sábado, 30 de abril de 2011

CASARSE O ABRASARSE

Mi querida Big-Bang:


Ya lo decía la Biblia: "Más vale casarse que abrasarse". Y nos hemos pasado siglos sin caer en la cuenta de la naturaleza del consejo envenenado de San Pablo. No es que el matrimonio sea un chollo; es que la alternativa es arder en el fuego eterno. Susto o muerte.

En el camino y para atemperar el susto a las mujeres nos vistieron de Sissi emperatriz, esa pobre anoréxica que tenía una suegra chunga y un marido inconsistente, y nos tuvieron entretenidísimas preparando el banquete, la lista de bodas, la vajilla con bajo platos, el vals, el tul ilusión, las amigas vestidas a conjunto y las pruebas de peluquería. Así, con tanto trasiego no sientes el calorcillo de las llamas del infierno (opción B), y dicho el sí quiero San Pablo, desde el más allá, añadía una muesca más a su cabecero de triunfos.

Ayer William Windsor y Kate Middleton perpetraron su bodorrio. Bien pomposo, como sólo el british estándar garantiza. Millones de niñas incautas se quedaron convencidas de que hay que casarse, a ser posible antes de que el novio luzca una calva estilo tonsura monástica medieval. El espectáculo estético de la ceremonia es abrumador. Como un montaje de ópera en las termas de Caracalla. Y letal. Impide que se rompa el hechizo falaz, al presentar la boda como un fin en sí mismo. El equivalente a que el París Dakar fuera la foto de salida del primer día; ese en el que pilotos y vehículos se exhiben relucientes para la foto de familia. Cuando por el camino acumularán polvo, se encallarán en dunas, se lavarán lo justito y hasta puede que se los coman los buitres carroñeros.

Dirás que es envidia tiñosa porque a mí no me pretende un príncipe. Cierto. Tampoco tengo un suegro resentido que lleva décadas esperando que a su madre se le olvide respirar para hacerse un Iznagud el infame ("quiero ser califa en lugar del califa"). Ni una suegra rabiosa porque a ella casarse le costó lo suyo. La primera esposa -más joven, más maciza y más cool- tuvo que matarse en el Puente del Alma de París para que la aspirante, tras un luto interminable, pudiera llevarse el gato al agua. Un gato bien calvo, bien resabiado, bastante cínico y sin futuro inmediato más allá de hacer las conservas de mermelada ecológica y dar por saco a los arquitectos estrella -Chipperfield included-por no hacer edificios del siglo XVIII. ¡Cómo se atreven!

Querida Kate, no sabes dónde te has metido. Disfruta del video de la boda y no cojas el teléfono a aquel novio de la infancia. La maldición del matrimonio de tres está muy presente en la estirpe de tu príncipe y la pobre Lady Di es un fantasma en pena que lo mismo se te aparece por el torreón de palacio. Si tenías aspiraciones profesionales, mira para otro lado. Dedícate a inaugurar asilos, hazte fotos con víctimas del tsunami y cultiva la amistad con algún cantante pop preferiblemente gay.

Y descuida, que entenderemos que, en un ataque de melancolía, suspires por no haber elegido las llamas como plan de vida. San Pablo es el mejor vendedor de motos de la historia.


P.D. Otra posible banda sonora del bodorrio: http://youtu.be/KOk5DDQD8rA

viernes, 29 de abril de 2011

Joaquin Sabina & Olga Roman - y sin embargo te quiero / y sin embargo

FINALES INFELICES

Mi  querida Big-Bang:


¿Eres más de principios o de finales? A mí rematar se me da de miedo, aunque reconozco que a veces cierro la alcantarilla demasiado pronto, con lo que los cadáveres regresan tiempo después. Al fenómeno lo denomino zombiasis, y espero que los señores de la Academia de la Lengua lo tengan en consideración, ahora que me han robado el acento a algún adverbio que amo. La zombiasis, digo,  viene a ser irse por la puerta lateral. Como el clásico asesino chapuzas que no comprueba si el muerto ha dejado de respirar. Y el muerto regresa meses después a vengarse, perpetrando un final tan contundente como previsible.

Hace un tiempo solía ir por las librerías, coger libro de autor desconocido y leer las primeras y últimas líneas. Si me convencían, me lo compraba. Aún lo hago con las críticas de cine, con la particularidad de que empiezo leyendo el párrafo final; ese en el que te dicen que es soberbia o bazofia de la buena. Si no atisbo fallos semánticos ni sintácticos, o el remate no se expresa con contundencia, paso al párrafo anterior. Y así, en mi osadía, he llegado a probar con las recetas de cocina, para aligerar el proceso.

¿Que a qué viene esto?, te preguntarás. A que anoche vi el último capítulo de mi última serie favorita, Boston Legal. La ocasión merecía una puesta en escena bien cuidada. Copa de vino, plato de jamón ibérico con muchas jotas y postre cremoso y ligero como mi cerebro. J., a mi lado, palpitaba de emoción:"chitina, creo que vamos a llorar. Me he metido en foros y el episodio le rompió el corazón a los norteamericanos, mucho más que el hijo Down de Sarah Palin, según las encuestas de opinión".

Con tamañas expectativas dimos al on, excitados con la melodía de la cortinilla de arranque. Y arrancó, vaya que si arrancó, la madre de todos los bodrios. Mi Allan Shore, ese hombre que me había enamorado durante cinco temporadas con su verbo florido y su mirada sagaz, se hizo un discurso topicazo a lo George Bush. Mi Shirley Smith -Candice Bergen en su asombrosa madurez- perdió todo su relieve para ser una rubia más. Y sí, nos reímos a ratos con esas sentencias ingeniosas que los guionistas de la serie nos llevan regalando semanas, pero aquello olía a muerto mal enterrado. Y cuando terminó, sobrevino el vacío.


Lo malo de un final defectuoso es que te deja un sabor metálico en la boca difícil que eliminar. Ni siquiera con la Bombay-tonic. Un mal arranque da pie al in crescendo. Hay sinfonías que nunca me hacen palpitar hasta el tercer movimiento. Hay hombres (y mujeres) que no superaron la primera impresión pero con el tiempo han ido sumando enteros. Pero un remate defectuoso no hay quien lo redima. ¿Fueron esos guionistas víctimas de una presión salvaje, el síndrome del último capítulo?

Mándame urgente una pastillaca contra la decepción. Yo tenía un héroe y ha sido descabezado en sólo cuarenta minutos. ¿A quién voy a admirar ahora que cuando enciendo la tele sólo veo líderes mediocres en campaña? ¿A la jequesa de Qatar, esa diosa con curvas que perdió su zapato y vio cómo nuestro rey y su señor esposo se echaban al suelo rivalizando por recoger el botín y devolverlo a su real sitio, como en una versión árabe de La Cenicienta?

Necesito un final como es debido. O pasearé como un zombie por las calles buscando víctimas para rematar lo que otros han dejado a medias. Vive dios que lo haré.

jueves, 28 de abril de 2011

ERUDITOS Y CAPULLOS

Mi querida Big-Bang;


Mr. Rubidio es una de esas personas que cuanto peor las tratas mejor reaccionan. Es algo enfermizo y tiñoso, que a mí siempre me descoloca porque me obliga a sacar una fusta de cuero que no hace juego con mis botas dominátrix. El señor Rubidio quiere caña de la buena, y si tú te muestras educada e indulgente él te mirará desde el balcón de su desdén, con un gesto enfermizo que ya he aprendido a interpretar, porque son muchos años de idas y venidas, de tés a a la menta y de charlas rancias sobre lo letal que es el mundo. Añadiré que Camus sería la alegría de la huerta a su lado.

Lo peor de la inconsistencia es la capacidad de contagio. Si te pones demasiado cerca de un desconfiado patológico, desconfías. Si es junto a un seductor, coqueteas. Si es un guardia civil, ordenas y mandas. Si es Andreu Buenafuente, te inventas un show. Pero si se trata de alguien que te pide que lo vapulees o de lo contrario te despreciará, terminas cometiendo un asesinato en primer grado.

A los ponzoñosos sólo se les neutraliza con la risa o la imaginación en bote. Ana María Matute, esa señora adorable que escribe libros que solía leer, ha dicho en su discurso del premio Cervantes que sin invención, sin imaginación, no hay vida. Estoy de acuerdo. Rubidio es un señor sin imaginación, un tipo sin infancia al que a veces se le descoloca el bisoñé. Como no puede proyectarse se ha dedicado al arte de la erudición, para fardar en las tertulias de su salón, que siempre huele a naftalina.

Te confesaré que los eruditos me dan miedo. No sólo porque me sacan los colores -soy muy capaz de olvidar el título del libro que leí ayer- sino porque hacen un despliegue tal de cifras y letras que me bloqueo. Los eruditos no crean nada. Se limitan a desenfundar lo que otros hicieron, como esos alcaldes que inauguran con orgullo de propiedad lo que otros levantaron con sus votos en contra.



Luego están esos otros que sólo crean contraprogramando. O sea, objetando a los demás. Tampoco aportan nada, salvo diques de contención en un territorio sin agua. Después de un sesudo trabajo de investigación en reuniones de trabajo, juntas de vecinos cabreados y brainstorming de peluquería he llegado a la conclusión de que tienen miedo. Como Rubidio. Como el malpensado. Como muchos eruditos. Miedo al vacío de soñar y contarlo. Miedo a no tener asideros donde impulsarse. Miedo al fracaso.

Y luego están esos otros, los conscientes de sus taras y puede que de su genio. Como O. Pamuk, ese tipo que asegura que escribe "porque sólo puedo soportar la realidad si la altero".

Nota a pie de página: Hoy me propongo alterar la realidad. Y pobres de los Rubidios, eruditos y capullos que se atrevan a impedírmelo.

miércoles, 27 de abril de 2011

ENTRE MOU Y PEP

Mi querida Big-Bang:


Pep Guardiola es mi amante.  Y siendo mi familia tradicionalmente del Atlético de Madrid, no sé si me admitirán en las próximas bodas, bautizos y comuniones. Lo mejor de todo es que a lo largo del sueño yo me preguntaba: ¡Pero si este tipo nunca me ha excitado! Puede que sea listo, pero esa extremada gravedad, ese comedimiento, ese savoir faire lo alejan de mi órbita pasional. Me gustan los hombres inteligentes que se desbordan. Y luego está Pep, el gran estratega, al que envidio por su capacidad de liderazgo y porque parece un maniquí bien planchado de El Corte Inglés.

Así que, como digo, yo cuestionaba en sueños mi propio sueño, mientras que miraba de reojo a Mourinho, el buen salvaje. La pasión a borbotones. El sexy vestido de Hugo Boss que termina con la camisa hecha un trapo y la corbata desencajada. Un líder a lo bestia a quien los suyos fijo que despellejan en el vestuario. Un desatado. Un provocador. Un tremendo. Con esa cabeza gris plata y esa mirada atormentada. ¿Arderá en el infierno? me preguntaba mirándolo con intensidad. Pero nada. Yo parecía ser más el tipo del frío y apolíneo Pep, que me hacía gestos picarones desde la mesa de al lado. Y entonces me llamaba mi hermano C. y me decía: "¿Tú también, Bruto?".


Supongo que el catalán está pasado de yin y el portugués de yang. Imagino que el primero jamás se salta su dieta mediterránea, hipocalórica, y bebe cerveza sin alcohol, y que el segundo se mete un asado del carajo bien regado de tinto y no sale a la calle sin el Almax en el bolsillo. Quiero pensar que Pep es más Bethoven y Mou Shostakovich. Que uno lee el I Ching y el otro aún guarda viejas revistas porno. Que uno monta en bicicleta y el otro se pone a 200 km/h por las autopistas del Maresme. Que si el uno tiene el armario ordenado por colores, el otro tira los jerseys de cashmere al suelo para elegir cada mañana. El dios, el sátiro.

La cosa es que estoy preocupada porque en vísperas del Madrid Barça no sé con quién debo ir. Y, lo que es peor, no sé quién soy. Si hubiera soñado el revolcón con el diablo vestido de blanco, me sentiría transgresora y osada. Pero haberlo hecho con el arcángel Gabriel me da un tufillo bíblico y meapilesco que no sé si voy a poderme sacudir del cuerpo. De seguir así, temo que hoy tomaré cuajada de postre, esa inconsistencia lechosa que no sabe a nada y mata pasiones, y, a más a más, puede que me abra una cuenta en el Sabadell para que mi chico me dé lecciones de fortaleza y pundonor. Uff.

Lo que tengo bien claro es que no pienso ver el partido. Entiendo que los amantes oníricos no exigen fidelidad. ¿O sí?

martes, 26 de abril de 2011

LOS SIMULADORES

Mi querida Big-Bang:


¿Por qué mentimos tanto sobre nosotros mismos? ¿Qué hace un tipo que no ha cogido un libro en su vida invitando en público a la lectura voraz desde un atrio? ¿Por qué un político chungo e infiel se lanza a hacer apología de la familia y de su santa esposa en grandes titulares? El prestigio. Eso es. En real life aún funcionan los tópicos de siempre para la seducción: yo escucho música de culto, yo leo a Hegel en el cuarto de baño, yo colecciono carteles de Lubitsch, yo besé a la chica en el verano del 86... Sí, es rencor de tiñosa, lo reconozco. Yo, en realidad, no tengo mucho de lo que chulearme, y me preocupa. Puedo fingir que monto a caballo los sábados, cuando en realidad tengo los nudillos desollados porque un único sábado de mi vida se me ocurrió que coger las riendas y agarrarse a la silla eran acciones simultáneas. Así, con mis costras, me convierto en amazona y lo cuento urbi et orbe a todo el que se ponga a tiro.

El problema es cuando te pillan. Ese día que a un ecohierbas le descubres que tira los papeles al suelo, come grasas saturadas a dos carrillos y maltrata al caniche del vecino. Entonces se te desmonta el mito y ya te puede jurar que irá a hacer yoga a Ramiro Calle, ese gurú relamido de los noventa, y permanecerá en la postura de la cobra tres días seguidos, que no te lo crees. El emperador del cuento se ha quedado en pelotas. Debe buscar urgentemente una nueva identidad, como los monstruitos de los Men in black buscaban cuerpos que poseer.

La culpa la tiene el cómic, los superhéroes. Yo también quería ser Batman para salir por las noches repretona con mi látex y volver locos a los hombres. Pero por un error de cálculo me quedé en mamarracha con mechas que se sube a unos tacones pensando que a 15 cm del suelo es otra. Cuando la realidad es que lo único que varía son las consecuencias de la caída. Conozco a gente que va a los bares modernos para sentirse moderno, resudar con los modernos (lánguidos, como los hierbas) y sentir cierta transferencia cool al ritmo de temazos como "¿Qué se siente al matar un gatito?". Tipos que compran su ropa en tiendas indecentemente caras para poder contarlo. Que van a exposiciones underground con el afán de ser vistos o que viajan sin más pasión que el relato de vuelta.


¿Vivimos para contarlo? Eso dicen los Violadores del Verso. También García Márquez en sus memorias, pero queda mucho más rancio y  convencional citar al colombiano. Así que, si quieres ser moderna, eliges a los Violadores. Y según termino la frase pienso que es de una incorrección política sublime. Pero así soy transgresora, que es otro disfraz molón ya que el látex de Batman se me ha quedado pequeño y hace mucho que no pasa por mis manos la Crítica de la razón pura.

Ser o no ser, esa es la cuestión. Los descendientes de Shakespeare deberían cobrar derechos cada vez que usurpamos a Hamlet. Hasta en las ruedas de prensa de los deportistas se parafrasea al príncipe danés, y así se rompe el tópico del futbolista cateto. Lo mismo podría salir de pobre montando un negocio de identidades para momentos comprometidos. "Yo Soy el que Soy.com". Espero que no sobrevenga alguna plaga del Antigua Testamento a desenmascararme por usurpadora.

lunes, 25 de abril de 2011

RIPLEY O EL ESCAPISMO

Mi querida Big-Bang:


El escapismo es una forma de vida. No es exactamente la huida, porque las piernas permanecen clavadas en si sitio. Pero si te concentras, no estás. Tengo una lista de asuntos pendientes que siguen pendiendo de un hilo. Un coche en no sé qué descampado que un tipejillo fingió comprarme y nunca puso a su nombre, un saco con abono y fertilizante para mis pobres plantas, un bote de barniz para una tira de suelo que antes tuvo una estantería; un aviso de mi Openbank para que me persone a recoger nosé qué tarjeta, una cita con el DNI que no puedo ejecutar después de mes y medio de espera porque me falta el papel más importante. Varias multas sin pagar. Unos análisis de sangre que jamás llevé al médico que me los mandó; Una conversación pendiente con cierto capullo que me maltrata los ojos... Y así.

Dirás que si no ajusto cuentas con mi destino voy a seguir dando traspiés; es verdad. Por eso ando en bicicleta. Eres la misma persona, torpe y trastabillada, pero apenas se te nota. Me gustaría tener el talento de Mr Ripley para fingir otra vida distinta. Ése sí que acumulaba problemas, pero luego se cargaba a un tipo y tiraba millas. El asesinato es la otra cara del escapismo. Muerta la obligación, se acabó la rabia. Lo malo es que si acumulas cadáveres tu casa empieza a oler a muerto, y no hay perfume que tape tanta ponzoña.

Mi amiga C. acaba de cerrar un frente abierto. Su novio, que le puso los cuernos hace 25 años, le ha pedido perdón. "Fui un capullo". Sí, lo fue, pero a los 16 años ser capullo con una novia es como tener acné. Una enfermedad inevitable. A ella le rompió el corazón, y durante años se preguntó por qué. Sigue sin saberlo, pero ahora tiene una confesión escrita con la que ha cerrado una puerta que estaba entornada y llena de escombros alrededor. Una cosa menos.


A los 16 años se es escapista por naturaleza. Te encierras en tu cuarto, escondes las cartas de amor con lazo rojo en una caja de mimbre -la misma donde ocultas las notas de cierto septiembre que nunca entregaste- sigues a algunos ídolos musicales y lees a Proust y a Joyce para escapar de la dictadura de tus hormonas. Luego tienes un hijo y cuando alcanza la adolescencia detestas su escapismo, su armario lleno de mugre y rincones secretos, su atolondramiento de serie y esa obsesión con idolillos descerebrados que cantan temas musicales facilones a precio de oro. Y te esfuerzas en que no le partan el corazón, aunque sabes que es inevitable.

Te confieso que hoy sufro un ataque de escapismo post vacacional y todo lo anterior era un excusa para rematar con la evidencia de que no quiero volver al carril bici de la rutina. No quiero saber más de ese coche, pese a que un día alguien cometerá un atraco con él y me las veré frente a un juez, no quiero ocuparme de las plantas antes que de mi identidad y mis ojos. Y no pienso tirar a la basura las cartas con su lazo rojo, porque al abrirlas vuelvo atrás, como con la magdalena de quel que leía y ya no leo, y me perdono por el acné y por la furia.

Me pregunto qué haría Ripley en mi lugar...

domingo, 24 de abril de 2011

DESEO Y PASIÓN

Mi querida Big-Bang:


Las margaritacas tienen los efectos del suero de la verdad. Tú te bebes una porque está dulce y fresquita, y te coges una cogorza ligera, tiras el cuchillo al suelo, luego el tenedor, y cuando llega el camarero a la mesa a ver si habéis elegido le sueltas que no, porque todas tus amigas tienen presbicia e indecisión crónica, y te dispones a leer la carta enterita, para terminar confundiendo nachos con quesadillas. Y lanzando una pregunta muy típica de borrachuza que oculta su tara:


-A ver, chicas, ¿qué creeis que deberíais hacer en esta vida y aún no habéis hecho?


Aprender a bailar, tener un trabajo que apasione, volver a enamorarse locamente, recuperar la talla 38, superar el vértigo, ser más libertina, obedecer menos, arriesgar más, escribir un libro, viajar a Japón, recuperar las dudas, conseguir una casa más grande, leer y leer, un lifting sin cirugía, las tetas de una veinteañera... 


Lo que nos mueve es el deseo. Los planes. Desear es el mejor antídoto contra la nostalgia. Anoche éramos cuatro amigas juntas desde hace 25 años y sin nostalgia. Nos ha pasado de todo, claro. Podríamos volver al hotel de París con pelos en el desagüe, a la elefantosis de Santander, al examen de ingreso en aquella emisora, a nuestra primera vez bajo las sábanas, a las bodas, divorcios y partos (con una de ellas he coincidido en los embarazos, lo que creó un vínculo especial y una rivalidad. A ver quién paría antes. En teoría el calendario estaba de mi parte, pero la muy asquerosa se me adelantó y tuvo la desfachatez de llamarme desde el hospital, mientras se retorcía de dolor, para confirmarme que había ganado la partida).

La otra cara del deseo es la insatisfacción, claro. De eso también hablamos. La gran cuestión es si compensa o no. ¿Es mejor vivir en una línea continua, hecha de pequeñas alegrías y pequeños quebrantos, o tener un gráfico lleno de picos que suben y bajan según vivimos el delirio o la excitación más sublime? Como soy carne de diván, ya conoces mi respuesta. Prefiero la pasión que el hormigueo, y mis amigas también. Así que cuando llegan tiempos de picos bajos nos juntamos para empujar entre todas y volver a poner en marcha la máquina de los deseos. Y eso se llama amistad.


Lo dejo aquí, porque hoy deseo salir en bicicleta y comprar los periódicos. Leerlos al sol, tomar otro café. Desconvocar al miedo de tener que volver al dr Menguele de los ojos, hacerme unas fotos de carnet, comer hipocalórica, dormir una buena siesta y compartir café y cariño con mi A-2. Deseo que este domingo no acabe en lunes. ¿Es tanto pedir?



Los Lobos La Pistola yel Corazon

sábado, 23 de abril de 2011

MANIFIESTO ANTIFAMILIA

Mi querida Big-Bang:


Ayer tuve una conversación muy reveladora mientras me perdía por la M-50, una de mis grandes especialidades. ¿Por qué tenemos hijos? Hasta hace un par de generaciones, la perpetuidad del apellido tenía un fundamento económico, de sostén familiar. Pero hoy los hijos son una ¿bendición? que se queda en casa hasta los 35, con suerte, y piden la paga y el derecho a retozar con sus novios al otro lado del tabique. Para cuando se van, estás exhausto y en blanca, Entonces ellos tienen hijos y te los llevan para que los cuides, en un círculo diabólico que te remata y garantiza una vejez espantosa. O sea, que el sostén ha pasado a ser el yugo.

Un peaje...o y otro despues, seguíamos conversando. Algo que es bien sabido que no suelen hacer las parejas.  "¿¿Te imaginas que nos pasamos la noche en círculo, pagando peajes?", me reta mi querido J., desde esa posición desahogada que otorga no tener carnet de conducir pero sí una ironía del 17. Y a continuación, la respuesta del millón: "Creo que hoy tenemos hijos para consolidar la identidad que nos falta. Si eres "el padre de" ya eres algo inalienable, tangible". O sea, que la paternidad te brinda un estatus. Además de responsabilidad, besos, colas el día de las notas, broncas el día de las notas y una despensa a prueba de atracos.

Cuando conseguí salir de la citada carretera, sin tener ni idea de dónde estábamos, continuamos con la reflexión. Esas familias que salen a la calle con los hijos bien peinados y vestidos a conjunto los domingos...¿qué están demostrando? ¿el amor incondicional o la fortaleza de grupo? Son algo parecido a los desfiles de las Fuerzas Armadas, pero sin corneta. Exhiben sus armas triunfalmente, pero en lugar de estandartes llevan melenas rubias con lazos tiesos y zapatos merceditas. Así era hace 30 años. Así sigue siendo, al menos en mi barrio.

Dirás que cómo tengo el morro de cuestionar la familia española con dos chukis en edad de desmerecer. Y sí, tengo ese morro y mucho más. Adoro a mis chukis, pero no son mi brazo ni mis piernas. Cuando se van no siento el vacío, sino la extensión de mi territorio. El silencio. La sensación de que todo es posible y que la individualidad mola aunque no te permita cruzarte los domingos por el barrio con familias complacidas de sí mismas y compartir experiencias comunes como padres, apasionantes disertaciones acerca del Dalsy, de los piojos o de la función del colegio.

Creo que, de alguna manera, tenemos hijos por cobardía. Porque estar solo te coloca en un abismo. Porque el olor de un niño recién levantado que te echa los brazos es una sensación única, cálida. Porque te garantiza la ocupación de muchos ratos muertos. Porque te hace un héroe sin necesidad de una gran gesta. Porque te brinta mil excusas cuando no te apetece hacer algo. Porque el día que descubres en tu hijo un gesto tuyo es una promesa de inmortalidad. Porque todos lo hacen y ser minoría nunca fue cómodo. Porque el amor gratis es el amor real, aunque encierre muchas mezquindades y demasiadas servidumbres.

Verás que sigo perdida en algún punto de la M-50. Corre a rescatarme o terminaré cuestionando todos los pilares de la sociedad. Y así no hay quien viva.

P.D. Familias que me gustan: Los Simpson, La familia Adams, Los Increíbles, los Bundy (Matrimonio con hijos), los Channing (Falcon Crest), los Soprano

viernes, 22 de abril de 2011

POSTDATA

Mi querida Big-Bang:



Colecciono postdatas. Nunca, en mi vida, fui capaz de rematar un álbum de cromos. Me faltaban paciencia, fortuna y consistencia. Eso de salir al patio del recreo a ver si alguna tenía el Ángel de Charlie que me faltaba, para comprobar que, en caso afirmativo, me iba a robar veinte de los buenos, me ponía de los nervios. Además, completar un album debe parecerse al final de un orgasmo. Con lo que molan los previos, ¿quién quiere que se termine?

A lo que iba. He decidido coleccionar postdatas. Tengo un amigo que siempre las pone en sus mails. Y suelen guardar lo mejor. Es como si en el cuerpo de los mensajes cogiera carrerilla, o como si preparara el relleno del asado. Pero lo que de verdad es, lo que creo que siente, suele reservarlo para la postdata. El otro día pensé que hay que mirar estos minitextos como el que mira en las papeleras para comprobar si se ha quedado algo aprovechable. Eso que quisimos decir pero no nos atrevíamos, y entonces simplemente insinuamos. Eso que en realidad no vamos a decir jamás, pero damos una pista. Eso que libera el subsconciente cuando la razón ha hecho de las suyas...

Leo en alguna parte esta frase: "Una carta es un soliloquio, pero una carta con postdata es ya una conversación". Estoy de acuerdo. La literatura epistolar me ha dado grandes momentos de sofá. Las amistades peligrosas, Drácula, Frankenstein. Y otros menos placenteros -Las cartas marruecas, un tostón que me obligaron a leer en el colegio. Pero las postdatas rara vez decepcionan. A veces llevan un reproche, a veces una cita, a veces una pregunta del millón que el que lo escribe no se atreve a preguntar directamente:  La postdata es reducto de tímidos, me temo. O de valientes que in extremis garabatean unas palabras antes de darle a la tecla de enviar.



La postdata más conmovedora que recuerdo la escribió un tipo exceptional a una mujer contradictoria a la que apreciaba, aunque no estuvieran juntos: "Te miro a los ojos hasta cuando cierro los míos". Tendré que buscar el libro donde subrayé. O qué más da. Este va a ser el arranque de mi colección. Se admiten propuestas.

jueves, 21 de abril de 2011

DESAMORES PERROS

Mi querida Big-Bang:



¿Puede un hombre compartir el dormitorio de su novia con sus perros? Mi amigo M. sostiene que sí, pero eso ha precipitado el final de la relación. Me lo contó ayer, copas de vino mediante y tras darme los titulares: "he roto con mi chica". Yo, de entrada, siempre voy con mis amigos, aunque sus novias/os sean limpios y sin antecedentes penales. Así que le dije: "bien hecho". Y luego: ¿Qué ha pasado?

"Lo de la alfombra precipitó todo", empezó  su relato. La cosa es que ella siempre prefería que él durmiera en su casa. "Tengo que poner la lavadora, tengo que hacer mis ejercicios de yoga teleasistido...". Y él, obediente, iba para allá. Con su cepillo de dientes, su muda y...sus perros.

-A ver, M., interrumpo. ¿De cuántos perros estamos hablando? ¿eran dos... no?

De sus dos chuchillos, en efecto, no muy grandes. Que ella detesta. Pero sabe que van con el lote, y ahí mi amigo me lanza un órdago:¿estarías con un hombre que no quiere a tus chukis?. "No, claro, pero quizás no me personaría con ellas cuando voy a su casa a dormir con derecho a roce". Esto último no se lo dije, porque es mi amigo y voy en su equipo.

La cosa es que el perro se hizo pis -"una mancha diminuta"- en la alfombra del dormitorio de la chica,y ella montó en cólera. En adelante, el perro sería "el puto perro". Y la alfombra, tras frotarla con un spray milagroso llamado Cebralín,  pasó de tener una mini mancha a la madre de todos los lamparones. "Así que me fui a llevarla al tinte, yo solito, y la broma me costó 300 eurazos. Cuando al fin llega la alfombra, más limpia que nueva, va mi novia y se pone histérica porque se la habían cargado. "Esos no eran los colores originales. Y todo por el puto perro".

Hay frases que precipitan rupturas. Y yo empaticé de inmediato, imaginando a esa fiera que insultaba el bien más preciado de mi amigo. Pero él no me lo había dicho todo: "Si encima, los pobres chuchos dormían conmigo, quietecitos,en mi lado de la cama".

-¿Cómooooooooooo? ¿Que te llevas al dormitorio de tu novia a los perros?, pregunté enjaretándome media copa de golpe. Y él: "Sí, claro, les pongo un colchoncillo a mi lado y duermen sin rechistar, del tirón".

Hasta yo me puse de parte de la contraparte. Si un hombre se acuesta conmigo y con sus perros, lo planto in situ. Eso de escuchar ruiditos alrededor se me antoja antierótico y amenazante. Y así se lo dije a mi amigo, que me miraba con cara rara. Pero no se rindió:

-Mis perros son mis alter egos. El otro día los saqué al campo y vimos una puesta de sol increíble. Ellos, que siempre están nerviosos, se quedaron quietos mirando, como gatos de escayola. Fue un momentazo.

La cara de emoción que ponía contándome la escena me hizo llegar a una conclusión inmediata: si te enrollas con un zoológico ambulante, debes asumir los pelos, ronroneos y hasta el olor nauseabundo de los restos de esas latas de comida que parece foie chungo en tu alfombra. Y dos: antes de enamorarte, la pregunta no es si tienes madre o dónde trabajas, sino ¿quién duerme a tus pies?

P.D Abstenerse de acercarse a mí cualquier hombre con chucho, hamster o iguana. Mi cama es mía.

miércoles, 20 de abril de 2011

PERFUMADA PARA MATAR

Mi querida Big-Bang:


Cuando un personaje está bien construido en una novela, en una serie de televisión, sabes qué tiene su nevera, cuántas multas de tráfico acumula, cómo se comporta en la cama y, desde luego, a qué huele. Sin que te lo muestren, claro. Así, un fanfarrón millonario que en pelotas se queda en nada fijo que lleva un perfume invasivo, que se echa generosamente por las mañanas, mientras hace muecas frente al espejo. Será una de esas fragancias con mucha madera y un toque de cuero. Y pobre de ti como coincidas con él en un ascensor.

A medida que pierdo vista mi olfato gana la batalla. Con los años he ido desarrollando prevención contra las personas que vuelcan el bote de colonia antes de salir de casa. Sobre todo esas que parecen no filtrar el olor original con la piel. Que te lo brindan en bruto. Es parecido a que te hablen a gritos, o demasiado cerca.

El primer olor en frasco que recuerdo era Joya. Un perfume que tenía mi abuela materna en el cuarto de baño y que se mezclaba con el de las pastillas contra las polillas sin que ninguno mandara sobre otro. En casa éramos más de Lavanda Puig en bote tamaño familia numerosa, y mi padre se echaba la que le caía por Reyes o por el día del padre: Brummell o algunas de esas que huelen a machote. El primer chico que me besó -sin lengua- era muy limpio, tenía una moto maltrecha, un pelo negro y sedoso, como de indio sioux y se echaba el perfume de su madre. A nadie parecía llamarle la atención y yo nunca le pregunté por qué olía a señora sofisticada. Me encantaba y ya estaba.

Mi primer gran jefe nos atrofiaba la pituitaria con su olor. Se había creído el anuncio ese de "vuelve el hombre", y volvía cada mañana con un halo de sí mismo alrededor con el que marcaba el territorio hasta bien entrada la tarde. Al llegar a casa había que ducharse para eliminar los restos de su maltrecha autoridad. Algo parecido a lo que les pasa a los pescaderos o a los que trabajan en Valdemingómez, ese vertedero hipermoderno de la capital donde la alta tecnología ha conseguido aislar todo menos el olor a mierda. Con perdón.

Si te digo la lista de los perfumes que atesoro me diagnosticarás de inconsistencia, duda metódica y personalidad múltiple. Los lunes tiro de Essence, de Narciso Rodríguez. Los martes, Soir de Lune de Sisley. Hay miércoles que la elegida es Paris, de Saint Laurent. Si el jueves amanece lluvioso, toca Gold, de Elisabeth Arden, o Chance, de Chanel. Para disfrazarme de mujer fatal no me fallan mis Juicy Couture y en fin de semana son las finas hierbas de Bulgari o Hermes. Si la noche pinta prometedora, es el turno de Chloe. Y así no hay quien se defina.

Te dejo, que debo elegir a qué oleré hoy. Dado que es Semana de pasión, debería llevar toques de incienso que, diluidos por la lluvia, me dejarán prevacacional y lista para disfrutar de esas novelas y esas series de televisión que detengo para imaginar a qué huele el personaje. Paranoica, sí, llámalo así.

P.D. Acabo de saberlo. Hoy me siento Ydille, de Guerlain.

martes, 19 de abril de 2011

UNA CABAÑA EN FINLANDIA


Mi querida Big-Bang:


Cuatro días sin leer el periódico ni ver la tele y vuelven los tambores de intervención.  La banca no descansa, el Fondo Monetario tampoco, y los finlandeses han decidido que quieren ser más protectores de la raza que Martínez el facha. No se os puede dejar solos.

Una vez fui a Finlandia de viaje de novios. No era yo la novia, pero sí unos íntimos amigos que nos pidieron que los acompañáramos en ese trance. Y allá que fuimos. Para mí, por entonces, lo más interesante del país escandinavo eran Alvar Aalto y Eero Saarinen, dos mitos que habrían vomitado ante el barroquismo de las casas españolas pre IKEA. Yo quería un sillón Paimio del primero y una mesa Tulip del segundo, pero si en el camino había que sujetar las velas de una pareja de recién casados, no iba a escatimar.

Helsinki me pareció una promesa de modernidad que apenas atacamos, convencidos de que la cabaña de madera en medio del bosque superaría cualquier expectativa romántica. Y así fue. Tenía su barbacoa, su embarcadero y su sauna a 100º en la que más de uno sufrió una lipotimia que casi lo deja allí, en territorio design, congelado como la carne de reno en tiras que devorábamos día sí, día también.

Por entonces, los finlandeses aún no ganaban festivales de Eurovisión, pero sí podían chulearse de introducir en las guías turísticas atracciones como la "water tower". Un monumento que nos llevó durante horas por esas carreteras perfectas a 80km/h hasta comprobar que se trataba de un depósito de agua. Tal cual. El minimalismo finlandés era una realidad, y Alto y Sarineen dos hijos naturales de una atmósfera proclive a la simplificación, al sacrificio de las estructuras en pro de la naturaleza.

Más tarde amé a Nokia, claro. Y entendí que pese a la alta tasa de suicidios del país, eran felices en su afán connecting people. Mientras los españoles seguíamos construyendo puentes rococó y chuleándonos de la tortilla de patatas y de la siesta.

Entenderás que si te suelto este rollo es porque se me ha desmontado un tópico. Si el finlandés no me quiere como extranjera que soy, me veré obligada a abrazar el diseño sueco, y eso sería una alta traición a mis convicciones estéticas. La ultraderecha avanza y esa velocidad no es sostenible. En cuando pueda pienso cambiar las sillas hormigas por unas Panton. Y la sauna por el baño turco.

lunes, 18 de abril de 2011

LIGA ANTI MADRES PERFECTAS

Mi querida Big-Bang


¿Es peor que te acusen de ser una madre obsesivo/compulsiva o melasudista? A mí, de entrada, los hijos me parecen seres extraterrestres, apéndices porculeros con vida propia. No me siento fracasada cuando una catea cinco ni cuando sale a la calle vestida de nabokovina, con unos jeans diminutos y raya en el ojo de mamarracha. Si acaso, le pido amablemente que se adelante y finjamos que no nos conocemos. Tampoco me abochorno cuando me suelta alguna de esas expresiones de la filosofía hannamontanesca, tipo: “no te motives, anda!". Si acaso, le sacudo con la RAE y le explico lo que significa motivarse. “Eso a lo que obedecen vuestras hormonas adolescentes, que no vuestro cerebro hueco, monina”.

Todo es mentira. Por mucho que quieras distanciarte, lo que hacen tus chukis tiene un punto reflejo en ti, como los famosos meridianos de la medicina china. Así, cuando minichuki cruzó el otro día la línea de meta hecha una exhalación, con su estatura diminuta y su fuerza gigante, la emoción me hizo llorar. También cuando subimos al autobús y el conductor me dijo: “Enhorabuena por su chaval (sí, no lleva pendientes). Es de los pocos niños que saludan al subir”. Pero nada me pone más loca que cuando utiliza bien el diccionario, pese a su edad: "Oye, no me subestimes", le soltó el otro día a la adolescente furibunda, y se quedó tan ancha. "¿Subesti qué?", respondió la otra.

No es que la enana sea un crack, es que retiene todo lo que ve en la tele. "Me gusta mucho el porno, mami", me soltó un día. ¿Ah, síiii? (imagínese mi cara de terror). "Sí, esos que se acuestan desnudos y hacen el amor". Una vez ahí, el melasudismo -hoy me la suda, mañana lo mismo- es la mejor opción de la madre moderna. Pero no, chuki macho no se rinde. "Verás, antes los besos me daban asco, pero ahora ya no". Y yo, bajito: ¿por qué?. "Pues porque ahora soy más limpia, mami".

Odio a las madres militantes. A las que sufren con los deberes de sus hijos como si se jugaran ellas el aprobado o el suspenso. Detesto a esas madres que se lanzan a por el profesor cuando se lo encuentran en el bar, fuera de servicio. A las que confeccionan los disfraces de diseño para la fiesta de fin de curso porque al lucirse sus retoños (así los llaman, puajjjjj) se lucen ellas también. A las que hacen la cena en función de lo que los niños comieron a mediodía. Estrictamente y con la tabla calórica pegada con imanes en la nevera. Son perfectas, como esa Bree Van der Kamp de Mujeres Desesperadas. Yo no.

Pero lo que no soporto es que alguien me diga "deja de ser tan melasudista" cuando estoy de vacaciones. Tengo derecho a dejar de ser madre un rato. Y las chukis tienen derecho a perderme de vista y dar por saco mientras yo finjo que no las escucho. Y miro a través de ellas. Y le pego un trago a mi gin-tonic.

Hay que darse vacaciones de uno mismo. Y sobre todo, de los hijos. También lo llaman descanso eterno.




domingo, 17 de abril de 2011

INVENTARIO SENTIMENTAL


Mi querida Big-Bang:


A la romántica irrefrenable y cotilla que soy le fascina saber cómo se reparten los bienes las parejas que rompen. Creo que uno se retrata cuando elige los Cds de Aretha Franklin o las películas de Charles Bronson. La vajilla completa de la tía Sole o el televisor de 32 pulgadas con pantalla extraplana. Los libros de viajes o el sofá anatómico (forense) color caldero oxidado. El cuadro de nudos marineros o la foto de Helmut Newton. En fin.

Somos lo que salvamos del naufragio. Y ayer conocí a una mujer que dejó la capital, un trabajo aburrido y un novio ad hoc para montar un picadero de caballos en medio del campo alcarreño. “Yo me quedé con los peces y el perro. Él, con el gato y los pájaros”. Con el botín repartido, la pecera en las manos y la urgencia de huida llamó a la puerta de su madre para despedirse. Inmediatamente me puse de su parte. Los gatos me dan pánico. Los pájaros también, por culpa de Hitchcock. Y puedo imaginar un infierno de maullidos y trinos con un novio de toda la vida que en un momento dado te plantea un ultimátum: o nos compramos un piso o lo dejamos.

Hacer inventario sentimental debería ser obligatorio. Al final, lo que nos define no es la cuenta del Openbank -tiritona y afecta a los altibajos- Tampoco la hipoteca de un piso que se vende y se olvida. Nos define el cenicero que robamos la noche loca que acabó en revolcón, el hule de fresas salvajes que compramos en un viaje a Holanda, el autógrafo de Susan Sontag (sorry, soy pesada y hasta recurrente) en la contracubierta de una novela mediocre. Las sensaciones que encierran los objetos. No los objetos.

“Son cosas, llévate lo que quieras, nena”. Imagino que el duro de Bronson se lo dice a su chica. Y va la chica y agarra al pez llamado Wanda. Y se sube a un coche y acampa entre árboles y se plantea otra vida con caballos y tiempo para perder. Y siente que nunca ha sido tan libre. Ymonta un picadero y da lecciones de equitación que encierran lecciones de supervivencia.

Somos lo que rescatamos del incendio. Lo que nos llevaríamos a una isla desierta. El resto sólo son cosas. Y entonces, ¿por qué luchamos a muerte por ellas el día que rompemos?

sábado, 16 de abril de 2011

MENOSPRECIO DE CORTE


Mi querida Big-Bang:



Me gustan las mesas grandes, los rincones pequeños y los techos altos. Los hombres, con discurso. Las mujeres, sin zalamerías, y los niños mudos o, en su defecto, afónicos. Las casas rurales sin bichos, los pueblos, con iglesia y campanario. Me gusta venir al campo y que me despierten las campanas, pero no las chukis. Los urbanitas hemos desarrollado un particular afecto a lo rural que aspira a recoger las comodidades de ciudad, sin los extras. O con algunos. Un suponer: una buena cama, unos cuantos libros y el sérum antiage.

“Menosprecio de corte, alabanza de aldea”. Este tópico del Renacimiento lo aprendí de Angelines, una profesora de literatura que nos enseñó en la adolescencia dos cosas: que la libertad estaba en los libros y que los hombres eran especímenes difíciles de abatir. Ella no distinguía entre los de campo y los de la ciudad, pero cuando hablaba de ellos torcía el gesto con cierta desesperación. Debería andar por los cuarenta, no sé. Cuando tú tienes 16 las maestras son de edad indefinible. Solía llevar camisas transparentes y jeans ajustados. La melena rubia y suelta. Una transgresión en el cole de las monjas, donde todo estaba contenido, holgado o abrochado.  Ella, digo, quería abrirnos los ojos a las verdades eternas, y como penitencia nos hacía leer El Quijote.

Con Angelines aprendí que seducir era lo mismo que llevarse al huerto. Juro que recuerdo su frase, dicha con mucha vehemencia, como un zarandeo, a esas niñas que estábamos a por uvas y a las que apenas habían besado. La virginidad se daba por hecha, como el valor en la mili, y los libros parecían la salida posible a un prado sin vallas ni prohibiciones con toca y crucifijo. La cultura como gimnasia escapista. A falta de Hanna Montana y Justin Bieber que llevarnos a la boca, “La montaña mágica” de Mann o Henry Miller (a escondidas) nos parecían planazos. Y Angelines marca-chichi-jeans fue la inductora. La primera feminista sin saberlo. Volcáos en vosotras mismas. Leed, malditas.

Menosprecio de corte. Me gustan los pueblos sin tarugos, los tejados de teja antigua, las chimeneas en primavera. Te aviso que lo mismo quemo mis naves y me quedo aquí, con lo imprescindible y muchas horas por delante. Se llama descanso eterno y huele a caballo. Lo mismo dejo de necesitar tus pastillacas. Lo mismo bastan las campanas.

viernes, 15 de abril de 2011

PORNO BÍBLICO

Mi querida Big-Bang:


El arca de Noé ha hecho tanto daño a la humanidad como las pelis porno. Nos dijeron que a la salvación se accedía en pareja y nos lanzamos al diluvio de la mano sin pensar que saldríamos escaldados como los protas de Titanic. Nos dijeron que todos los hombres la tenían grande y duradera y que el revolcón era un alarido tridimensional y simultáneo y las consultas de los sexólogos se pusieron a rebosar. Y ya es hora de que alguien desenmascare tanta falacia histórica.

Ayer me tiré una hora y veinte hablando con mi amigo R. Un tipo culto, sensible y treintañero que anda preocupado porque se siente un raro entre los de su generación. "Todos mis amigos están en pareja, tienen hijos y hablan de los temas que implica haber formado una familia, así que yo no tengo mucho que aportar". Añadiré que previamente habíamos destripado los libros que estamos leyendo, que él es un ávido lector de ensayo, que se ha matriculado en un curso de relato en Barcelona, que le molan las series de HBO, que es guapo y tan apasionado de lo suyo y tan buena persona que podría presentarle a mis amigas más descreídas del amor y fijo que claudicaban.

-La verdad es que las mujeres se fascinan por mi profesión y asumen que va ligada a quemar la noche, conocer famosos y entrar gratis en los sitios. Así llegan muchas a mí, pero no me interesan nada.
-Pues diles que eres fontanero o reponedor de Carrefour, ya verás cómo mueves banquillo y se quedan sólo las que te quieran por lo que eres, no por tus galones.

Mi amigo R., en realidad, está tan a gusto en su casa de soltero. No necesita compartir gastos, cuadrante de cama ni palomitas los domingos por la tarde. Quiere una cómplice con domicilio propio. Una igual. Enamorarse locamente, pero no para entrar en el statu quo de lo que se supone corresponde a su edad y condición. Pero ahí fuera hay muchas mujeres demasiado tocadas por los cuentos Disney que buscan un marido y un piso céntrico con cortinas de cretona. No, no son marujas sin ambición profesional. O no solamente. Son treintañeras con master MBA que en el fondo, frente al espejo de su tocador, quieren lo mismo que sus madres y sus abuelas: un hombre y un bebé. La maldición del arca de Noé.

Antes de que me mires con cara de ¿y tú qué, nena? te sugiero vayas ideando una terapia contra tópicos y topicazos. Yo tengo una misión: encontrar una Sally para mi Harry con la que pueda hacer cortes de manga al Antiguo Testamento. De paso propondré a los directores de porno que empiecen a rodar gatillazos, descoordinaciones y contracturas en las películas. Y el que quiera ficción, que se chute cualquiera de las maravillosas series de la HBO.

jueves, 14 de abril de 2011

PLACERES GRATIS

Mi querida Big-Bang:


Tú llegas al Retiro a mediodía, sacas el bocadillo de tortilla, escoges un árbol con buen tronco y mejor sombra y te parece que el mejor hotel de cinco estrellas no te hace tan feliz. A estas alturas ya debes saber que en el fondo llevo una tipejilla dentro. Esa que se monta en bici sin quitarse los tacones y se revuelca por el prado sin que nadie ose interrumpirla, ni los bichos. Los placeres gratis siempre me han parecido los mejores. Quizás porque las familias numerosas son cicateras en lujos y chuches, y porque ir al Parque de Atracciones era el acontecimiento del año. Un árbol, una sombra y la revista Arquitectura y Diseño (AD), con las increíbles fotos de mi amigo Manolo. Eso es la felicidad.

Eso...hasta que llegaron los Hare Krishna. Que sí, son muy majos, comen hierbas y cantan, lo que sobre el papel suena a buenrollismo sideral. Pero si escogen como sombra la misma que tú, empiezas a sentir que su mundo azafrán es amenazador. El pacifismo militante se me antoja antitético. O vas a la paz, o al frente (y luego están las mujeres que van al amor como van a la guerra, de la canción aquella). Pero no puede ser que des por saco a la humanidad rapándote el pelo y entonando mantras descafeinados, mientras una rubia trata de concentrarse en la historia de Gropius, padre de la Bauhaus, en los hallazgos de Frank Lloyd Wright y en las peleas domésticas de los Eames, ese matrimonio lúcido y cachondo que se fotografió colgado de sus percheros de diseño.

Yo, por las buenas, soy tolerante hasta el paroxismo. Pero si me quitan la paz me pongo como una hidra y maldigo a todos los militantes del tofu, incluyendo a John Lennon -que en gloria esté- y a la japonesa chunga con la que se despelotó en la habitación de un hotel para pasar a la posteridad como apologetas del pacifismo. Si te desnudas, hazlo en contra de la cacería de focas o en pro del exilio sine díe de  Felipe Varela y Lorenzo Caprile. Dos horteras de bolera que visten a nuestra realeza con diseños que no pasarían ni de lejos la criba Bauhaus. Menos es más, que lo sepan.

Pero esto venía a que yo quiero recuperar mi sombra, mi tesoro. Hoy empiezo mis minivacaciones y reivindico las chanclas y el paseo, el aperitivo al sol y el gin-tonic al caer la noche. Los libros, las musarañas y la cama como centro de reuniones. Espero que los de las túnicas rojas no hayan pensado lo mismo que yo.

Hare hareeeeeeee....

miércoles, 13 de abril de 2011

MARCELINO, PAN Y VINO

Mi querida Big-Bang:


Aunque tú no lo sepas, ensayo para mi particular procesión de Semana Santa. El Vía Crucis de mi existencia bien merece una túnica y un capirote, siempre que sean de Stella Mc Cartney o de Miuccia Prada. No es que tenga grandes pecados que purgar, verás, pero ese momentazo de seguir a un Cristo por las calles de Madrid cual penitente con mechas, mientras las viudas arrastran sus pies encadenados y descalzos, me parece lo más.

Una lleva en un ADN cierta meapilez de la infancia. Podría hacer cínicos comentarios sobre el Cristo de Medinaceli, pero lo cierto es que me sobrecoge. Sobre todo, porque la figura tiene pelo natural, y está ahí en lo alto de la iglesia, a un paso del hotel Palace. De manera que pasas del canapé de cangrejo al cáliz sin despistarte por el camino. Desde pequeña me gusta mirarle a los ojos y esperar a ver si me habla, supongo que porque me caí en la marmita de "Marcelino, Pan y Vino" a los 7 años. La película era terrorífica, pero magnética. Una antesala de las pelis de zombies bendecida por el franquismo.

Lo peor de Marcelino era que al final moría. El angelito se pasa toda la vida llevándole comida y bebida a la imagen del refectorio. Un lugar tenebroso, por cierto. Y al final va Cristo, lo coge en brazos y lo mata de un suspiro. Los frailes, al descubrirlo, exclamaban: "milagro, milagro". ¡Pues vaya milagro!, me decía yo en mi razonamiento pueril. Esto es un asesinato en toda regla. ¿Dónde está Poirot? Pero no podía dejar de llorar, de pensar que Jesús era un chungo robaniños y las sacristías lugares malditos de irás y no volverás.

Cuando mis hermanos se hicieron monaguillos, el terror se agudizó: "si el Cristo de ahí dentro os habla, salid pitando", les decía. Y ellos me miraban con esa cara de "hoy tampoco se ha tomado la medicación" con la que me siguen mirando a día de hoy. Entiendo que ser monaguillo era el summun. De hecho, a mi ex el (os)cura le daba 5 pesetas por servicio prestado. Esto le arreglaba el domingo, aunque no la espiritualidad. Es bien sabido que al ser humano le das el uniforme y una campanita para tocar en misa y se crecen su ego y su hucha. Amén.

De manera que voy a ponerme las pilas que la Pascua me arrolla. Espero no tropezar con las cadenas de las viudas y sobrecogerme con El Mesías, de Haendel, como cada año. Somos lo que fuimos a los siete años, así que rezo para que el altísimo me disculpe si en lugar de a los ojos le miro a esa melena de Sandokán, tan pintona.

Te Déum.

lunes, 11 de abril de 2011

ALCOHÓLICOS ATÓNITOS

Mi querida Big-Bang:


Que te regalen por tu cumpleaños una botella de ginebra da que pensar. Por muy de coleccionista que sea. "Es para que colecciones cogorzas", parece decir. Una cosa es que yo misma airee mi historia de amor con el gin-tonic, y otra que mi familia lo asuma como una tara inevitable y, por tanto, cotidiana. Además, lo bueno de los vicios ocultos es que permanezcan ahí, en la cueva, como el queso Roquefort con sus gusanetes. Imagino que a Lord Byron no le habría molado mucho que Shelley le alargara un botellón de absenta a plena luz del sol en plan: "felicidades, aquí tienes tu veneno. Compón una oda a la amistad etílica y brindemos por ello".

Creo que es innecesario mostrarse enteros. Reivindico la oscuridad como uno de los rasgos que nos hacen más interesantes.La gente transparente está bien para cerrar un trato, pero no para salir de copas. Donde esté un tipo con secretos, con esa mirada atravesada y esos jeans renegridos de tanto regodeo con las barras de los bares, que se quite lo demás. En la literatura, los personajes sin trasfondo no dan mucho juego. Hay que inyectarles cierta ambigüedad moral para que uno empiece a pasar páginas sin aliento hasta desenmascarar su alma. Y a menudo, sobre todo en las buenas novelas, eso no sucede.

La transparencia es ideal para anunciar compresas, solicitar un préstamo o postularse como canguro de menores chungos. También para presentar el Telediario del mediodía. De ahí la perpetuidad de Ana Blanco, esa mujer que parece oler siempre a jabón, que no a perfume. Que tiene ese rictus de persecutora incansable de la verdad; que no se altera ni con calambrazos de picana y que, milagro, no ha envejecido en los quince años que debe llevar al frente de las noticias. Mi duda es: ¿qué beberá esta mujer cuando sale? Una Mirinda, sin duda. O puede que se meta un talegazo de bourbon, que también conserva lo suyo. Ambigüedad.

Conste que no me gustan los alcohólicos. Y muchos ex alcólicos tampoco. Ahí tenemos a Bush, que cambió la botella por las tropas de asalto. A Mel Gibson -en el apartado de habituales del detox- que escucha misa en latín, se bebe las existencias de la sacristía y amenaza a sus novias por teléfono. O a Lindsay Lohan, que pasó de virgen a lady whisky (aderezado con otras sustancias) sin paradas intermedias y sin alterar su perfecto tinte rubio.

...Lo que no me impide amar con desesperación a Robert Downing jr y a Charlie Sheen. Dos viciosos confesos que le dan a la frasca desde que  llevaban dodotis. Si lo pienso, creo que es porque no parecen vencidos; porque pese a los vahos etílicos conservan parcelas vírgenes en sus rostros. Como si bebieran para entender el mundo con más claridad, para bailar con el destino, para rebelarse contra el puritanismo de Hollywood.

Lo dejo, antes de que la liga de padres de moral intachable me acuse de hacer apología del alcoholismo. Como diría mi amigo J., "sospecho de la gente que no bebe jamás". Voy a esconder inmediatamente mi tesoro de coleccionista y en cuanto me sienta ambigua será la señal. Pienso prepararme una copa y brindar por los seres traslúcidos, por el demiurgo y por todo lo que excita la curiosidad humana. Incluida Ana Blanco.

domingo, 10 de abril de 2011

MARCANDO PAQUETE


Mi querida Big-Bang:


Hay una situación cotidiana entre hombres que siempre me ha parecido violenta. Dos que se encuentran en el baño, codo con codo, haciendo pis. Con las manos en la masa. ¿Se miran, aunque sea se reojo? O, por el contrario, ¿clavan la vista en la pared para que el otro no sospeche la más mínima curiosidad?¿Hacen comentarios de ascensor para relajar la tensión del momento? ¿Y qué pasa si uno es el jefe del otro pero la tiene más pequeña? ¿El hombre tímido espera a que el otro haya terminado antes de bajarse la bragueta? ¿El arrogante se la saca urbi et orbi para marcar el territorio? ¿Qué ocurre si se la pillan con la cremallera? ¿pegan un alarido o disimulan y después llaman al Samur?

Verás que hoy mis curiosidades son de alcantarilla. Ayer, en mi capítulo nocturno de mi idolatrada "Boston Legal", los dos protagonistas se encuentran en los urinarios. Uno se asoma hacia el otro: ¿Qué miras?. Y el otro: "Quería ver cómo vas tú, estoy preocupado por mi caudal". El otro acerca el oído y le dice: "No está mal, hombre, tienes 75 años". Y mientras mean, con perdón, le relata que se acaba de tirar a una fiscal maciza en el ascensor, y que su cola -señalándosela- siente vergüenza. Entonces se asoma el jefe de ambos y los sorprende a ambos con las pruebas del delito entre las manos y las cabezas giradas hacia el paquete del otro.

Las chicas, de toda la vida, hemos sido más pudorosas. Y eso que al baño solemos ir como la guardia civil, de dos en dos.  Pero una vez allí cada una se encierra en su habitáculo. Y entonces, sí, nos da por hablar: 

-¿Has visto al pavo ése de la barra que me miraba intensamente?.
-¿Que ya no vuelves a este sitio como clienteeeeee?

Escucharnos con un tabique y dos puertas por medio es casi imposible, pero las mujeres lo venimos haciendo a lo largo de los siglos. Y todo mientras mantenemos el equilibrio para no rozar siquiera la tabla del váter, con las medias abajo, los tacones tambaleantes, el abrigo agarrado con los dientes y el bolso, que siempre hay que abrir para buscar un kléenex, enganchado al codo. 

Pero no podemos fardar de paquete, ni de lencería fina porque tenemos el buen gusto de salir con las bragüelas en su sitio y la falda o el pantalón en perfecto estado de revista. Así que sólo nos queda un arma: el neceser. La que desenfunda el rouge de Chanel gana a la de Maybelline, un suponer. Y si además llevas el vaporizador de Agua de Luna de Sisley -mi favorita- las compañeras de espejo palidecerán de envidia.

Claro que algunas solemos  jorobar el golpe de efecto porque después de lavarnos las manos, ignorando el secador, las sacudimos y restregamos contra los jeans, el foulard o la camiseta. Y ese gesto mas propio de un  cow-boy de provincias que de una señorita, anula toda la sutileza previa y nos iguala a los tíos. La impaciencia y el glamour, me temo, siguen siendo incompatibles. Y secarse con la ropa es como hablar de tu cistitis en una mesa de alta gama. Un sindiós.

sábado, 9 de abril de 2011

QUERER Y NO PODER



Mi querida Big-Bang:


La mujer, en los cincuenta, no para de hablar por el móvil, que sostiene con esas garras de uñas largas pintadas de nácar que sólo llevan las mujeres de cincuenta que siguen llevando los zapatos a juego con el bolso, el brushing de peluquería y los tacones de tres cuatro centímetros. La tengo al lado y me molesta, porque ha llegado con un cargamento de bolsas de tienda pija con pretensiones y confección made in China, ha pasado su culo por delante de mí sin disculparse y va a ser mi compañera de AVE si los dioses no lo impiden.

Como la prejuiciosa que soy, es oler su perfume L Air du Temps, ver sus mechas rubias del Partido Popular (con todos los respetos, pero, chicas, hay vida más allá del rubio dorado estilo Luis XVI) y saber que es arrogante, mezquina, amiga inseparable del Biomanán y chunga, muy chunga. A la azafata le dice: "me vas a traer un café". A mí me mete las páginas impares de La Razón y de ABC por el ojo cada dos por tres y a su empleada de hogar, a la que da por saco telefónico cuatro veces en el trayecto, la trata con un desdén tal que siento tentaciones de tirarle el café en su caftán de raso sintético azul marino.

Como soy mala, imagino que la chunga está casada desde hace treinta años con el mismo. Un hombre que dejó de fijarse en ella hace dos décadas y que no se acuesta sin asegurarse de que está dormida. No trabaja fuera de casa, si acaso en una tienda de bisuteria de alto standing y baja calidad a tiempo parcial. Los martes y los jueves queda con sus amigas, clasistas como ella, y comentan cómo está el servicio latinoamericano. Lee -aquí no adivino, lo lleva encima- el libro sobre Jesús Aquirre de Manuel Vicent, y lleva bragas de cuello vuelto, de las que comprimen y recolocan la lorza. Cree que aún está buena, y fantasea con ello cada vez que un masajista pasa sus brazos fornidos por los pliegues de su espalda sudorosa.

No es que tenga nada contra esas tías, es que me agrede su arrogancia. Son las mismas que van al cine a ver pelis sesudas del tipo "La sonrisa de la Mona Lisa", y luego comentan la gran "calidad fotográfica" del filme y que los actores son "como la copa de un pino" (una comparación carpetovetónica para no decir nada). Sus hijas -con nombre de perro- las odian, pero las acompañan a comprar en Zara chaquetas de imitación de Lanvin a las que recortan la etiqueta en cuanto llegan a casa para dar el pego. En sus casas la fruta se compra por unidades y el choped reina en la nevera. Pero sueñan con que son ricas cuando se cuelgan del cuello un colgante de Tous con osos perezosos.

Si te cuento todo esto es porque ayer no me atreví a decirle a la chunga que cerrara las piernas porque me estaba invadiendo mi espacio vital. Que se lavara manos y cuello porque me estaba invadiendo mi espacio olfativo. Que apagara el teléfono porque me estaba reventando los oídos, que comiera con los codos pegados al cuerpo porque estaba delatando su baja cuna y pésima educación. Y, sobre todo, que los tejidos sintéticos, como el de su vestido, provocan rozaduras y hacen que el desodorante te abandone sin preaviso. Y con el desodorante, la humanidad entera.

Qué triste es el quiero y no puedo...

viernes, 8 de abril de 2011

INSULTAR ES VIVIR

Mi querida Big-Bang:


Escribir sin café es como levantar a un muerto a plomo. Hay acciones que sólo suceden juntas. Lavar y marcar, nadar y guardar la ropa, tirar la piedra y esconder la mano... Dirás que hoy me he levantado filósofa low profile, pero es que una no es capaz de mantener el listón de la intelectualidad por todo lo alto cuando la han acribillado los mosquitos trompeteros por la noche. De repente, es verano, y a los desequilibrados no nos pueden subir las temperaturas tan de golpe porque entramos en brote y nos da por acuñar sesudas sentencias. Si J. estuviera aquí me sacudiría con un libro de Hanna Arendt y me castigaría con escribir 100 veces: "antes de hablar, debo pensar"

Constatación: Estamos rodeados de enanos hidrocéfalos. Esta es mi verdad. En realidad no es mía, sino de uno de los protagonistas de la (magnífica) obra teatral "La omisión de la familia Coleman", que vi el otro día. Un proyectil contra el tuétano de la familia, ese lugar tan sobrevalorado que por fuera parece un vergel y por dentro es un nido de víboras, deslealtades, envidias tiñosas y un extenso catálogo de crímenes legales.

...Todas, menos la propia. Porque  si hay algo claro es que uno puede ponerlos a caer de un burro, pero jamás permite que otros lo hagan. Mis tres calvos, también llamados hermanos, son en lo que a mí respecta el epítome del hombre perfecto: listos, cachondos y despellejones. Nada esdrújulos, nada redichos, nada repulidos. Si me los critican, saco las uñas. Y desenfundo los nuevos insultos de mi arsenal, a saber: "Eres un vacíapiscinas", o "eres un paseaperros", o (este viene de ultramar): "eres el último orejón del bote".

Pero mi hit del día, como decía, es "eres un enano hidrocéfalo". Vale, es políticamente incorrecto y recibiré amonestaciones. Mi madre diría: "te va a castigar dios".  Pero mis dos chukis tienen perímetros craneales normales tirando a XL, así que me la refanfinfla. De momento, se lo he llamado al puto (con perdón) mosquito que me ha dado la noche convirtiéndome en un habón con ronchas rojas, y se ha marchado con las orejillas gachas.

Te dejo, que la mamarracha que me habita debe elegir sus pinturas de guerra, y este ataque de hidrocefalia aguda me está matando.

jueves, 7 de abril de 2011

MISANTRÓPICA ACELERADA

Mi querida Big-Bang:


Ayer tuve un ataque serio de misantropía. Lo que tienen las mechas es que te vuelven confiada a base de desconfiar de ti misma. Es decir, si no sabes ni de qué color tienes el pelo, tampoco sabes por qué votas a un mamarracho en lugar de a otro, por qué sigues comiendo alimentos que atacan al hígado y en qué te basas para elegir un sérum carísimo o un look demoledor. La falta de anclajes puede predisponerte a dar por hecho que los demás son más sólidos que tú, sobre todo si no llevan tinte.

Y no será que el Sr.Rubidio no me lo advirtió: "Ese tipo no te está diciendo toda la verdad, guarda un as en la manga". Que te engañe un amor tiene un pase. Si algo has aprendido, es que a veces hay que fingir que no ves lo que estás viendo, y mirar a otra parte. Pero las mentiras de los que no te besan son más chungas en el fondo. No tienen una coartada sentimental y, acumuladas, te predisponen contra el hombre como ser humano. Aunque a las insustanciales a veces se nos olvida.

Todo esto tiene que ver con el colegio de monjas, estoy segura. Y con haber escuchado en casa a mi padre toda la vida que uno al fin y al cabo sólo tiene su palabra. Tú puedes perder la compostura, la vergüenza, el sujetador de La Perla o las gafas de vista cansada, pero nunca tu discurso. Las palabras no son gratis. Hay que elegirlas con cuidado porque una vez que salen te comprometen más que un anillo de boda con el Ave María de Shubert. Así que amordazarse es una práctica necesaria en ocasiones. Y taparte los oídos, otra.

Ya lo he dicho. Soy una ingenua militante. Las veo venir, pero las dejo pasar, instalarse y beberse el vino de mi mesa. Luego me pega un ardor de estómago del carajo que se parece mucho a la misantropía y me retraigo, y me juro que la próxima vez no pasará. Y pienso que estoy delante de un tipo honesto que me vende una Harley Davidson en lugar de una moto vieja con los frenos rotos.

La dicotomía no es razón y fe. Es confiar o morir. Yo he confiado y terminé anoche llorando encogida en la cama, como si fuera la intemperie, el descampado. Lo peor es que sé que debo seguir mirando al hombre como si no llevara mechas, postizos, recámaras y trampas. Lo mejor es que en el fondo, y aunque se nos quede cara de idiotas, nuestra única salvación es seguir creyendo.

Creer en el hombre, en ocasiones, es mucho más difícil que creer en dios.

martes, 5 de abril de 2011

BUSCANDO A SUSAN


Mi querida Big-Bang:


Me gustan los políticos que dimiten. No porque nadie precipite su caída, sino por sí mismos. Porque se han dado cuenta de que la farsa debe finalizar.  Porque han visto que es cansado perpetuar el ego. Porque no estaban ahí por vocación de servicio público, sino por: a: cimentar sus inseguridades y matar los complejos de segundón de patio de colegio; b: adquirir el lustroso sex appeal del poder. c: Viajar gratis en el AVE o en un Audi negro brillante que te limpia un señor llamado chófer; d: gritar con un micrófono, incluso desgañitarse; e: poner cachondas al menos a las señoras mayores de 50. f; Robar (fidelidades, tiempo del contribuyente, espacios en prime time); g:conspirar en despachos decorados con cuadros de Saura y sillones Barcelona de Van der Rohe. h:llevar trajes a medida. i: Otros...

Me gustan los hombres que asumen riesgos. El hijo de Susan Sontag, David Rieff, lo ha hecho al publicar los diarios de su madre. La intimidad de una madre intelectualmente voraz, sexualmente lesbiana, radicalmente aguda en sus principios...tiene que haberle sacudido una y otra vez, según pasaba las páginas de ese centenar de cuadernos manuscritos que ella dejó al morir. Abres una, al azar, y siempre hay una frase, o varias:

"No me importa lo que haya dicho, mi vida, mis acciones manifiestan que no me gusta la verdad, que no he querido la verdad".

Anoto: Una gran frase para la dimisión que no tendremos el gusto de escuchar porque el que se va a menudo no lo hace por convicción ni desconfianza en su verdad, sino porque las circunstancias, los mercados, su mujer, su terapeuta, la pesadilla de las urnas... se lo recomiendan.

Me gusta mi Chuki cuando expone sus razones radicalmente egoístas: "Quiero irme a vivir con papá, y ver mucha tele y dejar de comer purés de verdura. Pero me tienes que dejar mi cama hecha, por si una noche tengo miedo, ¿vale?".

-Vale, pero cómete el filete.


Cosas de las que dimitiría: 1. La televisión generalista. 2. La amistad condicional. 3.La sombra de ojos fucsia. 4.Los niños maleducados que dan por saco en la consulta del dentista (y la infancia como ese falso lugar idílico de inocencia y candidez) 5.los sujetadores con relleno. 6.las terapias del todo a 100  7.Los gurús. 8.Los hombres perfumados en exceso 9. La leche de soja, de almendra, de arroz...de mentira. 9. El teléfono a partir de las 21 horas. 10. Los zapatos de tacón medio. 11.El coleccionismo. 12. Los domingos sin siesta. 13.La excatología.


Paro ya, que la lista es eterna y el tiempo limitado. Tengo que seguir buscando a Susan, su mentira tan de verdad. Su mechón blanco.

lunes, 4 de abril de 2011

UN HOMBRE DE PALABRA



Mi querida Big-Bang:


Ver Nápoles, y después morir. Ya sabes lo fan que soy de Goethe y del tremendismo. En realidad, yo quería ver Positano, y después morir. Hasta que alguien me dijo que la localidad italiana es una especie de Benidorm en agosto y me quedé sin lugar  por el que perder la vida. Yo quería, insisto,  ir a la costa amalfitana, alquilarme una Vespa y volar por las curvas de ese acantilado tan cimematográfico de Campania. Incluso sabía dónde alojarme, en el hotel Tridente, que era donde lo hacía Inma Monsó, la autora del libro "Un hombre de palabra", culpable de que me obsesionara con ese destino.

En realidad, yo no conocía a la escritora catalana. El libro cayó en mis manos por azar en un momento crítico de mi vida y me lo devoré en dos ratos llorando como una magdalena. En él narra su duelo, su historia de amor con un hombre al que no llama por su nombre, imagino que por pudor. Un tipo imperfecto y  excéntrico que se convirtió por un tiempo en mi ideal masculino. La pareja viajaba cada año de vacaciones al hotel Tridente y ella le observaba nadar desde la orilla, a fuertes brazadas. Cenaban en una terraza con vistas, discutían y escuchaban música. Nada extraordinario. Hasta que él se murió tras una larga enfermedad. Y entonces ella empezó a escribir como terapia.

Ese libro alimentó mi duelo. Lo perdí, volví a comprarlo. Lo presté, no me lo devolvieron. Volví a la librería... Las descripciones del sentimiento eran tan quirúrgicas que me dolía leerlo, pero al mismo tiempo me enganchaba a la posibilidad de un estilo de pareja poco convencional que me gustaba. Aunque entonces no sabía que debajo de la fascinación seguramente había un Benidorm en agosto. Eso me costó entenderlo tres lecturas del libro. La última sin duelo a la vista. El protagonista seguía siendo mi héroe. Escribía, bailaba y rebautizaba a las personas que quería con nombres inventados que le cuadraban por la sonoridad. Pero ella, la mujer que lo había perdido, se me antojaba menos brillante, menos independiente. Más en función de él que de sí misma. Tal vez la pérdida.

Ignoro por qué me he acordado hoy de ese libro. Puede que porque se han cruzado dos elementos en el sueño: mi encuentro con D., a la que conocí enamorada de su marido, que enfermó. Pasaba el tiempo, nos veíamos, y ella me relataba su duelo sin morbo alguno. Con una precisión extraordinaria que me recordaba a Monsó. Y la pulsión de viaje, que ahí está pero no remato. Porque en el fondo sigo queriendo ir a Positano, pero no podría soportar mirar desde la orilla y no dar con ese hombre que avanza a fuertes brazadas.

Y no, no pienso volver a leerlo. Mejor tiro de Jane Eyre y espero  a que se me pase y a que aparezca el señor Rochester, a caballo y entre la niebla de Thornfield.

domingo, 3 de abril de 2011

MOBY DICK O LA ETERNIDAD

Mi querida Big-Bang:


La cruzada antiedad se libra en el comedor de una buena amiga. Doce a la mesa, hombres y mujeres, desconocidos entre ellos. Y esa promesa de alegría que dan el vino y la paella de marisco. A partir de los cuarenta, a las mujeres no nos gusta tanto que nos regalen flores o nos lleven a pasar la tarde con Loboutin como que nos digan urbi et orbe "¡Pero si aparentas 38!!! Es siempre mentira, claro, pero las trolas con cariño molan. Y como todas llevamos una sesuda Susan Sontag dentro, las conversaciones a la mesa con desconocidas mentirosas versan sobre la identidad del ser, los hombres, las lesiones del kamasutra y... las cremas milagro (ya, eso no es muy Sontag)

"¿Habéis oído hablar de los anzuelos del Dr. de Benito?",  lanza una, en adelante la sacerdotisa de Mefistófeles. "El tipo te mete por la cara unos hilos como sedales de pesca acabados en unos ganchos que al llegar al pómulo tiran para arriba. Desde la cabeza puedes controlar la tensión...Una vuelta, dos...hasta que todo se alisa. Fijáos en la Preysler!!". Estremecedor, casi prefiero ser madura que convertirme en trucha arco iris, pienso, pero le sigo el rollo porque queda mucha paella y hemos venido a jugar.

Tras confesarnos que cada vez que entra en brote depresivo acude a su cirujana estética, Mefi asegura que lleva bótox, chutes de hialurónico, unas ampollitas de efecto flash y un peeling que la desholló viva durante una semana. En su depurada técnica inspirada en Alcohólicos Anónimos o en la Cabalah de Madonna, la sacerdotisa  hacer su proselitismo entre su grupo de acólitas, que tomamos nota e intercambiamos teléfonos, fascinadas ante la posibilidad de un futuro Dorian Grey. Y así van cayendo el arroz, los langostinos y el tinto, la tarta de frutas con crema, el helado de chocolate, el champán Mumm cordon rouge y toda una explosión de calorías libres de impuestos a las que ninguna renunciamos.

A cierta edad, lo que quieres es que te quieran por tu fascinante vida interior, pero empleas una energía inusitada en adornar la fachada. La lucha es contigo misma. Ya has probado al mundo lo que eres capaz de hacer, ya sabes que el hombre de tu vida se llama Openbank, que la virtud es el vicio pintado de rosa, que llevar accesorios de los chinos es una aberración y que fingir es un arma innecesaria. Que la felicidad es una paella, los amigos, el sexo con amor (o sin él, pero menos) y un buen libro sobre una ballena que picó el anzuelo y se quedó tersa y varada.

Ser un poco Moby Dick.

sábado, 2 de abril de 2011

PSICOANÁLISIS DE LA SRTA PEPIS

Mi querida Big-Bang:


Hay tres cosas que me ponen toda loca: que me toquen la cabeza, que me digan el adjetivo "emblemático" y que me psicoanalicen sin permiso. Bueno, en realidad hay muchas más, pero estas son las tres que me vienen a la cabeza resacosa. Ayer pimplé una botella de vino con mi amigo O. Un hombre al que quiero, que me conoce hace tres lustros y que es, probablemente, mi inquietante alter ego. Lo bueno de O. es que las pocas veces que nos vemos son paseos por rutas excitantes donde podemos saltar de lo cachondo que le ponen las peluqueras a nuestra pulsión común a llenar la pila de cacharros sin lavar cuando estamos solos, aunque justo debajo haya un lavavajillas vacío. Desde su insaciable curiosidad, O. pregunta y pregunta, y terminamos tumbados en un diván sin Freud pero con un buen tinto D.O y unas hamburguesas que sangran.Y así somos felices.

Un poco borracha despedí a mi alter ego y troté hacia mi cita con tres mujeres y gin tonic a gogó. Se trataba de pimplarnos y echar unas risas. Pero no. La cosa derivó en la típica sesión de campamento teen donde todos terminan contando intimidades que no quieren con los kleenex a una distancia prudencial. Antes de mi turno me bebí la copa y me puse ciega de nueces de macadamia, unas bolas enormes de fruto seco que casi me atascan la laringe. En lugar de un Urbasón de emergencia, tuve que escuchar el veredicto: "Tú lo que tienes es un seto precioso y tupido que no deja ver tu interior, las emociones...Eres frívola, te quedas en la superficie". Con quince minutos más, hubiera confesado que maté a Manolete. Pero en lugar de eso me arrojé a un taxi con mi cogorza y juré no volver a permitir que me tirasen a un diván de la señorita Pepis si no es con fines exclusivamente eróticos.


Como la frívola diagnosticada que soy, he dormido de un tirón, con ese sopor te otorga haberte intoxicado con un gas dulce que te deja el cuerpo acorchado y el corazón al jerez. Hoy pienso pasármelo pirata. Montaré en bici, comeré en casa de una amiga querida que cuando me tumba en su diván es para pasarme el torno con dulzura. Después, fiesta de otra amiga con la que espanto mis demonios en la pista de baile, como un John Travolta recidivo y sin pantalones de campana.

Y el seto, ahí se queda. Tupido para todo el que quiera atravesarlo sin permiso. Esto sí que es una fiebre del sábado noche. O la noche de los divanes rotos.

viernes, 1 de abril de 2011

SEXO SIN PROTOCOLO

Mi querida Big-Bang:


Soy muy partidaria del amor, pero no de compartir mi guarida ni mi sérum reafirmante. O sea, necesito estirarme modelo crucifixión en la cama, ocupar el hueco en el sofá que lleva mi nombre, ponerme tres veces seguidas el disco de Hotel Costes sin que nadie me encuentre asperge y encontrar las cápsulas del café en su sitio. El living apart together lo invitaron Rock Hudson y Doris Day en "Pijama para dos", y ahí sigue, moderno y actual. Destinado a perpetuar la pasión y la entente cordial. Pero algunos se empeñan en fastidiarlo.

Hablo de Carlos de Inglaterra y Camilla Parker. Seguro que desde que adquirieron respetabilidad como pareja él ya no le dice a ella esas guarradas que solía, tan poco aristocráticas, tan de clase obrera. El sexo, digo yo, no debe de entender de remilgos protocolarios. Pero si un tipo te dice que quiere ser tu támpax hay que salir corriendo. De lo contrario, terminarás posando en la Abadía de Westmister para adquirir ese estatus principesco que otorga la categoría de "señora de". Y lo siguiente es que te pondrán un peluquero/estilista que te haga un brushing letal. Y alguien te vestirá en tonos pastel con uno de esos modelos británicos antilujuria que no marcan ni una sola de las curvas de tu cuerpo. Y será el fin.


A Camilla le iba mejor vivir a salto de mata. Como a mí. Con esa tensión de abandonar el piso de él por la mañana, ojerosa y satisfecha. Sin tener que recoger la toalla del baño o cerrar la pasta de dientes. El sexo con urbanidad, lo sabe Charles (y también Woody Allen), pierde muchos puntos. Pero claro, si es en tu casa te entra un frenesí tal que no puedes evitar poner orden, como si estuvieras al dictado de tu madre. La camisa de él, en el respaldo de la silla; los calcetines, en una bolsa de plástico...y así. Porque es tu guarida, la del sillón con tu nombre.

Ahora entenderás por qué las parejas follan más en hoteles (con perdón). El desarraigo es sexy. Si no le tienes cariño a las cortinas, ni al cabecero tapizado de capitoné, vas a lo que vas. Sacas a esa Doris Day que llevas dentro y te lanzas a por ese hombre. Aunque tú seas una rubia convencional y pechugona y él un gay como la copa de un pino. Carlos y Camilla solían hacerlo. Ahora vagan por el palacio estorbándose y en lugar de revolcones comparten posados y cuché.

Pero seguro que ella, de vez en cuando, quisiera que él volviera a susurrarle las guarradas del támpax. Y ser la otra. Y salir de puntillas dejando el edredón tirado por el suelo...