jueves, 6 de mayo de 2010

ANATOMÍA DE UN SECRETO

Mi querida Big-Bang:


Ayer un tipo desconocido me contó que había ido al urólogo y que éste le había confesado qué tres pacientes famosos la tenían más grande. Estábamos en un contexto muy serio con una homenajeada distinguida y a mí aquello me incomodaba. No, no quería saber los secretos de la anatomía de cierto ex entrenador de fútbol, y me temo que el otro contertulio, un señor de mediana edad poco expresivo, tampoco. Los dos aferrábamos nuestra bebida con fuerza y yo aún tuve arrestos de murmurar..."¡qué indiscreto el urólogo ése, no?. Y el otro: "no, si es un amigo, hombre!"


Mi amiga O. supo de cierto lance fugaz e inocente que tuve con un actor y juró no contarlo. Pero -textualmente- "el secreto me quemaba y se lo he contado a fulanita. No, no te preocupes que no se lo va a decir a nadie". Quise matarla, pero no llevaba encima mi Mágnum del 7. A estas alturas medio edificio se da un codazo a mi paso. O esa es mi paranoia.

La única manera de guardar un secreto es no contarlo. Valga la perogrullada. Pero hay veces que lo hacemos para materializar algo que fue y carece de contornos. Una verdad no revelada es un poco menos verdad. Y las palabras pemiten definir lo que fue, amplificarlo, oscurecer ciertas formas y darle luminosidad a otras. Ahora lo llaman Photoshop, pero ha existido siempre.

Rememoro las verdades que me llevaré a la tumba. Apenas dos otres. El resto las he ido soltando en los divanes o en alguna noche de gin tónics y risas. Luego está lo que nunca fue y te he contado en la terapia. Espero me perdones, pero me aburre tanto discurso gris sobre si maté a un Edipo que no me correspondía o si Electra se electrocutó por caminar descalza por el suelo mojado de la cocina, que he hecho algunas modificaciones biográficas. Interpretación libre, lo llaman. Yo he visto muchas películas de psicotas y los pacientes siempre sobreactúan. No me creo que a todos los hayan violado de pequeñitos ni que pasaran del biberón al LSD sin estadíos intermedios.

Aprendamos a vivir con nuestros secretos. Contarlo todo es obsceno y te quita misterio, y ciertas dosis de fantasía resultan muy útiles para transitar por los ochomiles de real life.

Por cierto,. ¿qué me das si te cuento qué tres tipos españoles de renombre la tienen más grande?