sábado, 1 de octubre de 2011

AMOR PRECONCEDIDO



El director del banco me ama. Estoy completamente segura. Y tengo pruebas. Es el único que me envía cartas cada semana, de las de sobre y papel plegado, que yo abro con reverencia y palpitaciones indisimuladas. Fantaseo con cómo sera el Sr. Openbank y mis amigas hacen lo propio con Mr Bankia o Mr Bankinter. El mío, para más señas, mantiene toda la reverencia de los amantes de toda la vida: "Muy señora mía". Yo es leer ese encabezamiento y estremecerme. Que un tipo tan importante y poderoso se detenga a llamarme señora conociendo el saldo de mis cuentas es un detalle muy de agradecer. Pero lo mejor viene después, cuando me ofrece su pasión en forma de préstamo preconcedido. No hay tantos amantes que den sin que se les pida. Sí, cierto que 12.000 euros no te sacan del abismo, pero a estas alturas ya he aprendido que la pasión sin pruebas es un torrente inútil.

El Sr. Openbank quiere que gaste. Y en eso también es el primero de los hombres que han pasado por mi vida. Me exhorta a ello y, por si me falta imaginación, me hace sugerencias: una tele de plasma, un portátil, un smartphone más smart que yo misma. En eso es muy masculino, ya ves, porque no se le ocurre sugerirme un viaje a la Toscana, un bolso de Prada o un lifting sin cirugía en Corporación Dermoestética. Pero si mis amigas perdonan a sus propios que cada año repitan el regalo de aniversario, no seré yo la que le haga un desplante al ser que maneja mis exhaustas finanzas y, tras una jornada de frenesí peleando en "los mercados" aún saca tiempo para escribirme una misiva.

Adorado señor Openbank. Me dirijo a usted para que sepa que ha convertido el acto de abrir el buzón en un ritual imprescindible. Sírvase de preconcederme tanto amor como quepa en un sobre y hágame cree que soy la única. A cambio de su entrega y dedicación prometo seguir vendiéndole mi alma en forma de hipoteca en cómodos plazos de aquí hasta 2025. Una fecha redonda que, cuando llegue, espero celebremos juntos en un perdido hotelito de la Toscana, con las cicatrices de mi enésimo estiramiento facial convenientemente curadas.

Suya afectadísima.