sábado, 2 de abril de 2011

PSICOANÁLISIS DE LA SRTA PEPIS

Mi querida Big-Bang:


Hay tres cosas que me ponen toda loca: que me toquen la cabeza, que me digan el adjetivo "emblemático" y que me psicoanalicen sin permiso. Bueno, en realidad hay muchas más, pero estas son las tres que me vienen a la cabeza resacosa. Ayer pimplé una botella de vino con mi amigo O. Un hombre al que quiero, que me conoce hace tres lustros y que es, probablemente, mi inquietante alter ego. Lo bueno de O. es que las pocas veces que nos vemos son paseos por rutas excitantes donde podemos saltar de lo cachondo que le ponen las peluqueras a nuestra pulsión común a llenar la pila de cacharros sin lavar cuando estamos solos, aunque justo debajo haya un lavavajillas vacío. Desde su insaciable curiosidad, O. pregunta y pregunta, y terminamos tumbados en un diván sin Freud pero con un buen tinto D.O y unas hamburguesas que sangran.Y así somos felices.

Un poco borracha despedí a mi alter ego y troté hacia mi cita con tres mujeres y gin tonic a gogó. Se trataba de pimplarnos y echar unas risas. Pero no. La cosa derivó en la típica sesión de campamento teen donde todos terminan contando intimidades que no quieren con los kleenex a una distancia prudencial. Antes de mi turno me bebí la copa y me puse ciega de nueces de macadamia, unas bolas enormes de fruto seco que casi me atascan la laringe. En lugar de un Urbasón de emergencia, tuve que escuchar el veredicto: "Tú lo que tienes es un seto precioso y tupido que no deja ver tu interior, las emociones...Eres frívola, te quedas en la superficie". Con quince minutos más, hubiera confesado que maté a Manolete. Pero en lugar de eso me arrojé a un taxi con mi cogorza y juré no volver a permitir que me tirasen a un diván de la señorita Pepis si no es con fines exclusivamente eróticos.


Como la frívola diagnosticada que soy, he dormido de un tirón, con ese sopor te otorga haberte intoxicado con un gas dulce que te deja el cuerpo acorchado y el corazón al jerez. Hoy pienso pasármelo pirata. Montaré en bici, comeré en casa de una amiga querida que cuando me tumba en su diván es para pasarme el torno con dulzura. Después, fiesta de otra amiga con la que espanto mis demonios en la pista de baile, como un John Travolta recidivo y sin pantalones de campana.

Y el seto, ahí se queda. Tupido para todo el que quiera atravesarlo sin permiso. Esto sí que es una fiebre del sábado noche. O la noche de los divanes rotos.