domingo, 17 de abril de 2011

INVENTARIO SENTIMENTAL


Mi querida Big-Bang:


A la romántica irrefrenable y cotilla que soy le fascina saber cómo se reparten los bienes las parejas que rompen. Creo que uno se retrata cuando elige los Cds de Aretha Franklin o las películas de Charles Bronson. La vajilla completa de la tía Sole o el televisor de 32 pulgadas con pantalla extraplana. Los libros de viajes o el sofá anatómico (forense) color caldero oxidado. El cuadro de nudos marineros o la foto de Helmut Newton. En fin.

Somos lo que salvamos del naufragio. Y ayer conocí a una mujer que dejó la capital, un trabajo aburrido y un novio ad hoc para montar un picadero de caballos en medio del campo alcarreño. “Yo me quedé con los peces y el perro. Él, con el gato y los pájaros”. Con el botín repartido, la pecera en las manos y la urgencia de huida llamó a la puerta de su madre para despedirse. Inmediatamente me puse de su parte. Los gatos me dan pánico. Los pájaros también, por culpa de Hitchcock. Y puedo imaginar un infierno de maullidos y trinos con un novio de toda la vida que en un momento dado te plantea un ultimátum: o nos compramos un piso o lo dejamos.

Hacer inventario sentimental debería ser obligatorio. Al final, lo que nos define no es la cuenta del Openbank -tiritona y afecta a los altibajos- Tampoco la hipoteca de un piso que se vende y se olvida. Nos define el cenicero que robamos la noche loca que acabó en revolcón, el hule de fresas salvajes que compramos en un viaje a Holanda, el autógrafo de Susan Sontag (sorry, soy pesada y hasta recurrente) en la contracubierta de una novela mediocre. Las sensaciones que encierran los objetos. No los objetos.

“Son cosas, llévate lo que quieras, nena”. Imagino que el duro de Bronson se lo dice a su chica. Y va la chica y agarra al pez llamado Wanda. Y se sube a un coche y acampa entre árboles y se plantea otra vida con caballos y tiempo para perder. Y siente que nunca ha sido tan libre. Ymonta un picadero y da lecciones de equitación que encierran lecciones de supervivencia.

Somos lo que rescatamos del incendio. Lo que nos llevaríamos a una isla desierta. El resto sólo son cosas. Y entonces, ¿por qué luchamos a muerte por ellas el día que rompemos?