lunes, 4 de abril de 2011

UN HOMBRE DE PALABRA



Mi querida Big-Bang:


Ver Nápoles, y después morir. Ya sabes lo fan que soy de Goethe y del tremendismo. En realidad, yo quería ver Positano, y después morir. Hasta que alguien me dijo que la localidad italiana es una especie de Benidorm en agosto y me quedé sin lugar  por el que perder la vida. Yo quería, insisto,  ir a la costa amalfitana, alquilarme una Vespa y volar por las curvas de ese acantilado tan cimematográfico de Campania. Incluso sabía dónde alojarme, en el hotel Tridente, que era donde lo hacía Inma Monsó, la autora del libro "Un hombre de palabra", culpable de que me obsesionara con ese destino.

En realidad, yo no conocía a la escritora catalana. El libro cayó en mis manos por azar en un momento crítico de mi vida y me lo devoré en dos ratos llorando como una magdalena. En él narra su duelo, su historia de amor con un hombre al que no llama por su nombre, imagino que por pudor. Un tipo imperfecto y  excéntrico que se convirtió por un tiempo en mi ideal masculino. La pareja viajaba cada año de vacaciones al hotel Tridente y ella le observaba nadar desde la orilla, a fuertes brazadas. Cenaban en una terraza con vistas, discutían y escuchaban música. Nada extraordinario. Hasta que él se murió tras una larga enfermedad. Y entonces ella empezó a escribir como terapia.

Ese libro alimentó mi duelo. Lo perdí, volví a comprarlo. Lo presté, no me lo devolvieron. Volví a la librería... Las descripciones del sentimiento eran tan quirúrgicas que me dolía leerlo, pero al mismo tiempo me enganchaba a la posibilidad de un estilo de pareja poco convencional que me gustaba. Aunque entonces no sabía que debajo de la fascinación seguramente había un Benidorm en agosto. Eso me costó entenderlo tres lecturas del libro. La última sin duelo a la vista. El protagonista seguía siendo mi héroe. Escribía, bailaba y rebautizaba a las personas que quería con nombres inventados que le cuadraban por la sonoridad. Pero ella, la mujer que lo había perdido, se me antojaba menos brillante, menos independiente. Más en función de él que de sí misma. Tal vez la pérdida.

Ignoro por qué me he acordado hoy de ese libro. Puede que porque se han cruzado dos elementos en el sueño: mi encuentro con D., a la que conocí enamorada de su marido, que enfermó. Pasaba el tiempo, nos veíamos, y ella me relataba su duelo sin morbo alguno. Con una precisión extraordinaria que me recordaba a Monsó. Y la pulsión de viaje, que ahí está pero no remato. Porque en el fondo sigo queriendo ir a Positano, pero no podría soportar mirar desde la orilla y no dar con ese hombre que avanza a fuertes brazadas.

Y no, no pienso volver a leerlo. Mejor tiro de Jane Eyre y espero  a que se me pase y a que aparezca el señor Rochester, a caballo y entre la niebla de Thornfield.