lunes, 28 de febrero de 2011

EN EL GLAMOUR Y EN LA GUERRA



Mi querida Big-Bang:



Mientras Trípoli arde Penélope pasea su palmito por la alfombra roja. Lo entiendo. En el glamour y en la guerra sería un buen claim. Las estrellas van a la alfombra como a la madre de todas las batallas. Saben que estaremos fisgando cuántos donuts se han comido de más. O cuánto jugo de piña o té helado como dieta absoluta. Treinta segundos de gloria con corsé prieto bien valen una misa, supongo. Y si Penélope Cruz es lista habrá corrido tras el backstage a zamparse un buen montado de lomo con pimientos después de la gala.

Las dietas, tú sabes, me parecen una fórmula refinada de tortura de los tiempos modernos. Si has nacido flaca, además, no tienes ese resorte de culpa cuando ponen delante de ti un platazo de paella o un buen pincho de tortilla con su pan. A mí el pan con pan me vuelve loca, y sólo cuando me siento y aparece la lorza me planteo que es mi enemigo. El Darth Vader de mi existencia. Pero, claro, yo nunca desfilaré por otra alfombra que la del descansillo del portal. Con su cuadro español de galgos al óleo a un lado y su ficus benjamina lleno de ácaros al otro.

Ser una celebrity con plaza en los Oscar es un dislate. Al menos, si robas los joyones que Bulgari te presta para la ocasión, tiene su aquel. Pero si llevas detrás de ti dos armarios roperos que vigilan cada movimiento no por el resalte de tus curvas a dieta, sino por todo lo prestado -que es todo, menos bragüelas y suti- la cosa cambia. Sólo de imaginar anoche los miles de comentarios venenosos que las arpías vertimos por la red a costa del traje y su moradora, de los retoques y cirugías, del pelo y las plumas, las pobres debieron quedar escaldadas. Pero la fama cuesta, y en la alfombra roja es donde hay que pagar, con sudor.

No vayas a pensar que es envidia tiñosa, que también. Yo tuve mis momentazos de gloria cuando salía de fiesta cada Nochevieja. Mi abuela, en su papel, nos miraba alternativamente a mi hermana y a mí y pronunciaba su veredicto: "estáis muy bien, cada una en su estilo". Pero nunca confesó qué estilo era ese y, sobre todo, si le parecía un estilo o un atropello estético, que también. Hablando de una señora que llevaba sienpre lencería Christian Dior, aquellos lamés y brillos debían parecerle una astracanada, pero nos mentía con cariño, sabedora de que la alfombra roja de la vida ya era suficientemente hostil como para ponernos un pero.

Así que, Penélope, no pienso opinar sobre tu silueta postpártica ni tu traje de mujer de rojo. Espero que a estas horas estés dándote un banquetazo mientras tu look de la 38/40 regresa en carroza a su palacio. Las princesas, lo que tenéis, es que sois disciplinadas y dais por buena la batalla si no hay demasiados desperfectos en cada plano. El resto, las mortales, nos pusimos ciegas de palomitas y coca cola. Sin culpa, sin glamourazo y sin metralletas. Es lo que tiene el pacifismo militante.

domingo, 27 de febrero de 2011

LEVIATÁN



Mi querida Big-Bang:


He soñado con el Leviatán de Thomas Hobbes. Lo estudiábamos en la facultad, con la ayuda inestimable de un profesor que parecía sacado del libro de Los tres mosqueteros. Un tipo triste, con perilla, que era muy consciente de que a aquel atajo de abúlicos había que contarles cuentos con monstruos para sacarlos del tedio. Lo mismo que hace Hollywood. Leviatán se nos antojaba una gran serpiente marina, pero en realidad era el Estado soberano y autoritario. El mismo que ahora pretende que no pasemos de 110 km/hora al volante, que no fumemos cerca de un colegio, que cumplamos con el fisco, que delatemos al traidor y que nos vayamos a dormir rezando cuatro esquinitas tiene mi cama.

"Es por vuestro bien", nos dicen. Y eso me sobresalta aún más, porque uno esgrime ese argumento cuando no le queda otra. Yo misma, a las chukis, las arrastro a ver cuadros los domingos con la cantinela de que si no terminarán sirviendo copas en un bar. O puede que no, porque para entonces lo mismo Leviatán ha dispuesto volver a la ley seca y los puestos vacantes para vagos (y maleantes) son guardaespaldas de Al Capone recidivo, o matón a sueldo, o reponedor de zulos con botellas de Jack Daniel´s.

"Mola, mamá, me pido matón", dice la destroyer de la chuki pequeña, que gasta maneras del hampa desde que nació y colecciona monstruos voladores. Es tan contemporánea que ha ido evolucionando con los tiempos. De pequeña escondía todo lo que llevara caballos -cartas de baraja española, sobre todo- en un escondite, hasta que confesó: "Mira (mostrándome una pelusilla morena a la altura de su nuca) creo que estoy a punto de convertirme en un caballo". No me quedó más salida que negociar la devolución de la mitad del botín esgrimiendo el argumento definitivo: "Es por tu bien".

Sí, todos somos Leviatán cuando nos tocan la capa más superficial. Y como "el hombre es un lobo para el hombre" -frase de Hobbes que el triste nos hacía subrayar en rojo- agradecemos la tutela de la serpiente marina como los chinos la llegada del año del Conejo. Lo malo de la serpiente es que tiene un apetito voraz, y lo mismo termina prohibiendo las mechas, los besos a tornillo, el coleccionismo de cromos, o la desidia existencial.

Así que me declaro en rebeldía y para escenificarlo voy a echarme un cigarrito, ya que no fumo, y a refugiarme en Daniel Canogar con mis Chukis, a las que he engañado asegurando que salen buceadores por los sumideros del lavabo en una instalación tan divertida como los monstruos voladores. Después, aperitivo con refresco y a casa a estudiar. ¿Por qué? Por su bien -habemus Leviatán-y porque para trabajar para el hampa siempre hay tiempo, chitinas.

sábado, 26 de febrero de 2011

COLIRIOS DE GRANDEZA


Mi querida Big-Bang:



¿Tiene sentido comprar lágrimas artificiales? Es decir, uno presuntamente llora de forma natural. O se reprime. Pero chutarse un sucedáneo de dolor, de emoción, con gotero, no deja de ser insólito. Lo mismo hemos inventado la solución salina para volver a sentir. Tú tienes el hígado atrofiado de toxinas que te han herido, que te han estremecido, que te han arañado pero no les has dado salida. Entonces abres el vial y dejas caer apenas dos gotas y lo siguiente es que te pegas una tupitaina de plañidera vocacional. Y sientes.

La inversión de la carga de la prueba es que uno no tiene que demostrar que el otro es culpable, sino que tú eres inocente. O algo así. Las leyes de la inversión no se dan en la física raquítica que yo no estudié. A veces el otro actúa con extremada mezquindad, y al invertirlo, resulta que lo único que tiene es miedo. Así me lo hace ver J., que se ha pasado la noche dándole vueltas a un enigma como el que busca cuadrar el círculo. Miedo a perder, miedo a enfrentarse con su hígado intoxicado. Miedo a llorar sin ayuda de un colirio.

Yo, para eso, tiro de Bach y de sus variaciones. Esto, dicho así, queda muy cultureta y se lo dedico a esos fans letrados que se desesperan con tanta frivolidad. La música es un colirio con mil aplicaciones. Como la buena literatura. O incluso la mala, que te hace llorar de desesperación. Mis libros de cabecera de la infancia fueron Drácula, de Bran Stoker, y Jane Eyre, de Charlotte Bronte. La magia y el romanticismo. Entonces no tenía mechas y leía compulsivamente, a escondidas. También lloraba a escondidas. Una educación sentimental fraguada sobre las cenizas de un vampiro y los gritos de una loca encerrada en un torreón no deja de ser sospechosa, digo yo.

Pero a ratos vuelvo a abrir las tapas de ambos libros y leo el grito de Nina, llamando a su murciélago con el cuello abierto. O la galopada del señor Rochester, que cae y se apoya sobre el hombro frágil de Jane, y avanzan hacia Thornfield desiguales y arrancando un sentimiento que sólo tendrá su desenlace 350 páginas después, con una gloriosa inversión de fuerzas. Y entonces lloro.

Te dejo, que debo reponer los colirios de mi ceguera ocasional. No olvides informarme de las contradicciones, quiero decir contraindicaciones, con el resto de mi botiquín emocional. Dos gotas, dos, están a punto de desbordarme de nuevo.

viernes, 25 de febrero de 2011

HUMILLACIÓN Y TEMBLORES



Mi querida Big-Bang:


He caído en manos del doctor Menguele de la oftalmología. Un tipo con aspecto de haber nacido en un campo de golf, repeinado, tieso, vestido de Polo Ralph Lauren, y completamente autista. Cada vez que voy a una revisión, tira de láser y me fríe las córneas sin avisar, dejándome en estado de shock. Yo salgo llorando y las lágrimas me abrasan aún más los ojos. Apenas me da tiempo a murmurar un "¿cree que con esta vez quedaré bien?", y entonces me tiro a la calle como esas ancianitas que van al médico y son maltratadas y encima dan las gracias.

No es una pesadilla. Esto es real life y ése es un tipo con una clínica muy pija y una sólida reputación. Yo no soy una pobre anciana ignorante, pero según me sienta la enfermera para lo que yo imaginaba una revisión de rutina, se produce el bloqueo. Entonces la tía me informa. "Le voy a poner la anestesia. Puede que escueza". Y yo pregunto: "¿Anestesia, para qué, si esto es una revisión". Y lo siguiente es que los ojos me pican y tengo delante a eseo tipo de ojos azules y caracolillos en el pelo, a punto de consumar su hoyo 17, que me ¿informa?: "Si, como me temo, el crecimiento ha vuelto a debutar, tengo que operar de nuevo".

-¿Y si no ha debutado aprovecho la anestesia para hacerme faquir y clavarme alfileres en el ojo?, pregunto. Y él, echando una visual al microscopio: "Ahí está, ha vuelto a salir. Ahora apoya la cabeza y mantén los ojos muy abiertos, sin pestañear". Para evitar que me mueva, me agarra la cabeza en posición de fellatio, pero a la altura de su aliento, que apesta. Y yo miro a la luz roja y me estremezco con cada disparo de láser y pestañeo, y me amonesta, y pestañeo más, y me aprieta más la cabeza para que se la chupe mientras me tortura.

-"¿Esta será la última vez?", pregunto cuarenta minutos después de soportar la tortura y la humillación.
-"Puede que no. Eres la paciente que más se me está resistiendo. Nos vemos en tres meses".

Yo le miro con la vista achicharrada, me levanto temblando, cojo mi bolso donde olvidé meter la pistola, me pongo mi chaqueta y salgo murmurando un adiós porque mi madre me dijo de pequeña que hay que ser educada hasta con el diablo. Ya en la calle, lloro sin parar. He venido sola a celebrar que veo, y salgo violada por un cerdo con perfume que se ha hecho rico friendo córneas y tratando a sus pacientes como putas. Con perdón.

Me pregunto hasta dónde puede llegar el poder de los médicos. Yo quería dejar mis gafas para siempre en la cuneta y he terminado a merced de un carnicero con reputación. Voy a buscar a otro, claro, pero ahí fuera debe haber mucha gente dejándose avasallar por desaprensivos con bata blanca. Tiemble el pijo, porque en el green de su campo lo mismo hay un ojo de cristal bomba con un saludo de la rubita tuerta. Hay muchas formas de humillación. Algunas, por prescripción facultativa.

miércoles, 23 de febrero de 2011

CONVERSACIONES CON MI SASTRE



Mi querida Big-Bang:


"Mi sastre y yo" podría convertirse el el siguiente padre de todos los best sellers, desbancando incluso a "Los Pilares de la Tierra". Ese libro de un tipo apellidado Follet que leen los que no leen porque se ponen cachondos con las descripciones de sexo tórrido con la coartada del telón de fondo histórico y la construcción de las catedrales. Ja!

Ayer hablé con mi sastre, el que me está haciendo la chupa de cuero alta costura. "Hola, soy la contrahecha. ¿La tienes ya?". El hombre debe ser especialista es tullidas con tres tallas diferentes en un solo cuerpo, porque no caía. Tuve que darle pistas tan relevantes como: "la peliteñida, la de los tacones de travesti, la del bolsaco de mamarracha..", para que me ubicara."Ahhh, sí...bueno, chiquilla, no estás tan mal y con esa espalda seguro que podrías acongojar a esas esmirriadas anoréxicas que sí caben en las chupas de tienda. Ven cuando quieras y no olvides una cosa: lo que nos hace grandes es que somos únicos". ("y lo que sucede, conviene", me dieron ganas de responder). Sí, el hombre es un Séneca, un telepredicador, un Paulo Coelho de las sisas y las mangas. Además de un desoficiado que prefiere pegar la hebra con sus clientas que enhebrar la aguja.

La cosa es que sus sentencias del todo a cien me dejan K.O, a merced de una pantalla que vomita a ese ser llamado Gadafi, el nombre perfecto para una marca de fabricación de bidones de gasolina. Un esperpento que da un miedo que te cagas, con perdón, y que usa el mismo tinte de pelo desde que arrancó lo que él llama "su revolución". Algo que consiste en asfixiar a los tuyos y en disfrazarte de mariscal de campo para acampar con jaimas doradas y huríes complacientes en medio del desierto sin que los de Greenpeace se cuelguen de una duna en señal de protesta.

Sí, somos únicos, querido sastre. Están los malos que no atienden a las llamadas de una diplomacia que les compra petróleo, y los buenos, que invaden los territorios en nombre de una bandera. Y en medio de tanta presión maniqueista, sobrevivimos los que no encajamos en una talla ni en otra, sino en varias diferentes. Por arriba lucimos vitola de país libre, democrático y desarrollado y por abajo unas cifras de paro que invitan a la revolución inminente. A echarnos a la calle con nuestras jaimas a protestar.

Disculpa mi vehemencia. Debe ser que hoy es 23-F y ando revuelta. Ese día estudiaba un examen de religión sobre el Islám. Han pasado 30 años y aún hay tipos que nos sobresaltan. Y en medio, hombres pacíficos como mi sastre, que ayer me despidió con estas palabras: "Y no olvides que eres preciosa, chati, y que una chupa de cuero no va a cambiar tu vida". O puede que sí.

martes, 22 de febrero de 2011

PELIGRO:TONTOS SUELTOS



Mi querida Big-Bang:


Ando buscando un cómplice para perpetrar un crimen. ¿Es sostenible el asesinato? Me refiero a si lo es desde el punto de vista medioambiental. Asesinar intenciones de idiotas debería tener bula papal. La imagen del tonto bondadoso no me la creo. Es más, debajo de muchos suele haber bichos malos con trampa. Tú te acercas con esa compasión de colegio de monjas y entonces el tonto, o la tonta (que tiene su casuística peculiar, pero no alarmemos a las feministas) te la clava sin despeinarse.

Sí, ahora me dirás que los serial killers más chungos de la historia tenían altos cocientes intelectuales y probada capacidad para la manipulación. Cuando el listo se pone a pergeñar asuntos turbios le salen redondos. Pero prefiero un crimen a lo grande que ser víctima de un tonto que se frota las patas como un tábano y te chupa la sangre con su perfil bajo y su cara de discapacitado para el mal.

Ahí están la rubia tonta (con mechas), el tonto del pueblo o el hermano tonto de "Algo pasa con Mary", esa película de los Farrelly que menosprecian los culturetas y con la que yo me troncho porque soy simple hasta el paroxismo. Y rubia. Pero debo añadir en mi descarga que apreciar la chorrada con un punto de ironía delirante no es de tontos, sino de supervivientes. De seres que necesitan desesperadamente echarse unas risas libres de impuestos para salir a respirar el aire viciado y denso de la modernidad cotidiana. Y espero que con esta frase altisonante y fatua te hayas convencido de que todo tonto, y sobre todo, toda tonta, lleva un discurso endeble y enrevesado dentro.

A lo que iba. Ando detrás de la figura de un superhéroe lerdo, pero amenazador. Alguien entre Anacleto, agente secreto y el Guerrero del Antifaz con un punto del Jocker de Batman. Un tipo peligroso que lo parezca. Urge terminar con binomios como el obeso mórbido feliz, la embarazada honrada, la maciza bobalicona, el político vocacional o el tonto inofensivo. Los clichés, tan necesarios para orientar nuestra confusión, nos han hecho demasiado daño.

Me llamo X y soy tonta. Rematadamente tonta. Y ahora que tengo una coartada me voy a exterminar a esos ingenuos que se ríen de mí como de Cameron Díaz. Sí, ella está mucho más buena. Pero yo tengo un talento inusitado para el absurdo. Y para el crimen sostenible (y hasta insostenible).

domingo, 20 de febrero de 2011

PONGA UN LLADRÓ EN SU HÍGADO



Mi querida Big-Bang:


La planta de hogar de El Corte Inglés de Sol es el antídoto perfecto para una resaca de "Animal Kingdom". Esa película australiana de la que uno sale con el hígado pateado y la sensación de que ahí fuera rondan el mal, los tiros a bocajarro y los picos de heroína. Ver un peliculón a ese precio se me antoja caro, carísimo. Pero las figuritas LLadró pintadas a mano y en degradé son el penúltimo grito en la cuarta planta. La evidencia de que entre los brazos de porcelana horríbilis de una bailarina nada malo puede ocurrirte.

Si el cine te lleva al kitsch, asegúrate de que las tazas de porcelana Vista Alegre estén al 50%. Y así andábamos J., el moderno, y yo, cuando sucedió lo peor: un encontronazo con un viejo amigo que no daba crédito. "¡Qué hacéis vosotros aquí???". Cuando yo iba a decir que un estudio antropológico sobre el mal y la loza, va J. y suelta, con sorna: "La lista de bodas". El hombre seguía sin dar crédito, y se le iban los ojos ora a los candelabros de plata, ora a las minibutacas de gomaespuma en los alegres colores del parchís.

Sí, nuestro pedigrí de enterados mega cool acababa de evaporarse de un plumazo. Este encuentro debería haberse producido en ARCO, no en un centro comercial iluminado con fluorescentes donde siguen vendiéndose boisseries como las de los Alcántara y copas de vino con la peana azul eléctrico. Además de gitanillas para el televisor y colchas con flecos.

"Pues estamos intentando quitarnos el mal-rollismo de la película con una vajilla Villaroy Bosch", murmuré encogiendo el cuello como un avestruz pillada en un renuncio. Y lo siguiente fue una conversación banal sobre el ajuar y sus conjuntos, la violencia y el cine que uno tiene que ver cuando carece de vida interior y tiene el estómago sensible. "Me temo que hoy sólo admito una de Hanna Montana", dije cargada de razones. "Al menos, la mujer sólo tiene que debatirse entre el top rosa y las mechas castañoscurocasinegro". Y, según lo decía, entendí por qué los niños eligen a Bob Esponja y los adolescentes a Los Protegidos. Porque la nada con azúcar rosa anestesia las sensaciones de una real life donde los malos arrastran a los buenos de un reino animal cargado de tenebrosas intenciones.

Te dejo, que debo decidir dónde coloco la pastorcita Lladró que compré al módico precio de 230 euros. Me he propuesto convencer al mundo que es lo más moderno, el último grito. Un revival contra la naúsea y la oscuridad, con su ovejita al lado, a conjunto. Ya sólo me falta un chute de "Sonrisas y lágrimas" y el domingo volverá a ser el día del Señor. Con la venia de María Ostiz.

sábado, 19 de febrero de 2011

JESÚS CALLEJA Y EL NOLOTIL



Mi querida Big-Bang:


LLevo seis años guardando unas muletas en el armario del hall y no sé por qué. El último esguince me lo apañó un tipo que se hace llamar Jesús el Brujo, retorciéndome los ligamentos del tobillo con un gancho mientras yo aullaba de dolor y de inútiles Nolotiles inyectables que me bebí con ansia, como si fueran gin-tonics de Bombay. Después, el protocolo decía que debía deshacerme de las muletas para siempre, como hacen en Lourdes tras los milagros, pero mi natural escepticismo me hizo retener el material en el mismo sitio que abro todos los días para colgar o descolgar el abrigo. Así, la visión de los palos ortopédicos me provoca un mal rollo existencial que te mueres, pero la cosa es que no me deshago de ellas.

Como eres un lince para las cosas del subconsciente, dirás que mi inseguridad crónica me empuja a guardarme siempre un as en la manga. Como hace M., tahúr (con acento) profesional que da clases de lo suyo a guionistas para que cuenten historias con trampas de las buenas, esas que no se notan. Me pregunto si tiene sentido seguir jugando al póker desde que está prohibido fumar. Los faroles sin humo son como los Mad Men sin whisky o el atletismo sin dopaje. Un sinsentido.

Divido a la humanidad entre los que se tiran al abismo sin red y los que lo hacen con tres air bags. Los primeros se la juegan a una carta, como mi amigo Jesús Calleja, que a punto ha estado de palmarla sobre el Amazonas, ahogado tras caer de un globo. Si eres valiente, al menos debes asegurarte performances fotogénicas y conseguir que tus mechas sigan en su sitio. Los otros, los del air bag, nunca me excitaron gran cosa. No arriesgan, no ganan. Pero tampoco pierden. Se quedan en la grisura de un río sin agua y se mojan hasta los tobillos, en todo caso. Luego regresan a casa y les cuentan a los suyos una gesta deshilachada.

Yo, por mi parte, conservo muletas de mis gestas para saber que hubo gestas. O puede que para no olvidar que soy una madre de familia con tendencia a asomarme peligrosamente al abismo. Por si acaso, añado a mi lustroso botiquín un pack de Nolotiles inyectables y, ahora sí, decido tirarme por el barranco sin arnés. Como mi idolatrado Calleja.

viernes, 18 de febrero de 2011

SEXO ANIMAL


Mi querida Big-Bang:


Los caminos del placer son inexcrutables. Pero los del gatillazo, aún más. Mi amiga F. tiene un novio ingeniero aeronáutico y un pijama con un búho fluorescente de esos que una se pone para llorar cuando rompe con un novio hasta que pasa el siguiente. Todas, menos ella. Anoche me llamó, para contarme una confidencia: "Estábamos él y yo a un paso del orgasmo cuando le dio un ataque de risa incontenible. Mi búho le miraba fijamente y no se podía concentrar más que en esos ojos verde fosforito". La risa y el sexo, dicen los expertos, se llevan bien. Pero no especifican si conviene que sean simultáneos o concatenados. Mi amiga se quedó compuesta y sin orgasmo. Y cuando me empecé a tronchar al otro lado del teléfono, hasta las lágrimas, me colgó muy airada.

Todo esto viene a que mi selecto club de fans me pide que hable de sexo. No saben lo que hacen. El sexo, tan sobrevalorado, es literariamente deficitario. Podría ponerme explícita, picante y hasta un punto ordinariota, a lo Lucía Etxebarria cuando era alguien, pero las de colegio de monjas tenemos un resorte que nos frena y nos vuelve cursis, frecuentadoras de un campo semántico lleno de "éxtasis, ardor, pliegues y senos". De ahí a los pijamas con animales hay un paso. Y de ahí a los novios o novias que se parten de risa en lugar de jadear, otro. Y bien patético.

Una vez quise presentarme al premio Sonrisa Vertical, pero me salían unas descripciones tan perifrásticas que al fin uno no sabía si los protagonistas andaban haciendo un 69, un griego con bondage o bailando un fox trot. Yo misma me liaba, claro, porque entre hacer el amor y follar (con perdón) hay un pequeño paso para el que folla (con perdón), pero un gran paso para la humanidad y para el que describe. Y ahí entraba en brote. Vamos a ver, ¿y si el día de mañana me leen mis chukis y se sonrojan? Y, aún más, ¿qué pasa si me lee mi padre, el hombre, que de guarrerías no quiere saber nada porque sus hijas procreamos por ósmosis?

Con tantas dudas, sólo tengo clara una cosa: Iré al amor como a la guerra, de verde caqui y sin animales voladores o de los otros. El salto del tigre no requiere un felino, y los amantes que se ríen molan aunque te quede un calentón sin resolver y una noche por delante para soñar con sexo hardcore. Del que mola.

jueves, 17 de febrero de 2011

RELLENOS DE CINE



Mi querida Big-Bang:



Los rellenos han hecho mucho daño a la humanidad. Lo pensaba el otro día, viendo la ceremonia de los Goya, cada vez que enfocaban a ciertas actrices coetáneas que siempre han estado buenas, pero que por arte de birlibirloke y algo de química se les está poniendo cara de lagarto recauchutado. Luego, en la Berlinale, a pocos metros de Vanessa Redgrave, me reconcilié con la humanidad que envejece. Esa mujer se ha cincelado cada arruga y la luce con su mirada inteligente no apta para ácidos hialurónicos ni hilos dorados que estiran todo menos la imaginación.

No es que esté en contra del retoque, y hasta de la transformación radical. Al revés. A mí me juras que con unos pases mágicos quedo como Demi Moore y me lanzo al vacío (sin Ashton, desde luego). Pero lo que vi en el patio de butacas del Teatro Real no era para premios, y si el cine español va mal lo mismo podría tener relación con las transformaciones sobrenaturales de esos labios, de esos pómulos y de esas frentes.

¿Todassss? No. Ahí estaba Icíar Bollaín, cuya película he criticado con dureza, mostrando una piel sin bótox que se adapta a su sonrisa quinceañera. Más Redgrave que otra cosa, la mujer asimiló con entereza y los pliegues en su sitio el triunfo radical de Agustín Villaronga y su Pa Negre. Una peli que no he visto donde las mujeres tienen la edad que tienen y el director parece sacado de otro tiempo. Y hasta de otro espacio.

Sí, los rellenos ocultan y a veces ensombrecen. Pensemos en las croquetas, las hombreras, o los discursos de algunos próceres de la política mundial. Les quitas la harina, la gomaespuma de más y las palabras vacías y se quedan en nada. Como yo misma, cada mañana, en este diván donde me desperezo y practico mis ejercicios cotidianos de la eterna juventud. Siempre pensando en un objetivo: Quiero ser Vanessa y rellenar mis lagunas con una sacudida de melena acompañada de esa mirada azul que derrite a los tontos e hipnotiza a la platea.

miércoles, 16 de febrero de 2011

SNUFF MOVIE



Mi querida Big-Bang;


Lo más moderno hoy es cenar en un bunker y yo lo he conseguido. Tendrán que ponerme al menos tres sellos en mi carné de aspirante a coolgirl, porque voy a chulearme a conciencia. El lugar se llama Pret a Diner y está en Berlín. Tú entras y está oscuro de la muerte, con unos neones aquí y unos viejos contadores de luz allá. Un corredor con puertas de cámara acorazada donde podría rodarse la madre de todas las snuff movies y, cuando ya crees que es el fin, porque no hay restaurante, llegas a una sala llena de teutones rubios pelín siniestros que presuntamente están de fiesta y beben un líquido rojo. "Vampiros, por supuesto", murmuras, y encoges el cuello para no ponerles los dientes largos.

Sí, como reza la carta del lugar. "This is not a pop-up restaurant. This is a dining experience". Y te recorre un escalofrío inevitable cada vez que el camarero pasa por detrás de ti rozándote la espalda porque apenas hay 20 centímetros entre tu silla y la pared". "Chicos, decidme que este no es una reencarnación de Nosferatu, una proyección con dientes afilados y uñas largas", murmuro mirado de reojillo al Klaus Kinski que planta delante una piedra enorme con rebanadas de pan raro metidas en una hendidura. El vino, según reza su etiqueta, se llama Mano Negra. Y te lo sirve Nosfe con cara de "como no te lo bebas, te chupo la sangre".

Deduzco que un local moderno debe mantenerte en tensión o le quitan la categoría de guay. No seré yo quien diga que estoy pasando miedo, pero abro un debate sobre los tiempos modernos muy apasionante de facto, pero que en este marco incomparable queda deshilachado. "La postpostmodernidad nos ha dejado huérfanos de sensaciones, así que triunfan las sacudidas, los túneles negros con trampa, la comida reelaborada sin sabor original y los seres del más allá, chungos como ellos solos". Tanto esfuerzo intelectual me deja agotada. El camarero me atraviesa con la mirada cuando rechazo el segundo, y me lo planta de todos modos. Como sin rechistar.

Ser moderno hoy consiste en pasarte al lado oscuro sin espada láser verde fosforito. Conversar sin vehemencia y sin saber de lo que hablas pero fingiendo que es lo tuyo. Abrazar la languidez como estilo estético de vida y cenar en sitios oscuros donde jurarías que te han dado el hígado palpitante de una víctima pero no osas chivarte, por si el poli está compinchado con los siniestros.

Y, respecto al Mano Negra, perfectamente prescindible. Oyes.

domingo, 13 de febrero de 2011

HOMBRES A LA FUGA



Mi querida Big-Bang:


Sostengo que la voz lánguida de la Bruni marida que te mueres con la resaca. Eso debió de parecerle a Sarko, y ahí siguen trago a trago, mientras nosotros esperamos con ansia morbosa el nuevo disco de la diosa. Anoche, con el pisco sour y las amigas de la universidad, el tema era mucho más profundo:"¿Chicas, qué me está pasando si me ponen hasta los maniquís de El Corte Inglés?". No, esa no fui yo, que bastante tenía con echarle pisco al ardor del rubio platino que ha sustituido al pelirrojo radical. La interfecta era C, esa mujer que agita los rizos y suelta sentencias del tipo: "Tengo mi casa tan sucia que, como venga Sanidad, me la precinta".

Sí, a los 40 las hormonas se vienen arriba y hay que tragar mucho para mantenerlas a raya. C. está venenosa de hombres y pastillacas. "En mi estado, podría liarme con cualquiera, aunque los candidatos son mi neurólogo, mi otorrino y mi psicota, los tres únicos hombres de mi vida actual". Y tal y como lo suelta, se gira y baila, escrutando a los tipejillos que pueblan el Berlín Cabaret, ese antro de música de los ochenta y los noventa donde lo damos todo y se nos ve el plumero, porque nos sabemos las letras y se nos escapan.

Salir el sábado es supervulgar, pero la noche te reserva sorpresas y prototipos como para escribir un folletín por entregas. Ahí estaba yo, evolucionando al ritmo moderno y actual de Enola Gay, cuando justo a mi lado me percibí de la presencia de dos rubias platino bien ordinariotas, y verme en otras me hizo entrar en brote. "Chicas, decidme que no parezco una teutona vestida de Sepu como esas dos". Mis amigas, que se aprendieron en su día el cuento del emperador desnudo, lo tuvieron clarísimo: "Dónde va a parar, tú eres fina y cool, como una lady Gaga con la bizquera corregida y sin dientes de conejo". Pero nos miraban alternativamente con gesto de no encontrar las siete diferencias, las muy jodías.

Entonces llegaron ellos, los buitres carroñeros. Borrachos y capitaneados por Toribio. Un enano trompetilla que se acercaba peligrosamente al círculo de seguridad, tocando ora cintura, ora cuello, ora culete, mientras musitaba un discurso superinteligente y seductor, con aliento a whisky. "Vamos a ver, que corra el aire" le soltó mi querida M., la mujer más coqueta de la tierra, componiendo una de esas miradas a lo Vito Corleone tan disuasorias que Toribio puso pies en polvorosa. Y con él, los trescientos hombres que había en la sala.

Sí, puede decirse que triunfamos. Al menos salimos del local sin esguinces y con un ataque de risa. Gloriosamente solas. Dispuestas a seguir bebiéndonos las noches como venimos haciéndolo desde los 18. Cuando aún confiábamos en que la peluquería podía cambiar nuestras vidas y los bares eran la promesa de encuentros sin nostalgia ni bostezos. Con hombres de atrezzo que espantábamos sin querer. Pasmados como los maniquíes de mi querida amiga C.

sábado, 12 de febrero de 2011

BERLUSCONI O ALBINONI



Mi querida Big-Bang;


Me cuenta un amigo al teléfono que los tres únicos periodistas en los que confiaba lo han traicionado. "Me llamaron para preguntar, contesté una vaguedad tipo "estupendamente" por educación y lo siguiente fue que estaban en un plató asegurando que yo les había llamado por teléfono para contarles al detalle un secreto que, te lo juro, pienso llevarme a la tumba". Así se gestan algunas exclusivas. Y, al otro lado de la pantalla, las Marías y Marianos se ponen morados de experiencias vicarias con las que poder seguir dando sentido a sus siniestros matrimonios llenos de casi nada.

Conste que a mí me rechifla la rumorología. No hay nada más excitante que la exhibición del contenedor de la basura de Penélope Cruz y Bardem, que fijo está repleto de objetos no identificados, como pañales sucios y cajas de leche en polvo. La vida de los otros suele ser mucho más apasionante que la nuestra, dónde va a parar. Si además el relato se acompaña de detalles escabrosos y hasta escatológicos, mejor que mejor.

Si, ahora comprendo que Gran Hermano fue un "acontecimiento sociológico" en toda regla, tal y como alguien mediático lo describió. Se junta a un grupo de tipejillos y tipejillas vulgares, cacofónicos e incapaces de articular una frase con sujeto, verbo y predicado, se les dice que den rienda suelta a sus instintos, que coman con los codos bien abiertos, se rasquen a destajo, que confundan Albinoni con Berlusconi y que, de cuando en cuando, practiquen edredonning para disparar los picos de audiencia. El resultado es, claro, la vuelta a la jungla mientras los telespectadores segregan jugos gástricos como para digerir un ñu, sintiéndose superiores.

Mi amigo, cuando va al cine, siempre solo, compra dos entradas para evitar la compañía. Si la peli es de llorar, se contiene en lo posible, y a veces llora. Pero ha desarrollado una técnica para enjugarse las lágrimas de forma imperceptible. Sabe que el titular podría ser que está desolado por una truculencia que los tres Judas esperan que ocurra, si es posible el día que saltan al plató a airear sus "exclusivas" como panteras.

Mientas, desde su tumba, el viejo Albinoni llora la berlusconización de la poesía. Y sólo se me ocurre poner su Adagio a todo trapo y salir al cine a comprar dos entradas para chutarme sola una de amor a prueba de hienas que fijo que no saben manejar los cubiertos del pescado.




viernes, 11 de febrero de 2011

¡FALCON CREST, TE NECESITO!



Mi querida Big-Bang:


Suleimán, el segundo de Mubarak, ha pedido a los egipcios que "no escuchen la televisión por satélite, sino sus conciencias y a dios". Me parece un pedazo de consejo. Los satélites son la misma representación del demonio, y la conciencia es siempre relativa. Además, si no la tienes, no la echas de menos. Lo malo es que puede ser mala conciencia, y entonces sólo te queda la confesión con dios, si se persona,o la televisión por satélite para sintonizar a Suleimán. Cosa que él mismo desaconseja. ¿En qué quedamos, tronco?

Suy mega fan desde hace décadas de un cómic llamado "Iznogud, el infame". El tipo era un enano tiñoso que se pasaba las viñetas murmurando "quiero ser califa en lugar del califa". Pero eso nunca sucedía y el pobre cocía su mezquindad en su propia salsa barbacoa. El síndrome de Iznogud es perfecto para referirnos a los segundones agazapados que esperan sus quince minutos de gloria desperdiciando su dudoso talento en urdir deslealtades. Son muchos, suelen encogerse y utilizan los descansillos para compartir su mediocridad entre calada y calada. Luego ocultan sus dagas en la faltriquera y miran al califa con recelo y un punto de desesperación.

Aún así, tengo debilidad por los actores de reparto. Como Chulín, el mayordomo de Ángela Chaning, mi musa de Falcon Crest. Un ejemplo de prestancia abriendo la puerta del coche o sirviendo con guantes blancos una copa de vino a la chunga de la señora. El tipo era de esos que hablan poco pero lo clavan. Ignoro si escuchan la parabólica o a dios. Tanto da. Pero lo cierto es que su presencia le daba una tensión casi insoportable al plano secuencia. En cualquier momento podía sacar una daga o echar un polvillo de cicuta en la bebida y la venganza se perpetraría. El "momentazo Chulín" alimentó muchos trayectos de metro con mis amigas de la universidad, fantaseando sobre cómo sería, con todo lujo de detalles más o menos gores. Claro que entonces no había parabólica, ni conciencia, y dios no viajaba en la Línea 6.

Te dejo, que me ha sobrevenido un ataque de nostalgia por las series de malotes. Quiero, necesito, que vuelva Falcon Crest a mi vida. Por satélite o por ósmosis. Contra el pesimismo, maniqueísmo. Y ya cultivaremos la conciencia a lo Suleimán en algún momento, si eso...

jueves, 10 de febrero de 2011

BUENAFUENTISMO



Mi querida Big-Bang:


Andreu Buenafuente es un tipo que ficha gente brillante y no teme que le hagan sombra. Aviso que no soy seguidora de su programa, porque me acuesto con los Lunnies. Tampoco me desternillo con su humor, aunque disfruto de su inteligencia concentrada como un caldo Avecrén, "ahora, con auténtico pollo" ("¿Cón qué coño lo hacíais antes?", se pregunta un ocurrente grupo de facebook). Pero me llama la atención que en su Twitter sus seguidores comenten las virtudes de sus colaboradores e invitados y él haga los coros sin complejos. Me gusta la gente que busca a otros mejores para caminar. Como sospecho de los que se aseguran siempre de hacer equipo con gente de menos estatura, para estar tranquilos de que el Empire State de su pequeñez permanece incólume.

Mi querida A-1 es de esas amigas que hay que tener para estirarse, para expandirse. Para sacar ideas de la mente y el corazón que uno ni siquiera sabía que estuvieran ahí. Con su aspecto de duende gruñón te vuelve reversible y te deja en una intemperie donde sólo puedes crecer. Además, lo hace con frases memorables, del tipo: "has tocado techo, nena". Yo la miro, agarro la frasca y me pego un trago del vino que tengamos más a mano. Suelto una carcajada minutos después de haber llorado, y le digo tímidamente: "A ver, que lo de tocar fondo ya me lo sé, pero ¿cuándo dices tocar techo te refieres a que ando en un estado de ingravidez tal que podría dejarme las mechas trilladas de chichones?" Entonces ella se descojona, con perdón, y le mete un tiento a su vino poniendo cara de brujilla zumbona.

Sostiene mi sabia que para ganar hay que pelear con un peso pesado, no amañar combates con púgiles desnutridos que te harán los coros y se tirarán a la colchoneta para que tú sigas conservando el guante de oro. "Rodearte de los mejores -prosigue mi sabia gruñona- genera el problema de la competencia, pero es un mal menor. Tú dirás; quiero hacer esta botella", y el de al lado responderá: "girémosla, démosle la vuelta y será una instalación más elocuente". Por mucho menos a algunos les dan un premio literario. Ella, con sus teorías de los techos desconchados, escribe guiones y acuña sentencias a destajo para que las que tenemos la suerte de escucharla nos vayamos a casa escocidas y felices. Luego abre su bolso de hippie ochentera, saca un Lexatín y te pone en órbita hasta la siguiente crisis vital.

Sospecho de las personas que van por la vida a la defensiva. De las que te avisan de que todo irá mal para que cuando vaya mal puedan decirte: "Ya te lo decía yo". De las que se han especializado en el boicot con el fin de rebajar la grandeza o el entusiasmo ajeno. De las que convierten su cobardía en un ataque burdo y mal argumentado pero ponzoñoso. No las quiero, no soy hábil sacando el antídoto para aplacarlas. Me sale la furia y el temblor. Me declaro buenafuentista y, sobre todo, incondicional de mi amiga A-1. Que me sacude, que me provoca, que me extrae hasta el tuétano y después me besa en la frente y me lleva del brazo por la calle, volandera y amorosa.

Con amigas así, la tentación de mediocridad se aleja. Sospecho que Buenafuente también lo piensa...

miércoles, 9 de febrero de 2011

LIDERAZGO TESTICULAR


Mi querida Big-Bang;


Las encuestas dan de comer a los sociólogos y resuelven titulares de periódico. Yo leo que Durán y Lleida es el político mejor valorado e inmediatamente pienso en sus corbatas de Hermés y en su compostura impecable. Al pueblo le gustan los parlamentarios limpios que huelen a perfume caro. Y opinan a su favor, porque opinar es gratis. Luego llegan a la urna y les da un subidón, un ataque de responsabilidad o un hormiguillo y cambian al hombre Brummel por otro. ¿Tú también, Bruto?

Esto es rencor tiñoso de quien sólo (con acento, sí, rebelde que es una) fue en una o dos ocasiones delegada de la clase. Un noble oficio que consistía en esencia en apuntar los nombres de las que faltaban en un parte, para que la madre superiora abriera un expediente tipo CSI y averiguara si las interfectas estaban en su casa con fiebre o en el parque retozando con los niños del colegio Menesiano. O sea, que eras una semichivata con extremada popularidad, imagino, y tu cargo te estigmatizaba para la eternidad.

Anoche en la tertulia que me acuna no se hablaba de otra cosa. La diferencia de puntuación entre el PP y el PSOE y el presunto liderazgo de Rajoy y Zapatero. Cateados ambos. "Al primero le han dicho que no haga nada, porque tiene los votos de los suyos asegurados, mientras que el Presidente necesita movilizar como sea a su masa electoral", decía la lideresa de la tertulia. Es decir, que el uno no hace falta ya ni que se tiña el pelo de color mostaza ni que inaugure comedores populares con ridículo delantalillo y gorro de cocinero, y el otro debería ponerse el traje de arlequín para echarse a la calle. O algo.

A mí los líderes que me molan son más de trapillo. Llevan mechas y hacen gestas sin darle solemnidad a la cosa, y cuando se la están jugando sueltan un chascarrillo desengrasante y te quitan el miedo a respirar en la nube de contaminación que nos rodea. Rara vez visten según los cánones, pero nadie osa reírse de su chaqueta industrial o de sus pantalones pre Slimane. Y en su discurso nunca emplean el término "emblemático" ni enfatizan el énfasis para excitarte.

Así que ando huérfana de líderes, pero me sobran ególatras alrededor. El partido Yoyoísta es sin saberlo el ganador de todas las encuestas. Yo, por mi parte, me declaro inmune a los cantos de sirena loca de esos tipos trajeados que se acuestan obsesionados por la puntuación de sus egos. La política testicular es altamente contaminante. Hoy no saldré a la calle sin mascarilla.



martes, 8 de febrero de 2011

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE CORRER

Mi querida Big-Bang;


Ignoro si Murakami corre en mallas moradas, marcando paquete, entre una jauría de perros. O de gatos, en su caso. Anoche salí a correr con mi adolescente furibunda y calificaré la experiencia de paranormal. Para empezar: ¿por qué los corredores hacen movimientos tan raros para calentar los músculos?. Unos estertores tan grotescos que yo le dije a mi partenaire: "chitina, por ahí no paso. Yo quiero correr estilo Penélope glamour, como una garza, para entendernos". Y ella, instalada en su desdén: "Tú verás, pero yo no te conozco, ¿eh? Y si te da un calambre llamamos al Samur rápidamente, porque esos chuchos de ahí tienen hambre y lo mismo se tiran a por ti, que eres presa fácil".

Luego está lo del moquillo. Porque en cuanto empiezas a correr, se te cae y, por supuesto, no has cogido kleenex, así que tienes dos opciones:limpiarte con tu chandalete inmaculado o restregarte contra la hojarasca. Y ahí la chunga de catorce -sin mocos-también tiene algo que decir: "por dios, mamá, qué guarrada estás haciendo!. Tú, que bastante tienes con que el flato no torne a infarto, eliges no contestar y la engañas con el cronómetro: "llevamos diez minutos, nena, toca caminar. Tú cuélgate de las anillas, si eso...".

Como soy una soberbia de libro y no puedo soportar que me gane, pasé a la acción reduciendo mi recorrido, muy astuta, por el interior de las curvas. Pero el destino es cruel y de pronto me vi frente a un perraco sin correa que me miraba amenazante. La adolescente, que es tonta para atusarse frente al espejo pero lista como el hambre para la supervivencia, puso pies en polvorosa y me dejó frente a la bestia, que tenía un dueño. Un tipejillo en chándal gris con un chaleco fluorescente más propio de los cuerpos de salvamento que de corredor amateur. "A ver, señora, que el perro no le va a hacer nada, pero deje de asustarle con sus aspavientos", me dijo.

A mí me llaman señora y me pongo como el hermano subnormal (discapacitado) de Mary, la de "Algo pasa con Mary" cuando le tocan la oreja. Si soy señora incluso en chándal, apaga y vámonos. Si soy señora en la penumbra de un parque lleno de tipos que buscan el sentido de la vida rebozados en sudor, estoy muerta. Así que llamé a la desdeñosa y le dije: "hala, vámonos de aquí que esto está lleno de marginales con chuchos sin pedigrí, nena. Y seguro que detrás de esos matojos se esconden tipos muy malos con nuchakus". Y muy digna enfilé la cuesta hacia casa, para tropezar con la raíz de un árbol y meterme una torta en sensurround que me ha dejado la rodilla tres tonos menos morada que la humillación.

La chunga, esta mañana, me ha mirado con sonrisilla sardónica y me ha dicho: ¿Qué, mamá, esta noche nos hacemos otro recorrido por las Barranquillas? Y, justo antes de cerrar la puerta del baño para maquearse como si se fuera al Joy Eslava: "Pero llévate el bolso con los pañuelos y el espray antivioladores con chuchos". Cría cuervos.

lunes, 7 de febrero de 2011

EN CHÁNDAL Y A LO LOCO


Mi querida Big-Bang:


El mundo del chándal nos invade. Una cosa es ser casual y otra hortera. Sí, no es que una no haya abrazado la malla gris marengo como uniforme doméstico en alguna reencarnación, pero lo de salir a tomar el aperitivo con un dos piezas de lycra azul desteñido y el periódico bajo el brazo me parece antitético. O eres deportista, o lees. Nunca ambas cosas. Tú dirás que es cómodo, no lo dudo. También debe serlo andar en pelotas como el padre de la familia en la que cayó mi nueva estheticienne, Sanda. La pobre, mientras me machaca el rostro, me completa un relato de inmigración que hace que me avergüence de mis compatriotas por crueles y chungos.

"Los niños de la casa me tiraban los macarrones a la cara, sin que su madre les dijera nada, y el hombre me hacía repetir muchas veces: quiero pollas, que era como yo decía repollo cuando llegué sin saber una palabra de español". Yo trago saliva. "Ahora le voy a pasar una máquina por la cara, no se asuste. Sentirá ligeras descargas eléctricas", prosigue sin alterar el tono de voz, y yo me entrego al castigo obediente, en nombre de esos desalmados que la humillaron por ser guapa y extranjera.

A estas alturas, mi plan de exilio cobra bríos. Tengo la impresión de que en este país de catetos aún no nos hemos enterado de la misa la media. Y encima seguimos pegados al chándal, orgullosos de retozar los domingos por el cetro comercial, desnortados e infelices con el tomate frito Orlando como icono de evasión. "Además, no hablamos idiomas", le digo a Sanda, que tiene un hijo de 21 años que también la maltrata. "Quiere que le dé todo y yo lo hago, porque cuando era pequeña en mi casa nunca me dieron nada. Cosas del régimen comunista..."-

A estas alturas no puedo pasar un segundo más en la camilla sin pegar respingos. No puedo explicarle más que mis compatriotas no son todos así. Que el capullo camionero que le pegó un susto la otra madrugada, mientras corría, es una excepción maloliente. Que esa visión de modernidad parece un espejismo cuando hay casi cinco millones de parados. Y que, además, al español medio, lo que más le pone, es tirarse en chándal con su parienta los domingos y gritar con los amigotes con una lata de cerveza en la mano. A lo Hommer Simpson. Pero en cañí.


domingo, 6 de febrero de 2011

¡HAY UN HENRY MILLER EN MI BAÑERA!

Mi querida Big-Bang:


Leer dentro de un jacuzzi es una maniobra complicada. La espuma se te mete entre las páginas de Henry Miller y el ruido de los chorros te impide concentrarte convenientemente en su biografía. Imagino que Marilyn no osaba bañarse cuando el genio estaba creando. O lo mismo sí, porque si eres tan rubia se te perdona todo, hasta el chapoteo con libro.

Luego está lo de los calores. Ya que te metes, has de aguantar altas temperaturas. Si marca 36º presuntamente no deberías sentir ni frío ni calor, pero te achicharras. Abres el grifo de la fría abandonando la única postura en la que encajas bien, y al rato te congelas. Has avanzado apenas tres páginas de Henry Miller, y lamentas no haberte traído algo más ligero, a prueba de gotas y sobresaltos.

Decididamente, o no vales para dramaturgos atormentados, o no vales para la dolce fare niente. Y encima acabas de pegarle un bofetón a los principios de Al Gore y de tus amigos los hierbas ecologistas. Ya que comes chuletillas de cordero como una posesa, qué menos que ducharte rapidillo.

Así que sales de la bañera con dos afrentas por enjugar, tiritando, y entonces en un mal quiebro se te cae el bueno de Henry al agua. No estaba de dios. Debes volver al Vogue y sus conjuntos.

Me llamo X y había planeado un fin de semana pasado por agua con burbujas y alta literatura. Pero debe ser como juntar arquitectura y microbiología. Abandono. Me rindo. RIP, Henry Miller.

sábado, 5 de febrero de 2011

EXTRA VAGANCIA

Mi querida Big-Bang:


El hotel está en medio de la nada. Un erial que podría ser Las Vegas, pero es Aranjuez. La mejor forma de vaciar el cerebro de los neones de Movistar del casino es meterse en una king size con sábanas de algodón egipcio y asomar la cabeza por la puerta sólo para dejar la bandeja del servicio de habitaciones. Las simples es lo que tenemos. Nos dan un bufet libre de desayuno, dos o tres periódicos y un objetivo vital -abrir los poros en el spa- y nos ponemos todas locas.

Eso sí, con tanto relax no hay forma de rematar El Padrino II, ese peliculón. Las pastillacas y los chorros del spa han matado las tres neuronas que me quedan, y sólo resta entregarse a la vagancia, o a la extra-vagancia. Lo mejor, el camarero. Que anoche también tenía un objetivo para dar sentido a su existencia:"¿Tomarán carrillera de ternera?". Pues no, pero ¿qué es el festín Júpiter agripicante éste?. "Pues no sé, le hemos puesto un nombre cualquiera, pero viene a ser como la carrillera...".

Poner nombres pomposos a los guisos es un upgrade tan ridículo como llamarse Flavia y ser de Canillejas, con perdón. Yo, a pretenciosa, soy la que más. Pero mi abuela era la reina madre. Cuando íbamos a su casa nos hacía dos litros de zumo de naranja y cuando restaba un poco ordenaba: "Niña, tómate ese remanente". Con el tiempo, mi hermana y yo terminamos llamando a cualquer zumo "el remanente". Y así hasta hoy.

Entenderás que el rebautismo es uno de mis hobbies preferidos. A mi querido Openbank lo llamo "mi esposo", puesto que muy mal se nos tiene que dar para que no estemos juntos "hasta que la muerte nos separe". A mis hijas, las Chukis, por diabólicas. A mi Rubidio, "el halcón milenario, por viejo, malicioso y destartalado, y a mi psicota, o sea, tú, casi me lo guardo que luego me castigas sin pastillacas y me toca pensar. Con lo mal que sienta en este no lugar tan nihilista, tan lejano...

viernes, 4 de febrero de 2011

CHUPA Y MAGREA

Mi querida Big-Bang:


Yo quería una chupa de cuero negro, la clásica de policía de Nueva York. Un poco canalla, bien ceñida a mi cuerpo, incluso reventona. Con esas pieles gruesas y flexibles que con los años y las madrugadas de gin cogen apresto y son leyenda. Así que me fui a la catedral de las chupas, donde me probé una tras otra, delante de un espejo estrecho y mal iluminado y ante la atenta mirada de la vendedora, una mujer de unos cincuenta, cheli y desdentada, que enseguida se dio cuenta de que la de las mechas no escatimaría con tal de irse como una cat woman a casa.

"Ésa te está mal de hombros", "ésa un poco estrecha de pecho, fijo que ésta no te abrocha de cintura. Necesitas una talla más de abajo y dos de arriba". ¿Cómooooo?, exclamé metiendo tripa, embotijada, resistiéndome a pasar a esa cifra maldita que separa la delgadez del "para tu edad estás estupenda".

En esto llegó el sastre. Su "cari". Con todos sus dientes, melenilla rizada y una mirada más propia de haberse bebido la noche eterna con todas sus sustancias que de dejarse los ojos entre costuras. El hombre me miraba, me escrutaba y pronto pasó a la acción. Lo que empezó como toques en hombros y trapecio fue progresando a cintura y glúteos. Y de ahí a por el pecho, sin contemplaciones. "Si no fuera porque el tipo es sastre, juraría que me está metiendo mano", pensé, mientras J. vigilaba a prudencial distancia sin perder de vista las manos del artista.

"Tienes una caja torácica muy grande, el hombro derecho más bajo, una cadera estrechita y...". Sí, el desdentado destruyó en unos minutos y sin despeinarse toda mi autoestima, Mientras con la cinta métrica recorría mis imperfecciones posándose aquí y allá y mirándome con cara socarrona. "Tú qué eres, ¿su pareja?", preguntó a J., no sé si para pasar a un magreo más porno o para asegurarse de que podía seguir insultándome sin consecuencias.

Y entonces, cuando pensaba yo que más humillación era imposible, empezó a recitar en voz alta mis medidas, para todo aquel que quisiera escucharle. Urbi et orbi.Su cari, a tres metros, apuntaba diligente, y yo le contradecía: "¿Cómo que 80 de cintura? Ni de broma. Mida otra vez". Y el tipo: "que no es la cintura, es el final del tórax. ¡Estas mujeres no podrán callarse mientras mido!", murmuraba midiendo el espacio entre los pezones, como si esto fuerta un casting de peli X, mientras buscaba en J. cierta solidaridad masculina. Pero J,, mosqueado por la repasadita, andaba hipnotizado sin perder ripio de las manos del sastrecillo, que a la sazón había completado toda mi anatomía íntima, sin alterarse ni un poquito.

Al final, el veredicto: "Mira, no insistas. Ninguna chupa confeccionada te va a quedar bien. Hay que hacértela a medida , con un toile de prueba. Sí, había oído bien, me harían una versión en tela para asegurarse de que la prenda de mis sueños se adaptaba a mi cuerpo imperfecto. Y había más. La broma me iba a costar un pico porque, como sentenció cari desde su rincón, "esto es alta costura".

Así que fumando espero la llegada de mi chupa. Cara, carísima, y hecha a mano por un profesional que tiene un taller chungo e iluminado con fluorescente blanco. Si esto llegara a oídos de Karl (Lagerfeld, desde luego) me tacharía ipso facto de su lista de potenciales clientas VIP. Y lo peor es que ahora sé científicamente que estoy mal hecha. Y me lo ha dicho un tipo después de meterme mano como nadie lo ha hecho en mi vida. Humillante, sí, llámalo humillante.

miércoles, 2 de febrero de 2011

DESIGUALDADES


Mi querida Big-Bang:


Los quebrantos te quejan el cutis ajado, el alma tiritona y los sesos al jerez. Si rematas la jugada con una noche de insomnio, te conviertes en una papilla grisácea como las que te dan para explorar los malos humores estomacales. Sí, los seres simples viven mejor y conservan la piel lisa. Ese es el secreto de belleza. Ese y el bótox, el relleno hialurónico y todo el protocolo de la eternidad química. Lo que me lleva, magdalena de Proust mediante, al caso de cierta mujer bella, que en su madurez presume de cuerpo de Barbie superstar. Rubia, con las curvas imprescindibles y bien puestas, se acompaña siempre de otra regordeta, desaliñada y muy dada a las sentencias sanchopanzianas.

Añadiré que la bella, en su cincuentena, se acaba de divorciar, pero no habla de ello porque es discreta como una vietnamita. Para largar su despecho está la amiga, la sombra, que dice perlas del tipo "detrás de un gran hombre hay una mujer sorprendida" o "su ex era maricón, que lo sepas". Que tu ex sea gay cuando has estado media vida a su lado pone a prueba tu sexualidad, imagino, tu capacidad de seducción y tus revolcones a la luz de la luna. Sí, eres una rubia cañón cuyas carnes desafían a la gravedad, pero te has casado con un hombre de sexualidad distraída (así lo diría ella si lo dijese, pero no).

Vaya por delante que considero que cualquier pareja que funciona es una gran pareja. Los motivos por los que nos ligamos a alguien son siempre objeto de diván, y todos valen. Igual que la amiga de la rubia vale como amiga aunque esté diseñada para adularla, soltar los improperios que la otra no se atreve a decir y sujetarle el bolso mientras se toma el café.

Pero siempre hay algo oscuro es las relaciones desiguales. Un poso de mezquindad, una desazón que con los años se va convirtiendo en desprecio y consigue que te resulte repugnante hasta el modo en que el otro desplaza el ratón por la alfombrilla del ordenador. Llegados a ese punto, casi debe ser un alivio descubrir que tu hombre es gay. Porque eso lo explica todo y te aleja de la sombra de la sospecha. No es que con los años te sientas menos deseable, tus planes pasen más por tus hijos y nietos que por ti misma, no acabes de acoplarte al pasillo de tu nuevo adosado en tu nueva ciudad y un día el escote, sin preaviso, dibuje una grieta pequeña, casi imperceptible. Es que te casaste con un ególatra que cuenta chistes sin gracia y se hizo un lifting a la vez que Sofía Loren. Y encima "era maricón", como te recuerda tu bastón desaliñado y fiel.

Aquí me planto, que luego me lee mi madre y se espeluzna. Por si acaso, mamá, que sepas que el mío era muy machote, pero no me hacía feliz, que no me he chutado rellenos en el escote y que mis amigas son de mi estatura. O puede que más altas, lo que me ayuda a estirar mis afectos, mis virtudes, mis madrugadas al sol.

martes, 1 de febrero de 2011

MENTID, MALDITOS


Mi querida Big-Bang;



Mentir es un arte que requiere talento,práctica y experimentación. La enfermera del amor quiso darle una sorpresa a su marido y le sacó un billete para Venecia. Debía de asegurarse de que el viernes a las cuatro él entraba en casa, donde le esperaría con las maletas preparadas. Así que, como la estratega pelirroja que es, el lunes por la noche le anunció con seriedad: "Estate pronto el viernes, que tengo que ir al tanatorio. Se ha muerto el padre de una amiga de traumatología". Por suerte el hombre no cayó en que morir con preaviso es raro, pero dejar a un muerto pudrirse cuatro días en un tanatorio lo es aún más,al precio que gastan las cámaras frigoríficas.

Me confieso fan de las trolas bien elaboradas, aunque no me gusten. Es el mismo sentimiento que me provocan los castillets, ese absurdo montón de hombres subidos unos sobre otros hasta convertirse en una Torre Eiffel de piernas, brazos y caras de esfuerzo. Suelo decir la frase:"Tú a veces me mientes, pero no me engañas", y los hombres se quedan muertos, descolocados. La falsedad es tan útil para la convivencia que debería ser una especie protegida, como el oso panda o el lince ibérico. En su lugar, la Iglesia se ha puesto a perseguir a troche y moche a los troleros mientras con la otra mano elaboraba simulaciones hipócritas de la virtud que requieren anchas tragaderas. Pero la hostia, con perdón, también lo es, y sin embargo se hacen colas para llegar a ella cada misa del domingo.

Luego están las mentiras de los políticos. Un capítulo aparte porque resultan obscenas y ofenden a la inteligencia del pueblo. Hasta que el pueblo, en un ataque de lucidez, se subleva. Y entonces Túnez, y entonces Egipto copan las portadas de los telediarios y nos cambian los clichés con su coraje, mientras los mentirosos abandonan el país por la puerta de atrás. Aquí, como somos demócratas, preferimos protestar en las tertulias o frente a la máquina del café. LLegas, te desahogas y vuelves a casa con la hiel menos densa y el maquillaje corrido.

A estas alturas de la vida sólo aspiro a fingir que acato las mentiras como quien finge un orgasmo para terminar rapidito. La verdad, tan sobrevalorada, ha terminado desatando situaciones incómodas. Ya es hora de que alguien señale que cuando aquel decía que "los caminos del Señor son inexcrutables" en realidad estaba arremetiendo contra la transparencia, la línea recta, lo incontestable. Ya es hora de mentir. sí. Pero sin engañar.