miércoles, 27 de abril de 2011

ENTRE MOU Y PEP

Mi querida Big-Bang:


Pep Guardiola es mi amante.  Y siendo mi familia tradicionalmente del Atlético de Madrid, no sé si me admitirán en las próximas bodas, bautizos y comuniones. Lo mejor de todo es que a lo largo del sueño yo me preguntaba: ¡Pero si este tipo nunca me ha excitado! Puede que sea listo, pero esa extremada gravedad, ese comedimiento, ese savoir faire lo alejan de mi órbita pasional. Me gustan los hombres inteligentes que se desbordan. Y luego está Pep, el gran estratega, al que envidio por su capacidad de liderazgo y porque parece un maniquí bien planchado de El Corte Inglés.

Así que, como digo, yo cuestionaba en sueños mi propio sueño, mientras que miraba de reojo a Mourinho, el buen salvaje. La pasión a borbotones. El sexy vestido de Hugo Boss que termina con la camisa hecha un trapo y la corbata desencajada. Un líder a lo bestia a quien los suyos fijo que despellejan en el vestuario. Un desatado. Un provocador. Un tremendo. Con esa cabeza gris plata y esa mirada atormentada. ¿Arderá en el infierno? me preguntaba mirándolo con intensidad. Pero nada. Yo parecía ser más el tipo del frío y apolíneo Pep, que me hacía gestos picarones desde la mesa de al lado. Y entonces me llamaba mi hermano C. y me decía: "¿Tú también, Bruto?".


Supongo que el catalán está pasado de yin y el portugués de yang. Imagino que el primero jamás se salta su dieta mediterránea, hipocalórica, y bebe cerveza sin alcohol, y que el segundo se mete un asado del carajo bien regado de tinto y no sale a la calle sin el Almax en el bolsillo. Quiero pensar que Pep es más Bethoven y Mou Shostakovich. Que uno lee el I Ching y el otro aún guarda viejas revistas porno. Que uno monta en bicicleta y el otro se pone a 200 km/h por las autopistas del Maresme. Que si el uno tiene el armario ordenado por colores, el otro tira los jerseys de cashmere al suelo para elegir cada mañana. El dios, el sátiro.

La cosa es que estoy preocupada porque en vísperas del Madrid Barça no sé con quién debo ir. Y, lo que es peor, no sé quién soy. Si hubiera soñado el revolcón con el diablo vestido de blanco, me sentiría transgresora y osada. Pero haberlo hecho con el arcángel Gabriel me da un tufillo bíblico y meapilesco que no sé si voy a poderme sacudir del cuerpo. De seguir así, temo que hoy tomaré cuajada de postre, esa inconsistencia lechosa que no sabe a nada y mata pasiones, y, a más a más, puede que me abra una cuenta en el Sabadell para que mi chico me dé lecciones de fortaleza y pundonor. Uff.

Lo que tengo bien claro es que no pienso ver el partido. Entiendo que los amantes oníricos no exigen fidelidad. ¿O sí?