viernes, 13 de agosto de 2010

CAVERNÍCOLAS


Mi querida Big-Bang:



¿Cómo crees que nos interpretarán dentro de 200.000 años? ¿Estará Lucy, la famosa australopithecus, mosqueada con los sapiens-sapiens actuales por cómo osan explicar quién fue y a qué dedicaba el tiempo libre? Sí, es una temeridad entrar en una cueva, esquilmar unos huesos y ponerse a elucubrar teorías chungas no exentas de cierto halo romántico. Así, al libre albedrío. Con esa impunidad que otorga el hecho de que los interesados no pueden regresar del más allá y darnos una somanta de palos por listillos. Vamos a ver, ¿nuestros ancestros pintaron mamuts con alguna intención pseudoreligiosa o porque se aburrían como monas en invierno y les dio por garabatear el fondo de las cavernas, para dar por saco a sus padres? Las chukis lo hacen y no creo que tengan vocación de trascendencia, sino de porculismo doméstico.


Un suponer. Si en cien siglos encontraran mi vibrador cinco velocidades y mando a distancia -dios no lo quiera- ¿qué pensarán que es? ¿Un mecanismo infernal para espantar moscas en una frecuencia insoportable para los bichos? ¿un tótem fálico de celebración de la caza de los stilettos? ¿un fragmento de meteorito hecho de un material que sin duda atravesó la atmósfera tras la séptima glaciación? Seguro que el más allá me reserva un espectáculo interpretativo tan soez y desencaminado que estoy por dejar todo atado y bien atado: “vibrador: aparato con el que las mujeres del siglo XXI se procuraban placer y entretenimiento en los largos ratos de ocio y solaz. Con o sin pareja”. Y así dejamos sin sentido a los Arsuagas y a todos esos tipejillos que se pasan los veranos excavando la tierra para explicar el pasado, como huida de sí mismos, de sus familias y de sus presentes decadentes e insustanciales.


No te revuelvas ni me amonestes, que ya te imagino alterada. No puedes pretender que visite una cueva y salga de rositas. Sobre todo se el guía es un tipo contrahecho, con una evidente asimetría en el rostro, una oreja de soplillo (sólo una) y dientazos de cromañón. ¿Cómo se puede dar una lección de magdaleniense vestido con una camiseta de futbolista con un ocho a la espalda, y terminando cada frase con un chascarrillo del tipo: “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”? ¿Cómo se puede amenazar en un cartel con que los GEO astures te llevarán detenido si osas tirar un chicle cuando el colega se pasó la visita lanzando las colillas al suelo sagrado, el mismo suelo donde encontró mandíbulas con sus dientes, puntas para desgarrar animales y otros restos humanos de indudable valor antropológico?


Te dejo, que tengo una trabajera por delante. Estoy decidida a enterrar todo aquello que quiero que me explique dentro de un puñado de años. Y pienso a hacerlo a conciencia: un sérum de Dior con caviar del bueno; un libro de autoayuda sin respuestas; las bolas chinas que mi cuñada no ha querido reciclar, “por si las moscas”, y que a mí me obligan a caminar como Robocop, un disco de Sergio Dalma “great hits”, para que vean las debilidades de las exquisitas, un tinte para mechas rubias y mi vestidaco by Pucci auténtico, para que mis descendientes entiendan que nunca escatimé en placeres de los buenos. Y con los deberes hechos, que venga el próximo cataclismo cuando guste. Allí estaré esperando, al fondo de la caverna, justo debajo del mamut y las estalactitas chorreonas.