lunes, 31 de enero de 2011

HOMO FARDIS

Mi querida Big-Bang;



Ayer mi padre me llamó desde el pueblo de la montaña donde se autoexilia: "Te estoy viendo en la tele, hija". Y nada más. El hombre no aclaró si le parecía que yo estaba haciendo un papelón como para enorgullecer a la familia o, por el contrario, se le antojaba que una mamarracha con su apellido devaluaba el pedigrí entre sus amigos cazadores. "Mira, ahora vuelves a salir", retransmitía en directo. Y después, a la del bar: "Ponme una cerveza, guapa". Y después, a mí. "Hala, te dejo, que me han traído una de bravas".

A los hombres les suele molar chulearse entre sus iguales. Pero hay categorías. Un hombre que farda de madre es un peligro para toda mujer, por razones edípicas. Si farda de hija, lo mismo es demasiado mayor, y si lo hace de su mujer, es que no desea coquetear. O justamente lo contrario. El lenguaje silencioso de la aproximación tiene sus reglas no escritas pero valiosísimas a la hora de no estrellarse en el cortejo.

Luego están los hombres que tienen una mujer como el que tiene un I-Phone último modelo. Para conseguir que su valor personal se multiplique, como si fuera posible una transferencia. Eso no quiere decir, por lo general, que amen más a su pareja, sino que se aman tanto a sí mismos que han comprado una rubia para darse valor añadido. Una rubia con IVA, para entendernos. Y ya que la tienen, la amortizan en los salones, arrastrándola del brazo o de la cintura en señal de posesión.

Recuerdo en los noventa a esos señores de nombre "Los Albertos" que iban con gabardinas Burberry mal encajadas en los hombros. Uno de ellos estaba casado con cierta maciza a la que una vez Interviú sorprendió sin las bragas. Era rubia y delgada, y a mí me llamaba la atención la forma en que su marido la arrastraba por los salones: cogida por el brazo, justo encima del codo, como deben arrastrarse los cuernos de un alce tras una dura jornada de cacería,dejando tras de sí un reguero de sangre.

Ahí juré que jamás dejaría que un hombre me llevara del codo. Ni que un desconocido se apropiara de mi cintura. Tampoco que un infiel intentara llevarme al huerto relatándome la oscura historia de su vida matrimonial. Una vulgaridad. Si he de ser un trofeo de caza, prefiero serlo para mi padre, que seguramente ayer disfrutó como un enano mostrando a sus amigos que sus desvelos en nuestra educación han servido para algo más que para tener una cajera en el Corte Inglés o una secretaria en el tanatorio, los dos destinos que nos deparaba la vida, según él, cuando llegábamos con un suspenso en matemáticas.

De manera, papá, que espero te hayas chuleado a conciencia a mi costa. Siento no tener a mano unos cuernos para que los cuelgues en la entrada de tu casa, junto a los dientes de jabalí y la foto de la abuela. Hay batidas en la vida que dejan rastros invisibles. Sin sangre. Inolvidables trofeos que no necesitan que los limpies el polvo cada viernes, cada lunes...

domingo, 30 de enero de 2011

AL SÉPTIMO, DESCANSÓ



DESTINO PLUTÓN


Mi querida Big-Bang;


Ayer supe en un taller de astronomía para niños que Plutón se llama así por Pluto, el perro de Disney, que vivía sus días de vino y rosas cuando descubrieron el planeta al que ahora quieren dejar de considerar como tal. Los científicos son así, caprichosos y mobiles, como la donna. Y si ni siquiera de ellos y su presunta solidez nos podemos fiar, ¿qué nos queda, eh?

Bautizar no es baladí. Mi querido Calleja, ahora un poco menos querido porque le hizo ascos a mi jefa el otro día en la tele y eso sí que no, suele bautizar sus pequeñas cumbres tirando de originalidad: León 1, Castilla y León, y así. No sabe que a este ritmo no terminará en la enciclopedia, y si lo hace muchos lo llamarán "el tonto de León". O León, el recurrente.

Luego están los que juegan a la fonética confusa. Mi vecino de enfrente, un macizo con chucho, suele pasearlo a horas raras y a veces nos cruzamos. ¿Cómo se llama?, pregunto- Y él: "Paco". Y yo: "¡Qué gracioso, un nombre español como pocos, muy de Cine de barrio", comento para hacerme la simpática. Y él; "No, es Baco, como el dios". Acabáramos. Si para bautizar a un chucho sin pedigrí hay que tirar de deidades griegas que además de pimplarse conceden deseos que se vuelven en contra (y remito a la historia de Baco y el rey Midas), la cosa de la invención está muy mal y el vecino macizo deja de tener interés, por pretencioso.

Yo, si tuviera perro, lo llamaría Herodes. Un nombre sobrio, nada altisonante y espantaniños pesados. Con historia, con personalidad y con guillotina. Pero como no lo tengo me conformo con bautizar a la gente. A veces es un nombre, a veces es un claim. El último, referido a cierta chunga que tuve cerca en mi vida profesional, es "cateta y soñadora". Pero los mejores motes los ponían mis hermanos de pequeños: "Perro móvil" era un chico de su panda que salía por patas cuando había problemas, y hoy se ha elevado a categoría: ser un perro móvil es ser un gallina.

Lo dejo, que me estoy acordando de otros alias que podrían comprometerme. Aunque me lean cuatro ilustres gatos, nunca se sabe quién puede asomarse por aquí y vengarse con un mote demoledor: "la chunga con mechas" o "la mamarracha de los tacones" serían acertados. Ahí los dejo, gratis total, que tengo que irme a defender la permanencia de Plutón para que me conceda la gracia de convertir lo que toco en oro. O algo.




sábado, 29 de enero de 2011

MATRIMUERMOS


Mi querida Big-Bang:


Huyo de las mujeres a las que el marido no se les cae de la boca. No porque le den duro al sexo oral, circunstancia que ignoro, sino porque en su discurso no son ellas sin su Manolo. El matrimonio otorga en ocasiones una disolución del ego tan espectacular que debería ser un antídoto contra el narcisismo, se me ocurre. Pero tú eres la profesional y yo sólo una mirona que escruta a las parejas como un ornitólogo a los colibríes. Con la esperanza de justificar y poner orden en su estrepitosa trayectoria sentimental.

"Qué mal gestionaste ese matrimonio", me dije J. cada vez que le canto las virtudes del que fue. Y tanto. Nunca hablé en plural, y eso se paga. Ser tan yoyoísta es el mejor pasaporte hacia el divorcio, así que en mi próxima reencarnación haré una boda de pega, a lo Lauren Postigo, que dio el sí quiero en taparrabos de leopardo en una playa perdida, lo que sólo da derecho a hablar de tu cómplice felina, pero nunca de tu esposa (de "sposare", ¿no?)

Tres mujeres viajan en el metro un viernes por la tarde. Una de ellas, pelo corto y gafas de abuela con chaqueta marrón panza de burro relata que lleva dos años sin dormir a solas con su Manolo. Nació el bebé llamado Rubén y fueron tres. Y el jodío se ha hecho fuerte en la cama matrimonial. "Por Reyes Manolo me "echó" un viaje a Sevilla, en su AVE y todo, pero pretende que nos llevemos al niño. Y ya le he dicho yo: Manolo, para eso nos vamos a Chinchón". Hablar en estilo directo refiriéndote a lo que le cuentas a tu marido es un indicio revelador de la disolución del yo en la pareja. Imagino que Yoli (así se llamaba la interfecta) es del colectivo "como digo yo", pero transita mucho más a menudo el "como dice Manolo".

A estas alturas estarás pensando que soy una resentida matrimonial. Una chunga que jugó mal su baza y ahora destila rabia tiñosa ante la visión de los que celebran aniversarios en amor y compañía, tratando de avivar el deseo un día a la semana, con puntualidad británica, para no tener que cuestionar por qué siguen casados. ¿Cínica yo? No lo creas. Anoche me sobrecogí de nuevo viendo "Tierras de penumbra", la película basada en la obra "Una pena en observación", de C.S.Lewis. Una historia de amor entre dos yóes que termina trágicamente, pero no termina y, sobre todo, me hace creer en que a veces Manolo es un tipo que habla de sí mismo. Y Yoli una mujer con discurso propio. Y que de vez en cuando se montan en un tren y se olvidan de Rubén y del mundo, mirándose a los ojos sin decirse gran cosa.

viernes, 28 de enero de 2011

MODERNIDAD Y MAMARRACHISMO.TOMA 1

Mi querida Big-Bang;


Ser moderno se está poniendo muy difícil. No basta con llevar un color de pelo radical, una gafapasta y un look vintage caro carísimo. Tampoco con menospreciar ARCO como cueva de tendencias o asegurar en público que la recopilación de éxitos de Camilo Sesto es lo más. Ser moderno es un estado límbico entre la posmodernidad y el nuevo dadaísmo. Es decir, que para serlo has de acuñar frases vacías pero altisonantes como la que acabo de soltar, sacudir la melena (si puedes, no es el caso) y salir a las pistas a bailar como un zombie, con desgana y ligeros e imperceptibles movimientos de cadera.

"¿Quieres ser liberal? Ten entendido...con las mujeres serás muy atrevido...", decía un versillo de los tiempos en que alguien se molestaba en poner por escrito el modo de empleo de la modernidad. Ahora no. Hay que salir a la calle, pasar frío y observar a las tribus a la salida de un cine de arte y engaño o de los bares que antes fueron puticlubs de Triball. Ese barrio de modernos con pedigrí donde las putas de toda la vida han quedado relegadas a un segundo y triste plano, y miran recelosas a esas lánguidas vestidas de negro que salen de concierto de lunes a miércoles, porque hacerlo los jueves vuelve a ser "de chachas" (y ahí me duele) y los fines de semana son para los que aún no se han enterado de que el jersey de pico de su abuelo es un must.

Yo a estas alturas ya he asumido que no seré jamás moderna. Se me pasó la Movida por pequeña, nunca les perdonaré a mis padres haber nacido diez años antes o diez años después, porque estaría en la pomadilla. En lugar de eso me toca soportar a una adolescente furiosa que me recuerda cada noche que soy una lerda por no conocer sus grupos musicales, y me fulmina cada mañana por pretender que lleve bufanda a bajo cero. No señor, las modernas con acné van a cuello limpio, se suben dos vueltas la cinturilla del uniforme y se pintan la raya del ojo en el ascensor. Eso sí, no saben quién fue Rembrandt y ponen cara de dolorosas cuando las arrastras al Thyssen a cambio de un aperitivo "con refresco y patatas de bolsa" (así lo subrayan) a la salida.

Pero que nadie piense que voy a quedarme humillada en mi purgatorio generacional. Si hay que ser moderna, lo seré hasta el paroxismo. Tengo en casa todos los elementos para mi disfraz, porque de eso parece tratarse: plataformas de diferentes hechuras, una pellica de visón de mi abuela a la que pienso recortar los lomos, un pantalón cagón negro con apresto y una camiseta con agujerillos en lugares estratégicos y toques de strass. Además de la colección entera de relatos de cierto autor sueco de nombre impronunciable, la discografía entera de Mina y mi MacBook Air, gentileza de J., ese hombre ultramoderno que ha decidido entregar su vida a reciclar mi fondo de armario neuronal. Y si hay que gritar en público que donde esté Raphael que se quite La Bien Querida, sea. Por lo que no paso es por bailar como si me hubiera metido un pico de heroína ni por cultivar el escepticismo como tapadera de mi ignorancia. Moderna, bien. Lánguida y sangrehorchata, ni muerta.

jueves, 27 de enero de 2011

SU ORFIDAL, GRACIAS


Mi querida Big-Bang;


Mi amiga C. lleva una semana dormida por inducción, como una vitrocerámica. Alguien ha decidido estudiar su cerebro mientras ronca y le han hado un chute de orfidales del carajo la vela. Visto así, es un chollo. Vacaciones pagadas en el mundo de las sombras, mientras ahí fuera pasan cosas que no te tocan ni mucho ni poco. "Para lo que hay que ver", diría Mr.Rubidio, ese hombre tan optimista y lacónico que duerme con redecilla, a lo Hércules Poirot, y cree que el somnífero es la droga menos cool de nuestro tiempo. ¡Donde esté la absenta!

La cosa es que si te duermen, te desactivan como a un robot sin pilas. Tú entras en ese túnel del viaje, a lo Janis Joplin, y un buen día te despiertas y el mundo ha cambiado. Siempre me ha estremecido lo de la congelación de Walt Disney porque me parece una idea monstruosa. Crionizarte como unas judías verdes tiene sentido si vuelves a un mundo feliz donde no hay revivals de la moda de los ochenta, ni discursos vacíos de políticos mediocres ni programas de enaltecimiento de la caspa nacional. De lo contrario, es un shock gratuito y una condena.

Luego está el escaso partido que se le saca al letargo. Porque, ¿a nadie se le ha ocurrido inducir sueños preestablecidos para que seas feliz? Por ejemplo, el sueño destroyer: tú eres un tipejillo en chándal de Dolce Gabbana que perpetra un butrón en el banco donde tienes tu hipoteca (y mando desde aquí un saludo a mis señoritos del Openbank, que me estarán escuchando). O pasas una noche de sexo y desenfreno con tres de tus ídolos (porque, puestos a soñar, más vale que practiques alguna fantasía tridimensional, digo yo). En mi caso me valdrían Eduard Norton y dos efebos sin cerebro pero sobrados de testosterona, para compensar. Juntos repasaríamos las tablas de multiplicar sobre el colchón, practicando cifras en escorzos impensables hasta que la mañana nos sorprendiera hechos un lío. Y así...

Te dejo, que debo ultimar los detalles de mi nuevo negocio. Esta vez sí que me haré asquerosamente rica, y será Eduard el que quiera soñar conmigo. Encargaré a A.Elbaz que me haga un fondo de armario de Pretty Woman y con mis Lanvines y mis abalorios daré breves paseos por el mundo de los zombies, para chutarme a discrección con el crepúsculo. O a la hora del aperitivo.




miércoles, 26 de enero de 2011

A LOS HOMBRES DEL TIEMPO NO LES GUSTAN LOS ANTICICLONES

Mi querida Big-Bang;


"A los hombres del tiempo no les gustan los anticiclones". Una vez lo dijo uno en la tele y yo pensé que era un título perfecto para un relato de Salinger o de Carver. Perdóname este ataque cultureta de segunda división, pero para dos referencias que tiene una, las saca a pasear cuando procede. La cosa es que desde que la noticia es el frío, los del tiempo atesoran minutos de gracia. En cuanto el locutor les da pie, se crecen, respingan el culillo y,no sin cierto sadismo, nos anuncian que se avecina un apocalipsis tiritón. Que es invierno y hay que abrigarse. ¿Así hablaba Zaratustra?

Lo entiendo. Todos queremos tener nuestro momentazo. Ser glorificados en el panteón de la ocurrencia y de los cameos perdidos. Pero plantarse delante de una pared fingiendo que ves un mapa con el culo, con perdón, no deja de ser una extravagancia. Una de esas convenciones sociales que hemos aceptado sin discusión, como la virginidad de la virgen en el colegio de monjas o la insoportable levedad del ser en un bestseller de hace años, cuando lo que había que leer eran Carver y Cheever o estabas muerto socialmente.

Hablar del tiempo, sin embargo, no ha perdido su tirón. De qué hablamos cuando no hablamos de nada es otro buen título de relato con una respuesta fácil: de la lluvia, del viento y, a más a más, de la única nevada del lustro en Madrid. Los telediarios se ponen cachondísimos con la nieve. Cinco o seis minutos de relato pasado por los copos, preescrito y tantas veces repetido que sale de un tirón, como la tabla periódica de los elementos químicos en la prehistoria de nuestras vidas.

Hoy es miércoles y se avecina tormenta tropical. Una sarta de ocurrencias preelectorales que azotarán nuestras mentes como si tal cosa. Con suerte, a mediodía brillará un sol velazqueño y podremos sacar nuestras veleidades a pasear con unos buenos tacones y un vestido nuevo que muestra más de lo que enseña. Es posible que el huracán nos nuble la vista y que dos o tres arpías se personen con funestas intenciones. Pienso apuntalar mis ventanas y fingir que en la retaguardia hay una pared verde o azul para escapar de relatos chungos, mediocres, repetidos. Como este.

martes, 25 de enero de 2011

ETERNIDADES

Mi querida Big-Bang:


Anoche M. habló de J. como se habla de un dolor que aún no ha entrado en el congelador. El más allá debe ser un espacio para los que te piensan cuando ya te has podrido en un agujero. Y el olvido es un infierno. Así, cada vez que me asomo a la puerta de la nevera y miro a mi abuela en esa foto con su gesto entre adusto y burlón, le doy un punto de eternidad. Hay muertos que sólo reviven el día de la esquela del periódico. J.no. Cada naranjo de su huerto es un paseo por el bosque de su memoria. M. quiere que sea así, pero no un altarcillo panegírico que atrape al muerto entre los muros de la casa: "Espero que en dos años esto no sea así, no puede ser así", resuelve tan guapa y tan de negro.

"¿Te das cuenta que mucha gente que se muere sin haber tenido un amor?" me dijo una vez mi querida A-2, cuando le explicaba lo que una vez tuve, perdí y recuperé. Cierto. Y puede que las grandes historias sean mentira. El otro día vi "El discurso del Rey". Wallis Simpson y el rey Eduardo no parecen vivir ese arrebato heroico que nos ha vendido la historia, sino lo que vulgarmente se conoce por encoñamiento. "Hay que ver estos ingleses qué rencorosos son, pensé, que con tal de sacar su ponzoña vital son capaces de hacer añicos una historia romántica". Si esta es de mentira, hemos de dudar de esas otras de plexiglás que se nutren de la lana de de las alfombras rojas de Hollywood. ¿Llorará Pitt a Angelina el día que esta muera o se echará en brazos de otra que le jure que no va a tener más hijos, y menos aún con cara de serial killers asiáticos?

Creer o no creer, esa es la cuestión. Quemar los cuentos edulcorados de príncipes y princesas y contar la historia de M. y J. Ambos casados, con matrimonios de esos que pueden duran la eternidad gris monocromática. Un día se conocen, otro se reconocen, se dan cuenta de que no pueden respirar si no es cerca el uno del otro. Y rompen con sus vidas anteriores, y escandalizan al mundo como Wallis y Eduardo. "Pasó el tiempo, yo no me quedaba embarazada, y nos planteamos que podíamos vivir sin hijos -relataba ayer M. bebiéndose al fin con ganas una crema caliente. "Estábamos bien juntos, solos, y entonces decidimos hacer la tesis doctoral". Así fueron pasando los años, la tesis, dos hijos, un centro de terapia, un huerto...

Resuelvo poner una foto de J. en mi nevera. Quiero resucitar a mis muertos y a los muertos de mis amigas un rato cada vez que me prepare el primer café del día. Resuelvo matar de una vez por todas a Blancanieves y al príncipe relamido ése del beso y contar otra vez La Princesa Prometida. O la historia de M. y J., apenas interrumpida. "Sé que J.va a estar siempre conmigo", decía ella casi al despedirse. Puede que eso sea lo que otros llaman pomposamente la vida eterna.

domingo, 23 de enero de 2011

TOTUM REVOLUTUM

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LA MALDICIÓN DE LA PELIRROJA

Mi querida Big-Bang;


¿Si te tiñen de pelirroja debes comportarte como tal? Lo digo porque la primera que se me viene a la cabeza es la de "The quiet man", esa que incordiaba a John Wayne, y no me veo triscando por las colinas irlandesas con cara de mala leche. ¿La identidad es algo tan frágil que un vaivén de peluquería puede hacer tambalearse? Un suponer, si el portavoz de los controladores aéreos, César Cabo, no fuese tan rubio, ¿tendría ese nutrido club de fans pidiendo "Yo también quiero que me controles"? No, si el tipo fuera pelirrojo sería un icono gay, a lo YMCA, llevaría chupa de cuero negro ajustada y gafas de rock y le dirían "hazme tuyo, César", seguido de un catálogo de especificaciones sadosexuales muy completo.

El pelirrojismo es rebeldía innata, de la que actúa por dentro y se nota por fuera, como el Bio. Una rubia siempre es una incógnita. Puede ser despiadada, pero con un asombroso aspecto angelical. Y al cine me remito. Tantas rubias asesinas, ladronas, seductoras con recámara, dispuestas a destrozar el corazón de cualquier incauto que pase por allí. Se me ocurre que en una ronda de sospechosos las pelirrojas siempre pierden la partida, pero fijo que son mucho más hábiles al póker y a la ruleta rusa.

De ahí que siendo pelirrojo te atreves a tirarte de un puente o a tirarte a un ganster. El rojo embravece, da alas. Lo malo es que cuando te las cortan no hay vuelta de hoja. A una pelirroja herida no la salva ni el bueno de John Wayne con sus zancajas de vaquero pluriempleado. La pobre terminará sirviendo pintas en la penumbra de un pub a una manada de hombres chungos que eructan en su cara, y que jamás lo harían delante de una rubia.

Como es domingo toca seguir siendo pelirroja. Aprovecharé que voy de incógnito para mangar unos CD,s en el Corte Inglés, decir muchas palabrotas de esas que una rubia contiene por decoro y por estética social, y ponerme una chaqueta de punto con pelotillas y botas Doc Martens, que es el look más adecuado a esta catástrofe. Atentos a las noticias, que lo mismo hoy se perpetra un golpe en un museo a las mujeres Renoir, tan vivarachas, tan pelirrojas...

viernes, 21 de enero de 2011

DE MUERTE Y DESEO

Mi querida Big-Bang,


En ocasiones yo también veo muertos. Vale, la frase no es mía pero he soñado con que a un señor le obligábamos a fingirse muerto en su funeral, y el hombre a ratos se impacientaba, movía las piernas e incluso trataba de incorporarse mientras todos simulábamos que no nos estábamos dando cuenta. El cura, entretanto, leía el responso sin pestañear, y la señora del presunto difunto se pintaba las uñas de rojo Chanel con absoluta concentración desde el primer banco. Un sindiós.

Las ceremonias de la muerte deberían tener elementos cotidianos para quitarles dramatismo. Los egipcios, sabia civilización, lo sabían y además de enterrarte con tu chucho tenían el buen gusto de embalsamar tus despojos. Así, si no estabas muerto del todo, siempre dispondrías de un entretenimiento para pasar el rato. Al macizo de Buried le dejaron el reloj y el móvil. Yo casi que prefiero prescindir de la high tech, porque soy tecnolerda y porque la presbicia me impedirá mirar los mensajes del más allá.

Confieso que cada vez que voy a un tanatorio pienso si el muerto nos estará mirando. Qué le parecerá la reacción de su viudo/a, el ramo de flores ostentoso de su jefe, el catering y hasta el look de los asistentes. La muerte suele concitar extrañas reacciones. La risa floja, los picores, el deseo... "Yo debuté el día que murió mi abuela", me confesó un día mi amiga A., argentina, y para no iniciados aclararé que la rubia tuvo su primer revolcón completo. Las reacciones extremas se tocan, digo yo, y seguro que la difunta se estremeció desde el más allá ante semejante y glorioso efecto colateral.

Huelga decir que hoy tengo cita en un tanatorio y por eso me siento más viva que nunca. Con ese extrañamiento que me provocan la muerte y su ritual. Tan postizas, tan reales...

jueves, 20 de enero de 2011

REBUZNOS EN LA NIEBLA


Mi querida Big-Bang;


Ayer me llamó cierto periodista de la vieja escuela y me hizo una predicción desde su bola de cristal azuloscuracasinegra: "Rajoy va a ser el próximo presidente del Gobierno". Yo me quedé callada al otro lado del teléfono, sin dejar de rellenar las letras de mi juego del ahorcado, y él prosiguió: "...claro que lo mismo ganaría un burro que compitiese con Zapatero dentro de un año". Tanto entusiasmo agudiza mi natural escepticismo, así que me descolgué con una perorata sobre el ardor competitivo de los rebuznos políticos y el hombre decidió que, al fin y al cabo, la de las mechas no era una interlocutora tan interesante.

Mi querido J. lo tiene claro. Es el momento de fundar un partido político entusiasmante. A mí me ponen ese palito con zanahoria delante y me vuelvo burra rebuznona: "Sí, podíamos formar el partido consumista sin conciencia, la agrupación Hanna Montana de padres de adolescentes atontados, el círculo de cuarentonas que tuvieron pero apenas retuvieron, el club de Barbara Cartland para sufridores del desamor, la congregación de la bicicleta sin frenos o el "partido Calleja sin cuentos, directo a su oreja".

Ni recuerdo la última vez que alguien quiso convencerme de una idea política contagiándome su entusiasmo. Yo escucho el tonillo mitin y me desactivo. Es como si me estuvieran dando un bocata y subiendo a un autobús para ir a aplaudir a un tipo sobreactuado que se empina detrás de un atril para vender doctrina en la que no cree. Me molesta que me griten, que me enfaticen frases con rima asonante. Me molesta que hagan silencios teatrales donde sólo cabrían abucheos y me molesta no poder llevar mis tacones porque los discursos tienden a alargarse en proporción indirecta a su interés.

Así que si alguien tiene algo interesante que venderme, que lo haga ahora o calle para siempre. Sólo pido tres cosas: concisión, ausencia de cacofonías y del adjetivo "emblemático". Candidatos limpios de polvo y paja, que no actúen movidos por la vanidad y el complejo con chispazos de venganza de estudiantes que no fueron líderes. De feos que no se ligaron a la maciza de COU. Las represalias históricas no traen nada bueno. Si acaso, el leve sonido de los rebuznos en la niebla...

martes, 18 de enero de 2011

EL SÉPTIMO, NO ROBARÁS

Mi querida Big-Bang;


Anoche me comí un pomelo sin hacer muecas. Es una de las pruebas a las que someto periódicamente a mi organismo para comprobar si siguen en forma los reflejos que me importan. Otras son hacer equilibrios sobre la bici por una acera empedrada, pintarme el ojo mientras le doy al brushing, escuchar a cierto expresidente salvapatrias decir que la nuestra está intervenida, a ver si con suerte los mercados le escuchan y pegan la estampida, mientras me enjareto las pastillacas de la noche, y contar de seis en seis, hacia atrás y en inglés.

Ser de colegio de monjas te predispone al sufrimiento resignado. O a otros bajos instintos. Mi amiga A-2 confesó el otro día, urbi et orbi, haber robado una biblia de la iglesia mientras hacía cola en el confesionario. J, que es un modernillo transgresor, aprovechó para decir que de joven se hacía los porros con las hojas de la biblia familiar, y en ese in crescendo estuve a punto de contar que yo también me esnifé a mi abuela, pero como soy de cole de monjas me contuve, que luego hay que confesarse.

Lo de contarle a un oscura (así los llamaba mi adolescente cuando aún leía la biblia) los pecados siempre fue un trauma. Me parece mucho más práctica la técnica protestante, más de película del Oeste: solos dios y tú. Si A-2 hubiese contado lo del hurto a un cura, fijo que aún estaría murmurando padresnuestros en penitencia. Pero confesárselo al director, no a una sucursal, le hubiera allanado el camino del arrepentimiento y hoy no necesitaría hacer un outing social para quitarse ese peso de la conciencia.

La conciencia es un engrudo que se va endureciendo con el paso de los años. Un día te descubres falto de reflejos y entonces arrancas la costra, sangras y todo vuelve a su sitio. Yo mangué un paquete de galletas para hacerme la chulita con la panda y aún recuerdo el sonrojo cuando me pillaron. También hice unas pellas en un parque y sufrí lo indecible hasta que llegó la hora de volver a casa, cabizbaja y preguntándome por qué algunos nacemos con reflejos transgresores tan escasos.

De ahí que coma pomelos sin hacer muecas, mientras miro de reojo la biblia que me regalaron el día que me casé y que no devolví con el divorcio. Lo que se da no se quita, Santa Rita, Rita, Rita, decíamos metiéndonos el cromo en el baby del colegio. Y A-2 se relamía de gusto pensando que su botín bíblico era inmensamente mejor. Tanto, que aún hoy no se ha deshecho de él. ¿Milagroooooo?

domingo, 16 de enero de 2011

INCONTINENCIA

Mi querida Big-Bang;


No hay gafas de aumento para la presbicia intelectual: Llega, se instala, te obliga a inclinar la cabeza demasiado cerca de las cosas y entonces pierdes la poca perspectiva que tenías y te da por hablar por hablar. Un ejercicio letal para las articulaciones del cerebro que se practica a menudo en autobuses, televisiones y ascensores de todo el país sin que nadie se haga una pieza al respecto en los telediarios.

"El primero que habla, pierde" es una de las grandes sentencias de mi hermano I., un tipo muy agudo que hace pesas con sus reflejos mentales para evitar decir monsergas. Igual que hay expertos en rellenar espacios con palabras, los hay en callarse para que el otro desnude su estupidez y hable de más. A los primeros podemos llamarlos inseguros incontinentes, a los segundos, jugadores de póker. Mi amiga A-1 dirige un curso brillante titulado "Póker para guionistas". Una mala jugada puede convertirse en una gran historia, sostiene. Como en la vida. Una conversación vana, pongamos que de ascensor, puede ser el comienzo de una gran amistad o la antesala de un revolcón.

Yo no he aprendido jamás a jugar al póker, lo confieso. Soy de las que llama rombos a las ¿picas?¿diamantes?, según la clasificación de mi querida A-1. De ahí que cuando me enfrento a un jugador me quedo muda en primera instancia y verborreica en la fase dos. Y puedo llegar a confesarte que maté a Manolete o que fui la mano que mecía la cuna en esa inquietante y creo que mediocre película de la canguro chunga. Por eso no me gustan los juegos de azar, y entiendo el casino como un confesionario sórdido donde el humo (otrora) ciega las peores intenciones.

Lo mío es el Intelect. Siete letras, un tablero y un reloj de arena para componer palabras sin vaciar el alma. "Monserga", apunto, y me invade una satisfacción casi tan orgásmica como cuando hice "palíndromo" y las chukis amenazaron con levantarse de la mesa porque me la había inventado. El juego es la alternativa a las gafas de aumento. Y yo ya he jurado que no pienso volver a llevar unas sobre mi nariz jamematen.

Tenga usted un buen domingo con conversaciones trepidantes de ascensor. Y no olvide mantener la mirada fija en su interlocutor, a esperar que empiece a soltar una perorata tonta y se eche a sus pies entre el segundo piso y el cuarto. Yo, si eso, voy a ensayar la contención de mi incontinencia. O lo mismo no.

sábado, 15 de enero de 2011

...O MERENDAMOS?

Mi querida Big-Bang;


Las meriendas se inventaron para ahogar los excesos en café con leche y croissant. Una merienda, por definición, es asexuada y ligera como una partida de canasta. Le falta el aire canalla y prometedor de la cena y el elogio de la gula siestera de la comida. Uno merienda sin necesidad, sin hambre, para detener la tarde y estirarla como el pico de la servilleta bordada que te coló en el ajuar tu tía Purita (a mí no, que no tuve ajuar y ese es un trauma que arrastraré siempre). Una merienda es un acto social como la conferencia de un poeta triste en un macrohotel de convenciones iluminado con tubos fluorescentes. Pero en technicolor.

O puede que no. Porque a mis amigos y a mí nos ha dado por organizar meriendas. La coartada perfecta para no darle a la frasca -no son horas, convendrás- pero sí a la lengua perezosa de un domingo por la tarde. Se me antoja que merendando surgirán grandes proyectos de eternidad que lo mismo mueren en cuanto recojamos el mantel con sus migas. A mí hace meses que se me van los ojos detrás de las mantelerías, y está claro que era una señal. Una llamada poderosa a la merienda.

Lo mejor del recreo era abrir el bocadillo que te había preparado tu madre y descubrir qué ocultaba el botín. Con suerte era de Nocilla o de jamón serrano. Con mala fortuna, de mantequilla y mermelada. Lo peor que te podía pasar era que te pidieran un trozo el día que la merienda molaba. Y mucho peor si te dejaban las babas por los bordes. "Anda, cómetelo entero, si eso...". La merienda iba en unas bolsitas de tela multicolores con cordón y el nombre bordado. Una cursilada que le daba pedigrí al acto de merendar. Con la invasión del alumínico se acabó la merienda y nos quedamos huérfanos de babas.

Pero que no cunda el pánico. Esto tiene arreglo. Declaro inaugurado el turno de meriendas domingueras para estrechar amistad y engordar cinturas. Se ofrecen calor y risas con chocolate. Imprescindible juntar amigos de distintas procedencias, para que haya tensión asexual no resuelta. Me dispongo a almidonar mi mantel marroquí y poner flores frescas en mi jarrón de Fiebre del sábado noche. Merendar será volver al patio del colegio, al "churro va" y, si me apuras, a las corrillos bajo el sol y el cemento de un día cualquiera donde deteníamos el tiempo masticando un donut de chocolate.

viernes, 14 de enero de 2011

EL MUERTO AL POLLO

Mi querida Big-Bang;


Ver sólo a medias me permite mirar lo que quiero y obviar el resto. Lo del corazón que no siente es un refrán muy bien traído. Ayer me enzarcé por teléfono con mi amigo A., que se ha operado la nariz mientras yo me operaba el ojo. Fue como un viaje al asilo, los dos reconfortándonos de nuestros respectivos quebrantos, los dos regodeándonos en las miserias, con la tele puesta en un programa de gritones que hablaban de los detalles íntimos de una pareja mediática de gays infieles. "Mira, a ésos no los han metido en el quirófano pero les han hecho jirones el higadillo", murmuré. Y el hombre, acostumbrado a ser perseguido por las cámaras, siguió a lo suyo. "Me estoy mirando la nariz y la verdad es que me la han dejado muy de patricio romano". Pues eso.

Lo de la compensación de los sentidos también es un hecho probado. Cuando menos ves, mejor hueles. O lo mismo se te agudiza la malicia, el piloto para detectar segundas intenciones, envidias tiñosas y porculismos varios. Como los de la tertulia gay eran todos malísimos me eché a la cocina a ver qué podía resolver con tres elementos: un pollo de corral tieso, dos o tres patatas y una cebolla en perfecto estado de revista. El horno, ese gran desconocido, arrancó sin problemas y lo estuve adorando mientras atendía el teléfono como una profesional de la convalecencia. "Sí, verás, me han pasado un estropajo nanas por el ojo...No, creo que tengo un 50% de posibilidades de convertirme en Hellen Keller, la chunga aquella que gritaba como un demonio mientras la sufrida institutriz le daba por saco con el braille...".

Así andaba, esta vez con mi amigo J., cuando empecé a ver un humillo sospechoso. ¡Te dejo, que el pollo se está chamuscando! A ver, mujer, ¿no le has puesto el albal encima? Y yo: ¿qué albal ni qué niño muerto, lo he puesto todo junto como se hace en Canal Cocina! Claro que ni tengo Canal Cocina ni un conocimiento profundo de los estadíos de cocción del pollo, así que lo bajé al mínimo y huí como un conejo al salón, a esperar el holocausto enganchada al teléfono.

Paro, que se me nubla el ojo y el entendimiento. Además, tengo que pensar qué puedo perpetrar hoy sin salir de casa y aprovechando el despertar de mis sentidos. Pásate cuando quieras que lo mismo he hecho un cocido madrileño completo, como la maruja que siempre quise ser. Y a las cuatro no me llames, que estaré enganchada al "Amor en tiempos revueltos" ése con mi amiga A-1. es lo que tenemos las intelectuales!!!

miércoles, 12 de enero de 2011

LECTURAS PARA TUERTOS

Mi querida Big-Bang;


En pocas horas me dejará tuerta un cirujano de ojos azules asquerosamente rico. No es que no me mole emular a la de Éboli, es que tengo demasiadas cosas que vigilar en esta vida como para perder ripio al 50 por 100. Así que aquí me tienes, mirando fijamente las cosas en estéreo. Mi teclado, al que soy más fiel que a mi perfume o a los hombres. La cara de hurón resudado de Minichuki, el cajón de los desmanes perdidos y algunas cartas arrebatadas que recibí a los 17, cuando aún creía en el sexo de los ángeles.

Ver o no ver. Esa es la cuestión. A veces es mucho mejor estar ciego. Si ves, tienes que actuar, tomar partido, reaccionar. Esta perogrullada no me la perdonará mi Práxedes, ese filósofo pret a porter que me guía por la senda del pensamiento profundo (y del otro). Cierto que el Ensayo sobre la ceguera te dejaba un mal rollo existencial del carajo, pero anda que no hay documentación acreditada sobre los cuernos que, por no vistos, no fueron. Y sobre esos mails leídos a hurtadillas que a muchas y muchos les rompieron el corazón.

El otro día leí a Gerard Mortier en Vanity Fair. El tipo hablaba de Julien Assange, el de Wikileaks, y decía que pocos superaríamos la prueba de que se hicieran públicos nuestros correos electrónicos. Estoy completamente de acuerdo. Los carga el diablo. Pueden sugerir traiciones, seducciones, intenciones más o menos elevadas o torticeras. Con cada mail uno se inventa o se reinventa para el otro. Pero no para terceras miradas tuertas que harán su propia lectura descontextualizada. Mejor no ver.

Es mucho más práctico leer con el tercer ojo y escribir como quien pinta un graffiti en una estación de Metro recién inaugurada. La escritura como provocación. Interprétame si puedes. Mentir por mail es como fumar puros. Un placer. Un estilo literario que pide paso a codazos. No se me ocurre nada más perverso que enviar un correo electrónico dirigido en realidad no a su destinatario sino a quien lo leerá a hurtadillas.

Como ya tengo mi plan voy a soltar la tecla, hasta que ojosazules tenga a bien desvendarme la mirada. Nada me gustará más que recibir mails retorcidos con terceras y cuartas intenciones. Arranca el concurso, se buscan candidatos. Hágase la luz.


martes, 11 de enero de 2011

LA TRIBU DEL DESCAMBIO


Mi querida Big-Bang:


Últimamente no hago más que escuchar a gente que se cita a sí misma: "Como digo yo..." Entiendo que es envidia tiñosa por no tener categoría para un mayestático a lo Papa Benedicto, pero me produce urticaria. Tanta, como escuchar el verbo "descambiar". Ahora es cuando saltas encima de mí para recordarme que está en el sagrado diccionario, ya, pero de toda la vida decir descambiar era vulgar. Y esos académicos que le han quitado el acento a truhán no tienen para mí tanto predicamento.

Recuerdo los libros de Lázaro Carreter como una buena pesadilla. Como decía él, lo que diferencia al hombre culto es su capacidad de variar de registro. A mí el registro del descambio no me sale, así que me confieso profundamente inculta. Hay palabras que se atragantan o, como dice mi chuki pequeña, "se hacen bola". Y como no tengo trazas de anoréxica no puedo salir a vomitarlas. Las empujo con pan y un trago de vino.

Claro que sé que la batalla está perdida. Chuki mayor utiliza con asombrosa liviandad algunas perlas que apunto para hacerme la guay entre sus amigas. Esas tipejillas de la cofradía de la raya en el ojo y la melena planchada: "Mamá, no te motives, anda" quiere decir que no me emocione. Pero como las palabras cambian la realidad ando abúlica por la casa sin motivación ni ganas de descambiarme para ser más moderna y actual.

Ya puestos, como a mayestática no llego, voy a adoptar el lenguaje y la ortografía que me dé la gana. Acentuaré fé, que es algo que me tienta de toda la vida. Y diré "hambunguesas", "siriveta" (servilleta) "la regaliz" o "un sorpresa", como se ha dicho intramuros de toda la vida de dios. Me declaro reaccionaria, revolucionaria. Pido la guerra y la palabra.

Y pienso hacerme la sueca en la cofradía del "como digo yo", aunque terminen "descambiándome" por otra rubia mechada más complaciente.

Señoras, señores, es hora de ajustar cuentas con Lázaro Carreter, que tan malos ratos nos dio en la infancia. ¿Motivada yo? La que más...

domingo, 9 de enero de 2011

Puerto catarsisi


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La familia bien, gracias

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VIDAS YONKIS

Mi querida Big-Bang:


Pienso pasarme todo el día metida en casa, con mis legañas, mi pijama desconjuntado de algodón orgánico y toneladas de café. Los días yonkis son los que ordenan nuestro caos, por acumulación de ponzoña. Pete Doherty lo sabía y compuso temazos mientras hacía graffitis salvajes en las paredes de su casa. A mí la vena hardchunga no me da tan tremenda. Me limito a abrir armarios y preguntarme: ¿Realmente te necesito? Si la respuesta es un no, o incluso un tibio sí, arramblo sin contemplaciones y tiro el contenido a la basura. Luego me premio con una mascarilla de semen de pantera y un rato de "Dos hombres y medio", mi serie favorita para días de encefalograma justito.

Tampoco estoy al teléfono. Si acaso, finjo una voz cavernosa, como de mayordomo desmotivado, y digo un "la señora no se encuentra", que es lo que dicen los mayordomos de las casas donde hay señora y retratos de Antonio de Felipe. En realidad, ahí no miento. No me encuentro. Y tampoco me busco demasiado. Creo que es un ejercicio inútil e innecesario cuando has decidido pasar un día yonki donde la máxima debería ser "laissez faire, laissez passer".

Si acaso, guardaré los regalos que me han traído los Reyes. Todos menos el conjunto de pijama, neceser, bragüelas y suti con pingüinos, que me retrotrae a los 13 años. "No te has enterado, esto es porno manga, chitina", me dijo mi hermano I., descojonado (con perdón) ante mi cara de estupor al abrir el pack de viciosilla sexynaif. Me consta que mi amiga invisible quiere enviarme un mensaje para que le dé un giro inesperado a mi vida sexual, pero ya puestos podía haber acompañado el kit de un disfraz de Lolita con trenzas y piruleta. Hay que rematar.

Entenderás que la abulia me impide escribir mucho más. Voy a cerrar el chiringuito y a arrastrar los pies hasta un lugar seguro donde no haya nada inspirador. Pete no aprobaría que hagamos terapia. Con un poco de suerte la cama sigue calentita y puedo rescatar algún sueño indolente y esquivo. O incluso la nada...

viernes, 7 de enero de 2011

RESACÓN EN EL PUERTO

Mi querida Big-Bang:


La maruja ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Yo, que soy una falsa, finjo que el mocho no es lo mío y que apenas sé coser un dobladillo, pero cuando necesito una catarsis, como la postnavideña, sólo me salvan el trapo y Mr. Proper. Así, deslomada, consigo domar esta desazón del mazapán y el relleno del pavo (R.I.P), las reuniones familiares (y mando desde aquí un saludo a mi familia, que me estarán escuchando, sin acritú) y la necesidad urgente de cambiar de hábitos.

Así se lo hice saber a J., y el hombre me propuso ir a un hotelito recoleto en el Puerto de Navacerrada, para folgar y pisar nieve. "Verás como vienes nueva, sin estrés y con ganas de recuperar tu tronío". Y así nos pusimos de camino, improvisando unos looks de esquiador de clase media baja y rezando para no encontrarnos a mi entorno del glamour y la lentejuela. Éramos dos tipejillos ansiosos de experiencias paranormales sin luces ni boato. La dieta de la felicidad.

Pronto se nos fue haciendo de noche por la carretera. "Yo diría que empiezo a ver mal". Y él: "Tranquila, que mi GPS y yo te guiamos, chitina". De pronto, la niebla. Una niebla del carajo que no dejaba ver a dos metros. "Aquí nos matamos", informé lacónica a J. y a su GPS. Y esperé la llegada de la mujer ésa chunga que se te aparece en una curva y lo siguiente es que pasas a formar parte de una leyenda urbana. La adrenalina se me estaba situando entre hígado y páncreas, pero no había más opción que subir el puerto, sin ganas de catarsis ni de vivir.

De llevar mi videocámara deluxe hubiéramos aprovechado para nuestra última filmación, a lo Proyecto de la bruja ésa que fue un hit, y mis chukinas pasarían a la historia por su madre, esa pobre que se despidió a lo grande, dando la nota como sólo ella sabía. Pero no. Tras un interminable calvario de curvas llegamos al hotel. Nadie en la puerta. El viento y la lluvia empujándonos contra el cristal. "Ya, voy, ya voy...Este es un hotelito familiar, aquí abajo no hay nunca nadie". nos advirtió la portera, cuanto tuvo a bien aparecer. "Si necesitan algo, éste es mi teléfono"...Y yo, "ahora es cuando nos descuartizan y no se entera ni el Tato".

Lo que sigue es la crónica de un plan chungalí anunciado. Toda la noche sin parar de llover, y esta mañana ni gota de nieve, la estación cerrada por temporal y yo sin catarsis que llevarme a la boca. "Pues yo voy a estrenar mis pantalón de ultramontaña", dijo J., que es muy suyo. "Pues muy bien, chitín, ya si eso te encontrarán con un look rechinflante".

Por fin en casa he hecho lo que me pedía el cuerpo. Sacar la escoba, los productos de limpieza de primeras marcas (a esquiar no, pero al chacheo me preparo a lo grande), y deslomarme por las esquinas. Ahora sí que sí, puedo decir al mundo "feliz año 2011", y que lo que Mr.Proper ha unido, no lo separen unas fiestas cada vez más largas, cada vez más agotadoras...

miércoles, 5 de enero de 2011

VIOLETAS IMPERIALES

Mi querida Big-Bang;


A Mr. Rubidio le parece bien que mi tono se haya ahuecado y adquirido ciertos tintes melodramáticos. "Nena, ya tienes edad para abandonar la fruslería y centrarte en lo esencial, el sentimiento trágico de la vida, el nihilismo, la consistente evidencia de la muerte". Ciertamente. Si por él fuera diría bye bye a mis sesudas lecturas de Vogue y Architectural Digest de madrugada, a las pelis serie B del domingo por la tarde y al discurso deconstruido y deshilachado de mis amigas de siempre.

Rubidio huele a naftalina, no sé si te lo había dicho. La única vez que cortejó a una mujer se plantó bajo el alfeizar de la ventana para tararearle "Violetas Imperiales", a lo Luis Mariano. El hombre, cuando bebe, se empeña en recordarme la escena con su idolatrada Maricarmen, "piel de jade, ojos de cervatilla, labios de rubí", en una maniobra descriptiva a medio camino entre el "Cantar de los Cantares" y Corín Tellado. La cervatilla debió huír, despavorida, a poco sentido común que tuviera. Porque un cursi como Rubidio no es fácilmente digerible.

-Rubidio, entonces, ¿te la beneficiaste o no?, le pregunto con sorna. ¿Maricarmen emprendió el trotecillo grácil al ver tus nefandas intenciones o la hiciste tuya bajo un almendro, a lo Jardiel Poncela?". Y entonces el hombre se enfurece apenas, porque el recuerdo de Maricarmen es mucho recuerdo, y compone esa mirada de ensoñación tan propia de las violetas imperiales. "Ay, ya no quedan mujeres como esa, tan castas, tan comedidas, tan cimbreantes como un junco..."

En ese punto me sobreviene una carcajada, que ahogo porque el hombre es muy sensible y porque a este paso me quedo sin amigos. Debo tener en cuenta que Rubidio es de esos hombres que aún meriendan, llevan zapatos de rejilla, guardan un bote de "Brumell" en la estantería del baño y llaman frigorífico a la nevera. Una especie en peligro de extinción, como la cervatilla, mientras que chulillas con mechas hay a patadas, y jamás fueron cortajadas como dios manda.

En realidad, debo reconocer que siento celos de Maricarmen. Nunca jamás un hombre me ha idolatrado como a ella. Con pasión, con desesperación y con esos chalecos de punto color vainilla que Rubi no jubila. Como la gomina, como su exigua discoteca. Rubi se quedó varado en el tiempo y ahí sigue, con su bisoñé y sus chascarrillos de enamorado, mientras que Maricarmen será hoy una abuela gruesa que cocina flanes y relata a sus nietos el culebrón de las violetas imperiales y de aquel tipo que la respetó, no como los de ahora.

Te dejo, que debo preparar el roscón. A mano, con su levadura de panadero y toneladas de paciencia. Voy a ser como las de antes. Quiero besos en la frente y tardes con Jardiel. Idolatría imperial, llámalo así...

lunes, 3 de enero de 2011

RELATIVIDAD


Mi querida Big-Bang;


La teoría de la relatividad no la inventó Einstein, sino el  el instinto de supervivencia. El otro día mis chukis tuvieron un accidente con el coche. Cuando corrí a mirar, bajo la lluvia, la puerta delantera estaba completamente abollada y los cristales rotos. Chuki mayor se había librado por los pelos y por el airbag. La otra dormía en el asiento de atrás y no vio el coche que se empotraba contra ellas. El fin de año brindamos porque estaban vivas y estaban bien.

Ayer paseábamos la tribu familiar tapando la calle como nos gusta hacer cuando nos encontramos con mi amiga MJ. & family. "La otra noche se quemó nuestras casa. Dormíamos, escuchamos unos ruidos y al levantarnos el salón estaba en llamas". Salieron corriendo descalzos y en pijama a la calle, dejando que el fuego devorase su presente y su pasado. Un shock. Pero están vivos y están ¿bien?, dispuestos a reconstruirse en cuanto el seguro les dé un techo y un mantel.

La relatividad no siempre funciona, claro. Cuando un hombre sano y enamorado de su mujer y de sus hijos, de su huerto y de su trabajo, se deja la vida en un hospital sin preaviso, el último día del año, no hay regla que funcione. "J. ha tenido un ictus, los médicos han pedido a la familia que se despida", son los fragmentos llorosos de la conversación con mi querida A-1. Visto y no visto. Nada que reconstruir. El fuego de la muerte deja un agujero infinito. Pienso en el coche abollado. Menos mal que están vivas. Pero J. no, J. está muerto y no se me ocurre ninguna maldita relatividad. Que venga Einstein y lo arregle.

La teoría de la relatividad se inventó para hacernos más llevadera la digestión de la vida. Como todas las teorías, tiende a fallar cuando más se la necesita. Entonces se tira de fe o de Orfidal. 

Y en cuanto a J., siempre voy a recordarlo en mi casa adoptiva de Asturias, preparando zumos de naranja para todos acompañado de ese fino humor inglés, tan valenciano.