miércoles, 13 de abril de 2011

MARCELINO, PAN Y VINO

Mi querida Big-Bang:


Aunque tú no lo sepas, ensayo para mi particular procesión de Semana Santa. El Vía Crucis de mi existencia bien merece una túnica y un capirote, siempre que sean de Stella Mc Cartney o de Miuccia Prada. No es que tenga grandes pecados que purgar, verás, pero ese momentazo de seguir a un Cristo por las calles de Madrid cual penitente con mechas, mientras las viudas arrastran sus pies encadenados y descalzos, me parece lo más.

Una lleva en un ADN cierta meapilez de la infancia. Podría hacer cínicos comentarios sobre el Cristo de Medinaceli, pero lo cierto es que me sobrecoge. Sobre todo, porque la figura tiene pelo natural, y está ahí en lo alto de la iglesia, a un paso del hotel Palace. De manera que pasas del canapé de cangrejo al cáliz sin despistarte por el camino. Desde pequeña me gusta mirarle a los ojos y esperar a ver si me habla, supongo que porque me caí en la marmita de "Marcelino, Pan y Vino" a los 7 años. La película era terrorífica, pero magnética. Una antesala de las pelis de zombies bendecida por el franquismo.

Lo peor de Marcelino era que al final moría. El angelito se pasa toda la vida llevándole comida y bebida a la imagen del refectorio. Un lugar tenebroso, por cierto. Y al final va Cristo, lo coge en brazos y lo mata de un suspiro. Los frailes, al descubrirlo, exclamaban: "milagro, milagro". ¡Pues vaya milagro!, me decía yo en mi razonamiento pueril. Esto es un asesinato en toda regla. ¿Dónde está Poirot? Pero no podía dejar de llorar, de pensar que Jesús era un chungo robaniños y las sacristías lugares malditos de irás y no volverás.

Cuando mis hermanos se hicieron monaguillos, el terror se agudizó: "si el Cristo de ahí dentro os habla, salid pitando", les decía. Y ellos me miraban con esa cara de "hoy tampoco se ha tomado la medicación" con la que me siguen mirando a día de hoy. Entiendo que ser monaguillo era el summun. De hecho, a mi ex el (os)cura le daba 5 pesetas por servicio prestado. Esto le arreglaba el domingo, aunque no la espiritualidad. Es bien sabido que al ser humano le das el uniforme y una campanita para tocar en misa y se crecen su ego y su hucha. Amén.

De manera que voy a ponerme las pilas que la Pascua me arrolla. Espero no tropezar con las cadenas de las viudas y sobrecogerme con El Mesías, de Haendel, como cada año. Somos lo que fuimos a los siete años, así que rezo para que el altísimo me disculpe si en lugar de a los ojos le miro a esa melena de Sandokán, tan pintona.

Te Déum.