jueves, 1 de abril de 2010

LA FILA DE LOS MANCOS

Mi querida Big-Bang:


Anoche volví sola en un autobús y tuve miedo. Es desolador comprobar con luz de fluorescente mal ajustado que las butacas están vacías y que no tienes cambio para pagar el billete. Detalle que al conductor, un ser sin cara de buenos amigos, pareció contrariarle. ¿Hasta dónde va? Al final del recorrido. Bien, esperemos que se suba alguien...

Entendí que con mucho menos ingredientes algunos se inventan una de terror. Ahora es cuando el tipo cambia el trayecto y te secuestra. Y con toda la familia de vacaciones en la playa, lo mismo no te echan de menos hasta bien entrado el lunes. La Gran Vía casi desierta, los neones perezosos. La Semana Santa como el desierto. ¿Dónde está el pueblo judío?


A ver, nena, cambia el chip. Esto iba de que tienes cuatro días por delante para hincharte de torrijas, quedar con tus amigos y echar siestas de pijama y orinal. Iba de Bach, de Barceló, de ser como una guiri perdida en la ciudad. De escribir a desahoras, de tontear con la bici y de revolcarte en el Retiro. De empezar varios libros y no terminar ninguno. De llenar los armarios con looks primaverales. De bailar y ver pelis. Dies Irae a tope. OK, entendido.

Anoche, antes de subirme al bus del secuestrador, vi una peli que no me emocionó. Suelo ser de lágrima fácil y me sorprendo cuando se encienden las luces y a mi alrededor hay un sembrado de dolorosas moqueando sin ser una de ellas. ¿Me estaré endureciendo con los años? O puede que haya una predisposición general a las emociones a oscuras. Como antes la había a meterse mano en los cines, en la fila de los mancos.

Puedo recordar la última vez que lloré en el cine, pero no la última vez que me metieron y metí mano en el cine. O igual sí, pero como aquí no funciona el sistema de los rombos y la adolescente fisga de cuando en cuando, vamos a declararlo secreto de sumario. El magreo de cine es un clásico que no debería pasar de moda, como los jeans pitillo o las sandalias romanas. A mí, lejos de incomodarme, me encantan las parejas que se besan a tornillo en medio de la calle. Más aún si pasan de los cuarenta. Más aún si además se ríen.

Ayer, disfrazada de señora que merienda en un Vips antes de entrar al cine y parapetada en mi periódico, escuché a cuatro mujeres entradas en años una conversación completa, de la que extraeré los párrafos más suculentos:

-Para mi marido éramos la pareja más feliz o la más desgraciada dependiendo de las copas que se hubiera tomado.
-¿Nunca pensaste en separarte?
-Nooooo, eso no, mujer. ¿Y perder todo lo que teníamos, los pisos, los cuadros, el servicio? Quita, quita, yo le seguía la corriente y así pasaban los años.
-¿Pero estuviste enamorada alguna vez?
-Sí, absolutamente colada (nótese mi sobresalto ante una expresión tan impropia de una de setenta que podría ser mi madre)
-Pues chica, si lo quisiste, todo lo demás sería más llevadero.

Juro que casi intervengo en la conversación. Me salto un resorte interior. Quise gritar: ¿Mereció la pena convivir con un borracho por mantener a Bautista, el mayordomo? Me dais asco. En lugar de eso las miré sin disimulo, cogí mi periódico y salí dispuesta a llorar en el cine, si procedía. Con el espíritu inquieto. Luego tuve miedo en el autobús y hoy sólo pienso en esa cita con mis amigas en casa de B., sin mayordomos y con la promesa de unas copas que no nos harán más felices de lo que somos, pero sí más ligeras y esponjosas...