martes, 31 de mayo de 2011

LA TURISTA ACCIDENTAL

Mi querida Big-Bang:


¿Por qué la gente que viaja a un destino de playa se pone el sombrero de paja ya en el aeropuerto? ¿Creen que así atraerán las olas del mar a esa cola eterna eterna y abrasadora llamada clase turista, que suda y anhela sacar la lorza a pasear si el viento de poniente les da cuartelillo? ¿O pretenden dar envidia a los que se dirigen a la gélida Centroeuropa, en viaje de business, con pequeños maletines donde no caben el bañador ni el patito de goma? El sombrero, me digo, es la venganza de la clase media que ha llenado su hucha con paciencia y sacrificio y vuela en junio, antes de temporada. Orgullosa y excitada como una teenager en su puesta de largo.

Entenderás que los aeropuertos me ponen cachondísima, con perdón. Creo que muestran una selección de todas las conductas humanas pasadas por el tamiz imprevisible de la espera. Es un tubo de ensayo donde, como no hay mucho  que hacer, salvo comer, leer y comprar cosas que uno no necesita, salen a la luz esos ademanes que mejor nos retratan. Y así estoy con mi libretilla, afilando los colmillos.

Entonces llega ella, una cantante rubia y descatalogada, con su hija y un grupo de modernos maduritos y gritones.  Lleva unas gafas enormes de sol que no se quita, imagino que porque renunciar al uniforme de estrella del pop es reconocer que ya no se es tal.  La niña, de unos cuatro años, se sube y pisa los asientos sin que nadie le diga nada. Y tú sientes ese impulso de madrastrona irrefrenable. Las ganas de pellizcar a la mona sin siquiera mirar de soslayo a la cantante rubia, ésa que hace décadas solía calentar a las tropas a bordo de un buque de guerra, como una Marilyn de barrio.

Y tú imaginas lo duro que debe ser perder tu identidad, convertirte en una serie B de ti misma. Más ajada, más insegura y sin ese público que se hubiera quitado el sombrero en la cola de facturación para  otear tus tetas sin silicona; para hacerte los coros de una canción mediocre que entonces tenía su aquel, pero ha envejecido tan mal como tú. Y sientes lástima, porque la descatalogada tiene una hija insoportable y maleducada que en breve le hará un corte de mangas. Y un noviete tan joven como escasamente interesante que querría ser Ashton Kutcher y se ha quedado en chulazo portabolsos. Y sientes el impulso de acercarte a ella y pedirle un autógrafo cual groupie trasnochada. Pero no...


Los aeropuertos son esos lugares donde las estrellas llevan gorra hasta al baño. Así se aseguran de que llamarán tu atención. De ahí que el resto de la humanidad se ponga el sombrero de paja, en plan aspiracional. Una sala de espera es despiadada y feroz como una sala de urgencias de hospital, pero sin sangre. Pero a mí me mola. Es más, estoy por dejar de viajar; por perder a propósito los aviones para permanecer allí observando los vaivenes de la humanidad que espera. Viendo cómo la chica de servicio del grupo descatalogado se queda en una esquina, silenciosa, mientras sus jefas alardean de bolsacos y taconazos, bastante inadecuados al lugar, y se ríe para adentro. Mamarrachas, pensará.

Lo he decidido. Quiero ser una turista accidental, como mi admirado William Hurt. Ese hombre impávido que con los años se ha vuelto mujereta pero sigue ahí, manteniendo la mirada llena de incógnitas. Ya menos rubio, menos atormentado. Me pregunto qué hará cuando espere a su avión. Quiero pensar que no lleva una gorra absurda ni una novia de relleno. Sólo un buen libro y un cigarro apagado que se lleva a la boca distraidamente hasta que los altavoces gritan su nombre. "Última llamada al pasajero Hurt". Y entonces sale pitando y tú te quedas ahí, boquiabierta, y le sonríes mientras se evapora por la niebla de la sala...

viernes, 27 de mayo de 2011

LA FELICIDAD ES DOS CENTÍMETROS

Mi  querida Big-Bang:



Pocas cosas hay más humillantes en la vida de una mujer que quedarse en bragüelas y suti y que un tipo en bata le mida los contornos de muslo y cintura. Después de haber dejado de comer fritanga, patatas y pan, el mísero resultado son dos centímetros. Y aquí entramos en terrenos resbaladizos. ¿Pueden dos centímetros cambiar tu vida? "Hay hombres que matarían por ganarlos", dice el de la bata con cara de doble intención, mientras la mujer -yo-se tapa las lorzas como puede y decide que esa noche cenará un plato de chips con unas cervezas de importación. "Si no pierdes más es porque no tienes más que perder", me advierte el tipo.

La felicidad puede cuantificarse con una cinta métrica. Sí, hay tipos que con cinco centímetros más se exhibirían por los gimnasios y lanzarían propuestas de retozo a desconocidas en lugar de esperar la llegada de la confianza para garantizarse que el sobresalto se neutraliza con cariño. Cuatro centímetros separan una talla de la siguiente. Y mi madre considera que soy una mamarrancha por empeñarme en ser un fósil de la 38 mientras airea las bondades de la cintura de mi hermana, hecha una sílfide gracias a la cavitación. Una técnica que suena a arqueología o incluso a física orgánica pero que en realidad se trata de romper las barreras de la grasa para entrar en la 38. "Jamía, yo consigo lo mismo metiendo tripa y me sale gratis", le digo tiñosa como yo sola.

En casa, en cuestión de medidas, siempre hemos ido holgados de contorno de cabeza. Todos, menos yo, lo que me coloca en ese territorio de la sospecha. ¿Seré la menos inteligente del clan? Sin duda, así que pienso preguntarle al de la bata si tiene a bien transladar los dos cm del muslo al cráneo, para garantizarme un pensamiento más nítido, más complejo y elevado. Una reflexión cavitante, una talla más de supremacía intelectual que me faculte para entender a Habermas, un suponer, o citar a Z.Bauman en las cenas de sociedad a las que acostumbro a ir enfundada en looks de la 38 a veces reventones.

Que es exactamente lo que pienso hacer hoy con mi botín de looks de top model y un corsé ortopédico, si fuera necesario. Dos centímetros me separan de la dicha total. Pero la vida sin pan es triste y desconcertante para mi estómago y paso de entregarme a los mandatos de Dunkan, ese tipo que va de médico sin serlo y está matando de proteínas a varias generaciones. Meto tripa, me enfundo, allá voy!

jueves, 26 de mayo de 2011

DERIVADAS DEL CORAZÓN

Mi querida Big-Bang:


Las matemáticas son antídotos contra la inseguridad. Este es mi primer pensamiento del día. No entiendo por qué los tarados terminamos estudiando letras puras. Ese bosque salvaje y desorganizado donde los principios varían todo el tiempo, según les dé el agua o el sol. Tradicionalmente los caóticos hemos leído para poner algún asidero en esa jungla, y ya de paso nos liamos con científicos para que nos hablaran de amor en ecuaciones. Lo que, bien es sabido, elimina todo margen de error. Pero cuando nos vimos discapacitados para sentimientos integrales o derivados, para permutaciones del corazón, pegamos la espantada y nos perdimos por la selva cargados de novelas sin respuesta.

Ser de letras es una incógnita sin resolver. Las chicas de ciencias del colegio eran, creo recordar, más sensatas, más cabales y hasta más frías. Lógico, cuando cerraban la cartera por la tarde se llevaban resueltas sus inquietudes a casa. Pero nosotras, las otras, abríamos el estuche como una caja de Pandora altamente explosiva y se nos iban las horas como al Quijote, imaginando historias que no cuadraban en una división. Tachando en el cuaderno y haciendo dibujitos por los márgenes. Desazonadas porque sin solución no había paraíso, más allá de los bocadillos de Nocilla y la promesa de un rato de ficcion antes de que tu madre apagara la luz del cuarto.

Dicho lo cual, envidio a los científicos con virulencia tiñosa. Han elegido la línea recta del camino. Llevan calzado cómodo mientras que otras mamarrachas nos tambaleamos sobre alturas imposibles que desatan fuerzas encontradas que no sabemos calcular, aunque hay fórmulas matemáticas para ello. La mejor profesora de matemáticas que tuve era una incapaz que solía explicar lo inexplicable con cinco palabras: "esto es así por convenio". Gracias a ella las rebeldes de ADN nos fuimos pitando hacia otros lares, porque nada revienta más que el que te respondan con un "porque yo lo digo" cuando buscas desesperadamente una razón. Lo que me lleva a que las matemáticas son dictatoriales, y encierran un paternalismo peligroso y adictivo, dada su condición de ansiolíticos.

Aquí lo dejo. Debo resolver algunos enigmas antes de salir de casa y me faltan precisión y talento.  Eso sí, me he documentado y hay una lista bien larga de científicos tarados http://www.cyberhades.com/2009/04/02/10-... que refutan mi elección del camino del caos. Debo aceptar que el balance de mi vida jamás cuadrará. Que siempre sobran o faltan piezas. Que donde estén la literatura y el sueño que se quiten los números. Esos que no explican la vida. ¿O sí?

miércoles, 25 de mayo de 2011

TAN NATURAL, TAN REPUGNANTE

Mi querida Big-Bang;


Hay una teoría que sostiene que si todos fuéramos supereficientes en nuestros trabajos la economía se colapsaría. De ahí a colegir que rodearse de tarados es una bendición hay un paso. En la oficina de mi hermano aún hay tipos que se van al baño con el periódico en la mano. No el suyo, el de la oficina. Me parece repugnante, por muy cotidiano que sea. Pasan no menos de 10-15 minutos hasta que ellos -juro que son hombres-regresan aliviados con los deberes hechos y una idea bastante general de esa otra ponzoña que asola el mundo. Asqueroso.

La cotidianidad es esa cosa que convierte en aceptables conductas estéticamente delirantes. De ahí que lo más conveniente sea educar a nuestros hijos en entornos hostiles donde poner los codos en la mesa, eructar o anunciar a gritos que van al baño esté penalizado. Llámame nazi, si quieres, pero la familia (y la familiaridad) permiten unos desmanes que no superarían las normas ISO de la urbanidad.

Una vez fui a un camping con mis amigas de la universidad. Era mi primera vez y todo pintaba bonito. Nada más llegar comprobé que la gente paseaba con el rollo de papel higiénico bajo el brazo, saludando amablemente como si se tratara de un banderín de ataque.  Iban "a mear",  o algo peor que también describían, y te lo anunciaban por si no te habías dado cuenta. Yo me negué a mimetizarme con el entorno y me pasé una semana con un estreñimiento que casi me cuesta un ingreso hospitalario.

Por si fuera poco, las familias sacaban la tele a los porches de sus caravanas y veían los programas concurso mientras se rascaban los sobacos (con perdón) y empinaban su lata de cerveza. Nada más natural, estaban en su casa. Y llamaban a gritos a ¡Manolitoooooooooo! para que fuera a comer esas sardinas con las que acababan de gasearnos a 500 metros a la redonda con la ayuda inestimable de una barbacoa camping. Todo muy natural.

Debo reconocer que tanto realismo sucio no impidió que disfrutáramos. Y cuando ya habíamos observado todo el catálogo de excatologías, llegó la noche con sus sorpresas. Sí, debajo de la tienda de al lado estaban follando (con perdón). A gritos ahogados pero absolutamente identificables. No es que nosotras tuviéramos mucha experiencia al respecto, pero aquello era un polvo tipo y los tipos lo hacían porque estaban en su casa. Ahí fue cuando empècé seriamente a plantearme que habría que abolir el principio de propiedad y volver al comunismo pudoroso. La naturalidad estaba francamente sobrevalorada.

Dirás que soy una estrecha, una clasista y una chunga de hotel de cinco estrellas. Yo más bien diría que defiendo la cultura como esa norma que impide que mostremos al mundo el lado más animal de nuestra condición humana. Y sí, detesto los realities donde me enseñan la piorrea del que se lava los dientes o cómo comen el pollo cual neanderthales esos tipejillos que luego retozan bajo el edredón. La basura como espectáculo para los basureros vocacionales. Y los periódicos, sobre la mesa con un buen café cargado y tostadas. Llámame cursi, si te place.

martes, 24 de mayo de 2011

SEXO POR LOS PIES

Mi querida Big-Bang:


Al señor Rubidio le mortifica que ataque sus tácticas represivas. Y su venganza se sirve en plato frío. Ayer, mirando mis plataformas beige como si no las hubiera visto antes, suspiró: "claro, ahora entiendo lo de las durezas". ¿Cómooooo? Durezas tendrá tu padre, dije escondiendo instintivamente los pies no sin antes comprobar que durezas no, pero la pedicura exhausta, desde luego.

Hace tiempo que los pies me inspiran. Tengo una teoría. Las mujeres muy gorditas o las mayores de sesenta suelen cuidárselos con mimo, como si sospecharan que ahí residen los estertores de su sex appeal. No importa si en la antesala, las piernas, hay celulitis, flaccidez u otros daños colaterales. Los pies lucen impecables, con esas lacas de uñas rojo sangre de pichón by Chanel que no alteran las sandalias de pitón ni las aceras descarnadas de la ciudad. Me gusta comprobar que se sienten sexys, me gusta ver el striptease cuando, sentadas en la terraza de verano, sacan el pie con coquetería y exhiben sus vergüenzas urbi et orbe. Luego están las desaliñadas cañón, como Kate Moss, que fijo que se muerde las uñas de los pies y que las lleva negras y descascarilladas. Total, para qué...

Tuve un novio obsesionado con mis pies. Estaba seguro de que con una correcta manipulación alcanzaría el clímax. Pero a mí me daba la risa y me molestaba especialmente que toqueteara el dedo corazón. El hombre, muy hacendoso, compró  hasta manuales al respecto. Leyó a Pear S.Buck para inspirarse y trazó un mapa de mis meridianos donde clavaba agujas de acupuntura a la busca de una reacción orgásmica. Inútilmente. Mis alaridos no eran de gozo sino de dolor. Y mandé al chino con la música a otra parte.

Descuida, no es fetichismo. Es mentalización. Sé que con el tiempo mis encantos desfallecerán aún más y necesito delimitar una zona de exclusión. Un puerto franco donde erigir un altar. Y dada mi fascinación por los zapatos, lo tengo claro. Mis dioses serán Louboutin, Jimmy Choo y Manolo Blahnik. Pienso además encabezar una cruzada contra esos adefesios llamados Kurapiés (?). Juro por mi vida que nunca llevaré esos otros que responden al siniestro nombre de "24 horas" y que me recuerdan a los de las monjas del colegio. En concreto, los de sor Pataplana. Calentitos y cómodos, sí, para glorificar al señor y pisar uva en los ratos libres.

Te dejo, que debo darle una repasadita a mis talones antes de que Rubidio se dé cuenta de su estado de derribo. Hoy me pienso subir a un andamio, si es menester. Y romper las calles como una mamarracha al ritmo del toctoc de un chachachá. Y al que no le guste, que no mire.

P.D. A mi amiga M. su marido le pinta las uñas de los pies cada semana desde hace 20 años. No se me ocurre nada más íntimo, nada más entregado y sensual...

lunes, 23 de mayo de 2011

RESACÓN Y SILENCIO

Mi querida Big-Bang:


Creo que es una señal. En Cannes gana una película muda y ayer se batió el récord de papeletas en blanco de unas elecciones. ¿Llegan tiempos de silencio? La novela homónima de Luis Martín Santos siempre me inquietó. Especialmente esa imagen de las mujeres empollando ratones de laboratorio entre sus pechos. Anoche también me fui a la cama inquieta, entre el discurso triunfalista de los populares y las reacciones airadas de quienes los temen más que a un nublaó. Silencio.

Terrence Malick me está mostrando el camino. No puedes pasarte un fin de semana de parloteo familiar sin consecuencias, chitina. Veré "El árbol de la vida" para sumergirme en el vacío. Eso que uno agradece después de que un día de rayos y truenos lo condene a una resaca de Alka Seltzer y café negro. Ha habido demasiadas voces a tu alrededor. Pero lo que cuenta es lo que la mayoría ha decidido en ese acto íntimo y callado de meter un sobre en una urna. Y si no te gusta, nena, pues vas y te exilias, te construyes una realidad paralela o te abonas a la existencia muda hasta que la resaca pase con su insomnio, sus vómitos y sus dolores de cabeza.

A mí la incontinencia verbal siempre me ha dado miedo. Los mítines, los sermones, las tertulias políticas (excepto cuando habla mi idolatrado Miguel Ángel Aguilar, uno de los pocos que mira transversal y opina sin apoyarse en cimientos de otros) y hasta las charlas de ascensor. Me aturden. Me gusta la gente que habla poco, aunque más de una vez he caído en la trampa de tipos que siendo estúpidos parecían interesantes. El silencio es un arma. Los hierbas lo saben y se pasan el día meditando. Así actúan menos, o no hacen nada. Algo que tiene que ver con el tofu y su condición hipocalórica. De los bocazas, sin embargo, desconfío en el minuto uno. Más si se asoman a balcones y agitan las banderas de sus fans. Para eso ya está Lady Gaga, digo yo.

Callarse es tendencia, que lo sepas. Y esto puede terminar con tu negocio de diván porque en adelante lo mismo abrazo el protestantismo terapéutico. O sea, la charla directa con el dios Freud, sin intermediarios. Total, para lo que hay que oír. Lo que tenemos las rubias es una sorprendente facilidad para el verbo fácil, el chascarrillo pretencioso, la asonancia al son de los tacones. Pero cuando nos tiran de las tripas para que confesemos con que de verdad pensamos debajo de las mechas entramos en shock.

Así que hoy me pienso hacer un Terrence Malick. Una jornada de reflexión posterior a los acontecimientos. No voy a decir lo que pienso a la primera. Lo dejaré larvarse, macerar en ese océano de contradicciones donde están la intolerancia, el desdén, la huida y el miedo. Mándame si eso una tonelada de Álmax, tres cajas de Lexatín, un par de chutes de Orfidal y una Viagra para levantar ese espíritu arrasado por una mala noche. Y ahora sí, silencio.

domingo, 22 de mayo de 2011

YO VOTO, TÚ VOTAS

Mi querida Big-Bang:


Ir a votar a un cole pijo donde padres e hijos van a conjunto vestidos es un dislate. Sobre todo si vienes de un fin de semana rural con tu escudera chuki llena de churretes en la camiseta y jeans desgarrados. Así que hemos hecho un papelón. Nada más entrar de esa guisa te encuentras con tu vecino Martínez el facha, que te mira con ese gesto de "sé a quién votas, tipejilla" y sale pitando para no darte conversación. Lo siguiente es que tu chuki considera que esto es un parque temático y se quiere meter en la cabina con una muestra de todas las papeletas. "Pues no, chitina, yo no tengo nada de qué ocultarme: trae acá pacá la papeleta ésa y la otra". Y ella: ¿Entonces votas o no a la señora ésa, la del rabete en los ojos?


Votar es un placer. Y un dolor si sabes que quizás estás votando a un tipo corto de luces con buenas intenciones. Pero si no lo haces y pierde sentirás que has contribuido a la causa. Eso trato de explicarles a las chukis, mientras me rebelo contra mi madre, que siempre vota distinto que yo. Y contra algún ex, que también. En realidad, el voto es una manifestación más de rebeldía generacional, sentimental, y para algunos -los de mi barrio- la oportunidad de chulearse de niños vestidos de Bon Point.

Así que vuelvo con la satisfación del deber cumplido. Me he cruzado con lo más rancio de la zona y yo iba con deportivas y jeans marcavenas, y con una de esas camisetillas que te llevas al campo como para ir de campo. Ahora ya puedo esperar a los resultados, ansiosa. Ardo en deseos de ver a Rubalcaba haciendo ese despliegue de sex appeal que borda en estas ocasiones. Mi comunidad, mi ayuntamiento, penden de un hilo. Y la integridad física de mi minichuki, que amenaza con contar urbi et orbe a quién vota su madre. Espero no encontrar mañana anónimos en el buzón.

viernes, 20 de mayo de 2011

DSK Y LA MOVILIZACIÓN IMPURA

Mi querida Big-Bang:


Y entonces detienen a un pez gordo del FMI, al rey de la pecera, por tocar el culo a las chicas y tú tratas de desvincular sus excesos carnales de sus ademanes financieros. Pero es difícil. Los gestos nos definen. Sí, a todos se nos puede ir la mano hacia una carne turgente, pero no todos vivimos de un ente que se apoya en la credibilidad. Que con un gesto puede hacer que tosan o estornuden demasiadas personas en el mundo. Pero ¿es más un catarro o que te meta mano un tipo muy importante que apesta a perfume caro y se aloja en hoteles de 3000 eurazos?

Y entonces unos miles de tipos se echan a la calle porque ya no pueden más, y tienen tiempo. Y tú te preguntas cuántos de ellos están ahí por defender una postura y cuántos por definir su identidad desdibujada. A quiénes les mola el lío para ir y contarlo y cuántos han abrazado un pálpito que por fin conecta con la medida de su desesperación, de su ira, de su miedo al futuro. Y los observas con cierta distancia. Y si encima reconoces en la foto a algún mamarracho que te consta está ahí por hacer el paripé, el escepticismo se lanza al galope. Pero ¿acaso los actos son puros?

Mi querida A-1 me lo dijo hace poco: "Yo ya sé lo que soy. Soy activista". Y la admiro por ello. Si hiciera cine fácil y comercial seguramente le irían mejor las cosas. Pero ha decidido utilizar sus pelis para señalar con el dedo. Y no se sube a un tanque de milagro. Mi amiga A iba a la puerta del Sol antes de que existiera el 15-M. Es arisca como ella sola cuando se le pone una injusticia en la punta de la nariz, y tanta rabia ha hecho que deje de tomar té, para aplacarse. Mi amiga A-1 es el 15-M. Y suena a agente especial británica, sí, pero es que lleva años escuchando a la gente que ha perdido su casa y su aliento en hipotecas que no pueden pagar. Y lo hace de su bolsillo, a veces maltrecho. Y vuelve y lo cuenta sin aspavientos y sin sacar pecho.

Entenderás que hablo desde la cómoda posición del antimilitante. Me dan miedo los grupos, me asustan las consignas y sospecho de las intenciones de masa. Además, soy vaga. Y acomodaticia. Y cuando J me habla de hacer la revolución yo pongo cara de gato de escayola trasnochado y miro hacia otra parte, esperando que algún banquero opine sobre lo que pasa en lugar de hacer chascarrillos de café sobre Dominique Strauss-Kahn, su ilustre colega. Ese que magrea a las chicas mientras la crisis mundial sacude a esas mismas chicas. Pero no. Los que salen son políticos chungos queriéndose abrogar un movimiento social. Atónitos porque se han quedado sin campaña electoral cuando más la necesitaban. Y eso mola.

Aunque haya mucho de pose. Aunque el domingo sean historia.

Siempre nos quedarán algunas A-1 incómodas y feroces para seguir señalando con el dedo, mientras los demás nos tomamos un gin tonic. Gracias, amiga

jueves, 19 de mayo de 2011

LA MULTA O LA VIDA

Mi querida Big-Bang:


La burocracia doméstica es como las arenas movedizas. Cuando más chapoteas, más te hundes. A mí me dices la palabra "trámite" y me da un ataque de perropaulovismo del quince. Odio las ventanillas con números de turno. Siempre tengo la sensación de que cuando baje la mirada para mirarme una mota en los zapatos saltará el mío y no lo veré, de manera que tendré que ponerme de nuevo a la cola. Me temo que soy honrada porque no tengo capacidad de vivir al margen de la ley. Ni talento para la omisión.

Conozco a un tipo que no paga las multas ni declara a Hacienda. Aparentemente, duerme por las noches sin soñar con que Gallardón vendrá a pillarle con una motosierra. A mí me llega a casa una de esas multas de mal aparcamiento y se me dispara la urticaria. Lo habitual es que la pague ipso facto porque a mí sí que me dan miedo las motosierras, sobre todo desde que vi "El resplandor". Pero a veces las echo a un cajón y ahí se quedan. Entre plazos son concretar, botes para el pis de cierto análisis que nunca me hice, llaves de casas que nunca más habitaré y muestras de cremas de las que regalan las revistas. Un batiburrillo digno de psicoanálisis.

Y entonces llega el olvido.

Hasta que un día amaneces con un barrillo cerebral que es como la resaca pero sin vómito. Súbitamente piensas en él, ese candidato rechinflante que te ha regalado un carril bici, verborrea deluxe y muchos parking, y te lanzas al cajón de los sesos perdidos. Y ahí está tu multa, pasada de fecha, que ya llevará un recargo del carajo. Pero ahora ya lo la puedes pagar en internet. Debes personarte en una Junta del distrito que está donde cristo dio las tres voces. Y te da una pereza que te mata. Y el papel vuelve a su sepulcro, bien tapado con el sérum de Dior que se echa Sharon (Stone) y que a ella parece garantizarle la eterna juventud. Pero no a ti.

Todo esto viene a que hoy seré la chica trámite. Me he puesto los deberes y pienso vagar de ventanilla en ventanilla como alma en pena. Comenzaré por la ITV, ese lugar siniestro donde siempre quedo en evidencia porque no entiendo las órdenes y porque no encarrilo las ruedas en su sitio. Pondré cara de: "soy rúbia, háblame despacio". Pagaré alguna multa a la salud del erario público,  rellenaré diez o doce impresos con letra de médico y terminaré el día extenuada. Dejando siempre, estoy segura, uno o dos papeles en el fondo del cajón. Para seguir viviendo en la desazón. Para seguir saltando a tu diván.

martes, 17 de mayo de 2011

NI RASTRO DE DIOS

Mi querida Big-Bang:


Hay frases que nos salvan y frases que nos condenan. "Que sepas que hasta que cumplas 18 años puedo obligarte a creer en Dios" es una de ellas. Se la han dicho a una adolescente que sólo necesita  una orden o una prohibición para que sus circuitos hormonales se electrocuten. La pobre no es que busque a dios, es que bastante tiene con buscarse a sí misma. Detectar qué le gusta, qué chico la besará primero y cuál será la banda sonora de sus escarceos de habitación. Pero su padre, desesperado de impotencia, quiere obligarla a creer.

Cuando yo era adolescente nos decían que la fe era un don. O has sido agraciada, o no. Como la muñeca chochona de las ferias de pueblo. Por tanto, era inútil cultivar un huerto sin matojos. Aún así tú te concentrabas en recibir señales del más allá, afinando el oído. Y los domingos había que ir a misa y si no comulgabas tu madre hacía una mueca. Pero obligarte a creer en dios como a comerte la sopa es inaudito y la mejor campaña contra la iglesia que se haya podido imaginar.

A Dios le falta un buen equipo electoral. Eso es lo que creo. Unas mentes claras capaces de gestar un eslogan ganador del tipo "Yes, we can". Un estilismo más acorde con los tiempos. Una música menos celestial y toneladas de tolerancia y compasión. Le sobra oropel en las iglesias, hilos de oro en las casullas y meapilismo de viuda en los reclinatorios. Pero sobre todo, una cura de humildad. Creo que hay pocas instituciones que prediquen tanto el perdón y lo practiquen tan poco. Anda que no les costó el mea culpa por los abusos a menores, y cuando lo hizo fue un tanto soft: "no siempre hemos reaccionado con prontitud y eficacia". Por no hablar de los 359 años que invirtieron antes de disculparse con el pobre Galileo. Un sindiós.

Si la adolescente se topara con El Pájaro Espino, aquel cura atormentado por el amor carnal, macizorro y proclive a la tentación encarnado por un Richard Chamberlain, otro gallo cantaría. También con un padre Karras, el espantador de demonios de El Exorcista. Héroes de real life con alzacuellos que lo mismo valen para un revolcón que para una sesión de espiritismo. Pero no, su caldo de cultivo son señores estirados que proclaman la fe como una carrera de obstáculos donde tropezar con la sotana es un bonus. Donde dios es un tipo al que hay que agradecer la muerte de un ser querido. Con la promesa de un más allá del que no hay una sola prueba y de un cielo vacío de otra cosa que no sean aves, nubarrones y aviones a los que me subo aterrada por si me cruzo con mis muertos.

Así que la adolescente ha hecho sus deberes. No piensa creer en dios como no piensa recoger del suelo sus bragas por las mañanas, aunque su madre se lo repita a diario. O precisamente por eso. La obediencia es una especie en vías de extinción, y un elemento sospechoso en los teenagers, programados para la rebelión como paso imprescindible hacia la edad adulta.

Así que por el momento le digo a su padre que se contente con que la chica crea profundamente en Lady Gaga y en la insoportable levedad de la laca de uñas que se compra a hurtadillas en los chinos.

Y lo que dios ha unido, que no lo separen los padres bobos.

lunes, 16 de mayo de 2011

A LA JAPONESA

Mi querida Big-Bang:


Hay algo en las novelas japonesas que se regodea en el detalle. No en cualquier detalle. En uno que te exaspera porque no sabes a dónde va a parar. Para curar mi natural impaciencia me entrego a lecturas del imperio del sol naciente, y así me va. He empezado dos. Una es un libro de poemas escritos por ella (nipona) y traducidos por él (español cañí). "Bueno, en parte -me aclara el editor- porque luego se divorciron y el traductor se fijó en otras". O sea, que se beneficiaba a las autoras, le aprieto. "Pues algo así..."¿Y los detalles?", pregunto. "Tú eres un poco morbosa, chati, yo qué sé. Supongo que seguirá haciéndoselo en verso y en prosa con alguna de ellas".

El seductor de poetisas me parece provocador como título de algo y me lo apunto. También la idea de que un traductor se ligue a la artista y traduzca lo que le venga en gana. Pero, ¿y si en su impostura ella alcanza la fama mundial? ¿Qué hará el autor? ¿sacar pecho y reconocer que fue un Cyrano zen? ¿seguir tirándose, con perdón, a la poetisa, como pago por los servicios prestados? ¿componer haikus para someter su furia y su arrebato?

El otro libro va de una japonesa histérica que regenta tres máquinas tragaperras y siente que cada vez que se aproximan los clientes sus pasos son amenazas contra su vida. La entiendo. Siempre he tenido la sensación de que si me ponía cerca de las vías del metro vendría un pirado a empujarme. Así que  suelo echarme para atrás, instintivamente. Como suelo aminorar la marcha cuando me cruzo con alguien de uniforme (aún no distingo a la policía de tráfico de la otra, así que retrocedo con todas, por si las moscas) Este gesto me iguala a Saeko, la heroína de las expendedoras (¿dije tragaperras?) y reconocerlo me pone en un nirvana tan eléctrico que pienso hacer dieta de sushi y sashimi toda la semana, más tofu para merendar. Así me saldrán detalles literarios por las orejas en lugar de chascarrillos madrileños de tres al cuarto.

También puedo pasarme a la literatura rusa, más acorde con mi paso militar. O seducir a un japonés de nombre Murakami y ofrecerme para una traducción libre de su diario. Usurpar siempre ha sido tentador. Y eso me lleva a Remington Steel, una de mis series B favoritas. En ella una detective sin éxito por ser mujer contrata a un guaperas sin oficio para hacerse pasar por ella y conseguir casos. Naturalmente se meten en líos y cada episodio chorrea una TSNO (tensión sexual no resuelta, ya sabes) que ríete de Luz de Luna (otro hit parade donde la chica de Bruce Willis era borde hasta la extenuación. Un desperdicio).

Te dejo, que hoy es lunes y debo tomar alguna determinación. Prometo ser cuidadosa a la japonesa, y discreta como una vietnamita. Hazme un casting de japos, si eso, que afilo mis uñas para esa traducción libérrima que me dará aperturas en los telediarios. Y manda pastillacas, no sea que termine como Mishima. ¿A que doy miedo?

domingo, 15 de mayo de 2011

LA MALDICIÓN DE LAS TÍAS BUENAS

Mi querida Big-Bang:


¿Qué haces si en una cena te sientan en la mesa de las macizas? Tú llegas con tu elegante look de Baccara (blanco y negro, para las macizas que no habían nacido cuando el I can Boogie http://youtu.be/KGuFn0RPgaE), tus zapatos de Dior de 15 cm y tus mejores chistes, y ahí están ellas. Burbujeando con sus DNIs de nacidas en los ochenta. Esa década prodigiosa que detestamos en su día y que vuelve una y otra vez como una maldición porque en el fondo nació prematura, inadaptada, y esas hombreras eran una forma de sacar la metralleta en territorio hostil. Entonces tu compañero de mesa, chisposo y coetáneo, suelta: "¡Cuando estas nacieron yo (y por tanto tú) ya me drogaba!)

A lo que vamos. Ya que están buenas tus partenaires de mesa, piensas: "al menos, que sean tontas". O bordes. O displicentes. Pero no. Las muy asquerosas son simpáticas y lucen un canalillo repretón que se bambolea al son de sus carcajadas. Y no tienen un pelo de lerdas. Así que adiós a la estrategia de parecer inteligente o graciosa. Los recursos menguan como el plato de sashimi, que tú atacas con alegría porque no te has puesto un vestido de lavativa, que diría tu abuela. Y entonces tu compañero de mesa, que es un tipo muy cachondo, va y suelta: "Todas estas tías están muy flacas...No como tú, que se te ve dónde agarrar...Y entonces remata: "Y esa alegría con la que comes..."

En ese momento metes tripa instintivamente. Y juras que nunca más volverás a beberte un gin tonic. Ni a probar un rebozado aunque sea en tempura. Mientras, las macizas fingen que comen, pero sólo picotean como jilguerillos alrededor de los platos. Y sus tetas, con perdón, amenazan con estallarles el escote, magnético. Y tú te has puesto una blusita blanca ideal de la muerte y antierótica. Así que está claro: debes entregarte al vino y a la impertinencia. Provocar sin marcar. Y sentir compasión de aquellas que están al borde del desmayo en su talla 36. Y reírte con ellas, porque te caen muy bien. Y si las odiaras llevarías todas las de perder.

La noche avanza y sientes que tu maquillaje se cuartea. Las macizas salen a fumar en grupo, ligeras y revoloteonas. Sientes la tentación a su vuelta de hablar de pensamiento político, glosar a Shoppenhauer -ese viejo amigo- o provocar una discusión de hemeroteca donde se desorienten. Pero una tía buena cosecha del 82 no se amilana. Pone ojitos, te abanica con sus pestañas y salta a Enrique y Ana -ese dúo prodigioso que inauguró el debate sobre la pederastia- a El show de Xuxa -esa star brasileira que terminó haciendo porno con menores, o eso se dijo- o Dawson crece -esa serie protagonizada por la señora Cruise cuando aún parecía feliz y la Cienciología no la había atrapado entre sus fauces.

Y entonces lo ves claro, cristalino.  Eres tú y tu biografía. Los Chiripitiflaúticos, Barrio Sésamo, Pippi Calzaslargas o La Bola de Cristal. Puede que en su día estuvieras buena, o medio buena (nunca como estas diosas de tu mesa, vive Dios). Pero no lo sabías porque te faltaban cerebro y ambición y porque tu madre no te dejaba ponerte escotes gangreneros. Te encanta comer, y beber. Alternas el Vogue con El Ser y la Nada, y sabes que la felicidad consiste en sentarte a una mesa y divertirte con tías despampanantes sin medir el contorno de busto y de cintura. Y que mola todo!

sábado, 14 de mayo de 2011

Y ROMPER, ROMPER,ROMPER...

Mi querida Big-Bang:


A partir de ahora burlaré a la censura. Pienso escribir sobre asuntos blandos que las mentes enfermas interpreten a su manera. Tengo una reputación. Mi incursión en el mundo del porno ha resultado ser un desastre. Me faltan trayectoria, ambición, background...Lo mío es más Edelweiss, Edelweiss... Y como Julie Andrews no puede ser mi musa porque llevaba horribles faldas de campana por media pierna, ese largo que mata hasta a Kate Moss, debo trasladar mis cuarteles de invierno a otros territorios.

El de la consultoría sentimental, por ejemplo."¿Cómo romper con alguien sin que le duela?" , me pregunta una amiga que confía en mi potencial. Negativo, chati. Si no duele lo mismo no se entera y tienes al tipo llamando a tu puerta al día siguiente como un perrillo lastimero. La ruptura es como la salida por la puerta grande de la plaza. Colorista, dramática, épica. Conozco a una tipejilla que plantó a su amor frente a un volcán. Hacía demasiado calor. A su vuelta fue sometida a un interrogatorio por la policía en forma de amigas despiadadas: "¿Seguro que no lo has tirado por el cráter, que tú eres muy tuya"... Naturalmente, meses después el amor volvió con la lava. Y hoy son felices. Lo que no se remata, reaparece. Y esas son leyes que valen para la física y el amor. El roto y el descosido.

En los primeros culebrones de los noventa recuerdo a una protagonista que rompía con la frase: "No tengo regreso". Fascinante. Porque vale para el autobús, la menopausia y el camarero en una noche frenética de sábado. A otro amigo lo plantaron haciendo el signo de las tijerillas. Vulgaridad que vale lo mismo para cortar que para sugerir posturas lésbicas. El lenguaje de los signos está por mejorar, y me propongo asumir ese reto. Así estaré ocupada y no romperé cosas. Verbigracia: las cortinas de mi hotel rural hace sólo unos minutos.

Si has de romper, cúrratelo. Unos versos asonantes, una banda sonora del adiós, un desplante al pie de la escalera, como Rhett Butler a Scarlett. Sí, "Lo que el viento se llevó" es el perfecto manual del plantón. La película que ha inspirado a generaciones y que las modernas deberíamos revisitar de cuado en cuando, aunque no llevemos corsé pero sí la faja de las estrellas. Esa que se anuncia con el reclamo de largas alfombras rojas donde desfilan anoréxicas vestidas de Elie Saab.


El otro día me llegó la invitación. En otras palabras decía algo tan prometedor como esto: "Llegarás descolgona, saldrás de una pieza". Y rauda se lo conté a L. y M.: "Chicas, bloquead vuestra agendas que esta tarde decimos adiós a la lorza". No hubo respuesta. Las muy desdeñosas entendieron que insinuaba que sus carnes pedían a gritos una corsé. Y tuve que gritar: ¿Vamos a por la faja de los c------------s o no, chitinas?".

Para terminar: Si rompes con un novio, intenta no llevar la faja puesta. Es humillante que luego se lo cuente a sus colegas y el chascarrillo pase de generación en generación. Al final, nunca serás esa pérfida altiva que despeñó al amigo por el barranco, sino la chunga que llevaba faja para parecer delgada.

Y si algo hemos aprendido es que hay que cuidar el epitafio como el cutis, el modus operandi en un crimen  o los tobillos finos.

jueves, 12 de mayo de 2011

CLASIFICADA "X"

Mi querida Big-Bang:


Oficialmente he sido clasificada X. Muchos de quienes llegan hasta aquí lo hacen tras teclear en Google guarrerías del tipo "negros que se lo montan con rubias muy viciosas". Y no es broma, es un ejemplo real. Cada vez que abro el ordenador echo a las Chukis a dos metros a la redonda para que no lean el reporte. Parezco más una discípula aplicada de Hugh Hefner que una pringada de colegio de monjas. Es la venganza de Play Boy.

No es que el género me parezca mal. Y el tipo siempre me fascina, incluso ya viejuno. Meterse con tanta carne fresca e inquieta en un jacuzzi tiene su mérito, cuando lo que seguramente le pide el cuerpo es un caldito en la chimenea con una lectura poco calenturienta. Pero claro, cuando tienes un tronío que mantener ya no puedes alejarte de las servidumbres de la leyenda.

Querido Hugh, te comprendo, pero estoy por pedirte alguna indemnicación por daños colaterales. Ahí fuera hay tipos (y supongo que tipas) babeando por capturar sus fantasías porque en su vida no hay jacuzzis con champán. Y en el calentón se encuentran conmigo, que apenas les ofrezco unas migajas de eros colegial. Puedo imaginar sus alaridos de frustración, las ganas de estrangular a la rubita esa que no se ha enterado que con las cosas del porno no se juega. Mea culpa.

Creo que necesito urgentemente un curso con Hefner, un training en la mansión de Play Boy, un disfraz de conejita de cuarenta con ínfulas literarias. Una visita guiada de la mano del abuelo del sexo. Un tipo lo suficientemente listo como para hacernos creer que levantó sus millones de dólares levantando esa otra cosa (que no menciono, porque luego los motores de búsqueda se ponen cachondos -adjetivo que tampoco debería mencionar por la misma razón-).

A partir de ahora y dado lo inetivable de mi condición de bloguera subidita de tono, mis mitos deben ser Tom Holmes y Lucía Lapiedra, un suponer, y tendré que borrar lo del cole de monjas del currículum vitae. O subrayarlo. Porque seguro que es un aliciente para los que vagan en el proceloso mar del sexo. Un mar poco imaginativo y un negocio que podría sacarme de pobre. Ya estoy viendo la inauguración de esa otra mansión estilo Bauhaus con hombres listos, macizos y vacilones que mis amigas sueñan en sus fantasías más tórridas.

Es una señal. Habéis venido a mí por algo. Y prometo aplicarme a conciencia, sin escatimar.

P.D. Pero en mi mansión no habrá jacuzzis, que son una horterada.

miércoles, 11 de mayo de 2011

EL COCHE FANTÁSTICO

Mi querida Big-Bang:


Pronto tendré un coche "de categoría" y se cumplirá una maldición. Mi cuñado P., al que adoro, lleva años advirtiéndomelo: "nena, tanto ringo y tanto rango y tienes un buga de frutera retirada". Siempre he querido conducir chatarras que pudiera abandonar en la calle y, si me asaltaba esa duda de ¿me lo habrán robado? -que me asalta cada vez que lo busco- la respuesta fuera: Bueno, ¿y qué? Entenderás que el desapego es una de mis taras. Para fetichismo, ya tengo los zapatos. Y cuando los pierdo tampoco sufro porque me siento Cenicienta y espero al príncipe con mallas que me lo traiga después de recorrer la comarca tratando de vencer los callos y durezas de otras damas casaderas.

La cosa es que cuando le diga adiós a mi viejo coche pienso pronunciar un responso. Como haría Michael Knight, ese tipejillo hortera de bolera que hablaba con su coche fantástico Kit y llevaba unas chupas de plástico bien marconas. Porque digo yo que si tienes para un vehículo que te habla bien podrías cuidar el estilismo y huír de los tejidos crílicos. ¡Y ese corte de pelo, Michael Knight!.

Somos lo que conducimos. Lo que guardamos en el maletero. Y aquí hago un alto en el camino, porque la mugre y la ponzoña que van a salir del mío me acercan peligrosamente al síndrome de Diógenes. Una tabla de playa, un juego incompleto de badmington, unas botas de montaña con su barrillo que podrían pasar las pruebas de Carbono-14, una pelota pinchada, una red cazamariposas de las chukis, un Trivial Pursuit descatalogado...y así. El inventario de mis últimos 5 años arroja un perfil entre naif y zarrapastroso muy preocupante que tendré que arrastrar a tu diván.

Por no mencionarte recorridos memorables, como ese viaje a Asturias con mi amiga A-1 sin pasar de 80km/h, con el corazón partido y la música de Carla Bruni alternada con Calamaro a tutiplén ("Honestidad Brutal"). Imaginando personajes para uno de sus guiones, llorando y riéndonos como dos locas adolescentes a la espera de un Brad Pitt lampiño en un bar de carretera. O esa escapada a Villatoro con lluvia y amor recién estrenado, una habitación con bañera incorporada, y la banda sonora original de "Sobreviviré" ((http://youtu.be/BZNoJQw8MjY) a tope, como siempre. Y algún revolcón clavándonos la palanca, porque un coche sin sexo es un ataúd sin flores.


Las Chukis siempre se han quejado del volumen de la música: "Mamá, parece mentira que seas tan macarra, bájalo un poco que nos vamos a quedar sordas" (adolescente). "Sí, como Bethoven" (chuki macho). A mí me pasa que conducir y bailar son una misma cosa. El coche lo quiero para vibrar, para emocionarme y para saltarme las normas. Y esto mi lata con ruedas lo ha cumplido con creces. He sido feliz a su lado, y si ahora me subo a un coche "de categoría" lo mismo dejo de comer cheetos barbacoa porque me impone respeto. Y lo mismo pido a J. que no fume dentro. Y puede que silencie a Calamaro para no alterar el ruido de su motor rechinflante. Y lo mismo cambio mis delirios por fetichismos pijos que detesto. Y puede que lo lave a menudo. Horreur!

Te dejo ya, que estoy demasiado triste. Creo que en el fondo no necesito un upgrade móvil. Es posible que lleve una frutera pizpireta dentro y que no deba salir de ahí. En mi viejo coche he enterrado mi corazón, mi furia y mis canciones favoritas. ¿Qué será de mí cuando busque la radio en la guantera y me encuentre un ambientador mentolado? Mándame alguna receta de las duras. Tengo el síndrome Michael Knight. Eso es lo que tengo.

martes, 10 de mayo de 2011

TAN FASHION, TAN VICTIM

Mi querida Big-Bang:


Lo he hecho. Me he comprado un jean rojo sangre de pichón, un vestido de colores vivos tipo Prada (anda que no te han copiado las rayas, Miuccia), una camisa verde loro y una camiseta azulón intenso. ¿Fashion victim yo?. Debo confesar que los tipos esos del comité del color que deciden cómo veremos el mundo cada seis meses han hecho bien su trabajo. De repente nos hemos soltado las melenas y las adoratrices del luto le hemos puesto los cuernos sin remordimientos. RIP.

Me pregunto si Obama es consciente de que los popes de la moda son más poderosos que él mismo. En lugar de un botón para matar tienen a un ejército de descerebrados como yo misma -que leo a Lipovetsky- dispuestos a ponerse lo que se les ordene sin reflexionar. O sea. Yo sé muy bien que las rayas horizontales te hacen parecer "la tía Javiera", que diría mi madre. Pero tengo tres o cuatro versiones en mi armario. Yo detesto los estampados näif, pero el día menos pensado meteré en la maleta un bañador de piñas y plátanos a lo Stella Mac Cartney y me quedaré tan ancha. Yo tengo una personalidad megalomaniaca y militar, pero necesito YA esas sandalias Saint Laurent con plataforma para mamarrachas de mi estirpe.


La vida en color es otra vida. Igual que "Lo que el viento se llevó" coloreada. Tú sigues siendo Scarlett O´Hara, pero parece que en cualquier momento te arrancarás a cantar "Singing in the rain". De rojo, una explosión de ira puede ser fatal. De verde loro pareces una hierbas militante, pero no te importa porque llevas dos temporadas poniéndote ese color caqui que te hacía parecer un cadaver en avanzado estado de descomposición. Ser una mujer arcoiris mola, aunque dentro de seis meses haya que hacer una pira tutti-frutti y volver a abrazar el negro y el gris como si no hubiera un mañana.

Y claro, hay otros efectos colaterales del tecnicolor. No te permite ser tan intensa. Ni siquiera depresiva. Si acaso, maniática, hiperactiva o tripolar. Ahora entiendo la psique de Esperanza Aguirre, que no entiende de lutos, y esa predisposición de Dolores de Cospedal por los marrones mezclados con algún tono chillón cuando no se llevaban los colores. Eran, son, precursoras de esta estética chillona y delirante que nos ha convertido en semáforos con intenciones aviesas. Unas modernas. Eso es lo que son.

Te dejo, que debo abrir mi pantone armario para ver de qué voy. Hoy me siento ligera y bicolor como yo sola, así que lo mismo me marco un rojigualda y me quedo como dios. Si hay que ir, se va, y las excesivas nunca hemos escatimado en nuestras apuestas vitales!

lunes, 9 de mayo de 2011

DÍAS DE SHOPPING

Mi querida Big-Bang:


Hacer shopping en domingo es un acto de rebeldía. Antes tocaba misa y aperitivo, paella familiar y telefilme cutre siestero. Ahora, y a pesar de Esperanza Aguirre, los domingos se han vuelto respondones. Tú sales a las once a desayunar lo que viene a ser un brunch, con los periódicos en las manos y la esperanza de no cruzarte con nadie conocido a la redonda. Entonces llegan a tu terraza el hermano militar de tu amigo de la infancia con su madre y tu tío. Un señor muy simpático y muy de derechas que la última vez que te vio con tu novio éste llevaba los calzoncillos asomando por el jean no menos de un palmo, y con esa imagen se ha quedado. Y tras los saludos de rigor empiezan a comentar temas sensibles, como la legalización de Bildu -"esos asesinos"- o las intenciones de la presidenta de la comunidad de Madrid de crear grupos elitistas en las aulas con los cerebros más hipertróficos. Y claro, es domingo, el día del señor, y ponerte respondona no procede.

Así que te vas de compras, porque la VISA no entiende de ideologías. Y tu chuki adolescente pretende que le compres unos jeans de 120 eurazos porque tú te los has comprado. Y explícale que no. "Verás, mona, yo a tu edad llevaba los mismos vaqueros que el Vaquilla, un quinqui que salía en la prensa día sí y día no, y tuve que ponerme a hacer prácticas a precio de esclavitud para pillar mis primeros Levis". La expresión de desdén de la adolescente es inenarrable porque se entrena con Patito Feo, esa serie de tontas y divinas para cerebros líquidos.

Mientras, minichuki no ha perdido el tiempo. "Vale, mami, cómprame camisetas en H&M de esas molonas, pero yo las elijo". Y lo tiene claro: una de The Doors gris "a conjunto" con una camisa vaquera abierta con la que hace todo tipo de posturas rockeras en el probador. "No dirás que no estoy canchera" (sí, tener una tía argentina ha ampliado mucho su vocabulario). Chuki se prueba una y otra camiseta, y cada una le sugiere una imitación. Con voces impostadas y todo. Al final, negociamos: "Dos jeans y cuatro camisetas o todas las camisetas sin jeans". Como es trilera desde que nació, me saca el completo y se vuelve loca de alegría.

Mientras, la adolescente deambula por el megastore como una Victoria Beckham sin tacones pero con idéntico mohín de desdén. Todo lo que le gusta es hortera y pasado de lycra. "Verás, chitita, los tejidos acrílicos mezclados con la hormona apestan a sudor", trato de argumentar para que no se ofenda, porque en realidad le diría que dónde va con ese look de mamarracha. Al fin se coge un bikini con rellenos y saco a relucir toda mi pedagogía pret a porter: "si te gusta...". "¿Por qué no te gusta a ti, vamos a ver?", quiere saber la mamarrachilla. Y le explico que los rellenos son más para ese momento en que las leyes de la gravedad pasan a ser inexorables. Pero no cuela. Y a la que me despisto manda a minichuki con un sujetador de ¡leopardo! bien ordinariote. "Mira, mami, que dice que le queda genial", y para que vea yo lo mono que es se lo pone encima de su nada y se troncha. Ella y el segurata del H&M; que lleva un rato descojonándose (con perdón) con el shopping familiar.

Agotada, me pregunto por qué no habremos hecho lo que todos hacen el domingo. Cine bien calladitas y luego los deberes. Porque las muy zorrillas, por quitarles año, no han confesado que aún tienen que hacer tareas del cole. Así que nos dan las diez de la noche buscando información sobre escorpiones con la que minichuki piensa deleitar a sus compañeros y sobre el número aúreo con la que la adolescente aprende que hay vida más allá de Lady Gaga. Sí, los domingos son días grandes, reflexiono entre sábanas. Y me planteo llevarlas de las orejas a la expo de Gilbert&George, donde lo más que pedirán que les compre es el póster genial de los perritos.

¿Mi VISA? En reanimación, gracias.

Feliz lunes al mundo extenuado del domingo!!!

domingo, 8 de mayo de 2011

AMENAZAS DE AYER Y HOY

Mi querida Big-Bang:


La madre de la enfermera del amor frecuentaba la siguiente amenaza: "Como coja el bolso... me voy de casa". Me lo cuenta y me entra la risa al imaginar a la señora, tan bajita y adorable, sembrando el terror familiar en zapatillas ante la idea de quedarse sin alma y sin sustento. Las amenazas las carga el diablo. Si no las cumples, la próxima vez que cojas el bolso te pondrán una alfombra roja para ver si te piras. Y así no hay quien se haga respetar.

Los norteamericanos en esto son ejemplares. Amenazan con invadir un país, un estilo de vida, un continente, y lo cumplen a rajatabla, con la CNN por testigo. "Está ocurriendo, se lo estamos contando". El español, en cambio, amenaza con cosas del tipo sacarnos de la OTAN y lo siguiente fue que nuestras tropas estrenaban uniforme. Sí, esto fue en la prehistoria de nuestras vidas. Muchos debutábamos en el voto y 25 años después asumimos la pertenencia a estructuras militares con la misma naturalidad que el IVA, los cinco millones de parados y sobre todo nuestra incompetencia en los festivales de Eurovisión.

Hasta este año. Porque vamos a mandar a una pizpireta morena pendiente de ortodoncia con la letra que mejor se adapta a nuestra idiosincrasia: "Que nos quiten lo bailaó". Mola. Es menos radical que "como coja el bolso..." y más educado que aquel "que te pego, leche",  perla ruizmateosiana que dio para más sketchs que la empanadilla de Móstoles en su día.

Dirás que con tantas referencias al pleistoceno mi presunta modernidad se va al garete. Lo asumo. Creo que para no repetir los errores hay que revisitar nuestro pasado glorioso. El otro día, sin ir más lejos, lo comentaba con mi amigo J.: ¡Hay que ver qué incomprendida fue la serie "Sensación de vivir", con la de verdades filosóficas que nos descubría! Simples, es verdad, pero con un trasfondo que te dejaban reflexionando tres o cuatro días. Brandon y Brenda eran nuestros Zaratustras estivales, con esos looks de plexiglás y esa intensidad biográfica que no escatimaba en truculencias como el alcoholismo y el sexo inseguro al sol de Beverly Hills.

Los padres de Brenda y Brando, además de no calentarse mucho la cabeza con los nombres, no solían cumplir sus amenazas. De aquí que yo tampoco lo haga con mis Chukis: "Como toques mi ordenador te vuelco todos los botes de pintauñas de los chinos que guardas en tu zulo", le digo a la adolescente. Y sí, la primera vez corrió a esconder el botín. Ahora se pone en jarras, me sonríe sardónica, y suelta: "¿No se te ocurre nada más creíble, mami? ¿Me dejarás sin paga, borrarás el video de Beyoncé de mi Ipod, sabotearás mi Tuenti?". La muy asquerosa no sabe que mi cultura chunga más contemporánea bebe de Angela Channing, la abuela chunga de Falcon Crest, de Dallas y de Dinastía.

Te dejo, que voy a coger el bolso a ver si consigo hacerme respetar. Mi autoridad se resquebraja por momentos y en estos casos lo único que funciona es entregarme a la Sensación de Vivir. Como una Brenda cateta y soñadora.

sábado, 7 de mayo de 2011

DE ZORRAS Y COBRAS

Mi querida Big-Bang:


A veces eres una de esas mujeres de Hopper que observan sentadas en su cama su desolación y un campo amarillo trigo. Tengo amigas Hopper que querrían ser chicas Lichstenstein, despreocupadas en sus universos pop de burbujas de jabón y azul Klein. Pero han elegido mal el pantone y el estilismo. A otras les mola ser esas bailarinas lánguidas de Degas, con sangre de horchata, y las hay que, sin querer, se contorsionan en su desazón, como esas histéricas de Paula Rego. Como yo cuando lo ordenan mis hormonas.

Descuida, que no voy a explayarme en is categorías de mujeres. Me centraré en las venenosas. En las que, además, tienen la capacidad de engañar a los hombres, pero raramente a nosotras. Tú las ves como a través de una radiografía, larvando las peores intenciones y sembrando mala hierba aquí y allá, a golpe de teléfono. Pero a ellos se presentan como corderitos rubios, víctimas del engaño y la incomprensión. Entonces te pones violenta y tratas de alertar sobre la arpía sin desvelar secretos que no deberías saber. Y terminas trasquilada y bajo sospecha.

Mi último chiste favorito es absurdo: ¿Qué animal es dos en uno?, le pregunta un niño a otro: "El gato, porque es gato y araña....¿Y cuál lo es, según tú?, inquiere éste: "Tu hermana, porque es zorra y cobra". Detesto a las mujeres zorras/cobra. He conseguido convivir cerca de algunas poniéndome un impermeable de seis capas, pero eso no me impide que en su presencia se me ponga la carne de gallina. La zorra/cobra sale de caza los domingos y fiestas de guardar, y se cobra sus piezas como los furtivos, sin escatimar. Luego se perfuma y va de fiesta, como una más. Y le cuenta a cada uno que se cruza su vida en verso como si fuera una confidencia única y hecha a medida. Puajjjj.

Asumo el coste en pastillacas de esta divagación. Tengo el ánimo venenoso y cierta decepción íntima que no sé si podré sacudirme del cuerpo. Mi amigo H, un hombre sabio, me recomienda desde el más allá que no me meta en madrigueras o me picarán los bichos. "No te jode (con perdón)", le respondo. "Eso sí, mantente alejada del foco de riesgo, que mira  Fukushima...".

P.D. De los hombres-pitón-postizos  ya me ocuparé otro día.

viernes, 6 de mayo de 2011

EL CLUB DE LOS DIVORCIADOS

Mi querida Big-Bang:


En la despensa de todo hombre divorciado hay cervezas de importación, queso de tres tipos y dos limones viudos para animar los cócteles. Vale, es un lugar común, pero dime tres divorciados que llenen la nevera de frutas y verduras y reconoceré mi tendencia a la simplificación de la realidad (es más, la reconozco de antemano).

Al hombre solo le entra un insólito frenesí por comprar kleenex con olor a menta y rollos de papel higiénico de doce capas. Como si en adelante y por primera vez la higiene fuera su misión en la vida. Cuando le tocan los niños suele atiborrarlos de películas con pizza y les prometen que si sacan buenas notas les comprarán una Blackberry. Artilugio que, bien es sabido, necesita todo mastuercillo a partir de seis años para ser alguien en sociedad.

Sigo porque, total, ya sé que el gremio se me va a echar encima. A mí, que los defiendo frente a las vampiras de su ex que les roban hasta el alma y les exigen el sueldo Nescafé para toda la vida. A mí, que pienso montar un club en defensa de los divorciados que no sabían que cuando el cura dijo "hasta que la muerte os separe" era literal. A mí, que prefiero irme del amor en pelotas y con las arcas vacías que arrastrar la alfombra y la ira por el descansillo. A mí...

Pero claro, de ahí a autocensurarme hay un paso. Tú vas al supermercado a las 10 de la noche y te los encuentras. Sin prisas. No los esperan en casa. Y no se paran en las zonas vitales -carnes o pescados- sino en los embutidos deluxe. Un buen salchichón de Vich, un jamón con más jotas que la Pilarica...Y los quesos. Algo debe hermanar el desamor con la lactosa, y espero que un sesudo investigador venga en mi auxilio.

Ahora es cuando me dirás que por aquí no paran investigadores ni sesudos. Pero sí divorciados a cascoporro, que lo sepas. Son mis mejores amigos, de hecho. Me escriben tórridos mensajes porque se han dado cuenta de que tienen en mí a una aliada.  A una ex que querría permitirse una nevera a salto de mata, con tónicas, bolsas de hielo y limas para aderezar su gin Bombay. Y en su lugar hay... una madre culpable que quema con insistencia las lentejas y hace cremas de verduras para unas chukis que esperan ansiosas a que llegue el día de las pelis más pizza. El día de papá.

Y de ahí al teléfono última generación hay un paso. Y se preguntan si eres más pobre que las ratas o sólo finges. Y por qué llevas años convenciéndolas de que ir al museo es un planazo, o que hay que irse pronto a la cama para coincidir con los Lunnies; y, sobre todo, ¿por qué a veces no hay queso ni pizza, mami?

Todo esto viene a que yo quiero ser hombre divorciado por un día. Es más, aspiracionalmente me imagino como una Charlie Sheen desbaratada y feliz. Y mi plan incluye enrollarme con la cajera de Opencor una noche Y ser la más guay. Así que para empezar pienso comprar hoy una remesa entera de kleenex mentolados y unas cervezas Coronitas para acompañar. Todo será que me las beba y gaste los pañuelos en llorar y llorar.

miércoles, 4 de mayo de 2011

PELIGRO, RUBIAS SUELTAS

Mi querida Big-Bang:


Llevo toda la vida confundiendo pensamientos con petunias, alfajor con jengibre,  querella con demanda y a Lindsay Lohan con Britney Spears. De estas dos ultimas no sé cuál es la que aireó su virginidad ni tengo muy claro quién visita las clínicas detox más que a su cirujano. Las dos son tan rubias, tan homogéneas en un levedad, tan churretosas cuando se les corre el maquillaje, que las llamo a mi mente con un nombre u otro, según la metereología y el aire de los tiempos.

Ser rubia es una condición vital. Un grito de guerra. Tengo un amigo que me llama Rubia con mayúscula y sostiene que a él siempre se le han dado mejor las morenas. La morena, por lo general, escatima en tinte,  pero no en estrategia. La rubia cubre intenciones, la otra sus primeras canas. Una morena, como mucho, tirará al cobrizo en una tarde de rebeldía y rock&roll. Pero la rubia es carne de peluquería, de simulación, de mohín seductor aun sin ganas.

La culpa es de Hitchcock, claro. Ese sátiro que colocó a las rubias al borde del precipicio para que fueran atacadas por los pájaros y, en el terror, mostraran su vis más trágica, más débil, más sexy. A la rubia siempre la imagino miope, con trastienda, sobresaltada. Tan Britney, tan Lindsay, que podría arrasar un continente en su desesperación y recurrir a todo tipo de sustancias para encontrar el sueño eterno. La rubia, por definición, duerme mal y se suicida en plan aparatoso. La morena, en cambio, llama al 112 y pide que le pasen con el doctor Muerte, por favor.


Y aquí llegamos a lo que nos ocupa, porque ayer me quedé prendida de una rubia más falsa que yo, Hillary Clinton, aterrada entre cuatro hombres ante la visión del asesinato de Bin Laden. "Para presenciar una ejecución sin desencajarse no basta un buen tinte, nena", pensé. A aquella mujer fría que no se despeinó ni con el affaire Lewinsky el suelo se le estaba moviendo bajo los pies. Una cosa es dar al botoncillo de enviar tropas a la guerra, y otra muy diferente es contemplar a esas mismas tropas volando los sesos al enemigo. ¡Bang!. Aquella rubia fría transmitía pavor y humanidad. Alfred Hitchcock se hubiera puesto cachondísimo. Ella, seguramente, tuvo que tirar de orfidal para dormir.

Ser rubia es un estado civil, un estado de alerta. Un tambaleo. Un desatino. Un día de furia y unas sábanas revueltas. Ser rubia es una debilidad, un uniforme con arrugas estratégicas, una canción de Britney, una peli mala de Lohan. Un final infeliz.

P.D. Shakira http://youtu.be/S3WDKXq36WI, no te esfuerces. Por mucho tinte que te pongas te seguimos viendo morena.

martes, 3 de mayo de 2011

¡A QUEMAR EL SOSTÉN!

Mi querida Big-Bang:


Imagino que, como yo,  andarás empachada entre bodas reales, asesinados por razón de Estado, ilegalizaciones de partidos políticos y Esperanza Aguirre entregando medallas a troche y moche como un espectro rosa con pilas Duracell. Tanto frenesí me impide destilar ideas puras, como a Kant. Tengo tan enjuague de estómago que necesito un Panta Rei heraclitiano para que se lleve de mis cañerías los excesos de un fin de semana largo y lleno de tropezones, como esos menús chungos de merendero para comulgantes vestidas de Sissi emperatriz.

Tengo engrudo en el cerebro. Esa es la cuestión. Los desvelos sociales raramente conducen a la cultura, por mucho que Benedetti lo cantara bonito. Sí a la indigestión. Se me está atragantando el mundo. Se me hace bola. Y mis existencias de Almax tocan a su fin. Las resacas de gin-tonic, tú lo sabes, son más fecundas porque destilan ironía y se vomitan sin grandes esfuerzos. Pero me has prohibido el alcohol y el regaliz rojo, mis únicos vicios confesos, y para los ocultos no hay ganas con la que está cayendo.

No soy de esa generación de mujeres educadas para fingir maneras, rebeldías, orgasmos. Sería mucho más fácil. A nosotras nos dijeron que nos dejáramos llevar, tontitas, y así lo hicimos. No quemamos sujetadores como protesta, ni leímos a Shoppenhauer para ser aceptadas en comunidad. Amamos al Vogue sobre todas las cosas, decoramos nuestras casas con muebles nórdicos de los 50, adoramos los principios de la Bauhaus y decidimos que menos era más aunque hubiera eco en nuestro salón. Y todo para terminar tan confusas como aquellas. Y tan desmadejadas.

Creo que necesitaré sesión doble de diván. Y pastillacas contra el asombro indignado. Sírvete seguirme el rollo sin interrupciones, que para eso te pago, y déjame que, en plan simbólico, me quite el sujetador y lo queme frente a alguna embajada. Asumo que hoy es martes pero huele a lunes que apesta. Y que el llamado mundo libre y civilizado es un estercolero plagado de mentiras y tipos con pistola.

Anoto en mi diario: ¡Hoy sólo leerás el Vogue, chati!

lunes, 2 de mayo de 2011

OBAMA Y OSAMA

Mi querida Big-Bang:


Ahora que ya no puedo amenazar a las Chukis con que si se portan mal vendrá Bin Laden a darles su merecido, debo buscar otro tótem. Y no es fácil. Aquí pasamos del "que viene el lobo" de la infancia al "como se lo diga a tu padre, te vas a enterar". Pero muertos el lobo, el padre, Ceaucescu, Saddam Husein y Osama, se nos acaban los recursos del miedo.

En el colegio era la madre Dolores. Una monja tiesa, fea y con gafas de mil dioptrías absolutamente despiadada. Para exhorcizar el pánico las niñas la llamábamos "la Lola", pero eso no le quitaba hierro a su presencia, al final de la escalera, preparada para darte un pellizco o llevarte al rincón de pensar justo antes de llamar a tus padres para chivarse de que habías corrido por la zona de secretaría o que llevabas unos zapatos que no eran los reglamentarios del uniforme. Nuestros grandes pecados.

La Lola nos enseñó a desmitificar la presunta bondad de serie de las monjas. Y para cuando llegamos a las fauces de "la Eulalia" -otra malvada especialista en la humillación- ya habíamos destilado pánico por las tocas para tres generaciones.

Los malos, ya sabes, son muy necesarios para que la sociedad funcione con sus motores antitéticos bien engrasados. Obama acaba de santificarse ante el mundo gracias a un asesinato. Y eso no desgasta su vitola de santo. Si se da prisa lo mismo pueden beatificarlo con Juan Pablo II y la humanidad se ahorra unos millones de dólares en pompas fúnebres. Aún recuerdo con asombrosa claridad la foto de los Ceaucescu muertos. También la de Franco, pero esa es otra historia. Cuando los buenos ajustician con métodos de malos vuelvo a la madre Dolores y a ser una niña perpleja que se pregunta por qué a fin de cuentas unos y otros practican el mismo deporte, la crueldad.

No es que quiera tener vivo a un pirado que mata presuntamente por sus ideas (aquí hablo de Osama, no de Obama, aunque...), y entiendo que lo mismo ha sido imposible detenerlo para que se pudriera en una de esas cárceles tan chulas de altísima seguridad y tortura pret a porter que tienen nuestros amigos del mundo libre. Es que me aterra la idea de que mis chukis se desayunen mañana con la foto de un muerto con el rictus torcido, la barba rala y el cuello roto, y tengan pesadillas, y me pregunten quién ha sido. Y me tenga que meter en un jardín de esos de padre moderno que no tiene ni puñetera idea ni solidez de argumentos para defender según qué actos de la humanidad.

Lo dejo ya, que hoy tengo un abjetivo. Debo buscar al lobo feroz de Caperucita, al ogro de Pulgarcito, a Carracuca, a Billy el Niño, a Bonnie&Clyde, al Chacal (este está vivito y coleando en una prisión francesa), a la dulce Néus y a alguna de esas monjas que poblaron las pesadillas de la infancia. Necesito malos, malísimos, para que mi mundo vuelva a equilibrarse y los buenos oficiales ocupen su atrio. Aunque no sean tan buenos...

domingo, 1 de mayo de 2011

POLIGAMIA OLÍMPICA

Mi querida Big-Bang:


Hay piezas musicales -como los Caprichos para violín de Paganini http://youtu.be/iGU9NxnhRTUque requieren extraordinario virtuosismo, platos de cocina que exigen maestría -en mi caso, las lentejas sin quemar- y hombres de tu vida de sedal largo y pocas preguntas -¿James Spider?-. Otros, sin embargo, van al detalle, al cómo, al dónde y, sobre todo, al con quién. Hay parejas cargadas de silencios que el día que no pueden más destapan la caja de los secretos y dejan al otro asomado a un abismo, tiritando y con pocas opciones de salida. A mí, ya sabes, me educaron las monjas, y para cuando empecé a ver las mentiras que ocultan algunos sólidos matrimonios ya era demasiado tarde para que me parecieran parte de la partitura.

Sí, puedo ser muy cínica si me entreno, pero albergo una romántica en el armario que rechaza los cuernos como componentes imprescindibles en lote de las parejas longevas. Sí, entiendo que no somos monogámicos, que echar una cana al aire es  un tic de la especie animal, que acostarse todos los días con el mismo puede ser monocromático. Pero entonces quizás haya que jugar en otra liga, la del pentatlón. No pasarte veinte años de engaño con un marido y un amante, dándoles a cada uno lo suyo. Que viene a ser como practicar tiro con pistola, esgrima, natación, salto ecuestre de obstáculos y carrera a campo a través sin dopaje ni vocación. Un sindiós. 

Hay virtuosos de la bicefalia, de la ambivalencia, de la ambigüedad. Tocan piezas tan endiabladas que terminan como Glenn Gould http://youtu.be/g7LWANJFHEs, con la capeza apoyada en las teclas de su piano. Exhaustos. Tengo alguna amiga que ha simultaneado relaciones poniendo distintas músicas al móvil, según llamara uno u otro. Con el corazón al galope. Con una voz diferente si su interlocutor era A o B. Y con inevitables fallos de estrategia cuando olvidaba a quién le había dicho qué.

En realidad, lo que envidio es el talento ajeno para la simultaneidad. El día que no achicharro las lentejas salgo a la calle ligera y ufana. Me gustaría haber aprendido a tocar el oboe, el instrumento más sensual de todos, pero tendré que ceñirme a la percusión de la campana para llamar a las Chukis al orden. Y en cuando a la fidelidad, no he sido muy constante en el seguimiento del curso CCC para ventrílocuos del amor. Y cuando miento se me pone una cara de trola que ni Rajoy en campaña.

Así que voy a practicar acciones conjuntas imposibles yéndome en bici con falta de tubo y tacones. Atenta a España Directo que lo mismo me sacan en la tele y logro mis quince minutos de fama. Como Glenn, como Clinton... http://youtu.be/KiIP_KDQmXs