sorprenda y nos cambie el centro de gravedad. Gracias por tantos libros, por el anillo, los collares, el vestido, los poemas, el disco, el cuadro, la blusa, el album, la pedicura, el masaje integral (jeje), las rosas, la cámara, las risas, los bailes, los besos, los gin tonics...

Certezas. hay pocas. Que tengo una gran familia de hermanos y amigos es la más grande. Amén.

jueves, 8 de abril de 2010

TIPOS DUROS

Mi querida Big-Bang:


Una vez tuve un affaire con un guerrillero del M-19. Es el episodio más osado de mi biografía, sin duda, y lo saco a colación cuando quiero hacerme la chulita en entornos con currículos sentimentales mucho más consolidados y exóticos que el mío (la mayoría). Aquel guerrillero y yo bailamos en la Plaza de las Ventas por Juan Luis Guerra y su café en el campo, rodeados de seguratas de la secreta que a la pipiola que yo era impresionaban tanto, que me pasé la noche tratando de adivinar dónde guardaban sus armas, metralletas, granadas de mano o nuchakos mortíferos.

El guerrillero sería muy fiero, pero movía las caderas como un bailarín profesional de la compañía de Celia Cruz
, en un contoneo in crescendo no apto para esqueletos con artrosis. Cuando rozó el paroxismo con la melodía "Quisiera ser un pez, para mojar tu nariz en mi pecera..." me enfrié tanto que se desmontó el mito del asesino de montaña y amante de groupies a troche y moche. Disimuladamente traté de poner pies en polvorosa. Pero los de la secreta colombiana son perros de presa pertinaces y me indicaron dónde estaba el jefe, por si me había desorientado con tanta vuelta y tanto frenesí merengue.

Los tipos duros siempre te sorprenden. Lo mismo les da por llorar la muerte de su guacamayo macho que por adorar a una virgen de Guadalupe en un altar ambulante y kistch. Tienen esa cosa sentimental tan Coppola de descerrajar un tiro con una mano y abrazar a la mamma con la otra. Y saben seducir con su leyenda como nadie. Mr M-19 me contó la historia de la guerrilla, las persecuciones por la selva y cómo se celebraban los muertos sin conciencia de matar, con una excitación que ningún polvo conseguía igualar. Yo escuchaba la palabra polvo y me encogía en mi silla, con la grabadora como escudo protector. Y el tipo me merendaba con mirada de "tú serás la próxima, nena", mientras con la otra mano se bebía un té. Tan elegante como Lord Byron. Tan grácil en su juego de muñeca como una bailarina del Bolshoi.


Con los años supe que el tipo se había pasado a la política de traje y corbata. A las medias verdades, a las mentiras perfumadas con Farenheit. Adiós a las armas, al fuego cruzado, a las trincheras húmedas y a las jovencitas fascinadas con relatos hiperbólicos. Al tipo le faltó ser un póster, como el Ché. A mí me sobró el último baile. La grabadora, la perdí. La fascinación por los tipos duros de manual, también.

miércoles, 7 de abril de 2010

VIVA LAS VEGAS!

Mi querida Big-Bang:



Dame una sola muestra de que una noche en blanco alimenta el karma y moveré el mundo. El tiempo, el implacable, el que pasó...canturreaba yo contra la almohada sumando segundos con la precisión de un subnormal en celo. Ay, que no, que esto es pollíticamente incorrecto, lo borro. Pero que a las dos de la mañana se encienda sola la luz del baño convendrás que es, cuando menos, inquietante y, cuanto más, digno de un expediente Iker Jiménez.

Me levanté, sí, como un fantasma, convencida de que al llegar a la luz un malo se abalanzaría sobre mí y me haría un placaje sin grandes esfuerzos. Pero al llegar no había malo ni aparición mariana, ni cristo que lo fundó. Sólo un espectro, yo, frente al espejo, con cara de serial killer y sin más armas que unos pelos en punta que hubieran sumido en coma profundo al estilista de Jennifer Aniston.


El insomnio es sexy, me repito, y repaso todas esas caras de mujeres interesantes y ojerosas que nos ha dejado el cine negro. Y mientras radio cuelgue alimenta este tiempo absurdo pienso en mi amiga E. que ha regresado de Las Vegas desilusionada y sin anillo. Un obligado flashback me la devuelve a la tarde antes de su viaje. Entra en el despacho, alborotada, atropellada y excitada, por redondear la cacofonía. Me muestra el contenido de una bolsa: un vestido mini palabra de honor color marfil con con hojas de tul a conjunto. "Ideal", le digo con el gesto profesional de quien admira los looks que hacen historia. "Voy a pedirle que se case conmigo en Las Vegas", responde. "¿Cómoooooooooo?.

Hago un inciso para señalar que nada me parece más romántico que una pareja de largo recorrido casándose a lo Elvis. "A él le llevaré un anillo calavera", me informa E. "¿Pero este enlace es de chichinabo, como la boda de Marlos Brando con la aborigen chunga aquélla, no, chitina?". "Ay, no, que ya me he informado y a la vuelta hay un trámite que le da validez". Abrazo a mi amiga y paso los días imaginándola sobre un cadillac al ritmo de los Beach boys, feliz con su palabra de honor y sus botas de cow boy, un tándem imprescindible para las bodas rockeras.

Pero no, mi E. volvió ayer cariacontecida. No, no se había casado. "Las chappels eran tan cutres como un barracón en el Bronx", relata al borde de las lágrimas. Así que ella y su novio fueron recorriendo un lúmpem del casorio tras otro, a cual peor. "Terminé sentada en un bordillo, con ganas de llorar". ¿Y él? Él sólo repetía: "pero si tú ya eres mi mujer, cariño...". La abrazo y los imagino a los dos bajo el sol del desierto, sobre un bordillo con vistas a un barracón con neones rosas y una puerta que no cierra bien y hace ruidillo de bisagra sin Tres en uno. La imagen misma de la soledad y del amor.

El baño sigue a oscuras, pero lo he vigilado con el rabillo del ojo, montando una guardia propia de mi héroe Remington Steel. Me siento orgullosa de sobrevivir al insomnio sexy, y tengo un plan para E. Iremos a un cementerio de coches a las afueras de Madrid, con un séquito de amigas pertrechadas con looks palabra de honor, a ser posible azul clarito. Los novios llegarán en moto, como ángeles del infierno, y cantaremos "Viva las Vegas" a grito pelao, mientras intercambian, ahora sí, sus anillos del todo a cien.

Fundido en negro y a por el corrector de ojeras!!!!

martes, 6 de abril de 2010

KANT O EL TROLL DEL CAJÓN

Mi querida Big-Bang:


Divido a las personas entre las que iluminan su casa con potente luz de techo -gente gestapo, en adelante-y las que juegan con las luces indirectas a crear espacios de intimidad donde quitarte los zapatos sin culpa; los que duermen de lado y los que se despatarran por las cuatro latitudes del colchón; los que te regalan pendientes cuando llevas trece años sin ponerte nada en las orejas que no sean tapones para dormir un sueño inquieto y los que recuerdan, veinte años después, lo mucho que te gustaba el marrón glasé, ese dulce tan cursi envuelto en papelillos dorados (por los papelillos, mayormente). Los que llegan puntuales y los que se hacen esperar; los que besan en las mejillas y los que te clavan el pómulo en un beso escorado hacia ninguna parte...

Somos lo que delatan nuestros gestos cotidianos. Y de ahí que simpatice de inmediato con los dueños de la carcajada descojonante y huya de los vagos, de los sarcásticos gratuitos y de los controladores terrestres. Casi sin querer he ido haciendo una prospección de la gente que me gusta, de modo que instintivamente huyo de quienes encienden la luz del techo del salón, un suponer; o de los que disfrutan humillando a los demás; o de los que se hacen esperar o de los mortis que emplean media vida en hacerte la crónica de sus pesares o de los ajenos, por el placer sádico de capturar tu atención.

Hay un proceso natural de las amistades que consolida algunas para siempre jamás, y deja salir de forma casi natural a las que no tienen ya una pieza de tu puzzle. Me gusta tener amigas del cole, de la universidad. Más de veinte años nos contemplan y estar con ellas es un pasaporte al bienestar, una billete gratis al parque de atracciones que incluye biodramina en vena, claro, y merienda, sorpresa y excesos, vértigo y tedio, si procede y en pequeñas dosis, como la homeopatía. Y me gusta descubrir gente nueva que pasaba por allí y resulta que es insome, como tú, coleccionista de nada, como tú, rapidillo y disfrutón, caótico o rígido, como te gustaría dejar de ser.

Divido a la gente entre la que tiene sus cajones ordenados y la que esconde un troll dentro; la que lustra sus zapatos a diario y la que se pasa un trapo apresurado por las mañanas. La que come pan congelado y la que repite el ritual de ir a por la barra y el periódico; La que me abre la mente y saca de mí lo que ignoraba que existiera y la que acciona un dispositivo que cierra todas mis compuertas. La que quiero y la que podría querer o dejar de querer;

Paro ya, tranquila. Clasificar es un vicio kantiano que me excita como la desordenada que soy. Casi tanto como sentimental. Hoy, de nuevo, me probaré los pendientes por si acaso. Uno siempre se resiste a perder un amigo.

lunes, 5 de abril de 2010

RESACA EXISTENCIAL

Mi querida Big-Bang:


Sueño que doy una fiesta y poco antes de que comience no he comprado nada. He pasado mis últimos minutos de cama corriendo por los pasillos de un hipermercado lúgubre donde las bolsas de patatas estaban abiertas y el contenido se desparramaba por el suelo. "Abre los ojos, abre los ojos", me grito a mí misma y, por una vez, me hago caso.

Compruebo a trompicones que en la despensa de casa no hay patatas, y ayer me fundí la última lata de mejillones en escabeche a modo de última cena. "Madre, en tus manos encomiendo mi nevera", es el único sermón de las siete palabras que pronunciaría. Cuatro días sin cocinar ni comprar fruta ni nada que no sean caprichos me han conducido a la peor de las pesadillas. Quien la hace, la paga. Pero que nos quiten lo bailao!

Deja ya de encadenar frases hechas, guapa, y ni se te ocurra mirar por el rabillo del ojo el contenedor de los lugares comunes, dirás. Has decidido apretar el botón del placer a destajo, ahórrate la culpa. Sí, a todos nos pasa. Somos responsables, comedidos, cuidadosos, ordenados, hasta que nos dejan sueltos un día y dedicamos un altar al caos, como una instalación de rebeldía. En mi caso, la pila está llena de todos los vasos de cuatro días, colocados en perfecto caos, con restos de café, coca cola, agua con gas y algún gin tonic, la bebida de las profesionales. Lo más cutre de todo es el gajo de limón desmayado y a punto de colarse por el sumidero. "Ahí os quedais, a ver qué tal se os da lo de resucitar", les murmuro.

Se acabó el tiempo de la penitencia. Entramos en el tiempo ordinario, y la ordinariez mola cuando esconde algo sublime. Mozart era un tipo vulgar que eructaba en público. A mí lo de eructar no me sale, al menos como performance, pero a cambio ensayaré la risa de Belén Esteban, esa virgen del desconcierto cheli con el tabique nasal a la deriva cual iceberg del Titanic.

Detesto la excatología aunque algunos hayan hecho de ella una de las bellas artes minúsculas. No puedo con los que celebran los pedos propios o ajenos ni con los que informan de lo que harán dentro del baño. Creo que la elipsis de cierta cotidianidad es una conquista de la clase media ilustrada, por decir algo. El humor de sal gorda debió quedarse en los setenta, como escape a la dictadura, pero al español le encanta descojonarse, con perdón, de las flatulencias, desahogos naturales y todo lo que esté condenado a desembocar en los ríos que van a dar a la mar (que es el morir).

Así que guerra a la naturalidad. Seamos postizos, educados. Pongamos ciertas vallas al campo y rellenemos los estantes de la cocina para recuparar eso tan aburrido y necesario que es la normalidad. Yo, por mi parte, me dispongo a escribir la imprescindible lista de la compra: 1.Patatas fritas de bolsa bien cerrada. 2.Mejillones en escabeche...

domingo, 4 de abril de 2010

DE REPENTE, SOY FAN

Mi querida Big-Bang:



Déjame que te dé la brasa un rato con Miquel Barceló. Ese salvaje que logra, a su pesar, que su personalidad inquietante y desdeñosa trascienda a su trabajo en los titulares de los periódicos. Un ser mitológico que siempre imagino con un ojo en medio de la frente y con pezuñas en los pies. Ayer estuve en Caixa Fórum mirando sus trazos furiosos y delicados, sus tintes de colores mágicos pillados de un pantone sobrenatural que muestra el añil o el verde que tiene la profundidad marina en nuestro subconscente. El blanco del desierto, la sed de África con seres livianos que atraviesan dunas como en danza. Sin drama. La pasión en rojo anaranjado.

Vale, por ahí no sigo que la crítica de arte no es lo mío, pero sí la sensación de reconocer un acto de honestidad como un hachazo contra un lienzo que no era más que la página de un bloc gigante. Qué envidia generosa. Boquiabierta, entregada a ese espectáculo, sólo podía asentir, quizás aplaudir, pero las guardianas de sala tienen mala leche y no entienden la reverencia sonora, digo yo. El arte que te rapta es como la novela que te atrapa o la música que logra desposeerte del riego intelectual por unos minutos. Ser médium. Vaciarse. Y amar al genio, su destello y su furia.

Barceló es un señor mallorquín contrahecho, cargado de espaldas, que se pinta empalmado al fondo de una librería. "Cómo celebraría entrar en casa y que este sátiro me recibiera y me hiciera la danza de la vida", murmuro a mis amigas. Hay cuadros que son un grito, una celebración, aniversario o verbena sin sardinas ni olor a fritanga. Hay hombres y mujeres que ven lo que nadie ve, y lo pintan y logran colocarte en el momento de su rapto creativo. Hay mitos sin cura que muestran su hosquedad cuando los mortales osamos preguntarles absurdeces. O montamos un pollo porque llenaron de pegotes a millón el techo de Naciones Unidas. "Que se jodan", digo que diría él blandiendo al aire su pezuña exhausta.

Gracias, hombre cavernícola, por sacudirme un instante. Soy tan mortal que busco el destello de inmortalidad como los tramperos la pepita de oro en el tamiz. Tan frágil ante la excelencia que aún hoy sigo pensando en rojo y en índigo, y quiero regresarte. Y no se me ocurre mejor homenaje que pasarme la mañana sentada frente a tu estantería, boquiabierta y feliz.

sábado, 3 de abril de 2010

DE CUMPLEAÑOS

Mi querida Big-Bang:


Mi mejor amiga y mi peor enemiga cumple años y me pide que le regale un pensamiento único. "Quiero un regalo gratis, que son los mejores". Hace años que dejé de hacer dibujos en el cole por el día de la madre, pero ella es es esas mujeres que se ilusionan hasta con el mensaje de las galletas de la fortuna del chino de la esquina, así que voy a intentar complacerla para que me deje tranquila.

Verás, chitina, que estar at the top of the hill de la vida es un instante de vértigo y una eternidad de melancolía. En tu caso, hiciste lo que tenías que hacer rapidito para dedicar el resto de tu vida a hacer exactamente lo que te da la gana. Tu vida simple es un encaje de bolillos que construyen a la remanguillé, según te dé el aire; sin manual de instrucciones, que los odias, y sin la intención de que se acabe. Creo que eso es por lo de Kavafis y el viaje a Ítaca, uno de tus chungos de cabecera que no se te van de la cabeza.

Diría que tu credo son tus hermanos, tus amigas, tus hijas, amores de ida y vuelta, un trabajo que te mola y esa cosa compulsiva que tienes con la escritura. Eso y George Clooney, rasgo de vulgaridad calibre 21. Por lo demás, te ríes hasta de tu sombra, tu pluma es pelín redicha y los jeans marcavenas que te compraste el otro día son para una reencarnación de quinceañera, pero tú misma. Cada mañana te levantas con ganas atropelladas de bebértelo todo, como si hubieras caído en la marmita del entusiasmo de Obelix. Y, créeme, nena, eso nos agota.

Para un poquito, siéntate a pensar, date un baño de vapor en los spas, esos templos de la modernidad sudorosa que adoras. Cómprate un bonsai y dedícate a cuidarlo despacio, contamplando cómo despunta cada brote. Vale, esto es un coñazo, bórralo de la lista. Pero levanta el pie del acelerador, tronka, o terminarás cazando moscas en un centro de día para rapidillas. Embadúrnate en una mascarilla milagrosa y cambia los muebles de sitio una vez más. Nada como ver la vida desde la otra esquina del salón, en el mismo sofá y sin el mando a distancia a tiro.

Te regalo mis ganas, este día nuboso de bajas presiones y mareíllo. Te regalo mi tiempo y un pasaje al futuro imperfecto. Date un gustazo, vuelve a pintarte la boca de rojo, cómprate un ramo de flores, besa a destajo y, cuando te canses, siéntete en deuda por la suerte de tener una vida tetra brik tan llena de tanto.

Ah, y deja de contar el chiste del perro Mistetas que ya se te ha pasado el arroz, chitina...

viernes, 2 de abril de 2010

TORNILLOS Y SAETAS

Mi querida Big-Bang:


Anoche bailé hasta desatornillarme y ahora ando buscando las piezas de mí misma por debajo de la alfombra. Hay noches que merecen un monumento y la de ayer podría ser una de ellas. ¿Cómo hermanar las torrijas con los pasos de semana santa, la pista con DJ honoris causa con el fuerte olor a incienso, el silencio nazareno con los gritos al son de Aretha F, mi musa? Todo tiene sentido en la coctelera de las buenas intenciones y así me lo recuerda mi cadera magullada y feliz

No tan rápido, chitina; levantarse a las 12 de la mañana no es de personas decentes. A estas horas ya me habría escrito dos capítulos, duchado, enjaretado una o dos cafeteras, resobado mi AD (Architecture Digest) y salido a pedalear, Pero no, hoy arrancamos la novela por la página 100, porque beberse la noche a tragos largos equivale a un chute de contenidos como el Redoxón a dos kilos de naranjas.

Ingredientes: El piso de mi amiga B. coqueto, recogido y con terrazas con vistas al cielo. El vino del padre de M: redulce, refrío, con esa chispa de la fruta y la canela que te invitan a apurarlo de un trago, y ya sumé tres (copas). La faja de I, expuesta a la vista para regocijo y regodeo, con tan buena fortuna que nos conjuramos para una kedada fajil la próxima vez. El candidato sueco: ¿se hará el ídem cuando se materialice? El sueño imposible: Vale, sí, deja de mandar mails calenturientos a mi amiga y ejecuta, nene. La frase de la noche: "Muy mal se nos tiene que dar para...". Y el titular de la jornada: El clavo sacó al otro clavo. Pues benditos sean dios y las ferreterías.

Una procesión en Madrid es una cosa muy rara. Pareciera como si el alcalde hubiera subcontratado a una cofradía del sur, pero los figurantes carecen del rapto floclórico de allá. Eso sí, hay silencio, saeta desde el balcón y aplausos, y enmudecemos las tres con el fragor de los tambores. Hay que pedir perdón por haber arrancado con ron&cola, una mariconada que no me permitía desde hace dos décadas, pero entre torrija y torrija me supo a gloria. A cambio haré penitencia a la meca de Bombay Saphire, doquiera que se encuentre.

¿Quién me ha robado medio día en mi calendario? Anoche el taxista, con retintín, respondió a mis "buenas noches" con un "más bien buenos días, señorita". Las señoritas decentes no llegan a los portales en su estado. ¿Qué estado: pletórico, estado de gracia, estado peripatético, por las vueltas que di, estado gaseoso, por la ligereza de animo, o estados unidos? A mí la resaca me pone chisposa y ligera. Una hiperactiva cansada saca su arsenal B, como verás, y hoy pienso recuperar las horas que me robó la pista (y lo digo con el puño de Escarlata en alto)

Dicho lo cual voy a fingir que son las ocho y a tirarme a la calle con las gafas de sol de vampira bien caladas y el bolsillo listo para un gasto inesperado. Lo esperado inesperado fue otro hit de la noche, y hoy espero que algo inesperado ocurra en mi vida. Quedan, al menos, doce horas reales y 18 virtuales. Allá voy....... sorpréndeme!!!

jueves, 1 de abril de 2010

LA FILA DE LOS MANCOS

Mi querida Big-Bang:


Anoche volví sola en un autobús y tuve miedo. Es desolador comprobar con luz de fluorescente mal ajustado que las butacas están vacías y que no tienes cambio para pagar el billete. Detalle que al conductor, un ser sin cara de buenos amigos, pareció contrariarle. ¿Hasta dónde va? Al final del recorrido. Bien, esperemos que se suba alguien...

Entendí que con mucho menos ingredientes algunos se inventan una de terror. Ahora es cuando el tipo cambia el trayecto y te secuestra. Y con toda la familia de vacaciones en la playa, lo mismo no te echan de menos hasta bien entrado el lunes. La Gran Vía casi desierta, los neones perezosos. La Semana Santa como el desierto. ¿Dónde está el pueblo judío?


A ver, nena, cambia el chip. Esto iba de que tienes cuatro días por delante para hincharte de torrijas, quedar con tus amigos y echar siestas de pijama y orinal. Iba de Bach, de Barceló, de ser como una guiri perdida en la ciudad. De escribir a desahoras, de tontear con la bici y de revolcarte en el Retiro. De empezar varios libros y no terminar ninguno. De llenar los armarios con looks primaverales. De bailar y ver pelis. Dies Irae a tope. OK, entendido.

Anoche, antes de subirme al bus del secuestrador, vi una peli que no me emocionó. Suelo ser de lágrima fácil y me sorprendo cuando se encienden las luces y a mi alrededor hay un sembrado de dolorosas moqueando sin ser una de ellas. ¿Me estaré endureciendo con los años? O puede que haya una predisposición general a las emociones a oscuras. Como antes la había a meterse mano en los cines, en la fila de los mancos.

Puedo recordar la última vez que lloré en el cine, pero no la última vez que me metieron y metí mano en el cine. O igual sí, pero como aquí no funciona el sistema de los rombos y la adolescente fisga de cuando en cuando, vamos a declararlo secreto de sumario. El magreo de cine es un clásico que no debería pasar de moda, como los jeans pitillo o las sandalias romanas. A mí, lejos de incomodarme, me encantan las parejas que se besan a tornillo en medio de la calle. Más aún si pasan de los cuarenta. Más aún si además se ríen.

Ayer, disfrazada de señora que merienda en un Vips antes de entrar al cine y parapetada en mi periódico, escuché a cuatro mujeres entradas en años una conversación completa, de la que extraeré los párrafos más suculentos:

-Para mi marido éramos la pareja más feliz o la más desgraciada dependiendo de las copas que se hubiera tomado.
-¿Nunca pensaste en separarte?
-Nooooo, eso no, mujer. ¿Y perder todo lo que teníamos, los pisos, los cuadros, el servicio? Quita, quita, yo le seguía la corriente y así pasaban los años.
-¿Pero estuviste enamorada alguna vez?
-Sí, absolutamente colada (nótese mi sobresalto ante una expresión tan impropia de una de setenta que podría ser mi madre)
-Pues chica, si lo quisiste, todo lo demás sería más llevadero.

Juro que casi intervengo en la conversación. Me salto un resorte interior. Quise gritar: ¿Mereció la pena convivir con un borracho por mantener a Bautista, el mayordomo? Me dais asco. En lugar de eso las miré sin disimulo, cogí mi periódico y salí dispuesta a llorar en el cine, si procedía. Con el espíritu inquieto. Luego tuve miedo en el autobús y hoy sólo pienso en esa cita con mis amigas en casa de B., sin mayordomos y con la promesa de unas copas que no nos harán más felices de lo que somos, pero sí más ligeras y esponjosas...