sábado, 25 de junio de 2011

BYE,BYE!

Mi querida Big-Bang:


Tenemos que hablar. De acuerdo, cuando a uno le dicen esa frase suele ser para romper. Hablar y cortar una relación son sinónimos pero, ¿entonces el silencio es lo que perpetúa el amor? 

La cuestión es que casi dos años después de tumbarme en tu diván mis contradicciones han ido in crescendo mientras mi cuenta corriente se quedaba exhausta. Cuestas lo mismo que unos Jimmy Choo que me están llamando a gritos desde el escaparate de una zapatería, y lo he interpretado como una señal: si no puedo reparar los cables de mi cabeza, sí lucir unos pies deluxe. La vida interior está muy, muy sobrevalorada.

Dos años de terapia me han hecho una resabiada, una temperamental militante, una rapsoda sin verso. En las cenas de sociedad soy capaz de epatar con dos o tres conceptos lacanianos, pero luego, en casa, no sé dormir sin las pastillacas. Es más, mi botiquín está completo, de la A a la Z, y sin embargo esta desazón mañanera sigue ahí. Justo debajo de las mechas que cambian peligrosamente de color según el brote psicótico de la temporada.

Te dejo, porque te has quedado fuera, descatalogada y apenas tomas notas de lo mío. Te aburro, me aburres, y es mejor que quedemos como amigas. Eso es lo que dicen las parejas cuando rompen, una vulgaridad que no oculta la evidencia: tú a Boston y yo a California...


Te dejo. Me han hablado de un tal Gabriel Byrne que hace terapia mientras te mira intensamente. Voy a escribirle a ver si le interesa mi caso. El hombre es de pocas palabras, lo sé, pero tan guapo que siempre podemos mirarnos a los ojos y mantener ahí, clavada en el chester de cuero, la tensión sexual no resuelta.

No sos vos, soy yo. Eso también lo dicen los que rompen, para aligerar el peso de la culpa. Pero realidad pienso que elegí mal a la interlocutora. Que fuera sordomuda parecía transgresor y moderno, pero he acabado hablando sola a 100 eurazos la sesión. Y eso sólo le mola a un tal Woody Allen que, por cierto, también se aburre. Al menos eso deduzco de su cine.

Haz lo que quieras con mi historial, menos tirarlo a un contenedor, que los carga el diablo. Y ahora sí, ahí te va la despedida.http://youtu.be/ansayqrjgxk

jueves, 23 de junio de 2011

SEXO FANTASMAL

Mi querida Big-Bang:


Mi amiga A. se ha acostado con un fantasma. "Ahora llaman así al fracaso sexual", pensarás. Pero también podrías pensar que se lo ha hecho con un tipo fanfarrón. Uno de esos que piensa que es un virtuoso, porque en realidad no ha podido compararse con otros amantes. La relatividad no es eso que se inventó Einstein en un arrebato de genio, sino la ley que permite que situemos nuestros talentos en funcion de los de los demás. Pero el amante fantasma es en sí un ser absoluto: "te voy a hacer algo que vas a ver las estrellas, chati".

Visto así, acostarse con un fantasma de los otros tiene sus ventajas. No ocupa espacio en tu cama, no te sobresalta con esos estertores como de moribundo que tienen las personas satisfechas en su fase REM, y no te planta la pierna sobre tus muslos en una maniobra de sutil aproximación postcoital. A mí el cariño postextático me pone loca, pero luego quiero que me dejen dormir, porque soy de sueño liviano.

Imagino que un fantasma en tu cama te sopla al oído, mientras que el otro te cuenta sus hazañas con muchas subordinadas y mucho yoyoyó. A mí más de tres subordinadas seguidas me aturden. Igual que los gerundios en demasía, el adjetivo emblemático y las coletillas, con especial inquina (ya lo he contado) por el "como digo yo".

Pero un fantasma, digo yo, debería ser un tipo callado que deja que discurran tus pensamientos, tus fruslerías fantasiosas, por sus fueros. No es que tenga mucha experiencia al respecto, pero si mi querida A me hace un relato al detalle -y vive dios que hoy se dispone a ello- lograré esa experiencia vicaria y será como un trance de sexo fantasmal. Porque A, además de escribir pelis como nadie, jamás es gerundiótica y mucho menos retórica.

 Como soy retorcida, te pregunto ahora: ¿Has pensado el éxito que tendría una versión porno de Poltergeist? Con Drew Barrymore, desde luego, siendo abducida por un televisor pantalla plana con un macizo dentro que aúlla ante la inminente engullida de tanta turgencia en deshabillé. También los Cazafantasmas admiten un remake con muchas X, por esas mangueras que llevaban cogadas al hombro, y doy por hecho que Drácula ya ha sido adaptada al género del jadeo y el escorzo resudado, pero como soy de cole de monjas no la he visto.

Te dejo, que debo ir a recoger a mi amiga para un día de sol y confidencias. Espero tenga el detalle de presentarme a su fantasma. Compartir es vivir, nena, y un espíritu bien dosificado nos puede deparar largas sesiones de placer sin redundancia. Sin subordinación.

martes, 21 de junio de 2011

BANCO DE RECUERDOS

Mi querida Big-Bang:


El anuncio lo dice bien claro: "Buscamos voluntarios para un test de implantación de recuerdos". Justo lo que yo necesito. Ser desmemoriada tiene sus ventajas, es verdad, pero nada comparable a despertar convencida de que tú inventaste la minifalda -no Mary Quant- tú hiciste abdicar con tus encantos a Eduardo de Inglaterra y tú pusiste el primer pie con tacones en Marte.

A mí "Desafío Total" siempre me pareció una gran película. Que el tipo pensara que estaba casado con aquella chunga era una lástima, pero entonces Arnold era sólo Schwarzenegger y no Californicator, como ahora. Él soñaba con ser Presidente de los Estados Unidos, y en su lugar lo mandaron a un sitio con mutantes de tres tetas y bebidas con humo de discoteca. Ten cuidado con lo que sueñas, no sea que se cumpla. Viste tres pechos, quisite cuatro y una cosa llevó a la otra. O sea, al hijo ilegítimo y a la esposa despechada.

Puestos a implantarme recuerdos, espero que no sea con el dispositivo de la pistola que en se introducía por la nariz y disparaba una bala de pinchos al cerebro. Más que amnésica soy alérgica a la munición pesada. También a las agujas. Cada vez que me hago un análisis grito antes de que me las metan en las venas y protesto porque el chute es cosa de yonkis, no de rubias que buscan recuerdos como quien busca el Santo Grial.

Recuerdo haber sido abducida en las calles de París. Sí. Woody Allen ha contado algo así en "Midnight en París", pero es porque fue al mismo banco de implantación que yo. Entre mis recuerdos hay una historia que anda escribiendo Lorry Moore y que espero rematar yo antes. Recuerdo haber sido la amante de Jeremy Irons cuando ambos paseábamos por Brideshead, esa mansión tan british, tan deliciosamente gay. Este sueño, me dicen, lo tuvo igualito Loles León, pero en el suyo terminaba con la cadera rota y en urgencias. Espero que mi implantador sea capaz de quitarle las escaleras empinadas del Ritz al mío.

Te dejo, que debo prepararme a conciencia para el experimento. Ya tengo la dirección y una lista de lo que estaré convencida de haber sido cuando despierte. Y no hagas el chistecillo fácil de Napoleón, que los locos de ahora prefieren ser Steve Jobs o Paris Hilton. Yo estoy por decantarme, y admito sugerencias, aunque no estoy segura de que vaya a recordarlas...

lunes, 20 de junio de 2011

ESPOSAS, AMANTES

Mi querida Big-Bang:


Cierta figura institucional ha avisado a su mujer e hijos de que piensa concentrarse en su amante, a la que dicen que ha instalado a pocos metros de la residencia familiar. Todo muy civilizado, al parecer. En la casa oficial repartirá prebendas oficiales; en la oficiosa,  pasión desbordada, aunque señalaré que el hombre no parece estar para grandes despliegues eróticos. Con unos se sentará a la mesa, espalda recta, codos en su sitio, lenguado meunier en el plato, y con la otra deshará las sábanas -cadera en alto, rodillas a la remanguillé, champán francés en la mesilla- mientras se lamenta de no haber nacido en otra estirpe, en otro tiempo en el que las amantes eran figuras tan imprescindibles y cotidianas como la torre en el ajedrez.

A mí las amantes me han parecido siempre mucho más interesantes que las esposas. Mucho más literarias, mucho más casquivanas. En el cine la mujer es siempre pringada, no pisa la peluquería y viste algodón orgánico en tonos visón, mientras la otra lleva modelazos rojo sangre y la pedicura a punto. Glenn Close en Atracción Fatal. Diría que los armarios, neveras y librerías de las queridas encierran objetos tentadores. Pero eso es porque tengo muy sobrevalorado el amor libre.

Pienso en mi fantasía que con una amante no se habla de facturas, de citas con Hacienda ni del rendimiento escolar de los hijos, sino de los escorzos de Rubens, el despertar de las clases medias indignadas o el concierto para oboe de Albinoni. Una amante no comparte la cotidianidad. Ese sustrato de tierra. Una amante es cemento puro. Siempre dispuesta al revolcón, a la calada de pitillo postcoital, a la habitación deluxe con sábanas de algodón egipcio.

De rutina y desenfreno hablo con mi sabia amiga A-2. Una hora y veinte de aseveraciones sobre el amor y sus contornos. Ambas estamos de acuerdo. No queremos ser esposas, no queremos pelearnos por el mando a distancia ni llenar las horas de conversaciones planas, ni terminar las frases con aseveraciones del tipo "es aburrido, sí, pero en el fondo le quiero".

...Y sin embargo, sentimos que el cemento sin arena no construye. Que llevar siempre la pedicura a punto es una trabajera y que las mallas de algodón orgánico son lo mejor para estirarse en el sofá sin esperar a que llegue ese tipo que ha mentido a su propia para robarte unas horas. Y que beber champán todo el rato es indigesto. Y que citar a Baudelaire en el orgasmo es redicho, sobreactuado y petulante. Y que siempre, al final, la amante se queda sola, tiritando en el quicio de la puerta mientras el tipo corre a comer lentejas a su residencia oficial donde la chimenea está a punto y los hijos llenan la nada de la pareja con los ruidos de la Play Station.

No sé si compadezco más a la esposa del tipo citado o a la amante que acaba de instalarse. Pero si tuviera que imaginar un final para esa historia, lo tengo claro. Una acude cierto día a pedir la sal a la vecina. Se miran con recelo, empiezan a charlar y con el tiempo terminan siendo amigas y condenan al señor a vivir solo con todos sus galones y su cadera rota. Luego ponen la tele, hacen palomitas en el microondas  y se ríen a dúo viendo por enésima vez "El Apartamento".  Con la ilusión y el calor de la amistad en blanco y negro.

P.D. A mi amiga A-2, compañera de tantos laberintos.

domingo, 19 de junio de 2011

SUEÑOS CON GINGER-ALE




Hay personas que encierran un naufragio. Eso he soñado. La bruja siempre me lo advierte: "Cuidado con Capricornio, vigila a ese Piscis que te chupa la energía".  Hay carreteras sin arcén y chicos que juegan demasiado a la ruleta rusa. Admito que dormir poco le sienta mal a mis entendederas, pero esta noche he sido arrasada por una ola. Humedad y frío. ¿Cuál es yo palabra favorita del español/castellano? preguntaban ayer. Devastación.

Hay un juego que consiste en cuestionar hasta las convicciones más íntimas. El objetivo es detectar las inercias de una carrera alocada en una dirección que en el fondo nunca hubieras elegido. Por ejemplo: adorar las mangas murciélago. Admirar a Anish Kapoor. Ser de izquierdas, ser de derechas pero desubicado y sin siglas que te acojan. Fingirte madre sacrificada. Beber ginger-ale.

Nadie que beba ginger-ale debería dudar de sus intenciones. Tiene un sabor a medicina. Como si te bebieras un Nolotil inyectable.

Una vez me bebí dos nolotiles. Me había hecho un esguince de altos vuelos y se trataba de ir a que un tal Jesús El Brujo hiciera de las suyas en lugar de la opción B: 21 días de escayola. El citado Brujo no me avisaba de los Capricornios, ni siquiera de mis colegas Aries, sino que con un punzón acabado en curva apretaba con tal saña mi pie que el dolor amenazaba desmayo. El Brujo tenía ciertas convicciones: el dolor, catártico, eliminaría el revoltijo de nervios tarados que era mi tobillo. Yo quería llorar y me tragué in situ el segundo Nolotil. Pensé de inmediato:"Sabe a Ginger-Ale".

Que Nolotil y Ginger-Ale sean acciones sucesivas es una convicción profunda. Anótese. Que algunas veces Amish Kapoor no te da un subidón lisérgico, también. Que si te rodeas de seres naufragio acabarás enterrado en sal y en vuelto en algas, la tercera.

Ya te he dado elementos para que te marques una interpretación tal vez lacaniana de mis sueños. Me vuelvo a la cama. He de empezar un domingo mejor que este domingo. Mi nueva palabra favorita del español también llamado castellano (Lázaro Carreter dejó su huella en mí, comprobarás) es renacimiento.

Leonardo da Vinci, yo te invoco.

P.D. Jesús el Brujo se retiró, me cuentan. Fijo que vive en Marbella, en su moreno perenne de Casino y store Dolce&Gabbana. Me preguntó qué habrá hecho con sus punzones curvos. Cuendo pienso en él pienso en Tino Casal.  http://youtu.be/-tZVHCkrmjo

sábado, 18 de junio de 2011

LUGARES COMUNES

Mi querida Big-Bang:



¿Puede un artista pop ser de derechas? Al parecer hay quien lo pone en duda y monta un pollo a la pobre Russian Red por atreverse a confesar su ideología azul. Si eres artista tu obligación es ser maldito, contrario al libremercado, al té con limón y pastas  y a las camisas con iniciales bordadas. Si te subes a un escenario qué menos que vestir tu alma de cuero negro con tatuajes, vomitar sobre la tumba de un  liberal insigne e incorporar el término fuck a alguna letra. Pero además, fumarás, tendrás un pasado lleno de sustancias chungas y una colección de bragas y sujetadores rojos lanzada por las fans en una noche de delirio y desenfreno.

En cambio, un abogado de bufete puede  llevar con solvencia un polo azul con la bandera cuando se quita el traje de Ermenegildo Zegna. El pelo, de estilista y con gomina en homenaje al tiburón de los 90, y vermouth con aceituna en el aperitivo del club de campo donde devana los sábados con sus amigos mientras las esposas charlan al sol. Es un tópico, desde luego. Pero abogado de éxito va unido a heterosexualidad militante, foie con manzana asada y aftershave de Dior. 

Si en cambio eres obrero de la construcción, más te vale ser de izquierdas y atacar a "los ricos" en tu discurso. Además, tendrás que decir que eres de clase "trabajadora", porque ya se sabe que los de oficina y traje no trabajan. Sólo dejan pasar las horas al sol del flexo mientras cierran operaciones de vértigo que los hacen aún más ricos. Otra falacia.

Si eres ama de casa escóndete o las chungas arrugaremos la nariz dando por hecho que sólo nos resta hablar de hijos, del look de Ana Rosa o de recetas de cocina de más de 10 minutos de elaboración. Daremos por hecho que consideráis que "Los Pilares de la Tierra" es alta literatura, que habéis ahogado vuestras aspiraciones en un vaso de moscatel y que vuestros armarios están impecables, ordenados y asténicos como vuestro corazón. Sois, en nuestro injusto discernimiento, un poco Sarah Palin, un poco Vilma Picapiedra, un poco Doris Day. Y folláis (con perdón) los domingos y fiestas de guardar.

Prejuicios. Las rubias somos tontas, nos liamos en las glorietas, juramos por Frida Giannini, amamos a destajo a rockeros malditos y rapsodas del verso. Vivimos en Bauhaus, vemos cine francés y moriremos tontamente cuando el tacón de un zapato se quede atrapado en las vías del tren el día que corríamos a poner el tinte a tono con nuestro deshilachado frenesí.

Artistas locos, taxistas fachas, tertulianos incultos, peluqueros gays, actores narcisistas, arquitectos esnobs, argentinos freudianos...

Sin etiquetas estaríamos perdidos. Con etiquetas, me temo que también.

jueves, 16 de junio de 2011

CHUPETONES

Mi querida Big-Bang:


Ayer tuve una interesante conversación antropológico-sexual: "¿A qué edad te dieron el primer chupetón?" Y, a más a más, ¿a quién le excita que le succionen el cuello hasta el dolor si no es para mostrar el banderín morado al día siguiente? Aunque pueda parecerlo, no es baladí. En mi adolescencia cándida se dividía a las chicas entre "las que se dejaban" y "las que no". Ahórrame la humillación de confesar en qué grupo estaba yo. Las primeras, desde luego, lucieron sus primeras letras escarlatas en el cuello antes de caerse de la bici y las mostraban al grupo como prueba de cierto estatus social. Luego sacaban un pañuelito de algodón y rodeaban las pruebas del beso ventosa para que en casa el tercer grado de sus padres no las llevara de patitas al cuarto de pensar.

"Yo no fui nunca de chupetones", me confesaba ayer mi amigo J. por mail, desde su oficina. Y seguramente muchos de los chicos de mi pandilla, tampoco. Pero dejar la huella de su masculinidad imberbe era como hacer un caballito con esas motos sin silenciador. Como mear un territorio. Y ahí no valían gentilezas de enamorado sino gestos de macho man. Ser adolescente era ser un poco Berlusconi, un poco Steve McQuenn, un poco Tom Cruise pre Cienciología y prerumorología gay.

Y enfatizo. Ser adolescente era un asco. Había que hacer lo que otros hacían o someterse a esas miraditas que ponían en duda la masculinidad. A nosotras, mientras tanto, nos clasificaban en vírgenes o putas. Sin grados intermedios. Y no estaba claro qué situación era más confortable, pero sí que, en el machismo dominante, se daba por hecho que la puta era para los 17 años y la virgen para la eternidad.

Ayer me crucé con una amiga de mi hija. Llevaba chupetones en el cuello, ocultos a duras penas por su melena preciosa. Me pilló olisqueando las pruebas del crimen. Puso cara de pavor y salió pitando. Su padre, al parecer, también los vio y se hizo el loco. A cambio, me cuenta mi hija, consiguió que la niña confesara la verdad: tiene un novio, lleva dos días comiendo con él a escondidas mientras sus padres piensan que está en el comedor escolar. Se ha enamorado y tiene pareja "como todos los de la clase, si no pareces tonto".

A cierta edad las sensaciones de la adolescencia parecen haberse ido para siempre. Sin embargo están ahí, como el primer beso a tornillo y el primer magreo excitante en el cine de verano. Y entonces recuerdas que fue bonito aunque tu padre te pegara una bofetada cuando llegaste en moto con tu noviete tras darte la madre de todos los lotes fuera del límite horario.

Y entonces encuentras que un chupetón no es sólo una insignia, una prueba iniciática, sino un tanteo, la primera aproximación a la carne que las "vírgenes" captasteis tarde y mal y que las "putas" -benditas ellas- probaron quizás para demostrar que estaban preparadas para poner un pie en el mundo adulto. Quizás para demostrar a sus novios que no eran pacatas. Quizás, simplemente, porque se habían enamorado y acababan de desplegar el mapa de su corazón que, casualmente, pasaba por su cuello.

miércoles, 15 de junio de 2011

EXPEDIENTE WHISKY

Mi querida Big-Bang:


¿Puede una botella del whisky de malta evaporarse solita sin que nadie haya roto el precinto? Necesito urgente un físico de buen ver que venga a casa con su maletín de CSI. Yo, como sabes, soy alcohólica selectiva. El whisky lo encuentro muy intelectual, muy laurenbacalliano, pero donde esté una gin canalla estilo Dashiell Hamett que se quiten los dulces tonos maderas para chimeneas de hotel con hilo musical.

De acuerdo, ahora me enemistaré con parte de la población etílica, que es lo que me faltaba, pensarás. Pero es que bebo ginebra por simpatía, aunque disto de ser una olímpica como mi amiga E., que en las noches de luna y barra con bola de espejos ochenteros acostumbra a sentenciar: "las profesionales tomamos Larios". A mí lo de profesionalizar el alcoholismo me hace cierta gracia pero, nena, no estás aquí para chutarte un panegírico del drinking, sino para resolver tu expediente X doméstico.

A saber: andaba yo buscando la botella de vinagre del cutre para espantar los piojos de las chukis (sí, una tiene su glamour y también faunas chupadoras de sangre, tan de clase media). Digo que justo iba a por esa botella cuando me encontré con la otra. Un ejemplar de whisky raro que me trajo el grecochipriota novio de mi amiga M., con su preciosa botella desing, y que pensé: "bebérbela, lo que viene a ser bebérmela, no creo que lo haga, pero performante para mis noches de echados a perder es un rato". Y ahí se quedó, esperando su oportunidad de lucimiento.

Otro inciso. Encuentro sexy al bebedor de whisky. Tengo para mí que tomar alcohol puro sólo con hielo es como bendecir el cáliz, con perdón. Tiene algo de ritual religioso y esa pausa mientras se deshace que acompañada de un pitillo otorga al sujeto un aire a cine negro de calidad que bien merece el vicio doble. Pero al parecer alguien en mi casa ha pensado lo mismo y se ha entregado a fondo, no sin tener el detalle de dejar apenas dos centímetros de bebida, que me hicieron pegar un bote y avinagrarme la cara.

¿¿¿¿¿Quien se ha bebido el whisky grecochipriotaaaaaaaa???? bramé por el pasillo. Nadie. Por supuesto. La dolescente entró en brote rebelde y me dio con la puerta en las narices; minichuki quería saber urgentemente qué era eso de grecochipriota (¿es un insulto, mami? Mola!) y J., como experto en hurtos etílicos y ex bebedor militante, me sugirió al otro lado del teléfono: "Chitina, ¿estás segura de que no has sido tú en un mal día?".

Tras el éxito de mis investigaciones, precinté el mueble bar, con unos guantes blancos tal y como había visto hacerlo a Chulín, el mayordomo de Angela Channing en Falcon Crest. Uno de mis ídolos. Espero no haber dejado demasiadas huellas falsas. Hoy no pienso moverme del sofá hasta que llegue mi físico Holmes. Y, si se retrasa, lo mismo me echo un dedo de malta on the rocks y sueño con esa melena tan rubia, tan Lauren, tan Bacall.

Como dice mi amigo el Chino (y no es un delincuente de descampado pese a lo que el alias pueda sugerir), "desconfío de la gente que no prueba el alcohol". Yo también, pero más aún de los que asaltan el bar de una familia para ponerse hasta las trancas de whisky ajeno. Espero que tengan retortijones grecochipriotas en estos momentos.

PD. Dedicado a Bombay, Hendricks, London y esas otras amigas que convierten las noches de amistad y risas en asombrosas películas de Peter Sellers.

martes, 14 de junio de 2011

ESTADO CRÍTICO



Me dispongo a ser autora de una sola obra. Me parece contundente, radical y ventajoso. Si a los alumnos les cae como pregunta en un examen final, se frotarán las manos. "Chupado, la mediocre esta sólo escribió una novela", y rellenarán sin descanso un folio, puede que dos, glosando ese título que me hizo póstuma. Creo que rematar un título y echarse a dormir es la gloria bendita. No admitirá comparaciones. Al fin y al cabo, cada autor es conocido mayormente por una sola obra. La Montaña Mágica se comió a todas las demás (colinas, precipicios, badenes) y Thomas Mann será siempre a su hospital de tísicos lo que Nabokov a Lolita. 

Un epitafio redondo: "Murió dejando viudo y un best seller". O sin viudo, al paso que vamos. Aunque "deja un reguero de amantes complacidos" tampoco estaría mal. Un viudo tiene su propia biografía, pero doscientas páginas de ficción son en sí mismas una vida que renace y se perpetúa en cada insensato que se aviene a manosearla. Lampedusa se quedó varado a El Gatopardo y quien no la ha leído al menos ha visto la película. "Fue un autor de una sola obra", arrancaría el examen de los alumnos aplicados. Mucho más contundente que glosar a Shakespeare con toda esa parafernalia de obras maestras y la anécdota de que murió (¿o nació?) el mismo día que Cervantes, pero en Stradford-on-Avon.

Quien escribe dos obras cae en un infiermo peor que el de Dante: las comparaciones. Que te comparen con otro es un cataclismo. A mí me ha pasado. Siempre hay una rubia más alta, más impertinente y menos oxigenada que yo en los salones que frecuento. Pero competir contigo misma es un cáncer terminal. "Su primera novela muestra un universo propio lleno de matices..."diría el crítico despiadado, para arremeter a continuación: "En cambio ésta es epítome de la desorientación de una creadora sin mundo propio que un día, sí, un día, tuvo una idea medio luminosa y entró en un trance psicotrópico que le permitió parir un título que ya se me ha olvidado"

Ser pasto de un crítico es letal. Mi amigo R. lo tiene claro:"el mejor estado de un crítico es el estado crítico". Como buen mozo de espadas atípico, leído y delicado, dice saber de antemano lo que las crónicas glosarán de su torero al día siguiente de la faena. "Pues nada, dile que haga exactamente lo que se espera de él", le recomiendo. Pero claro, eso lo sitúa en zona de peligro porque ¿y si se trata de su última corrida? ¿deberá tirarse de frente hacie el Mihura para satisfacer la sed de sangre de los que escriben calentitos en la falda camilla de sus casas?

Aquí lo dejo que debo darle vueltas a mi unica novela. La posteridad hay que currársela de sol a sol y ahó fuera hay un ejército de nasciturus que tienen un examen que aprobar a mi costa. Me encomiendo a la virgen de los escritores de una sola obra, a la piedad de los lectores de un solo libro, a la incompetencia de los críticos de una sola obsesión. ¡Embestid, malditos!.

A mi querido R., tan fiel en la distancia, tan gentil.

lunes, 13 de junio de 2011

DE ZORRAS Y GALLINAS

Mi querida Big-Bang:


Últimamente doy con grupos de gente que presuponen mi ideología política y me invitan a opinar en consecuencia. Yo, que soy más bien torete  de esos a los que enseñan el trapo y entran a matar, me cohíbo porque me puede la educación de las monjas y porque en el fondo me planteo si no tendré pinta de votar a ésos. Si he madurado en mis ideas mientras mi look me contradecía y hacía de las suyas. Si las mechas rubias las carga el diablo y sólo pueden corresponder a unas siglas. Y debo hacérmelo mirar.

Hasta los 40 uno tiene la cara que trajo al mundo, a partir de entonces empieza a tener la que se hace a sí mismo. Algo así dicen. Y corro a escrutarme al espejo, por si debo corregir el rictus antes de que sea demasiado tarde. No es que quiera ser transparente y entrar con una bandera a los locales donde alterno, pero me sobrecogen esas sonrisas de cocodrilo invitándome a compartir sus manjares de sangre. No soy de los vuestros, chitines, pero ¿quiero parecer de los otros?

La antigregaria que me habita se encontró el otro día con un espectáculo bello. Era en la plaza de un pueblo de Valencia. Un pueblo feo como la madre que lo trajo, donde no había un estilo arquitectónico sino tantos como casas: de ladrillo, de cemento, de azulejos de baño... Sólo una iglesia barroca defendía el derecho a una porción de belleza local. Pero era lo de menos. Lo de más era la asamblea de vecinos reunida en el centro de la plaza. Sentados, de pie, ancianos, jóvenes, perroflaúticos, bakalas, pijos. Eran los del 15-M, y no hablaban de soflamas políticas sino de agricultura sostenible. 

Tomó la palabra una chica estilo hierbas con una planta entre sus manos y empezó a explicar la importancia del cultivo y el respeto al medio ambiente. Todos la escuchaban y asentían o, como mínimo la dejaban hablar. Me pareció tan político, tan increíblemente civilizado, ver a ese pueblo parar el tiempo para hablar de lechugas por turnos, que me reconcilié con mis prejucios de rubia con mechas respecto a los grupos que se juntan para ocultar taras en la masa.

Luego, mirando esas fachadas del horror, no pude evitar pensar en esos políticos bien aseados que los gobiernan; que cruzan por teléfono conversaciones chungas donde se habla de pelotazos urbanísticos. Que han tenido los santos huevos (con perdón) de presentarse a unas elecciones para obtener la custodia de los impuesto que pagan los que salen a la plaza a exponer su alma y su palabra. Que, en algunos casos, se sentarán en el banquillo y quiera dios que los juzguen y los condenen a lo que se merecen, si se lo merecen.

Hay pueblos que no son lo que parecen. Hay lugares desoladores como un plano de Mad-Max donde la gente es pacífica y cede el turno de palabra a sus vecinos. Gente que pasa la tarde del sábado practicando la política como los griegos la inventaron. Y luego están esos otros que no han pisado una plaza más que en periodo electoral. Que no enseñan a plantar tomates sin agredir al sol sino a confiar en la zorra minutos antes de que entre al gallinero.

Así que gracias al 15-M con todos sus defectos y todos mis prejuicios. Ahora que habéis levantado el campamento me gustáis todavía más. Y a la chica valenciana, que sepas que pienso plantar una lechuga sostenible en el alféizar de mi ventana. Eso es lo que pienso.

domingo, 12 de junio de 2011

INTERCAMBIO DE CROMOS

Mi querida Big-Bang:



A la hija de H. su novio le rompió el corazón pero le dejó en herencia un idioma. No me parece mal intercambio. Al fin y al cabo, los corazones rotos se recomponen con superglue pero el francés con acento de Marsella es como el sueldo Nescafé: para toda la vida. En mi observación enfermiza de las parejas suelo buscar intercambios. Belleza por poder es uno de los habituales. Juventud por dinero otro, bastante vulgar, como apellido por fortuna o espesura por frivolidad. Hay quien elige seguridad pero renuncia a la pasión. Y quien ha decidido que no quiere terminar sus días solo y anda buscando un vagón de carga que lo acompañe en sus miserias. Una lástima.

Los seres solos buscan parejas virtuales directamente sacados de su imaginario fantástico. "A mí me pone el Príncipe de Zamunda, ¿a ti no?" me preguntó hace unos días A., mientras confeccionábamos la lista de los macizos interplanetarios. Y acto seguido, para ahogar mi carcajada, me plantó un fotamen de Will Smith que no daba lugar a dudas. "Intercambia su torso por tu lengua", me atreví a sugerirle, y el hombre se quedó pensativo, imaginando tal vez los reovecos por los que podría repasar su objeto intercambiable. Cromos, la vida son cromos, musitaba yo pensando qué podría ofrecer al mercado del amor: ¿gracejo por equilibrio?¿desmesura por iluminación? ¿inoperancia por una casa en Torrevieja, Alicante?

Escribo la lista de parejas que me gustan. Susan Sarandon y Tim Robbins era una de mis favoritas y la taché con dolor de corazón. Las de Naomi Campbell tienen  siempre un tufillo mafioso. Seguramente intercambian bombas de nitrógeno por detonadores en buen estado. Madonna es aficionada al intercambio de músculos hipertróficos por carne hiperfirme; A Kate Moss le gusta el trueque de perdición por desatino y Demi Moore se ha afiliado a cambiar hialurónico por estupidez imberbe. Es obvio que esa pareja me da repelús. Y no por que ella sea la madre de todas las cougar, sino porque él -Ashton-ton-ton- tiene pinta de no haber cazado un pensamiento propio en su corta vida.

Moraleja: Si tu novio te planta dejándote en prenda un idioma, bésale y perdona el atropello. Se puede amar de muchos modos, pero sólo hay una manera de decir "The rain in Spain stays mainly in the plain" correctamente. Eliza, la florista chunga de "My fair lady", lo tuvo claro. Aprendamos de nuestras musas.

sábado, 11 de junio de 2011

ENVIDIA DE GLENN GOULD

Mi querida Big-Bang:


La envidia es una forma de suicidio. No lo digo yo, lo dice el autor del libro que estoy leyendo, "El Malogrado", de Thomas Bernhard, que me recomendó mi amigo H. El destino fatal de dos jóvenes pianistas, virtuosos, que tienen la desgracia de ser amigos de un genio indiscutible, radical, Glenn Gould. El pianista que pasó a la historia por dotar a las Variaciones Golberg de Bach de un eco salvaje y prodigioso. Contrahecho sobre su Steinway, Glenn acariciaba con fuerza las teclas sin dejar de tararear, mientras sus dos amigos en la ficción contaban las horas para borrarse del mapa y tiraban sus pianos y sus vidas por la borda. Ante el prodigio de ver en otro lo que uno asía y nunca alcanzará, sólo parece caber una salida. La muerte.

Yo siempre he envidiado las melenas rubias naturales. Esos cabellos finos, abundantes y ligeramente ensortijados. El de Farraw Fawcett, un suponer. También esas piernas largas y estilizadas,  a juego con tobillos mínimos. Las cinturas marcadas, el manejo en tres idiomas, conducir marcha atrás sin atropellar viandantes, el alcoholismo sin resaca, el sexo sin cigarro postcoital o levantarte y tener ante tus ojos un olivo, el árbol de mi vida. También la ingenua alegría de las novias en su día grande. Sería un bello deja vù.  

Por lo demás, los envidiosos me caen fatal. No sólo porque se suicidan tras dar la barrila a sus cercanos, sino porque con su ansiedad impiden que tú disfrutes de tu olivo.

Lo de las novias viene a que acabo de ver con horror a Lucía Etxebarria vestida de merengue ilusión en un periódico. La activista del sexo sucio y la provocación vestida de literatura se ha casado. Dice que para adoptar a un niño. Me parece una buena excusa. Aquí, en el hotel del naranjal, hoy hay boda y envidio esa alegría volandera de las invitadas que aguardan la llegada de la noche para ponerse sus bucles y su escote palabra de honor, excitadas ante la idea de pillar el ramo. J.y yo tenemos un plan: asaltar la barra libre con nocturnidad y alevosía y bebernos unos gin tonics a la salud del amor total. Suponemos que un pionista mediocre tocará a Richard Clayderman vestido de color crema, y que la madre de la novia tonteará ligeramete con el padre del novio y será el único día del año en el que sienta un cuerpo tan cerca de un hombre que no es su marido. Y quizás envidiará lo que pudo haber sido y no fue. Excitante.

La  envidia mueve el mundo y lo convierte en un estercolero. Eso es lo que pienso. De todas las pulsiones se me antoja la más feroz. Hay quien se tira al río atado a la pata de su piano y quien se pasa la vida dando por saco con melodías mal interpretadas. Y lo llaman vivir. No sé qué pensaría Glenn Gould al respecto, aunque sospecho que el genio no es consciente de sí mismo. Si acaso mira con perplejidad cómo sus amigos van quitándose la vida. Y los despide con una de Bach.

viernes, 10 de junio de 2011

DESEO Y TORMENTA

Mi querida Big-Bang:


Me aterra conducir con granizo. Cada vez que me escapo con el ánimo de reconstruirme me cae por el camino el diluvio universal. Es una maldición. Anoche volvió a pasar. Íbamos J. y yo directos hacia la tormenta. "Mira, allí debe estar sobreviniendo el fin del mundo", me anunció. Y yo que si conduzco no pienso, seguí apretando el acelerador, como George Clooney, con determinación hacia la madre de todas las tormentas. Cayó un pedrusco sobre el coche. El anuncio de lo que vendría después.

Me aterra conducir bajo un pedregal que borra las líneas de la carretera y convierte en cristal del coche en una plañidera histérica. Me aterra conducir cinco horas cuando iban a ser tres.

Lo mejor fue parar en una gasolinera-bar de esas con puticlub adosado. El Oasis. Un lupanar con neón de palmera y un elefante sonriente. "Que no, que es una pareja, ¿no lo ves?", me corrigió J. Un elefante me parece poco libidinoso a pesar del chorro y de la trompa y un puticlub junto a un bar de carretera el paraíso para descansar del granizo en brazos de una mulata, tal vez. Cariñosa y acostumbrada a calmar los riñones exhaustos de los camioneros.

Pero en su lugar nos conformamos con la camarera del bar. Gabriela. Una mujer del Este que parecía haberse tragado un sable y parte de otro. Seria, puteada e inaccesible a las babas de los clientes, a los que odiaba sin disimulo. "Me pone una tortilla francesa...", le pedí con cara de: "Soy tía y te comprendo. Esos de ahí son unos cerdos que deberían haber entrado en El Oasis, pero se han quedado escorados en tu barra y esperan la misma comprensión y cariño. Aplacar su celo con un bocadillo de calamares". Ella, gélida, se dirigió a por los huevos, que batió con energía y cara de perro, para lanzarlos a la plancha y seguir a lo suyo, el desdén y la furia.

"Seguro que es la que más curra y la que menos cobra", apuntó J., que es sociólogo y ejerce mayormente en los antros y cuando graniza. Lo clavó, porque la mujer dejó mis huevos al albur de una plancha que hervía, mientras yo observaba cómo mi tortilla alcanzaba el punto de calcinación sin que ella mirase ni de reojo. La venganza de la camarera, un clásico junto a la venganza del camarero, ése que se mea en tu ensalada si le pusiste mala cara en los previos.

Tras la tormenta, proseguimos el viaje, dejando a Gabriela tiritando con muchos hombres feos a su alrededor. "Di adiós a La Parada de los Monstruos", sentenció J. justo cuando hacía su entrada un tipo siniestro con aspecto de buscar alguna sustancia prohibida. En el coche sólo había una opción: Escuchar a Antonio Vega y su Lucha de Gigantes http://youtu.be/VpFrTfx15Ncmientras despedíamos con la mirada a las chicas de El Oasis. Uno de esos lugares tristes donde los hombres se refugian de sí mismos cuando graniza y las Gabrielas les ponen mala cara.

A veces, solo a veces, una no tiene ganas de llegar a su destino. Bukowski se habría puesto las botas.

jueves, 9 de junio de 2011

DEBUTANTES

Mi querida Big-Bang;


Soy muy partidaria de los rituales iniciáticos. Pero no de vestir a las niñas de novias mamarrachas con tejidos acrílicos para que empiecen a soñar con el hombre de su vida desde su más tierna infancia. Las comuniones, vistas a una media distancia, me parecen un desfile de debutantes enanas presentadas en sociedad sin que les falte un detalle. Con esos tules que podrían arder si se acercaran demasiado al cirio de la iglesia y esas mangas almidonadas que no pasarían las normas ISO de la pasarela más cutre del planeta.

Dirás que soy una resentida. A mí me llevaron a hacer la comunión vestida de monja pero sin toca. La mayor coquetería era un pequeño lazo de raso beige que mi madre colocó en un kiki por todo lo alto, como un estandarte santificador. Estaba claro. Buscábamos a dios, no un esposo. No al hombre de nuestra vida. Las niñas nos dividíamos en niñas de túnica y niñas de organdí. Esas que iban de novia con limosnero y velo con flores. Las espirituales y la ligerillas, las echadas al fuego espiritual y las echadas a perder.

La fantasía dual sigue en activo. El otro día vi la exposición "Quinceñeras" de Photoespaña. Un monumento de algodón rosa a la adolescencia más hortera y feroz. Se trata de una tradición laica que aún no hemos importado y que está arraigada en algunos países de Latinoamérica. A esa edad, cúlmen del pavo, las familias se desangran comprando un vestido blanco y muy acrílico a sus teenagers ansiosas. Hacen una gran fiesta y coronan el momentazo con un book. Un álbum que resume todas las fantasías que una joven presuntamente debe tener: la ensoñación en el puente del río (¿Kwuai?), el abandono lánguido junto a un descapotable de pega, las alas blancas de ángel con pose soñadora (y desnudas, juro que lo vi). Hay declaraciones de niñas que aseguran que por fin han podido maquillarse y "sentirse bonitas" y declaraciones de abuelos vestidos al estilo del Che diciendo que matarán a cualquiera que se acerque a "su niña, su ángel, su amor..." Pero algo me dice que esos vestidos son el pistoletazo de salida hacia un mundo adulto donde cualquiera que no estuviera ciego se fijaría en las debutantes merengue pintadas como monas.

Mi pequeña Minichuki lo tiene claro: "Pienso hacer la comunión, sí, pero con jeans blancos a conjunto con mi camiseta de Jim Morrison y mis deportivas, ¿vale, mami?". Me parece que no hay nada más solemne que ir a tu primer ritual iniciático con la ropa que mejor te retrata. Siendo tú misma y no la promesa de una esposa emperifollada. Mi chuki lo ha entendido a la primera y no seré yo quien la disuada de su voluntad. No quiero perpetuar el sueño de esas princesas enanas que aún creen con su disfraz que un príncipe con mallas las besará para hacerlas levitar de placer. Mi Chuki ya lo ha adivinado. Su felicidad son unos jeans y unas bambas. Y de lo del beso ya hablaremos, en su momento.

Espero que alguien rompa con las tradiciones Disney. Sueño con una pira de vestidos blancos con sus horribles cancanes. Y con que la adolescencia se celebre de blanco, quizás, en una enorme pradera donde alguien recite versos de un poeta inspirador que hable de celebrar la vida y no de acicalarse para atraer a los hombres. Seguimos en el pasado y por suerte mi pequeña Jim Morrison lo ha descubierto a sus 8 inquietos años.

martes, 7 de junio de 2011

DINER EN BLANC

Mi querida Big-Bang:




Ando fascinada con los franceses. Y no por Dominique SKN y su devota esposa, esa mujer fornida que lo lleva del brazo ante el juez y lo apoya a muerte frente a la camarera que lo acusa de violación porque los votos matrimoniales mal entendidos son así; tampoco por la diosa Bruni con su incimiente tripa chic. Sino por esa nueva manifestación de la grandeur llamada "diner en blanc" http://youtu.be/CtZtVxho1Zk.

Mientras a nuestros indignados del 15-M se les llenan las tiendas de perroflautas, los descendientes de Cristian Dior y de Coco Chanel convocan a las masas para cenar en lugares públicos. Se trata de un movimiento espontáneo porque hasta poco antes de la cita nadie sabe dónde tendrá lugar. Los afortunados reciben por sms una dirección -normalmente la boca del metro, a veces "Palais Royale"- y luego el lugar exacto: Campos Elíseos. El dress code haría levitar de placer al mismísimo Lagerfeld: todos van inmaculados, de blanco, con pañuelos de diferentes colores.  Y armados con mesas plegables, manteles impolutos y botellas de Moet&Chandon, porque aquí entienden que glamour y picnic pueden ir unidos. 

Las instrucciones de los llamados jefes de tropa son claras: al llegar al lugar de autos no pueden dispersarse con saludos. Montan su puesta en escena y atacan el foie mientras las fuerzas del orden se pasean a su alrededor sin tomar ninguna medida contundente, más allá de grabar el festín. A las doce de la noche, como obedientes cenicientas, los 10.000 hijos de San Luis recogen hasta el último papel y vuelven a sus casas, dejando un reguero blanco y la promesa de volver a estos San Fermines sin toros donde suena música culta y se cita a Baudeleire.

Entenderás mi fascinación por París. Cada vez que aterrizo allé me siento como Sabrina y miro a esas mujeres que sobrevuelan en bicicleta con sus trench cámel. Las Marianne, me gusta llamarlas. Con ese orgullo casi napoleónico aderezado de un toque de mariantonietismo necesario para darle drama al conjunto. Tan etéreas, tan Brunis, aunque madame Sarkozy sea italiana de cuna. Y querría ser invitada a una cena en blanco y subirme a una mesa e iniciar un discurso plaglado de libertè, fraternité y egalitè mientras mi adorado -llamémoslo Jean Francois- me susurra palabras de amour al oído que me ponen tan loca como a Jamie Lee Curtis las de Kevin Kline en Un pez llamado Wanda.

Y con esta ensoñación te dejo, que debo vestirme por si me llaman mis amigos napoleónicos. Ya oigo a lo lejos La Marsellesa. Ya soy blanca total look, Y París bien vale una misa o un Moet a la sombra de la Torre Eiffel.

lunes, 6 de junio de 2011

AGOTADA BUSCA MARIDO

Mi querida Big-Bang:


Me asalta una fantasía recurrente. No, no se trata de la de la orgía en el parque de bomberos. Esa ya pasó. La de ahora es mucho más preocupante. En ella tengo un marido. Un hombre que recoge mis migajas cuando me tiro al sofá por la noche, después de un día chungo de trabajo y una vuelta gloriosa al hogar en la que podría haber cometido asesinato doméstico tres o cuatro veces. Si eres madre se supone que no puedes albergar sentimientos violentos hacia tus Chukis, pero a veces me sorprendo acariciando la soga, como en la peli de Hitchcock. Y entonces pienso en un marido.

A ver si me explico. Yo sigo practicando el activismo antifamiliar. Soy la versión casera del 15-M. Una indignada que considera que el matrimonio y los hijos son tapaderas para sofocar la muerte, para burlar la soledad, para no temer tiempo de pensar en quiénes somos y hacia qué agujeros negros nos dirigimos. Un marido, visto así, tiene mucho de hombre Balay-el que te hace la vida más fácil, ¿recuerdas?-  ese que te cubre delicadamente con la sombrilla para que el sol no te queme la piel.

Es deprimente, cierto, pero aún lo es más desplomarte por agotamiento súbito tras comprobar que has tendido los uniformes del cole justo cinco minutos antes de que cayera el diluvio universal. Que la adolescente te la ha vuelto a pegar con el ordenador  y mira Tuenti cuando ya estás en la cama. Que no recuerdas si has rellenado la matrícula del cole para el curso que viene, que aún no has sacado los billetes para llevar a mini Chuky a la playa, que no queda leche en la nevera, que tienes hace un año un coche tirado en un descampado y no hacen más que llegarte requerimientos...

...Y entonces fantaseas con un marido. Es una tontería, lo sé. Pero sin fuerzas hay aberraciones aún peores, no creas. Se me ocurre que compartir los desmanes de la rutina debe de ser liberador. O no. Pero la otra opción en meterme una tableta de Lindt 80% de cacao, amarga como ella sola, y leer sin enterarme cuatro páginas de un libro. ¿Habrá un negocio de alquiler de maridos?, me pregunto. Un 902 de urgencias donde las rubias agotadas llamamos como alternativa al bote de pastillacas sobre la mesilla. "Buenas noches, soy rubia (de bote) y necesito un marido. ¿Cuánto tardará en traérmelo?". Y entonces podría desplomarme mientras llega él y resuelve cinco o seis de mis marrones, como un superhéroe, y me arropa con el edredón aunque ya sea junio y el calor tapado provoque pesadillas.

Todas mis amigas solas están cansadas. Es una realidad. Y muchas de las casadas o convivientes están hartas de sus maridos y nos miran con cierta envidia, como representantes de la libertad guiando al pueblo. Ninfas guerreras de Delacroix. Pero no se dan cuenta de que hemos cambiado la bandera roja por una blanca. Nos rendimos. Hay días que nos rendimos.  Y entonces, por un instante, anhelamos un hombre en casa. Sólo por un instante.

domingo, 5 de junio de 2011

CÓMO SER JAVIER MORENO

Mi querida Big-Bang:


Con cierta frecuencia no sé qué pensar de algunas cosas. El criterio es eso que se resiste a personarse y que huye cuando más lo llamas. Conozco a pocas personas con criterio del bueno. La mayoría lo tomamos prestado de ellas, lo adornamos con unas guindas y mucha nata y lo sacamos a pasear. Me fío, por ejemplo, de cierto escritor colombiano -Héctor Abad- que me conmueve y que acaba de publicar una crítica aplaudiendo la novela de un compatriota.http://www.elespectador.com/forward?path=node/275098. Creo que muchos creadores adolecen de generosidad. Puede que por envidia tiñosa; puede que porque la renombrada torre de marfil sea impermeable al reconocimiento no narcisista.

Ayer estuve en una caseta de la Feria del Libro, la de la editorial Lengua de Trapo. Cayó la madre de todas las tormentas y los libros eran un refugio cálido y familiar. Dentro, un autor callado, tranquilo y nada amanerado, firmaba con humildad y cierta timidez. En realidad es profesor de matemáticas -de eso vive- y en sus horas muertas reflexiona sobre la intimidad y escribe prodigiosamente. "Recuerdo haberme masturbado una vez pensando en mí mismo y no haber obtenido placer alguno. Mis uñas no tienen aristas y brillan como si estuviesen pintadas de laca. Me gusta la cocina china, la cocina hindú, la cocina italiana y la cocina mexicana. Soy capaz de cocinar con solvencia al menos media docena de platos de cada una de ellas (...) Los cátaros me resultaron simpáticos durante una época de mi vida".

Así arranca "Alma" y así me atrapó y me retuvo atada a la arena de cierta cala ibicenca, hipnotizada por su música, por su ritmo y por esas pinceladas impresionistas que tocan la esencia de lo que somos. Una historia sin trama a la que merece la pena abandonarse. El tipo, no pienso olvidarme de decirlo, se llama Javier Moreno y siempre especifica "pero no soy el director de El País". Viste oscuro, sin coquetería aparente, y creo que su prosa oculta una fórmula matemática que sólo él conoce. Si fuera un excéntrico y un maldito lo llamarían a voces para encabezar una generación postiza de esas que ponen cachondos a los críticos. Primero la ensalzan, luego la destrozan. Pero es un tipo de Murcia (1972) que no tiene Nocilla y tendrá que confiar en el boca oreja. Y en la generosidad de los que tienen la fuerza para convertir un prodigio pequeño en éxito mundial.

Espero que la cortedad y la envidia no te corten el paso. Ayer te hubiera dicho que nunca aprendí a hacer derivadas, pero sín integrales. Que los números también son literatura, como la partitura del piano. Que impediste con tu Alma que la mía se dejara llevar por esa playa, demasiado concentrada en seguirte los pasos, las frases cortas, los bucles de montaña rusa de parque de atracciones. "Cada cierto tiempo dios enciende el televisor e introduce en el reproductor una copia pirateada de Cómo ser John Malkovich", escribes.

Amo esa película. Amo a los autores generosos que aplauden a otros talentos. Brindo por tu éxito.

sábado, 4 de junio de 2011

EL PIROTÉCNICO Y SU MUJER

Mi querida Big-Bang:


Sabes lo que me excitan las buenas historias. Ayer, en el patio del colegio de las Chukis, mi amiga de la infancia me contó una de esas de real life. Un pirotécnico y su esposa cañón son los protagonistas. Cada verano, él la lleva al pueblo con el niño y se aleja con su furgón de fuegos artificiales para recorrer la geografía lanzando petardos destelleantes al cielo en las fiestas locales. Ella, encerrada tres meses entre montañas, perpetra su pequeña venganza: "No sabemos por qué instala un ducha portátil fuera de su casa -relata mi amiga M.C- y se enjabona cada tarde, para alboroto de los vecinos". Añadiré, por si no ha quedado claro, que la tía está tremenda. Es una maciza abandonada y puede que despechada.Y su traca personal hipnotiza cada atardecer a los hombres del poblado, que salen como cromagnones a contemplar el espectáculo glorioso como se contempla el firmamento lleno de estallidos multicolor.

La vida a veces son bucles concéntricos. Y este pensamiento no descarto que sea fruto de las explosiones de anoche. Hay hombres que prefieren dejar a sus mujeres al albur de un enjabonado libidinoso que comprobar in situ los efectos sobre los otros machos de la tribu. Imagino al pirotécnico resudado bajándose del furgón cada tarde al llegar a su destino. Desliando los cabos de los cohetes con paciencia de relojero. Colocando en pequeños montones y son suma delicadeza los explosivos, en figuras simétricas. Aguardando a que caiga la noche y cenando con la alcaldesa del pueblo, que será una especie de Rita Barberá, igual de desbordada de carnes y dientes pero sin perlas. Fijo que justo antes de su momentazo llamará a su mujer: ¿Qué haces, querida?". Y ella: "Nada...me estaba duchando".

Si tu pareja es una Courtney Cox o, en versión menos ordinariota, una Giselle Bundchen curvilínea como una samba, sólo te quedan dos opciones, imagino: montar guardia en el porche de casa o hacerte pirotécnico. Personalmente nunca he sido partidaria de los novios tipo Brad Pitt. Me parece sumamente incómodo ver a todas esas lobas devorándole mientras os tomáis una caña, y preguntándose: "¿qué habrá visto en esa tipejilla rubia de bote?". Como me dan miedo los petardos, la salida de echarme a la carretera con la furgoneta no es una opción. Así que ahora entiendo por qué amo a tipos como Harvey Keytel, como Gabriel Byrne, como Kevin Spacey o como Edward Norton. Altamente atractivos en distancias mucho más cortas que la de la ducha, pero puede que anodinos vistos desde la mesa de enfrente de un bar.

Te dejo ya. No dirás que no te he dado alimento para una tesis sobre las parejas humanas. Hay quien se empareja para conseguir un upgrade y quien prefiere obviar los petardos y relajarse porque aunque su novia se duche en pelotas en medio de la plaza del pueblo, no sobrevendrá una bomba lasciva. Hay quien prefiere a los feos para no sufrir. O a las macizas para crecer dos palmos de ego. Los caminos del amor son inexcrutables...

PD. Que nadie se sienta tentado de plagiar en su novela la historia del pirotécnico. Mi amiga M.C me la regaló ayer con amor. Ya veré lo que hago con ella...

viernes, 3 de junio de 2011

TRUCOS DE MAGO VIEJO

Mi querida Big-Bang:


La cultura es un gran antídoto contra la mediocridad y el hormigueo existencial. Después de un Telediario lo mejor es chutarte un Bach o correr a sumergirte en una de esas exposiciones donde no va nadie y escuchas el eco de tus pasos perdidos. Antes de que me taches de falsa cultureta te diré que yo no quería, como los asesinos de las pelis en blanco y negro. Fueron las circunstancias. Los debates políticos de perfil bajo, el retorno a los titulares a cuatro columnas donde un justiciero más feo que Charles Bronson asegura que ajustará cuentas con las cuentas de los de antes. ¿También con las propias?

Que quedarse quieto sea la fórmula para arañar votos es desolador. Los pecados de omisión siempre me han parecido los más cutres. "Padre, he pecado de pensamiento, palabra, obra y..." decíamos en misa. Yo, desde luego, era la reina del pecado verbal. Los del pensamiento, la verdad, no los sentí tales aunque las monjas se esforzaran en convencerme de lo contrario. Lo único libre de verdad era lo que rebotaba en la cabeza. Pero la lengua, esa se soltaba con extremada facilidad y me condenaba al cuarto de pensar o al zapatillazo en el culo, porque entonces pegar a los niños estaba dentro de la corrección política, término envenenado que tampoco existía, por cierto.

Y entonces llegaron los políticos y se pusieron hasta las trancas de pecados de palabra. Sus circunloquios, lugares comunes, rimas asonantes y eufonías eran un armazón falso que ocultaba mucha mugre y cutrez de pensamiento. Así que la adolescente vapuleada leía y pensaba barbaridades entre castigo y castigo. Y la música era la escapatoria más pura a ese cerco adulto lleno de andamios de papel.

Así que aquí me tienes, en un deja vu adolescente cuando escucho a esos salvapatrias de pacotilla con sus amenazas del Capitán Tan. Manejan términos como la honradez, la confianza, el ajuste de cuentas o la regeneración social. Pero si quito el volumen de la tele sólo veo trucos de mago viejo. Y entonces me piro a ver a Cindy Sherman y sus mil caras, o el glamour de Ron Galella, ese paparazzi al que Marlon Brando partió los dientes de un puñetazo por su insolencia. O a la emoción en blanco y negro de ese Requiem de Mozart tan agónico como los ademanes de esos tipos que amenazan con abrir la caja de los truenos. Pues que lo hagan ya y nos dejen disfrutar del "Dies Irae" http://youtu.be/j1C-GXQ1LdYcomo dios manda.

jueves, 2 de junio de 2011

DARDOS ENVENENADOS

Mi querida Big-Bang:



Me rechiflan los dardos envenenados. Esa habilidad que tienen algunos para hundirte cuando en apariencia te piropean. A mi amiga O. le pasó el otro día. Estaba en una fiesta con un alto ejecutivo. Gay, en este caso. La típica escena de sofá. Y él se refería a lo que piensa de mi amiga, que le escuchaba absorta con su modelazo de Gucci y los labios rojo sangre. "Como le digo yo a todo el mundo, glamour no tendrá por fuera O., pero lo que es por dentro...le sobra". Imagino que ella se sobresaltó y pegó un respingo apenas perceptible, porque es una señora. Imagino que cogió su gin tonic estrangulándolo. Imagino que, si hubiera podido, se lo habría echado encima del traje vintage de Hedi Slimane al capullo desalmado. Y todo ello sin perder un ápice de su inmenso glamour interno.

Anoche ensayábamos nuestros dardos por si nos encontrábamos a alguna loba tiñosa y descalatogada. L. lo tenía claro: "Podemos decir: hay que ver qué mona estás con estos kilitos de más...". Después, nos daríamos la vuelta justo antes de que nuestra víctima se ensañara. Porque nosotras somos chungas más en el plano teórico, pero cuando saltamos al terreno de juego nos arrugamos como conejillas con mixomatosis.

Mi madre, que es encantadora, se ahorra la simulación de piropo y va al grano: "Hija, te mueves en ambientes muy frívolos llenos de gente estúpida. A ver si cultivamos más otros terrritorios". No comprende que mi dura vida social es un accidente en el camino, que en mi clutch de strass siempre llevo un libro de ensayo duro en el que subrayo sentencias demoledoras para petardas chungas que pueda encontrarme en el baño de alguna fiesta.

Aunque últimamente son más petardos. Desde que los antros modernos han fundido el baño masculino con el femenino -copiando a Ali Mac Beal- compito con tíos que se aferran al espejo como mejillones en roca. Si hay algo que me baje la libido es un hombre haciendo mohínes, atusándose el pelo y sonriéndose a sí mismo mientras deja lo de lavarse las manos para otra ocasión. Dirás que es un ramalazo machista, pero no recuerdo que Bizcochito rivalizase con Ali, y mi madre, la que me llama frívola, siempre censuró la coquetería. De ahí que mi hermana y yo nos arreglemos en 5 minutos y de reojo. Una tara como otra cualquiera.

Remato con uno de los comentarios aparentemente amables que me han dolido últimamente. Alguien a quien quiero me dijo que no me invitaba a sus saraos "porque mis amigos hablan todo el rato de música o de filosofía, y tú vas a sentirte desplazada". ¡No te jode! (con perdón). No sabe que para llegar a donde estoy he tenido que medirme con la intelectualidad más espumosa; tragarme conversaciones absurdas con lacanianos borrachos; memorizar tres o cuatro conceptos sobre fractales para seducir a un matemático y quemar la noche con un celebérrimo ex guerrillero del M-19 al grito de su consigna: "con el pueblo, con las armas, al poder". Lo que, por cierto, le ponía cachondísimo.

Moraleja: si no tienes nada agradable que decir, habla del tiempo, como todo el mundo. Y por favor, que alguien vuelva a separar los baños de hombres y mujeres. Hay ciertas cosas que una mujer, aunque sea frívola, no debería ver jamás.

miércoles, 1 de junio de 2011

EN LA GESTORÍA

Mi querida Big-Bang:


Se me ocurren pocos lugares más cetrinos que una gestoría. Esos antros del papeleo donde aún hay registros polvorientos que se rellenan a mano y donde las paredes son de gotelé beige con una sospechosa pátina gris panza de burra. Sostengo que si no se han modernizado es porque sus dueños saben que el cliente va por estricta necesidad. Para poner orden a una vida llena de trámites inaccesibles a la paciencia y a las entendederas. Una gestoría es como la funeraria para zombies y de ahí que se parezca, en su grisura, a un espacio de últimas voluntades donde se firma con bolis de plástico amarrados por un cordel al mostrador.

Valga esta introducción para  reseñar que mi vida, últimamente, trasnscurrre de gestoría en gestoría. Traspasar un coche, dar nombre y apellidos a otro, confesarme con Hacienda...y así. A la primera llego corriendo y la empleada, con asombrosa lentitud y sin mirarme a los ojos, me da a entender que he apurado demasiado: "cerramos a las seis y media y son y cuarto". "Pues perfecto, tenemos 15 minutos", le respondo sonriente sin dejar de mirar su camisa de tergal amarillo mostaza, a conjunto mimético con la pared.

Tras hacernos la pregunta crucial: ¿quién es el comprador y quién el vendedor? y rellenar unos cuantos papeles que llevan fecha de los noventa corregida a boli y fotocopiada, informa a mi compañero que le pondrá la dirección que figura en el DNI. "No, verá, es que ya no  vivo allí y necesito la nueva para sacarme la tarjeta del aparcamiento o Gallardón me freirá a multas". Y ella: "Imposible. Tendrá que empadronarse y luego volver". Y yo, alterada porque no me he tomado la medicación para una gestoría feliz y pacífica: "Verá, es que yo no voy a volver a dedicar un día a venir a verla otra vez". Y entonces ella, sin variar el tono cansino, nos informa que por 10.45 euros empadronan hasta al Tato. Y que en cinco minutos cierran.

En aire del ventilador me está descomponiendo el look, hay cables por todas partes y las mesas son como de los hermanos pobres de Mad Men, pero contemporáneas. La empleada no ha apurado su café en vaso y su bolso, de plástico, parece listo para un despegue inmediato. Entiendo que pasar ocho horas en este infierno te quita las ganas de vivir. Entiendo que mirar un calendario de Fruterías Manolo justo antes de rellenar cada impreso debe bajar cualquier libido profesional. Asumo que lo más trepidante que puede sucederla es que un famoso tipo Bertín Osborne se acerque a resolver un trámite una tarde de junio. Y que entonces ella se retocará el carmín, coqueta, y puede que le ofrezca un café de plástico y demore el traqueteo del teclado para deleitarse. Y luego, cuando él se vaya, corra al calendario de Fruterías Manolo para marcar el día de Bertín. Y llame a Puri, su compañera de piso, para contárselo con pelos y señales.

Pero mis reflexiones y yo volamos ya hacia la segunda gestoría, en un piso interior con vistas a un patinillo, más que patio, y tubos fluorescentes que chisporrotean por una mala conexión. Hay pilas de expedientes con matrículas nuevecitas de coche atadas con gomas marrón clarito, y las secretarias llevan las uñas larguísimas y naranjas. El pelo, graso, imagino que porque no se ventila en este espacio pequeñísimo o porque motivarse para ir a este cuchitril cada día a trabajar es un acto heróico. El calendario es de neumáticos Firestone -faltan las tías en pelotas- y las camisas también acrílicas, de esas que huelen a sudor a poco que fricciones el brazo. Constato, de un vistazo, que aquí el gotelé es gris clarito -¿mugre o original?- y que el suelo es de sintasol, que en los sesenta era epítome de la modernidad.

Sonrío a las chicas, y les daría el pésame si pudiera. Me miran los zapatos: "Vaya tacones...¿y con eso va a trabajar?". "No, estoy ensayando para una performance de drag queen". Se tronchan y apuran a Jacinto para que me atienda rápido. Me ofrecen un café de plástico. Se sirven uno. Me siento en la silla de ruedas con la funda de plástico mordida por las ratas y pienso en Kafka mientras Jacinto pone orden a mi vida comprimida en tres impresos. Pago y me dan ganas de besar a las chicas. O al menos de cambiar ese calendario por el que transcurren sus vidas a la luz mortecina del flexo...